viernes, 28 de diciembre de 2012

Atacama: desierto de la memoria




A propósito del documental Nostalgia de la luz, de Patricio Guzmán



En el desierto chileno de Atacama están los telescopios más potentes del mundo para observar las estrellas. Allí, poderosas lentes custodiadas por científicos de medio planeta se afinan y orientan para detectar las débiles señales que nos llegan del universo más lejano, hilitos de luz que salieron de su lugar de origen hace millones de años y que ahora aterrizan en Atacama como susurros casi imperceptibles.

Muy cerca de allí, donde los científicos intentan descubrir el futuro leyendo en haces de luz más viejos que todas las cosas, otros escarban en la tierra. En la llanura pedregosa e inhóspita de Atacama unas señoras remueven la arena y las rocas con sus propias manos o con unas palitas en busca de los restos de sus familiares, desaparecidos de la noche a la mañana durante la dictadura de Pinochet. Llevan años haciéndolo. Es como buscar una aguja en un pajar, pero ahí siguen.

Patricio Guzmán, estrella mundial del documental desde que a principios de los 70 rodó La batalla de Chile, un trabajo de cuatro horas y media sobre el último año de Allende, aprovecha las metáforas y los contrastes terribles del desierto de Atacama. En ese espacio vacío donde el hombre solo ha podido estar de paso o morir, y que hoy es atalaya privilegiada para ver las estrellas, Pinochet mandó a construir un campo de concentración. Allí también el dictador y su gente enterraron y desenterraron (para no dejar constancia de la barbarie) a miles de chilenos.



Guzmán habla con Miguel Lawner. Mientras que estuvo recluido en el campo de concentración de Atacama, este arquitecto se dedicó a tomar nota (mental, pues otro tipo de documentación le habría llevado al paredón) de las dimensiones de los barracones. Marcando una y otra vez los pasos entre un extremo y otro de cada estancia y memorizando cada recoveco, Miguel se llevaba la arquitectura de la barbarie en su cabeza. Años más tarde, y ya como exiliado en Dinamarca, donde ha pasado su vejez, Miguel traslada esos números, que solo están en su cabeza, a formas geométricas y al papel. Al cabo de los años, la testarudez y el esfuerzo denodado de Miguel Lawner mantienen viva la memoria del horror en algo tan tangible y aparentemente inocuo como el plano de una casa. Su mujer, mientras tanto, muere poquito a poco de Alzheimer. Es la metáfora de Chile.

Los astrónomos miran con sus potentes telescopios para descifrar un porción infinitesimal del universo. Al mismo tiempo las mujeres remueven la tierra en busca de una falange o un trozo de hueso que certifique que el hijo o el marido cayeron allí muchos años antes, de un tiro en la nuca o de pura extenuación. Buscan algo que les devuelva la certidumbre perdida y dé sentido a sus vidas. Unos mirando tan alto en busca de tan poco, otros arrastrando la mirada en pos del todo. Es la paradoja que no desperdicia Patricio Guzmán en Nostalgia de la luz.

“Ojalá los telescopios no miraran al cielo, sino que barrieran la tierra para encontrar a los muertos”, nos dice una anciana a la que cuesta mantenerle la mirada, incluso desde el anonimato que da la sala oscura. Es una mujer que, después de tantos años, no ha perdido la esperanza de encontrar a su hermano desaparecido. Habla sin revanchismo (el tiempo sepultó hace mucho ese sentimiento) y solo quiere saber qué fue de los suyos, para morir, ella sí, tranquila.

En otro momento, una joven chilena, que no conoció a sus padres (desaparecieron cuando era un bebé) y que fue criada por los abuelos, mira en las estrellas para mitigar el dolor. Un dolor que, en su caso, ha dejado “falla de fábrica”. Un tara imperceptible para los demás, pero que a ella, en la intimidad, la sigue lacerando.

El año pasado vi en Madrid una exposición del fotógrafo Gervasio Sánchez sobre los desaparecidos y parias de América Latina, Asia, los Balcanes y España. Por haberlas visto tanto en la prensa, en los rutilantes informativos de las cadenas extranjeras, en los grandes reportajes o en los libros de historia, palabras como genocidio, exterminio, masacre, fosa común o limpieza étnica adquieren un aire irreal, lejano, casi novelesco. Sin embargo, las fotos de Gervasio Sánchez de esas ancianas que aparecen con el peluche o con la cartilla escolar del niño que se fue tantos años antes, nos muestran una tragedia bien cercana y factible. Creo que Guzmán logra en su Nostalgia de la luz algo de esto.

A pesar de los años (o quizá por ellos) y de los premios, el veterano Patricio Guzmán sigue haciendo las preguntas de un niño, siempre directas y clarificadoras. Preguntas también pertinentes, pues el dolor y la injusticia siguen ahí. La mirada de Guzmán es cristalina y compasiva. Cede a la metáfora que le proponen el desierto, las estrellas y los muertos, pero esquiva cualquier intelectualismo. El sufrimiento de las madres chilenas y la injusticia histórica que encarnan se bastan por sí solos para dejarnos sin aliento.




martes, 11 de diciembre de 2012

Chejov en La Casa de la Portera





En un país como éste, donde los mandamases de la política cultural no han sentido en los últimos años el menor sonrojo al despilfarrar decenas, quizá cientos de millones de euros en levantar imponentes e inútiles ciudades de la cultura o futuristas centros de arte encargados casi siempre al arquitecto de moda, el ejemplo de La Casa de la Portera es reconfortante.

En un bajo del barrio de la Lavapiés, José Martret y Alberto Puraenvidia han convertido un piso oscuro en un espacio escénico atrevido y fresco, despojado de la pompa y la parafernalia que asociamos a la "alta cultura" o a esos espectáculos de nuevo rico que tantos agujeros han dejado en las finanzas públicas. 

Es literal: La Casa de la Portera fue en otro tiempo la residencia de la portera del viejo inmueble de la calle Abades 24. En el piso mal ventilado, oscuro y de pasillos angostos, donde probablemente varias generaciones de señoras humildes sacaron adelante familias numerosas y donde malamente combatieron las humedades y el frío de la posguerra, ahora se abren dos salitas donde los actores y los escasos 20 espectadores que entran en cada sesión comparten el espacio escénico.
 
Supongo que para el actor es una experiencia nueva la de tener tan encima a un público que, a poco que estire los pies o muestre aburrimiento, entorpecerá sus movimientos y pondrá en peligro su concentración. Para el público (y de eso no me cabe duda) la experiencia sí es distinta. Ver una obra en la Casa de la Portera es como ver un partido de baloncesto a pie de pista, donde uno percibe los forcejeos más íntimos de dos gigantes bajo del aro (esos que la tele nunca nos podrá mostrar), y donde también tenemos que estar dispuestos a que nos caiga encima una mole de dos metros o a sentir la llovizna de sudor del jugador que se acerca a la banda en pos de la pelota.

En la Casa de la Portera, con los actores encima de nosotros y nosotros encima de los actores, uno se da cuenta de que el teatro es menos mecánico de lo que parece desde el patio de butacas oscuro, y sí un proceso complejo y matizado. Además del texto, la declamación y los silencios, el actor y quien monta la obra tienen que administrar el espacio (casi siempre escaso) y la intensidad de las miradas y los gestos. Un giro mal calculado o un aspaviento demasiado sobreactuado pueden destrozar un personaje en cuestión de segundos, creando una desconfianza difícilmente recuperable más tarde.

Me gustó el Ivanov de La Casa de la Portera (allí lo han llamado, con un giro moderno pero acertado, Iván-off). Es el primer drama potente de Chejov y anticipa muchas de las preocupaciones que están en sus obras mayores, en los tantas veces representados Tío Vania o La gaviota. Los actores transmiten y emocionan casi siempre, aunque alguno, como el doctor Constan (Roberto Correcher), está demasiado hierático e inexpresivo, y Ana (Sabrina Praga), la mujer del torturado Ivanov, no llega dar rienda suelta a su frustración y perplejidad.

Ivanov (Raúl Tejón), un Hamlet moderno que se regodea en su miseria y que crece a medida que se autodestruye y acaba de paso con los demás, sale bien parado en la puesta en escena de José Martret. Aunque este Iván-off es un drama que pasa por los temas mayores de Chejov (la decadencia social y económica de la aristocracia, los estragos del paso del tiempo y los amores irremediablemente contrariados) y que está enriquecido por buenos secundarios (el descreído Mateo, tío de Ivanov; o el despiadado primo Miguel), uno echa en falta la ironía y el descreimiento que logra Chejov con su inolvidable Vania. Este Ivanov es, para los parámetros de Chejov, drama al cuadrado, y eso a ratos lo asfixia. En todo caso, es un anticipo de su espléndido universo.  

Siguiendo tan de cerca la puesta en escena de La Casa de la Portera, me acordé de Vania en la calle 42, aquel primoroso y revelador homenaje que Louis Malle y David Mamet le dedicaron al dramaturgo ruso en un teatro neoyorquino en ruinas, y que fue tan bien compuesto por Wallace Shawn. Recuerdo perfectamente el día lluvioso de 1996 en que vi aquella película, en un país extranjero. Fue toda una revelación que todavía agradezco a los impulsores de esa extraña y única obra. Si en Lavapiés eran mis ojos y mis oídos los que, como intrusos, robaban las líneas a los actores, en aquella ocasión, era la cámara de Louis Malle la que nos dejaba el Vania más íntimo y susurrado del mundo.

En fin, id a ver Ivan-off a la Casa de la Portera. Allí actores y público comparten espacio escénico y emociones durante casi dos horas, lo que no es poco para los tiempos que corren.           


jueves, 6 de diciembre de 2012

Sublimación del 15-M




A propósito de 15 M-Te quiero libre, de Basilio Martín Patino

El Pequeño Cine Estudio de la calle Magallanes de Madrid era el último sitio para ver 15 M- Te quiero libre, el documental de una hora de Basilio Martín Patino. La escondida sala de la calle Magallanes –hay que preguntar para llegar a ella; está en un patio interior y no a pie de calle- es un vestigio de un mundo periclitado. Que aguanten sus dueños con un programa hecho a base de cortos y documentales es una proeza. En el Pequeño Cine Estudio resuenan ecos de un mundo de cineclubs, sesiones dobles y mucha mitomanía cultureta difícilmente comprensible para esos chavales de hoy que pasan el día colgados a las pantallitas, irremediablemente lúdicas, de cristal líquido.   

Por lo que cuentan las crónicas, 15 M-Libre te quiero fue muy aplaudida en la Seminci de Valladolid y luego ha tenido una buena cobertura mediática. Si buscamos en Google información sobre el documental nos salen 2,6 millones de resultados. Buena parte de su “trascendencia” se debe al hecho de que su promotor es una de las vacas sagradas del cine en España, Basilio Martín Patino, el mismo que en los años 50, recién salido de la adolescencia, promovió una renovación del casposo cine español de la época en lo que luego se conocería como las Conversaciones de Salamanca y que más tarde haría joyas como Nueve cartas a Berta u Octavia, o documentales como Queridísimos verdugos o Caudillo, sobre Franco, que hizo en la clandestinidad y que tuvieron que esperar a la muerte del dictador para ser estrenados.

Sin embargo, y a pesar de tanto nombre y curriculum, me temo que este trabajo sobre los indignados de la Puerta del Sol no lo han visto ni cien personas en Madrid en los escasos cinco días que ha estado en cartel, en horarios y salas marginales. En el mejor de los casos, 15 M-Libre te quiero aparecerá algún día de madrugada, cuando ya nadie se acuerde, en algún canal especializado de cine de autor, de esos que siguen cuatro gatos, o troceado en Youtube si alguien tiene la osadía (y el buen gusto, y que perdonen la SGAE y los autores) de subirlo. En fin, un mundo a punto de desaparecer. Una pena.  

En todo caso, vamos con la película. Basilio Martín Patino -82 de años ya, aunque no acaba de aparentarlos- se bajó desde el primer momento a la puerta del Sol, cámara en mano, para rodar lo que no era más que el momento final de una manifestación antisistema. En los días siguientes, y hasta que desmantelaron la plaza, rodó 25 horas de tamboradas, debates, convivencias o forcejeos con la policía.  

Martín Patino prescinde de una voz en off que nos guíe y, a pesar de todo, mantiene el interés gracias a un excelente trabajo de montaje. Aunque las imágenes fluyen, sincopadas por esa canción de Amancio Prada con letra de Agustín García Calvo que le da título a la película, uno no deja de pensar, mientras las disfruta en la sala oscura, en el infinito trabajo que le planteó a su minúsculo equipo de colaboradores la selección del material.
El resultado es pura poesía visual.

Dicen que Martín Patino da una imagen quizá demasiado festiva y feliz del 15-M. Una imagen demasiado lúdica que soslaya la crispación de la multitud y sus aspiraciones de regeneración democrática y justicia social. Puede ser. Pero ¿acaso no fue la sentada del centro de Madrid una gran performance? Como el propio Patino, televisiones y fotógrafos de todo el mundo acudieron allí desde el primer momento para dar cuenta de la primera manifestación de esa ira largamente contenida por la sociedad española tras años de crisis económica.

Esa expectación sentimental y mediática se contagió a los acampados de Sol, que acabaron convirtiéndose en protagonistas de un espectáculo construido a base de de proclamas libertarias y reclamos de (imprescindible) regeneración política –“la revolución es ahora”, “lo queremos todo”, “no nos representa el PPSOE”, “si somos el futuro ¿por qué nos dan por culo?”...-, pero también de música, color e inesperada solidaridad.  

En su peregrinaje por el microcosmos de la puerta del Sol, la cámara de Martín Patino, que deja que sea siempre el espectador el que tenga la última palabra –en esto su propuesta es irreprochable-, se topa con imágenes que quizá se conviertan –qué remedio- en iconos de un movimiento de tan nobles como disparatados y vaporosos ideales. Se me viene a la cabeza esa chica que juega con un globo rosa a los pies una columna de policías. Un gesto tan ingenuo como desafiante, puro 15-M.  




Libre te quiero 
(Amancio Prada con letra de Agustín García Calvo)

Libre te quiero 
como arroyo que brinca 
de peña en peña, 
pero no mío. 
Grande te quiero 
como monte preñado 
de primavera, 
pero no mío. 

Bueno te quiero 
como pan que no sabe 
su masa buena, 
pero no mío. 

Alto te quiero 
como chopo que al cielo 
se despereza, 
se despereza, 
pero no mío. 

Blanco te quiero 
como flor de azahares 
sobre la tierra, 
pero no mío. 

Pero no mío 
ni de Dios ni de nadie 
ni tuya siquiera. 

No, no, no, no, no, 
no mío. 
No, no, no, no, no, 
no, no, no, no, 
ni tuyo. 
No, no, no, no, no, 
no, no, no, no, no, 
no mío. 


martes, 27 de noviembre de 2012

Hammerstein o el tesón. Una historia alemana.






Comentábamos no hace mucho en este mismo blog el “esfuerzo” que, en su conjunto, la sociedad alemana de entreguerras dedicó a hacerse nazi. Ese descenso a los infiernos fue, sin embargo, criticado y combatido por algunos ciudadanos, tan escasos como heroicos. A uno de tales héroes, el general alemán Kurt von Hammerstein-Equord, o, en puridad, a él, a su familia y a otras personas cercanas que, como ellos, nunca aceptaron la iniquidad del totalitarismo, dedica el polifacético autor alemán Hans Magnus Enzensberger, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2002, este libro peculiar. 

La aguda inteligencia y la honestidad del díscolo barón Hammerstein, nos cuenta Enzensberger, unidas a la influencia que sobre su ánimo ejercía su extracción aristocrática, le condujeron a despreciar al “charlatán de cervecería” que subyugó a Alemania durante doce años y a predecir las negras consecuencias de su megalomanía.

Aunque Hammerstein, “un hombre gloriosamente vago que no conocía compromisos”, no militó activamente en la resistencia de la minoría alemana frente al nazismo, su evidente oposición al régimen le costó su carrera militar (estuvo al mando del ejército entre 1930 y 1933), las prebendas de su privilegiada posición y la tranquilidad de su casa. La notoriedad de su figura digna e insumisa, aunque pasiva, incluso inspiró actos valerosos (e inútiles), como el intento de asesinato de Hitler perpetrado el 20 de julio de 1945 (dos años después de la muerte, por causas naturales, de Hammerstein).

La vida difícil del general, su esposa y sus siete hijos, tan heterodoxos y opuestos a la tiranía como sus padres, sirve de subterfugio temático a Enzensberger para desgranarnos multitud de detalles sobre los entresijos de la República de Weimar, el contexto opresivo de la Alemania nazi y la postguerra, a través de los actos de un sinfín de personajes históricos, más o menos conocidos.

Es este un libro muy curioso, escrito con una gran libertad de estilo, que se parece mucho más a un ensayo ilustrado con fotografías de época que a una novela (el autor, incluso, explica en un posfacio por qué la obra es lo primero y no lo segundo). Sin embargo, contiene numerosas licencias literarias, como la “transcripción” de “conversaciones póstumas” entre Enzensberger y varios de los protagonistas, que cuentan sus motivaciones y sentimientos y discuten con el autor sobre su trabajo de investigación previo a la redacción de su obra.

El curso de la narración no es en modo alguno lineal, sino que divaga entre referencias a hechos históricos (como las excelentes relaciones entre Alemania y Rusia durante la década de 1920), anécdotas desordenadas de la vida íntima de los hijos del barón,  meticulosas (y a veces áridas) citas de documentos escritos y detalles sobre las intrigas de los espías y contraespías alemanes y rusos.

El resultado es una suerte de caótico caleidoscopio del que se sirve el perspicaz Enzensberger para revelarnos una visión diferente de un periodo esencial de la Historia de Alemania y de Europa, sin duda menos clara y simplista que la “oficial” (la propia figura de Hammerstein arroja luces y sombras), pero desde luego mucho más próxima a la complejidad de los hechos.

Hammerstein o el tesón
Hans Magnus Enzensberger
Editorial Anagrama
19,50 €
384 páginas

domingo, 18 de noviembre de 2012

Canción errónea, de Antonio Gamoneda



En un mundo en el que leemos tanto, en la prensa, en Internet, en las novelas, en los libros de autoayuda, en una búsqueda extenuante de la certidumbre, de seguridades que sabemos que se llevarán el tiempo y el viento, la perplejidad que provoca un poeta como Antonio Gamoneda (1931) es un contrapunto necesario, terapéutico incluso. “Únicamente he aprendido a desconocer y olvidar”, dice en un momento de Canción errónea, su único poemario en 8 años.

En horas bajas para la metafísica, para esas preguntas por el sentido que antes nos proporcionó de forma institucional la religión, pero que hoy raramente se escuchan, los poemas terriblemente existenciales, pero descreídos, de Gamoneda son una llamada de atención. “Esta mañana he escuchado la más falsa de las palabras: ‘Vivir”. Gamoneda ejerce la profesión que le ha ocupado gran parte de su vida: el autoconocimiento. Gamoneda, el poeta que de niño aprendió a leer descifrando los versos del único poemario que dejó su padre muerto. 

Canción errónea es un libro donde el poeta, ya octogenario, anticipa el final del camino, su muerte. Es, como alguien ha sugerido, “arte de la memoria en la perspectiva de la muerte”. Pero también es trabajo luminoso por cuanto encontramos al viejo Gamoneda ejercitando la lucidez en un intento (vano quizás) de hacer recuento y asumir su finitud. “He vivido y no sé por qué. Ahora he de amar mi propia muerte y no sé morir. Qué equívoco”.

Con versos premonitorios construidos con un lenguaje despojado, minimalista, reiterativo, Gamoneda espera el momento final mientras rememora la infancia, ese “territorio dibujado por la pobreza” de la provincia y la Guerra Civil, y evoca a la madre redentora como hiciera en su anterior libro, Un armario lleno de sombra. “En realidad yo voy a ser, ya estoy siendo, huérfano de mí mismo”. También hay un Gamoneda vagamente rebelde que denuncia la falsedad y la mentira.

En un mundo donde ha triunfado la inmanencia y donde se nos pide que lo entendamos todo, cuesta asumir el estado de perplejidad en que nos deja el poemario intimista de Gamoneda, compuesto por un par de miles de palabras escurridizas y nunca enteramente comprendidas. Supongo, como sospechaban los místicos, que no todo puede ser dicho y mucho menos comprendido.



En fin, Canción errónea es un libro evocador sobre los límites, sobre la vida entendida como el “accidente” que ocurre entre dos inexistencias. Dejo por aquí unos cuantos poemas del poemario, aunque, por las limitaciones del editor de este blog, no respeto los márgenes y tabulaciones del original:


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Había
vértigo y luz en las arterias del relámpago,
fuego, semillas y una germinación desesperada.

Yo desgarraba la imposibilidad,
oía silbar a la máquina del llanto y me perdía en la espesura
vaginal. También

entraba en urnas policiales. Así
olvidaba los ojos blancos de mi madre.
Vivía
Parece ser.
Vivía

Ahora mismo atiendo distraído a mi estertor. No hay en mí
memoria ni olvido; única y simplemente lucidez.

Han desaparecido los significados y nada estorba ya a la
indiferencia.

Definitivamente, me he sentado
a esperar a la muerte
como quien espera noticias ya sabidas.


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Desprecio
la eternidad.
He vivido
y no sé por qué.
Ahora
he de amar mi propia muerte
y no sé morir.
Qué equívoco. 


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…desde hace tiempo,
descanso en la tiniebla dúplice y,
de vez en cuando, digo
dos palabras, dos, sólo dos
con certidumbre:
no sé.



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Amé. Es incomprensible como el temblor de los álamos.
Estoy extraviado pero yo sé que amé.

Yo vivía en un ser y su sangre se reunía con mi sangre y
la música me envolvía y no mismo era música.
Ahora,
¿quién es ciego en mis ojos?

Unas manos pasaban sobre mi rostro y envejecían len-
tamente. ¿Qué fue vivir entre heridas y sombras? ¿Quién
fui en los brazos de mi madre, quién fui en mi propio co-
razón?

Únicamente he aprendido a desconocer y olvidar. Es extraño.
Todavía el amor
habita en el olvido.

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Canción errónea
Antonio Gamoneda
Editorial Tusquets
153 páginas
14 euros

lunes, 12 de noviembre de 2012

Las leyes de la frontera, de Javier Cercas





El boca a boca de los lectores, la crítica y los premios han coincidido en señalar a Javier Cercas como uno de esos autores a los que hay que estar atentos. Por eso, la llegada a las librerías de Las Leyes de la frontera, su última novela, supone una buena noticia para muchos. Aunque no consigue mover tantos resortes en el interior de la mente del lector como lograron Soldados de Salamina y Anatomía de un instante, Cercas vuelve asorprender, y eso a pesar de que el texto mantiene y juega con algunas de las señas de identidad que caracterizan su obra literaria, como la particular vinculación que surge entre narrador y autor, su interés por los héroes (sean del tipo que sean) o el poso de incertidumbres que siembra a lo largo de las páginas para que cada lector tenga la oportunidad de hacer su propia interpretación de lo expuesto.

Frente a la identificación instantánea que surgía entre Cercas y el narrador al leer las primeras frases de sus obras anteriores (“Ahora llevo una vida falsa, una vida apócrifa y clandestina e invisible aunque más verdadera que si fuera verdad, pero yo todavía era yo cuando conocí a Rodney Falk...”, empezaba, por ejemplo, la menos conocida La velocidad de la luz), lo primero que llama la atención al comenzar ésta es que somos testigos de una conversación. 

Así, la narración en primera persona a la que nos tenía acostumbrados da paso al diálogo puro, en concreto, a la trascripción de distintos encuentros que un escritor entabla con tres personajes diferentes, que le irán brindando información sobre un famoso delincuente de los años 70-80 sobre el que le han pedido que escriba un libro. Para ello, se entrevistará con un antiguo miembro de su banda, el Gafitas, que décadas después, ya convertido en abogado, le defenderá; con uno de los policías que lo arrestó; y con el director de una de las prisiones en las que estuvo recluido.

Resulta inevitable asociar a Cercas con ese autor anónimo que va haciendo preguntas y tirando del hilo para reconstruir la historia de Antonio Gamallo, alias el Zarco, descrito como “el quinqui y el drogadicto oficial de este país”, pero ocurre un tanto de lo mismo con Ignacio Cañas, ese charnego de clase media que durante tres meses cruza la frontera debido a su interés por una muchacha y se convierte en el Gafitas, un miembro más de la banda y, por su peso, el verdadero protagonista de la novela. 

Será su breve compañero de atracos en 1978 y, dos décadas después, se hará cargo de su defensa. De hecho, el propio Cercas cuenta que parte del origen de este libro surge de la necesidad de entender por qué mucha gente de su generación tuvo un final trágico a causa de las drogas y él no lo tuvo.

Reconoce en los quinquis otro punto de partida; esos delincuentes que aparecieron durante la transición y que, según Cercas, “fascinaban y aterrorizaban”. Teniendo como referencia al Vaquilla, en el libro se cuenta como un quinqui de barrio es convertido por los medios de comunicación en una leyenda. El Zarco pasa 25 años entre la cárcel o en busca y captura, y es acusado de 600 delitos, pero, a pesar de todo ello, los medios le convierten en el gran delincuente arrepentido e intentan redimir su figura para que salga de la cárcel. 

Vuelve a ser un héroe con aristas y posiblemente cuestionado por muchos (y sobre todo por el propio Cercas). Un personaje como el miliciano anónimo que no disparó a Sánchez Mazas en Soldados de Salamina o los tres diputados (éstos menos anónimos) que no se tiraron al suelo aquel aciago 23 de febrero, pero, en definitiva, el único tipo que parece interesarle al autor.

Y el tercer vínculo que permite reconocer a Cercas en esta nueva novela son esos “ángulos oscuros, puntos ciegos, ambiguedades esenciales”, según sus palabras, que hacen necesario que el lector ponga algo de él, ya que debe “interpretar la partitura que fabrica el escritor”, para crear su propia novela, esa que tal vez difiera de la leída por su mejor amigo, que verá en el gesto de un personaje algo distinto a lo visto por aquel. Eso sí, tanto uno como otro disfrutarán de un texto concebido como un gran puzle, muy rico en lecturas, original en el planteamiento, pero que resulta muy difícil que cautive tanto y a tantos como sus libros más logrados, quizás porque la Guerra Civil y el golpe de estado del 81 consiguen todavía conmovernos o porque él, sin duda, lo consiguió.

Las leyes de la frontera

Random House Mondadori
383 paginas
21,90 euros




domingo, 4 de noviembre de 2012

La estafa intelectual de John Banville



A propósito de Muerte en verano, de John Banville/Benjamin Black



Mariano Oliveros

El irlandés John Banville es uno de los más famosos escritores actuales en lengua inglesa. Mimado por la crítica y muy popular en Gran Bretaña, John Banville dispone de unos recursos literarios excepcionales, no hay ninguna duda. Su prosa resulta siempre elegante, aguda y precisa, y sus metáforas son muchas veces sorprendentes, por originales y atrevidas. Por otro lado, controla magistralmente los tiempos y las escenas y, mediante un gran amor por el detalle, consigue que los cabos estén siempre bien atados, nunca permite que sus personajes se le desmanden.

Puede que esta última “virtud” sea, al cabo, el defecto que me aleja de sus obras, que encuentro frías. Las pasiones que aparentemente devoran a los protagonistas no me llegan, me parecen impostadas y falsas. La bien armada estructura literaria de las obras de Banville, al fin, no consigue reconciliarme con su falta de empatía, con su alejamiento de lo que escribe. Ni en su versión más “seria”, la del El mar o Los infinitos, ni en el lado más oscuro y liviano que suscribe su alter ego, el Benjamin Black de El Secreto de Christine o En busca de April, logra conmoverme…

John Banville/Benjamin Black nos ofrece, en la última entrega de las andanzas del dipsómano Quirke, lo más puro de su interpretación del género policíaco  para bien y para mal. La trama de Muerte en verano (editorial Alfaguara) discurre en buena medida por caminos muy conocidos. El aparente suicidio de un millonario, las sospechas que, sabiamente, deja el autor sobre su entorno personal, las dudas e investigaciones del investigador aficionado Quirke, nos resultan muy familiares. Sólo poco a poco percibimos que no se trata de una novela negra canónica, sino, como es costumbre en Benjamin Black, más bien una suerte de juego literario perfeccionista sobre la base del modelo del género.

En esta ocasión, el estilo depurado del autor resulta especialmente acertado y las páginas se devoran sin esfuerzo, en busca de la solución del misterio y del resultado de los devaneos del protagonista. Sin embargo, en un determinado momento el hilo argumental que nos guiaba se acaba si pena ni gloria y la novela se dirige a su conclusión sin que logremos recuperar el interés, pecado capital no ya en el género que recrea sino en cualquier obra literaria.

No creo en las reglas de la novela negra, o, más bien, creo que están para romperlas, retorcerlas o burlarse de ellas por cuanto cada obra literaria sólo se atiene a su propia lógica interna, de forma que su resultado estético es lo único que importa. En ese sentido, al extrañamiento que, como siempre, me trasmiten los personajes de las historias de Banville, se añade el que no me gusta cómo está resuelta la trama de Muerte en verano, me produce un sentimiento de estafa intelectual que arruina todo el conjunto y no tanto porque se aleje del canon sino porque es incoherente con el desarrollo argumental.

En suma, Muerte en verano es un entretenido divertimento durante muchas páginas y, a la postre, una novela fallida, aunque, como siempre en Banville, los párrafos que la componen estén muy bien escritos. 




domingo, 28 de octubre de 2012

Agonía y éxtasis de Steve Jobs



A propósito de la comedia de Mike Daisey, que está en el Teatro Alfil de Madrid hasta el 1 de diciembre



Mensaje claro para los que no queráis leer todas las líneas de este post: id a ver Agonía y éxtasis de Steve Jobs, en el teatro Alfil de Madrid. La applemanía es una enfermedad que se contagia con facilidad y que está llegando a magnitudes de pandemia. Esta obra puede ser una buena oportunidad para saber en qué punto de locura estamos. Vale la pena.

Es una lectura dramatizada de un largo reportaje periodístico (o de los muchos reportajes que se han escrito en los últimos años y que menoscaban la figura del fundador de Apple). Agonía y éxtasis de Steve Jobs asienta en muchos datos demostrables su crítica furibunda a la compañía de la manzana y a la legión de applemaniacos que corren desaforados a las tiendas cada vez que la casa saca un artilugio al mercado.

Los que estén al corriente de la intrahistoria del fenómeno Apple no se sorprenderán con lo que oirán en el Teatro Alfil: hay referencias a un jefe autoritario, a ratos tiránico y casi siempre egocéntrico hasta decir basta (y al que, además, le huelen los pies), y se nos habla de una compañía que vende estilo y buenas vibraciones a costa de subcontratar mano de obra esclava en fábricas chinas. Apple es la compañía que más dinero gana en el mundo gracias a unos márgenes comerciales prodigiosos. Pero también es la metáfora perfecta de la gran farsa publicitaria que ha alimentado al capitalismo desde mediados del siglo pasado, cuando los ejecutivos de Madison Avenue se hicieron con el control. Esto lo digo mientras recomiendo el iPad a diestra y siniestra.    

En Agonía y éxtasis de Steve Jobs no hay nada que no se haya dicho ya en el New York Times o en las cadenas de televisión de medio mundo, o incluso en la biografía que autorizó el propio Jobs en sus últimos días, la de WalterIsaacson, donde decenas de empleados se despacharon a gusto con su moribundo jefe contando las humillaciones que sufrieron cuando se toparon con el genio de los pies descalzos.

Sin embargo, el texto de Mike Daisey, otro Pepito grillo de la cultura americana, una especie de Michael Moore de las tablas cuyos monólogos también han puesto en la diana a corporaciones como Wal Mart o Disney, o al mismo Gobierno de los Estados Unidos, es su ritmo y su capacidad para darnos tanta información sin que decaiga el interés. En la versión española, el actor Daniel Muriel, excelente, se mantiene solo en el escenario durante una hora y media, cambiando de registro sin parar y alternando media docena de papeles para mantener la atención y sacarnos una sonrisa.

La historia oscila entre la cool y soleada California de Silicon Valley y las fiestas hippies, y, al otro lado del mundo, esa megalópolis de 14 millones de habitantes, oscura y fabril, que es Shenzhen, encarnación en la tierra de la pesadilla de neón que nos propuso en su día Blade Runner y de donde salen todos los aparatitos de electrónica que usamos. Agonía y éxtasis de Steve Jobs nos cuenta la historia de Apple, su brillo inicial, su posterior caída y la resurrección de tuvo a partir de finales de los noventa (cuando sale el primer iPod) y hasta hoy, en que se ha convertido en un mito empresarial y cultural.

Pero también nos habla de la trastienda de ese éxito sin igual, de los suicidios en la fábrica de Foxconn, de las jornadas de 12 o 14 horas de miles de adolescentes que con sus ágiles dedos ensamblan miles de iPads al día, de las intoxicaciones que produce el líquido con el que sacan brillo a las cristalinas pantallitas del iPhone o, yéndonos a la prehistoria de la informática, de ese atraco a mano armada que supuso la visita de Jobs a los laboratorios de Xerox en Palo Alto, de donde se llevó las ideas con las que puso los cimientos de su imperio.

El texto brilla. Es ágil y se hace digerible a pesar de apabullarnos con cientos de nombres de directivos o cifras de negocio. Sin embargo, falla un tanto al final, cuando insiste en repetirnos “el mensaje”, como si en la hora previa no hubiéramos tenido ocasión de intuirlo y hasta digerirlo, o en adelantarnos las conclusiones. Daniel Muriel se mueve bien en la parodia, pero no tanto cuando caen las luces y adopta un tono más grave para denunciar a Apple por sus abusos en China y a su malogrado jefazo por hacerse el sueco ante tanta explotación y ser tan despiadado con sus semejantes. 





domingo, 21 de octubre de 2012

Flores en las grietas, de Richard Ford




"Ninguno de nosotros es gran cosa"

  
Richard Ford no es un autor prolífico. Seis novelas para un señor que está a punto de cumplir 70 años no se puede decir que sea mucho. La necesidad de mantener la presencia del “poco productivo” Ford en las librerías, dicen, es lo que ha llevado a su editor, Jorge Herralde (Anagrama), a inventarse este librito, compuesto por retazos autobiográficos y comentarios sobre literatura.

A pesar de tener un origen tan plebeyo, el resultado no es malo, y ni tan siquiera parece forzado. Flores en las grietas nos acerca al autor de El periodista deportivo, El día de la independencia o Acción de gracias, que constituyen un potente fresco de los Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial a esta parte. El tono del libro es menor, íntimo, y ahí justamente radica su interés.  

En Europa tendemos a idealizar la vida de los escritores, atribuyéndoles inconscientemente las aventuras de sus personajes de ficción o haciéndolos protagonistas de los conflictos morales que se plantean en sus libros. La sacralización del intelectual que tuvo lugar en la Francia del siglo pasado y que convirtió el desencuentro de Camus con Sartre en un asunto universal, ha influido a la hora de consolidar esa actitud reverencial que los europeos adoptamos ante el mundo de la cultura. 

En el mundo anglosajón las cosas son bastante diferentes. La sospecha que suscita cualquier gesto de intelectualismo en Estados Unidos hace que sean sus propios escritores e intelectuales los se adelanten a rebajar las expectativas. Ford también coge esta línea. “Ninguno de nosotros es gran cosa”, llega a decir en un momento, citando a Auden. Los escritores no son gente especial y con un fascinante mundo interior, y el que así lo crea es un frívolo, advierte en otro capítulo.

Siguiendo con este ejercicio de autoconocimiento y despojamiento, Ford hace un encendido homenaje a un profesor universitario que le enseñó a leer la literatura que le interesaba cuando él nada sabía (en el capítulo La lectura). También reconoce su propensión a la violencia física (En la cara) o a la holgazanería (Holgazanear mientras la Musa recarga pilas).

Sus muchos años dando clases en la Universidad y en eso tan americano que son los talleres de escritura creativa, se notan en las partes del libro que yo más aprecio, que son las que dedica a hablar de sus fuentes de inspiración literaria. Otra vez rehuyendo el intelectualismo y el comentario sesudo, Ford nos pone sobre la pista de joyas (a veces escondidas u olvidadas) de la literatura estadounidense del siglo XX y vuelve a clásicos como Chejov, con una deliciosa relectura de La dama del perrito. También una delicia es su lectura de Revolutionary Road, de Richard Yates, aunque estoy seguro de que romperá esquemas a algunos.

Por último, algunos capítulos de este Flores en las grietas los dedica Ford a rescatar episodios de su infancia en el hotel de Little Rock, en la ribera del Misisipi, regentado por su abuelo. En En recuerdo del golf, que cuenta la fascinación que siente por este deporte un empleado negro del hotel, la inesperada intriga convierte la rememoración en una relato excelente. Para mitómanos es su aproximación, en otra parte del libro, a Raymond Carver, con el que tuvo una intensa amistad.  



He aquí algunas de las obras (casi siempre cuentos) de las que habla Richard Ford en este libro y que pueden deparar alguna lectura interesante:

Muerte en el bosque, de Sherwood Anderson
Quiero saber por qué, de Sherwood Anderson
Reunión, de John Cheever
El fuego del hogar, de Tobías Wolff
¿Qué es lo que quiere?, de Raymond Carver
Años luz, de James Salter



NOTA: Richard Ford acaba de publicar en Estados Unidos su séptima novela, Canadá, que todavía no ha llegado a España. A continuación tenéis un vídeo sobre este trabajo. 






domingo, 7 de octubre de 2012

Amor en las postrimerías


  

A propósito de Hombre lento, de J. M. Coetzee

Paul Rayment, fotógrafo retirado en la ciudad australiana de Adelaida, es arrollado por un coche mientras pasea en bicicleta. Milagrosamente salva la vida, pero pierde una pierna. Al cabo de unos meses, Rayment, que renuncia a una prótesis y se prepara para la soledad y la dependencia más estricta, se enamora de su cuidadora, una croata de mediana edad, casada y con tres niños. Rayment, incapaz de contener el aluvión de sentimientos encontrados que Marijana le provoca, le declara su amor, un amor que no necesita ser recíproco y que también extiende a Drago, el hijo adolescente de Marijana y la gran preocupación de su madre. Impresionante comienzo.   


El viejo Rayment, antipático y contradictorio, pero también anhelante y virtuoso, es un personaje tan poderoso, tan bien construido, que está destinado a quedar en la mente del lector largo tiempo. Coetzee se mete en el pellejo del viejo desahuciado e ilumina su universo emocional, pero no permite que nos identifiquemos con él. Coetzee rehúye los atajos y las florituras, y con las palabras justas (me recuerda a Clint Eatswood por su capacidad de síntesis y de plantear con muy pocos elementos dilemas morales eternos) da cuenta de la redención que para Rayment, metáfora de una vejez indeseable, supone el encuentro con su cuidadora y con su familia, a la que intenta ayudar por todos los medios, quizá en un último intento de sembrar la semilla que lo inmortalice y que prolongue su recuerdo en este mundo. El estéril Rayment, que se casó pero que nunca tuvo hijos, busca una segunda oportunidad.

La literatura de Coetzee está llena de matices, de fogonazos de realidad que hacen que una historia que se mueve en la fina raya que separa lo verosímil de lo que no lo es y que está llamada a agotarse en las 50 primeras páginas por su brillante e impactante comienzo, siga creciendo en las 200 siguientes.

Coetzee se mueve al margen de la literatura mainstream, esa que, a base de suspense, ciertas dosis de corrección política o calculada irreverencia, está hecha para vender. Primero porque elige a un viejo como protagonista, y, además, porque lo convierte en sujeto de una pasión erótica. Sin pudor, asistimos a las caricias imaginarias –en realidad masajes de rehabilitación- de Marijana en el muñón que cuelga de la pierna masacrada de Rayment. Un erotismo terminal que me recuerda un tanto al que encarnaron en la película Sarabanda, el último trabajo de Bergman, Liv Ullmann y Erland Josephson, aunque allí la pulsión erótica del viejo gruñón se mezclaba con el miedo y la orfandad que siente el que ya huele la muerte. Hay que reconocer que Bergman tampoco se anduvo con chiquitas en este terreno

Hombre lento es también un libro sobre un mundo que está a punto de fenecer, el que representa Rayment y su amor por el oficio de la fotografía, y sobre el que ha irrumpido sin que él se diera cuenta, pues ha vivido mucho tiempo de espaldas a sus contemporáneos, y que encarnan los adolescentes ensimismados de la era de Internet y las familias de nuevo cuño de los barrios periféricos de las ciudades australianas, familias trabajadoras en busca de status.

Lo que menos me gusta de la novela de Coetzee es esa escritora pizpireta llamada Elizabeth Costello, que ya protagonizó otro de sus libros y que aquí se convierte en contrapunto emocional y argumentativo de Rayment y un recurso literario para explorar sus sentimientos cuando la trama principal, la de su aproximación a la familia Jokic, la de Marijana, queda suspendida. Costello, un Sancho Panza posmoderno que practica el culturalismo pero que tampoco tiene empacho en destilar esa sabiduría hueca de los libros de autoayuda, sirve a Rayment para reconocer la pérdida que supone la vejez y el océano que media entre la realidad y el deseo.



Una curiosidad: todavía me pregunto por qué la edición española de la novela muestra a un perro lamiendo los labios de un anciano, previsiblemente su dueño. Arriba reproduzco la portada de la inglesa, mucho menos metafórica, pero más ajustada y en línea con el estilo directo de Coetzee.