miércoles, 20 de septiembre de 2017

¿Por qué los chicos buenos acabaron poniendo bombas?


A propósito de la lectura de
'Armas de seducción masiva', de Javier Lesaca
Uno se pregunta por qué en los últimos años muchos chavales de familias acomodadas de todo el mundo han acabado sirviendo al Estado Islámico y atentando de forma indiscriminada contra civiles en ciudades de Europa, o en la propia Siria o Irak. O cómo decenas de miles de profesionales de todo el planeta, entre ellos médicos, arquitectos, ingenieros o economistas, han dejado todo para servir a los intereses del Califato que ha gestionado, desde el terror, el autoproclamado estado que dirige Abu Bakr al-Baghdadi.


El navarro Javier Lesaca, profesor de la Universidad de Navarra e investigador de la Universidad George Washington, aporta bastante luz sobre esta cuestión en un libro que lleva por título Armas de seducción masiva. Para escribirlo, Lesaca ha analizado los más de 1.300 vídeos producidos y difundidos por el aparato mediático del Estado Islámico desde que, en el verano de 2014, el vídeo de la ejecución del periodista británico James Wright Foley se hiciera viral en la red.


En una década, la propaganda yihadista se ha refinado hasta extremos impensables. Muy lejos quedan aquellos vídeos en que se veía a un Osama Bin Laden provisto de un fusil hablando desde una cueva sucia y mal iluminada de algún lugar sin determinar de las montañas de Afganistán. Lesaca nos cuenta cómo alrededor del Estado Islámico han aflorado decenas de productoras que han sido capaces en estos últimos años de construir un relato atractivo a base de revistas e infografías de cuidado diseño, pero sobre todo de vídeos de factura intachable, protagonizados en muchos casos por jóvenes sonrientes y desenfadados, y con un toque hipster.


El Estado Islámico ha creado un relato audiovisual donde la violencia más espeluznante queda banalizada y neutralizada por esmerados montajes, cargados de referencias a películas de Hollywood, series de éxito y conocidos videojuegos como Call of Duty. En definitiva, los propagandistas del Califato han creado un universo adaptado a los gustos de las audiencias occidentales y con el que, según Lesaca, se han identificado muchos jóvenes desencantados y frustrados de todo el mundo, convencidos de que poner bombas o atropellar en una calle a una multitud puede ser algo cool, una experiencia excitante. “El terrorismo, por primera vez en la historia, es bello, moderno y familiar”, dice Javier Lesaca en un momento del libro.

La sofisticación del relato y el manejo de las redes sociales ha permitido al Estado Islámico llegar a audiencias masivas sin recurrir a los medios de comunicación tradicionales. Por el momento, la batalla la van ganando los terroristas en el terreno de las conciencias. Lesaca cree que las democracias tendrán desde ya mismo que construir un contradiscurso que desenmascare esa aventura de terror y vacuidad que proponen los extremistas. Poner la democracia y la libertad de moda de nuevo será la mejor forma de combatir en el largo plazo este terrorismo suicida, aunque eso exigirá que los dirigentes occidentales se lo crean, que cambien las prioridades y que armen una historia convincente. Eso sí, Lesaca pronostica que la guerra por las conciencias será mucho más larga que la que tiene lugar en el campo de batalla real, en esa frontera difusa de Siria con Irak.     

jueves, 17 de agosto de 2017

Libros muy recomendables que nadie leerá jamás



Un cuento improbable de Santiago Toste

Polo Norte, algún día del mes de julio de 2017:
Hay muchas formas de engañar a la gente. Pero así, a ojo, yo diría que existen 1.267.348. A mí, por ejemplo, me dijeron que esto iba a ser la mejor experiencia de mi vida. Una aventura llena de acción, ciencia, contacto con la naturaleza y compromiso con las nuevas generaciones. Llevo seis semanas aquí. Me aburro. Claro que debió extrañarme que no me pusieran ninguna pega y de inmediato aceptaran mi solicitud. Supongo que no hay muchas personas dispuestas a pasarse tres meses en soledad en el Polo Norte, controlando los aparatos de una misión científica de la que no entienden nada. Nada de nada. Son cuatro máquinas. Mi trabajo consiste en mandar cada dos días un correo electrónico que se genera de forma automática y está lleno de códigos extraños. Y también en cambiar las baterías de esos dispositivos cuando alcancen el 20% de carga. Todo eso me ocupa apenas 15 minutos. Cada dos días. Tengo mucho tiempo libre.

Polo Norte, una semana después de algún día del mes de julio de 2017:
De vez en cuando viene Boris a verme y me trae comida. Y quizás también lo hace para comprobar que sigo vivo o que no se me ha ido la cabeza. Lo llamo Boris, pero no sé cuál es su nombre. Es ruso, o lituano o estonio o georgiano o ucraniano… Lo llamo así porque le queda bien. Tiene un pequeño avión, tan destartalado que a bote pronto yo juraría que vulnera dos o tres leyes de la física. No es mal tipo Boris. Siempre me saluda con una especie de gruñido. No dice palabra, pero creo que le caigo simpático. Me parece que también siente algo de lástima: en su última visita, junto a los víveres me puso una botella de ron cubano y una vieja película porno. El ron estaba muy bueno, pero no tengo reproductor de VHS.

Polo Norte, finales de julio o puede que comienzos de agosto:
Malditas expectativas. Es como cuando tienes cerca las vacaciones y comienzas a hacer planes, a programar actividades, a plantearte bajar de peso y dejar de fumar... Y acabas junto a la piscina de un apartamento haciendo zumba.
Limpio cuatro veces al día este cubículo. En el techo hay tres grandes manchas, cuatro de mediano tamaño y quince diminutas. Y también una grieta que me preocupa. Hago grafitis políticos en una de las paredes, la que está frente a la puerta. Me afeito por la mañana y por la tarde, me ducho cada seis horas y cambio de peinado cada semana. Los siete libros que hay en la estantería los he ordenado por grosor, por color y también por orden alfabético de acuerdo con la primera letra de sus títulos. Las revistas, por tamaño. He comenzado una colección de muñecos de nieve. Es curioso, pero cada día que pasa les voy encontrando un mayor parecido con algunos miembros de mi familia… Boris lleva tiempo sin venir, pero no estoy nervioso.

Polo Norte, quizás septiembre:
Ante tanta diversión sin tregua, he decidido sentar la cabeza y convertirme en crítico literario. O más bien, ya que estamos en verano, ofrecer una serie de lecturas recomendadas para estos días de asueto. Ahí va:

‘El estrambótico caso de Mr. Williamson’ (novela negra).
La historia transcurre en un acogedor pueblecito al norte de Gales. Probablemente, con uno de los índices de criminalidad más bajos de todo el Reino Unido. Clive McCartney, un inspector de policía retirado, acude a la casa de su viejo amigo John Williamson a tomar el té y ponerse al día de los chismes de la comunidad. Es un relato sin asesino ni muerto; no hay crimen ni coartada. Pero a nadie le importa. Todo es sutilmente truculento, pero también agradable. La trama flojea en algunos capítulos. Tres estrellas.

‘La vida cotidiana de J. D. Salinger contada en 2.000 fotografías’ (biografía).
Un mito que se nos cae. El volumen presenta, con muy poco texto, un detallado relato en imágenes del día a día en los últimos 40 años en la vida del autor de ‘El guardián entre el centeno’, cuya fobia social hasta ahora contribuía a su leyenda. Reúne fotografías de Jerome David Salinger nunca antes difundidas. Cumpleaños, vacaciones en Torremolinos y en el sur de Tenerife, haciendo la colada, en barbacoas, regando el jardín, de compras en el centro comercial, probándose ropa, selfis… Todo muy revelador, incluso algunas veces, impúdicamente revelador. Cuatro estrellas.

‘Desentrañando ‘El Quijote’ (ensayo)
El filólogo J. P. Gálvez y el hispanista Owen W. Lee presentan el resultado de un ingente trabajo de investigación que echa por tierra cuatro siglos de literatura y conocimiento. Una profusa documentación que viene a demostrar, sin género de dudas, que si bien está prácticamente confirmado que Miguel de Cervantes Saavedra es el autor de ‘El Quijote’, sus dos partes no fueron publicadas en 1605 y 1615, sino en 1987. Ahí queda eso. Cinco estrellas

‘El ‘Ulises’ de Joyce para toda la familia’ (novela, versión abreviada)
La edición definitiva que todo el mundo aguardaba. El filólogo argentino Horacio Rodríguez Giuletti vuelve a situarnos en el Dublín que recorrieron Leopold Bloom y Stephen Dedalus el 16 de junio de 1904. Sin embargo, Giuletti expurga de la obra de James Joyce todo aquello que él considera prescindible, críptico o estrafalario. No queda rastro del monólogo interior ni de los juegos lingüísticos y el itinerario acaba por asemejarse a un circuito en un bus turístico, cuyo conductor conduce temerariamente bajo los efectos de las anfetaminas. La novela queda reducida a 72 páginas. Brillante ejercicio de síntesis, sin duda. Por ponerle alguna pega, quizás resulten excesivas las 5.248 notas a pie de página. Cinco estrellas.

‘Platón era un bromista’ (ensayo, filosofía)
El acontecimiento del siglo en el mundo de la filosofía, que, dicho sea de paso, últimamente no se había caracterizado por una gran animación. A raíz de una serie de pequeños legajos descubiertos hace dos años en Bagdad –una traducción de una traducción de una traducción-, el filósofo alemán Georg Siegert Wolf deconstruye la figura de Sócrates que legó Platón. Entre sus sorprendentes conclusiones, Siegert Wolf nos arroja a la cara que, si bien Sócrates sí que existió –para desconsuelo de algunos polemistas-, realmente era un hombre de pocas palabras. O dicho de una manera más contundente, los diálogos de Platón son una patraña, un chiste privado entre filósofos helenos. El intelectual germano muestra a un Sócrates taciturno, de una timidez enfermiza, al que todo aquello de la dialéctica y la mayéutica le importaba un higo. Lo único que hacía aflorar un intenso brillo a sus ojos era la comida y la bebida. De hecho, asevera que en el famoso banquete de Agatón solo se dirigió a los demás para rogarles que no pusieran fuera de su alcance el vino. Siegert Wolf amenaza con publicar el próximo año un nuevo volumen, continuación de este, en el que la alegoría de la caverna y la teoría de las ideas de Platón quedan…*

*Hasta aquí llegan las anotaciones escritas en una pequeña agenda escolar por el operario principal –y único- de la estación polar de la misión científica AH-221. El 2 de octubre, el aeroplano pilotado por Serguéi Kovtun aterrizaba en el Polo Norte para recogerlo y llevarlo de vuelta a casa. Pero no había rastro de él. Reproducimos este texto por si fuera de interés para alguien.





lunes, 31 de julio de 2017

La col tuvo la culpa



Un cuento de Santiago Toste que mezcla gastronomía e Historia

Dejémonos de historias. Adolf odiaba el chucrut. Su temprana vocación por la gastronomía es otra de las paparruchas ideadas por Goebbels para investir de pompa y mitología el mediocre pasado de su jefe. No, él nunca soñó con ser cocinero. Quizás un célebre pintor o incluso un político relevante, o, si me apuran, en sus fantasías más delirantes hasta el líder de una gran nación… Pero lo de crear un imperio gastronómico vino mucho después, de pura chiripa.

Todo comenzó en los años 20, cuando este austriaco con aires de grandeza decidió montar una cervecería en Múnich. No sé sabe cómo -a lo mejor fue cosa de Himmler, que al poco había empezado a trabajar de friegaplatos y quería agradar al patrón-, pero en muy poco tiempo el negocio se ganó la fama de que allí se servía la mejor cerveza de Baviera, lo que resulta incomprensible, porque, créanme, aquello era un miserable abrevadero en el que también se despachaba algo aceitoso y recalentado que vagamente se asemejaba a las salchichas.

El caso es que prosperó a un ritmo vertiginoso. Sin embargo, cuando herr Hitler ya comenzaba a hacer planes -montar una terraza en el patio de atrás, contratar un segundo camarero, servir desayunos…-, todo se vino abajo. Fue un escándalo: 116 clientes sufrieron una intoxicación alimentaria; de ellos, 58 estuvieron hospitalizados durante semanas y 11, que formaban parte de un grupo de veteranos de la Primera Guerra Mundial, cabalgaron hasta el Valhalla antes de tiempo. La Policía pilló a Hitler en su casa, atascado en la ventana de la buhardilla mientras intentaba escapar, en pleno ataque de nervios y farfullando un galimatías del que solo se entendía algo así como “demasiada salsa, demasiada salsa…”.

La cárcel le fue de bastante provecho. Participó junto a otros reclusos en un taller de cocina que le sirvió para mejorar su técnica y en los ratos muertos, que eran muchos, escribió Mil y una maneras de preparar chucrut, un libro hoy descatalogado, pero que en las décadas de los 30 y 40 fue todo un best seller, traducido a 28 lenguas. El éxito editorial animó a Adolf a emprender una nueva aventura empresarial, esta vez en Berlín. Ciertamente, la idea era buena: con un precio muy ajustado, el restaurante ofrecía un completo menú, cerveza, vino o refresco incluidos, además de un strudel de manzana que no estaba nada mal. Todo Berlín, desde el gran potentado al más humilde operario de una fábrica, desde el contable hasta la mecanógrafa que a mediodía paraban para almorzar, acudían al establecimiento de moda. 

Dicen que fue Göring, su jefe de sala, el que le propuso a Adolf ser un poco más ambicioso e intentar expandir el proyecto, primero, por toda Alemania, y después, más allá de sus fronteras. Y el caso es que, ante este pujante fenómeno culinario, no tardaron en caer rendidos Austria, Checoslovaquia, Polonia, Dinamarca, Noruega, Países Bajos, Luxemburgo, Bélgica y, por fin, Francia. Lo de París fue un duro golpe para la autoestima de los galos, que en esto de los calderos y los fogones marcaban tendencia desde hacía años.

En Italia y Rusia las cosas funcionaron de otra manera. El estómago de los italianos era gobernado desde Roma por el duce de la pasta, cuya cadena de pizzerías, Mussolini’s, no encontraba rival desde Milán a Palermo. Goebbels lo tuvo claro desde el principio: mejor asociarse con Benito Mussolini a través de una red de franquicias bien publicitadas, que entrar en una guerra de precios con un resultado incierto. 

Algo similar ocurrió con Stalin en Moscú. Se cuenta que, en aquellos años, en la Unión Soviética no se servía un plato de ensaladilla ni un vaso de vodka sin que Stalin no lo supiera. Curioso personaje este Stalin, mientras que por un lado inundaba de colesterol a su pueblo, por otro era un defensor recalcitrante de las purgas como remedio más saludable para depurar el organismo. De manera que Hitler y Stalin suscribieron una especie de pacto de no agresión, pero nunca dejaron de recelar el uno del otro.

Por lo que respecta a España, Adolf se desesperaba cada vez que intentaba hablar con su par, Francisco Franco, que prácticamente había copiado su modelo de negocio -a su manera, eso sí-, pero no paraba de ofrecer las excusas más peregrinas, siempre acompañadas con una risita nerviosa, cada vez que el austriaco le planteaba una asociación. Visto con perspectiva histórica, hoy resulta inexplicable el éxito que tuvieron aquí durante tanto tiempo los establecimientos Mesón del Caudillo. Era otra época y eran otras las ideas sobre alta cocina, cierto, pero nunca dejó de llamar la atención lo cicatero que era este hombrecillo en los menús que despachaba. Tanto es así, que sus detractores de aquel tiempo los denominaban con mucha guasa el régimen. Pese a todo, supo mantenerse en el candelero durante casi 40 años.

No faltan los historiadores que achacan la irrupción de Hitler en el planeta gastronómico a cierta pasividad y exceso de confianza de los grandes cocineros europeos, que no vieron venir -pero sobre todo menospreciaron- las revolucionarias técnicas de marketing de aquel desequilibrado. Pero también hay que ser justo y reconocer que existió un puñado de amantes del buen guisar que, de norte a sur, de este a oeste, opusieron el sentido común y un encomiable sentido de la libertad al elaborar los platos: eran los resistentes.

Los problemas para esa formidable maquinaria germana en torno a los jugos gástricos de millones de europeos comenzaron en Gran Bretaña. Winston Churchill, un veterano chef londinense para quien el roast beef no guardaba ningún secreto, se empeñó en demostrar a su clientela y al resto del mundo la sarta de disparates que figuraban en la carta de cada uno de los restaurantes con el sello de Adolf. En cuestiones de cocina, afirmaba el inglés, no hay fórmulas mágicas para alcanzar el triunfo, sino el trabajo duro, o mejor, como a él le gustaba decir, “la sangre, el sudor y las lágrimas”. Aún reponen de vez en cuando sus programas radiofónicos.

Hitler había perdido el control. En un brote de soberbia que resultaría fatal, un día llegó a la conclusión de que la expansión natural de su emporio pasaba por Moscú y que ya estaba bien de tanto contemporizar y tanta sonrisa falsa con Stalin. “El ruso se lo tiene muy creído, jefe: es un cretino”, le solía susurrar Himmler cada vez que hablaban sobre el georgiano. Completamente borracho de poder, en 1941 inició una campaña publicitaria sin precedentes con el fin de que sus restaurantes conquistasen la Unión Soviética. La llamó Operación Chucrut.

En el resto del mundo, la situación no era menos convulsa. Los dueños de los principales restaurantes y cafeterías de Estados Unidos estaban en estado de shock: de la noche a la mañana, los paladares norteamericanos habían sucumbido al sushi. Aliados comerciales de Alemania, los japoneses se habían conjurado para arramblar con el imperio de la comida rápida.

Pero la respuesta yanqui no se hizo esperar. La producción de hamburguesas y refrescos de cola se multiplicó por diez, lo que, unido a una de las acciones promocionales más agresivas que se recuerdan, no tardó en contrarrestar el esfuerzo culinario de los nipones. Y no solo de ellos, pues los norteamericanos, ya metidos en faena, se sumaron al fin a todos los que buscaban pararle los pies a Adolf y su modelo culinario expansionista. Era la guerra de los fogones.

Mientras tanto, en Berlín los negocios no iban bien. Los más cercanos a Hitler tenían mucho cuidado de poner a su alcance los libros de contabilidad. Los números habían ido adquiriendo un intenso y preocupante tono rojizo, pero Adolf no valoraba la sinceridad, y su paranoia le hacía ver enemigos y espías de la competencia por todos lados. Lejos de allí, en Francia, los gustos de la población, tan cambiantes, habían comenzado a decantarse por los fast food. Del mismo modo que la cocina local atravesaba una especie de renacimiento y se formaban largas colas ante los locales para conseguir una mesa. La tendencia se propagaba por toda Europa.

Poco se sabe de los últimos días del chef austriaco, aunque muchos coinciden en que hasta el final se resistió a asumir la realidad. Cuando desde hacía meses nadie daba un marco por comer en sus establecimientos, incluso cuando la cocina rusa se extendía por lo que antes fue su imperio -apenas a cinco metros de su negocio originario se había instalado con éxito uno con el pomposo nombre de Exquisiteces del Volga-, él se encerraba en su laboratorio de ideas -el búnker lo llamaba- y no paraba de cocinar.

Lo peor para quienes seguían a su lado no era contemplar la decrepitud de su antaño amado líder, sino el que se vieran obligados a probar sus elaboraciones. O a simular que lo hacían, porque aquella bazofia, aquel engrudo que él consideraba el no va más en creación de vanguardia, era intragable. Sus propios perros, que terminaban siendo los destinatarios de tanto despropósito, no tardaron en morir de inanición, envueltos en la melancolía y entre terribles aullidos.

A partir de ahí, la historia se confunde con el chismorreo. Algunos juran que en los 50 se toparon con él en Buenos Aires, arrastrando un puesto ambulante de perritos calientes; otros dicen que acabó recluido en una institución psiquiátrica, vestido todo el día de cocinero, en la que le tenían prohibido acercarse a menos de 20 metros de las cocinas… En fin, leyendas.


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Santiago Toste es periodista en el Diario de Avisos, de Tenerife.  



martes, 4 de julio de 2017

Las redes sociales pueden ser un infierno


A propósito de la lectura de ‘Arden las redes’,
de Juan Soto Ivars

En menos de 140 caracteres se han escrito cuentos espléndidos y canónicos, aforismos definitivos sobre el arte de amar, vivir o morir, y versos o estribillos que se nos han quedado grabados para siempre y que forman parte de nuestra memoria sentimental. Pero también en menos de 140 caracteres se han escrito y se están escribiendo en el momento que escribo esto miles, millones de comentarios y exabruptos que suenan a condena, a linchamiento y a humillación. Ya no estamos en las reflexivas palabras de un libro o de una canción, sino en el terreno volcánico de Twitter.

Hace unos años ya, cuando emergieron con fuerza redes sociales como Facebook o Twitter, muchos ciberentusiastas y optimistas digitales las saludaron como una nueva vía para conseguir una comunicación fácil, igualitaria y libre. Ha pasado el tiempo y se puede decir que las redes sociales han servido en algunos casos para eso, pero también han tenido el efecto contrario. En muchos momentos han emponzoñado el debate tranquilo, racional y respetuoso y han servido para reprimir ideas y linchar al que opina diferente, humillándolo y destruyendo su reputación. Se puede decir que las redes sociales liberaron y establecieron una censura al mismo tiempo. Twitter es, por un lado, una herramienta de información y para estar al día, pero al mismo tiempo, es un generador de información basura y descontextualizada. Es el amargo despertar de ese sueño de paraíso tecnológico que, como todos los paraísos, no va a llegar nunca.

En su libro Arden las redes, el periodista Juan Soto Ivars analiza los mecanismos de esta nueva forma de censura de las redes sociales y hace un repaso de los principales casos reales de linchamiento en la web que se han dado en España en los últimos años y que han llevado a un clima asfixiante y a situaciones intolerables que creíamos de otra época. De hecho, para Soto Ivars estas formas blandas de censura o poscensura son hasta cierto punto una reedición actualizada de aquellas versiones más contundentes de control ejercidas por las dictaduras del siglo XX o, más tarde, por los poderes económicos de las corporaciones.  

En Arden las redes los protagonistas son algunas de las víctimas de atropello y linchamiento virtual que más han trascendido, y también sus verdugos: feministas, religiosos, nacionalistas de cualquier tipo... El libro es un martirologio, un repaso por los casos de aquellos que han sufrido un juicio paralelo y han visto cómo de un día para otro su prestigio y su reputación se esfumaban por un comentario desafortunado o malinterpretado, y eran víctimas de las hordas de haters, trolls y extremistas que, amparándose en el anonimato de Internet, no tuvieron contemplaciones con el que se saltó la corrección política, el que ejerció de disiente improvisado o el que vio las cosas de otra manera a través del humor. María Frisa, condenada por reírse de la adolescencia en un libro que lleva por título 75 consejos para sobrevivir al colegio; Nacho Vigalondo, que pagó caro un comentario de viernes de fiesta en que se refería al Holocausto como un montaje, a pesar de que luego se disculpara por activa y por pasiva; Jorge Cremades, el humorista que parodiaba la vida en pareja y que un día pagó por una declaración sacada de contexto en una entrevista… Ellos, y otros como Justine Sacco, Guillermo Zapata o Vicent Belenguer, son algunos de los triturados en los últimos tiempos por la corrección en Twitter que aparecen en este libro.

Soto Ivars analiza los resortes psicológicos que llevan a un ciudadano apacible y educado a montar en cólera y volverse un energúmeno en las redes sociales. También da un tirón a la profesión periodística, que en los momentos más álgidos de linchamiento no ha dudado en subirse al carro, sin contrastar sus informaciones o hablar al menos con las víctimas para ver si estaban ante un caso de calumnia. El periodista Ivars saca tarjeta a sus compañeros de oficio por anteponer la busca de notoriedad, tráfico en Internet e ingresos al rigor informativo.

En última instancia, el libro, que está bien escrito y documentado, aunque sea un poco largo y reiterativo, debe servir como una llamada de atención a los que meditan poco lo que escriben en el muro de Facebook o en el timeline de Twitter. Porque, como advierte el autor, cualquiera de nosotros podemos ser los próximos en ir a la pira. Así están las cosas.




lunes, 26 de junio de 2017

El periodismo (y la vida), según Juan Cruz


A propósito de la lectura del libro ‘Un golpe de vida’,
de Juan Cruz

En Un golpe de vida, Juan Cruz se propuso escribir una crónica del periodismo a lo largo de sus 40 años de profesión, quizá un dictamen fatal sobre una profesión que se disuelve como un azucarillo, asediada por las exigencias de las nuevas tecnologías y por el show-business que se ha impuesto como vía para ganar audiencia. Sin embargo, finalmente le salió a Cruz un libro que habla del periodismo, sí, pero también del desencanto de las ideologías juveniles, de los hachazos que te da la vida, de la intimidad del dolor propio y ajeno, de todo eso que ni los periodistas que confunden la redacción y la urgencia de una noticia con todo lo demás pueden ignorar.

Mezclando memorias personales y profesionales -en Cruz es todo lo mismo-, volvemos a tener un libro profundamente sentido. Juan Cruz vuelve a recurrir a su escritura desordenada, como su mesa de trabajo, tan llena de notas y libros a medio terminar. Su discurso es tentativo, caprichoso, de ida y vuelta, envolvente. Pero, a pesar de todo, su palabra, y su mirada, es precisa como el filo de un cuchillo cuando se trata de dar cuenta de los desgarros y las alegrías de la vida, de la suya y de la de sus seres queridos.

Juan Cruz escribe para poner la vida en orden, para superar los miedos y los desvelos que le producen el dolor de los demás. Cruz elimina ese dolor poniendo juntas las palabras de las heridas que supuran, como dice Virginia Woolf en el libro autobiográfico que inspira el título de estas memorias otoñales.

El periodismo siempre fue una profesión inmisericorde con los viejos, con los que cumplían años y peinaban canas en las redacciones. Quizá como todas las profesiones, sobre todo en España, donde cumplir años es pecado. Este libro es un homenaje a los que siguieron escribiendo o queriendo escribir hasta el último día, confundiendo el periódico con la vida misma. Es un recuerdo para los que no tuvieron la gallardía de despedirse, de jubilarse de una profesión que se lo dio todo y que les dejó nada. Cruz se mira en el espejo de los que no pudieron con “el repecho” de la vejez y no tuvieron coraje para decir adiós y cerrar por última vez la puerta de la redacción: Manu Leguineche, Feliciano Fidalgo, Manuel Vázquez Montalbán…

Un golpe de vida es un libro que habla de la deriva de una profesión asediada por los bulos sin confirmar que propagan las redes sociales, las noticias que desprecian los hechos y cualquier criterio de verificación, la cháchara sin fin y egocéntrica de los tertulianos televisivos o la dictadura temporal de la web, donde vale mucho más llegar antes que llegar bien.

Sin embargo, secretamente, yo esperaba un dictamen más lúgubre sobre la profesión de alguien que se puede remontar a 50 años atrás en este oficio, a los tiempos en que empezó fingiendo que escribía crónicas deportivas en su barrio natal de La Vera, en el Puerto de la Cruz, en Tenerife, o haciendo de todo en la redacción en el periódico El día, en Santa Cruz, y durmiendo en un pensión con cucarachas. Esperaba la sentencia de muerte de un oficio de alguien que ha tenido que ver cómo en los últimos tiempos la precariedad laboral ha arrasado la profesión y ha dejado un reguero de mesas y sillas vacías en las redacciones, y cómo la precariedad empresarial ha dejado unos medios a los que no queda más remedio que convertirse en voceros de los poderes económicos y políticos que todavía están dispuestos a repartir unas migajas.

“El periodismo es ya otra cosa, ni mejor ni peor, otra cosa”; “está gris el oficio invencible”, viene a decir Juan Cruz al final de su libro. Son juicios, en cualquier caso, mucho menos contundentes que aquel otro que escribió Lluís Bassets hace unos años y que llevaba por título ‘El último que apague la luz’.

Quizá sea de entender que Juan Cruz no entierre la profesión que amó por encima de tantas cosas, a la que dedicó más esfuerzos que a nada, a la que confundió con la vida misma, “el oficio invencible”, como la llama tantas veces en este libro, “el oficio inevitable”, como la llama en algún momento. “Nunca fui desgraciado en un periódico, otra cosa es lo que sucedía o iba a suceder en los entretiempos”. En fin, Un golpe de vida es otro capítulo de ese relato con que Juan Cruz ordena desde hace tantos años su vida y alivia sus penas.


miércoles, 7 de junio de 2017

Una tarde en el Feria del Libro de Madrid (What else?)



Tarde cálida de primavera, cielo despejado, sin nubes ni tormentas amenazadoras en el horizonte. Y el bullicio tranquilo de un día laborable en la Feria del libro de Madrid. ¿Qué más se puede pedir?

Todo está al alcance de un clic en Amazon y en el resto de Internet. Antes, cuando un libro abandonaba los estantes de las librerías,  desaparecía de verdad, se esfumaba sin dejar rastro. “Está descatalogado”, nos decía el librero, y uno no tenía más remedio que agachar la cabeza y resignarse a no leer aquel título deseado pero postergado u olvidado por el editor, quizá porque nadie más mostró interés por él en mucho tiempo.

Aunque todo está al alcance de nuestra mano en Internet y en esos supersites de libros como Amazon.com uno puede encontrar la última edición de cualquier novela o ensayo, en papel o en formato electrónico, o incluso de segunda mano, y también tiene en otras webs la alternativa del PDF pirata, creo que la experiencia de pasar una tarde soleada (o dos, o tres) en la Feria del Libro, en el Parque del Retiro, oliendo a pino y a hierba húmeda, es inigualable. Esa gigantesca mesa de sugerencias que se prolonga durante cientos de metros y casetas por el Paseo de Coches del Retiro es la mejor invitación a la lectura que se me ocurre.

Un paseo tranquilo y atento por las casetas de las editoriales en la Feria del libro depara muchas sorpresas (los expositores de las librerías, que no se suelen arriesgar y optan por un puñado previsible de novedades y bestsellers, suelen dar menos de sí). La Feria del libro siempre es un reencuentro con viejos amigos a los que las mesas de novedades no dan la oportunidad durante el año, pero que aquí vuelven a aparecer y a reclamar la atención. En mi caso, vienen a mi encuentro los hermanos Panero, el reconcentrado Iñaki Uriarte o el peruano Ribeyro, cuyos espléndido diario -La tentación del fracaso- tantas veces he tenido en las manos y nunca me he llevado a casa. 

En la Feria del Libro de este año volví a encontrarme pues con los irreductibles Panero y su, quizá ya demodé, invitación a la autodestrucción: Páginas de Espuma ha publicado los cuentos completos de Leopoldo María. En Visor di con unas Prosas encontradas, artículos también de Leopoldo María publicados en ¡ABC y Egin!, y Bartleby ha publicado una biografía de Michi Panero que incluye cuentos que nunca publicó el menor y más autocrítico de esa saga tan amiga del malditismo.

Otra de las cosas que me gustan de la Feria del libro es el batiburrillo. En una caseta -en concreto la de la editorial ESIC- enseñan libros de negocios y dedican algún volumen a orientarnos en la tarea ciclópea de conseguir 10.000 seguidores en Twitter (sin hacer trampas ni acudir al mercado negro de las redes sociales, supongo). Más allá, los de la Fundación Federico Engels intentan mantener viva la llama del comunismo primigenio con títulos que ya nadie se para a ojear. Y, por otro sitio, una editora vehemente intenta venderme Los extraños, novela de un autor del que no he oído hablar pero que a partir de ahora, según ella, deberé tener muy en cuenta porque es un auténtico crack: Vicente Valero. Le digo, casi disculpándome, que tomo nota y sigo andando en busca de tesoros. 

Los de la editorial Turner también me intentan enganchar, aunque con maneras más suaves. La verdad es que los de Turner publican libros cuando menos sugerentes. Más allá del espléndido La España vacía, de Sergio del Molino, un libro en principio para una minoría de lectores y que milagrosamente ha trascendido y ha puesto en el mapa mediático a ese medio país que desaparece por la despoblación, Turner tiene títulos como Por qué los edificios se caen, un repaso por los grandes desastres arquitectónicos de la Humanidad, o La importancia del tenedor, que nos cuenta cómo han ido cambiando los útiles para cocinar, desde la cuchara de madera a la Thermomix.

En la Feria del Libro de Madrid también hay santuarios por los que uno debe pasar sí o sí, aunque sólo sea para cerciorarse de que siguen ahí y de que no todo es vacuidad, fachada y show-business también en el mundo de la literatura. En mi caso, esa peregrinación en busca de las esencias siempre me lleva a los puestos de Anagrama y Acantilado. Da gusto comprobar que, a pesar de tanta fruslería y de tanto libro firmado por el cocinero de moda o por el último youtuber millonario e imberbe, en esta Feria también alguien va a poder ojear y comprar Los ensayos de Montaigne, las memorias europeas de Stefan Sweig, las novelas terminales de Rafael Chirbes o esa reinvención del periodismo que hizo Truman Capote en A sangre fría.

En la Fería del libro también quedamos retratados como lectores. A mí, por ejemplo, la caseta de Valdemar, una editorial con un imponente catálogo de títulos clásicos de aventuras y suspense, no me llama la atención gran cosa. Conozco alguno que se pasaría la vida en ella. Tampoco soy lector de poesía, y paso de largo por los puestos de Hyperion o Visor, dos referentes para los amantes del verso. Lo mismo me pasa con los que exhiben comics, aunque me haya llamado la atención este año uno que ha sacado Planeta basado en Intemperie, la sorprendente primera novela de Jesús Carrasco. Tampoco me interesan los libros para niños o novelas históricas, y así -ay- tantas cosas.

Por último, me despido con una lista heterogénea y poco meditada de libros que han pasado por mis manos en esta Feria y que, de haber sido hombre de caudales o sobrado de tiempo, me habría llevado a casa. Ahí va, por si a alguien le da ideas: El tenis como experiencia religiosa, de David Foster Wallace, en Random House; 50 palos… y sigo soñando, de Pau Donés, en Planeta; Pablo Isla. En el corazón de Zara, de Jesús Salgado y Xabier Blanco, en La Esfera de los Libros; Sapiens, de Yuval Noah Harari, en Debate; Soy de pueblo, de Raquel Corcoles, en editorial Glenat; Los cinco y yo, de Antonio Orejudo, en Tusquets; Amar es dónde, de Joan Margarit, en Visor. What else?



lunes, 22 de mayo de 2017

El universo femenino de Elizabeth Strout



A propósito de la lectura de 'Amy e Isabelle', 
novela de Elizabeth Strout


Elizabeth Strout se convirtió en un fenómeno literario tras publicar su colección de relatos Olive Kitteridge y ganar con ella el premio Pulitzer en 2009. Debo confesar que no pude acabarla. Y no es que el libro me pareciera malo, pero me aburrió, quizá, como me señalaba una amiga irónicamente, porque la especial sensibilidad de Strout en su descripción del universo femenino fuera demasiado sutil para mí.

En mi descargo, confieso que me ha gustado mucho Amy e Isabelle, la primera novela de Strout, donde profundiza en su exploración del alma de las mujeres, que me ha llegado mucho más que Olive Kitteridge.  La autora dedicó siete años de duro trabajo a Amy e Isabelle, lo que se percibe de lejos en su bien estudiada estructura y en todos los detalles de la trama. El argumento es sencillo: Isabelle, una mujer soltera de mediana edad, y su hija adolescente, Amy, conviven en un pequeño pueblecito de Nueva Inglaterra donde la aburrida vida cotidiana discurre despacio, aplastada bajo el calor de un verano inclemente. Madre e hija se ocultan mutuamente muchas cosas, lo que bloquea su relación, aunque compartan mucho más de lo que se atreven a imaginar…

La novela habla de mujeres con vidas rotas por las casualidades y las decisiones precipitadas: “…comprendía lo extraordinariamente fácil que era hacer daño a alguien, arruinar una vida. La vida era un tejido frágil y los tijeretazos caprichosos de un momento cualquiera de egoísmo podían cortarlo en pedazos… Un tijeretazo aquí y otro allá. Y todo desecho”.

Los personajes femeninos sufren por amor y desamor, por los problemas que afrontan en su trato con los demás, por el efecto del paso del tiempo en sus cuerpos, por las miserias del día a día y los recuerdos que las atormentan. Y sufren aún más por sus deseos insatisfechos y por las consecuencias de su inconsciencia cuando se atreven a satisfacerlos en un instante de arrebato.

Las morosas descripciones del día a día, que al principio casi aburren, refuerzan poco a poco y por contraste la complejidad psicológica de los dramas de las protagonistas, quienes, abrumadas por sus torturas interiores, se enfrentan a sus quehaceres diarios de manera poco menos que heroica.

Eso sí, las protagonistas de Strout redimen sus desventuras gracias a la complicidad que comparten con otras mujeres en sus profundas relaciones de amistad, descritas por la escritora desde la intimidad de cada personaje, con exquisita empatía y delicadeza. Por el contrario, la autora no nos deja penetrar en la mente de los hombres, que se comportan como criaturas zafias, preocupadas tan solo de satisfacer sus bajos instintos. 

Desde su papel subsidiario, aunque decisivo por sus desgraciados efectos, los crueles personajes masculinos de Strout, actúan como teloneros sombríos de sus compañeras, que luchan contra su rudeza tan sólo con las débiles armas que les proporciona su sensibilidad. 

Un juguetón sentido del humor y el hábil manejo de los puntos de vista y de las revelaciones de los personajes son algunas de las cualidades de esta novela aguda, que me ha dejado las ganas de seguir leyendo a Elizabeth Strout… y también un poso de vergüenza masculina, no me atrevo a decir si merecida o no...


jueves, 4 de mayo de 2017

Las ventajas de un mundo sin dinero en efectivo



A propósito de la lectura de 'Reduzcamos el papel moneda', de Kenneth Rogoff

Kenneth Rogoff, profesor hoy en Harvard y que entre 2001 y 2003 fue economista jefe del FMI, ha escrito un libro sugerente donde aboga por eliminar el dinero en efectivo, o por lo menos los billetes grandes. Con abundantes cifras, Rogoff nos demuestra que nadamos en un océano de cash, que además no hace mas que aumentar. Sin embargo, en el día a día, el ciudadano corriente se mantiene al margen de este torrente de billetes, manejándose bien con 40 o 50 euros en efectivo y con un par de cientos ahorrados como mucho en algún cajón de casa.

Si en Europa nos repartiéramos los euros que hay en circulación, tocaríamos a 3.200 por cabeza, y de esa cantidad, el 90% serían billetes grandes, de 50 euros para arriba. En Estados Unidos pasa algo tres cuartos de lo mismo.

En ‘Reduzcamos el papel moneda’, Rogoff mantiene que los océanos de dinero que ha salido de las fábricas de moneda están fuera del alcance del ciudadano corriente y sirven desafortunadamente para engrasar la economía sumergida y el fraude en sus más perversas variantes, como el tráfico de drogas o personas, la extorsión o los sobornos a políticos. Es decir, que esos billetes de 200 o 500 euros que raramente hemos visto poco favor hacen al común de la gente y a la economía en general. Y es que el efectivo no sólo sirve a los capos de la droga o a las mafias para mantener la operativa de sus oscuros negocios. Su mal uso está más extendido de lo que parece y también sirve a las empresas "legales" para evadir impuestos o para pagar en negro a sus empleados, eludiendo sus obligaciones con la Seguridad Social.  

Rogoff no deja de reconocer las virtudes del papel moneda, pero para neutralizar sus efectos perniciosos propone la universalización de las transacciones electrónicas y la eliminación progresiva -en 10 o 15 años- de los billetes de mayor denominación (a partir de 50 euros en Europa y de 100 dólares en Estados Unidos).

Para evitar la exclusión financiera de los que no han usado una tarjeta -por desconocimiento o por no contar con fondos o recursos suficientes-, Rogoff propone que sea el Estado el que ofrezca un servicio básico y universal de emisión y mantenimiento de tarjetas de débito. En un estadio más avanzado, Rogoff propone ir cambiando los billetes todavía en circulación por monedas de cierto peso que compliquen su transporte y almacenamiento, todo con el fin de evitar el fraude.

La hipótesis de Rogoff de un mundo sin efectivo no es descabellada y es posible que la veamos nosotros o nuestros hijos. Al fin y al cabo, en Occidente el dinero en papel es un invento que no tiene más de tres siglos y que aparece con los vales reales. Además, en nuestra vida cotidiana el efectivo ha ido en claro retroceso desde que en los años 50 el Citibank introdujo el dinero de plástico con la tarjeta de crédito. Y lo que está por llegar -la universalización del pago con móvil o de plataformas de servicios como Apple Pay o Google Wallet- hará más aún prescindible el efectivo. Los países nórdicos, nos recuerda Rogoff, son un buen laboratorio y un precedente real del mundo que viviremos. Los bancos centrales también han empezado a moverse en esta dirección y el BCE, por ejemplo, ya ha anunciado que a partir de 2018 deja de imprimir los billetes de 500 euros, tan vinculados al fraude y al terrorismo. Habrá que estar atentos.  

En la segunda parte del libro, Rogoff se pregunta sobre el papel de los bancos centrales, entra en cuestiones de política monetaria y se declara a favor de políticas expansivas, a lo Krugman. Pero eso ya es harina de otro costal.

martes, 25 de abril de 2017

La vuelta al mundo a pie de Ignacio Dean


Ignacio Dean cuenta en 'Libre y salvaje' su periplo de 33.000 kilómetros caminando alrededor del mundo

Entre 2013 y 2016, Ignacio Dean recorrió el mundo a pie. En ese tiempo, y tirando siempre de su carrito “Jimmy” (un trasunto quizá del Wilson de ‘Naúfrago’ o del Viernes de ‘Robinson Crusoe’), Ignacio Dean caminó 33.000 kilómetros que le llevaron a 31 países, algunos con un clima y una orografía dura y extrema, como Armenia, Irán o Australia, y otros muy peligrosos para el turista y para el viajero solitario, como Honduras, México o El Salvador, donde unos maras lo intentaron asaltar con machetes.

Las peripecias de ese viaje inusual y casi eterno están contadas por Dean de forma minuciosa en Libre y salvaje, un libro que acaba de editar el sello Zenith (del Grupo Planeta). Ese relato, casi siempre interesante, aunque también reiterativo, no es el de un curtido viajero, ni siquiera el de un tipo con mil recursos, sino el diario de un chaval que quiere dar la vuelta al globo y que para ello va con el dinero y el conocimiento justo y se da unas palizas de 50 o 60 kilómetros diarios para cruzar cada país en el tiempo escaso de tránsito al que le da derecho cada visado. Dean pasa miedo, frío y calor en su tienda, desplegada muchas noches en los sitios más inoportunos, pero también se deja invitar por los cientos de personas que le salen al paso y le sacan de la dura e incierta intemperie y de la soledad, ofreciéndole de vez en cuando un techo, un plato de comida caliente y un buen rato de conversación.



Ignacio Dean no es un literato o un hombre excesivamente documentado que acompañe su periplo por ciudades, desiertos, selvas, valles o llanuras cultivadas de referencias culturales o de datos sociológicos, económicos o políticos. Este no es un libro para saber cómo está el mundo, aunque sí para reparar en lo diverso que es y en lo diferente que puede llegar al ser si nos salimos de los márgenes estrechos del turismo convencional. Casi siempre, su empeño está en dar cuenta del viaje como forma de superación personal, en lo físico y en lo psicológico. Al fin y al cabo, Dean pasa tres años fuera de casa, recorre lugares inhóspitos como el desierto de Atacama o el interior de Australia, sube cordilleras como lo Andes o el Cáucaso, y empuja su carrito por las carreteras y caminos de muchos países en los que difícilmente, y por la barrera del idioma, se puede comunicar con los lugareños, o donde tiene complicado hablar con su familia y amigos por andar “fuera de cobertura”.

De vez en cuando, y para reponer fuerzas y abastecer o reparar su carro, o poner a punto su tienda, Dean para en ciudades en las que hace turismo al uso, acompañado de amigos o de gente que sabe de él por las redes sociales y se ofrece a ayudarle. Visita monumentos, come los platos típicos y se divierte al son de la música local. Sin embargo, su decisión de recorrer el planeta a pie y de hacerlo muchas veces por las rutas menos transitadas, deja ver a las claras la perversión y la falta de sustancia del turismo de masas y de los viajes low-cost a los que hoy aspiramos todos, por lo menos una vez al año.

La aventura de Ignacio Dean nos hará ver de otra manera esos folletos de viajes que nos dicen, sin el más mínimo pudor, que en una semana conoceremos países y culturas exóticas, y que al final nos tienen yendo de aeropuerto en aeropuerto o nos mantienen prácticamente inmovilizados en un hotel “todo incluído” donde la comida, la bebida y la animación son parte de una fiesta interminable. La vuelta al mundo que Ignacio Dean nos cuenta en Libre y salvaje es la clara antítesis del confort hotelero, recupera el gusto por el conocimiento lento y duradero de las personas y de los paisajes que se adquiere al andar, cuando nos perdemos por los caminos o por las calles y no queda más remedio que abrir los ojos y prestar atención a los demás. Cuando importa más el camino que el destino.

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El viaje de Ignacio Dean está explicado, documentado y fotografiado en este blog.