lunes, 26 de junio de 2017

El periodismo (y la vida), según Juan Cruz


A propósito de la lectura del libro ‘Un golpe de vida’,
de Juan Cruz

En Un golpe de vida, Juan Cruz se propuso escribir una crónica del periodismo a lo largo de sus 40 años de profesión, quizá un dictamen fatal sobre una profesión que se disuelve como un azucarillo, asediada por las exigencias de las nuevas tecnologías y por el show-business que se ha impuesto como vía para ganar audiencia. Sin embargo, finalmente le salió a Cruz un libro que habla del periodismo, sí, pero también del desencanto de las ideologías juveniles, de los hachazos que te da la vida, de la intimidad del dolor propio y ajeno, de todo eso que ni los periodistas que confunden la redacción y la urgencia de una noticia con todo lo demás pueden ignorar.

Mezclando memorias personales y profesionales -en Cruz es todo lo mismo-, volvemos a tener un libro profundamente sentido. Juan Cruz vuelve a recurrir a su escritura desordenada, como su mesa de trabajo, tan llena de notas y libros a medio terminar. Su discurso es tentativo, caprichoso, de ida y vuelta, envolvente. Pero, a pesar de todo, su palabra, y su mirada, es precisa como el filo de un cuchillo cuando se trata de dar cuenta de los desgarros y las alegrías de la vida, de la suya y de la de sus seres queridos.

Juan Cruz escribe para poner la vida en orden, para superar los miedos y los desvelos que le producen el dolor de los demás. Cruz elimina ese dolor poniendo juntas las palabras de las heridas que supuran, como dice Virginia Woolf en el libro autobiográfico que inspira el título de estas memorias otoñales.

El periodismo siempre fue una profesión inmisericorde con los viejos, con los que cumplían años y peinaban canas en las redacciones. Quizá como todas las profesiones, sobre todo en España, donde cumplir años es pecado. Este libro es un homenaje a los que siguieron escribiendo o queriendo escribir hasta el último día, confundiendo el periódico con la vida misma. Es un recuerdo para los que no tuvieron la gallardía de despedirse, de jubilarse de una profesión que se lo dio todo y que les dejó nada. Cruz se mira en el espejo de los que no pudieron con “el repecho” de la vejez y no tuvieron coraje para decir adiós y cerrar por última vez la puerta de la redacción: Manu Leguineche, Feliciano Fidalgo, Manuel Vázquez Montalbán…

Un golpe de vida es un libro que habla de la deriva de una profesión asediada por los bulos sin confirmar que propagan las redes sociales, las noticias que desprecian los hechos y cualquier criterio de verificación, la cháchara sin fin y egocéntrica de los tertulianos televisivos o la dictadura temporal de la web, donde vale mucho más llegar antes que llegar bien.

Sin embargo, secretamente, esperaba un dictamen más lúgubre sobre la profesión de alguien que se puede remontar a 50 años atrás en este oficio, a los tiempos en que empezó fingiendo que escribía crónicas deportivas en su barrio natal de La Vera, en el Puerto de la Cruz, en Tenerife, o haciendo de todo en la redacción en el periódico El día, en Santa Cruz, y durmiendo en un pensión con cucarachas. Esperaba la sentencia de muerte de un oficio de alguien que ha tenido que ver cómo en los últimos tiempos la precariedad laboral ha arrasado la profesión y ha dejado un reguero de mesas y sillas vacías en las redacciones, y cómo la precariedad empresarial ha dejado unos medios a los que no queda más remedio que convertirse en voceros de los poderes económicos y políticos que todavía están dispuestos a repartir unas migajas.

“El periodismo es ya otra cosa, ni mejor ni peor, otra cosa”; “está gris el oficio invencible”, viene a decir Juan Cruz al final de su libro. Son juicios, en cualquier caso, mucho menos contundentes que aquel otro que escribió Lluís Bassets hace unos años y que llevaba por título ‘El último que apague la luz’.

Quizá sea de entender que Juan Cruz no entierre la profesión que amó por encima de tantas cosas, a la que dedicó más esfuerzos que a nada, a la que confundió con la vida misma, “el oficio invencible”, como la llama tantas veces en este libro, “el oficio inevitable”, como la llama en algún momento. “Nunca fui desgraciado en un periódico, otra cosa es lo que sucedía o iba a suceder en los entretiempos”. En fin, Un golpe de vida es otro capítulo de ese relato con que Juan Cruz ordena desde hace tantos años su vida y alivia sus penas.


miércoles, 7 de junio de 2017

Una tarde en el Feria del Libro de Madrid (What else?)



Tarde cálida de primavera, cielo despejado, sin nubes ni tormentas amenazadoras en el horizonte. Y el bullicio tranquilo de un día laborable en la Feria del libro de Madrid. ¿Qué más se puede pedir?

Todo está al alcance de un clic en Amazon y en el resto de Internet. Antes, cuando un libro abandonaba los estantes de las librerías,  desaparecía de verdad, se esfumaba sin dejar rastro. “Está descatalogado”, nos decía el librero, y uno no tenía más remedio que agachar la cabeza y resignarse a no leer aquel título deseado pero postergado u olvidado por el editor, quizá porque nadie más mostró interés por él en mucho tiempo.

Aunque todo está al alcance de nuestra mano en Internet y en esos supersites de libros como Amazon.com uno puede encontrar la última edición de cualquier novela o ensayo, en papel o en formato electrónico, o incluso de segunda mano, y también tiene en otras webs la alternativa del PDF pirata, creo que la experiencia de pasar una tarde soleada (o dos, o tres) en la Feria del Libro, en el Parque del Retiro, oliendo a pino y a hierba húmeda, es inigualable. Esa gigantesca mesa de sugerencias que se prolonga durante cientos de metros y casetas por el Paseo de Coches del Retiro es la mejor invitación a la lectura que se me ocurre.

Un paseo tranquilo y atento por las casetas de las editoriales en la Feria del libro depara muchas sorpresas (los expositores de las librerías, que no se suelen arriesgar y optan por un puñado previsible de novedades y bestsellers, suelen dar menos de sí). La Feria del libro siempre es un reencuentro con viejos amigos a los que las mesas de novedades no dan la oportunidad durante el año, pero que aquí vuelven a aparecer y a reclamar la atención. En mi caso, vienen a mi encuentro los hermanos Panero, el reconcentrado Iñaki Uriarte o el peruano Ribeyro, cuyos espléndido diario -La tentación del fracaso- tantas veces he tenido en las manos y nunca me he llevado a casa. 

En la Feria del Libro de este año volví a encontrarme pues con los irreductibles Panero y su, quizá ya demodé, invitación a la autodestrucción: Páginas de Espuma ha publicado los cuentos completos de Leopoldo María. En Visor di con unas Prosas encontradas, artículos también de Leopoldo María publicados en ¡ABC y Egin!, y Bartleby ha publicado una biografía de Michi Panero que incluye cuentos que nunca publicó el menor y más autocrítico de esa saga tan amiga del malditismo.

Otra de las cosas que me gustan de la Feria del libro es el batiburrillo. En una caseta -en concreto la de la editorial ESIC- enseñan libros de negocios y dedican algún volumen a orientarnos en la tarea ciclópea de conseguir 10.000 seguidores en Twitter (sin hacer trampas ni acudir al mercado negro de las redes sociales, supongo). Más allá, los de la Fundación Federico Engels intentan mantener viva la llama del comunismo primigenio con títulos que ya nadie se para a ojear. Y, por otro sitio, una editora vehemente intenta venderme Los extraños, novela de un autor del que no he oído hablar pero que a partir de ahora, según ella, deberé tener muy en cuenta porque es un auténtico crack: Vicente Valero. Le digo, casi disculpándome, que tomo nota y sigo andando en busca de tesoros. 

Los de la editorial Turner también me intentan enganchar, aunque con maneras más suaves. La verdad es que los de Turner publican libros cuando menos sugerentes. Más allá del espléndido La España vacía, de Sergio del Molino, un libro en principio para una minoría de lectores y que milagrosamente ha trascendido y ha puesto en el mapa mediático a ese medio país que desaparece por la despoblación, Turner tiene títulos como Por qué los edificios se caen, un repaso por los grandes desastres arquitectónicos de la Humanidad, o La importancia del tenedor, que nos cuenta cómo han ido cambiando los útiles para cocinar, desde la cuchara de madera a la Thermomix.

En la Feria del Libro de Madrid también hay santuarios por los que uno debe pasar sí o sí, aunque sólo sea para cerciorarse de que siguen ahí y de que no todo es vacuidad, fachada y show-business también en el mundo de la literatura. En mi caso, esa peregrinación en busca de las esencias siempre me lleva a los puestos de Anagrama y Acantilado. Da gusto comprobar que, a pesar de tanta fruslería y de tanto libro firmado por el cocinero de moda o por el último youtuber millonario e imberbe, en esta Feria también alguien va a poder ojear y comprar Los ensayos de Montaigne, las memorias europeas de Stefan Sweig, las novelas terminales de Rafael Chirbes o esa reinvención del periodismo que hizo Truman Capote en A sangre fría.

En la Fería del libro también quedamos retratados como lectores. A mí, por ejemplo, la caseta de Valdemar, una editorial con un imponente catálogo de títulos clásicos de aventuras y suspense, no me llama la atención gran cosa. Conozco alguno que se pasaría la vida en ella. Tampoco soy lector de poesía, y paso de largo por los puestos de Hyperion o Visor, dos referentes para los amantes del verso. Lo mismo me pasa con los que exhiben comics, aunque me haya llamado la atención este año uno que ha sacado Planeta basado en Intemperie, la sorprendente primera novela de Jesús Carrasco. Tampoco me interesan los libros para niños o novelas históricas, y así -ay- tantas cosas.

Por último, me despido con una lista heterogénea y poco meditada de libros que han pasado por mis manos en esta Feria y que, de haber sido hombre de caudales o sobrado de tiempo, me habría llevado a casa. Ahí va, por si a alguien le da ideas: El tenis como experiencia religiosa, de David Foster Wallace, en Random House; 50 palos… y sigo soñando, de Pau Donés, en Planeta; Pablo Isla. En el corazón de Zara, de Jesús Salgado y Xabier Blanco, en La Esfera de los Libros; Sapiens, de Yuval Noah Harari, en Debate; Soy de pueblo, de Raquel Corcoles, en editorial Glenat; Los cinco y yo, de Antonio Orejudo, en Tusquets; Amar es dónde, de Joan Margarit, en Visor. What else?



lunes, 22 de mayo de 2017

El universo femenino de Elizabeth Strout



A propósito de la lectura de 'Amy e Isabelle', 
novela de Elizabeth Strout


Elizabeth Strout se convirtió en un fenómeno literario tras publicar su colección de relatos Olive Kitteridge y ganar con ella el premio Pulitzer en 2009. Debo confesar que no pude acabarla. Y no es que el libro me pareciera malo, pero me aburrió, quizá, como me señalaba una amiga irónicamente, porque la especial sensibilidad de Strout en su descripción del universo femenino fuera demasiado sutil para mí.

En mi descargo, confieso que me ha gustado mucho Amy e Isabelle, la primera novela de Strout, donde profundiza en su exploración del alma de las mujeres, que me ha llegado mucho más que Olive Kitteridge.  La autora dedicó siete años de duro trabajo a Amy e Isabelle, lo que se percibe de lejos en su bien estudiada estructura y en todos los detalles de la trama. El argumento es sencillo: Isabelle, una mujer soltera de mediana edad, y su hija adolescente, Amy, conviven en un pequeño pueblecito de Nueva Inglaterra donde la aburrida vida cotidiana discurre despacio, aplastada bajo el calor de un verano inclemente. Madre e hija se ocultan mutuamente muchas cosas, lo que bloquea su relación, aunque compartan mucho más de lo que se atreven a imaginar…

La novela habla de mujeres con vidas rotas por las casualidades y las decisiones precipitadas: “…comprendía lo extraordinariamente fácil que era hacer daño a alguien, arruinar una vida. La vida era un tejido frágil y los tijeretazos caprichosos de un momento cualquiera de egoísmo podían cortarlo en pedazos… Un tijeretazo aquí y otro allá. Y todo desecho”.

Los personajes femeninos sufren por amor y desamor, por los problemas que afrontan en su trato con los demás, por el efecto del paso del tiempo en sus cuerpos, por las miserias del día a día y los recuerdos que las atormentan. Y sufren aún más por sus deseos insatisfechos y por las consecuencias de su inconsciencia cuando se atreven a satisfacerlos en un instante de arrebato.

Las morosas descripciones del día a día, que al principio casi aburren, refuerzan poco a poco y por contraste la complejidad psicológica de los dramas de las protagonistas, quienes, abrumadas por sus torturas interiores, se enfrentan a sus quehaceres diarios de manera poco menos que heroica.

Eso sí, las protagonistas de Strout redimen sus desventuras gracias a la complicidad que comparten con otras mujeres en sus profundas relaciones de amistad, descritas por la escritora desde la intimidad de cada personaje, con exquisita empatía y delicadeza. Por el contrario, la autora no nos deja penetrar en la mente de los hombres, que se comportan como criaturas zafias, preocupadas tan solo de satisfacer sus bajos instintos. 

Desde su papel subsidiario, aunque decisivo por sus desgraciados efectos, los crueles personajes masculinos de Strout, actúan como teloneros sombríos de sus compañeras, que luchan contra su rudeza tan sólo con las débiles armas que les proporciona su sensibilidad. 

Un juguetón sentido del humor y el hábil manejo de los puntos de vista y de las revelaciones de los personajes son algunas de las cualidades de esta novela aguda, que me ha dejado las ganas de seguir leyendo a Elizabeth Strout… y también un poso de vergüenza masculina, no me atrevo a decir si merecida o no...


jueves, 4 de mayo de 2017

Las ventajas de un mundo sin dinero en efectivo



A propósito de la lectura de 'Reduzcamos el papel moneda', de Kenneth Rogoff

Kenneth Rogoff, profesor hoy en Harvard y que entre 2001 y 2003 fue economista jefe del FMI, ha escrito un libro sugerente donde aboga por eliminar el dinero en efectivo, o por lo menos los billetes grandes. Con abundantes cifras, Rogoff nos demuestra que nadamos en un océano de cash, que además no hace mas que aumentar. Sin embargo, en el día a día, el ciudadano corriente se mantiene al margen de este torrente de billetes, manejándose bien con 40 o 50 euros en efectivo y con un par de cientos ahorrados como mucho en algún cajón de casa.

Si en Europa nos repartiéramos los euros que hay en circulación, tocaríamos a 3.200 por cabeza, y de esa cantidad, el 90% serían billetes grandes, de 50 euros para arriba. En Estados Unidos pasa algo tres cuartos de lo mismo.

En ‘Reduzcamos el papel moneda’, Rogoff mantiene que los océanos de dinero que ha salido de las fábricas de moneda están fuera del alcance del ciudadano corriente y sirven desafortunadamente para engrasar la economía sumergida y el fraude en sus más perversas variantes, como el tráfico de drogas o personas, la extorsión o los sobornos a políticos. Es decir, que esos billetes de 200 o 500 euros que raramente hemos visto poco favor hacen al común de la gente y a la economía en general. Y es que el efectivo no sólo sirve a los capos de la droga o a las mafias para mantener la operativa de sus oscuros negocios. Su mal uso está más extendido de lo que parece y también sirve a las empresas "legales" para evadir impuestos o para pagar en negro a sus empleados, eludiendo sus obligaciones con la Seguridad Social.  

Rogoff no deja de reconocer las virtudes del papel moneda, pero para neutralizar sus efectos perniciosos propone la universalización de las transacciones electrónicas y la eliminación progresiva -en 10 o 15 años- de los billetes de mayor denominación (a partir de 50 euros en Europa y de 100 dólares en Estados Unidos).

Para evitar la exclusión financiera de los que no han usado una tarjeta -por desconocimiento o por no contar con fondos o recursos suficientes-, Rogoff propone que sea el Estado el que ofrezca un servicio básico y universal de emisión y mantenimiento de tarjetas de débito. En un estadio más avanzado, Rogoff propone ir cambiando los billetes todavía en circulación por monedas de cierto peso que compliquen su transporte y almacenamiento, todo con el fin de evitar el fraude.

La hipótesis de Rogoff de un mundo sin efectivo no es descabellada y es posible que la veamos nosotros o nuestros hijos. Al fin y al cabo, en Occidente el dinero en papel es un invento que no tiene más de tres siglos y que aparece con los vales reales. Además, en nuestra vida cotidiana el efectivo ha ido en claro retroceso desde que en los años 50 el Citibank introdujo el dinero de plástico con la tarjeta de crédito. Y lo que está por llegar -la universalización del pago con móvil o de plataformas de servicios como Apple Pay o Google Wallet- hará más aún prescindible el efectivo. Los países nórdicos, nos recuerda Rogoff, son un buen laboratorio y un precedente real del mundo que viviremos. Los bancos centrales también han empezado a moverse en esta dirección y el BCE, por ejemplo, ya ha anunciado que a partir de 2018 deja de imprimir los billetes de 500 euros, tan vinculados al fraude y al terrorismo. Habrá que estar atentos.  

En la segunda parte del libro, Rogoff se pregunta sobre el papel de los bancos centrales, entra en cuestiones de política monetaria y se declara a favor de políticas expansivas, a lo Krugman. Pero eso ya es harina de otro costal.

martes, 25 de abril de 2017

La vuelta al mundo a pie de Ignacio Dean


Ignacio Dean cuenta en 'Libre y salvaje' su periplo de 33.000 kilómetros caminando alrededor del mundo

Entre 2013 y 2016, Ignacio Dean recorrió el mundo a pie. En ese tiempo, y tirando siempre de su carrito “Jimmy” (un trasunto quizá del Wilson de ‘Naúfrago’ o del Viernes de ‘Robinson Crusoe’), Ignacio Dean caminó 33.000 kilómetros que le llevaron a 31 países, algunos con un clima y una orografía dura y extrema, como Armenia, Irán o Australia, y otros muy peligrosos para el turista y para el viajero solitario, como Honduras, México o El Salvador, donde unos maras lo intentaron asaltar con machetes.

Las peripecias de ese viaje inusual y casi eterno están contadas por Dean de forma minuciosa en Libre y salvaje, un libro que acaba de editar el sello Zenith (del Grupo Planeta). Ese relato, casi siempre interesante, aunque también reiterativo, no es el de un curtido viajero, ni siquiera el de un tipo con mil recursos, sino el diario de un chaval que quiere dar la vuelta al globo y que para ello va con el dinero y el conocimiento justo y se da unas palizas de 50 o 60 kilómetros diarios para cruzar cada país en el tiempo escaso de tránsito al que le da derecho cada visado. Dean pasa miedo, frío y calor en su tienda, desplegada muchas noches en los sitios más inoportunos, pero también se deja invitar por los cientos de personas que le salen al paso y le sacan de la dura e incierta intemperie y de la soledad, ofreciéndole de vez en cuando un techo, un plato de comida caliente y un buen rato de conversación.



Ignacio Dean no es un literato o un hombre excesivamente documentado que acompañe su periplo por ciudades, desiertos, selvas, valles o llanuras cultivadas de referencias culturales o de datos sociológicos, económicos o políticos. Este no es un libro para saber cómo está el mundo, aunque sí para reparar en lo diverso que es y en lo diferente que puede llegar al ser si nos salimos de los márgenes estrechos del turismo convencional. Casi siempre, su empeño está en dar cuenta del viaje como forma de superación personal, en lo físico y en lo psicológico. Al fin y al cabo, Dean pasa tres años fuera de casa, recorre lugares inhóspitos como el desierto de Atacama o el interior de Australia, sube cordilleras como lo Andes o el Cáucaso, y empuja su carrito por las carreteras y caminos de muchos países en los que difícilmente, y por la barrera del idioma, se puede comunicar con los lugareños, o donde tiene complicado hablar con su familia y amigos por andar “fuera de cobertura”.

De vez en cuando, y para reponer fuerzas y abastecer o reparar su carro, o poner a punto su tienda, Dean para en ciudades en las que hace turismo al uso, acompañado de amigos o de gente que sabe de él por las redes sociales y se ofrece a ayudarle. Visita monumentos, come los platos típicos y se divierte al son de la música local. Sin embargo, su decisión de recorrer el planeta a pie y de hacerlo muchas veces por las rutas menos transitadas, deja ver a las claras la perversión y la falta de sustancia del turismo de masas y de los viajes low-cost a los que hoy aspiramos todos, por lo menos una vez al año.

La aventura de Ignacio Dean nos hará ver de otra manera esos folletos de viajes que nos dicen, sin el más mínimo pudor, que en una semana conoceremos países y culturas exóticas, y que al final nos tienen yendo de aeropuerto en aeropuerto o nos mantienen prácticamente inmovilizados en un hotel “todo incluído” donde la comida, la bebida y la animación son parte de una fiesta interminable. La vuelta al mundo que Ignacio Dean nos cuenta en Libre y salvaje es la clara antítesis del confort hotelero, recupera el gusto por el conocimiento lento y duradero de las personas y de los paisajes que se adquiere al andar, cuando nos perdemos por los caminos o por las calles y no queda más remedio que abrir los ojos y prestar atención a los demás. Cuando importa más el camino que el destino.

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El viaje de Ignacio Dean está explicado, documentado y fotografiado en este blog.


lunes, 17 de abril de 2017

Abuelo, ¿cómo habéis consentido esto?



A propósito de la lectura de
'Abuelo, ¿cómo habéis consentido esto?',
de Joaquín Estefanía

Título sugerente el del último libro del periodista Joaquín Estefanía sobre la crisis económica y las consecuencias que ha tenido y tendrá sobre la población, pero sobre todo sobre las (malogradas) expectativas vitales de los jóvenes. Como casi siempre hace en sus libros, Estefanía no desvela nada que no se sepa o de lo que en estos años no hayan informado los medios de comunicación y otros cronistas de la gran Recesión.

Estamos, pues, ante una crónica de lo ocurrido que a cualquiera que haya estado un poco al tanto le será familiar. Un ágil reportaje que no aporta nuevas luces sobre el origen, desarrollo y desenlace de la crisis económica. Sin embargo, el valor de ‘Abuelo, ¿cómo habéis consentido esto?’ está en la capacidad de Estefanía para sintetizar y escribir un relato comprensible, que se aleja en lo posible de la jerga de los expertos, dirigido a esos nietos de la agraciada generación de los baby boomers y que hoy llaman a las puertas del mercado de trabajo y nadie parece contestarles.  

Estefanía denuncia el silencio que se ha establecido alrededor de una de las heridas más sangrantes que ha dejado la crisis: que es, sin comerlo ni beberlo, la peor parte se la han llevado los jóvenes. Se han salvado las pensiones, hasta cierto punto se han salvado también los empleos de los trabajadores más veteranos, pero se han sacrificado millones de puestos de trabajo temporales mayoritariamente ocupados por jóvenes que han tenido que posponer sine die sus proyectos vitales y sus planes de emancipación.

Más allá de esa denuncia o de reivindicar el papel de los sindicatos, el keynesianismo y el efecto benéfico de la igualdad económica, el libro de Estefanía vuelve a los escenarios de la hecatombe financiera (el neoliberalismo del dúo Thatcher-Reagan, la globalización financiera, las subprimes, Madoff, la crisis griega…) y nos deja una interesante guía de lecturas: Keynes, Judt, Roubini, Missé, Rogoff, Rodrik, Akerlof, Shiller… También pasa por encima de algunos debates actuales, aunque sea de puntillas, como el efecto de la robotización en el mundo del trabajo.

Objetivamente, es difícil negar que vivimos en el mejor mundo posible. Los avances científicos y tecnológicos han multiplicado el confort y han disparado la esperanza de vida. Sin embargo, crece la sensación de que no es así, de que, por primera vez en mucho tiempo, hemos retrocedido y que no se percibe salida a este embrollo. De que a nuestros hijos no les quedará más remedio que tener una vida más precaria e incierta que la nuestra. Joaquín Estefanía ha escrito un libro que no va más allá de un repaso a lo que ha ocurrido con la economía en la última década, pero sus preocupaciones sobre lo que va a quedar para los que vengan serán compartidas por muchos padres y abuelos que también creen que otro mundo era posible.

martes, 4 de abril de 2017

Gloria Fuertes antes de la televisión




Para muchos de los que empezamos a ver la televisión en los setenta y en los ochenta, Gloria Fuertes siempre fue aquella señora pizpireta que aparecía por las tardes con chaquetas y corbatas de colores cantarines contándonos cuentos en verso y mirándonos con condescendencia por encima de la gafas mientras hacía rimar con gracia palabras de todos los días.


Al final de su vida, Gloria Fuertes se convirtió en un icono que alternaba con artistas y gentes de la farándula y que nos dejó la letra de sintonías que se han quedado para siempre en nuestra memoria, como aquella que nos amenizaba las tardes al ritmo de “un globo, dos globos, tres globos, la luna es un globo que se me escapó”.  


Pero aquel personaje televisivo que tanta repercusión social le dio a Gloria Fuertes y que contribuyó a que en muchos hogares no faltase una copia de “El dragón tragón” o “El camello cojito”, ensombreció a la escritora que había detrás.


Gloria Fuertes tuvo que salir adelante en una familia pobre del barrio de Lavapiés, en Madrid, y vio cómo moría su hermano pequeño y compañero de juegos en un bombardeo de la Guerra Civil. “Yo estaba sana, pero el hombre y el hambre me dolían todos los días”, escribió a mediados de los años 30. “No tenía más que un traje, un cuaderno y mucho miedo a que se gastara el lápiz”, reconoce en otro momento. Más tarde, y hasta los 70, se refugió en empleos de secretaria y chica de los recados para sobrevivir, mientras en la intimidad se iba forjando una carrera como poeta de estilo directo y conciso, de rima marcada, e irónica y ajena a los intelectualismos de sus compañeros varones de generación. “Escribo sin modelo a lo que salga, escribo de memoria de repente… escribo a lo que salga”.  


En la exposición que ahora le dedica el Fernán Gómez, Centro Cultural de la Villa, en Madrid, está su poesía para niños, pero también están sus versos y confesiones de un tiempo de formación en la sombra, cuando la literatura era para ella una forma de responder al horror de la guerra o al machismo ambiental, o de reivindicar una forma de mirar la realidad cristalina, juguetona, alejada del experimentalismo o de la floritura verbal de sus compañeros de generación.    


Gloria Fuertes lo guardó todo, y por eso la exposición que ahora le dedica el ayuntamiento de Madrid para conmemorar el centenario de su nacimiento traza un completo recorrido vital, sentimental y literario de la poeta. Allí están expuestas las cartillas de racionamiento de la posguerra, las cartas de rechazo de las editoriales cuando todavía no era una celebridad televisiva y se ganaba la vida dando clases de inglés y hasta una lista de posibles novios escrita con lápiz y a mano en la década de los 40. También encontramos la notificación de la concesión de la beca Fullbright que le fue otorgada gracias a la intermediación del amor de su vida, la profesora americana Phyllis Turnbull, o la cartilla del banco con los ingresos que le hacía la universidad americana donde dio clases a principios de los sesenta. En fin, todo un arsenal documental que muy bien podrían servir ahora para que alguien novele la vida de esta escritora que vivió a contracorriente y fue mucho más que la creadora de aquellos globos televisivos que tanto nos entretuvieron a mediados de los setenta cuando salíamos del colegio.


Acercarse a la exposición es acercarse a la Gloria de nuestros recuerdos, pero también a esa mujer solitaria (“Todos los míos han muerto hace años y estoy más sola que yo misma”) que nunca pudimos intuir cuando la veíamos sentada en su trono de mimbre. Década a década, a través de sus poemas y de una documentación tan abundante, es imposible no sorprenderse y salir de sus salas reconociendo que la persona era infinitamente más interesante que el personaje de nuestros recuerdos.  



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Blackie Books acaba de editar ‘El libro de Gloria Fuertes’, un volumen de más de 300 poemas y 80 fotografías, y con una investigación acerca de la vida de la poeta por parte de Jorge de Cascante.

martes, 21 de marzo de 2017

El arte de morir



A propósito de la lectura de 
'La imagen de tu vida', de Javier Gomá Lanzón

En este librito, Javier Gomá es fiel a su idea de que el pensamiento tiene que ser mundano, es decir, que no debe abandonarse a la simple erudición y a las exigencias de la academia, sino que, por el contrario, debe abordar sin dilaciones los problemas del hombre corriente. La imagen de tu vida es, por lo tanto, un libro documentado, pero accesible y sentido, que se pregunta por aquello que debe perdurar de una persona cuando ya ha desaparecido.

Gomá nos recuerda que unos pocos privilegiados tienen la habilidad artística para proyectarse en el futuro y ser recordados por sus descendientes por la obra que producen. Aunque Gomá no los nombra, también estarían en este grupo los líderes políticos y sociales que cambiaron con su quehacer los esquemas de su época, o los científicos audaces que gracias a su investigación erradicaron alguna enfermedad, el hambre o la carestía. Pero para aquellos que no son Pericles, Velázquez, Picasso, Thomas Alva Edison u Olof Palme, es decir, para el común de los mortales en busca de un gramo de trascendencia, la única manera de perdurar en la memoria de los que vienen es llevar una vida ejemplar. Porque vivir y envejecer dignamente, la mayor aventura que uno pueda imaginar, está al alcance de todos.

Vuelve así Gomá al tema de la ejemplaridad del hombre corriente. El mismo que lleva perfilando desde hace muchos años y que ha plasmado en media docena de libros. El autor reivindica el capital simbólico de ese ser ajeno al elitismo aristócrata o a la excentricidad artística encumbrados por dos siglos seguidos de romanticismo. En el padre de familia que llega por la tarde a casa después de la jornada de trabajo reside hoy la gloria del antiguo héroe homérico, recuerda provocador Gomá.

En La imagen de tu vida, Gomá se detiene en Cervantes, al que ve como ejemplo de ese vivir y envejecer dignamente. Analizando la gran novela cervantina, pero sobre todo los prólogos donde el autor confiesa sus pecados y debilidades, Gomá identifica la fórmula vital del creador de El Quijote: “Idealismo, cortesía y chiste”. La parodia y la risa es el camino de Cervantes para hablarnos de la ejemplaridad moderna. Además, como su antihéroe, Cervantes es cortés, atento a los otros. Y también, como el ingenioso hidalgo, con el paso de los años no se deja vencer por descreimiento y cinismo de la edad, y se lanza, cumplidos ya los 50, a la aventura de escribir su libro capital con puro entusiasmo otoñal. Gomá acaba concluyendo que Cervantes es un modelo civilizatorio a tener en cuenta, hecho de sabiduría, comedimiento y discreción.

En la última parte del libro, Gomá entra en un terreno nuevo. Aquí no nos habla el filósofo mundano, sino el hijo que busca consuelo por la muerte del padre octogenario. Desde lo alto de un escenario Gomá -ahora actor protagonista- se dirige al lector para trazar en un largo monólogo el perfil de ese padre ejemplar de puertas para afuera, pero que, también a los 50, recibió la visita del “demonio del mediodía”, causando sufrimiento familiar y abriendo una herida en el corazón de su hijo que el tiempo no iba a restañar, y que sólo la muerte inesperada y el duelo acabarían convirtiendo en un ejercicio de sabiduría.




domingo, 26 de febrero de 2017

Los nativos digitales son menos de lo que parecen


¿Quién no se ha encontrado algunas vez con uno de esos padres que, entre desnortado y acomplejado por las supuestas habilidades tecnológicas de su hijo, presume de cómo su vástago se maneja por los menús del iPad o de Android, o explica embelesado cómo, por sí sólo, su pequeño superman digital le instaló una app en su móvil para calcular el número de calorías que se deja subiendo escaleras o corriendo por el autobús?
Los padres tendemos a pensar que los chicos, sólo por el hecho de haber nacido rodeados de ordenadores, tabletas, teléfonos inteligentes, consolas o televisores smart, y por respirar por los cuatro costados Internet y las indefectibles redes sociales, tienen las necesarias competencias digitales, es decir, que saben sacarle todo el partido a la tecnología y además la usan con criterio.
Sin embargo, creo que eso es mucho suponer. Y si no, pidan a su hijo que envíe un e-mail con un fichero adjunto, prepare una tabla de Excel o trabaje un documento de texto en grupo con Google Docs. Muchos no tendrán ni idea. Y es que subir selfies a Instagram o dejar ocurrencias en Snapchat no es, ni mucho menos, lo único que se puede hacer en Internet.
Un libro que acaba de salir, y que se presenta con el provocativo título de Los nativos digitales no existen, pone en cuestión la idea extendida de que los chicos de hoy traen de serie la digitalización, saben usar la tecnología y conocen sus implicaciones. Y es que no por nacer en un país donde se habla el español, un niño habla español. Al contrario, para dominar la lengua, el pequeño tendrá que ir al colegio y leer mucho y estudiar gramática, ortografía y vocabulario también durante muchos años. Pues lo mismo pasará si queremos que los pequeños se conviertan en usuarios competentes de Internet o de tanto gadget a su disposición.
Los nativos digitales no existen es en realidad una guía para que esos padres superados por el tsunami de Internet y de las pantallitas que han robado el alma a sus hijos y los han dejado mudos. Un llamamiento para que superen miedos y complejos y se impliquen en la educación tecnológica de la progenie. No se trata de prohibir, nos vienen a decir los autores del volumen, coordinado por Susana Lluna y Javier Pedreira "Wicho", creador del blog Microsiervos, sino de enseñar a los más pequeños a andar (con cuidado) por el mundo virtual. Y es que de la misma forma que cualquier padre con dos dedos de frente enseñará a su hijo a cruzar la calle cuando el semáforo está en verde, y le advertirá para que no se vaya muy lejos cuando anda solo, así también tendrá que hacer cuando el chico navega por su cuenta o intercambia fotos y datos personales en las redes sociales.
Manejarse en Internet y en las redes sociales requiere un cierto aprendizaje y también prudencia, para saber, por ejemplo, qué contenidos e informaciones conviene compartir, cómo se mantiene un cierto nivel de privacidad en Facebook o Instagram, cuándo una tienda online es de fiar o cómo se mantiene el ordenador o el teléfono actualizado y libre de malware. Por no hablar de la capacidad para distinguir la buena de la mala información en Internet. Y es que no conozco "nativo digital" que se cuestione, mientras hace los deberes, lo que le presenta Google en la primera página de resultados.

Son cosas que los profesores en la escuela y los padres en casa debemos abordar. Porque, no lo olvidemos, aunque nuestros hijos sean los reyes del mambo en Instagram o Snapchat, o se pasen la vida enganchados a los canales de youtubers millonarios como Elrubius, Vegetta777 o Fernanfloo, siguen siendo unos críos y no tienen idea de casi nada. Nos necesitan.

jueves, 19 de enero de 2017

Las memorias de Juan Luis Cebrián



A propósito de la lectura de 'Primera página. Vida de un periodista 1944-1988', de Juan Luis Cebrián

De un tiempo a esta parte, y por los intereses mediáticos y políticos de cierta parte de la izquierda española, Juan Luis Cebrián, el primer director del diario El País, se ha convertido en un personaje sospechoso, controvertido. Su condición de primer ejecutivo del Grupo Prisa y sus supuestas conexiones con el poder político y económico durante las dos últimas décadas le han convertido en blanco de críticas de todo tipo.


Juan Luis Cebrián hoy gestiona un grupo empresarial que sigue siendo significativo en términos de influencia, empleo y facturación, pero que emocionalmente es el rescoldo de lo que supuso en las dos primeras décadas de la democracia. Por que El País de finales de los 70 y de los 80 fue una historia de éxito, la del periódico que aglutinó a las clases medias españolas deseosas de cambio y modernidad a la muerte de Franco. Pero hoy, se puede decir que El País ya no es lo que era. Por una parte, la evolución política ha llevado a que el relevo generacional de aquellos primeros e incondicionales lectores no lo vean como un medio de referencia y, por otra parte, las nuevas tecnologías también han hecho que se multipliquen los competidores y que sus mensajes se diluyan.   


Primera página. Vida de un periodista 1944-1988 está escrito con el ritmo ágil de una novela de aventuras. Cebrián renuncia a las notas a pie de página y al habitual glosario de nombres, y en las primeras páginas reconoce que abordó el recuerdo de su peripecia profesional “a pelo”, hurgando únicamente en su memoria y ayudándose de consultas a Internet y sólo en ocasiones de alguna agenda de trabajo repleta de citas por otro lado indescifrables. Es decir, que estamos ante unas memorias con ritmo narrativo pensadas para mantener el interés del lector.


Uno lee con creciente interés la peripecia del joven periodista de familia bien franquista que asciende rápido en el escalafón de la prensa franquista madrileña -en Pueblo y en Informaciones- y que, después de pasar brevemente por la dirección de informativos de TVE, acaba, casi por casualidad, dirigiendo el periódico clave de la Transición. Primera página es un testimonio del sometimiento explícito de los periodistas y de los medios de comunicación a los dictámenes de la dictadura, y también de cómo en ese ambiente hostil, los profesionales se las ingeniaban para hacer en ocasiones un periodismo más moderno y contestatario.


Sin embargo, lo mejor llega con el relato de la gestación de El País, un proyecto liberal liderado intelectualmente por la familia Ortega y Gasset, pero muy fragmentado a nivel accionarial. Cebrián da cuenta de las tensiones que se vivían casi a diario en el consejo editorial del periódico, y en el consejo de administración, donde directa o indirectamente pugnaban por el control personajes del franquismo como Manuel Fraga o José María de Areilza, o empresarios como el propio Jesús Polanco. Un forcejeo que fue a menos con los años y que, ya a mediados de los 80, dejó el periódico en manos del binomio Cebrián-Polanco, eso sí, con la ayuda de algún banquero amigo, como Luis Valls Taberner, a la sazón presidente del Popular.

Cebrián vuelve a hacer el viaje que llevó a El País desde el liberalismo inicial a la socialdemocracia felipista, y que con los años iba a convertir a Prisa, la empresa matriz, en el primer grupo de comunicación de España, con intereses en el el mundo editorial, radiofónico o televisivo. Como era de esperar, Cebrián se recrea en ese momento culminante del relato fundacional del periódico que supuso la publicación de una edición exprés la tarde del 23-F, apoyando sin ambages la Constitución y condenando el golpe de Estado. Un episodio que también le permite rebajar la figura del eterno competidor, Pedro J. Ramírez, en aquel momento director de Diario 16 y que no se atrevió a sacar aquel infausto día su periódico a la calle.


Creo que Cebrián acierta a la hora de describir ese ambiente de las redacciones en los estertores del franquismo y los primeros años de la democracia. También su relato ayuda a ver hasta qué punto los poderes políticos y económicos sofocaban a unas empresas periodísticas dependientes por decreto o incapaces por estructura empresarial para hacer una labor de contrapoder, problemas que con el paso de los años no se han acabado de resolver. Sin embargo, también creo que unas buenas memorias son la oportunidad perfecta para reconocer errores. Y ahí Cebrián ha escatimado. En sus 13 años al mando del periódico Cebrián reconoce haber tomado decisiones erróneas y censurables desde el punto de vista deontológico sólo un par de veces: cuando por la presión del nacionalismo catalán metió en el cajón y dejó sin publicar una crónica con información de Banca Catalana que comprometía a Jordi Pujol; y cuando permitió la publicación de un reportaje que intentaba demostrar que la banca y los poderes más oscuros de la derecha estaban detrás del nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno en 1976.


Cebrián promete el segundo volumen de sus memorias para cuando se jubile al frente de Prisa, algo que, según él, será más pronto que tarde. Creo que si sigue la línea de éste, será un libro sin desperdicio. La guerra de las plataformas digitales y el enfrentamiento de Prisa con el binomio Aznar-Villalonga/Telefónica, y después la llamada “guerra del fútbol”, que le ha enfrentado a Mediapro y Jaume Roures, un conflicto no sólo empresarial sino también por un bocado del lectorado de centro izquierda en España, son cuestiones que no deberían faltar en ese volúmen, por no hablar de la grave crisis financiera en la que entró el grupo hace unos años y de la que todavía no ha salido. Aunque todo eso será otra historia.

martes, 10 de enero de 2017

La patria rota de Fernando Aramburu


A propósito de la lectura de 'Patria',
de Fernando Aramburu

Hubo en tiempo, a finales de los 70, en que los asesinatos de guardia civiles y militares a manos de ETA casi no tenían repercusión en la prensa. Más tarde, la escalada de los atentados y la sinrazón del fanatismo ideológico en el País Vasco hizo a muchos percibir que aquello era intolerable y que, además, de una u otra manera, nos afectaba a todos. Sin embargo, y a pesar de la crudeza de los coches bomba que sembraban de cadáveres calles y plazas de todo el país, de los artefactos detonados en las casas-cuartel o de los secuestros con final trágico, como el de Miguel Ángel Blanco, en el País Vasco se instaló durante décadas una violencia silenciosa que siguió pasando desapercibida, una guerra civil larvada entre los autoproclamados defensores de la patria y los que, por no compartir su fanatismo, quedaban al otro lado y eran marcados con la cruz eterna de la sospecha y la ignominia.

Este libro de Fernando Aramburu nos habla de esa herida abierta, lacerante, que no ha sido tan protagonista en los medios de comunicación, pero que, como una lluvia fina que acaba calando, ha terminado por devastar la vida de tanta gente corriente en tantos pueblos de Guipúzcoa o Vizcaya, y ha obligado a callar a muchos y a dejar su tierra a otros que no pudieron con el miedo y el amedrentamiento.
   
No sé si Patria es el mejor libro del año en España, pero entiendo que a muchos les hayan enganchado y emocionado hasta la médula las peripecias y los sentimientos encontrados de esas dos familias de un pueblo de Donostia, amigas en otro tiempo, y condenadas a enfrentarse por la deriva fanática de algunos de sus miembros. Aramburu da muestras de un excelente oído para dar cuenta del discurso interior de los muchos personajes de su novela, tan variados como pueden ser las opciones vitales y políticas en una sociedad compleja, por más que algunos se hayan afanado durante décadas para imponer un discurso de buenos y malos, de integrados y periféricos, de purasangres y maquetos/españolitos.

El relato se articula en torno a la complicidad primero y el enfrentamiento más tarde de Miren y Bittori, las dos amas que en primer plano o en la sombra marcan el tono emocional del relato y que en ocasiones me recuerdan a aquella espléndida Carmela Soprano de la popular serie de televisión. El drama en Patria es más sentido y cercano porque Aramburu no nos habla de militares o políticos que, sabedores de las consecuencias, aceptaron el riesgo de llevar la contraria, sino de gente corriente que va a trabajar, que cultiva el huerto y que se divierte montando en bici o preparando un pescado al horno en una sociedad gastronómica, y que, por la sinrazón y el resentimiento de clase de algunos, amigos antaño, tendrán que sufrir años de escarnio, humillaciones y pintadas premonitorias antes de acabar con sus huesos en la tumba de un cementerio que no es el suyo, para no levantar suspicacias entre los matones.

Patria es un cuento de 600 páginas sobre la imposibilidad de olvidar y la necesidad del perdón, una historia inolvidable y que uno no quiere que se acabe a pesar del dolor contenido.  Un cuento que parte de la realidad más cotidiana y creíble, pero que, en algún momento, y por exigencia de un guión que vuelve al punto de retorno, consigue trascender, suspender esa oscura de realidad de partida y convencernos de que después de tantos años de lluvia y ventarrón, el sol sigue estando ahí arriba.  

Muchos dicen que, ahora que ETA ha dejado de matar y que se vislumbra un futuro en paz en el País Vasco, está por escribirse el relato que va a quedar a nuestros hijos de los años negros de terrorismo independentista. Que está en juego el recuerdo que va a quedar para la posteridad de estos tiempos de barbarie. Si es así, el libro de Aramburu llega en buen momento. Con su prosa cristalina y recurriendo siempre a personajes y situaciones creíbles y emotivas, Patria va a contar a los que vengan el drama oculto del terrorismo en el País Vasco.