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martes, 6 de febrero de 2018

Nunca vivimos tan bien


A propósito de la lectura de 'Progreso', de Johan Norberg

Bien sea por una cuestión de psicología, por la inercia de la costumbre o por puro instinto de supervivencia, lo cierto es que estamos abonados a las malas noticias, y, por lo general, construimos nuestra visión del mundo a partir de la anomalía y la catástrofe. Los medios de comunicación lo saben y lo alientan. Se vende mucho mejor una crónica de un tiroteo que una estadística que nos diga que las muertes violentas en nuestra ciudad se han reducido. Por eso, los periódicos y los telediarios están cargados de desastres naturales, quiebras empresariales, guerras o golpes de Estado. 

El sueco Johan Norberg combate esta percepción negativa de la realidad en un libro que en 2016 fue calificado por la revista The Economist como el mejor del año. Su título es bien indicativo: Progreso. 10 razones para mirar al futuro con optimismo. A Norberg se le ha encasillado como uno de esos “nuevos optimistas” que van por el mundo vendiendo la idea de que nunca antes vivimos tan bien y que para convencernos se apoyan en un potente aparato estadístico. 

A la estela de Steven Pinker, autor del monumental Los ángeles que llevamos dentro, un ensayo sobre el declive la violencia a lo largo de la historia de la Humanidad, y a quien Norberg rinde tributo en varias ocasiones en su libro, este trabajo echa la vista atrás para decirnos que nunca la vida fue tan fácil, predecible y confortable, y para ello analiza una docena de variables, que van desde la esperanza de vida a la libertad individual, pasando por el acceso al agua potable, la alimentación, la alfabetización o los niveles de pobreza. Y todo este progreso ha sido posible gracias a los efectos beneficiosos del intercambio de ideas y bienes que han traído consigo el liberalismo, la extensión de la ciencia y la globalización en los últimos 200 años. 

Con abundantes cifras, Norberg intenta demostrarnos que, a pesar de nuestra adicción a las malas noticias y al catastrofismo, de nuestro gusto por las teorías conspirativas, vivimos mucho mejor que nuestros ancestros. Norberg incluso desafía a los agoreros del desastre medioambiental y, retorciendo los números y pasando por alto ciertas  evidencias preocupantes, nos intenta convencer de que en este aspecto también estamos mejor que nunca. La riqueza y la educación, nos viene a decir, son las llaves para resolver problemas como el cambio climático, y será cuestión de tiempo que países como China e India pongan orden en este terreno. 

Sea como fuere, y a pesar de que puede haber puntos discutibles, Progreso, de Johan Norberg, tiene la virtud de ponernos ante el espejo y cuestionar ciertas ideas que una visión miope, miedosa o demasiado local ha contribuido a asentar. Y es que nadie se puede creer a estas alturas que este mundo es perfecto, pero tampoco que es una ruina y que, además, va a peor. 

lunes, 17 de abril de 2017

Abuelo, ¿cómo habéis consentido esto?



A propósito de la lectura de
'Abuelo, ¿cómo habéis consentido esto?',
de Joaquín Estefanía

Título sugerente el del último libro del periodista Joaquín Estefanía sobre la crisis económica y las consecuencias que ha tenido y tendrá sobre la población, pero sobre todo sobre las (malogradas) expectativas vitales de los jóvenes. Como casi siempre hace en sus libros, Estefanía no desvela nada que no se sepa o de lo que en estos años no hayan informado los medios de comunicación y otros cronistas de la gran Recesión.

Estamos, pues, ante una crónica de lo ocurrido que a cualquiera que haya estado un poco al tanto le será familiar. Un ágil reportaje que no aporta nuevas luces sobre el origen, desarrollo y desenlace de la crisis económica. Sin embargo, el valor de ‘Abuelo, ¿cómo habéis consentido esto?’ está en la capacidad de Estefanía para sintetizar y escribir un relato comprensible, que se aleja en lo posible de la jerga de los expertos, dirigido a esos nietos de la agraciada generación de los baby boomers y que hoy llaman a las puertas del mercado de trabajo y nadie parece contestarles.  

Estefanía denuncia el silencio que se ha establecido alrededor de una de las heridas más sangrantes que ha dejado la crisis: que es, sin comerlo ni beberlo, la peor parte se la han llevado los jóvenes. Se han salvado las pensiones, hasta cierto punto se han salvado también los empleos de los trabajadores más veteranos, pero se han sacrificado millones de puestos de trabajo temporales mayoritariamente ocupados por jóvenes que han tenido que posponer sine die sus proyectos vitales y sus planes de emancipación.

Más allá de esa denuncia o de reivindicar el papel de los sindicatos, el keynesianismo y el efecto benéfico de la igualdad económica, el libro de Estefanía vuelve a los escenarios de la hecatombe financiera (el neoliberalismo del dúo Thatcher-Reagan, la globalización financiera, las subprimes, Madoff, la crisis griega…) y nos deja una interesante guía de lecturas: Keynes, Judt, Roubini, Missé, Rogoff, Rodrik, Akerlof, Shiller… También pasa por encima de algunos debates actuales, aunque sea de puntillas, como el efecto de la robotización en el mundo del trabajo.

Objetivamente, es difícil negar que vivimos en el mejor mundo posible. Los avances científicos y tecnológicos han multiplicado el confort y han disparado la esperanza de vida. Sin embargo, crece la sensación de que no es así, de que, por primera vez en mucho tiempo, hemos retrocedido y que no se percibe salida a este embrollo. De que a nuestros hijos no les quedará más remedio que tener una vida más precaria e incierta que la nuestra. Joaquín Estefanía ha escrito un libro que no va más allá de un repaso a lo que ha ocurrido con la economía en la última década, pero sus preocupaciones sobre lo que va a quedar para los que vengan serán compartidas por muchos padres y abuelos que también creen que otro mundo era posible.

lunes, 7 de mayo de 2012

Morir de hambre (o de colesterol)





A propósito del libro Obesos y famélicos, de Raj Patel  

Los estantes de nuestros supermercados están atiborrados de productos de todas los rincones del mundo (pistachos turcos, vinos californianos, kiwis ¡neozelandeses!...) en presentaciones rebosantes de plástico, tan profusas como atractivas, tan aparatosas como absurdas (un celofán rodea una pequeña magdalena que reposa en una bandeja de plástico junto a otras tres compañeras, mientras todo el conjunto se encuentra envuelto por otro “film” transparente y espera su destino dentro de una caja de cartón). Nos hemos acostumbrado de tal modo a la variedad (casi infinita), la abundancia, el colorido y, no lo olvidemos, el buen precio, de la oferta alimentaria que damos su presencia en nuestras vidas por descontada.

Las indudables ventajas que para nuestra mesa brinda la inaudita (nunca vista en toda la Historia) oferta de productos que la globalización pone a nuestra disposición en los grandes centros de consumo, tienen su contrapartida, como todos sospechamos, en un trasfondo más oscuro y menos sugestivo.  

Rajeev (Raj) CharlesPatel se define a sí mismo en su página web y blog como escritor, activista y académico. Su libro, traducido como Obesos y famélicos. El impacto de laglobalización en el sistema alimentario mundial, pero con un título mucho más provocador en su original en lengua inglesa (Stuffed and starved. Markets, Power and the Hidden Battle for the World’s Food System), se ha convertido desde su publicación en una referencia para los críticos con el sistema agroalimentario mundial.

Una de las contundentes citas del libro, no por conocida menos sangrante, es la palmaria injusticia que supone el hambre de la sexta parte de la Humanidad, frente al sobrepeso de otra sexta parte. Más sorprendente es el hecho de que tanto las personas más hambrientas como las más obesas se encuentren entre las más pobres. No menos impactante resulta conocer los efectos globales (sociales, económicos, ambientales…) del actual modelo de producción alimentaria agroindustrial, que repone sin cesar las existencias de los kilométricos anaqueles de nuestras tiendas.





Buena parte de los hábitos de compra, de consumo de alimentos y hasta de la forma de cocinar han sido determinados por las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial y por el progresivo control que, desde entonces, han ido adquiriendo ciertas enormes empresas sobre el conjunto de la cadena, incluida la publicidad y la presentación de los productos, que lleva los alimentos desde el campo o el mar a nuestra casa. Para que tales corporaciones obtengan beneficios astronómicos, denuncia Obesos y famélicos, la vida de los trabajadores agrarios asalariados de medio mundo se mantiene en condiciones casi infrahumanas, mientras que los pequeños propietarios rurales siempre rozan el límite de la rentabilidad, incluso en Europa y Estados Unidos.

Los viajes de Patel por todo el globo nos aportan multitud de datos, como el omnipresente dominio de la soja en todo tipo de productos para la alimentación humana y animal y las traumáticas consecuencias, políticas, económicas, sociales y ecológicas, que la imparable ampliación de su cultivo provoca en lugares como Brasil. También nos recuerda Patel que el primer problema de los cultivos transgénicos concierne al poder y al control y que más allá de las eventuales dudas derivadas de la seguridad a largo plazo de los alimentos transgénicos, la clave de su extensión se encuentra en el deseo de control omnímodo que las grandes empresas agroalimentarias ocultan en sus intenciones de negocio.



Obesos y famélicos nos avisa de que la artificial productividad de los campos, la actividad mecanizada de las tareas agrarias, el transporte de los productos a largas distancias y, al fin, todo el sistema que nos alimenta, se basa en un consumo de petróleo desaforado y provoca unos efectos ambientales insostenibles a largo plazo. (De acuerdo con el informe Alimentos kilométricos, de la organización Amigos de la Tierra, las frutas y las legumbres recorrían en 2007 la escalofriante media de 5.034 kilómetros antes de llegar a nuestras casas,  mientras que en el caso del café, el cacao y las especias la cifra alcanza los ¡6.227 kilómetros!).

Patel ejerce de crítico social y no se olvida de describirnos las reivindicaciones de los numerosos grupos que se oponen a la actual situación (como el Movimento dos TrabalhadoresRurais SemTerra de Brasil, entre otros muchos) ni de denunciar la manipulación permanente que, por pura conveniencia de negocio, se ejerce sobre nuestras preferencias como consumidores.

Patel, contrario al paradigma de la globalización, concluye en la necesidad de implantar un modelo de producción agroecológica que prime los mercados de productos locales y su diversidad y que suponga una mayor equidad para los productores y un mayor respeto para los consumidores. En ello coincide con algunas de las recomendaciones de un relevante informe internacional impulsado por la FAO, Agriculture at a crossroads (La Agricultura en una encrucijada, Evaluación Internacional del papel del Conocimiento, la Ciencia y la Tecnología en el Desarrollo Agrícola), publicado en 2009, en el que participaron 400 científicos y donde se afirma que para poder alimentar al mundo a largo plazo necesitaremos una agricultura menos intensiva en el consumo de recursos y un mayor control de los productores, lo que no puede ser más opuesto a la realidad actual.

Pese a cierta confusión en el desarrollo de los argumentos, quizá también fomentada por una traducción no muy precisa, Obesos y famélicos resulta una buena introducción para otras lecturas y logra transmitirnos la inquietud por el futuro de nuestra alimentación, en un mundo que se nos antoja pequeño para nuestros insaciables paladares.


Obesos y famélicos. 
El impacto de la globalización en el sistema alimentario mundial
Raj Patel
Los libros del lince
368 páginas
23 euros en papel