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jueves, 4 de mayo de 2017

Las ventajas de un mundo sin dinero en efectivo



A propósito de la lectura de 'Reduzcamos el papel moneda', de Kenneth Rogoff

Kenneth Rogoff, profesor hoy en Harvard y que entre 2001 y 2003 fue economista jefe del FMI, ha escrito un libro sugerente donde aboga por eliminar el dinero en efectivo, o por lo menos los billetes grandes. Con abundantes cifras, Rogoff nos demuestra que nadamos en un océano de cash, que además no hace mas que aumentar. Sin embargo, en el día a día, el ciudadano corriente se mantiene al margen de este torrente de billetes, manejándose bien con 40 o 50 euros en efectivo y con un par de cientos ahorrados como mucho en algún cajón de casa.

Si en Europa nos repartiéramos los euros que hay en circulación, tocaríamos a 3.200 por cabeza, y de esa cantidad, el 90% serían billetes grandes, de 50 euros para arriba. En Estados Unidos pasa algo tres cuartos de lo mismo.

En ‘Reduzcamos el papel moneda’, Rogoff mantiene que los océanos de dinero que ha salido de las fábricas de moneda están fuera del alcance del ciudadano corriente y sirven desafortunadamente para engrasar la economía sumergida y el fraude en sus más perversas variantes, como el tráfico de drogas o personas, la extorsión o los sobornos a políticos. Es decir, que esos billetes de 200 o 500 euros que raramente hemos visto poco favor hacen al común de la gente y a la economía en general. Y es que el efectivo no sólo sirve a los capos de la droga o a las mafias para mantener la operativa de sus oscuros negocios. Su mal uso está más extendido de lo que parece y también sirve a las empresas "legales" para evadir impuestos o para pagar en negro a sus empleados, eludiendo sus obligaciones con la Seguridad Social.  

Rogoff no deja de reconocer las virtudes del papel moneda, pero para neutralizar sus efectos perniciosos propone la universalización de las transacciones electrónicas y la eliminación progresiva -en 10 o 15 años- de los billetes de mayor denominación (a partir de 50 euros en Europa y de 100 dólares en Estados Unidos).

Para evitar la exclusión financiera de los que no han usado una tarjeta -por desconocimiento o por no contar con fondos o recursos suficientes-, Rogoff propone que sea el Estado el que ofrezca un servicio básico y universal de emisión y mantenimiento de tarjetas de débito. En un estadio más avanzado, Rogoff propone ir cambiando los billetes todavía en circulación por monedas de cierto peso que compliquen su transporte y almacenamiento, todo con el fin de evitar el fraude.

La hipótesis de Rogoff de un mundo sin efectivo no es descabellada y es posible que la veamos nosotros o nuestros hijos. Al fin y al cabo, en Occidente el dinero en papel es un invento que no tiene más de tres siglos y que aparece con los vales reales. Además, en nuestra vida cotidiana el efectivo ha ido en claro retroceso desde que en los años 50 el Citibank introdujo el dinero de plástico con la tarjeta de crédito. Y lo que está por llegar -la universalización del pago con móvil o de plataformas de servicios como Apple Pay o Google Wallet- hará más aún prescindible el efectivo. Los países nórdicos, nos recuerda Rogoff, son un buen laboratorio y un precedente real del mundo que viviremos. Los bancos centrales también han empezado a moverse en esta dirección y el BCE, por ejemplo, ya ha anunciado que a partir de 2018 deja de imprimir los billetes de 500 euros, tan vinculados al fraude y al terrorismo. Habrá que estar atentos.  

En la segunda parte del libro, Rogoff se pregunta sobre el papel de los bancos centrales, entra en cuestiones de política monetaria y se declara a favor de políticas expansivas, a lo Krugman. Pero eso ya es harina de otro costal.

lunes, 17 de abril de 2017

Abuelo, ¿cómo habéis consentido esto?



A propósito de la lectura de
'Abuelo, ¿cómo habéis consentido esto?',
de Joaquín Estefanía

Título sugerente el del último libro del periodista Joaquín Estefanía sobre la crisis económica y las consecuencias que ha tenido y tendrá sobre la población, pero sobre todo sobre las (malogradas) expectativas vitales de los jóvenes. Como casi siempre hace en sus libros, Estefanía no desvela nada que no se sepa o de lo que en estos años no hayan informado los medios de comunicación y otros cronistas de la gran Recesión.

Estamos, pues, ante una crónica de lo ocurrido que a cualquiera que haya estado un poco al tanto le será familiar. Un ágil reportaje que no aporta nuevas luces sobre el origen, desarrollo y desenlace de la crisis económica. Sin embargo, el valor de ‘Abuelo, ¿cómo habéis consentido esto?’ está en la capacidad de Estefanía para sintetizar y escribir un relato comprensible, que se aleja en lo posible de la jerga de los expertos, dirigido a esos nietos de la agraciada generación de los baby boomers y que hoy llaman a las puertas del mercado de trabajo y nadie parece contestarles.  

Estefanía denuncia el silencio que se ha establecido alrededor de una de las heridas más sangrantes que ha dejado la crisis: que es, sin comerlo ni beberlo, la peor parte se la han llevado los jóvenes. Se han salvado las pensiones, hasta cierto punto se han salvado también los empleos de los trabajadores más veteranos, pero se han sacrificado millones de puestos de trabajo temporales mayoritariamente ocupados por jóvenes que han tenido que posponer sine die sus proyectos vitales y sus planes de emancipación.

Más allá de esa denuncia o de reivindicar el papel de los sindicatos, el keynesianismo y el efecto benéfico de la igualdad económica, el libro de Estefanía vuelve a los escenarios de la hecatombe financiera (el neoliberalismo del dúo Thatcher-Reagan, la globalización financiera, las subprimes, Madoff, la crisis griega…) y nos deja una interesante guía de lecturas: Keynes, Judt, Roubini, Missé, Rogoff, Rodrik, Akerlof, Shiller… También pasa por encima de algunos debates actuales, aunque sea de puntillas, como el efecto de la robotización en el mundo del trabajo.

Objetivamente, es difícil negar que vivimos en el mejor mundo posible. Los avances científicos y tecnológicos han multiplicado el confort y han disparado la esperanza de vida. Sin embargo, crece la sensación de que no es así, de que, por primera vez en mucho tiempo, hemos retrocedido y que no se percibe salida a este embrollo. De que a nuestros hijos no les quedará más remedio que tener una vida más precaria e incierta que la nuestra. Joaquín Estefanía ha escrito un libro que no va más allá de un repaso a lo que ha ocurrido con la economía en la última década, pero sus preocupaciones sobre lo que va a quedar para los que vengan serán compartidas por muchos padres y abuelos que también creen que otro mundo era posible.

martes, 7 de julio de 2015

Gurús económicos

  

A propósito de la lectura de 'La economía no da la felicidad', de José Carlos Díez

En los últimos años, al tiempo que la crisis económica se iba haciendo más virulenta, han aparecido muchos libros de divulgación con el objetivo de que el ciudadano medio, sin grandes conocimientos de economía o finanzas, entendiera qué estaba pasando y qué remedios se podían poner para atajar el desastre. Muy celebrado fue el bestseller del profesor retirado Leopoldo Abadía, que muy al comienzo de la crisis llamó la atención de todo el mundo por su análisis socarrón y accesible de la burbuja inmobiliaria con La crisis ninja.

En esta línea divulgativa está el último trabajo del ubicuo José Carlos Díez, economista, profesor, bloguero y hasta tertuliano televisivo. La economía no da la felicidad, pero ayuda a conseguirla es un volumen donde el autor aborda con sensatez, y sin los prejuicios que tantas veces malogran el debate público, aspectos clave del sistema económico, como el papel del estado, el sistema de bienestar, el funcionamiento del mercado de trabajo, los mercados de deuda o el papel de los bancos centrales.

En el fondo José Carlos Díez es un socialdemócrata que piensa que el mejor sistema económico ya está inventado y sale de la combinación de un mercado eficiente, pero estrictamente regulado y que puede ser impulsado, si la ocasión es propicia, por el estado. Keynes aparece muchas veces en el libro, casi siempre en un altar.

Sin embargo, falla José Carlos Díez a la hora de analizar las relaciones entre la economía y la felicidad, entre la opulencia o la escasez y el bienestar material, psíquico y moral de los ciudadanos. Lo que, atendiendo al título, debería ser la línea de desarrollo principal, es decir, hasta qué punto la economía nos hace felices (o el mal funcionamiento de la misma nos hace profundamente infelices), es un tema que realmente el autor toca de refilón. Y al final el libro es un batiburrillo de temas de actualidad que, como decía antes, están abordados con sensatez, pero muchas veces de forma superficial, algo apresurada y sin hilazón.

En su haber tiene el autor que es un gran comunicador y que es capaz de hacer sencillas y entendibles situaciones muchas veces complejas del mundo financiero. Sin embargo, da la impresión a ratos que este volumen es una reedición de sus mejores artículos en prensa o en Internet, o de las conclusiones de las mesas de discusión a las que ha acudido últimamente en Latinoamérica o Canarias. Como resultado, Díez ha conformado un libro de ágil lectura, pero que adolece precisamente de hilo argumental y ambiciones analíticas.  

Me temo que, como en tantas ocasiones en los últimos años, autor y editorial intentan aprovechar el tirón mediático del primero para poner otro título en el mercado. El tiempo es ciertamente propicio. Al fin y al cabo, en momentos de tanta incertidumbre, y en el que hemos descubierto que la economía de mercado que nos hemos dado es mucho más enrevesada de lo que suponíamos, necesitamos a gurús o divulgadores sagaces del enredo económico como José Carlos Díez.


La elocuencia de Díez, entrenada durante más de un lustro como autor del blog El economista observador, no encubre, sin embargo, las carencias de un libro escrito a vuela pluma y que, a estas alturas, no aporta demasiado a un lector medianamente avisado y al tanto de la actualidad. 

miércoles, 24 de julio de 2013

El coste humano de la crisis


A propósito de la lectura del libro Por qué la austeridad mata, de David Stuckle y Sanjay Basu


En 2009, The Economist publicó un beligerante editorial (“Mass murder and the market”, disponible en  http://www.economist.com/node/12972677) en el que rebatía ácidamente la interpretación que sobre los datos de mortalidad en Rusia se planteaba en un artículo (“Mass privatisation and the post-communist mortality crisis: a cross-national analysis”) publicado en la prestigiosa revista de investigación médica The Lancet por parte, entre otros, de David Stuckler.

La tesis que defendían en su artículo David Stuckler, un investigador especializado en la economía de la salud pública, y sus colegas, relacionaba, en base al estudio intensivo de los datos estadísticos, las rápidas y masivas privatizaciones acometidas en los países postcomunistas (la conocida como “Terapia de Choque”) con una significativa reducción en la esperanza de vida. Como guardián espiritual de las esencias del liberalismo económico, The Economist  pontificaba que el problema de las reformas en Rusia fue ¡su lentitud! y llegaba a sugerir que la culpa del exceso de mortalidad era achacable a los excesos de los borrachines rusos…

La recurrente participación de David Stuckler en esa y otras muchas polémicas sobre la relación entre la economía y la sociedad le ha conferido una gran notoriedad, que ha aprovechado junto con Sanjay Basu, un experimentado epidemiólogo, para escribir Por qué la austeridad mata, un libro a medio camino entre el ensayo científico y el panfleto keynesiano (como proclama desde el propio  título).

A primera vista el libro parece uno más de la miríada de ensayos que describen las muchas consecuencias de la Crisis, esta vez las que produce sobre la salud pública. La novedad estriba en que, en este caso, las contundentes afirmaciones de los autores (“según los criterios del propio gobierno español, la austeridad no ha dado resultado”, “es sabido desde hace mucho tiempo que los mercados no funcionan bien en materia de atención sanitaria”, “las medidas de austeridad estaban causando estragos en la salud del pueblo griego”…) aparecen siempre relacionadas con las abundantísimas citas científicas que aparecen en las Notas finales del libro.

El recorrido del libro por las políticas internacionales de salud parte de Estados Unidos en la Gran Recesión, explora los países comunistas antes y después de la caída del Muro y acaba citando (¡cómo no!) los deletéreos efectos de la crisis en Grecia, España e, incluso Gran Bretaña. También muestra ejemplos positivos, como el de Islandia, donde la decisión de no restringir el gasto social ha permitido mantener los estándares de salud pública sin graves daños.

Stuckler y Basu no se andan por las ramas y, partiendo del análisis comparado de las políticas públicas descritas, acusan sin componendas a las reformas estructurales y a las restricciones presupuestarias practicadas actualmente en tantos y tantos países de provocar graves problemas de salud (medibles de manera estadísticamente significativa en la incidencia de depresiones y otras muchas enfermedades) y, directamente, de matar, por sus efectos en la reducción de la esperanza de vida.


De las continuas disputas entre los partidarios y los detractores de la austeridad el perplejo ciudadano de a pie sólo extrae confusión.  El libro de Stuckler y Basu, aunque se decanta por los segundos, nos recuerda, de la manera más categórica, que la austeridad, por sí misma, no tiene por qué provocar efectos significativos en la salud de los ciudadanos siempre y cuando su calidad de vida sea prioritaria para los políticos. Sólo por este recordatorio merece la pena leer este libro.



jueves, 23 de febrero de 2012

La sombra alargada de Keynes





A propósito de La economía del miedo, de Joaquín Estefanía


Joaquín Estefanía es capaz de contar de forma amena y comprensible lo que está ocurriendo al mundo complejísimo y oscuro de la economía y las finanzas, lo que no es poco en un país como el nuestro, tan dado a la pereza mental y al cliché, y tan falto de divulgadores competentes. Desde sus primeras páginas, La economía del miedo tiene el pulso de un libro de combate o de denuncia. No tanto en la línea de los celebrados panfletos de Stéphane Hessel (Indignaos) o de José Luis Sampedro (Reacciona), y sí en la del discurso de la película Inside Job, donde el desenmascaramiento de la realidad se apoya en un reportaje periodístico contundente, discutible si se quiere, pero serio y rico en fuentes.

En el primer capítulo, que da título al libro, Estefanía analiza el miedo paralizante que, en su opinión, se adueña de una sociedad al borde del abismo económico y que es alentado desde el poder. No son los temores tradicionales a la muerte, el infierno o la enfermedad, sino a esos mercados “que tienden a reducir los beneficios sociales y las conquistas económicas del último medio siglo; miedo a quedarnos sin ese bien cada vez más escaso que se llama trabajo, a reducir nuestro poder adquisitivo, al subempleo, a la marginación económica y social”.

Después, Estefanía baja el tono y elabora un extenso reportaje de 300 páginas sobre las crisis que han asolado la economía mundial desde la Gran Depresión a la Gran Recesión de nuestros días. El crack del 29 y la crisis que se origina en 2007 con las hipotecas subprime centran la atención, pero también la caída de los tigres asiáticos a finales de los noventa, la burbuja japonesa, la suspensión de pagos de México a principios de los ochenta, la “contabilidad creativa” de Enron o Woldcom o la crisis del rublo son casos expuestos con ánimo pedagógico.  



Por encima de eso, el trabajo del periodista de El País es una denuncia de los desmanes del neoliberalismo que se ha impuesto en el mundo desde principios de los ochenta con Thatcher y Reagan, que ha primado la desregulación de los mercados y ha tenido como consecuencia un alejamiento del sector financiero de la economía real productiva y de las expectativas de ciudadanos y gobiernos. Estefanía denuncia que siempre hayan sido los estados y las políticas keynesianas los que han tenido que enmendar la plana al capitalismo en su versión neocon. La figura del economista inglés sobrevuela gran parte de libro.   

La economía del miedo suscita muchas preguntas (sobre el papel de la economía y de los economistas, sobre el equilibrio democracia-capitalismo, sobre la corrupción como motor del sistema…), pero sobre todo se cuestiona –en línea con lo que se plantea estos días en los centros de poder de este país y del viejo continente- si lo más conveniente para salir del marasmo económico son las políticas de austeridad y recorte. Estefanía recuerda que, paradójicamente, el país que desencadenó la crisis y que es adalid de la desregulación, Estados Unidos, ha seguido inyectando dinero en el sistema como vía para enderezar la situación y reducir una tasa histórica de desempleo. Solo el episodio de la caída de Lehman Brothers respondió a ese principio tan liberal de que “cada palo aguante su vela”, y políticos tan dispares como Bush Jr. y Obama han recurrido sin rubor a planteamientos keynesianos.     

Marx, Keynes, Galbraith, Stiglitz, Krugman, Amartya Sen... El libro de Estefanía nos pone sobre la pista de una buena parte de la mejor literatura económica de los últimos 150 años. La pena es que el aparato teórico que saca a relucir no es ni mucho menos completo. Estefanía rehúye la confrontación y el diálogo con la tradición liberal. Las referencias a economistas y pensadores “de la otra orilla” son más bien escasas. Tan solo se detiene brevemente en las figuras de Schumpeter y de Friedman. 


Es el punto débil de este largo relato periodístico, que aporta mucha y valiosa información, pero que no llega a dar voz a todas las partes.  La economía del miedo está lastrado por ese deseo del autor de confrontar cada episodio de la historia económica reciente con la tesis de partida: la injusticia histórica que supone que el “capitalismo de amiguetes” haya sido rescatado una y otra vez por los poderes públicos sin que nadie parezca haber aprendido la lección.    

A la vista de lo acontecido en las últimas décadas, Estefanía no se despide con buenas noticias: “Desde principios de los noventa hay dos características en el sistema que sobresalen por encima de las demás: la acumulación de crisis cada vez más frecuentes (con mayor cadencia y velocidad) y más profundas (con mayor capacidad de contagio por amplias zonas geográficas); y la financiarización de la economía, que consiste en que lo financiero es preponderante en los acontecimientos, y lo productivo o industrial es subsidiario”.
  
En fin, La economía del miedo es un libro interesante, bien escrito, ágil y ameno –Estefanía recurre con frecuencia a la literatura, el cine o el arte para reforzar sus planteamientos-. El autor hace un buen ejercicio de síntesis y de divulgación para iluminarnos sobre temas extremadamente complejos. Pero, como dije antes, conviene leerlo con cierta prevención, pues Estefanía es un keynesiano convencido y eso se nota en cada línea de su trabajo.    


La economía del miedo
Joaquín Estefanía
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores
348 páginas
19,95 euros