Mostrando entradas con la etiqueta comunismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta comunismo. Mostrar todas las entradas

lunes, 20 de junio de 2016

Las tribulaciones de Dmitri Shostakóvich



A propósito de la lectura de
'El ruido del tiempo', de Julian Barnes

Desde su muerte, en 1975, hay un debate abierto entre historiadores y especialistas en el mundo de la música que intenta aclarar hasta qué punto Dmitri Shostakóvich fue sobre todo un compositor disidente en toda regla o más bien aprovechó su cercanía al régimen soviético para vivir en los beneficios de la cultura oficial, a pesar de no comulgar con ella ni en lo estético ni en lo político.


Lo que sí es verdad, y ese es el punto de partida de 'El ruido del tiempo', la última novela de Julian Barnes, es que Shostakóvich vivió siempre vigilado y amenazado, y eso se notó en su peripecia vital y en música, escrutada al detalle y censurada por el régimen, y autocensurada por el autor, quien en muchas ocasiones mandó al cajón las piezas que componía para no levantar las sospechas de los guardianes de la ortodoxia. Shostakóvich alternó la audacia de sus cuartetos de cuerda con el compromiso que le demandaba el aparato estalinista, y que le llevó a componer música para películas oficiales y sinfonías que, como la Quinta, fueron entendidas por el stablishment soviético como un loa al sistema.


‘El ruido del tiempo’ es un monólogo interior –en tercera persona- que se detiene en varios momentos clave de la vida de Shostakóvich y que nos dan idea del alcance de sus tribulaciones. El primer episodio es el del estreno en el Bolshoi de Moscú de su ópera 'Lady Macbeth de Mtsensk', con el demoledor editorial posterior del diario Pravda -quizá escrito por el propio Stalin- que tacha al joven y dotado músico de San Petersburgo de decadente y le acusa de producir “caos en lugar de música”. Un encontronazo que marcará de por vida la relación de Shostakóvich con el dictador y con el poder soviético.


Más tarde, en 1948, Barnes relata el viaje forzado a Nueva York que hace el músico para representar a su país en un congreso internacional sobre cultura y ciencia, una encerrona que le lleva a leer ante los muchos admiradores extranjeros de su obra un discurso propagandístico escrito por los burócratas del régimen para poner en evidencia a las democracias occidentales. Y, ya en tiempos Nikita Jrushchov, cuando “los tiempos difíciles” habían acabado y el régimen se afanaba en legitimarse ante el mundo rehabilitando a algunas de las figuras que Stalin condenó, Barnes sitúa las páginas finales de su novela. Como colofón nos cuenta el tira y afloja de la burocracia oficial con Shostakóvich para que éste aceptara la presidencia de la Unión de Compositores Rusos, algo que finalmente hizo muy a regañadientes porque llevaba como condición previa su afiliación al partido comunista, un gesto que había evitado toda su vida y que a partir de ese momento iba a quedar como una muestra inasumible de su cobardía.


Este libro, que algunos han tachado de fallido, banal e ingenuo, nos deja en la memoria una estampa inquietante, la del músico atemorizado que cada noche, durante meses y años, se viste y sale, maleta en mano, al rellano de la escalera del piso donde vive para esperar, en la oscuridad interrumpida por la brasa de un cigarrillo nervioso, la llegada del agente que lo detendrá y lo apartará para siempre de su familia y de sus seres queridos. Dmitri Shostakóvich vivió, como tantos otros, el miedo eterno de los que no se dedicaron en cuerpo y alma a cantar con su arte las grandezas de la revolución obrera, y, sólo bajo amenaza, se avinieron a mostrar su adhesión al régimen sanguinario de Stalin.


Es posible que la imagen del Shostakóvich inconformista y atormentado en lo íntimo que nos deja Barnes sea rebatible. Al fin y al cabo, el músico, admirador confeso de Stravinsky, tuvo cintura siempre para adaptarse y vivir cómodamente. Lo hizo componiendo una música asequible para la que en realidad estaba demasiado dotado, o firmando unos artículos complacientes que no salieron de su puño y letra, o evitando amistades que lo habrían puesto en el punto de mira de unos burócratas sin escrúpulos. De hecho, el compositor de sinfonías que hoy se tocan regularmente en todo el mundo y son admiradas por muchos, murió apaciblemente, pero con todos los honores, en un hospital de Moscú, aquejado de un cáncer de pulmón que le dejó su adicción al tabaco. Su obituario fue firmado por 85 personalidades entre las que estaba el jefe supremo en ese momento del régimen, Leonidas Brezhnev.


Es verdad que muchos otros, cientos de miles o millones, fueron maltratados y exterminados anónimamente en campos de trabajo. En el mundo de la cultura, también fueron muchos los compañeros de Shostakóvich que no tuvieron suerte y desaparecieron una noche, sin despedirse, mientras quizá esperaban vestido y, con maleta en ristre, en el rellano de la escalera. Sin embargo, las tribulaciones y los miedos de Dmitri Shostakóvich, referidos por Barnes con precisión y sin subrayados, son un buen recordatorio de lo difícil que pueden ser las relaciones entre el poder y el arte. Y, a pesar de su aparente frialdad, el libro nos transmite ese aire opresivo que se cierne sobre los que no sucumben al fanatismo y luchan por guardarse un gramo de dignidad en medio del oprobio, aunque sea en la intimidad más inconfesable y oscura.      

domingo, 10 de noviembre de 2013

El desconcertante Limónov y la Rusia de hoy



Mariano Oliveros

El escritor y político ruso Eduard Limónov es un personaje real, muy
influyente en su país, donde reside actualmente, aunque es
relativamente poco conocido en Centroeuropa y mucho menos en España.
Su disparatada y “literaria” vida ha inspirado al escritor francés
Emmanuel Carrère una biografía novelada (ed. Anagrama) que le sirve,

a su vez, de subterfugio para reflexionar sobre la Rusia contemporánea y sus
excesos. El libro ha tenido un gran éxito en Francia (entre otros
premios logró el muy respetado Renaudot, en 2011).

En las primeras páginas, el protagonista se nos aparece como una
suerte de síntesis del ruso prototípico de las leyendas  de su tierra,
bebedor, charlatán, indisciplinado, en muchas ocasiones macarra y,
como no podía ser de otra forma, melancólico. Pero Limónov nunca fue
un tipo del montón, y, desde sus modestísimos orígenes en Dzerzhinsk,
a orillas del Oka, y a lo largo de su azarosa vida en distintos países
como Estados Unidos, Francia, Serbia y, finalmente, Rusia, se va
reencarnando en formas variopintas como mendigo, criado de un
millonario, soldado en los Balcanes a favor del genocida Karadzic,
literato de éxito, político provocador nostálgico de Stalin, aspirante
a revolucionario y preso político.

El pícaro Limónov no es ningún angelito y su carácter egoísta y
mezquino, hasta patético, sólo se contrapesa por su evidente valor
para vivir sin componendas. Carrère utiliza la clásica técnica de
introducir datos de su propia biografía para documentar su interés por
un personaje tan cínico, contradictorio y caótico, y consigue que este
enfant terrible nos caiga simpático, incluso cuando consuma sus
barrabasadas.

El hilo biográfico conductor de la trama, rigurosamente verídico (al
menos en apariencia), se pierde en digresiones sobre política e
historia de Rusia para reencontrarse varias veces a lo largo del
libro. Aderezando la peripecia vital de su personaje y aprovechando
sus hitos, Carrère nos ofrece su interpretación de los acontecimientos
vividos en la Rusia reciente, sin obviar dramas como el asesinato de
AnnaPolitkóvskaya o el encarcelamiento de los opositores al peculiar
régimen de Putin.

La historia oficial de Rusia se parece poco a las descripciones que
nos ofrece Carrère, que da fe de los latrocinios perpetrados por la
oligarquía postcomunista rusa y su absoluto desprecio por el porvenir
de su pueblo. Las opiniones de Carrère sobre los políticos rusos
contemporáneos (empezando por el mismísimo Gorbachov) son demoledoras,
no deja títere con cabeza.

El lenguaje de la obra es siempre preciso y contundente, pero la forma
y el estilo, en coherencia con la trama, son erráticos y pasan sin
transición por la biografía canónica, el ensayo de tesis sobre las
complejidades y los escándalos de la política rusa y la pura
provocación literaria. El resultado final se puede entender como un
curioso, heterodoxo y, en muchos momentos, brillante alegato en contra
de las verdades absolutas en la vida y en la política, disfrazado, en
parte, de novela de aventuras.

La verdad es que la novela tradicional, con toda su grandeza, ha sido
tan explorada que los soplos de aire fresco como el que nos regala
Carrère se agradecen.




Aquí dejo un vídeo para acercarnos un poco más a Eduard Limónov
http://www.youtube.com/watch?v=7ouNDEfnfQg



miércoles, 24 de julio de 2013

El coste humano de la crisis


A propósito de la lectura del libro Por qué la austeridad mata, de David Stuckle y Sanjay Basu


En 2009, The Economist publicó un beligerante editorial (“Mass murder and the market”, disponible en  http://www.economist.com/node/12972677) en el que rebatía ácidamente la interpretación que sobre los datos de mortalidad en Rusia se planteaba en un artículo (“Mass privatisation and the post-communist mortality crisis: a cross-national analysis”) publicado en la prestigiosa revista de investigación médica The Lancet por parte, entre otros, de David Stuckler.

La tesis que defendían en su artículo David Stuckler, un investigador especializado en la economía de la salud pública, y sus colegas, relacionaba, en base al estudio intensivo de los datos estadísticos, las rápidas y masivas privatizaciones acometidas en los países postcomunistas (la conocida como “Terapia de Choque”) con una significativa reducción en la esperanza de vida. Como guardián espiritual de las esencias del liberalismo económico, The Economist  pontificaba que el problema de las reformas en Rusia fue ¡su lentitud! y llegaba a sugerir que la culpa del exceso de mortalidad era achacable a los excesos de los borrachines rusos…

La recurrente participación de David Stuckler en esa y otras muchas polémicas sobre la relación entre la economía y la sociedad le ha conferido una gran notoriedad, que ha aprovechado junto con Sanjay Basu, un experimentado epidemiólogo, para escribir Por qué la austeridad mata, un libro a medio camino entre el ensayo científico y el panfleto keynesiano (como proclama desde el propio  título).

A primera vista el libro parece uno más de la miríada de ensayos que describen las muchas consecuencias de la Crisis, esta vez las que produce sobre la salud pública. La novedad estriba en que, en este caso, las contundentes afirmaciones de los autores (“según los criterios del propio gobierno español, la austeridad no ha dado resultado”, “es sabido desde hace mucho tiempo que los mercados no funcionan bien en materia de atención sanitaria”, “las medidas de austeridad estaban causando estragos en la salud del pueblo griego”…) aparecen siempre relacionadas con las abundantísimas citas científicas que aparecen en las Notas finales del libro.

El recorrido del libro por las políticas internacionales de salud parte de Estados Unidos en la Gran Recesión, explora los países comunistas antes y después de la caída del Muro y acaba citando (¡cómo no!) los deletéreos efectos de la crisis en Grecia, España e, incluso Gran Bretaña. También muestra ejemplos positivos, como el de Islandia, donde la decisión de no restringir el gasto social ha permitido mantener los estándares de salud pública sin graves daños.

Stuckler y Basu no se andan por las ramas y, partiendo del análisis comparado de las políticas públicas descritas, acusan sin componendas a las reformas estructurales y a las restricciones presupuestarias practicadas actualmente en tantos y tantos países de provocar graves problemas de salud (medibles de manera estadísticamente significativa en la incidencia de depresiones y otras muchas enfermedades) y, directamente, de matar, por sus efectos en la reducción de la esperanza de vida.


De las continuas disputas entre los partidarios y los detractores de la austeridad el perplejo ciudadano de a pie sólo extrae confusión.  El libro de Stuckler y Basu, aunque se decanta por los segundos, nos recuerda, de la manera más categórica, que la austeridad, por sí misma, no tiene por qué provocar efectos significativos en la salud de los ciudadanos siempre y cuando su calidad de vida sea prioritaria para los políticos. Sólo por este recordatorio merece la pena leer este libro.



viernes, 3 de mayo de 2013

Chirbes: retrato íntimo de la crisis




En 2007, cuando el batacazo inmobiliario era inminente, aunque no presentido por la mayoría, Rafael Chirbes escribió Crematorio, una novela de título premonitorio sobre un país que se adentraba en un largo periodo de crisis económica y desánimo. Crematorio escarba en el estercolero moral sobre el que se había asentado la sociedad española en la década larga del crédito fácil y la especulación, y lo hace a través de las reflexiones de un constructor de cierto éxito en la costa levantina y de sus familiares.

Vuelve Chirbes con una mezcla de realismo social e introspección que le pone en la línea de Balzac, y vuelve con toda la fuerza narrativa que exhibiera en sus mejores entregas. Aunque, para poner de manifiesto las contradicciones del país, no recurra esta vez al pasado, como en La larga marcha (de la Guerra Civil a los estertores del franquismo) o La caída de Madrid (la muerte de Franco), sino a un presente que presagia un cambio de ciclo.

No obstante, el novelista valenciano, en el que algunos encuentran ecos de la escritura ética de Juan Eduardo Zúñiga, trasciende este punto de partida moral, desde el que denuncia corruptelas, imposturas y una codicia que, por más que nos pese, sigue siendo el combustible del mundo, y donde, como ha dicho el propio autor, “el peor acaba siendo el mejor”.

Y es que en Crematorio salen a relucir otros temas recurrentes en la obra de Chirbes, como el profundo abismo entre padres e hijos, la insuperable distancia que se abre también entre los sueños de juventud y el duro encontronazo con la realidad que nos sobreviene en la madurez o las falacias sobre las que se asienta el progresismo. El novelista no deja títere con cabeza.

Los seres que Chirbes disecciona en sus novelas se enfrentan casi siempre, de una forma lúcida, a su propia versión del naufragio. Crematorio huele a desolación en cada frase y no exagera el autor cuando dice que la escritura de estas 400 y pico páginas le hicieron pasar tres años en el túnel y que incluso le llevó a plantearse no volver a escribir, cosa que finalmente no hizo.
    
La piedra angular de tan duro retrato es Rubén Bertomeu, un constructor de cierto éxito en la costa levantina. La muerte de su hermano, el idealista Matías, sirve de pretexto para reunir a un puñado de personajes sin desperdicio. Ahí están su hija Silvia, que reprocha a su progenitor que haya llenado la costa de cemento, pero es incapaz de bajarse del tren de vida que la riqueza de la familia le proporciona; Juan Mullor, altivo marido de Silvia que prepara una biografía del escritor Federico Brouard, amigo de la infancia de los hermanos Bertomeu cuya carrera literaria está en franco declive; Matías, comunista combativo en su juventud que en los últimos años de su vida hace del ecologismo una forma de disidencia; o Mónica, la joven y atractiva segunda mujer del septuagenario constructor, un personaje ambicioso de corte shakesperiano. El fresco lo completan Ramón Collado, que trabajó para los Bertomeu, pero que ha sido incapaz de levantar su propia empresa y vive ahora encaprichado con una prostituta, y Traian, mafioso ruso que colabora con Rubén.

A través de monólogos interiores (es excepcional el del propio Rubén Bertomeu que cierra el libro: páginas 366 a 411), Chirbes va dando cuenta de los ideales, miserias y reproches que han jalonado la vida de sus personajes. Con una prosa fluida y que casi siempre da con el tono y la voz apropiada, el autor, que tiene muy buen oído, se pone en el pellejo de todos excepto de Matías, al que conocemos por el relato, que unas veces suena a apología y otras a duro ajuste de cuentas, que hacen los demás de él.  

Tras su libro previo, Los viejos amigos, una obra no tan lograda donde sacaba a relucir las contradicciones de la progresía nacional, Chirbes volvió a brillar en 2007 con Crematorio y demostró que estaba en buena forma para convertirse en uno de los cronistas más brillantes de la crisis, como ha vuelto a confirmar con En la orilla.   


miércoles, 13 de marzo de 2013

La novena viuda, de Geling Yan



Mariano Oliveros

La literatura china se ha puesto de moda, como demuestra la concesión del Premio Nobel al “convincente y mordaz”, aunque polémico, Mo Yan. La indudable calidad de muchas de las obras que los escritores nacidos en China vienen ofreciendo al gran público ha atraído la atención sobre un país hasta no hace mucho tenido como poco más que una gigantesca fábrica de productos a bajo coste. La prolífica escritora Geling Yan, nacionalizada estadounidense pero nacida en Shanghái, donde residió y desarrolló su carrera hasta los treinta años, ha ganado especial fama, en parte debida al éxito de la película de Zhang Yimou basada en su novela Las flores de la guerra.

La lectura de Las flores de la guerra (editorial Alfaguara) me dejó un sabor agridulce. Por un lado, me gustó mucho el oficio de la autora. El estilo de la novela es directo y vigoroso, y tanto su eficaz estructura como la sencilla construcción de los personajes, dibujados en pocos pero contundentes trazos, le otorgan gran solidez.

Además, el contexto escogido (las desgracias de la guerra durante la histórica Masacre de Nanking) y los grandes temas que toca la novela (la lealtad y la amistad viril, las relaciones amorosas y sexuales en las sociedades jerárquicas y rígidas, los efectos tóxicos de los prejuicios) demuestran la ambición literaria de su autora.

Sin embargo, Las flores de la guerra se queda a medio camino de ser una obra redonda. La trama se vuelve en ocasiones incoherente, ya que retrocede a hechos ya narrados sin aparente razón argumental y, en consecuencia, la descripción de los hechos se enreda sin aportar más luz. El desarrollo de las relaciones entre los personajes es a veces inconexo, por demasiado esquemático, con lo que se pierde el potencial que ofrecían para un más profundo juego psicológico y mayores honduras.

Por el contrario, La novena viuda (también en Alfaguara), galardonada con numerosos premios, es una obra deslumbrante, ambiciosa, bien narrada y bien resuelta. La afiladísima ironía que Mo Yan emplea en La vida y la muerte me están desgastando, delirante y onírica descripción de la historia contemporánea de China y su Revolución Cultural, tiene en La novena viuda un contrapunto realista muy eficaz.

La lúcida y tenaz Wang Putao, la protagonista, vive en una pequeña aldea donde la guerra y la Revolución Cultural vienen a trastocar todos los valores existentes. Putao no entiende nada de lo que pasa a su alrededor, aunque a la postre resulte ser la única persona sensata en el absurdo y dramático entorno creado por los nuevos revolucionarios que ocupan su pueblo tras la guerra contra Japón. Geling Yan sabe bien de qué habla por cuanto formó parte, cuando era muy joven, como el propio Mo Yan, del Ejército Popular Chino de Liberación.

Los excesos de los uniformados guardianes de la Revolución, el discurso místico de los nuevos conversos a la fe del comunismo y las absurdas medidas de intervención social y de propaganda que controlan la vida de todo el mundo, no afectan al sereno talante de Putao, empeñada en ser fiel únicamente a sí misma, sin vender su alma al diablo. La novela, al cabo, constituye una lúcida reflexión sobre la desigual relación entre los sencillos impulsos que dirigen la vida cotidiana de la gente común y los grandes movimientos políticos y sociales que se lo llevan todo por delante sin contar con los ciudadanos.

domingo, 6 de enero de 2013

Shalámov en el infierno




Relatos de Kolimá, de Varlam Shalámov


Estamos tan acostumbrados a la literatura menor (menor en ambición, en estilo, en inspiración) que cada vez nos cuesta más atrevernos a leer obras ambiciosas, perdidos en la confusa abundancia de noveluchas y bestsellers con contraportadas laudatorias que domina las estanterías de las librerías y los catálogos virtuales. Por si fuera poco, el fárrago de Internet, donde la mayor parte de los textos más populares, accesibles y divulgados carece de la menor vocación de permanencia, nos tiene atrapados y no nos incita a buscar lecturas reposadas y profundas.

Relatos de Kolimá es una de esas obras que bien merecen la dedicación de unas cuantas tardes invernales, con el ordenador o la tableta apagados. Varlam Shalámov vivió la brutal experiencia de los campos de trabajo soviéticos y consiguió sobrevivir y recordar. El resultado se nos muestra en las terribles, aunque bellísimas, páginas de los Relatos de Kolimá, una obra ciclópea de más de 1.000 páginas publicada en España hace unos años por la editorial Mondadori y, recientemente, por Minúscula.

Shalámov representa en sus relatos un mundo helado, podrido e inhumano, absolutamente desesperanzado y alejado de toda piedad. El libro está lleno de pasajes tremendos, que dan poca tregua al lector, como éste de Sentencia, uno de los mejores relatos:

“Era poca la carne que me quedaba en los huesos. Aquella carne bastaba sólo para la rabia, el último de los sentimientos humanos. No era la indiferencia, sino la rabia el último sentimiento del hombre, el que se hallaba más próximo a los huesos… ¿Qué me quedaba hasta el último momento? La rabia. Y guardándome esa rabia me disponía a morir.”

 O este otro de Carpinteros:

 “A los trabajadores no se les enseñaba el termómetro, aunque tampoco hacía falta: había que salir al trabajo cualesquiera que fueran los grados. Por lo demás, los viejos del lugar calculaban casi con exactitud el frío sin termómetro alguno: si había niebla helada, quería decir que fuera hacía cuarenta grados bajo cero; si al expulsar el aire este salía con un silbido pero aún no costaba respirar, significaba que hacía cuarenta y cinco grados; pero si la respiración era ruidosa y faltaba el aire, entonces era que estábamos a cincuenta. Por debajo de los cincuenta y cinco un escupitajo se helaba en el vuelo. Los escupitajos se helaban en el aire hacía ya dos semanas”.



No existe en el libro un hilo conductor común, más allá del rigor del clima, las penosas condiciones de los presidios y el régimen de trabajos forzados, y cada relato, ya se centre en una anécdota nimia o bien en un hecho trascendente, posee su propia estructura independiente y su propio estilo. El autor apela a todo tipo de recursos literarios y estéticos y no desdeña, incluso, el empleo de la ancestral, y profundamente amarga, ironía rusa, en la línea de Chejov o Bulgakov. Con todo, los relatos siempre se desenvuelven en un tono contenido, salpicado de sutiles metáforas sobre el alma humana y de reflexiones más incisivas y directas de Shalámov.

Siendo mucho más conocidos los siete volúmenes de Archipiélago Gulag, donde otra víctima del sistema represor soviético, el Nobel Aleksandr Solzhenitsyn, describe metódicamente el complejo carcelario de Siberia en toda su extensión, la escalofriante perfección literaria de los Relatos de Kolimá resulta aún más turbadora (por mucho que le pesara al propio Solzhenitsyn, que los consideraba insatisfactorios desde el punto de vista artístico). 

En el Gulag que nos describe Solzhenitsyn los presos mantienen rescoldos de esperanza y solidaridad mutuas. Por el contrario, la descarnada, agudamente pesimista visión del hombre que trasmite Shalámov no admite pactos con el lector, que acaba el libro exhausto ante tanta iniquidad y lleno de admiración ante la proeza personal y literaria de un hombre que, como nos recuerda en el brevísimo y magistral relato introductorio, Por la nieve, tuvo que recorrer dos veces el gélido camino del horror para que podamos conocer la verdad.



domingo, 8 de abril de 2012

Sin anestesia





A propósito de Escaramuzas, de Antonio Martínez Sarrión


Escaramuzas es un libro amargo. Martínez Sarrión salpica el texto de apuntes personales –el tono casi siempre es desolador, aunque sin regodeos-. Victoria del desollado, Sin anestesia o Paradero desconocido son títulos sugeridos por el autor para poemas que están aún por escribirse. Pero Escaramuzas es sobre todo un libro combativo -el título está muy bien traído- donde el comentario erudito y libresco se mezcla con la crítica social y política de un autor que mantiene intacto su inconformismo. Se puede estar o no de acuerdo con él, pero no se puede tachar de tibio a Martínez Sarrión. En su ánimo está en todo momento combatir esa “bestia negra” que es la ñoñería pequeñoburguesa, cocinada, en palabras del propio autor, con variables dosis de respetabilidad, mal entendido decoro y blandenguería.  


Con el tono, el estilo es quizá lo mejor del volumen. Conciso, aforístico, esquemático y muchas veces misterioso. El novísimo busca “el secreto” que Bataille echa en falta en Sartre o “la poesía” que él mismo no encuentra en Flaubert o Vargas Llosa. Martínez Sarrión sugiere más que muestra en este dietario, que cubre 10 años de apuntes (de 2000 a 2010), y eso a pesar de lo expeditivo de algunos de sus comentarios. 


En lo político, Martínez Sarrión destila sesentayochismo. Ataca con vehemencia el conservadurismo de la derecha española y se apunta al antiamericanismo visceral que es común en la izquierda más irritada de este país. Una visión del mundo militante, aunque reductora y previsible, donde Estados Unidos y el sionismo se convierten en origen de todos los males universales. Solo salva de aquel país alguna pieza musical o cinematográfica. “Antipatía cutánea, cromosómica ya, por casi todo lo norteamericano, incluso por casi todo lo anglosajón”, confiesa en algún momento del dietario.


El poeta también ajusta cuentas con aquellos que, por adscripción o evolución ideológica (casi siempre para acabar en la derecha) o por inmerecida fama literaria, se hacen merecedores de sus dardos. Vargas Llosa –“el Julio Iglesias de la narrativa peruana”-, Fernando Savater, Félix de Azúa, Gabriel Albiac, Antonio Escohotado, Jon Juaristi, Ignacio Gómez de Liaño y Luis Alberto de Cuenca, entre otros, salen malparados, aunque Martínez Sarrión se ceba especialmente con Cela y Umbral, a su juicio, muy sobrevalorados en vida.


Ante tanta impostura, el autor, proclive siempre a establecer cánones, encuentra refugio en Ferlosio, César Vallejo, Baroja, Cunqueiro, Quevedo, Góngora, Borges, Marsé o Claudio Rodríguez. Cinéfilo desencantado con los años, también se redime de la ramplonería visual que impone la televisión (Internet sencillamente la ignora) acudiendo una y otra vez a los grandes clásicos de antes de los sesenta o a cineastas enigmáticos como Tarkovski o Erice, o a la pintura abstracta de Antonio Saura.


En fin, Escaramuzas da una visión del mundo y de España militante, maniquea y –yo diría- que afortunadamente superada. Paradójicamente, esa estrechez de miras que el poeta denuncia en autores como Jon Juaristi o Félix de Azúa, también marca sus reflexiones. “!Qué difícil hoy, y seguramente en todos los tiempos, hallar personas que no sean- seamos- fanáticas, cobardes o egoístas!”, reconoce en algún momento a modo de autocrítica.


Sin embargo, en un país donde cualquier intento de autobiografía es siempre usado para templar ánimos y pagar favores del pasado, estamos ante un libro singular, enormemente descarnado y sincero, y que sigue echando leña al fuego. Además, Escaramuzas será muy interesante para lectores y amantes del cine en formación, puesto que Martínez Sarrión vuelca en sus páginas su kilométrica cultura libresca y nos pone sobre la pista de muchos autores injustamente olvidados.   


Escaramuzas
Antonio Martínez Sarrión
Editorial Alfaguara
Madrid, 2012
201 páginas
Precio edición papel: 16,50 euros
Precio e-book: 9,99 euros



Algunas perlas de Escaramuzas:

Con los años, y si el gusto literario ha sido educado, en vez de atravesar, a paso de carga, una página con rumbo a la siguiente, que incrementará el infantiloide gusto por la intriga o peripecia, el verdadero lector frena o saborea lo leído.




Contra todo esteticismo en el cine: “Nada de fotografía bonita, nada de imágenes bonitas, sino imágenes y fotografías necesarias” (Robert Bresson)




Claridad, concisión, elegancia y una punta de humor, en alguna de sus distintas coloraciones, tal vez son el trípode donde se asienta la mejor literatura que jamás se haya escrito.




En el dueto televisivo que altera hacia la naúsea al estómago más asentado, Luis Alberto de Cuenca abre su corazón a Sánchez Dragó, frunciendo el morrito y supongo que algo más: “En el lecho de mi alma reinan, más que nadie, Roberto Alcázar, Pedrín y el Guerrero del Antifaz”. ¿Alguien lo hubiera dudado?




Dos tipos de lector de poesía: aquellos a los que el poema “If” de Kipling les parece el colmo de lo elevado y aquellos que lo tienen como un ejercicio de delicuescencia santurrona, cocinado con el más letal de los reaccionarismos.




Nunca lo haré, pero me hubiera gustado escribir una ficción en prosa, no larga, sobre ciento cincuenta páginas. Una prosa fluyente, económica, sabrosa, plástica y con gracia, sin caer -¡horror máximo!- en lo gracioso. Ser un Baroja sin su extremado nihilismo o un Pla menos cínico. Por ahí.




“Me gustan, como a los gatos, los sillones cómodos, el pescado y el fuego y los halagos; me fastidia la calle, la solemnidad y la retórica”.
Pío Baroja




Aquel siniestro “¡Que nadie se mueva!” del teniente coronel Tejero no era producto de un deseo del momento: sintetizaba el sueño de inmovilidad con el que todo conservadurismo sueña inútilmente.




“En el principio era el Verbo, y en el final el lugar común”.
Stanislaw Jerzy Lec




Encuentro más poesía en el título de cierto artículo de Agustín de Foxá, “Golondrinas en Helsinki”, que en toda la narrativa de Vargas Llosa.




Y para terminar con estas ligerezas de cánones y balances: en los últimos veinte años, y en mi lengua, no veo más que dos auténticos creadores del idioma: Roberto Bolaño y Javier Marías.






  

     


domingo, 11 de septiembre de 2011

La tercera vía china



Muy oportunamente la editorial Siruela ha vuelto a editar este librito del poeta leonés Antonio Colinas, que es en realidad un cuaderno elaborado con las notas tomadas durante el viaje que en 2002 le llevó por varias universidades de Xi´an, Pekín y Shanghai. El pasado, el presente y el futuro de China. Y digo que la aparición de La simiente enterrada es oportuna porque propone una aproximación en clave cultural y espiritual a un país que, ahora más que nunca, está en boca de todos, pero que en realidad sigue siendo un perfecto desconocido para la mayoría. 


Y es que aunque se habla mucho del gigantismo económico que está adquiriendo, de su  prominente perfil geopolítico o de lo pernicioso que resulta su desarrollo para el equilibrio medioambiental del planeta, poco o nada se nos dice de la China más íntima, de esa corriente interior que es un punto de confluencia del taoísmo con el budismo y que (bien visto por Colinas) tantas cosas en común tiene con el misticismo cristiano.    


Aunque está esbozado al final del libro, el punto de partida elegido por el autor de Tratado de armonía es claro: en pleno proceso de transición de un maoísmo obsesionado por la organización del estado y por el culto a la ideología a un capitalismo depredador, ¿será la China de nuestros días capaz de desenterrar su sepultada y rica tradición taoísta? ¿Podrán encontrar los chinos una tercera vía “entre las lacras del pasado y la euforia desarrollista y consumista del presente”? ¿Hay un lugar para la espiritualidad y la poesía en un mundo que está transitando a toda prisa desde el materialismo extremo del comunismo al materialismo no menos radical del mercado? 


Colinas cree que aún es posible que las tornas cambien y confía en que la espiritualidad del continente asiático emerja y contagie a un mundo donde “hemos renunciado al rito, al símbolo, al respecto al cuerpo y al medio natural, al sentido sagrado de ambos, al misterio”. Para encontrar esos vestigios de una espiritualidad milenaria, Colinas emprende un viaje “sin informaciones previas ni guías de ningún tipo”, y, cuaderno de notas en mano, encuentra esas huellas en la pintura china tradicional, donde tan primorosamente queda reflejada la naturaleza en armonía; en los jardines, microcosmos que explican la totalidad; en la música de instrumentos ancestrales; en los templos dedicados a la meditación y el recogimiento; o en la existencia de movimientos tan denostados por las autoridades chinas como Falun Gong, una práctica con la que cultivan mente y cuerpo millones de ciudadanos de aquel país y que tiene como base un símbolo como el del Yin y Yang, capital en el taoísmo.  


Pero el viaje que propone Colinas no es solo geográfico, sino también interior. El Colinas de La simiente enterrada habla en una muy íntima primera persona, muchas veces en susurros. Con una escritura muy directa, nos lleva de paseo por la intrincada geografía de las grandes urbes chinas, da cuenta de encuentros con intelectuales y estudiantes e incluso evoca una experiencia religiosa propiciada por la compra de un viejo Buda en un mercadillo. Si el dialogo con profesores y estudiantes es interesante, no menos estimulante es el que provoca Colinas entre los textos fundacionales del pensamiento oriental, con el I Ching o Libro de las Mutaciones, una de las piedras angulares del confucianismo y muy admirado por el Hermann Hesse de El juego de los abalorios, a la cabeza, con la filosofía griega o el pensamiento de C. G. Jung.


En fin, el autor de Sepulcro en Tarquinia o Libro de la mansedumbre se va al otro extremo del mundo para hablarnos de cuestiones que le son muy cercanas y que, en muchos casos, están en el centro de sus preocupaciones morales y estéticas desde hace décadas. Ahí están otra vez lo religioso y lo trascendente como forma plena de existencia, la búsqueda de la armonía, la contemplación y el silencio como actitudes vitales legítimas, el enaltecimiento de la naturaleza y lo sensible frente a las propuestas más culturalistas y urbanas de otros compañeros de generación poética… Y todo ello sugerido con un lenguaje muy directo, desnudo, aunque no menos preciso y meditado. En fin, un libro muy recomendable para los seguidores del poeta, pero también para aquellos que pensamos que ahí arriba hay algo más.     


La simiente enterrada. Un viaje a China
Antonio Colinas
Editorial Siruela, 2008 (2ª edición)
Páginas: 234
Precio: 20 euros