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lunes, 22 de mayo de 2017

El universo femenino de Elizabeth Strout



A propósito de la lectura de 'Amy e Isabelle', 
novela de Elizabeth Strout


Elizabeth Strout se convirtió en un fenómeno literario tras publicar su colección de relatos Olive Kitteridge y ganar con ella el premio Pulitzer en 2009. Debo confesar que no pude acabarla. Y no es que el libro me pareciera malo, pero me aburrió, quizá, como me señalaba una amiga irónicamente, porque la especial sensibilidad de Strout en su descripción del universo femenino fuera demasiado sutil para mí.

En mi descargo, confieso que me ha gustado mucho Amy e Isabelle, la primera novela de Strout, donde profundiza en su exploración del alma de las mujeres, que me ha llegado mucho más que Olive Kitteridge.  La autora dedicó siete años de duro trabajo a Amy e Isabelle, lo que se percibe de lejos en su bien estudiada estructura y en todos los detalles de la trama. El argumento es sencillo: Isabelle, una mujer soltera de mediana edad, y su hija adolescente, Amy, conviven en un pequeño pueblecito de Nueva Inglaterra donde la aburrida vida cotidiana discurre despacio, aplastada bajo el calor de un verano inclemente. Madre e hija se ocultan mutuamente muchas cosas, lo que bloquea su relación, aunque compartan mucho más de lo que se atreven a imaginar…

La novela habla de mujeres con vidas rotas por las casualidades y las decisiones precipitadas: “…comprendía lo extraordinariamente fácil que era hacer daño a alguien, arruinar una vida. La vida era un tejido frágil y los tijeretazos caprichosos de un momento cualquiera de egoísmo podían cortarlo en pedazos… Un tijeretazo aquí y otro allá. Y todo desecho”.

Los personajes femeninos sufren por amor y desamor, por los problemas que afrontan en su trato con los demás, por el efecto del paso del tiempo en sus cuerpos, por las miserias del día a día y los recuerdos que las atormentan. Y sufren aún más por sus deseos insatisfechos y por las consecuencias de su inconsciencia cuando se atreven a satisfacerlos en un instante de arrebato.

Las morosas descripciones del día a día, que al principio casi aburren, refuerzan poco a poco y por contraste la complejidad psicológica de los dramas de las protagonistas, quienes, abrumadas por sus torturas interiores, se enfrentan a sus quehaceres diarios de manera poco menos que heroica.

Eso sí, las protagonistas de Strout redimen sus desventuras gracias a la complicidad que comparten con otras mujeres en sus profundas relaciones de amistad, descritas por la escritora desde la intimidad de cada personaje, con exquisita empatía y delicadeza. Por el contrario, la autora no nos deja penetrar en la mente de los hombres, que se comportan como criaturas zafias, preocupadas tan solo de satisfacer sus bajos instintos. 

Desde su papel subsidiario, aunque decisivo por sus desgraciados efectos, los crueles personajes masculinos de Strout, actúan como teloneros sombríos de sus compañeras, que luchan contra su rudeza tan sólo con las débiles armas que les proporciona su sensibilidad. 

Un juguetón sentido del humor y el hábil manejo de los puntos de vista y de las revelaciones de los personajes son algunas de las cualidades de esta novela aguda, que me ha dejado las ganas de seguir leyendo a Elizabeth Strout… y también un poso de vergüenza masculina, no me atrevo a decir si merecida o no...


martes, 10 de enero de 2017

La patria rota de Fernando Aramburu


A propósito de la lectura de 'Patria',
de Fernando Aramburu

Hubo en tiempo, a finales de los 70, en que los asesinatos de guardia civiles y militares a manos de ETA casi no tenían repercusión en la prensa. Más tarde, la escalada de los atentados y la sinrazón del fanatismo ideológico en el País Vasco hizo a muchos percibir que aquello era intolerable y que, además, de una u otra manera, nos afectaba a todos. Sin embargo, y a pesar de la crudeza de los coches bomba que sembraban de cadáveres calles y plazas de todo el país, de los artefactos detonados en las casas-cuartel o de los secuestros con final trágico, como el de Miguel Ángel Blanco, en el País Vasco se instaló durante décadas una violencia silenciosa que siguió pasando desapercibida, una guerra civil larvada entre los autoproclamados defensores de la patria y los que, por no compartir su fanatismo, quedaban al otro lado y eran marcados con la cruz eterna de la sospecha y la ignominia.

Este libro de Fernando Aramburu nos habla de esa herida abierta, lacerante, que no ha sido tan protagonista en los medios de comunicación, pero que, como una lluvia fina que acaba calando, ha terminado por devastar la vida de tanta gente corriente en tantos pueblos de Guipúzcoa o Vizcaya, y ha obligado a callar a muchos y a dejar su tierra a otros que no pudieron con el miedo y el amedrentamiento.
   
No sé si Patria es el mejor libro del año en España, pero entiendo que a muchos les hayan enganchado y emocionado hasta la médula las peripecias y los sentimientos encontrados de esas dos familias de un pueblo de Donostia, amigas en otro tiempo, y condenadas a enfrentarse por la deriva fanática de algunos de sus miembros. Aramburu da muestras de un excelente oído para dar cuenta del discurso interior de los muchos personajes de su novela, tan variados como pueden ser las opciones vitales y políticas en una sociedad compleja, por más que algunos se hayan afanado durante décadas para imponer un discurso de buenos y malos, de integrados y periféricos, de purasangres y maquetos/españolitos.

El relato se articula en torno a la complicidad primero y el enfrentamiento más tarde de Miren y Bittori, las dos amas que en primer plano o en la sombra marcan el tono emocional del relato y que en ocasiones me recuerdan a aquella espléndida Carmela Soprano de la popular serie de televisión. El drama en Patria es más sentido y cercano porque Aramburu no nos habla de militares o políticos que, sabedores de las consecuencias, aceptaron el riesgo de llevar la contraria, sino de gente corriente que va a trabajar, que cultiva el huerto y que se divierte montando en bici o preparando un pescado al horno en una sociedad gastronómica, y que, por la sinrazón y el resentimiento de clase de algunos, amigos antaño, tendrán que sufrir años de escarnio, humillaciones y pintadas premonitorias antes de acabar con sus huesos en la tumba de un cementerio que no es el suyo, para no levantar suspicacias entre los matones.

Patria es un cuento de 600 páginas sobre la imposibilidad de olvidar y la necesidad del perdón, una historia inolvidable y que uno no quiere que se acabe a pesar del dolor contenido.  Un cuento que parte de la realidad más cotidiana y creíble, pero que, en algún momento, y por exigencia de un guión que vuelve al punto de retorno, consigue trascender, suspender esa oscura de realidad de partida y convencernos de que después de tantos años de lluvia y ventarrón, el sol sigue estando ahí arriba.  

Muchos dicen que, ahora que ETA ha dejado de matar y que se vislumbra un futuro en paz en el País Vasco, está por escribirse el relato que va a quedar a nuestros hijos de los años negros de terrorismo independentista. Que está en juego el recuerdo que va a quedar para la posteridad de estos tiempos de barbarie. Si es así, el libro de Aramburu llega en buen momento. Con su prosa cristalina y recurriendo siempre a personajes y situaciones creíbles y emotivas, Patria va a contar a los que vengan el drama oculto del terrorismo en el País Vasco.


jueves, 8 de septiembre de 2016

Una novela fallida



A propósito de 'La tierra que pisamos',
de Jesús Carrasco

Me emocionó la novela Intemperie, el debut literario de Jesús Carrasco hace un par o tres de años. Una fanfarria de expertos en marketing acompañó la aparición de aquel libro, que adquirió dimensiones planetarias desde un primer momento, y yo suelo desconfiar de los lanzamientos a bombo y platillo. Sin embargo, Intemperie revelaba a un escritor exigente y, en varios sentidos, contracorriente. Intemperie, que para unos recordaba al mejor Delibes y para otros se emparentaba con la literatura descarnada de Cormac McCarthy, era un prodigio por la depuración y fuerza del lenguaje y por la historia subyugante de supervivencia que nos contaba. En un lugar y en un tiempo bastante indeterminado, un niño desvalido era perseguido por un alguacil sin escrúpulos sin que llegáramos a saber muy bien por qué. Y en esas, el niño se topaba con un cabrero con el que establecerá una distante pero creciente sociedad, una amistad silenciosa destinada a llenar el agujero emocional de la orfandad.

Con muy pocos elementos, y tras un ejercicio de poda ejemplar, Carrasco lograba construir un relato que cautivaba por lo opresivo, pero también por su desbordante humanidad. La peripecia del joven protagonista para salvar su pellejo en las áridas tierras que recorre, un escenario terminal castigado por una sequía bíblica, daba lugar a una historia de soledades y miedos atávicos destinada a permanecer en el recuerdo de muchos lectores una vez terminado el libro.

Con estos antecedentes y con las expectativas muy altas comencé a leer la segunda novela de Carrasco, La tierra que pisamos. Sin embargo, aquí no se repite la emoción ni la congoja de Intemperie, a pesar de narrar también una historia de supervivencia en medio del caos y la barbarie. Si desde la primera línea de Intemperie uno se ponía del lado del chico que corre hasta la extenuación y arriesga su vida con tal de no ser descubierto por el malvado alguacil, en esta novela cuesta compartir los padecimientos y zozobras de unos personajes que también deambulan por un escenario opresivo.

A principios del siglo XX, España es parte de un imperio que se extiende por Europa y buena parte de África. En un pueblo extremeño donde viven retirados las élites militares de ese imperio, la anciana Eva Holman cuida de su esposo, coronel sanguinario en otro tiempo. En el jardín de su casa se encuentra Holman un buen día a un pordiosero, Leva, un hombre devastado y mudo que despierta la compasión y la curiosidad de la mujer, a pesar de que eso no sea del agrado de las estrictas autoridades militares que custodian el pueblo. A partir de ahí, Holman nos cuenta en primera persona los sentimientos que le despierta el desharrapado y, al hilo de sus pesquisas para saber quién es, conocemos la historia de explotación y barbarie sobre la que se sostiene ese imperio al que su marido sirvió tan fielmente.

Otra vez estamos ante una historia extrema, de esas que en teoría nos pondrán los pelos de punta, con elevadas dosis de humillación y con pasajes de un tremendismo que, paradójicamente, neutralizan el poder evocador de la injusticia que relata. Y otra vez estamos ante un escritor con un excelente manejo del idioma. Sin embargo, nos cuesta entender el boquete de perplejidad que viene a despertar en Eva Holman la aparición del desgraciado Leva. Cuesta entender la fascinación que despierta el uno en la otra. Tampoco me llego a identificar con el miserable, a pesar de que se nos informa de que ha aguantado con ilimitado estoicismo infinidad de calamidades y vejaciones en un campo de trabajo que más bien parece de exterminio.
Otra vez Jesús Carrasco vuelve a demostrar el poder luminoso de las elipsis y los saltos temporales. Pero ya no nos pone el corazón en un puño a medida que avanza la narración porque ésta no fluye. La historia terminal del vagabundo de oscuro pasado y que siempre está a punto de perecer no avanza. Curiosamente, el estatismo físico de los personajes -Leva apenas puede ponerse en pie y los años también han restado energías a Eva- acaba contagiando el propio relato, que se hace reiterativo y previsible porque la voz de la narradora adelanta mucho de lo que va a pasar y neutraliza el factor sorpresa. Carrasco no reedita la tensión dramática de Intemperie porque el destino del esclavo no guarda muchos secretos. En su lugar, el escritor extremeño está más interesado en dar cuenta de las zozobras existenciales de una anciana que después de tantos años de forzada fidelidad conyugal se quiere rebelar contra el sistema.

Aunque el estilo y la escritura de Carrasco vuelven a ser contundentes, La tierra que pisamos no llega a funcionar como relato y tampoco llega a convertirse en la epopeya humana que se presagia en las primeras páginas, en otro capítulo en la lucha de la civilización contra la barbarie.


lunes, 20 de junio de 2016

Las tribulaciones de Dmitri Shostakóvich



A propósito de la lectura de
'El ruido del tiempo', de Julian Barnes

Desde su muerte, en 1975, hay un debate abierto entre historiadores y especialistas en el mundo de la música que intenta aclarar hasta qué punto Dmitri Shostakóvich fue sobre todo un compositor disidente en toda regla o más bien aprovechó su cercanía al régimen soviético para vivir en los beneficios de la cultura oficial, a pesar de no comulgar con ella ni en lo estético ni en lo político.


Lo que sí es verdad, y ese es el punto de partida de 'El ruido del tiempo', la última novela de Julian Barnes, es que Shostakóvich vivió siempre vigilado y amenazado, y eso se notó en su peripecia vital y en música, escrutada al detalle y censurada por el régimen, y autocensurada por el autor, quien en muchas ocasiones mandó al cajón las piezas que componía para no levantar las sospechas de los guardianes de la ortodoxia. Shostakóvich alternó la audacia de sus cuartetos de cuerda con el compromiso que le demandaba el aparato estalinista, y que le llevó a componer música para películas oficiales y sinfonías que, como la Quinta, fueron entendidas por el stablishment soviético como un loa al sistema.


‘El ruido del tiempo’ es un monólogo interior –en tercera persona- que se detiene en varios momentos clave de la vida de Shostakóvich y que nos dan idea del alcance de sus tribulaciones. El primer episodio es el del estreno en el Bolshoi de Moscú de su ópera 'Lady Macbeth de Mtsensk', con el demoledor editorial posterior del diario Pravda -quizá escrito por el propio Stalin- que tacha al joven y dotado músico de San Petersburgo de decadente y le acusa de producir “caos en lugar de música”. Un encontronazo que marcará de por vida la relación de Shostakóvich con el dictador y con el poder soviético.


Más tarde, en 1948, Barnes relata el viaje forzado a Nueva York que hace el músico para representar a su país en un congreso internacional sobre cultura y ciencia, una encerrona que le lleva a leer ante los muchos admiradores extranjeros de su obra un discurso propagandístico escrito por los burócratas del régimen para poner en evidencia a las democracias occidentales. Y, ya en tiempos Nikita Jrushchov, cuando “los tiempos difíciles” habían acabado y el régimen se afanaba en legitimarse ante el mundo rehabilitando a algunas de las figuras que Stalin condenó, Barnes sitúa las páginas finales de su novela. Como colofón nos cuenta el tira y afloja de la burocracia oficial con Shostakóvich para que éste aceptara la presidencia de la Unión de Compositores Rusos, algo que finalmente hizo muy a regañadientes porque llevaba como condición previa su afiliación al partido comunista, un gesto que había evitado toda su vida y que a partir de ese momento iba a quedar como una muestra inasumible de su cobardía.


Este libro, que algunos han tachado de fallido, banal e ingenuo, nos deja en la memoria una estampa inquietante, la del músico atemorizado que cada noche, durante meses y años, se viste y sale, maleta en mano, al rellano de la escalera del piso donde vive para esperar, en la oscuridad interrumpida por la brasa de un cigarrillo nervioso, la llegada del agente que lo detendrá y lo apartará para siempre de su familia y de sus seres queridos. Dmitri Shostakóvich vivió, como tantos otros, el miedo eterno de los que no se dedicaron en cuerpo y alma a cantar con su arte las grandezas de la revolución obrera, y, sólo bajo amenaza, se avinieron a mostrar su adhesión al régimen sanguinario de Stalin.


Es posible que la imagen del Shostakóvich inconformista y atormentado en lo íntimo que nos deja Barnes sea rebatible. Al fin y al cabo, el músico, admirador confeso de Stravinsky, tuvo cintura siempre para adaptarse y vivir cómodamente. Lo hizo componiendo una música asequible para la que en realidad estaba demasiado dotado, o firmando unos artículos complacientes que no salieron de su puño y letra, o evitando amistades que lo habrían puesto en el punto de mira de unos burócratas sin escrúpulos. De hecho, el compositor de sinfonías que hoy se tocan regularmente en todo el mundo y son admiradas por muchos, murió apaciblemente, pero con todos los honores, en un hospital de Moscú, aquejado de un cáncer de pulmón que le dejó su adicción al tabaco. Su obituario fue firmado por 85 personalidades entre las que estaba el jefe supremo en ese momento del régimen, Leonidas Brezhnev.


Es verdad que muchos otros, cientos de miles o millones, fueron maltratados y exterminados anónimamente en campos de trabajo. En el mundo de la cultura, también fueron muchos los compañeros de Shostakóvich que no tuvieron suerte y desaparecieron una noche, sin despedirse, mientras quizá esperaban vestido y, con maleta en ristre, en el rellano de la escalera. Sin embargo, las tribulaciones y los miedos de Dmitri Shostakóvich, referidos por Barnes con precisión y sin subrayados, son un buen recordatorio de lo difícil que pueden ser las relaciones entre el poder y el arte. Y, a pesar de su aparente frialdad, el libro nos transmite ese aire opresivo que se cierne sobre los que no sucumben al fanatismo y luchan por guardarse un gramo de dignidad en medio del oprobio, aunque sea en la intimidad más inconfesable y oscura.      

lunes, 13 de junio de 2016

Lo sensato es dejar de escribir


"Lo sensato es dejar de escribir", dice Vicente Verdú en este certero artículo sobre las miserias del mundo editorial, donde unos pocos se hacen de oro y los más van "empobreciéndose hasta acercarse a la exclusión social".

http://cultura.elpais.com/cultura/2016/06/10/actualidad/1465569941_821510.html



lunes, 4 de abril de 2016

Tragicomedia con la crisis de fondo


A propósito de la lectura de 'Blitz', 
novela de David Trueba

Admiro mucho a los escritores que han creado mundos de fantasía casi de la nada, o que se han documentado hasta la saciedad para recrear un episodio de la historia lejana, del tiempo de los romanos, de la Edad Media o de los gloriosos siglos imperiales, siempre con irreprochable detalle y verosimilitud. Sin embargo, a mí me han interesado más los escritores que, a través de la ficción o no, me han hablado del tiempo confuso y quizá poco novelesco que nos ha tocado vivir. Por eso me he leído Blitz, la última novela de David Trueba, casi de una sentada y sin pestañear. Y es que Blitz engancha desde la primera línea precisamente por la cercanía de lo que cuenta, de los tipos que describe, perfectamente reconocibles, y por el trasfondo social y económico que, por desgracia, los envuelve, también tan próximo.

Beto, un arquitecto-paisajista que anda por la treintena, viaja con su novia Marta a Munich con la esperanza de ganar un concurso de diseño de jardines, quizá el último cartucho para salvar su empresa, un proyecto al borde del naufragio. Sin embargo, allí descubre que Marta tiene un amante y está decidida a abandonarlo. Beto opta quedarse unos días más de los planeados en el congreso para tratar de asumir, en la espesura gris y fría de la ciudad alemana, y en soledad, el golpe recibido. Pero cuando estaba dispuesto a dejarse arrastrar por la corriente del desamor y el abandono, conoce a Helga, la azafata que se encarga de atenderle en el congreso de arquitectos, una alemana prejubilada que hace voluntariado y vive sola con su gato.

En el cogollo del relato, contrapone Trueba la visión de la vida y el sexo de Beto, un treintañero algo pueril, falto de estima y aficionado al derrotismo, y Helga, una mujer madura, muy organizada y un punto maternal, y que no espera ya mucho de la vida ni de las relaciones. Blitz es una novela que describe un conflicto generacional, pero también que habla de expectativas vitales insatisfechas, del paso del tiempo y de las carencias afectivas que nos dejó la infancia.

David Trueba ha escrito una deliciosa tragicomedia romántica que, por su carácter episódico, por los giros de la acción y por las elipsis de su tramo final, bien podría ser el germen de un guión de cine. Pero Blitz va más allá del existencialismo de urgencia de un relato breve, y la caída sentimental de ese joven profesional tan dado a la melancolía y la autocompasión tiene como telón de fondo la cruda realidad que ha dejado la crisis económica en España, un paisaje gris de mileuristas venidos a menos, contratos basura, alquileres inasumibles, emprendedores desnortados, emigración forzosa y planes casi siempre pospuestos de formar una familia.



Cualquier joven de esta España de hoy que lea el libro podrá identificarse con ese diseñador de jardines que, a pesar del glamour pasado de la arquitectura en los tiempos de vacas gordas del boom inmobiliario y los presupuestos municipales disparatados, hoy anda sin blanca en la ciudad extraña en la que su novia la ha dicho ahí te quedas. Con ese Beto insensato que invierte los últimos euros que le quedan en la cuenta corriente en el móvil más caro de la tienda y que, más tarde, apenas gana para pagarse en Barcelona una habitación cerca de la oficina donde un colega le ha ofrecido un trabajo que huele a última oportunidad.  
Blitz es una novela sugerente que, como decía, engancha por la cercanía de sus personajes y de las situaciones que aborda, donde la precariedad laboral se mezcla con la autoindulgencia y la dificultad del protagonista para aceptar la madurez. Como ha demostrado en la miniserie Qué fue de Jorge Sanz o en las novelas Cuatro amigos o Saber perder, a Trueba se le dan bien los retratos de perdedores que viven en la cuerda floja y que se redimen por la amistad y el amor cuando menos lo esperan.     


domingo, 6 de marzo de 2016

El testamento de Chirbes



Por lo que cuentan, Rafael Chirbes estuvo 20 años escribiendo y reescribiendo esta historia mínima sobre el amor esporádico entre dos hombres y el poso de dolor que indefectiblemente deja tras de sí. Paris-Austerlitz, que aparece justo después de la muerte del autor y que muy bien podría ser una trama secundaria en alguno de los brillantes frescos polifónicos que sobre la sociedad española y sus miserias escribió en las dos últimas décadas, es la confesión de un pintor madrileño de buena y acaudalada familia que se muda a París y conoce a Michel, un obrero corpulento y mucho mayor que él.

Chirbes nos cuenta los mejores momentos de esa extraña pareja, la plenitud erótica y afectiva que tiene lugar en el piso angosto y mal iluminado de Michel, en el extrarradio parisino. Pero también el proceso de derrumbe de esa relación, motivado por las dudas del pintor y la incompatibilidad entre la vida tierna y satisfecha con las pequeñas cosas que le ofrece el operario bretón y las aspiraciones profesionales del artista. Una caída finalmente subrayada por la fulminante enfermedad que socaba el cuerpo deseado de Michel, ese sida al que el protagonista se refiere como “la plaga”, quizá en un guiño a Camus. 

Como en sus obras anteriores, esta novela, en definitiva el testamento literario de Chirbes, se sostiene en una larga confesión, la del joven pintor -quizá un alter ego del propio escritor valenciano, que en su juventud también pasó un año en la capital francesa-. Chirbes vuelve a mostrar su maestría para hacer avanzar la acción, retroceder o detenerse en algún punto siguiendo el hilo del bien armado discurso interior de sus personajes, como ya ocurrió en Crematorio o En la orilla.

Sin embargo, no se trata de un solipsismo total, y en el relato del artista que guía el relato se mezclan las voces del propio Michel; de su desconsiderado padrastro; de Jeanine, amor de juventud del obrero y ángel de la guarda cuando la enfermedad le lleva a la postración; o de la propia madre del pintor, que va a buscarle a París con el fin de que vuelva al confortable redil burgués madrileño que ha sacrificado por una incierta carrera artística.  

Algunos pasajes de Paris-Austerlitz son puñetazos, golpes de lucidez que desvelan la felicidad o la amargura que esconden los silencios o las palabras pronunciadas por la pareja. Con la misma contundencia con que hablaba Chirbes en sus anteriores novelas de la ciénaga moral en que se ha convertido este país antes de la crisis, un territorio abandonado a la voluntad de constructores y políticos sin escrúpulos, ahora nos cuenta, también de forma descarnada, una muy creíble historia de amor y odio, de sentimientos confusos que se pueden verbalizar, pero no dominar. 


Paris-Austerlitz es también el reverso de ese París de cliché que nos han dejado el cine y la iconografía de los últimos 100 años. La ciudad por la que deambulan Michel y su pareja no tiene el brillo que el imaginario colectivo le ha ido otorgando a la capital francesa, que aquí es un sitio mugriento y de cielos grises y plomizos, de largas jornadas de trabajo y madrugones para coger el autobús que devuelve cada mañana a los somnolientos operarios a las fábricas del extrarradio, de humildes menús en café-tabacs y de borracheras con vino malo en bulliciosos bares de emigrantes. Chirbes nos cuenta la historia de un amor que florece con la intensidad de las cosas únicas e inolvidables y se marchita antes de tiempo, en medio del paisaje miserable de las banlieues parisinas. Una maravilla.

lunes, 15 de febrero de 2016

Femenino plural



A propósito de 'Todo ese fuego', de Ángeles Caso


Sumergida en una época en la que muchas féminas creen que mostrar sus tetas en la capilla de una universidad o exhibir a un hijo (o hija) en los escaños de nuestro templo de la democracia es la mejor manera de defender los derechos de la mujer, leer un libro dedicado a las hermanas Brontë, como es Todo ese fuego, de Ángeles Caso, te hace reflexionar acerca de cuánto nos pueden enseñar aún unas señoras que vivieron casi dos siglos antes que nosotras, en la Inglaterra victoriana y en un ambiente rural que marcaba, a fuego, que la frontera de cualquier vocación femenina se ubicaba en el felpudo de su hogar.

Charlotte, Emily y Anne, las Brontë, podrían servir de perfecta imagen de pancarta de cualquier proclama feminista. Empujadas y educadas por un padre, completamente atípico, que en pleno siglo XIX cree que sus hijas tienen que crecer libres y cultas, se convirtieron, talento mediante, en féminas absolutamente brillantes. Este progenitor, reverendo para más inri, les concede libertad completa para leer todo lo que les apetezca y para debatir asuntos religiosos, sociales y políticos. 

Con un par (en este caso, sí, de buenas tetas). Y las “niñas” responden: piensan por sí mismas, sueñan, crean, sufren y… como bien señala Ángeles Caso, “escriben, y escriben, y escriben, y dejan que la voz de la imaginación las dominase”. Ahí es nada a mediados del XIX. Eso sí que es reivindicar la identidad femenina.

Acuciada siempre por la falta de dinero y por la estrechez económica, la familia Brontë, a la que hay que unir un calavera de hermano (el más talentoso si hacemos caso al sentir de las muchachas) y dos hermanas que fallecen adolescentes, siempre se mueve en el terreno de “lo políticamente incorrecto”. Las tres Brontë sufren si tienen que abandonar el hogar familiar, escriben juntas, no creen que pasar por el altar sea la única manera de dar sentido a una vida y viven en unas condiciones absolutamente inadecuadas para dar a luz unos libros tan increíbles. Pero lo hicieron. Y no una sola sino el trío. 



Parieron tres pedazos de novelas (hay más) que aún hoy te revuelven las tripas: Cumbres borrascosas, Jane Eyre y Agnes Grey. Una triada que se erige en arenga feminista sin pretender serlo, lo que le concede mucho más valor. Y razón. Novelas con féminas rebeldes, con ideas propias y que huyen de la sumisión. Y publicadas en la Inglaterra que se pinta sin sufragio femenino y sin apenas mesas en las aulas para las mujeres.


Todo ese fuego defiende, sin ninguna pretensión de rigor histórico (aunque sí está adecuadamente documentada), que la fuerza creadora, cuando se desata, desborda cualquier dique. Y está por encima de cualquier género. Ángeles Caso nos conduce con agilidad por la historia novelada de la familia Brontë, parándose más en lo que sentían que en lo que hacían. 

El hilo conductor principal es Charlotte (que escribe Jane Eyre) y que se erige en la hermana más reivindicativa. Es ella la que las empuja a publicar (bajo seudónimo masculino, por supuesto) y la que encuentra, primero, el éxito. Anne sí que llega también a paladear el reconocimiento, pero Emily, la autora de Cumbres borrascosas (con mucho, el libro más rotundo, más rebelde y más perturbador) muere sin saber que con los años se convirtió en una novela de culto. 

No creo que le importara lo más mínimo. Como tampoco le importaría que tras su muerte y la de Anne, prematuras ambas, Charlotte decidiera desvelar que en lugar de tres hermanos (hasta en el engaño se mantuvieron juntas) las autoras verdaderas eran un trío femenino. Sin ínsulas feministas hicieron más por las mujeres que algunas que portan pancartas. A veces, de verdad, es mejor enarbolar libros como símbolo reivindicativo. Eso sí, después de leerlos. 


jueves, 7 de enero de 2016

La ley del menor, de Ian McEwan




Como en varias de sus últimas novelas (pienso en Sábado o Solar), la protagonista de este libro es una persona con una notable carrera profesional a sus espaldas, sólidamente instalada y hasta cierto punto feliz, pero en conflicto con su inteligencia, sus sentimientos y sus miedos. Fiona Maye, jueza del Tribunal Superior de Justicia de Inglaterra, una mujer que bordea los 60, sin hijos y que durante toda su vida ha trabajado duro para subir en la judicatura, ve como su matrimonio se desmorona. Su marido, Jack,  profesor universitario, le pide educadamente que le deje tener una aventura con una joven, Melanie, a la vista de que el sexo ha desaparecido de la vida conyugal.

Al mismo tiempo –y este es el otro gran conflicto de la novela-, Fiona recibe una solicitud de un hospital donde un joven testigo de Jehová que tiene leucemia está a punto de perder su vida por negarse a recibir una transfusión de sangre, siguiendo sus convicciones religiosas y las de su familia. Antes de decidir sobre el caso, la jueza decide visitar al enfermo, un chaval perspicaz, pero también ingenuo y romántico. De lo que pasa luego no voy a contar más, por aquello de no estropear la lectura y romper la intriga, pero sí diré que tendrá serias consecuencias en la vida de Fiona y en la del joven Adam Henry.

La escritura de Ian McEwan es precisa y sobria, y da cuenta, hasta el mínimo detalle, del paisaje emocional y físico de sus personajes y de los cambios, por microscópicos que sean, que lo van alterando. Frente al desenfreno y a la provocación que destilaron las primeras novelas de McEwan, se puede decir La ley del menor es una obra de estructura bastante clásica y controlada, donde el autor va dosificando los elementos hasta llegar al desenlace, como en una tragedia canónica. Muy premeditadamente el climax de La ley del menor tiene lugar en las tablas de un escenario, a ritmo de la música de Mahler y de los poemas de Yeats.

Ian McEwan recurre al realismo y no duda en detenerse en textos de jurisprudencia o en mil y un detalles sobre los usos y costumbres de ese mundo aparte -y hasta cierto punto sofocante y mezquino- que es la alta judicatura de su país, por aquello –supongo- de hacer más verosímil la historia y asentar profesionalmente a su protagonista. Un material para el que consultó a especialistas en derecho, pero que, no obstante, casi nunca lastra el desarrollo de la trama. 

Pero más allá de este afán documental, creo en el fondo McEwan ha compuesto una alegoría. Una alegoría de la lucha entre razón y fe, o del conflicto entre la moral pública y las convicciones privadas, y de los efectos que tiene en aquellos que, como la jueza Maye, tienen que tomar partido. Y también, en un plano más íntimo, La ley del menor es una metáfora de la lucha entre la realidad y el deseo, entre lo que somos y lo que secretamente anhelamos, y que no nos atrevimos siquiera a decir en voz alta.

Hay ecos del Dublineses de James Joyce en ese final conmovedor de La ley del menor. En esa traca en forma de poemas y cartas adolescentes que quedan sin respuesta, y donde la debilidad se hace carne y un ser desnortado cree encontrar en la dama madura su razón de ser, a pesar de que todo esté en su contra. En fin, no sé si habrá sido una de las novelas del año, como han celebrado algunos, pero sí creo que McEwan vuelve a dejarnos una conmovedora indagación sobre nuestros miedos. Y también sobre los resultados (indeseados) de nuestros actos. Creo que vale la pena su lectura. 

lunes, 26 de octubre de 2015

Retrato de una sociedad a la deriva


A propósito de la lectura de 
'Sicilia sin muertos', de Guillem Frontera


Tanto hablar de corrupción (y tan poco hacer contra ella) ha dejado un poso de desánimo, entre amargo y fatalista, en la sociedad española. En las charlas de café todos nos declaramos asqueados y deseosos de lograr un país utópico, como imaginamos que son Suecia o Finlandia, en el que las empresas retribuyan a sus empleados con prodigalidad y no se escaqueen de Hacienda, los impuestos sean altos pero redistributivos (y los pague todo el mundo) y los políticos sean, en fin, virtuosos, casi puros, como la propia sociedad. 

Pero, ¡ay!, individualmente seguimos reclamando el pago sin IVA al fontanero, votamos a nuestro partido de toda la vida (con permiso de los nuevos astros mediáticos), por mucho que nos haya demostrado que no es más que una máquina de generar privilegios y mamandurrias para los elegidos que abrazaron sus filas con dieciséis años, e intentamos defraudar al fisco en nuestras declaraciones anuales con perseverancia sin desmayo.

El periodista, poeta y novelista Guillem Frontera lo ha captado a la perfección y nos ofrece una novela que retrata sin compasión la ávida pulsión egoísta y la falta absoluta de escrúpulos que domina, como un cáncer incurable, la sociedad, empezando, cómo no, por los políticos. El escenario escogido por Guillem Frontera es su bien conocida Mallorca, pero él mismo ha reconocido en alguna entrevista que podría haber sido Andalucía, Cataluña o Valencia, porque no existe una corrupción “específicamente mallorquina”.

El hilo conductor del relato es sencillo. El nuevo Presidente de las Islas Baleares ha venido a acabar, o eso vende en su programa electoral, con la ponzoña que corroe la política de la Comunidad Autónoma desde hace un lustro. El hecho de que pertenezca al mismo partido que gobernó el despilfarro y la corrupción institucionalizados no ha hecho mella en el electorado, que no quiere desorden. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, nos advierte el autor en su prefacio.

El Presidente empieza a recibir ratas muertas encofradas en cajas de plomo y poco a poco el relato empieza a desvelar que no es precisamente trigo limpio; el honorable mandatario y las personas de su entorno, sus colaboradores de confianza y los empresarios que influyen en sus decisiones, están atados entre sí por relaciones clientelares y oscuros intereses. 

El relato discurre entre reuniones políticas e investigaciones periodísticas que van destapando la podredumbre que domina la vida pública de Mallorca, donde pasa de todo salvo asesinatos, mientras se desmorona el chiringuito que ha ido creando el Presidente a su alrededor.

La narración comienza de manera casi perezosa, pero se va acelerando según avanza el relato. El estilo de Frontera está tan despojado de adornos que ni siquiera nos describe con precisión el físico de sus personajes, sabemos que son jóvenes o de mediana edad pero poco más. La descripción plana de los hechos parece al principio casi aburrida, pero acaba revelándose como todo un acierto porque no quita protagonismo a las miserias humanas, que atañen a todos casi por igual.

Los que al principio nos parecían héroes exhiben, con el paso de las páginas, algunos comportamientos tan sórdidos como los de los políticos y éstos nos resultan, paradójicamente, tanto más humanos cuanto más mezquinos son sus pensamientos y más esclavos devienen de sus bajos instintos. 

Aunque Sicilia sin muertos se disfrace de novela negra yo la definiría más bien como gris, gris como el alma de los protagonistas, como la interpretación que los políticos hacen de la cosa pública, como la misma sociedad. Puede que el título de la novela esté ya desfasado. El periodista mallorquín Matías Vallés propuso en 2013 que Mallorca debería cambiar su eslogan de “Sicilia sin muertos” a “Rusia sin muertos”, no sólo a causa de la proliferación de los malhechores eslavos en la isla sino porque “en la dura competencia para Mallorca en el mercado criminal”, la propia Sicilia se ha convertido en “Sicilia sin muertos” y ofrece hoy en día un ambiente cosmopolita, sin violencia, muy adecuado para las mafias de todo el mundo. 

Aceptemos o no ese “reajuste de nomenclatura”, la ficción tejida por Guillem Frontera nos recuerda, oportunamente, el alto precio que pagamos por la displicente falta de valores que nos domina.  

domingo, 22 de febrero de 2015

'Dónde no estás', de Gustavo Martín Garzo




Novela coral protagonizada y narrada por mujeres, que el propio autor nos describe como “una historia sobre el mundo de los secretos, sobre todo aquello que callamos y no decimos sobre nosotros mismos, pero también sobre lo que nos gustaría enterarnos”.

Donde no estás se desarrolla en los años 60, en el pueblo vallisoletano de Villalba de los Alcores. A él llega Ana, una muchacha de 15 años que, tras perder a su madre, se traslada hasta allí para pasar el verano junto a su abuela enferma, su tía Josefina y Fernanda, la criada.

Gustavo Martín Garzo nos recibe, junto a otros tres periodistas, en un céntrico hotel de Madrid. Día intenso de promoción en el que seguramente le tocará explicar más de una vez cuál es el origen de esta novela.

“Esta novela surge de otra novela, La carta cerrada, en la que una mujer, tras tener una crisis con su marido, le abandona y escribe una carta a su hijo supuestamente explicándole por qué lo hace. El hijo no la lee temeroso de que le cause demasiado dolor. Mientras tanto, la madre se arrepiente y regresa, y el niño le devuelve la carta sin haberla leído. Como novelista, me dejo la frustración de saber cómo sería esa carta”.

Por eso, en Donde no estás, vuelve haber una; en este caso, la que la madre de Ana le escribe narrándole ciertos hechos de su vida. “Le habla justo de aquello que probablemente una madre o un padre no cuentan nunca a sus hijos, que es lo más escondido, lo más íntimo, lo más decisivo, pero también probablemente lo más perturbador”.

Ese mundo del secreto, del silencio, de lo no dicho, es el que trata de explorar un libro cargado de preguntas. ¿Quién es esa Señora que se le aparece a Ana? ¿Por qué se separaron sus padres? ¿Quién es y dónde está la amiga loca de su madre? ¿Qué esconde la casa maldita del tío Orestes y Mariana? Para conocer las respuestas, habrá que esperar hasta el final, pero, ni aun así, los lectores podrán estar seguros de que son las correctas.

Y es que una de las peculiaridades de este relato es que está narrado en primera persona, pero no por un único narrador, sino por varias de las mujeres protagonistas. “Es una novela de voces. Las cosas se cuentan de distintas maneras, según quien las cuenta, y hay unos personajes que a veces desmienten a otros. Hay versiones distintas de los hechos, como sucede realmente en la vida, que no hay una sola mirada sobre un acontecimiento, sino miradas diferentes. Todas estas voces, como no hay un relato central, componen como una especie de puzle que el lector tiene que armar, para sacar sus propias conclusiones. No se le dice realmente lo qué pasó de una manera clara”.

A la pregunta de por qué un libro con tanta carga femenina, Martín Garzo nos confiesa que cree que las mujeres son “más literarias”, por lo menos en el tiempo en el que transcurre su obra. “No podían tener la vida que querían. Vivían más en lo escondido, en el terreno del secreto, de los sueños. Se las arreglaban porque siempre han tenido una habilidad especial para poder sacar adelante sus deseos, las cosas que querían, pero todo transcurría un poco en ese segundo plano, donde no era visible nada, porque vivían completamente sometidas al imperio y a la ley del varón. De alguna forma no podían vivir la vida que hubieran deseado vivir con libertad”.

Los deseos, pero carnales, y los muertos también tienen cabida en esta historia, que por tener tiene hasta fantasma. “En esta novela está muy presente el mundo del deseo. Ese deseo que se niega a extinguirse. Hay un fantasma que regresa porque aún vive en el mundo del deseo. Quiere recuperar algo que ha perdido, quiere ser tenido en cuenta, que se le mire, que se le reciba de alguna forma”.

Esta presencia del fantasma es, para Martín Garzo, “absolutamente clave”, porque habla de los desaparecidos y de los muertos. Y si en el libro escribe “los vivos lloraban a los muertos, pero enseguida los apartaban de su lado para seguir adelante con sus asuntos", en persona corrobora que nuestra época les ha dado probablemente la espalda. “Se los trata de quitar de encima, pero el mundo está lleno de muertos”.

A la hora escribir, Martín Garzo se describe como “sistemático” y nos explica que, cuando está metido en una novela, procura trabajar todos los días un buen número de horas. “Es importante esa continuidad y estar concentrado en tu historia. Hemingway daba un consejo muy bueno: siempre hay que procurar dejar el trabajo en un buen momento, en un momento en el que esté fluyendo bien, porque así el día siguiente, cuando lo retomas, no te encuentras con un tapón, sino que te encuentras el impulso de algo que está fluyendo”.


Para terminar, a la pregunta de qué diferencias percibe con el Martín Garzo que empezó a escribir hace 30 años, contesta que no lo sabe y que quizás lo tendría que decir el lector. No obstante, añade que a veces tiene la sensación de escribir siempre el mismo libro. “El mismo libro cambia en función de la historia que estoy contando y del punto de vista que adopto para contarlas, pero yo creo que es el mismo libro siempre. Son tentativas para acercarme a algo que a veces he sentido muy cerca, pero que siempre se me escapa. Y tal vez por eso, porque se me escapa, tengo que volver a intentarlo con un libro nuevo”.