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lunes, 27 de noviembre de 2017

Satya Nadella: una carrera que pudo haber acabado en el criquet



Es una de las cosas que cuenta Satya Nadella en un libro de reciente publicación, que en español se ha titulado 'Pulsa actualizar', y donde da detalles de su peripecia vital y de cómo en los últimos tres años ha abordado la transformación de Microsoft para afrontar los retos de la nube y el empuje de competidores como Amazon o Google. Efectivamente, Nadella se confiesa un fan incondicional del criquet, ese deporte tan difícil de entender para un español, pero que en la India es un fenómeno de masas. De hecho, deja caer que, de haber tenido una oportunidad en las ligas superiores de criquet de su país, ahora la historia de Microsoft y de la informática la estaría escribiendo otro.

Pero no queda ahí la cosa, en 'Pulsa actualizar', el CEO de Microsoft, el tercero en 40 años de historia que ha tenido la compañía de Windows, habla de cómo encontró la corporación fundada por Bill Gates a mediados de los años 70 y los esfuerzos que ha hecho desde 2014 para reconducir su futuro ante la pujanza de competidores como Amazon en la nube o de Google y Apple en el terreno de la movilidad y la informática personal. En el libro, que está escrito con un lenguaje accesible que evita la jerga tecnológica y la de los hombres de negocio (¡no hay una sola cifra de facturación, beneficios o cotización bursátil!), Nadella reconoce que la compañía que le dejó Steve Ballmer estaba en un estado lamentable.

Su relato no admite matices: “La empresa estaba enferma. Los empleados estaban cansados y frustrados. Estaban hartos de perder y de quedarse atrás a pesar de sus estupendos planes e ideas. Llegaron a Microsoft con grandes sueños, pero sentían que lo que realmente estaban haciendo era ocuparse de gestiones administrativas, rellenar impresos fiscales y discutir por nimiedades en las reuniones”.



Frente al estilo marcial e histriónico de Steve Ballmer (un señor que para algunos pasará a la historia por su famoso “developers, developers, developers” o por su mofa del iPhone), y a esa obsesión por "los dispositivos" que llevó a Microsoft a locuras como la compra de Nokia, Nadella ha introducido un estilo más compasivo y ha devuelto al software al centro del escenario. El cerebral, ingenieril y discreto Nadella, que es capaz de hablar de tecnología al tiempo que cita al filósofo Terry Eagleton, habla de las dificultades que ha tenido para convencer a la plantilla y partners de una empresa que ganaba -y sigue ganando- mucho dinero vendiendo licencias de software al modo tradicional de que había que dar un giro de 180 grados hacia la nube con el objetivo de asegurar su competitividad futura.

Se puede decir que en este tiempo, Nadella ha dedicado gran parte de sus esfuerzos a sacar de la zona de confort a toda una multinacional que llevaba décadas muriendo de éxito, para adentrarla en el negocio incierto del software como servicio a través de Azure u Office 365, o para ir renunciando paulatinamente a los ingresos de Windows, el software estrella de la compañía durante décadas, porque las demandas de los clientes han cambiado y el PC no deja de languidecer.

En fin, estamos ante un libro interesante, que se lee en un pispás y donde el ingeniero indio también repasa su trayectoria vital y recuerda las dificultades por las que pasó él y su familia a su llegada a Estados Unidos, al tiempo que homenajea la figura inspiradora de sus padres.

martes, 31 de octubre de 2017

Nicholas Nixon y la huella del tiempo



En 1975, y casi por casualidad, Nicholas Nixon empezó a fotografiar a Beberly Brown, su mujer, y sus tres hermanas. Y durante 43 años ha seguido haciéndolo. Es la serie de las hermanas Brown, un enorme fresco fotográfico sobre el paso del tiempo, no siempre lineal y progresivo, con sus avances veloces y sus retrocesos momentáneos, y que estos meses se exhibe en la Fundación Mapfre de Madrid.


En la serie de las hermanas Brown es tan importante lo que vemos, la huella del tiempo en los rostros, primero lozanos e ingenuos de las cuatro chicas, y luego progresivamente ajados y más meditabundos, como lo que no vemos. Porque uno no puede dejar de preguntarse qué pasó entre toma y toma, qué fidelidades y adhesiones se fueron creando entre ellas, o qué desavenencias y contrariedades las alejaron en algún momento, mientras la cámara de Nixon esperaba para ser disparada otra vez. Mientras se observan esas fotografías aparentemente notariales y de encuadre previsible, es inevitable también preguntarse qué vivieron esas cuatro chicas que las hizo disfrutar y sufrir más allá del ritual impuesto por Nixon.

La serie de las hermanas Brown, pero también los retratos completos o parciales que Nixon hizo de su esposa Bebe desde principios de los 70 o los que luego protagonizaron sus hijos Sam y Clementina a partir de mediados de los 80, son la encarnación química y artesanal de un instante vital, pero son sobre todo una evocación de lo que hay más allá, una invitación a imaginar esa vida que hubo antes y después del disparo de la cámara grande de Nixon. En el cine, en muchas películas, también ese vida no mostrada y que uno tiene que imaginar entre escena y escena para que la historia se sostenga muchas veces tiene más fuerza que los hitos que vemos en la pantalla, como esas elipsis maravillosas de Boyhood, la película que Richard Linklater rodó durante 12 años y que también es un enorme fresco de la clase media americana.


Las huellas del tiempo y de la enfermedad están en el punto de mira compasivo de Nixon desde los años 80, cuando empieza a retratar con su cámara de gran formato a los ancianos de las residencias que visitaba como voluntario, donde la vida y la muerte se dan la mano en retratos de mirada extraviada y miembros secos y desencajados. O en las instantáneas bien meditadas y dispuestas, a pesar de su dureza, que saca de los enfermos del SIDA, un mal que hace 30 años llegaba a las sociedades opulentas con aires de plaga bíblica.

Nixon se adentra sin prejuicios, sin énfasis dramáticos y con honestidad en la vida de los moribundos que la enfermedad estigmatizada iba dejando en Boston o Nueva York. Padres que posan para el fotógrafo abrazando a sus hijos moribundos, quizá días antes de que la debilidad se los llevara definitivamente. Otra vez está el paso del tiempo en las fotografías de Nicholas Nixon, pero ahora no es el ritmo pausado y previsible de los retratos de familia de las hermanas Brown, sino el furor atropellado de la enfermedad que aniquila las miradas y las sonrisas en un tiempo inasumiblemente corto, donde las semanas y los meses en el hospital causan los estragos propios de muchos años de dejadez y abandono.  


En otro momento, Nixon, manejando su cámara grande con la destreza necesaria para hacerla pasar desapercibida, retrata a las gentes de los barrios pobres del sur de los Estados Unidos, de Florida o de Kentucky. En los últimos tiempos, y después de 50 años de trabajo, la mirada de Nixon se ha ido haciendo cada vez más íntima y despojada, menos significativa, y se detiene en las escaleras de su casa, donde unas hojas esparcidas por el viento del otoño rompen la simetría del ladrillo visto, o en la luz que traspasa las cortinas que cubren un ventanal, o en la mirada de un retrato que preside un cuadro doméstico en el que quizá nadie reparó lo suficiente.

A la hora de autorretratarse, Nicholas Nixon es pudoroso. Como mucho le vemos como una sombra reflejada en los vestidos blancos que lucen las hermanas Brown, con su cámara grande, aparatosa, al estilo de los primeros fotógrafos. En otro momento aparece en instantáneas donde sólo nos enseña un ojo, o el espesor peludo de su barba canosa, que podría ser confundida con la maleza que uno se encuentra en los bordes de los caminos, o su camisa pulcramente abotonada.

lunes, 22 de mayo de 2017

El universo femenino de Elizabeth Strout



A propósito de la lectura de 'Amy e Isabelle', 
novela de Elizabeth Strout


Elizabeth Strout se convirtió en un fenómeno literario tras publicar su colección de relatos Olive Kitteridge y ganar con ella el premio Pulitzer en 2009. Debo confesar que no pude acabarla. Y no es que el libro me pareciera malo, pero me aburrió, quizá, como me señalaba una amiga irónicamente, porque la especial sensibilidad de Strout en su descripción del universo femenino fuera demasiado sutil para mí.

En mi descargo, confieso que me ha gustado mucho Amy e Isabelle, la primera novela de Strout, donde profundiza en su exploración del alma de las mujeres, que me ha llegado mucho más que Olive Kitteridge.  La autora dedicó siete años de duro trabajo a Amy e Isabelle, lo que se percibe de lejos en su bien estudiada estructura y en todos los detalles de la trama. El argumento es sencillo: Isabelle, una mujer soltera de mediana edad, y su hija adolescente, Amy, conviven en un pequeño pueblecito de Nueva Inglaterra donde la aburrida vida cotidiana discurre despacio, aplastada bajo el calor de un verano inclemente. Madre e hija se ocultan mutuamente muchas cosas, lo que bloquea su relación, aunque compartan mucho más de lo que se atreven a imaginar…

La novela habla de mujeres con vidas rotas por las casualidades y las decisiones precipitadas: “…comprendía lo extraordinariamente fácil que era hacer daño a alguien, arruinar una vida. La vida era un tejido frágil y los tijeretazos caprichosos de un momento cualquiera de egoísmo podían cortarlo en pedazos… Un tijeretazo aquí y otro allá. Y todo desecho”.

Los personajes femeninos sufren por amor y desamor, por los problemas que afrontan en su trato con los demás, por el efecto del paso del tiempo en sus cuerpos, por las miserias del día a día y los recuerdos que las atormentan. Y sufren aún más por sus deseos insatisfechos y por las consecuencias de su inconsciencia cuando se atreven a satisfacerlos en un instante de arrebato.

Las morosas descripciones del día a día, que al principio casi aburren, refuerzan poco a poco y por contraste la complejidad psicológica de los dramas de las protagonistas, quienes, abrumadas por sus torturas interiores, se enfrentan a sus quehaceres diarios de manera poco menos que heroica.

Eso sí, las protagonistas de Strout redimen sus desventuras gracias a la complicidad que comparten con otras mujeres en sus profundas relaciones de amistad, descritas por la escritora desde la intimidad de cada personaje, con exquisita empatía y delicadeza. Por el contrario, la autora no nos deja penetrar en la mente de los hombres, que se comportan como criaturas zafias, preocupadas tan solo de satisfacer sus bajos instintos. 

Desde su papel subsidiario, aunque decisivo por sus desgraciados efectos, los crueles personajes masculinos de Strout, actúan como teloneros sombríos de sus compañeras, que luchan contra su rudeza tan sólo con las débiles armas que les proporciona su sensibilidad. 

Un juguetón sentido del humor y el hábil manejo de los puntos de vista y de las revelaciones de los personajes son algunas de las cualidades de esta novela aguda, que me ha dejado las ganas de seguir leyendo a Elizabeth Strout… y también un poso de vergüenza masculina, no me atrevo a decir si merecida o no...


jueves, 4 de mayo de 2017

Las ventajas de un mundo sin dinero en efectivo



A propósito de la lectura de 'Reduzcamos el papel moneda', de Kenneth Rogoff

Kenneth Rogoff, profesor hoy en Harvard y que entre 2001 y 2003 fue economista jefe del FMI, ha escrito un libro sugerente donde aboga por eliminar el dinero en efectivo, o por lo menos los billetes grandes. Con abundantes cifras, Rogoff nos demuestra que nadamos en un océano de cash, que además no hace mas que aumentar. Sin embargo, en el día a día, el ciudadano corriente se mantiene al margen de este torrente de billetes, manejándose bien con 40 o 50 euros en efectivo y con un par de cientos ahorrados como mucho en algún cajón de casa.

Si en Europa nos repartiéramos los euros que hay en circulación, tocaríamos a 3.200 por cabeza, y de esa cantidad, el 90% serían billetes grandes, de 50 euros para arriba. En Estados Unidos pasa algo tres cuartos de lo mismo.

En ‘Reduzcamos el papel moneda’, Rogoff mantiene que los océanos de dinero que ha salido de las fábricas de moneda están fuera del alcance del ciudadano corriente y sirven desafortunadamente para engrasar la economía sumergida y el fraude en sus más perversas variantes, como el tráfico de drogas o personas, la extorsión o los sobornos a políticos. Es decir, que esos billetes de 200 o 500 euros que raramente hemos visto poco favor hacen al común de la gente y a la economía en general. Y es que el efectivo no sólo sirve a los capos de la droga o a las mafias para mantener la operativa de sus oscuros negocios. Su mal uso está más extendido de lo que parece y también sirve a las empresas "legales" para evadir impuestos o para pagar en negro a sus empleados, eludiendo sus obligaciones con la Seguridad Social.  

Rogoff no deja de reconocer las virtudes del papel moneda, pero para neutralizar sus efectos perniciosos propone la universalización de las transacciones electrónicas y la eliminación progresiva -en 10 o 15 años- de los billetes de mayor denominación (a partir de 50 euros en Europa y de 100 dólares en Estados Unidos).

Para evitar la exclusión financiera de los que no han usado una tarjeta -por desconocimiento o por no contar con fondos o recursos suficientes-, Rogoff propone que sea el Estado el que ofrezca un servicio básico y universal de emisión y mantenimiento de tarjetas de débito. En un estadio más avanzado, Rogoff propone ir cambiando los billetes todavía en circulación por monedas de cierto peso que compliquen su transporte y almacenamiento, todo con el fin de evitar el fraude.

La hipótesis de Rogoff de un mundo sin efectivo no es descabellada y es posible que la veamos nosotros o nuestros hijos. Al fin y al cabo, en Occidente el dinero en papel es un invento que no tiene más de tres siglos y que aparece con los vales reales. Además, en nuestra vida cotidiana el efectivo ha ido en claro retroceso desde que en los años 50 el Citibank introdujo el dinero de plástico con la tarjeta de crédito. Y lo que está por llegar -la universalización del pago con móvil o de plataformas de servicios como Apple Pay o Google Wallet- hará más aún prescindible el efectivo. Los países nórdicos, nos recuerda Rogoff, son un buen laboratorio y un precedente real del mundo que viviremos. Los bancos centrales también han empezado a moverse en esta dirección y el BCE, por ejemplo, ya ha anunciado que a partir de 2018 deja de imprimir los billetes de 500 euros, tan vinculados al fraude y al terrorismo. Habrá que estar atentos.  

En la segunda parte del libro, Rogoff se pregunta sobre el papel de los bancos centrales, entra en cuestiones de política monetaria y se declara a favor de políticas expansivas, a lo Krugman. Pero eso ya es harina de otro costal.

martes, 12 de enero de 2016

Peligrosas lecciones desde Florida


A propósito de la lectura de 'Las Lecciones peligrosas', de Alissa Nutting


Mariano Oliveros

En 2004, los medios de comunicación estadounidenses se hicieron eco del caso de Debra Lafave,  una atractiva mujer de veinticuatro años que aprovechó su condición de profesora de inglés de middle school (el equivalente a nuestra ESO) en Temple Terrace (Florida) para seducir y acabar manteniendo relaciones sexuales con un alumno de catorce años. 

La fascinación que sobre la opinión pública ejercen en Estados Unidos los delitos sexuales se vio reforzada por la deslumbrante belleza de la profesora, lo que tiñó el caso de un morbo tal que hasta Owen Lafave, en ese momento marido de la violadora de adolescentes, se atrevió a producir un documental sobre el caso. 

Alissa Nutting, la autora de las Lecciones peligrosas (mucho más explícitamente titulada Tampa en el original, por el lugar donde fue juzgada la profesora), que apareció en la editorial Anagrama, había estudiado en el mismo instituto en el que fue también alumna Debra Lafave y decidió novelar el caso. En esta charla la autora explica muy bien lo que persigue con su novela: dar la vuelta a nuestras obsesiones sobre el poder, el sexo y la violencia, para mostrarnos cómo resulta socialmente aceptable que una mujer sea tan agresiva como un hombre siempre que ello forme parte de su “arsenal” femenino.

Como afirma Alissa Nutting, “si un personaje femenino obedece a la regla social primaria de resultar sexualmente atractiva para los hombres, su comportamiento violento se fetichiza”, es decir, se convierte en uno más de los instrumentos destinados a la excitación masculina, como la mera belleza física o la ropa. 

Y, de hecho, muchas de las escenas de  Las lecciones peligrosas son tan eficaces con el lector, por lo menos en mi caso, como una buena novela erótica. Sin ir más lejos, el libro comienza, directamente, con una escena de masturbación de Celeste, la protagonista, pensando en su primer día como profesora de tiernos jovencitos imberbes, mientras su marido duerme a su lado. Pero la novela es mucho más que eso.

Celeste narra la historia en primera persona y no muestra ningún reparo en describirnos su absoluta dependencia de sus deseos sexuales, su obsesión por no envejecer (lo que le lleva a aplicarse los más caros y sofisticados tratamientos de belleza y cirugía), su dominio de las técnicas de manipulación psicológica para engañar a sus jóvenes víctimas, y su desprecio por el futuro de éstas, por su marido y por sus compañeros de docencia. 

La compulsiva descripción de la persecución de chicos jóvenes que realiza la protagonista es directa, casi brutal, sólo aligerada por los detalles mordaces, como los elogios que reciben las dotes pedagógicas de Celeste por parte de otros profesores, que salpican el relato y que sirven para mostrar la miopía social ante la impostura cuando se disfraza de seductoras formas femeninas.

Cuando el progreso de la trama conduce a las terribles consecuencias que eran esperables desde el principio, te ves forzado a reflexionar sobre la excitación que te produjo la lectura, teniendo en cuenta que siempre quedó claro que la protagonista era un monstruo insensible.

La ironía del caso real de Debra Lafave reside en el hecho de que su abogado consiguió la sustitución de su pena de cárcel por el arresto domiciliario, alegando que su defendida era “demasiado atractiva” para acabar en prisión. Este mismo suceso es recreado en Las lecciones peligrosas desde el terrible punto de vista de la depredadora sexual que es Celeste (que no se arrepiente de nada y vuelve a planear cómo va a satisfacer sus impulsos en el futuro) y sirve para recordarnos que la desigual perspectiva con la que juzgamos a priori a los hombres como violentos y a las mujeres como víctimas no tiene porqué compadecerse con la realidad. 

Una novela, en suma, tremendamente perturbadora, muy bien estructurada y resuelta, y dominada por la gélida, pese a su tórrido envoltorio, narración en primera persona de su ególatra protagonista. La frialdad de Celeste me pareció, de hecho, lo más inverosímil de la novela hasta que escuché en Youtube las explicaciones de la hermosa y manipuladora Debra Lafave y comprendí hasta que punto Alissa Nutting había acertado con las Lecciones peligrosas







miércoles, 11 de noviembre de 2015

Morir en Nueva York




Dice Gabriela Ybarra en su libro El comensal que la relación con la muerte en Estados Unidos es más natural que en España. En concreto, se refiere a que en Norteamérica “son muy brutos a la hora de decirte las cosas.” 

La autora se basa en la experiencia de su madre en un hospital de Nueva York para el tratamiento del cáncer. Uno de los doctores, al tiempo que le regalaba un clavel metido en un vaso azul, le informó sin preámbulos que el cáncer se había expandido a distintas partes del cuerpo y que iba a morir en cuestión de días.  Posteriormente un psicólogo la visitó en su habitación y tuvo una conversación con ella. El lector no conoce en ningún momento el contenido de estas conversaciones con los profesionales.

La madre de la autora falleció en Madrid, pocos días después. El libro, no necesariamente una novela como se ha dicho por mucho que realice una reconstrucción del secuestro y muerte de su abuelo a manos de ETA cuando ella no había nacido,  es interesante y merece una lectura. Sin embargo, bajo mi punto de vista, Gabriela Ybarra se confunde en dos cosas. La primera, una confusion muy española, es identificar Nueva York con Estados Unidos. América no es Nueva York sino que Nueva York también es América.

Dos cosas distintas. Nueva York es excepcional en el contexto americano y mundial, y ni mucho menos el como se comunique en un hospital de élite puede tomarse como botón de muestra. De hecho, la cultura norteamericana es bastante indirecta y el lenguaje claramente eufemístico tiene como premisa volcarse en lo positivo de las situaciones. No son, ni muchísimo menos, nada brutos al decir las cosas.

El segundo es pensar que la relación de los americanos con la muerte es natural y de quitarle importancia. Nada más lejos de la realidad. Si algo no tienen claro los americanos es su relación con la muerte, un fenómeno innombrable y completamente ausente de la esfera pública empezando por esa especie de reclusión de muchos ancianos que viven en urbanizaciones y comunidades especialmente pensadas para ellos pero que actuan casi como cordon sanitario. 

Cuando alguien muere, la gente expresa sus condolencias, pero no quiere saber demasiado de ello. Cuando murió mi padre, únicamente dos estudiantes me enviaron un correo electrónico expresando sus condolencias. Curiosamente, eran los dos únicos estudiantes latinos que tenía en la clase. El resto son chicos estupendos, pero es obvio que tienen más problemas para hablar de estos temas. 

El relato de Ybarra pone un especial énfasis en la frialdad a pesar de que los que mueren son familiares muy allegados de la autora. Es reivindicativa en este sentido de la idea de ver la muerte como una circunstancia más, hasta cierto punto irrelevante, en la que casi seríamos más felices si supiéramos desde el comienzo cual iba a ser el día de terminación de nuestros días como los replicantes de la película Blade Runner. La muerte sería un asunto que gestiona mejor un psicólogo que un cura (Ybarra habla de no sucumbir “al arrebato religioso”), un cirujano que un rabino, según la autora, y que, hasta cierto punto, no requiere de grandes reflexiones en un contexto posmoderno o, si se quiere, hipermoderno. 

El comensal es libro interesante y se lee bien (aunque su estructura no acaba de cuajar y sobre todo la parte final se lee casi como un batiburrillo de notas deslavazadas), pero su tesis principal, la muerte no debe ser importante, sirve hasta cierto punto como coartada a la autora para dejar muchos hilos sueltos.

Su mayor interés reside en ser un obra hasta cierto punto representativo de una nueva forma de corrección política que reivindica, por omisión quizás, el refugio en “el divertimento” (lo cotidiano, salir a comer, las vacaciones) como forma “de llegar insensiblemente a la muerte” (Pascal dixit). Para el tratamiento de los grandes asuntos, como la muerte, ya tenemos a los profesionales.


lunes, 22 de septiembre de 2014

Una familia americana



Es posible que lo inusual del proyecto que hay detrás de Boyhood haya dejado en segundo plano a la película. Se ha hablado mucho de la tenacidad y del espíritu aventurero de Richard Linkater, de los actores y de su equipo, que durante 12 años han rodado secuencias para construir esta historia de una familia americana. Y es verdad que cuando uno empieza a ver Boyhood no puede evitar pensar que lo que está viendo fue rodado en 2002, poco después de la caída de las torres gemelas, y que ahora esas primeras escenas del protagonista en bicicleta recorriendo el suburbio le llegan como la luz de una estrella lejana que ya ni siquiera existe.

Sin embargo, al rato todo eso queda en segundo plano. Boyhood no es una película “descomunal y sin precedentes”, como nos anuncian enfáticamente los carteles publicitarios, y tampoco es perfecta. Sin embargo, a uno se le queda grabada en la retina, y los interrogantes y ese sosegado y reflexivo existencialismo que destila te acaban acompañando cuando sales del cine, e incluso mucho después. Aunque dura casi tres horas, uno se podría pasar seis, nueve o doce horas siguiendo la peripecia de Mason y su familia, tan fuera de norma en la forma, pero tan común y reconocible en el fondo. Linklater capta con su cámara un buen trozo de vida, inventada, improvisada a ratos, supongo, pero verdadera. Y la enriquece y le da profundidad con el tiempo que no vemos, tan o más protagonista en esta historia que el que sí nos enseña. Y es que Boyhood (o Momentos de una vida, como la han llamado en español) avanza a golpe de inevitable elipsis, para dejar claro que el gran asunto que pone sobre la mesa es la vida, el paso del tiempo y el sinsentido al que nos aboca.  

Casi sin quererlo, y evitando los subrayados, Linklater te regala metáforas donde materializa esa terca verdad, y la huella que va dejando. A los pocos minutos de empezar, Patricia Arquette,que interpreta a la atractiva y abnegada madre de Mason (Ellar Coltrane), pide al chico que le ayude a adecentar la casa de alquiler en la que viven, y que tienen que abandonar para reunirse en Houston con la abuela. Una de las tareas para Mason será borrar las marcas de estatura que ha ido dejando en el marco de la puerta de su habitación, líneas que son testigos mudos del paso de unos años que no hemos visto, pero que ya, sin darnos cuenta, hemos asumido.  


La de Linklater es una película sobre la familia americana y sobre la vida de la gente corriente en aquel país, con sus traslados de casa en casa y de suburbio en suburbio, siempre en busca de mejores oportunidades laborales y del ansiado estatus. También es una historia sobre el matrimonio y el divorcio recurrente como camino para la reinvención, y sobre la vida escolar y sentimental de unos chicos de ahora (o de hace una década, lo mismo da) que se enfrentan con sorprendente estoicismo y lucidez al desorden en que les han instalado sus mayores. Linklater también nos habla del desencantamiento que la madurez trae consigo. En un momento dado, el niño que creció fascinado por las historias de Harry Potter pregunta a su padre dónde ha quedado esa magia en un mundo que se le empieza a hacer incomprensible. Sin aspavientos, Mason intuye que esa magia nunca va a retornar.


Casi al final de la película, uno de los protagonistas se pregunta: ¿y todo esto para qué? La verborrea de los personajes de Linklater (como ya pasaba en su famosa trilogía de amaneceres, atardeceres y anocheceres) y el prosaísmo de las situaciones los pone a salvo de cualquier trascendentalismo pretencioso. Aquí, la búsqueda de sentido es atropellada por la circunstancia del momento: unas facturas que hay que pagar, el inminente traslado a otra ciudad por una separación inesperada de la madre o la entrada en la universidad del joven Mason. Pasar por los rituales que impone cada edad y situación, cumplir con los convencionalismos, madurar, envejecer, o ver cómo los otros van cambiando y también nos van percibiendo de forma diferente, llena de preguntas a Mason y su hermana, y al tiempo les aleja de cualquier certidumbre. Linklater rehúye las respuestas. Sólo el padre ausente, el lenguaraz y contradictorio Ethan Hawke, hace casi siempre de contrapunto, dando lecciones que él mismo desoye o es incapaz de suscribir. Quizá en eso consista la sabiduría: en hacer las preguntas pertinentes y en no fiarnos del todo de las respuestas definitivas.

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NOTA: Se ha dicho que Boyhood tiene un antecedente en Up Series, un documental del británico Michael Apted producido por Granada Television. Yo creo que tiene muy poco que ver, pero agradezco la asociación que muchos han hecho porque me ha acercado a esta joya irrepetible y –ésta sí- monumental del documentalismo británico y mundial. Y es que desde 1964, Apted y su equipo han seguido la pista a 14 niños británicos de muy diversos orígenes, entrevistándoles cada siete años. En principio, el trabajo partió con la idea de demostrar cómo las condiciones sociales y el entorno determinan las posibilidades vitales de cada uno. Hoy, 50 años más tarde, se ha convertido en una obra casi inabarcable, pero desbordante de humanidad y compasión.





lunes, 12 de mayo de 2014

El mundo propio de Jhumpa Lahiri

A propósito de la lectura de La hondonada, de Jhumpa Lahiri


Mariano Oliveros

Desde su primera novela, El buen nombre, la obra de la escritora norteamericana Jhumpa Lahiri, hija de emigrantes bengalíes y actualmente residente en Italia, se centra en el choque cultural de los hindúes expatriados en los Estados Unidos a la busca de oportunidades y en las consecuencias que provoca el desarraigo en sus descendientes.

Lahiri, siguiendo el camino de tantos grandes escritores, utiliza sabiamente el reducido mundo de sus obsesiones y experiencias personales para trasmitirnos sentimientos y conflictos universales. Los bellísimos cuentos de Tierra desacostumbrada, su libro más conocido en España, son un buen ejemplo. El brillante relato que da título al libro y que gira en torno a las dificultades de comunicación entre un padre y su hija, descendientes de hindúes de segunda y tercera generación, es un prodigio de delicadeza en la exploración de los afectos.

En La Hondonada, Jhumpa Lahiri profundiza en los recovecos de las relaciones filiales y amorosas, con el telón de fondo de la emigración bengalí a la costa de Nueva Inglaterra. La pareja protagonista (Subhash y Gauri) vive sus primeros años en su Calcuta natal para luego asentarse en Rhode Island (donde residió la propia autora). Subhash y Gauri, pese a triunfar en su vida profesional como investigadores universitarios, arrastran durante toda su existencia sus experiencias y errores de juventud. El título de la novela hace mención a una laguna estacional de Calcuta donde ocurren algunos de los hechos que marcan la vida de los personajes.

El estilo de Lahiri es simple y directo y su lenguaje sencillo y accesible. Por contra, sus personajes poseen perfiles psicológicos complejos y aciertan y yerran en sus vidas sin ser nunca juzgados por su creadora, que prescinde de imponerles las ataduras morales del narrador omnisciente. La relación con sus padres, apegados a las tradiciones, y con su hermano Udayan, simultáneamente su reverso y su complemento, influye profundamente en la conciencia de Subhash, que colma sus aspiraciones profesionales sin conseguir nunca librarse de las ataduras del pasado.

Gauri, por el contrario, es un espíritu libre (al menos en apariencia), un personaje femenino de una fuerza extraordinaria, comparable a esas irreductibles protagonistas de los mejores cuentos de Alice Munro, capaces de sacrificarlo todo para mantener, ferozmente, su independencia contra las reglas de sus ancestros.

La novela parece, en ocasiones, imperfecta, por cuanto a ratos se nos narran prolijos detalles de la vida cotidiana cuando en otras ocasiones pasan varios años en dos páginas. Acabamos, por ejemplo, conociendo en profundidad la vida académica de Gauri, centrada en la filosofía alemana tras Kant, mientras que no sabemos casi nada de la dedicación de Subhash a la biología marina.

La hija de ambos, Bela, atraviesa su adolescencia en tres patadas, pese a lo trascendente de esa etapa de su vida. Sin embargo, poco a poco uno se va dando cuenta de que a Lahiri no le interesa verdaderamente la construcción formal de personajes “realistas”, sino más bien la indagación en las causas de las emociones humanas. De esa forma, las circunstancias concretas de las vidas cotidianas resultan importantes en la medida en que sugieren, de manera deliberadamente imperfecta, explicaciones para el comportamiento y las motivaciones de los protagonistas. Por esa razón, el hilo temporal de los hechos, al servicio de la exploración psicológica de Lahiri, se rompe cada vez con más frecuencia a lo largo de la obra.

Las mejores páginas de La Hondonada, las más turbadoras, las que la convierten en una novela profunda y fascinante son, de hecho, las que nos entreabren el mundo de los turbulentos y contradictorios sentimientos de Subhash, Gauri y Udayan, que parecen poseer, merced al oficio de la escritora, un mundo propio más allá de las palabras.

lunes, 27 de mayo de 2013

El hombre que dijo adiós, de Anne Tyler



El año que viene hará cinco décadas que Anne Tyler publicó su primera novela, Si llega a amanecer. Durante ese tiempo, se ha granjeado fama de escritora reacia a conceder entrevistas, publicitar sus obras por medio mundo o frecuentar los círculos literarios; también de crear un universo propio, fácilmente reconocible por los muchos seguidores de su obra, en el que, con las calles de Baltimore como escenario, no faltan los personajes de clase media aparentemente anodinos, la pérdida de algún ser querido como revulsivo para cambiar de trayectoria vital y las siempre complejas relaciones familiares.

Al igual que ocurría en El turista accidental, posiblemente su texto más conocido en España, gracias a la repercusión de la adaptación cinematográfica de Lawrence Kasdan, el personaje central de El hombre que dijo adiós trabaja en el mundo editorial y tiene que hacer frente a la muerte accidental de un familiar, en este caso, la de su mujer. El comienzo no puede ser más revelador: “Lo más extraño del regreso de mi esposa de entre los muertos fue la reacción de la gente”.

Narrada en primera persona, algo inusual en Tyler, su decimonovena está protagonizada por Aaron Woolcott, un hombre de 36 años, con una pierna y un brazo tullidos, que, casi un año después de la muerte de su esposa Dorothy, comienza a verla esporádicamente. El libro se sitúa en los meses posteriores al óbito, en los que Aaron vuelve a su trabajo en la editorial fundada por su bisabuelo y se traslada a vivir a casa de su protectora hermana Nandina, mientras un contratista, Gil Bryan, que irá cobrando peso en la historia, le arregla la suya. No obstante, de forma paralela, Aaron va reconstruyendo los años precedentes a través de pinceladas que van desvelando desde el origen de su discapacidad hasta su primera cita con Dorothy, llena de equívocos, el día de su boda o el del trágico accidente. Pequeñas piezas que van encajando hasta que el puzzle se completa con la reveladora conversación entre la difunta esposa y el protagonista que pondrá fin, tras aparentemente saldar cuentas, a las apariciones.

Aunque El hombre que dijo adiós no tenga la brillantez y riqueza de sus novelas más logradas (Ejercicios respiratorios, Reunión en el restaurante Nostalgia o El turista accidental), no deja de ser fiel representante de la escritura sin imposturas que caracteriza a su autora, definida muchas veces -sin que ello vaya en su menoscabo- como literatura “hogareña” (homely) o “doméstica”. Y es que, una vez más, consigue abrir una ventana en la vida de un posible vecino o compañero de trabajo para demostrar que detrás de cualquier persona hay una historia, reafirmando que la construcción de personajes sigue siendo el territorio que mejor maneja, con una maestría envidiable a la hora de poner en palabras (y silencios) lo que pasa por sus mentes.   

Al margen de la construcción en primera persona del personaje de Aaron (“Antes me he equivocado al emplear la palabra `discapacidad´. `Diferencias´habría sido más adecuado. Les aseguro que no me siento discapacitado en ningún sentido”), el otro gran acierto de esta obra es la ironía para recrear el trabajo en una editorial en la que la mayoría de los autores pagan por ser publicados y que se ha ampliado con una colección “Para principiantes”. “Guía de vinos para principiantes, Economía doméstica para principiantes, Adiestramiento canino para principiantes... Algunas veces iban en la línea de los famosos libros `para tontos´de la colección Dummies, pero sin ese tonito de animadora del equipo; eran más dignos”. Una lista de títulos que va creciendo y creciendo hasta resultar poco menos que inverosímil.

En definitiva, aunque con un planteamiento y una trama menos ambiciosos que los de obras anteriores, Tyler vuelve a un territorio que conoce bien y domina, suministrando a los lectores una novela que devorarán en unas horas y que les dejará un buen regusto, pese a que no les sacie.  


Aquí dejo un link para conocer otras opiniones sobre la escritura de Anne Tyler:
http://www.youtube.com/watch?v=Aa373goSQRk




jueves, 23 de agosto de 2012

Una sociedad enferma




A propósito de ‘Todo esto para qué’, de Lionel Shriver


Todos aquellos que asocian Estados Unidos con la tierra prometida deberían echar un vistazo a la última novela de Lionel Shriver. Aunque muchos de sus personajes están enfermos, con el paso de los capítulos, el lector empieza a pensar que lo que la autora intenta transmitir es que el que está realmente enfermo es el sistema, con niños de primaria “drogados hasta las cejas”; con buenos contribuyentes que, llegado el momento de pasar por un hospital, contemplan cómo el gobierno no está dispuesto a pagar ni un solo medicamento; con una sociedad dividida entre “Gilis y Gorrones”, es decir, “entre gente que respeta las normas y gente que sencillamente viola las normas”…

La historia comienza con su protagonista haciendo la maleta. Cumpliendo con el sueño de su vida; Shep Knacker compra un billete sin retorno a la isla de Pemba, Tanzania, para él, su mujer y su hijo. En el mismo instante que le comunica a su esposa Glynis que al día siguiente se va con o sin ella, esta le dice que ahora no puede dejar su trabajo: “Me temo que necesitaré tu seguro médico”. A partir de ahí comienza una batalla contra el cáncer que le acaban de diagnosticar, un mesotelioma peritoneal que le va mermando la salud a la par que su cuenta corriente, como subraya irónicamente la autora, que comienza algunos capítulos anotando el saldo bancario de Shep, que pasa en poco menos de dos años de 731.000 dólares a 3.500 a raíz del tratamiento oncológico.

En su presentación en nuestro país, Shriver reconocía que no se trata de un librofácil de vender, porque la gente no quiere oír hablar, ni mucho menos leer, sobre enfermedades y muerte. No obstante, aquellos que consigan superar la barrera enseguida se encontrarán atrapados en una red de personajes trazados con maestría. Desde Shep -“adaptable, fácil de manipular y propenso a tomar el camino de la menor resistencia”-, que de la noche a la mañana tiene que aparcar su sueño para cuidar a su mujer; a Glynis, “dura, refractaria y de una radiante rebeldía”, que se enroca en la ironía y en la imposibilidad de afrontar el previsible desenlace para intentar seguir adelante.

Y junto a ellos un elenco de secundarios de lujo: el amigo vehemente, que parece “empollarse” el periódico para arremeter contra todos y todo; la hermana caradura, que va de intelectual, pero se aprovecha de la familia para sobrevivir; el hijo solitario, encerrado siempre en su habitación; o la amiga enferma de nacimiento, que amenaza continuamente con dejar este mundo.

Como ya demostrara en la despiadada e inolvidable Tenemos que hablar de Kevin o en la original El mundo después del cumpleaños, Shriver es una narradora creativa e imaginativa, pero sin que tales dotes le impidan valerse de la realidad cotidiana para crear novelas muy bien armadas y nada complacientes. Todo esto para qué bien podría definirse como un tratado sobre la condición humana ante la enfermedad y el cambio de rumbo que supone para una familia el diagnóstico a uno de sus miembros de un cáncer raro y fulminante. Sin embargo, es más que eso y en ocasiones se nos presenta como una llamada de atención, un grito de indignación (audible desde el propio título) que clama que otro mundo es posible. 

El cuerpo y la enfermedad de Glynis se convierten en una metáfora de la podredumbre que mima a la sociedad que le rodea. Y es que la autora apuesta por subrayar las conductas egoístas de los personajes, las nada idílicas relaciones familiares o la ineptitud social ante determinadas situaciones para acentuar la impostura del día a día, al mismo tiempo que remarca la farsa en la que vivimos, en la misma línea que Libertad, de Jonathan Frazen: “la patraña del patriotismo”, “la democracia es una broma”, “toda esa comedia de la superpotencia”, se puede leer en distintas páginas de la novela de Shriver...

En definitiva, muchos y peliagudos palos toca esta reveladora exploración sobre la conducta humana y el largo camino que nos queda para ser mejores. Difícil que deje indiferente a quien se anime a leer un relato tan ambicioso.

Todo esto para qué
Lionel Shriver
Anagrama 2012
560 páginas
24,90 euros (papel) 

lunes, 9 de julio de 2012

Edward Hopper en el Thyssen





En las salas refrigeradas del Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid uno se da cuenta de que Hopper es mucho más que un icono de la cultura norteamericana. A pesar de su que su Nighthawks o Noctámbulos está estampado en millones de tazas de café de la cadena Starbucks, Hopper va más allá de esos artistas que, por estar en todos sitios o tener cientos de imitadores (y admiradores) en todos los terrenos del arte, se han incrustado en el paisaje físico y emocional de Occidente, pero a costa de quedar –de tan presentes- vacíos de sentido.

La exposición que le dedica el museo de la baronesa es bastante ambiciosa (más de 70 cuadros, aunque echo de menos el enigmático New Yok Movie) y muestra al observador melancólico de la gran ciudad, pero también a un pintor fascinado por la luz y el paisaje y a un creador de audaces encuadres (Casa al anochecer, 1935). 

Hopper es uno de los primeros artistas estadounidenses que superan el complejo de inferioridad que sus paisanos tenían frente al (gran) arte europeo. Por la misma época que la agitación de la ciudad de los rascacielos fascinaba a García Lorca y a los modernos, Hopper ya hacía el viaje de vuelta. El joven Hopper regresa de Europa, del París bullicioso y encantador de los impresionistas, y encuentra el material de su obra en el mundo sin glamour que dejó atrás en su infancia. Nos presenta un Nueva York masivamente urbano, un bosque de edificios y estructuras metálicas, sí, pero extrañamente silencioso y despojado. En sus visiones desde los altos del puente de Williamsburg, desde un andamio o desde el paso elevado de un tren o una autopista, la mirada que aplica es ascética.

Se dice que es un pintor de la soledad y la ausencia. Ya en las primeras escenas de París, alrededor de Notre Dame o en el Sena, los paisajes están despojados de presencia humana. En 1913 pinta una esquina de Nueva York donde los escasos transeúntes que pasan por delante de un espectáculo avanzan como una marcha fúnebre. Se suceden las hileras de bloques de apartamentos o las visiones horizontales de acomodadas casas victorianas, pero sin rastro de sus moradores.

Sin embargo, uno de sus grandes intereses está en el tiempo, y en su principal derivada pictórica, la luz. Uno de los primeros cuadros con los que uno se topa en la exposición del Thyssen-Bornemisza de Madrid es el detalle de una escalera semioscura en París. Hopper, que está formándose como pintor, adelanta en ese cuadrito que no es mucho más grande que un folio los grandes temas que le iban a ocupar en su madurez. Hopper es un pintor de la luz y la sombra geométrica y opaca que caen sobre el asfalto de la ciudad y sobre esos jardines vallados tan del gusto de la costa este, o que se cuelan en esas oficinas y estancias desnudas donde el tiempo parece detenido. 

La presencia humana solo está sugerida en muchos de sus cuadros. En ocasiones, alguien, enmarcado por el quicio de una ventana, nos mira desde la lejanía con el fin último de evitar la despersonalización total de la pintura, con el propósito de dar el mínimo contrapunto emocional a una visión ascética del mundo y de la vida. Observando los cuadros de madurez de Hopper exhibidos en el Thyssen-Bornemisza, uno no puede dejar de preguntarse quién habitó esas casas, quiénes empujaron tantas mañanas esas puertas camino a su trabajo y se aliviaron del calor húmedo de la coste este en la penumbra del porche que ahora se nos presenta desierto. ¿Quiénes son los Lombard o los Abbot cuyas casas tanto interesaron al artista, o esa Marty Welch que también tuvo la suerte de quedar inmortalizada porque su domicilio, no sabemos muy bien por qué, llamó la atención de Hopper?

En su última época, Hopper por fin empuja la puerta de esas arquitecturas que a sus paisanos resultaban tan anodinas, y nos muestra a esos seres que antes, reconcentrados o distraídos, nos miraban desde la lejanía. Pero Hopper sigue sugiriendo, dando pistas, nunca conclusiones. Una oficina o una habitación de hotel se convierten en testigos silenciosos de una rutina, un drama o un momento de goce que no se nos revelan del todo.



Sus cuadros más íntimos, como Habitación de hotel, de 1931, son una historia apenas esbozada. Queremos saber qué lee esa chica sentada al filo de la cama y con las maletas a medio deshacer: ¿Será una carta de amor, el diagnóstico de un médico que cuesta aceptar, la noticia de la muerte de ese padre al que lleva tanto sin ver o simplemente una factura onerosa que esta a punto de romper su precaria economía?


En Hotel junto al ferrocarril, de 1952, la protagonista es una pareja madura. Él fuma un cigarro con aire distraído. Ella lee un libro al fondo de la habitación. Uno intenta otra vez darle continuidad narrativa al conjunto: ¿De dónde viene esta pareja? ¿a dónde van? ¿qué les retiene en esa austera habitación donde tal vez el estruendo de las locomotoras esté rompiendo el silencio que le suponemos a la escena? Con los cuadros de Hopper uno no tiene mas remedio que implicarse y buscar sentido más allá de lo visible.


No es de extrañar que su pintura tuviera en esos momentos y en las décadas siguientes tanta repercusión en el cine. Pienso en directores como Malick y Mamet, que han convertido la derrota en protagonista, pero también en creadores de atmósferas como Ridley Scott o Sam Mendes, o en maestros de la elipsis como Terence Davis o Aki Kaurismaki, o en el mismo Hitchcock, que llegado el momento se obstina en mostrar la endeblez del sueño americano (¿quién puede evitar pensar en Psicosis cuando tiene en frente La casa junto a la vía del tren, de 1925?).

Se suele decir que Hopper materializa en sus lienzos la soledad del hombre moderno, ese que, por más que viva en ciudades atestadas y en bloques que se asemejan a colmenas, es incapaz de comunicar o prefiere guardar distancia. Sin embargo, ¿quién nos asegura que esos hombres y mujeres de Hopper, lejos de sufrir el ostracismo u optar por la autoexclusión, no están simplemente disfrutando del momento, quizá una rutina añorada o un instante de sosiego inesperado?

Intuyo que es gozo lo que experimenta esa chica que en Manaña en la ciudad (1944) calienta sus muslos con la luz mañanera que entra en su habitación al tiempo que contempla los tejados desde su ventana o quizá otea para descubrir un trozo azulado del Hudson que se cuela entre las torres de apartamentos. Quizá el mismo sentimiento que embarga al empleado de gasolinera que es perturbado por su mujer en Autovía de cuatro carriles (1956) mientras observa la puesta de sol o mira con desgana a un coche que se acerca para repostar.