Mostrando entradas con la etiqueta Google. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Google. Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de noviembre de 2017

Satya Nadella: una carrera que pudo haber acabado en el criquet



Es una de las cosas que cuenta Satya Nadella en un libro de reciente publicación, que en español se ha titulado 'Pulsa actualizar', y donde da detalles de su peripecia vital y de cómo en los últimos tres años ha abordado la transformación de Microsoft para afrontar los retos de la nube y el empuje de competidores como Amazon o Google. Efectivamente, Nadella se confiesa un fan incondicional del criquet, ese deporte tan difícil de entender para un español, pero que en la India es un fenómeno de masas. De hecho, deja caer que, de haber tenido una oportunidad en las ligas superiores de criquet de su país, ahora la historia de Microsoft y de la informática la estaría escribiendo otro.

Pero no queda ahí la cosa, en 'Pulsa actualizar', el CEO de Microsoft, el tercero en 40 años de historia que ha tenido la compañía de Windows, habla de cómo encontró la corporación fundada por Bill Gates a mediados de los años 70 y los esfuerzos que ha hecho desde 2014 para reconducir su futuro ante la pujanza de competidores como Amazon en la nube o de Google y Apple en el terreno de la movilidad y la informática personal. En el libro, que está escrito con un lenguaje accesible que evita la jerga tecnológica y la de los hombres de negocio (¡no hay una sola cifra de facturación, beneficios o cotización bursátil!), Nadella reconoce que la compañía que le dejó Steve Ballmer estaba en un estado lamentable.

Su relato no admite matices: “La empresa estaba enferma. Los empleados estaban cansados y frustrados. Estaban hartos de perder y de quedarse atrás a pesar de sus estupendos planes e ideas. Llegaron a Microsoft con grandes sueños, pero sentían que lo que realmente estaban haciendo era ocuparse de gestiones administrativas, rellenar impresos fiscales y discutir por nimiedades en las reuniones”.



Frente al estilo marcial e histriónico de Steve Ballmer (un señor que para algunos pasará a la historia por su famoso “developers, developers, developers” o por su mofa del iPhone), y a esa obsesión por "los dispositivos" que llevó a Microsoft a locuras como la compra de Nokia, Nadella ha introducido un estilo más compasivo y ha devuelto al software al centro del escenario. El cerebral, ingenieril y discreto Nadella, que es capaz de hablar de tecnología al tiempo que cita al filósofo Terry Eagleton, habla de las dificultades que ha tenido para convencer a la plantilla y partners de una empresa que ganaba -y sigue ganando- mucho dinero vendiendo licencias de software al modo tradicional de que había que dar un giro de 180 grados hacia la nube con el objetivo de asegurar su competitividad futura.

Se puede decir que en este tiempo, Nadella ha dedicado gran parte de sus esfuerzos a sacar de la zona de confort a toda una multinacional que llevaba décadas muriendo de éxito, para adentrarla en el negocio incierto del software como servicio a través de Azure u Office 365, o para ir renunciando paulatinamente a los ingresos de Windows, el software estrella de la compañía durante décadas, porque las demandas de los clientes han cambiado y el PC no deja de languidecer.

En fin, estamos ante un libro interesante, que se lee en un pispás y donde el ingeniero indio también repasa su trayectoria vital y recuerda las dificultades por las que pasó él y su familia a su llegada a Estados Unidos, al tiempo que homenajea la figura inspiradora de sus padres.

lunes, 29 de septiembre de 2014

La utopía colaborativa de Jeremy Rifkin




A propósito de la lectura de La sociedad de coste marginal cero 


En otra entrada de este blog, Mariano Oliveros, comentando el anterior libro de este autor, se pregunta si con Rifkin estamos ante un visionario o un cantamañanas. Yo diría que ni una cosa ni la otra, y también diría que las dos a la vez. Esta vez, el autor, un cruce de gurú, agitador de ideas, asesor de políticos de primer nivel, profesor, economista, empresario y divulgador medioambiental, por señalar algunas de sus ocupaciones, nos viene a decir que el capitalismo, que tanto nos ha servido a organizar la vida social y económica en los dos últimos siglos, va a quedar definitivamente superado. Es más, este fin de época de hecho ya está sucediendo, casi sin que nos demos cuenta.  

El motor de esta transformación no es ningún agente extraño en forma de meteorito, ni está alentado por intereses en principio contrarios al mismo capitalismo, sino que está en el engranaje del propio sistema, forma parte de su naturaleza. Los incrementos de productividad que se han alcanzado en las últimas décadas, sobre todo por la revolución de las nuevas tecnologías y de Internet, están haciendo que el coste marginal de producir muchos bienes o servicios se esté aproximando a cero, lo que permite que los productores los puedan ofrecer (o mejor: no tengan más remedio que ofrecerlos) casi gratuitamente. Y en un negocio donde no hay márgenes ni rentabilidades a la vista, el sistema capitalista se bate en retirada por el desinterés de los inversores. Siempre habrán algunas parcelas de actividad con altos márgenes, concede Rifkin, pero cada vez serán menos, con lo que el capitalismo acabará siendo una fuerza residual.

En su lugar, está emergiendo la economía colaborativa, que ancla sus orígenes en la Edad Media y que llega con un sentido menos acusado de la propiedad, y donde el motor de avance será la capacidad de cada uno de nosotros para producir y compartir, bien sea nuestra información personal, el sofá de casa, el coche o unos euros para financiar un proyecto de crowfunding.

Pero esa economía social no se puede sostener solamente en el boom de Internet y de las plataformas de colaboración. Cualquier cambio de paradigma económico en el pasado necesitó una revolución energética. Por eso Rifkin nos viene a decir que el “eclipse del capitalismo” no será real hasta que no se encuentren los medios para crear una Internet de la energía, donde millones de personas productoras de energía verde encuentren el marco para compartirla de forma eficiente, lo que permitirá matar dos pájaros de un tiro: la inquietante dependencia del petróleo y de los oligopolios que los gestionan, y la también inquietante insostenibilidad del sistema actual y su corolario: el calentamiento global.




Rifkin nos anuncia la llegada de un sistema en que la estructura vertical de las corporaciones, con unos beneficios a la baja, será sustituida por otra horizontal dominada por millones agentes que serán a la vez productores y consumidores. Pero la buena nueva de Rifkin no está exenta de paradojas. De entrada, no hay que olvidar que en estas primeras etapas de asentamiento de la economía colaborativa (o procomún colaborativo, como él lo llama) y de la sociedad del coste marginal cero, son los viejos inversores los que se mantienen en el centro de la escena. Al fin y al cabo, redes sociales como Facebook o Twitter, que hacen posible que cientos de millones de usuarios muchos puedan compartir información, son empresas empujadas por los viejos tycoons y que mueven en Bolsa muchos miles de millones de dólares. Lo mismo pasa en el ámbito de la publicidad con Google; en el mundo de las compras de segunda mano con eBay; en el turismo con Airbnb; o en el transporte con Uber, por poner unos cuantos ejemplos. 

Rifkin lo asume, aunque nos viene a decir que el capitalismo también dejará de sacar provecho a esta economía colaborativa. Y para ello trae a colación decenas de casos de organizaciones (casi siempre operativas en Estados Unidos), muy próximas en su funcionamiento a una ONG, y que facilitan los microcréditos, el acceso a la información médica o a la ropa usada, o que permiten que muchos profesionales compartan su tiempo y conocimientos, o que ciudadanos concienciados con el medio ambiente compartan la energía sobrante en su hogar con los otros miembros de la comunidad virtual.

Como punto a favor de este libro, está la capacidad que muestra el sagaz Rifkin para captar el espíritu de unos tiempos (el famoso zeitgeist hegeliano) de profunda desconfianza en el sistema capitalista, tan deslegitimado sobre todo entre los jóvenes tras la debacle de 2008. También está que, a pesar de sus excesos y de la utopía informativa y energética que lo sostiene, se trata de una obra de divulgación que suscita muchas cuestiones y aporta muchas entradas para seguir informándonos (con un aparato de notas casi interminable). En su contra, como he dicho antes, juega que Rifkin apueste todo a una economía social que por el momento no tiene peso o sigue siendo testimonial en muchos ámbitos. También es osado Rifkin al subestimar la versatilidad y la capacidad de reacción de un capitalismo que ha probado a lo largo de la historia tener más vidas que un gato.




lunes, 10 de febrero de 2014

Periodismo a la deriva



A propósito de la lectura de Memorias líquidas, de Enric González



Hace no mucho Lluís Bassets, periodista de El País, publicó un librito de título sugerente e inquietante, El último que apague la luz, que adelantaba el duro trance que nos aguarda a los periodistas con la imposición de los formatos digitales y sus inciertos modelos de negocio. En los últimos tiempos, han sido muchos los que se han dedicado a analizar el futuro de la profesión en un mundo dominado por Google y donde se impone la cantidad (y la rapidez) a la calidad. Hace unos años, David Simon, en la excepcional quinta temporada de la serie The wire, también abría en canal la profesión valiéndose de la peripecia de los periodistas del Baltimore Sun, unos chicos con todo en contra para hacer una buena y trabajada información, por las prisas que impone Internet, por el afán de protagonismo de los redactores (el Pulitzer fuerza a los periodistas en Estados Unidos a inventarse las historias) y por la imposición del criterio empresarial como principal vara de medir la excelencia de un medio.

Memorias Líquidas, de Enric González, es otro libro sobre el estado de la profesión, aunque está escrito en primera persona y muchas de sus páginas son en realidad un ajuste de cuentas con la dirección de El País, donde trabajó 30 años. Los libros de Enric González acaban demasiado pronto. Es una pena porque están dominados por una inteligencia elegante y sincera. Hoy es fácil encontrar en las librerías sus libros: tres o cuatro volúmenes de crónicas (desde Londres, Roma o Nueva York, ciudades en las que fue corresponsal). Todos ellos nos dejan con la miel en los labios. González lanza dardos certeros, pero no se recrea. Escribe libros como durante más de tres décadas escribió sus artículos, sin una línea de sobra.

Estas Memorias líquidas son una pequeña crónica de su vida profesional, desde que empezó en La hoja del lunes de Barcelona a mediados de los setenta, siguiendo el consejo de su padre, porque él quería ser veterinario, hasta su cantada salida de El País en el ERE de 2012, cuando ya era pública y notoria su oposición a la gestión de Juan Luis Cebrián, el mandamás de Prisa. Ante de empezar con los chascarrillos de El País, el libro habla de un mundo que existió, pero que ya es leyenda, el de las redacciones de los años setenta y principios de los ochenta, tan llena de profesionales borrachuzos y crápulas del tardofranquismo, pero ya empezaban a estar controladas por los nuevos reyes el mambo, por los delfines del pujolismo en Cataluña o por el emergente partido socialista en Madrid.

Estas mini-memorias rehúyen la complacencia que durante tantos años manifestaron los periodistas de El País o de los que han estado cercanos a aquel proyecto, el más influyente del periodismo español en las últimas cuatro décadas, todo hay que decirlo. González nos habla del tiempo en que la redacción del periódico de Polanco era el centro del mundo y un modelo a seguir, pero también de cómo el tiempo, la inercia, la endogamia y los errores de gestión fueron socavando su futuro. A muchos les interesarán los episodios en que cuenta sus desencuentros con la dirección del periódico. Desde la primera (y premonitoriamente fría) reunión con Cebrián, cuando le fichó para el periódico, a principios de los ochenta, a los encontronazos con el actual director, Javier Moreno, cuando los dardos de sus columnas eran rechazados y censurados sin miramientos y rubor por la dirección.

Reproduzco un párrafo del libro que me llamó la atención, y que habla de la incapacidad que sagaces y experimentados periodistas, curtidos en mil batallas, manifiestan para ver los cambios que se están produciendo ante sus narices y que están acabando con la profesión que tanto les ha enganchado. El exceso de confort, la cercanía al poder político y económico, la lejanía con los lectores y con la calle, la burocratización, la inercia… son males que, junto al cambio tecnológico, han dejado en trance de muerte al periodismo, y El País donde González pasó tres décadas no ha sido una excepción. Creo que es un cuento que nos podemos aplicar los que seguimos (cada vez somos menos) ganándonos la vida como periodistas.




“Si se introduce una rana en una olla de agua fría y se calienta el agua poco a poco, la rana no hará nada por escapar. Se habituará al ascenso de la temperatura. Y acabará hervida. En El País fuimos ranas. Supimos que muchos de nuestros compañeros eran desplazados hacia empresas de nueva creación como antesala de la calle, pero apenas rechistamos. Nos acostumbramos. Asistimos a la reducción de las tarifas pagadas a los colaboradores hasta convertirlas en un chiste (entre 20 y 50 euros por una crónica larga y bien trabajada), pero nos pareció casi normal porque la prensa estaba en crisis. Nos acostumbramos. Acompañamos en el sentimiento a periodistas muy buenos que fueron arrinconados y despedidos por participar en huelgas o no mostrarse sumisos ante los jefes y luego seguimos a lo nuestro, porque para eso nos pagaban. Nos acostumbramos a eso. Y a compartir redacción con periodistas jóvenes que no podían ni soñar en ser mileuristas. Y a recibir y aceptar amenazas de la dirección si no firmábamos una crónica. Nos acostumbramos”.  

-------------------------



PS: Una pega. El precio del libro de Enric González, publicado por el excelente magazine cultural JotDown,  es de 24 euros. Demasiado para unas minimemorias que se leen en dos ratos.    


jueves, 20 de junio de 2013

Los últimos días del periodismo


A propósito del libro "El último que apague la luz", de Lluís Bassets


Desde que empecé en esto del periodismo, a finales de la década de los 90, llevo oyendo la cantinela de que a los medios en papel le quedan dos días. A esta tesis se apunta Lluís Bassets, director adjunto de El País, con este librito, en realidad una miscelánea de artículos y conferencias escritas en los últimos años donde también son protagonistas Wikileaks y su fatuo líder, Julian Assange.

El asunto es que ahora, por el efecto de la tormenta perfecta que azota a los medios, y que es una conjunción de cambio tecnológico, huida de los anunciantes del papel -que ya probablemente no volverán-, falta de un modelo de negocio alternativo y la progresiva pérdida de influencia social y política de los propios medios, el tono apocalíptico de Bassets suena a verdad; se ha hecho desgraciadamente creíble.

El autor adelanta un par de décadas el final de la prensa escrita que profetizó Philip Meyer en su ya clásico The Vanishing Newspaper, donde pronosticaba que el último ejemplar del último periódico en papel del mundo saldría de los talleres en algún momento del año 2043.

Eso sí, conviene tener en cuenta que Bassets habla de la defunción de una institución (las grandes cabeceras en papel), y no la de una profesión que, como estilo literario y como necesidad vital y social, siempre va a estar ahí. El fin de fiesta se anuncia pues para esas multitudinarias y bulliciosas redacciones, como la del mismo diario al que acude cada mañana Bassets, que durante dos siglos han organizado la vida y han dado forma a la visión del mundo de millones de lectores de medio planeta.

Bassets no se anda por las ramas y nos deja perlas escalofriantes: “No hay modelo de negocio y, lo que es peor, ya no existirá nunca más”; “será difícil que vuelvan a existir en el futuro empresas periodísticas que alcancen simultáneamente las cotas de excelencia profesional, prestigio político y social y los altos niveles de ingresos que han caracterizado a las grandes editoras del último siglo y medio”; “estamos más cerca que nunca del paraíso de la información en cuanto a acceso y disponibilidad de los medios para informarse.
Pero esto queda limitado e incluso entre graves interrogantes por el desplome del precio de la información y la correspondiente expansión de la cultura de la gratuidad, que sitúa al borde de la extinción a los medios de comunicación tradicionales”; “no hemos olido la que se nos venía encima”…

Con más intuición que otra cosa –el autor no respalda sus aseveraciones con datos sobre la evolución de medios, a pesar de la mucha información que se ha vertido sobre el asunto-, Bassets certifica un final de época y el comienzo de un tiempo de incertidumbre en el que, sin embargo, ya empiezan a emerger algunos perfiles. El periodista de un futuro que se espera “más modesto y austero” –¿quién podría decir lo contrario a estas alturas?- será una marca de sí mismo, sometida al escrutinio constante de sus lectores. “Vales lo que escribes y lo que produces, no la firma para la que trabajas”. Se acabó el tiempo, pues, de las redacciones bien pagadas y con cientos de profesionales trabajando al unísono para dar cuerpo a ese intelectual colectivo que durante siglos han orientado a sociedades y familias.

El mundo que tenemos por delante es el mismo que desde hace unos años nos anticipan la legión de blogueros e informantes de las redes sociales, ese que, a la chita callando, ha ido colonizando los medios de siempre y que, en algunos casos, ha inventado fórmulas nuevas, aunque de dudosa eficacia “periodística”, como The Huffington Post. La irrupción de las redes sociales y el papel protagonista que han tenido en los últimos tiempos, en los movimientos de protesta anticrisis y en las revueltas de la Primavera Árabe, llevan a Bassets a depositar el futuro del periodismo en manos de cualquiera con los medios técnicos necesarios. “Periodista, editor y patrono de sí mismo, ese es el destino del oficio”, nos dice al final del libro. 

Sin embargo, tengo mis dudas sobre si esa legión de voceros solipsistas o de animados tuiteros vayan a enmendar la plana al periodismo (defectuoso) de siempre. Muchas preguntas me hago cuando toca imaginar un mundo dominado por esos productores solitarios de la información y del punto de vista: ¿es esto realmente periodismo? ¿Están en disposición estos blogueros, vocacionales y casi siempre sin ingresos, de producir una información seria, veraz y contrastada que sea capaz de hacer de contrapeso de los poderes? ¿Quién verificará, como ha ocurrido en las redacciones jerarquizadas de toda la vida, el trabajo de unos señores que casi siempre producen desde el sofá de casa? ¿Quién saldrá a ver el mundo y contarlo con rigor, y quién financiará esas salidas? ¿Quién nos garantizará que nos van a dar una información contrastada y marcada por el interés general y no por los intereses particulares y cada vez más diminutos del blogger? 

¿Habría sido posible en un universo de periodistas cibernéticos y autosuficientes una investigación como la del caso Watergate, que obligó a dimitir a Richard Nixon y que salió adelante después de meses de concienzudo trabajo de reportero y cientos de entrevistas? Porque no nos engañemos: las redes sociales son un extraordinario vehículo de protesta y pueden incendiar un país en poco tiempo, pero casi toda la información que manejan sigue saliendo (kamikazes como Manning y Snowden son casos aparte) de las diezmadas y cuestionadas redacciones de los diarios de siempre.  
 
En cualquier caso, hay que reconocerlo: la crisis del periodismo de siempre nos ha sobrevenido, pues la debacle económica nos cogió a todos a por uvas, pero también es autoinducida, pues durante décadas los medios han hecho muy poco para mantener la credibilidad y el prestigio que un día disfrutaron y tampoco han aprovechado los años de vacas gordas para responder con soluciones innovadoras al reto de Internet –“las dificultades de los medios tradicionales para rentabilizar sus contenidos en Internet parecen insalvables”, presagia Bassets-. En occidente, los medios se han aliado a las élites económicas y políticas para repartirse las migajas del poder, cuando no han sucumbido a una endogamia que no ha hecho más que acrecentar las sospechas de sus lectores. En el resto del mundo han actuado en connivencia con sátrapas y dictadores, en detrimento otra vez del bien más sagrado del periodista: su audiencia, sus lectores.


En El último que apague la luz, Bassets no  dice nada que no hayamos oído antes sobre la crisis del periodismo, pero muestra capacidad de síntesis a la hora de hacer balance de la situación. Tampoco presagia cuál va a ser el modelo de negocio qué va a mover el mundo de la información en Internet -la pregunta del millón que desde hace una década intentan responder gurús y los gestores de los grandes grupos mediáticos-, aunque sí está convencido de que la pelota está en el tejado de las tecnológicas de Silicon Valley, cargadas de ideas, innovación y cash, y no en el de los grupos de comunicación de toda la vida, lastrados por deudas insuperables [¿Prisa?] y por la parálisis que supone tener que cambiarlo todo de arriba abajo. “Las agencias de prensa, las grandes cabeceras institucionales y las cadenas de televisión se verán sustituidas por las multinacionales tecnológicas, los agregadores y difusores…”, adelanta Bassets. 

Casi todo lo que aporta este libro lo hemos oído aquí o allá. Sin embargo, el volumen puede ser muy útil a aquellos que siguen apoltronados pensando que por ellos nunca van a doblar las campanas.


https://mail.google.com/mail/u/0/images/cleardot.gif


jueves, 6 de diciembre de 2012

Sublimación del 15-M




A propósito de 15 M-Te quiero libre, de Basilio Martín Patino

El Pequeño Cine Estudio de la calle Magallanes de Madrid era el último sitio para ver 15 M- Te quiero libre, el documental de una hora de Basilio Martín Patino. La escondida sala de la calle Magallanes –hay que preguntar para llegar a ella; está en un patio interior y no a pie de calle- es un vestigio de un mundo periclitado. Que aguanten sus dueños con un programa hecho a base de cortos y documentales es una proeza. En el Pequeño Cine Estudio resuenan ecos de un mundo de cineclubs, sesiones dobles y mucha mitomanía cultureta difícilmente comprensible para esos chavales de hoy que pasan el día colgados a las pantallitas, irremediablemente lúdicas, de cristal líquido.   

Por lo que cuentan las crónicas, 15 M-Libre te quiero fue muy aplaudida en la Seminci de Valladolid y luego ha tenido una buena cobertura mediática. Si buscamos en Google información sobre el documental nos salen 2,6 millones de resultados. Buena parte de su “trascendencia” se debe al hecho de que su promotor es una de las vacas sagradas del cine en España, Basilio Martín Patino, el mismo que en los años 50, recién salido de la adolescencia, promovió una renovación del casposo cine español de la época en lo que luego se conocería como las Conversaciones de Salamanca y que más tarde haría joyas como Nueve cartas a Berta u Octavia, o documentales como Queridísimos verdugos o Caudillo, sobre Franco, que hizo en la clandestinidad y que tuvieron que esperar a la muerte del dictador para ser estrenados.

Sin embargo, y a pesar de tanto nombre y curriculum, me temo que este trabajo sobre los indignados de la Puerta del Sol no lo han visto ni cien personas en Madrid en los escasos cinco días que ha estado en cartel, en horarios y salas marginales. En el mejor de los casos, 15 M-Libre te quiero aparecerá algún día de madrugada, cuando ya nadie se acuerde, en algún canal especializado de cine de autor, de esos que siguen cuatro gatos, o troceado en Youtube si alguien tiene la osadía (y el buen gusto, y que perdonen la SGAE y los autores) de subirlo. En fin, un mundo a punto de desaparecer. Una pena.  

En todo caso, vamos con la película. Basilio Martín Patino -82 de años ya, aunque no acaba de aparentarlos- se bajó desde el primer momento a la puerta del Sol, cámara en mano, para rodar lo que no era más que el momento final de una manifestación antisistema. En los días siguientes, y hasta que desmantelaron la plaza, rodó 25 horas de tamboradas, debates, convivencias o forcejeos con la policía.  

Martín Patino prescinde de una voz en off que nos guíe y, a pesar de todo, mantiene el interés gracias a un excelente trabajo de montaje. Aunque las imágenes fluyen, sincopadas por esa canción de Amancio Prada con letra de Agustín García Calvo que le da título a la película, uno no deja de pensar, mientras las disfruta en la sala oscura, en el infinito trabajo que le planteó a su minúsculo equipo de colaboradores la selección del material.
El resultado es pura poesía visual.

Dicen que Martín Patino da una imagen quizá demasiado festiva y feliz del 15-M. Una imagen demasiado lúdica que soslaya la crispación de la multitud y sus aspiraciones de regeneración democrática y justicia social. Puede ser. Pero ¿acaso no fue la sentada del centro de Madrid una gran performance? Como el propio Patino, televisiones y fotógrafos de todo el mundo acudieron allí desde el primer momento para dar cuenta de la primera manifestación de esa ira largamente contenida por la sociedad española tras años de crisis económica.

Esa expectación sentimental y mediática se contagió a los acampados de Sol, que acabaron convirtiéndose en protagonistas de un espectáculo construido a base de de proclamas libertarias y reclamos de (imprescindible) regeneración política –“la revolución es ahora”, “lo queremos todo”, “no nos representa el PPSOE”, “si somos el futuro ¿por qué nos dan por culo?”...-, pero también de música, color e inesperada solidaridad.  

En su peregrinaje por el microcosmos de la puerta del Sol, la cámara de Martín Patino, que deja que sea siempre el espectador el que tenga la última palabra –en esto su propuesta es irreprochable-, se topa con imágenes que quizá se conviertan –qué remedio- en iconos de un movimiento de tan nobles como disparatados y vaporosos ideales. Se me viene a la cabeza esa chica que juega con un globo rosa a los pies una columna de policías. Un gesto tan ingenuo como desafiante, puro 15-M.  




Libre te quiero 
(Amancio Prada con letra de Agustín García Calvo)

Libre te quiero 
como arroyo que brinca 
de peña en peña, 
pero no mío. 
Grande te quiero 
como monte preñado 
de primavera, 
pero no mío. 

Bueno te quiero 
como pan que no sabe 
su masa buena, 
pero no mío. 

Alto te quiero 
como chopo que al cielo 
se despereza, 
se despereza, 
pero no mío. 

Blanco te quiero 
como flor de azahares 
sobre la tierra, 
pero no mío. 

Pero no mío 
ni de Dios ni de nadie 
ni tuya siquiera. 

No, no, no, no, no, 
no mío. 
No, no, no, no, no, 
no, no, no, no, 
ni tuyo. 
No, no, no, no, no, 
no, no, no, no, no, 
no mío. 


martes, 16 de agosto de 2011

Periodistas en la encrucijada





Tengo amigos que trabajan 12 horas diarias en un periódico, pero que siguen siendo mileuristas con problemas para pagar la hipoteca, las facturas o la gasolina. Sé de bloggers que no cobran más de 50 céntimos por cada post (o información) que suben a la Red, lo que supone que el día debería tener 48 horas para poder vivir de lo que hacen. También conozco y he tratado con becarios que se eternizan en una redacción por 300 euros al mes, pero, eso sí, a cambio sacan tanto o más trabajo que un periodista en plantilla. El resultado de todo: profesionales acobardados, exprimidos, desmoralizados y, en algunos casos, alcoholizados, y redacciones con mal ambiente y donde reinan la estupefacción y el desánimo.

La conjunción de la crisis económica y el cambio de modelo impuesto por Internet, donde Google acapara gran parte de la inversión publicitaria y donde las  adhesiones en favor de los diarios tradicionales pierden vigor, dejan un panorama desolador en el mundo de los medios. En la máquina del café o en las ruedas de prensa, los periodistas, que sentimos como el suelo se resquebraja a nuestros pies, nos pasamos la mitad del tiempo intentando desentrañar el tiempo que vivimos y ver hacia dónde va la profesión y si vamos a seguir ganándonos la vida con ella.

Comparto el diagnóstico que lanza Ignacio Ramonet en las páginas iniciales de su último librito La explosión del periodismo, de los medios de masas a las masas de medios: “El periodismo tradicional literalmente se está desintegrando. Nunca ha conocido una edad de oro, ya ha atravesado otras crisis graves y sin duda sobrevivirá. Pero, por el momento, digamos que se encuentra en la misma situación que Gulliver a su llegada a la isla de los liliputienses, amarrado por miles de minúsculos cordeles”.

Ramonet hace recuento de víctimas. Cientos de periódicos cerrados, sobre todo en Estados Unidos, reducciones de plantilla generalizadas y, como consecuencia, un empobrecimiento del trabajo en las redacciones, donde cada vez hay que hacer más con menos y donde la inmediatez que impone Internet hace imposible en muchos casos un periodismo digno.

Por el momento no hay solución a la vista. La publicidad en Internet no da para comer a los profesionales de siempre y es el viejo papel el que soporta casi toda la estructura. Algunos (Murdoch ha sido pionero con The Daily o The Times) están intentado que sus lectores superen el “muro del pago”, pero por el momento los resultados son desalentadores. Quizá las tabletas, como el iPad, y los quioscos digitales, que ahora proliferan en España (Orbyt y Kiosco y Más), cambien las cosas, pero es pronto para decirlo. 

Esos minúsculos cordeles que atenazan al periodismo de siempre de los que habla Ramonet son el ejército de blogueros y aficionados que, con Internet, tienen la oportunidad de emular a los profesionales e introducir el concepto del low-cost en el planeta informativo.

En la parte más interesante del libro, Ramonet echa un vistazo a los últimos experimentos del laboratorio americano: al periodismo sin ánimo de lucro de Voice of San Diego y Texas Tribune; al periodismo que emerge de un ejército de bloggers, como el que hacen The Huffington Post y Politico.com; o a las granjas de contenidos, como Upshot (de Yahoo), o Seed.com, de The Huffington Post, donde no son los periodistas, sino las estadísticas de búsqueda de los internautas, los que determinan la agenda informativa. La traslación al resto del mundo de estos modelos es imprevisible, pero conviene estar atentos.

  
Ramonet no se resiste a responder a la pregunta del millón: ¿va a desaparecer el papel? Él no lo cree, y para justificarlo echa la vista atrás. “Internet no sustituirá a la prensa escrita, igual que la televisión no hay sustituido a la radio o al cine, y éste al teatro o la ópera”. La historia de los medios, dice, es acumulativa y todos caben. Además, para los que anden desnortados, también ofrece un libro de ruta. Aunque la anarquía y el caos informativo durarán y el camino será largo, su receta es bien sencilla. A los medios les dice que se centren y profundicen en lo que saben hacer mejor y en la información que mejor dominan. A los periodistas nos aconseja aprender a elaborar y lanzar la información por muchas vías y en diferentes formatos (redes sociales, Twitter, Youtube…).

Ramonet ha escrito un libro sugerente para los que nos dedicamos a esto, aunque su exposición es algo atropellada y, en su afán por tocar todos los desarreglos del mundo informativo (también habla del maridaje de los media con el poder, las repercusiones de Wikileaks o Anonymous, o las “intoxicaciones” en torno a la guerra de Irak), adolece de profundidad. Además, convendría al editor pulir la traducción y revisar algunos datos (como las cifras de PIB mundial de la página 60) y algunos links que no llevan a ningún sitio.  



Carta a un joven periodista

Iñaki Gabilondo también analiza las turbulencias de la profesión en El fin de una época. El que habla es un Gabilondo íntimo, casi profesoral, y no el periodista estrella. Es un Gabilondo que asegura entender los problemas de los becarios o el servilismo y la obediencia de muchos profesionales obligados por una boca que alimentar. El libro, contenido, preciso y de escritura impecable, tiene la fuerza de un editorial y plantea una deontología con la que es difícil no estar de acuerdo.

A Gabilondo, al contrario que Ramonet, no le interesan tanto las cifras, la influencia de los conglomerados mediáticos, los posibles modelos de negocio de éxito o el “cacharrito” que se va a imponer en el acceso a la información. Su librito, en cambio, es más esencialista y tiene un marcado tono didáctico y moral. Es la carta que dirige al joven periodista el profesional curtido en mil batallas. “Se elige esta profesión porque te importa el otro, tu semejante, y porque quieres hacer algo que sirva a la sociedad. Si no son esas las razones, entonces es un oficio mal elegido”.

Gabilondo le pide al profesional de la información compasión para ponerse en el pellejo de los demás y humildad para cederle siempre el protagonismo, y echa de menos el aliento “aventurero, comprometido, casi misionero” del que hablaba Kapuscinski. Y vuelve a insistir: “Ningún periodista puede serlo si no está animado por una especie de fuego que le conecte con el hombre, con el otro, que le importe la condición ajena, la vida de los demás”.

Gabilondo detecta una paradoja sangrante. La profesión vive en un tiempo de estupor. Precisamente cuando el mundo es más complejo que nunca y está más lleno de matices, al periodismo, urgido por las prisas de Internet y por el titular impactante que asegure una mínima repercusión, se le complica mucho la tarea de relatar y dar cierta coherencia a esta complejidad.

En cualquier caso, la historia tendrá final feliz: Gabilondo es optimista y está convencido de que el buen periodismo regresará una vez que dé con el modelo de negocio adecuado. Mientras tanto, ve inevitable que las páginas de los grandes medios pasen a ser de pago. “Los empresarios descubrirán que en la necesidad social que entraña el periodismo subyace un negocio importante”. En fin, un libro para (re)encontrar las esencias de una profesión en la encrucijada. 



La explosión del periodismo
Ignacio Ramonet
Clave intelectual
Madrid 2011
151 páginas
15 euros 

El fin de una época
Iñaki Gabilondo
Editorial Barril y Barral
Barcelona, 2011
174 páginas
20 euros