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jueves, 6 de diciembre de 2012

Sublimación del 15-M




A propósito de 15 M-Te quiero libre, de Basilio Martín Patino

El Pequeño Cine Estudio de la calle Magallanes de Madrid era el último sitio para ver 15 M- Te quiero libre, el documental de una hora de Basilio Martín Patino. La escondida sala de la calle Magallanes –hay que preguntar para llegar a ella; está en un patio interior y no a pie de calle- es un vestigio de un mundo periclitado. Que aguanten sus dueños con un programa hecho a base de cortos y documentales es una proeza. En el Pequeño Cine Estudio resuenan ecos de un mundo de cineclubs, sesiones dobles y mucha mitomanía cultureta difícilmente comprensible para esos chavales de hoy que pasan el día colgados a las pantallitas, irremediablemente lúdicas, de cristal líquido.   

Por lo que cuentan las crónicas, 15 M-Libre te quiero fue muy aplaudida en la Seminci de Valladolid y luego ha tenido una buena cobertura mediática. Si buscamos en Google información sobre el documental nos salen 2,6 millones de resultados. Buena parte de su “trascendencia” se debe al hecho de que su promotor es una de las vacas sagradas del cine en España, Basilio Martín Patino, el mismo que en los años 50, recién salido de la adolescencia, promovió una renovación del casposo cine español de la época en lo que luego se conocería como las Conversaciones de Salamanca y que más tarde haría joyas como Nueve cartas a Berta u Octavia, o documentales como Queridísimos verdugos o Caudillo, sobre Franco, que hizo en la clandestinidad y que tuvieron que esperar a la muerte del dictador para ser estrenados.

Sin embargo, y a pesar de tanto nombre y curriculum, me temo que este trabajo sobre los indignados de la Puerta del Sol no lo han visto ni cien personas en Madrid en los escasos cinco días que ha estado en cartel, en horarios y salas marginales. En el mejor de los casos, 15 M-Libre te quiero aparecerá algún día de madrugada, cuando ya nadie se acuerde, en algún canal especializado de cine de autor, de esos que siguen cuatro gatos, o troceado en Youtube si alguien tiene la osadía (y el buen gusto, y que perdonen la SGAE y los autores) de subirlo. En fin, un mundo a punto de desaparecer. Una pena.  

En todo caso, vamos con la película. Basilio Martín Patino -82 de años ya, aunque no acaba de aparentarlos- se bajó desde el primer momento a la puerta del Sol, cámara en mano, para rodar lo que no era más que el momento final de una manifestación antisistema. En los días siguientes, y hasta que desmantelaron la plaza, rodó 25 horas de tamboradas, debates, convivencias o forcejeos con la policía.  

Martín Patino prescinde de una voz en off que nos guíe y, a pesar de todo, mantiene el interés gracias a un excelente trabajo de montaje. Aunque las imágenes fluyen, sincopadas por esa canción de Amancio Prada con letra de Agustín García Calvo que le da título a la película, uno no deja de pensar, mientras las disfruta en la sala oscura, en el infinito trabajo que le planteó a su minúsculo equipo de colaboradores la selección del material.
El resultado es pura poesía visual.

Dicen que Martín Patino da una imagen quizá demasiado festiva y feliz del 15-M. Una imagen demasiado lúdica que soslaya la crispación de la multitud y sus aspiraciones de regeneración democrática y justicia social. Puede ser. Pero ¿acaso no fue la sentada del centro de Madrid una gran performance? Como el propio Patino, televisiones y fotógrafos de todo el mundo acudieron allí desde el primer momento para dar cuenta de la primera manifestación de esa ira largamente contenida por la sociedad española tras años de crisis económica.

Esa expectación sentimental y mediática se contagió a los acampados de Sol, que acabaron convirtiéndose en protagonistas de un espectáculo construido a base de de proclamas libertarias y reclamos de (imprescindible) regeneración política –“la revolución es ahora”, “lo queremos todo”, “no nos representa el PPSOE”, “si somos el futuro ¿por qué nos dan por culo?”...-, pero también de música, color e inesperada solidaridad.  

En su peregrinaje por el microcosmos de la puerta del Sol, la cámara de Martín Patino, que deja que sea siempre el espectador el que tenga la última palabra –en esto su propuesta es irreprochable-, se topa con imágenes que quizá se conviertan –qué remedio- en iconos de un movimiento de tan nobles como disparatados y vaporosos ideales. Se me viene a la cabeza esa chica que juega con un globo rosa a los pies una columna de policías. Un gesto tan ingenuo como desafiante, puro 15-M.  




Libre te quiero 
(Amancio Prada con letra de Agustín García Calvo)

Libre te quiero 
como arroyo que brinca 
de peña en peña, 
pero no mío. 
Grande te quiero 
como monte preñado 
de primavera, 
pero no mío. 

Bueno te quiero 
como pan que no sabe 
su masa buena, 
pero no mío. 

Alto te quiero 
como chopo que al cielo 
se despereza, 
se despereza, 
pero no mío. 

Blanco te quiero 
como flor de azahares 
sobre la tierra, 
pero no mío. 

Pero no mío 
ni de Dios ni de nadie 
ni tuya siquiera. 

No, no, no, no, no, 
no mío. 
No, no, no, no, no, 
no, no, no, no, 
ni tuyo. 
No, no, no, no, no, 
no, no, no, no, no, 
no mío. 


martes, 27 de noviembre de 2012

Hammerstein o el tesón. Una historia alemana.






Comentábamos no hace mucho en este mismo blog el “esfuerzo” que, en su conjunto, la sociedad alemana de entreguerras dedicó a hacerse nazi. Ese descenso a los infiernos fue, sin embargo, criticado y combatido por algunos ciudadanos, tan escasos como heroicos. A uno de tales héroes, el general alemán Kurt von Hammerstein-Equord, o, en puridad, a él, a su familia y a otras personas cercanas que, como ellos, nunca aceptaron la iniquidad del totalitarismo, dedica el polifacético autor alemán Hans Magnus Enzensberger, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2002, este libro peculiar. 

La aguda inteligencia y la honestidad del díscolo barón Hammerstein, nos cuenta Enzensberger, unidas a la influencia que sobre su ánimo ejercía su extracción aristocrática, le condujeron a despreciar al “charlatán de cervecería” que subyugó a Alemania durante doce años y a predecir las negras consecuencias de su megalomanía.

Aunque Hammerstein, “un hombre gloriosamente vago que no conocía compromisos”, no militó activamente en la resistencia de la minoría alemana frente al nazismo, su evidente oposición al régimen le costó su carrera militar (estuvo al mando del ejército entre 1930 y 1933), las prebendas de su privilegiada posición y la tranquilidad de su casa. La notoriedad de su figura digna e insumisa, aunque pasiva, incluso inspiró actos valerosos (e inútiles), como el intento de asesinato de Hitler perpetrado el 20 de julio de 1945 (dos años después de la muerte, por causas naturales, de Hammerstein).

La vida difícil del general, su esposa y sus siete hijos, tan heterodoxos y opuestos a la tiranía como sus padres, sirve de subterfugio temático a Enzensberger para desgranarnos multitud de detalles sobre los entresijos de la República de Weimar, el contexto opresivo de la Alemania nazi y la postguerra, a través de los actos de un sinfín de personajes históricos, más o menos conocidos.

Es este un libro muy curioso, escrito con una gran libertad de estilo, que se parece mucho más a un ensayo ilustrado con fotografías de época que a una novela (el autor, incluso, explica en un posfacio por qué la obra es lo primero y no lo segundo). Sin embargo, contiene numerosas licencias literarias, como la “transcripción” de “conversaciones póstumas” entre Enzensberger y varios de los protagonistas, que cuentan sus motivaciones y sentimientos y discuten con el autor sobre su trabajo de investigación previo a la redacción de su obra.

El curso de la narración no es en modo alguno lineal, sino que divaga entre referencias a hechos históricos (como las excelentes relaciones entre Alemania y Rusia durante la década de 1920), anécdotas desordenadas de la vida íntima de los hijos del barón,  meticulosas (y a veces áridas) citas de documentos escritos y detalles sobre las intrigas de los espías y contraespías alemanes y rusos.

El resultado es una suerte de caótico caleidoscopio del que se sirve el perspicaz Enzensberger para revelarnos una visión diferente de un periodo esencial de la Historia de Alemania y de Europa, sin duda menos clara y simplista que la “oficial” (la propia figura de Hammerstein arroja luces y sombras), pero desde luego mucho más próxima a la complejidad de los hechos.

Hammerstein o el tesón
Hans Magnus Enzensberger
Editorial Anagrama
19,50 €
384 páginas

viernes, 23 de septiembre de 2011

Fiel a sí mismo




Leí Últimas Tardes con Teresa con el deslumbramiento propio de los 18 años y desde entonces he disfrutado de los desalentados personajes de nuestro autor y de sus intensos y, tantas veces, inalcanzables sueños, casi siempre enmarcados por las miserias y las esperanzas de la Barcelona de la postguerra. Marsé no ofrece nunca obras menores: en todas ellas, las sorpresas de la narración, la perfecta estructura y el aliento, entre cómico y patético, de los protagonistas, nos dejan un poso perdurable en la memoria.  ¿Cómo olvidar los frustrados sueños del Pijoaparte en Últimas Tardes con Teresa, el trágico destino de Java en Si te dicen que caí o la mala fortuna que hace de Ringo, el protagonista de Caligrafía de los Sueños, un pianista de nueve dedos?

La condición de perdedores que es común a los personajes más recordados de nuestro Premio Cervantes, no obstante, obvia su esencia de soñadores románticos, irrenunciablemente fieles a sí mismos. En un determinado momento de Caligrafía de los Sueños, Ringo observa, a través del  ventanal del bar donde se refugia para leer, escribir  y lamerse las heridas, cómo un niño de corta edad, diligente en su afán por convertirse en un muchacho, lucha por quitar los ruedines de su bici. 

Contumaz, el niño intenta una y otra vez, incluso a pedradas, aflojar las tuercas sin conseguirlo y solicita con insistencia la ayuda de los viandantes, que le acarician suavemente la cabeza sin atender a sus deseos o bien, simplemente, pasan de largo. Ringo contempla, fascinado, los denodados esfuerzos del chavalín por desembarazarse de aquello que le impide su advenimiento al mundo de los auténticos ciclistas. El niño consigue, finalmente, eliminar los ruedines, sólo para enzarzarse en una nueva lucha sin cuartel, esta vez contra su propio sentido del equilibrio. 

Así, intenta una y otra vez deslizarse calle abajo sin ayuda, a costa de darse trompadas sin cuento. Magullado, zaherido por las chanzas de los adultos que pasan por su lado, pero no por ello desalentado, el chaval logra, al enésimo intento, su ansiado sueño de aprender a montar en bici, tras romperse la crisma repetidas veces contra el asfalto. El niño regresa a casa haciendo cabriolas con su bici no sin antes dedicar una mirada triunfante a Ringo. Su triunfo, no obstante, es contingente: el relato podría continuar con nuevas citas diarias de nuestro chaval y los afilados bordes de las aceras sin que se alterara en los más mínimo nuestra admiración por su tenaz empeño en conseguir lo que desea, ni nuestro placer en la lectura de páginas tan bien escritas.

Los deseos de los protagonistas de Caligrafía de los Sueños, y los del resto de las novelas de Juan Marsé, están hechos de la propia pasta informe de la que surgen nuestros más profundos, oscuros y esquivos sueños de amor, grandeza o éxito. Lo que nos diferencia de los personajes de Marsé es que ellos, pese a estrellarse una y otra vez contra el duro asfalto o contra los desdenes de sus amores imposibles, nunca dejan de ser, irrenunciablemente, fieles a sí mismos, inasequibles al rigor de su cruel destino incluso, en último extremo, aunque no consigan nunca  sus más bellos sueños. 

Esa es una de las razones por las que Marsé nos llega tan hondo: porque nos enseña que, por muy adversos que sean los vientos, nunca debemos declinar en nuestras más íntimos afanes, ni renunciar a nuestra propia esencia, fracasemos (lo más común en sus novelas y en la vida) o no. Vicky, la cuarentona crepuscular entrada en carnes, no ceja en su empeño de ser amada por  un viejo resultón, pese a los desdenes de éste. Ringo, trasunto del joven que una vez fue Marsé, pese a haber perdido uno de los dedos de su mano izquierda en un desdichado accidente laboral sigue practicando, indesmayablemente, sus escalas de pianista sobre la tabla de una mesa. “Matarratas”, padre de Ringo, persiste en sus afanes de contrabandista y resistente rojo pese a constatar que está “en el culo del mundo”. 

Todos ellos permanecen en nuestra memoria, tras leer Caligrafía de los sueños, mucho más por su calidad de soñadores impenitentes que por su desoladora fortuna. El resto, la perfecta madurez literaria de uno de los escritores más destacados en lengua castellana, es, como siempre, puro placer para el lector.


Caligrafía de los sueños
Juan Marsé
Editorial Lumen
436 páginas
22,90 euros


lunes, 20 de junio de 2011

Memoria del hambre



A Ignacio y Lourdes, mis padres, por sus recuerdos

Muchas veces, frente a una mesa colmada, rebosante de pan, fruta y papas guisadas con pescado salado, mis padres me recordaron que hubo “un tiempo del hambre”. Mientras terminaban de comer degustando una manzana o una pera limonera, mis padres hacían un repaso mental de las miserias de otra época, tan lejanas para mí, pero tan próximas y tangibles para ellos, que las habían sufrido en su infancia.

Me hablaban del millo podrido procedente de Argentina que durante la posguerra alimentó a tantos canarios; de una dieta que, a falta de muchas cosas, debía recurrir a todas horas a los plátanos guisados, duros como leños de lo verde que estaban; de las madrugadas para hacer cola en los decomisos donde se repartía, con disciplina marcial, los escasos víveres que con suerte había disponibles para aquellos que portaban una cartilla de racionamiento. El dinero, con las tiendas en penuria, no valía para nada.

Difícil de creer. Curiosamente, a mí aquellos relatos me transportaban, pero no al tiempo preciso del que me hablaban mis padres, sino a uno figurado y “más literario”: el de los campos de concentración, anegados siempre de barro, inanición y atropello moral. En esas comidas familiares también conocí, de primera mano, cómo se ganaban la vida los niños de la primera posguerra.

Las interminables jornadas de mi padre y sus hermanos, que subían, todavía sin despuntar el sol, a la cumbre a por “jaces de cisco” de retama que luego servirían como abono en las plataneras. Con una pelotita de gofio como todo sustento y un frío en los pies y en las manos que muchas veces tuvieron que mitigar con su propio orín, mi padre y muchos como él resistieron en el tiempo más oscuro de la historia de España del siglo XX. La necesidad de llevar algo a casa que se pudiera cambiar por jabón, huevos o alpargatas llevó a abandonar muy temprano la escuela a toda una generación, la de la inmediata posguerra, que el resto de su vida tuvo que sobrellevar con disimulado sonrojo su analfabetismo y esa memoria de la miseria.   

Ese tiempo es precisamente el que recupera (o reinventa) el poeta Antonio Gamoneda, premio Cervantes en 2006, en su último libro, Un armario lleno de sombra, una autobiografía donde el autor leonés da cuenta de su peripecia vital hasta los 14 años, cuando empieza a trabajar como meritorio y recadero en el hoy desaparecido Banco Mercantil, después de abandonar el colegio religioso de los Padres Agustinos. Con una prosa despojada, sin preciosismos, siempre buscando la palabra justa, el autor se adentra en un mundo duro, de frío y de hambre, de humillaciones y represión, pero donde emerge, de tarde en tarde, la felicidad y la solidaridad.

“No existe la memoria real, sino interpretaciones de la memoria. No hay diferencia entre lo que recuerdas y crees recordar”, decía hace poco el veterano escritor norteamericano Sam Savage. Gamoneda parece aplicarse esta enseñanza. Los recuerdos que plasma en Un armario lleno de sombra, vertebrados siempre por la figura omnipresente de su madre –“Hice entrar mi cabeza en la oscuridad del armario y entonces ocurrió algo que me envolvió en su realidad física: sentí el olor de mi madre. Viva”-, se van construyendo al tiempo que escribe, muchas veces con hechos que son recuerdos heredados, como el de su padre, poeta de un solo libro que murió al año de nacer el autor.

En fin, estamos ante un libro que, sin estridencias, pero también sin sentimentalismos, recorre el primer mundo que vio la generación perdida de la posguerra.  



Un armario lleno de sombra
Antonio Gamoneda
Editorial Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores
Barcelona, 2009
237 páginas
18 euros