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martes, 28 de julio de 2015

El mundo de ayer, de Stefan Zweig



Stefan Zweig era el modelo del judío europeo culto y acomodado de principios del siglo XX. Nunca pasó por problemas económicos gracias a la posición de su familia vienesa y a sus trabajos literarios, y empleó su desahogada situación en formarse intelectualmente durante largos años, desdeñando la Universidad, en la que se graduó por meros motivos de apariencia, mientras viajaba sin cesar por toda Europa. Con el tiempo, Zweig se hizo dueño, por esforzada voluntad propia, de un estilo literario directo y transparente, muy atractivo para el lector de hoy, y fiel instrumento de la mirada lúcida, culta y cosmopolita de su autor, que lo utilizó en un sinfín de libros de todos los géneros, felizmente disponibles en castellano.
El mundo de ayer es uno de sus libros más recordados, y no sólo por su calidad sino también por las circunstancias en que fue escrito. Zweig lo redactó poco antes de suicidarse en 1942, junto a su segunda esposa, en Petrópolis, Brasil, su último refugio en su forzado periplo de apátrida. No pudo soportar la pérdida de todo cuanto amó ni la condena al olvido a que fue sometido por los nazis, que quemaron con saña sus libros.
El subtítulo del libro, memorias de un europeo, es muy esclarecedor. Zweig hablaba fluidamente francés, italiano e inglés, además de su alemán natal, y cultivaba la conversación y la amistad con lo más granado de la intelectualidad europea, a la que consideraba la base de la patria común continental.  
Zweig declara desde un principio que en su libro él no es el protagonista sino el “centro” de la narración y, así, desde su privilegiada situación de testigo consciente e implicado en el devenir de Europa, nos cuenta la vida cultural de la época y sus relaciones sociales con los artistas e intelectuales del momento, con el telón de fondo de los grandes acontecimientos históricos de las primeras décadas del siglo XX. Zweig no oculta su pertenencia a la élite social y esa es una de las mayores virtudes de sus memorias, la íntegra fidelidad a sí mismo de su autor.
Desde su privilegiada atalaya, Zweig no pretende ser objetivo, ya que todo lo filtra por sus ideas europeístas y fraternales, y sus descripciones defienden calurosamente la tolerancia y el entendimiento entre los pueblos europeos mientras utiliza su vida errante como ejemplo del cosmopolitismo que propugna. Sus memorias, despojadas casi por completo de datos relevantes sobre su vida sentimental, ofrecen una visión subjetiva e idealizada de lo que debería ser Europa a partir de la reflexión perpleja sobre el delirio social y político en que acabó sumida.
Aunque Zweig acabó convirtiéndose en un fugitivo del fascismo, nunca tuvo que sufrir en carne propia los horrores de comienzo del siglo XX, y sólo describe, como una muestra de la alucinación belicista y nacionalista sin sentido que se apoderó de Europa en el momento en que más confianza había en el progreso de la Humanidad, aquellos eventos bélicos de la Gran Guerra que conoció personalmente por decisión propia, ya que no tuvo que luchar en el frente.
El mundo de ayer es más que unas memorias al uso; es una tesis sobre las ideas políticas de su autor y el modelo de convivencia que propugna. Su prosa sin artificios, la perspicacia y clarividencia de sus reflexiones, su apasionada defensa de la hermandad europea, la amenidad de las descripciones y el trasfondo trágico de su narración convierten a las memorias de Zweig en una lectura absorbente, de la que se pueden extraer muchas enseñanzas para aplicar en la inquietantemente desnortada Europa de hoy.

martes, 27 de enero de 2015

Todos somos Marco



A propósito de 'El impostor', de Javier Cercas

Siempre me fascinaron las historias de farsantes, quizá porque yo no sería capaz de mantener una impostura más de cinco minutos sin ser descubierto. O eso creo. Cada cierto tiempo, me pongo El extraño, de Orson Welles, una de sus películas menos personales. En la película, el propio Welles interpreta a Frank Kindler, jefazo del nazismo, que después de la guerra huye sin dejar rastro de Alemania y recala en un pequeño pueblo de Connecticut. Allí se gana la confianza de los lugareños a base de exhibir unos modales exquisitos, al tiempo que se enamora de la bella hija del juez y dedica el tiempo a una de sus grandes pasiones, los relojes antiguos. Todo va bien hasta que llega al pueblo el agente Wilson, interpretado por Edward G. Robinson, de la comisión de crímenes de guerra, que anda buscando a un amigo de Kindler. 


Como en Soldados de Salamina, Cercas vuelve a escribir una novela redonda tomando como eje varios episodios oscuros del pasado y haciendo avanzar la trama conforme lo hace su indagación: autobiográfica, detectivesca e histórica al tiempo. El caso Marco tuvo transcendencia en Cataluña, en España y en el extranjero. Ocurrió a principios de 2005. Por esas fechas, un oscuro historiador llamado Benito Bermejo descubrió el engaño de Enric Marco. Marco no era quién decía ser. No había estado en ningún campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Tan sólo pasó por una cárcel alemana por irse de la lengua cuando se ganaba la vida como mecánico en una fábrica que servía a los propios nazis.


El caso trascendió porque Marco no era un cualquiera. Se había convertido en una estrella mediática al calor de recuperación de la llamada memoria histórica. Marco era la representación ante la sociedad de los supervivientes del exterminio nazi en España, la voz ardorosa y seductora que los humillados habían elegido para dar cuenta de la barbarie y para que nadie, en el futuro, volviera a alimentar a la bestia. Pero Marco los engañó a todos: a sus compañeros de las asociaciones de deportados, a los periodistas que siempre estaban dispuestos a entrevistarle, seducidos por su cháchara novelesca y por su capacidad para dar sabrosos titulares, e incluso a las más altas instituciones, pues se le impuso la Cruz de Sant Jordi, máxima distinción civil en Cataluña, llegó a hablar en el Congresos de los Diputadossobre su paso por las campos del horror, y estuvo a punto de hacerlo en un gran homenaje internacional en Mauthausen, en presencia del presidente Zapatero.

La historia de Enric Marco es la historia de un impecable y compulsivo farsante, que no sólo logró engañar a los ancianos supervivientes del Holocausto, sino también a los jóvenes anarquistas que refundaron con la vuelta de la democracia a España la histórica CNT, que lo consideraron el eslabón perdido entre el legendario Durruti y la modernidad. El torrencial y enérgico Enric Marco construyó su gran mentira, la historia de su vida, con ardides de novelista: a base de medias verdades, de mezclar hechos ciertos con otros completamente falsos logró darle verosimilitud a una existencia que cualquier investigación histórica habría puesto en duda mucho antes. 

A desenmascarar a Marco se aplica Cercas en El impostor. En 400 páginas que se leen con creciente fascinación, Cercas da cuenta de sus encuentros durante meses con el propio Marco y de sus indagaciones para desarticular las muchas mentiras en que Marco se instaló para vivir confortablemente y querido por los demás. Como en Soldados de Salamina, la trama histórico-novelesca se ensancha con episodios autobiográficos que nos hablan de las dudas del escritor y con otros en los que, a modo de ensayo literario, le sirven para establecer paralelismos con El Quijote. Como en Soldados de Salamina, Cercas ensancha el campo de la novela, y lo hace con un discurso en primera persona franco, envolvente y cautivador, y con una peripecia vital, la de Marco, que es un buen reflejo de la historia de España en los últimos 80 años.

La historia del impenitente Marco contada por Cercas es una metáfora sobre la impostura generalizada en la que vivimos, y sobre la necesidad que tenemos de aderezar nuestra existencia con mentiras o medias verdades, si de esta forma se nos vuelve más comprensible, edulcorada y, finalmente, épica. También ilustra lo fácil que es engañar durante años, con la aquiescencia generalizada de periodistas, intelectuales, políticos o instituciones, los supuestos garantes de la verdad en una sociedad democrática.

Este libro también es una crítica a la “memoria histórica”, el oxímoron que alentó el presidente Zapatero para marcar distancias con una derecha que nunca dio el paso de reconocer los atropellos del Franquismo, y una ola a la que el avispado Marco se subió para convertirse en brillante portavoz de los vencidos y de los humillados. La memoria es personal, interesada y manipulable, nos viene a decir Cercas, y de los prejuicios y las invenciones del pasado que genera sólo nos puede poner a salvo el trabajo riguroso del historiador.

Por último, el libro de Cercas es también un homenaje a los verdaderos héroes. A aquellos que dijeron no y lucharon por sus ideales a pesar de la ignominia y del cambio de tercio histórico, al contrario del arribista y camaleónico Marco, o de los muchos que durante el Franquismo o la Transición se reinventaron y borraron las huellas de su pasado para confundirse con la mayoría y tener una vida confortable. Porque, de alguna manera, todos somos Marco.


jueves, 12 de septiembre de 2013

Topografía del terror



Una visita al museo de la memoria en Berlín


En Berlín, a unos cuantos cientos de metros de la bulliciosa Postdamer Platz, un edificio de nueva planta se levanta en el solar que acogió en su día el cuartel general de la SS y de la policía secreta alemana, la Gestapo. Parece una facultad universitaria moderna, hecha de hormigón y cristal (muy al gusto de los alemanes y de los arquitectos de relumbrón) y dividida en amplias salas, bien ventiladas e iluminadas.

La austera mole gris, que emerge del centro geométrico del solar, como si de un buque fondeado en un lago invernal se tratara, y que está flanqueada por el único tramo de muro que no fue demolido por las autoridades o esquilmado por los buscadores de souvenirs, alberga el centro de documentación Topografía del terror, un lugar destinado a recordar a los alemanes y a los turistas despistados las tropelías del nazismo y las consecuencias de la persecución y el exterminio que con tanta vehemencia practicó la dictadura hitleriana.

El cubo de cristal y hormigón que acoge Topografía del terror recibe cada año la visita de cientos de miles de personas, pero que no goza del glamour y la promoción de los centros de arte que se reparten por “la isla de los museos”, donde se encuentra el imponente Museo de Pérgamo, con sus espectaculares frisos griegos o sus pórticos romanos.

Sin embargo, Topografía del terror, un centro financiado por el estado alemán y gestionado por una fundación compuesta por expertos alemanes y judíos de muy diversa orientación, es un ejemplo de coraje cívico y recuperación de la memoria histórica que para sí querríamos los españoles, y que no conviene perderse.

En los 200 metros del muro de Berlín que quedan en pie y que reciben al turista, los gestores del centro tienen desplegados estos días una exposición que da cuenta -con cientos de fotos, recortes de periódico de la época y apuntes históricos- de las tropelías del partido nazi durante 1933.

Esa exposición en la calle, a la que el viandante puede acceder sin pagar entrada o sin mostrar siquiera el carnet de identidad, da cuenta de la lenta pero inexorable caída de la democracia en la Alemania de los años 30, y de la masiva aniquilación del rival político llevada a cabo en todo el país por los más de 400.000 miembros de la SA. Cientos de instantáneas muestran a comunistas, socialistas extremistas, izquierdistas moderados del SPD, sindicalistas y católicos que fueron fatalmente señalados por el nazismo pujante. 
  


Se calcula que ya en 1933, cuando la barbarie sólo estaba en fase de incubación, 80.000 alemanes ingresaron en campos de concentración y unos 600 fueron asesinados por los partidarios de Hitler en todos los rincones del país.  Imagino a los jubilados alemanes que estos días se acercan a Topografía del terror purgando en silencio sus pecados, mientras que a los más jóvenes no les queda más remedio que asumir la barbarie y la inmoralidad promovida o consentida por sus ascendentes.

Ese espacio del horror, ejercicio admirable de una sociedad que se sobrepone a sus vergüenzas a base de rememorarlas con rigor, también muestra estos días cómo el régimen nazi obró en esos años para controlar toda la prensa del país gracias a una estricta censura y a la persecución de los que no mostraban por anticipado su obediencia.

Por lo que leo en los folletos del centro, el año pasado, en estas mismas salas que recorro hoy frenéticamente, absorto con la crónica detallada y exquisitamente documentada de tanto desvarío, los visitantes se toparon con el capítulo inasumible del programa de “eutanasia infantil”. 

Aquel programa –por llamarlo de alguna manera- acabó con la vida de muchos niños y adolescentes alemanes que, por sufrir alguna minusvalía física o psíquica, se alejaban fatídicamente del ideal racial que la intelectualidad nazi se empeñaba en legitimar con toda clase de teorías seudocientíficas. Tan sólo durante 1945, esta derivada del exterminio, que contó con la colaboración de pediatras de todo el país, acabó con la vida de más de 10.000 niños.

Hoy, en esta tarde soleada y agradable de septiembre en Berlín, todavía me da tiempo para contemplar en este templo del recuerdo instantáneas de dirigentes y burócratas nazis tomadas una mañana cualquiera de hace 70 años.  En una se ve a un grupo de hombres y mujeres en el campo, sonrientes y tocados con un ridículo sombrero infantil. En otra, varios funcionarios posan con cara más seria en una escalera ministerial, quizá apremiados por el trabajo pendiente en sus despachos, rebosantes de expedientes de deportación sin cumplimentar. 

En la instantánea más llamativa, un anciano riega con mimo su jardín. Se nos dice que la foto del viejo nazi de aspecto venerable está tomada en Argentina muchos años después de la Segunda Guerra Mundial. Allí, a miles de kilómetros de distancia de la vergüenza, el tierno y afable abuelo había empezado décadas antes una nueva vida de patricio, seguramente con una identidad renovada.

Viendo estas fotos de gente “normal” en la Alemania de la Segunda Guerra Mundial, viene al pelo la reflexión que Hannah Arendt hace a principios de los sesenta en su libro Eichmann en Jerusalén, que tan de moda se ha puesto por la excelente película que le dedica Margarethe von Trotta:
"El mal no es nunca ‘radical’, sólo es extremo, y carece de toda profundidad y de cualquier dimensión demoníaca. Puede crecer desmesuradamente y reducir todo el mundo a escombros precisamente porque se extiende como un hongo por la superficie. Es un ‘desafío al pensamiento’, como dije, porque el pensamiento trata de alcanzar una cierta profundidad, ir a las raíces y, en el momento mismo en que se ocupa del mal, se siente decepcionado porque no encuentra nada. Eso es la ‘banalidad’. Sólo el bien tiene profundidad y puede ser radical."     

Una de las salas de la Topografía del terror está presidida por una foto aérea del Berlín de 1945, cuando la guerra estaba acabada o a punto de hacerlo. Uno puede reconocer el trazado de algunas calles y parques principales (Brandenburgo, Unter den Linden, Tiergarten o  Friedrichstrasse), pero nada más. Los edificios decimonónicos del Berlín de entreguerras y los colosales ministerios que salieron de los estudios de los arquitectos nazis habían quedado hechos trizas.

En la foto vemos una ciudad casi irreconocible, fatalmente borrada del mapa y que sería reemplazada más tarde por el vacío de la posguerra y a última hora por la fiebre especulativa de la unificación. Hoy Berlín sigue siendo una ciudad a medio hacer y con un punto kitsch, donde el último ingenio arquitectónico de Foster se mezcla con el bloque de oficinas comunista reconvertido en sede de la cancillería o con las escasas iglesias barrocas que aguantaron el asedio de la aviación aliada. 

Sin embargo, esa reunión de ricos y pobres que trajo la unificación, y sobre todo la omnipresencia de un pasado trágico que se muestra con rigor y sin sectarismos y que va mucho más allá de la recuperación turística del Checkpoint Charlie, convierten a esta ciudad ajetreada y crápula (para los estándares alemanes) en un lugar necesario y en un modelo a seguir, sobre todo en España.            


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martes, 27 de noviembre de 2012

Hammerstein o el tesón. Una historia alemana.






Comentábamos no hace mucho en este mismo blog el “esfuerzo” que, en su conjunto, la sociedad alemana de entreguerras dedicó a hacerse nazi. Ese descenso a los infiernos fue, sin embargo, criticado y combatido por algunos ciudadanos, tan escasos como heroicos. A uno de tales héroes, el general alemán Kurt von Hammerstein-Equord, o, en puridad, a él, a su familia y a otras personas cercanas que, como ellos, nunca aceptaron la iniquidad del totalitarismo, dedica el polifacético autor alemán Hans Magnus Enzensberger, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2002, este libro peculiar. 

La aguda inteligencia y la honestidad del díscolo barón Hammerstein, nos cuenta Enzensberger, unidas a la influencia que sobre su ánimo ejercía su extracción aristocrática, le condujeron a despreciar al “charlatán de cervecería” que subyugó a Alemania durante doce años y a predecir las negras consecuencias de su megalomanía.

Aunque Hammerstein, “un hombre gloriosamente vago que no conocía compromisos”, no militó activamente en la resistencia de la minoría alemana frente al nazismo, su evidente oposición al régimen le costó su carrera militar (estuvo al mando del ejército entre 1930 y 1933), las prebendas de su privilegiada posición y la tranquilidad de su casa. La notoriedad de su figura digna e insumisa, aunque pasiva, incluso inspiró actos valerosos (e inútiles), como el intento de asesinato de Hitler perpetrado el 20 de julio de 1945 (dos años después de la muerte, por causas naturales, de Hammerstein).

La vida difícil del general, su esposa y sus siete hijos, tan heterodoxos y opuestos a la tiranía como sus padres, sirve de subterfugio temático a Enzensberger para desgranarnos multitud de detalles sobre los entresijos de la República de Weimar, el contexto opresivo de la Alemania nazi y la postguerra, a través de los actos de un sinfín de personajes históricos, más o menos conocidos.

Es este un libro muy curioso, escrito con una gran libertad de estilo, que se parece mucho más a un ensayo ilustrado con fotografías de época que a una novela (el autor, incluso, explica en un posfacio por qué la obra es lo primero y no lo segundo). Sin embargo, contiene numerosas licencias literarias, como la “transcripción” de “conversaciones póstumas” entre Enzensberger y varios de los protagonistas, que cuentan sus motivaciones y sentimientos y discuten con el autor sobre su trabajo de investigación previo a la redacción de su obra.

El curso de la narración no es en modo alguno lineal, sino que divaga entre referencias a hechos históricos (como las excelentes relaciones entre Alemania y Rusia durante la década de 1920), anécdotas desordenadas de la vida íntima de los hijos del barón,  meticulosas (y a veces áridas) citas de documentos escritos y detalles sobre las intrigas de los espías y contraespías alemanes y rusos.

El resultado es una suerte de caótico caleidoscopio del que se sirve el perspicaz Enzensberger para revelarnos una visión diferente de un periodo esencial de la Historia de Alemania y de Europa, sin duda menos clara y simplista que la “oficial” (la propia figura de Hammerstein arroja luces y sombras), pero desde luego mucho más próxima a la complejidad de los hechos.

Hammerstein o el tesón
Hans Magnus Enzensberger
Editorial Anagrama
19,50 €
384 páginas

domingo, 2 de septiembre de 2012

Vida y muerte en el Tercer Reich, de Peter Fritzsche




Por Mariano Oliveros

Desde que Hannah Arendt escribiera Eichmann en Jerusalén, hace ya 50
años, la discusión sobre la responsabilidad de la sociedad alemana, y
la individual de sus ciudadanos, en la ascensión y el auge del nazismo
y en la aplicación de su atroz programa de exterminio racial, ha dado
lugar a agrias polémicas. Aunque Hannah Arendt siempre rechazó el
concepto de culpabilidad colectiva (“donde todos son culpables, nadie
lo es”), sí creía en la existencia de una responsabilidad política o
colectiva (“yo debo ser considerada responsable por algo que no he
hecho y la razón de mi responsabilidad ha de ser mi pertenencia a un
grupo, un colectivo, que ningún acto voluntario mío puede disolver”).

La tesis de Arendt es compartida por Peter Fritzsche, profesor de
Historia en la Universidad de Illinois, que en Vida y muerte en el
Tercer Reich
analiza en profundidad “el esfuerzo que los alemanes
realizaron para convertirse en nazis” mediante el examen del
“atractivo de las ideas nacionalsocialistas (el deseo de adoptar los
estándares de conducta nacionalsocialistas, pero también lo difícil
que resultaba hacerlo) y en qué medida los alemanes tomaron decisiones
políticas de forma deliberada, consciente e informada durante el
Tercer Reich”. Las páginas de este fascinante libro se centran, por
consiguiente, en la “colaboración audaz, homicida y autodestructiva en
el nombre de una nueva Alemania” que fue ejercida por la ciudadanía
alemana durante ese terrible periodo de la historia de Europa.

Tras los ríos de tinta que han fluido sobre el mismo tema, la novedad
(relativa) del enfoque de Fritzsche reside en el exhaustivo empleo de
la correspondencia privada y de los diarios personales de los propios
alemanes de la época, de los que el autor extrae referencias
impagables sobre el clima social en el que prosperó el nazismo (uno de
los diarios que más cita es el muy conocido de Víctor Klemperer). Así,
las conocidas consecuencias del abusivo Tratado de Versalles, el
ambiente de humillación, traición y fracaso y el deseo de revancha
alemán de entreguerras, el desarrollo y el posterior colapso de la
República de Weimar en paralelo al encumbramiento de Hitler, se
vuelven más comprensibles cuando su descripción se acompaña de la
opinión desnuda de los ciudadanos comunes.

El deseo de un renacer económico y colectivo, en una Alemania fuerte y
unida, fue perfectamente aprovechado por los nazis, que ofrecieron a
la sociedad un modelo idealizado de patria austera en las costumbres y
ambiciosa en los objetivos, sobre la base de un antisemitismo radical,
aunque al principio sólo programático. Las mejores páginas del libro
describen con detalle cómo los nazis, mediante una mezcla de
propaganda, actuación social y agresividad política, fueron
extendiendo, en toda la vida pública y privada, su deformada visión de
la superioridad racial aria y la nefasta idea de la “nación en
peligro”, hasta obtener, prácticamente sin oposición, si no la
aquiescencia, sí al menos los sentimientos favorables de la gran masa
del pueblo alemán. 

La necesidad de conseguir un ansiado “espacio vital” que garantizara seguridad 
y progreso para Alemania acabó en la aceptación social de la beligerancia hostil 
frente otras naciones que condujo a la Segunda Guerra Mundial y, al fin, a la idea 
de la “guerra total” que Goebbels expresara en su famoso discurso de 1943 en el
Palacio de los Deportes de Berlín.

Vida y muerte en el Tercer Reich documenta, asimismo, el proceso,
iniciado a partir de la derrota de Stalingrado y de la contraofensiva rusa, 
por el que los alemanes, progresivamente, se fueron sintiendo, de nuevo, 
traicionados, y, pese a su condición de colaboradores necesarios y agentes efectivos 
en la guerra, pasaron a considerarse a sí mismos exclusivamente como víctimas, 
primero del deseo de venganza y de la brutalidad de los “bolcheviques” y, muy al
final, del aparato nazi. 

Tal sentimiento incluyó en la opinión de muchos ciudadanos y contra toda
evidencia, la exculpación de la Wehrmacht, en su ficticia condición de fuerza 
armada intachablemente dedicada a la consecución de los ideales de la patria 
y separada de la estructura de poder nacionalsocialista.

Por otro lado, la extendida falacia de que la mayor parte del pueblo
alemán no tuvo conocimiento del Holocausto, es rebatida de manera
explícita por Fritzsche que, apoyado en los documentos privados que se
conservan, revela que, por mucho que los pormenores de la “Solución
Final” no fueran conocidos en detalle por los ciudadanos durante su
ejecución, era imposible ignorar el destino que se reservó a los
judíos a partir de 1941.

La terrible conclusión de Fritzsche es que en la Alemania
nacionalsocialista no existía una distinción entre las “personas
normales y corrientes” y los nazis, puesto que los dos colectivos
estaban entremezclados. Sin embargo, como recuerda Fritzsche, los
alemanes tendieron a indultarse tras el fin de la guerra por cuanto
quisieron creer, en palabras de Konrad Adeanuer, que “la abrumadora
mayoría del pueblo alemán abominó de los crímenes cometidos contra los
judíos y no participó en ellos”, lo que se concretó, incluso, en una
amnistía judicial general declarada formalmente por el Bundestag en
1951.

En conclusión y aunque Fritzsche constate que “parte del conocimiento
de la vida y la muerte en el Tercer Reich es el carácter siempre
incompleto de las explicaciones”, su libro nos ofrece una reveladora
síntesis de las razones sociales del éxito del nazismo.



Vida y muerte en el Tercer Reich
Peter Fritzsche
28,50 euros (papel)
Editorial Crítica
360 páginas




domingo, 11 de marzo de 2012

Una buena historia





A propósito de HhHH, de Laurent Binet



Mariano Oliveros


En los últimos años, nos han llovido testimonios de todo tipo sobre la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. El renovado interés por la época de la conflagración y por sus consecuencias ha dado lugar a la publicación de innumerables libros de Historia, como los dedicados por Antony Beevor a distintos momentos del conflicto o el reciente Tierras de sangre: Europa entre Hitler y Stalin, de Timothy Snyder, y de novelas de desigual calidad literaria que, en cualquier caso, han gozado de una gran popularidad. Recordemos tan solo Las benévolas, Premio Goncourt en 2006,  el gran éxito editorial El niño con el pijama de rayas, las grandes obras de Vasily Grossman o la inacabada Suite francesa, de la malograda  Irène Némirovsky, escrita y ambientada  en los primeros años de la década de 1940.

HHhH, de Laurent Binet, a su vez Premio Goncourt de Primera Novela en 2010, viene a añadirse a la larga lista de libros actuales que dan fe de los episodios de una de las crisis más graves que ha sufrido el mundo. La obra narra la historia del atentado, gestado en Inglaterra en la llamada Operación Antropoide, que, en 1942, le costó la vida a un monstruo sanguinario, Reinhard Heydrich,  el “carnicero de Praga”, mano derecha de Himmler y uno de los responsables intelectuales de la “Solución Final” y de otras atrocidades del nazismo.

El hilo narrativo de HHhH, título basado en un dicho nazi de la época, "Himmlers Hirn heisst Heydrich"  (El cerebro de Himmler se llama Heydrich), procede del ovillo formado por la obstinada, casi diríamos enfermiza, búsqueda de la Verdad que domina a Binet. El autor nos muestra la cocina de su escritura trufando el relato de episodios de su vida personal en los que intervienen, insistentemente,  sus trabajos y reflexiones con respecto a la gestación de su propia obra y las críticas a los novelistas que, a juicio de Binet, renuncian a la certidumbre de los hechos comprobados con tal de dotar de  “veracidad” a sus relatos.

Sin embargo, el empleo de las dudas metafísicas del autor resulta demasiado artificial, un subterfugio casi pueril, porque Binet se enreda en anécdotas y disquisiciones poco sugestivas para concluir en negarle valor alguno a las obras que se alejan del más estricto rigor histórico.
Debemos reconocer que el esfuerzo de Binet en documentarse exhaustivamente sobre la Operación Antropoide le concede indudables ventajas en su faceta de historiador. Sin embargo, y aunque la erudición sea un buen aliado del novelista, es mucho más dudoso que la fidelidad a la verdad histórica sea una premisa inexcusable para su trabajo.

Como ya nos mostró Javier Cercas en la excepcional Soldados de Salamina, donde también se nos describen las idas y venidas y los pensamientos de un escritor-periodista, trasunto del propio autor, en el proceso de investigación previo a la redacción del libro, el empleo de referencias aparentemente fidedignas a los hechos históricos no deja de ser un mero recurso, tan útil como otros muchos posibles (verbi gratia la intervención en primera persona del autor en su obra), al servicio de la creación literaria, cuya calidad final es el único valor absoluto.





Pese a todo, si le perdonamos a HHhH sus primeras páginas nos encontraremos con un valioso testimonio moral de un episodio relevante de la Segunda Guerra Mundial, visto por los ojos de un narrador lúcido, y disfrutaremos mucho con su lectura.  La ligera estructura del relato, construida a base de capítulos cortísimos, y su estilo  ágil y ameno, le conceden una gran frescura y viveza. Binet se guía en todo momento por la emoción al hablar de Praga y de los daños de la guerra, lo que da mucho más valor al libro que todas sus citas sobre la “Verdad” en la literatura.

La descripción del carácter frío e implacable del “carnicero de Praga”, de las atrocidades por él perpetradas y de su ascenso a las cumbres del aparato represivo del Tercer Reich es iluminada en todo momento por la indignación del autor en su condición de hombre de bien, profundamente conmovido por tanta infamia.

Los autores del atentado contra Heydrich, soldados reales en el caótico mundo de la guerra, están cortados por el patrón canónico de los grandes héroes populares de toda época, inasequibles al desaliento pese a las circunstancias más adversas y a sus propios miedos. La descripción de la atroz represión practicada por los nazis tras la muerte de Heydrich nos trastorna y nos enardece por su brutalidad.  En suma, HHhH es un emocionante libro de historia, y una más que digna opera prima.


HHhH

Laurent Binet

Seix Barral, Biblioteca Formentor

400 páginas

20 euros