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jueves, 12 de septiembre de 2013

Topografía del terror



Una visita al museo de la memoria en Berlín


En Berlín, a unos cuantos cientos de metros de la bulliciosa Postdamer Platz, un edificio de nueva planta se levanta en el solar que acogió en su día el cuartel general de la SS y de la policía secreta alemana, la Gestapo. Parece una facultad universitaria moderna, hecha de hormigón y cristal (muy al gusto de los alemanes y de los arquitectos de relumbrón) y dividida en amplias salas, bien ventiladas e iluminadas.

La austera mole gris, que emerge del centro geométrico del solar, como si de un buque fondeado en un lago invernal se tratara, y que está flanqueada por el único tramo de muro que no fue demolido por las autoridades o esquilmado por los buscadores de souvenirs, alberga el centro de documentación Topografía del terror, un lugar destinado a recordar a los alemanes y a los turistas despistados las tropelías del nazismo y las consecuencias de la persecución y el exterminio que con tanta vehemencia practicó la dictadura hitleriana.

El cubo de cristal y hormigón que acoge Topografía del terror recibe cada año la visita de cientos de miles de personas, pero que no goza del glamour y la promoción de los centros de arte que se reparten por “la isla de los museos”, donde se encuentra el imponente Museo de Pérgamo, con sus espectaculares frisos griegos o sus pórticos romanos.

Sin embargo, Topografía del terror, un centro financiado por el estado alemán y gestionado por una fundación compuesta por expertos alemanes y judíos de muy diversa orientación, es un ejemplo de coraje cívico y recuperación de la memoria histórica que para sí querríamos los españoles, y que no conviene perderse.

En los 200 metros del muro de Berlín que quedan en pie y que reciben al turista, los gestores del centro tienen desplegados estos días una exposición que da cuenta -con cientos de fotos, recortes de periódico de la época y apuntes históricos- de las tropelías del partido nazi durante 1933.

Esa exposición en la calle, a la que el viandante puede acceder sin pagar entrada o sin mostrar siquiera el carnet de identidad, da cuenta de la lenta pero inexorable caída de la democracia en la Alemania de los años 30, y de la masiva aniquilación del rival político llevada a cabo en todo el país por los más de 400.000 miembros de la SA. Cientos de instantáneas muestran a comunistas, socialistas extremistas, izquierdistas moderados del SPD, sindicalistas y católicos que fueron fatalmente señalados por el nazismo pujante. 
  


Se calcula que ya en 1933, cuando la barbarie sólo estaba en fase de incubación, 80.000 alemanes ingresaron en campos de concentración y unos 600 fueron asesinados por los partidarios de Hitler en todos los rincones del país.  Imagino a los jubilados alemanes que estos días se acercan a Topografía del terror purgando en silencio sus pecados, mientras que a los más jóvenes no les queda más remedio que asumir la barbarie y la inmoralidad promovida o consentida por sus ascendentes.

Ese espacio del horror, ejercicio admirable de una sociedad que se sobrepone a sus vergüenzas a base de rememorarlas con rigor, también muestra estos días cómo el régimen nazi obró en esos años para controlar toda la prensa del país gracias a una estricta censura y a la persecución de los que no mostraban por anticipado su obediencia.

Por lo que leo en los folletos del centro, el año pasado, en estas mismas salas que recorro hoy frenéticamente, absorto con la crónica detallada y exquisitamente documentada de tanto desvarío, los visitantes se toparon con el capítulo inasumible del programa de “eutanasia infantil”. 

Aquel programa –por llamarlo de alguna manera- acabó con la vida de muchos niños y adolescentes alemanes que, por sufrir alguna minusvalía física o psíquica, se alejaban fatídicamente del ideal racial que la intelectualidad nazi se empeñaba en legitimar con toda clase de teorías seudocientíficas. Tan sólo durante 1945, esta derivada del exterminio, que contó con la colaboración de pediatras de todo el país, acabó con la vida de más de 10.000 niños.

Hoy, en esta tarde soleada y agradable de septiembre en Berlín, todavía me da tiempo para contemplar en este templo del recuerdo instantáneas de dirigentes y burócratas nazis tomadas una mañana cualquiera de hace 70 años.  En una se ve a un grupo de hombres y mujeres en el campo, sonrientes y tocados con un ridículo sombrero infantil. En otra, varios funcionarios posan con cara más seria en una escalera ministerial, quizá apremiados por el trabajo pendiente en sus despachos, rebosantes de expedientes de deportación sin cumplimentar. 

En la instantánea más llamativa, un anciano riega con mimo su jardín. Se nos dice que la foto del viejo nazi de aspecto venerable está tomada en Argentina muchos años después de la Segunda Guerra Mundial. Allí, a miles de kilómetros de distancia de la vergüenza, el tierno y afable abuelo había empezado décadas antes una nueva vida de patricio, seguramente con una identidad renovada.

Viendo estas fotos de gente “normal” en la Alemania de la Segunda Guerra Mundial, viene al pelo la reflexión que Hannah Arendt hace a principios de los sesenta en su libro Eichmann en Jerusalén, que tan de moda se ha puesto por la excelente película que le dedica Margarethe von Trotta:
"El mal no es nunca ‘radical’, sólo es extremo, y carece de toda profundidad y de cualquier dimensión demoníaca. Puede crecer desmesuradamente y reducir todo el mundo a escombros precisamente porque se extiende como un hongo por la superficie. Es un ‘desafío al pensamiento’, como dije, porque el pensamiento trata de alcanzar una cierta profundidad, ir a las raíces y, en el momento mismo en que se ocupa del mal, se siente decepcionado porque no encuentra nada. Eso es la ‘banalidad’. Sólo el bien tiene profundidad y puede ser radical."     

Una de las salas de la Topografía del terror está presidida por una foto aérea del Berlín de 1945, cuando la guerra estaba acabada o a punto de hacerlo. Uno puede reconocer el trazado de algunas calles y parques principales (Brandenburgo, Unter den Linden, Tiergarten o  Friedrichstrasse), pero nada más. Los edificios decimonónicos del Berlín de entreguerras y los colosales ministerios que salieron de los estudios de los arquitectos nazis habían quedado hechos trizas.

En la foto vemos una ciudad casi irreconocible, fatalmente borrada del mapa y que sería reemplazada más tarde por el vacío de la posguerra y a última hora por la fiebre especulativa de la unificación. Hoy Berlín sigue siendo una ciudad a medio hacer y con un punto kitsch, donde el último ingenio arquitectónico de Foster se mezcla con el bloque de oficinas comunista reconvertido en sede de la cancillería o con las escasas iglesias barrocas que aguantaron el asedio de la aviación aliada. 

Sin embargo, esa reunión de ricos y pobres que trajo la unificación, y sobre todo la omnipresencia de un pasado trágico que se muestra con rigor y sin sectarismos y que va mucho más allá de la recuperación turística del Checkpoint Charlie, convierten a esta ciudad ajetreada y crápula (para los estándares alemanes) en un lugar necesario y en un modelo a seguir, sobre todo en España.            


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domingo, 2 de octubre de 2011

Houellebecq en los arrabales




No había leído antes ningún libro de Michel Houellebecq, pero la presión (mediática, por una parte, y de algún amigo, por otra) me ha vencido. En cualquier caso, El mapa y el territorio se lee compulsivamente, y se disfruta. No quiero ponerme pedante, pero tengo que soltarlo: Houellebecq anda como pocos por los arrabales emocionales del mundo occidental, por esos escenarios poco transitados por los novelistas con aspiraciones intelectuales, y lo hace sin grandilocuencias y sin forzar la estructura y el tono del relato. 

Una Nochebuena en soledad y sin palabras, una clínica donde se practica la eutanasia en Zurich (“un distinguido moridero”, como se nos dice en alguna parte de la novela), un asesinato tremebundo que revuelve las vísceras de los mismos agentes que lo investigan… Son esos lugares y momentos los que marcan el periplo de los dos personajes que sostienen el libro: el introvertido Jed Martin, estrella sin querer del mundo del arte, y un tal Michel Houellebecq (¿les suena?), personaje huraño y solitario, desterrado por voluntad propia a un pueblo fantasmal de Irlanda y, por qué no, vaca sagrada de las letras francesas y lo mejor del olimpo literario quizá desde Sartre. Entre esos dos seres se establece una amistad efímera, pero provista de una inefable sintonía. Ambos, solitarios de mediana edad, comparten el reconocimiento artístico, pero también el alejamiento de un mundo mentiroso y cínico.

Si en la primera parte del libro Houellebecq centra la atención en el fotógrafo y pintor Jed Martin y aprovecha su peripecia para hablarnos de la impostura que preside el mundo del arte, de los medios de comunicación y de la empresa, o para denunciar que toda Francia se haya convertido en una parada turística de cartón piedra; en la segunda da un giro radical y nos propone una investigación policial en toda regla. En ese momento, Houellebecq centra la atención en el comisario Jasselin, un policía vocacional y felizmente casado, que tiene que afrontar un caso siniestro y aparentemente irresoluble justo al borde de su jubilación. Ahí, el ritmo demorado de la primera parte se hace vibrante.

Aunque la introversión, la frialdad o la melancolía marcan el universo Houellebecq, un deseo de redención preside secretamente todo el libro. El ejemplo más palpable es el del desencantado Jed Martin, que anhelará el amor casi siempre esquivo de la bella Olga durante años.

El estilo al que recurre Houellebecq es descuidado, como muchos le critican. Por otra parte, el autor reconoce deudas con la versión francesa de la Wikipedia (lo que llevó a algunos a decir que había plagio y a su editorial a defenderse en los tribunales). Todo es cierto. Pero tengo la impresión de que Houellebecq, al que sus enemigos han visto en estos años como “reaccionario, cínico, racista y misógino vergonzoso”, plagia y escribe de esta forma para provocar. El mapa y el territorio es una visión a contracorriente y amarga de la vida actual, pero sobre todo respira verdad en cada línea. 
Además, Houellebecq no solo amplía el ángulo de visión de la novela aireando los sentimientos más íntimos e inconfesables de sus personajes, sólidamente construidos, sino que también se ayuda de cualquier elemento externo para reforzar su caracterización: sus hábitos en el supermercado, el coche que conducen, los aparatos tecnológicos que pulsan, el mobiliario doméstico que les rodea o la última prótesis a la que acuden para alegrar su vida sexual… (“Aunque no supiera nada de su vida, a Jed le sorprendió ver llegar a Jasselin al volante de un Mercedes Clase A. El Mercedes Clase A es el automóvil ideal para una pareja sin niños que vive en una zona urbana o periférica y que no ve con malos ojos, sin embargo, concederse de  vez en cuando una escapada a un hotel con encanto…”, dice en la página 312). 
En fin, Houellebecq nos desafía con una visión dura y desengañada de la realidad, pero llena de matices y hallazgos. Hasta un cierto punto, novelar de esta manera pone en entredicho la capacidad de entendimiento que la cultura burguesa tradicional puede tener de un mundo, el contemporáneo, tan complejo y subterráneo.

El mapa y el territorio
Michel Houellebecq
Editorial Anagrama
Barcelona, 2011
379 páginas
21,90 euros