Mostrando entradas con la etiqueta arte abstracto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta arte abstracto. Mostrar todas las entradas

lunes, 19 de marzo de 2012

Misterio en Cuenca



Una visita al Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca

Cuesta imaginar que los jóvenes rompedores que durante los 50 y los 60 incendiaron el mundo del arte con propuestas que bebían de la abstracción estadounidense son hoy venerables abuelos o yacen en cementerios de media España. En Cuenca, en el museo de Arte Abstracto de la Fundación Juan March, hay un silencio religioso enfatizado por las paredes blancas y desnudas, y más al fondo, por el paisaje ocre de roca caliza de la hoz del Huécar que se divisa por los ventanales de las Casas Colgadas.

  
El de Cuenca es un museo despojado, esencial y místico, como algunos de los cuadros de Tàpies, de Millares, de Feito o de Zóbel que allí se exponen desde hace muchos años. No hay largas notas explicativas a la vera de las obras y tampoco es posible escuchar la perorata de un funcionario que intenta desentrañar por el auricular el proceso creativo del pintor o el significado de tal o cual cromatismo. El visitante tan solo tiene una plaquita con nombres casi nunca evocadores, y sí más bien misteriosos, partes de un código que nunca acabará de entender. Abesti Gogora, Número 183, Número 460-A, Intervalos Azules, Antropofauna, Omphalo V, Espejo del Duende, Estanque 2, Bóveda para el Hombre…

En Cuenca uno es forzado a mirar por primera vez. Es una cura de desintoxicación en un mundo que se ahoga en las imágenes repetidas hasta el hartazgo por la publicidad o la televisión. Si no, ¿cómo entender ese retrato de Brigitte Bardot que Antonio Saura pinta en 1959 con trazo nervioso y fulgurante? “Para realizar un retrato, la presencia del modelo cuenta menos que el fantasma mental por él forjado”, dirá Saura.  

El óleo sobre lienzo que sirvió de base a la pintura figurativa de los tres últimos siglos salta hecho pedazos en Cuenca. En el espacio del bastidor aquellos jóvenes abstractos que rompieron esquemas en los años de apogeo del Franquismo experimentan con todo tipo de materiales: hierro, madera, arena, arpillera, telas metálicas, grava de cuarzo, pizarra, mármol, cartones, metacrilatos o cartulinas. Todo sirve para cuestionar la semiótica visual de la pintura, pero también para recuperar cierto pensamiento trascendente.  

Los cadáveres de Millares, conservados con cuerdas y tela de saco al estilo de las momias guanches que tanto le impactaron en su juventud, se salen literalmente del cuadro para convertir la muerte en una realidad palpable. También da relieve a las obras despojadas y contenidas, deudoras de un misticismo oriental, de Tàpies, esa mezcla de arena, polvo de mármol y pintura que crea texturas inusuales y sugerentes.



Cuenca es un festín para los sentidos. Una y otra vez, uno tiene la tentación de acercarse al cuadro y tocar esos tablones arañados y astillados con los que Lucio Muñoz monta sus paisajes, o esas planchas de chatarra oxidada que destacan sobre una superficie totalmente pulida con las que Gustavo Torner nos sugiere la foto del cañón conquense. O pasar la yema de los dedos por esas telas metálicas superpuestas del granadino Manuel Rivera, que convierten la luz en un misterio y a mí me recuerdan la pintura del seminal Mark Rothko.  

En fin, Cuenca es el gran parque temático de la abstracción española –la ciudad también alberga la Fundación Antonio Saura desde 2008-, y creo que es un buen plan de fin de semana para los que sientan que la vida, a pesar de lo que nos cuentan los empiristas y los agnósticos, es algo más.






domingo, 2 de octubre de 2011

Houellebecq en los arrabales




No había leído antes ningún libro de Michel Houellebecq, pero la presión (mediática, por una parte, y de algún amigo, por otra) me ha vencido. En cualquier caso, El mapa y el territorio se lee compulsivamente, y se disfruta. No quiero ponerme pedante, pero tengo que soltarlo: Houellebecq anda como pocos por los arrabales emocionales del mundo occidental, por esos escenarios poco transitados por los novelistas con aspiraciones intelectuales, y lo hace sin grandilocuencias y sin forzar la estructura y el tono del relato. 

Una Nochebuena en soledad y sin palabras, una clínica donde se practica la eutanasia en Zurich (“un distinguido moridero”, como se nos dice en alguna parte de la novela), un asesinato tremebundo que revuelve las vísceras de los mismos agentes que lo investigan… Son esos lugares y momentos los que marcan el periplo de los dos personajes que sostienen el libro: el introvertido Jed Martin, estrella sin querer del mundo del arte, y un tal Michel Houellebecq (¿les suena?), personaje huraño y solitario, desterrado por voluntad propia a un pueblo fantasmal de Irlanda y, por qué no, vaca sagrada de las letras francesas y lo mejor del olimpo literario quizá desde Sartre. Entre esos dos seres se establece una amistad efímera, pero provista de una inefable sintonía. Ambos, solitarios de mediana edad, comparten el reconocimiento artístico, pero también el alejamiento de un mundo mentiroso y cínico.

Si en la primera parte del libro Houellebecq centra la atención en el fotógrafo y pintor Jed Martin y aprovecha su peripecia para hablarnos de la impostura que preside el mundo del arte, de los medios de comunicación y de la empresa, o para denunciar que toda Francia se haya convertido en una parada turística de cartón piedra; en la segunda da un giro radical y nos propone una investigación policial en toda regla. En ese momento, Houellebecq centra la atención en el comisario Jasselin, un policía vocacional y felizmente casado, que tiene que afrontar un caso siniestro y aparentemente irresoluble justo al borde de su jubilación. Ahí, el ritmo demorado de la primera parte se hace vibrante.

Aunque la introversión, la frialdad o la melancolía marcan el universo Houellebecq, un deseo de redención preside secretamente todo el libro. El ejemplo más palpable es el del desencantado Jed Martin, que anhelará el amor casi siempre esquivo de la bella Olga durante años.

El estilo al que recurre Houellebecq es descuidado, como muchos le critican. Por otra parte, el autor reconoce deudas con la versión francesa de la Wikipedia (lo que llevó a algunos a decir que había plagio y a su editorial a defenderse en los tribunales). Todo es cierto. Pero tengo la impresión de que Houellebecq, al que sus enemigos han visto en estos años como “reaccionario, cínico, racista y misógino vergonzoso”, plagia y escribe de esta forma para provocar. El mapa y el territorio es una visión a contracorriente y amarga de la vida actual, pero sobre todo respira verdad en cada línea. 
Además, Houellebecq no solo amplía el ángulo de visión de la novela aireando los sentimientos más íntimos e inconfesables de sus personajes, sólidamente construidos, sino que también se ayuda de cualquier elemento externo para reforzar su caracterización: sus hábitos en el supermercado, el coche que conducen, los aparatos tecnológicos que pulsan, el mobiliario doméstico que les rodea o la última prótesis a la que acuden para alegrar su vida sexual… (“Aunque no supiera nada de su vida, a Jed le sorprendió ver llegar a Jasselin al volante de un Mercedes Clase A. El Mercedes Clase A es el automóvil ideal para una pareja sin niños que vive en una zona urbana o periférica y que no ve con malos ojos, sin embargo, concederse de  vez en cuando una escapada a un hotel con encanto…”, dice en la página 312). 
En fin, Houellebecq nos desafía con una visión dura y desengañada de la realidad, pero llena de matices y hallazgos. Hasta un cierto punto, novelar de esta manera pone en entredicho la capacidad de entendimiento que la cultura burguesa tradicional puede tener de un mundo, el contemporáneo, tan complejo y subterráneo.

El mapa y el territorio
Michel Houellebecq
Editorial Anagrama
Barcelona, 2011
379 páginas
21,90 euros

miércoles, 18 de mayo de 2011

Cristino de Vera: en el límite



En un mundo donde el arte se cocina en restaurantes con estrellas Michelín o en las lujosas pasarelas de la moda internacional, la figura de Cristino de Vera (1931) no puede pasar desapercibida, a pesar de que llega desde una región lejana y desatendida. Uno está acostumbrado a que, vaya donde vaya, siempre se va a encontrar con alguien dispuesto a venderle humo, alguien que dice más que hace o que habla más que piensa. Es el vocerío ambiental, estimulado por los medios de comunicación y los intereses del dinero.

La vida y obra del pintor Cristino de Vera nos proponen un feliz contrapunto a tanto simulacro y tanta insensatez indiscutida. “No será el silencio total la mayor armonía?”, se preguntaba hace unos meses, en una noche inesperadamente gélida, ante un reducido grupo de seguidores en el Espacio Canarias de Madrid. El paso del tiempo, el dolor, la muerte, el misterio… Son los temas de su vida y sus cuadros, siempre abordados con una austeridad que no transige y desde un terreno fronterizo, más allá de las modas y los focos.  No en vano, la obra de Cristino, de cocción lenta y fruto de una misma mirada impenitente traída de sus viajes por Oriente, siempre ha buscado más los espacios silenciosos de las iglesias que el brillo metálico de las galerías de arte.

Ese ser angustiado que desde niño vivió subyugado por la conciencia de la muerte es el que, con trazo fino, ha ido hilando una obra que desnuda el tiempo y la vida y los proyecta sobre el infinito. Una vela encendida que se yergue como un ciprés, un cráneo de perfectas curvaturas, una lápida en un cementerio desierto. Son los elementos, sencillos y humildes, que sirven a este místico (¿cristiano? ¿oriental?) para enfrentarnos al misterio que es vivir. A veces su pintura, siguiendo la estela de Mark Rothko, se construye yuxtaponiendo planos de color. Otras nos recuerda la sobriedad escénica de Zurbarán.

Como él reconocía en el largo y divertido monólogo del Espacio Canarias de Madrid, desde niño fue un aprensivo. Le costó participar en la alegría de correr y saltar de los demás niños en aquel Tenerife de la inmediata posguerra. La reclusión en un manicomio de dos tíos le llevaron inevitablemente a la melancolía. Sin embargo, esa angustia –“vamos muriendo poco a poco”-, la conciencia del dolor y la incertidumbre –“vivir es un misterio, ¿ha sabido uno vivir?”- son los engranajes de una incontestable lucidez: “En el laberinto circular de la existencia todos acabamos siendo invisibles”.

Cristino, que en Madrid, en una noche gélida de marzo, cogió carrerilla y habló de Bergman, de Malraux, de Weil, de Valente, de Groucho Marx…, niega esa idea moderna del progreso ético en el hombre y sugiere, en cambio, enseñar a nuestros hijos el sentido del límite, “hacer pedagogía de nuestra finitud”. Porque somos necesariamente pequeños y estamos condenados a repetir nuestros errores. Su pintura, como hizo Dreyer en La palabra, materializa la muerte y le quita ese halo de punto sin retorno. “La muerte es una cosa preciosa; no entiendo por qué nos aterra”. La palabra y la obra de Cristino, en un mundo abotargado por lo efímero, es una luz necesaria. En fin, un valioso contrapunto, humilde y sincero, en un mundo que se ahoga en ruido.



Al silencio, Cristino de Vera
Director: Miguel G. Morales
Año de producción: 2005
Duración: 50 minutos