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jueves, 23 de agosto de 2012

Una sociedad enferma




A propósito de ‘Todo esto para qué’, de Lionel Shriver


Todos aquellos que asocian Estados Unidos con la tierra prometida deberían echar un vistazo a la última novela de Lionel Shriver. Aunque muchos de sus personajes están enfermos, con el paso de los capítulos, el lector empieza a pensar que lo que la autora intenta transmitir es que el que está realmente enfermo es el sistema, con niños de primaria “drogados hasta las cejas”; con buenos contribuyentes que, llegado el momento de pasar por un hospital, contemplan cómo el gobierno no está dispuesto a pagar ni un solo medicamento; con una sociedad dividida entre “Gilis y Gorrones”, es decir, “entre gente que respeta las normas y gente que sencillamente viola las normas”…

La historia comienza con su protagonista haciendo la maleta. Cumpliendo con el sueño de su vida; Shep Knacker compra un billete sin retorno a la isla de Pemba, Tanzania, para él, su mujer y su hijo. En el mismo instante que le comunica a su esposa Glynis que al día siguiente se va con o sin ella, esta le dice que ahora no puede dejar su trabajo: “Me temo que necesitaré tu seguro médico”. A partir de ahí comienza una batalla contra el cáncer que le acaban de diagnosticar, un mesotelioma peritoneal que le va mermando la salud a la par que su cuenta corriente, como subraya irónicamente la autora, que comienza algunos capítulos anotando el saldo bancario de Shep, que pasa en poco menos de dos años de 731.000 dólares a 3.500 a raíz del tratamiento oncológico.

En su presentación en nuestro país, Shriver reconocía que no se trata de un librofácil de vender, porque la gente no quiere oír hablar, ni mucho menos leer, sobre enfermedades y muerte. No obstante, aquellos que consigan superar la barrera enseguida se encontrarán atrapados en una red de personajes trazados con maestría. Desde Shep -“adaptable, fácil de manipular y propenso a tomar el camino de la menor resistencia”-, que de la noche a la mañana tiene que aparcar su sueño para cuidar a su mujer; a Glynis, “dura, refractaria y de una radiante rebeldía”, que se enroca en la ironía y en la imposibilidad de afrontar el previsible desenlace para intentar seguir adelante.

Y junto a ellos un elenco de secundarios de lujo: el amigo vehemente, que parece “empollarse” el periódico para arremeter contra todos y todo; la hermana caradura, que va de intelectual, pero se aprovecha de la familia para sobrevivir; el hijo solitario, encerrado siempre en su habitación; o la amiga enferma de nacimiento, que amenaza continuamente con dejar este mundo.

Como ya demostrara en la despiadada e inolvidable Tenemos que hablar de Kevin o en la original El mundo después del cumpleaños, Shriver es una narradora creativa e imaginativa, pero sin que tales dotes le impidan valerse de la realidad cotidiana para crear novelas muy bien armadas y nada complacientes. Todo esto para qué bien podría definirse como un tratado sobre la condición humana ante la enfermedad y el cambio de rumbo que supone para una familia el diagnóstico a uno de sus miembros de un cáncer raro y fulminante. Sin embargo, es más que eso y en ocasiones se nos presenta como una llamada de atención, un grito de indignación (audible desde el propio título) que clama que otro mundo es posible. 

El cuerpo y la enfermedad de Glynis se convierten en una metáfora de la podredumbre que mima a la sociedad que le rodea. Y es que la autora apuesta por subrayar las conductas egoístas de los personajes, las nada idílicas relaciones familiares o la ineptitud social ante determinadas situaciones para acentuar la impostura del día a día, al mismo tiempo que remarca la farsa en la que vivimos, en la misma línea que Libertad, de Jonathan Frazen: “la patraña del patriotismo”, “la democracia es una broma”, “toda esa comedia de la superpotencia”, se puede leer en distintas páginas de la novela de Shriver...

En definitiva, muchos y peliagudos palos toca esta reveladora exploración sobre la conducta humana y el largo camino que nos queda para ser mejores. Difícil que deje indiferente a quien se anime a leer un relato tan ambicioso.

Todo esto para qué
Lionel Shriver
Anagrama 2012
560 páginas
24,90 euros (papel) 

domingo, 2 de octubre de 2011

Houellebecq en los arrabales




No había leído antes ningún libro de Michel Houellebecq, pero la presión (mediática, por una parte, y de algún amigo, por otra) me ha vencido. En cualquier caso, El mapa y el territorio se lee compulsivamente, y se disfruta. No quiero ponerme pedante, pero tengo que soltarlo: Houellebecq anda como pocos por los arrabales emocionales del mundo occidental, por esos escenarios poco transitados por los novelistas con aspiraciones intelectuales, y lo hace sin grandilocuencias y sin forzar la estructura y el tono del relato. 

Una Nochebuena en soledad y sin palabras, una clínica donde se practica la eutanasia en Zurich (“un distinguido moridero”, como se nos dice en alguna parte de la novela), un asesinato tremebundo que revuelve las vísceras de los mismos agentes que lo investigan… Son esos lugares y momentos los que marcan el periplo de los dos personajes que sostienen el libro: el introvertido Jed Martin, estrella sin querer del mundo del arte, y un tal Michel Houellebecq (¿les suena?), personaje huraño y solitario, desterrado por voluntad propia a un pueblo fantasmal de Irlanda y, por qué no, vaca sagrada de las letras francesas y lo mejor del olimpo literario quizá desde Sartre. Entre esos dos seres se establece una amistad efímera, pero provista de una inefable sintonía. Ambos, solitarios de mediana edad, comparten el reconocimiento artístico, pero también el alejamiento de un mundo mentiroso y cínico.

Si en la primera parte del libro Houellebecq centra la atención en el fotógrafo y pintor Jed Martin y aprovecha su peripecia para hablarnos de la impostura que preside el mundo del arte, de los medios de comunicación y de la empresa, o para denunciar que toda Francia se haya convertido en una parada turística de cartón piedra; en la segunda da un giro radical y nos propone una investigación policial en toda regla. En ese momento, Houellebecq centra la atención en el comisario Jasselin, un policía vocacional y felizmente casado, que tiene que afrontar un caso siniestro y aparentemente irresoluble justo al borde de su jubilación. Ahí, el ritmo demorado de la primera parte se hace vibrante.

Aunque la introversión, la frialdad o la melancolía marcan el universo Houellebecq, un deseo de redención preside secretamente todo el libro. El ejemplo más palpable es el del desencantado Jed Martin, que anhelará el amor casi siempre esquivo de la bella Olga durante años.

El estilo al que recurre Houellebecq es descuidado, como muchos le critican. Por otra parte, el autor reconoce deudas con la versión francesa de la Wikipedia (lo que llevó a algunos a decir que había plagio y a su editorial a defenderse en los tribunales). Todo es cierto. Pero tengo la impresión de que Houellebecq, al que sus enemigos han visto en estos años como “reaccionario, cínico, racista y misógino vergonzoso”, plagia y escribe de esta forma para provocar. El mapa y el territorio es una visión a contracorriente y amarga de la vida actual, pero sobre todo respira verdad en cada línea. 
Además, Houellebecq no solo amplía el ángulo de visión de la novela aireando los sentimientos más íntimos e inconfesables de sus personajes, sólidamente construidos, sino que también se ayuda de cualquier elemento externo para reforzar su caracterización: sus hábitos en el supermercado, el coche que conducen, los aparatos tecnológicos que pulsan, el mobiliario doméstico que les rodea o la última prótesis a la que acuden para alegrar su vida sexual… (“Aunque no supiera nada de su vida, a Jed le sorprendió ver llegar a Jasselin al volante de un Mercedes Clase A. El Mercedes Clase A es el automóvil ideal para una pareja sin niños que vive en una zona urbana o periférica y que no ve con malos ojos, sin embargo, concederse de  vez en cuando una escapada a un hotel con encanto…”, dice en la página 312). 
En fin, Houellebecq nos desafía con una visión dura y desengañada de la realidad, pero llena de matices y hallazgos. Hasta un cierto punto, novelar de esta manera pone en entredicho la capacidad de entendimiento que la cultura burguesa tradicional puede tener de un mundo, el contemporáneo, tan complejo y subterráneo.

El mapa y el territorio
Michel Houellebecq
Editorial Anagrama
Barcelona, 2011
379 páginas
21,90 euros