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martes, 19 de noviembre de 2013

Vargas Llosa y los héroes discretos del Perú





Dos ideas acompañan al lector durante y después de la lectura de El héroe discreto. Por una parte, la necesidad que existe en estos tiempos tan grises de encontrar gente corriente que consiga brillar gracias a pequeños actos de heroicidad; por otra, la riqueza de nuestro idioma, con una base común que une a cientos de millones de personas a ambos lados del Atlántico, y términos, expresiones o modismos que se imponen en algunos países y se desconocen en el resto.

Pese a la singularidad del título, El héroe discreto cuenta la historia paralela de dos personajes: Felícito Yanaqué, un pequeño empresario dueño de Transportes Narihualá, en Piura, que es extorsionado por la mafia; e Ismael Carrera, un exitoso hombre de negocios, propietario de una aseguradora en Lima, que urde una venganza contra sus dos hijos holgazanes deseosos de verle muerto para heredar. Ambos son, a su modo, discretos rebeldes que intentan vivir según sus ideales y deseos. Pero no son los únicos. Mario Vargas Llosa ha pasado del "¿En qué momento se había jodido el Perú?", de Conversación en la Catedral, a reflejar en su último texto un país más moderno y próspero, en el que se vislumbran, frente a hienas y chantajistas, algunos héroes cotidianos, comunes y corrientes, que no se dejan pisotear por nadie.

Otra peculiaridad en cuanto a los personajes es que aparecen viejos conocidos del mundo literario del escritor, como el sargento Lituma o don Rigoberto, doña Lucrecia y Fonchito. Preguntado sobre las razones de volver a incorporarlos en su obra, Vargas Llosa ha contado, con el buen humor que le caracteriza, que hay personajes que no desaparecen. “Desaparecen las historias, pero ellos se quedan allí, un poco en la memoria y al empezar otra comparecen como ofreciéndose, como diciendo: 'yo no fui suficientemente aprovechado en esa historia. Aquí estoy. Corrige tu error. Aprovéchame de nuevo. Saca todas las posibilidades que hay en mí (…)”.

De hecho, al principio iba a ser una sola historia, la del empresario extorsionado, pero, al empezar a trabajar en ella, le surgió la idea de enriquecerla, complementarla con una especie de contraste anecdótico entre dos personajes, dos familias, dos mundos, dos ciudades, dos sectores sociales… Y así es como aparecen don Rigoberto, doña Lucrecia y el hijo de él, Fonchito, una familia que ya ha protagonizado otras de sus historias. No es de extrañar, pues, el epígrafe que Vargas Llosa ha escogido de El hilo de la fábula, de Borges: "Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo". Y, aunque la puntada final llega, uno tiene la sensación de que el autor podría seguir relatando y cosiendo durante infinidad de páginas.

Aunque no es la obra por la que pasará a la posteridad, ni la que más recomendarán sus incondicionales, sí es una buena muestra del gran poder narrativo de Vargas Llosa. En este sentido, hay que volver a subrayar la riqueza de un vocabulario que nos traslada hasta Perú (guayabera, colerón, cremolada, cachaco, yanacón, tamalito, chicherías…); el juego que plantea al lector con esas dos historias paralelas (la de Yanaqué y la de Carrera/don Rigoberto), que no parece que vayan a converger nunca; y esas dificultosas yuxtaposiciones que nos trasladan de una conversación a otra, con saltos de tiempo incluido, y que tanto y tan bien ensayó en Conversación en La Catedral.

Al margen de la prosa, no faltará quien aprecie el cariño que el escritor muestra por sus personajes. Los dota de la sabiduría que da la edad, pero también de una libertad que les cuesta caro y una integridad que mueve todas sus acciones. “Nunca dejó que nadie lo pisoteara. Era, según él, lo que hacía que un hombre valiera algo o fuera un trapo. Ése había sido el consejo que le dio antes de morir en una cama sin colchón del Hospital Obrero: Nunca te dejes pisotear, hijito”. Un consejo que Felícito Yanaqué y muchos de los personajes parecen seguir.


jueves, 23 de agosto de 2012

Una sociedad enferma




A propósito de ‘Todo esto para qué’, de Lionel Shriver


Todos aquellos que asocian Estados Unidos con la tierra prometida deberían echar un vistazo a la última novela de Lionel Shriver. Aunque muchos de sus personajes están enfermos, con el paso de los capítulos, el lector empieza a pensar que lo que la autora intenta transmitir es que el que está realmente enfermo es el sistema, con niños de primaria “drogados hasta las cejas”; con buenos contribuyentes que, llegado el momento de pasar por un hospital, contemplan cómo el gobierno no está dispuesto a pagar ni un solo medicamento; con una sociedad dividida entre “Gilis y Gorrones”, es decir, “entre gente que respeta las normas y gente que sencillamente viola las normas”…

La historia comienza con su protagonista haciendo la maleta. Cumpliendo con el sueño de su vida; Shep Knacker compra un billete sin retorno a la isla de Pemba, Tanzania, para él, su mujer y su hijo. En el mismo instante que le comunica a su esposa Glynis que al día siguiente se va con o sin ella, esta le dice que ahora no puede dejar su trabajo: “Me temo que necesitaré tu seguro médico”. A partir de ahí comienza una batalla contra el cáncer que le acaban de diagnosticar, un mesotelioma peritoneal que le va mermando la salud a la par que su cuenta corriente, como subraya irónicamente la autora, que comienza algunos capítulos anotando el saldo bancario de Shep, que pasa en poco menos de dos años de 731.000 dólares a 3.500 a raíz del tratamiento oncológico.

En su presentación en nuestro país, Shriver reconocía que no se trata de un librofácil de vender, porque la gente no quiere oír hablar, ni mucho menos leer, sobre enfermedades y muerte. No obstante, aquellos que consigan superar la barrera enseguida se encontrarán atrapados en una red de personajes trazados con maestría. Desde Shep -“adaptable, fácil de manipular y propenso a tomar el camino de la menor resistencia”-, que de la noche a la mañana tiene que aparcar su sueño para cuidar a su mujer; a Glynis, “dura, refractaria y de una radiante rebeldía”, que se enroca en la ironía y en la imposibilidad de afrontar el previsible desenlace para intentar seguir adelante.

Y junto a ellos un elenco de secundarios de lujo: el amigo vehemente, que parece “empollarse” el periódico para arremeter contra todos y todo; la hermana caradura, que va de intelectual, pero se aprovecha de la familia para sobrevivir; el hijo solitario, encerrado siempre en su habitación; o la amiga enferma de nacimiento, que amenaza continuamente con dejar este mundo.

Como ya demostrara en la despiadada e inolvidable Tenemos que hablar de Kevin o en la original El mundo después del cumpleaños, Shriver es una narradora creativa e imaginativa, pero sin que tales dotes le impidan valerse de la realidad cotidiana para crear novelas muy bien armadas y nada complacientes. Todo esto para qué bien podría definirse como un tratado sobre la condición humana ante la enfermedad y el cambio de rumbo que supone para una familia el diagnóstico a uno de sus miembros de un cáncer raro y fulminante. Sin embargo, es más que eso y en ocasiones se nos presenta como una llamada de atención, un grito de indignación (audible desde el propio título) que clama que otro mundo es posible. 

El cuerpo y la enfermedad de Glynis se convierten en una metáfora de la podredumbre que mima a la sociedad que le rodea. Y es que la autora apuesta por subrayar las conductas egoístas de los personajes, las nada idílicas relaciones familiares o la ineptitud social ante determinadas situaciones para acentuar la impostura del día a día, al mismo tiempo que remarca la farsa en la que vivimos, en la misma línea que Libertad, de Jonathan Frazen: “la patraña del patriotismo”, “la democracia es una broma”, “toda esa comedia de la superpotencia”, se puede leer en distintas páginas de la novela de Shriver...

En definitiva, muchos y peliagudos palos toca esta reveladora exploración sobre la conducta humana y el largo camino que nos queda para ser mejores. Difícil que deje indiferente a quien se anime a leer un relato tan ambicioso.

Todo esto para qué
Lionel Shriver
Anagrama 2012
560 páginas
24,90 euros (papel) 

sábado, 4 de febrero de 2012

Crítica a Libertad, de Jonathan Franzen



Más de un año después de su publicación en Estados Unidos llega a las librerías españolas Libertad. Durante ese tiempo, los comentarios, reportajes y críticas que han llegado del otro lado del Atlántico sobre la cuarta novela de Jonathan Franzen han sido tan elogiosos (“la primera gran novela norteamericana del S. XXI”) que resulta difícil no hacerse con un ejemplar. Una decisión de la que la gran mayoría no se arrepentirá.

Su argumento gira alrededor del matrimonio formado por Walter y Patty Berglund, “progresistas hiperculpabilizados” que de la noche a la mañana pasan de ser la familia perfecta a los vecinos que todo el mundo evita. Y aunque el texto comienza justo en el momento que esta relación parece resquebrajarse, a raíz de la decisión de su hijo Joey de irse a vivir con la hija de los vecinos, Franzen construye un puzzle temporal que nos traslada hacia el pasado y futuro de la pareja, recorriendo distintas etapas de sus vidas, de las de sus allegados (fundamentalmente de la del propio Joey  y de Richard Katz, el mejor amigo de Walter y líder del grupo musical Traumatics) y, por ende, de parte de la reciente historia de EEUU.

El mayor logro de Franzen es esa combinación perfecta entre novela de personajes, con los que a buen seguro muchos lectores se identificarán, y de época, teniendo muy presente la rivalidad entre demócratas y republicanos con los gobiernos de Bush, Clinton y Obama como telón de fondo.

Además, Franzen es un autor que no concibe la literatura sin ciertas dosis de autocrítica, de modo que este libro también invita a reflexionar sobre temas como los desmanes de la Administración y las empresas americanas en Irak, la presión demográfica, la eliminación de los ecosistemas o incluso sobre esa genérica libertad que da título al libro y que muchos no saben utilizar (“lo único que nadie te puede quitar es la libertad de joderte la vida como te dé la gana”). 

Franzen no pontifica, sino que son sus personajes, sólidamente construidos, los que se cuestionan el modo de vida actual o de otros que, por el contrario, saben aprovecharse de las circunstancias. Personajes, en fin, de carne y hueso, que aman, odian, temen, traicionan y se traicionan, se enriquecen a costa de los demás e intentan dar la voz de alarma sobre el negro porvenir que nos acecha. 



Detrás de tales protagonistas hay un narrador excepcional que les conoce y sabe sacar provecho de ello, por ejemplo a través de descripciones jocosas y originales que siembran de ironía todo el relato. Así, mientras Patty es descrita como “una alegre portadora de polen sociocultural, una abeja afable”, Walter llega a ser caricaturizado como “Don Buen Tío Sobrehumano de Minnesota y Bicho Raro Moralista Amante de la Naturaleza”). Para darle más variedad al relato, Franzen no se limita a darles voz mediante la tercera persona clásica, sino que incluye varios pasajes de la autobiografía que Patty escribe a sugerencia de su psicoterapeuta o una entrevista de un admirador a Richard que no tiene desperdicio.  

El autor no duda en declararse deudor de la novela clásica (en Libertad hay incluso un pequeño homenaje a Guerra y Paz, de Tolstoi), sin olvidarse nunca de que su mayor triunfo será entretener al lector. Y doy fe que lo consigue con un texto difícil y ambicioso en cuanto al desarrollo de trama y subtramas, de la caracterización de los personajes y del periodo abarcado, pero que en todo momento resulta fácil de leer, ameno y divertido. 

Quizás a algunos les disguste un final que puede resultar algo “blandito” o a otros les molesten ciertos personajes y situaciones estereotipadas, pero seguro que se han dejado entretener por un mago que embelesa con una historia personal, de un matrimonio de clase media como tantos otros, que trasciende y llega a contagiar sus alegrías y sus miedos, acompañándonos más allá de las páginas del libro. 


Libertad
Jonathan Franzen
Editorial Salamandra
672 páginas
25 euros en papel/