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domingo, 20 de octubre de 2013

Isaac Rosa escribe desde el epicentro de la crisis



Poco a poco, la crisis se va convirtiendo en materia literaria en España. No podía ser de otro modo. Al fin y al cabo, entiendo que los novelistas y la gente de la cultura en general tienen hermanos y primos en el paro y están sufriendo como otros muchos la caída de las ventas, el recorte de ayudas y –palabra maldita- de las subvenciones. En los últimos años, Rafael Chibes (En la orilla), Pablo Gutiérrez (Democracia) o Benjamín Prado (Ajuste de cuentas) han escrito historias desde el epicentro del colapso económico. También pienso en la reflexión que hacía Muñoz Molina en Todo lo que era sólido, donde se preguntaba qué hacíamos y pensábamos en los años felices del dinero a mares, cuando el colapso parecía tan improbable, pero ya se estaba cocinando.  

Otro de los que están interesados en dar cuenta del desánimo y la devastación moral que ha traído un lustro de paro por las nubes y un empobrecimiento progresivo es Isaac Rosa, que acaba de sacar La habitación oscura. El libro de Rosa se articula en torno a una metáfora, la de la habitación oscura, en un principio un lugar de libertad, sexo y experimentación juvenil para los protagonistas, y que más tarde se convierte para esos mismos personajes en un refugio ante el deterioro económico, emocional y moral que trae la crisis. 

Rosa vuelve a recurrir a un espacio escénico inaudito, pero verosímil dentro de la novela, para poner a sus personajes a prueba y suscitar interrogantes en el lector. El artificio no es nuevo. En La mano invisible, unos hombres corrientes (un albañil, un carnicero, un mecánico, un mozo de almacén…) se mostraban trabajando en una nave abandonada abierta al público por no se sabe quién para dejar en el aire cuestiones sobre la dignidad en el trabajo y la alienación que traen consigo muchas tareas. 

En La habitación oscura volvemos a encontrarnos con una novela coral donde los personajes, que transitan por espacio y tiempo indefinidos, no llegan a ser perfilados del todo. Parece que a Rosa le interesa menos buscar la empatía que provoca el naufragio personal rigurosamente contado, y más dar cuenta del hundimiento colectivo de una generación de jóvenes que creyó que los años de las vacas gordas, de las cuentas corrientes siempre al alza, de las hipotecas millonarias, de los viajes de placer a todo trapo, de los hoteles con encanto y de los restaurantes de diseño, iban a durar siempre.

Solo al final, Rosa busca una salida más convencional dando protagonismo a Silvia, la mayor del grupo, quien, con su activismo temerario, deja en evidencia el conformismo de los demás. Como en otros libros suyos, en La habitación oscura vuelve a crear una atmósfera opresiva, donde a la caída social y laboral de los protagonistas se une una letanía de autorreproches, por lo que pudo haber sido y no fue. Como nos dicen en la solapa del libro, de las historias que cuenta Rosa nunca sales indemne. En la memoria todavía tengo al Carlos que protagoniza El país del miedo, el pusilánime padre de familia que vive atemorizado por el adolescente violento que acosa a su hijo en el colegio.

Esta novela está excelentemente escrita. Todo suena verdadero, a pesar del artificio teatral de la habitación oscura y su permanencia en el tiempo. Además, Isaac Rosa se documenta bien. Yo, que soy periodista informático, encuentro intachable la peripecia de las páginas finales que protagonizan Jesús y Silvia, que quieren denunciar la crisis publicando imágenes íntimas de altos directivos captadas con un software de control instalado en sus ordenadores.

En lo formal, Isaac Rosa sigue evitando las formas convencionales de la narrativa y apuesta por el extrañamiento como vía para el conocimiento. Es la línea que mantiene desde El vano ayer, una novela -la que más me ha gustado de las suyas hasta el momento- que publicó en 2005 y donde ponía a disposición del lector materiales como recortes de periódicos, reseñas o entrevistas, los mismos que a él, como autor, le valieron para construir la trama de intrigas políticas tardofranquistas y delaciones que eran la espina dorsal del libro. Con El vano ayer, el lector entraba sin quererlo en la trastienda del escritor y de su investigación: el work-in-progress de los anglosajones.



lunes, 30 de septiembre de 2013

La Maleta de Portbou, una nueva revista



Sorprende ver cómo algunos tiran hacia adelante y ponen en marcha nuevos proyectos a pesar de la crisis de caballo por la que atraviesa el mundo del libro y la edición cultural. Es el caso de Josep Ramoneda, encargado durante más de una década del  Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona y colaborador habitual de El País o la Cadena Ser, que en estas semanas presentaba el número 1 de la revista La maleta de Portbou, que él dirige y que cuenta con el apoyo de Galaxia Gutenberg y su director Joan Tarrida, así como de los exquisitos libreros de La Central.

Tras el sugerente anacronismo de la cabecera –que es un homenaje al Walter Benjamin que se suicidó en 1940 en la frontera hispanofrancesa cuando huía de la persecución nazi- tenemos una revista que quiere, según su fundador, tomar distancia de la actualidad y los enfoques que le dan los medios de comunicación, pero sin obviar las fracturas económicas y sociales que está abriendo la crisis.

Los grandes gurús del mundo de hoy son los economistas. Los técnicos de la economía o las finanzas aparecen en todas las tribunas dispuestos a responder las desesperadas preguntas que nos hacemos todos por lo que nos está pasando desde hace un lustro. Los economistas se han convertido en los nuevos guías espirituales de un mundo al borde del colapso.

Sin embargo, como decía hace unos días el catedrático de economía Antón Costas en la presentación de la revista en Madrid, la voz de los economistas no es suficiente y su andamiaje técnico se queda corto para explicar lo que nos está pasando. Con la pretensión de corregir esta carencia y contraponer a la razón económica las aportaciones que pueden llegar desde la filosofía, la sociología, la ciencia política o el arte, aparece La Maleta de Portbou.

Todo hace pensar, por el corte ideológico de su director, que la línea de La Maleta de Portbou será muy socialdemócrata. Ya en su lanzamiento lleva una entrevista al exprimer ministro socialista francés  Michel Rocard que parece ser una declaración de intenciones. También hay un artículo sobre Schumpeter firmado por Joaquín Estefanía. Pero la fusión de humanidades y economía que propone La Maleta de Portbou también la emparenta con el liberalismo fundacional de Adam Smith, que consideraba que un país no podía salir adelante sin comercio, pero tampoco sin buenas instituciones y sin sólidas convicciones morales.

La Maleta de Portbou se presenta como un espacio para el debate reposado y como un antídoto al guirigay ideológico de los medios tradicionales y al ruido eterno de las redes sociales y los medios online. Por el momento, la revista y sus impulsores desdeñan la Red y su presencia online es meramente testimonial. Creo que en este punto no deberían mostrarse muy intransigentes.

Una publicación que busca influir y ofrecer “una guía para moverse entre tanta cantidad de información” debería tener más presencia en la plaza electrónica. Una revista como esta no debería estar dirigida únicamente a los especialistas del mundo académico o a los viejos acólitos y simpatizantes de la cuestionada socialdemocracia española.

En el primer número hay un artículo de Marina Garcés sobre nuevas formas de politización que es un claro guiño al 15-M, y otro un tanto críptico de Judith Batler (Universidad de California) que se inicia con una sugerente pregunta: ¿Cuál es este “nosotros” que se reúne en la calle y se afirma a veces por la palabra y por la acción? Ahí, en ese espacio indefinido e incierto, pero superador de la socialdemocracia y la izquierda institucional, deben situar Ramoneda y su equipo los debates de la nueva revista si realmente quieren contribuir a un debate actual y evidenciar las fracturas de la crisis.



martes, 3 de septiembre de 2013

Las consolaciones de la filosofía, de Alain de Botton



Durante el bachillerato, la mayoría de estudiantes en España acaba cogiéndole tirria a la filosofía. Las prisas y la necesidad de ver en unos pocos meses a todos los autores que van a salir en la selectividad hacen que el acercamiento sea memorístico, esquemático y descontextualizado. 

La teoría de las ideas de Platón, el racionalismo de Descartes, la ontología kantiana, la reinvención de la moral en Nietzsche o la metafísica del Tractatus de Wittgenstein son asimilados por los chavales de forma mecánica e indiscutida tras la lectura repetida de unos apuntes cargados de frases telegráficas, diagramas y flechas. 

Los folios que releen hasta la saciedad los estudiantes en las atestadas bibliotecas de septiembre me recuerdan esos pizarrines con esquemas de juego que despliegan los entrenadores de baloncesto en los tiempos muertos. 

En campos como los de la filosofía o la literatura, tan dúctiles y llenos de matices, y tan abiertos a nuevas interpretaciones (¿quién puede decir la última palabra o reducir a cuatro ideas La Ética Nicomaquea o El crepúsculo de los ídolos?), los chicos y los docentes economizan esfuerzos y abordan los textos amparándose en certidumbres y fórmulas más propias de la física o la ingeniería de caminos.

Estudiar filosofía así, a base de esquemas reductores y largas listas de epígrafes con “lo más importante” de cada autor que luego son repetidas en el examen, da lugar a un conocimiento muy parcial y fragmentado, cuando no a una confusión monumental. Esta forma de proceder, síntoma de males mayores que afligen a la educación en España, hace que la mayoría acabe detestando los libros de pensamiento, quizá porque nunca los entendieron y disfrutaron.



Precisamente, Las consolaciones de la filosofía, de Alain de Botton (un libro que tiene ya unos años y que Taurus vuelve ahora a editar), podría devolver el gusto por los asuntos de la filosofía a aquellos que quedaron irremediablemente confundidos y decepcionados en el bachillerato y que se prometieron que nunca más iban a saber de Tomás de Aquino, Locke o Wittgenstein. El libro de De Botton, un escritor estrella especializado en detectar los males del alma contemporánea, sintetiza ideas complejas y hace un acercamiento ameno y perspicaz a media docena de autores que, como se nos dice en la misma solapa del libro, nos pueden ayudar “a vivir mejor”. Estamos pues ante un manual de autoayuda, aunque, eso sí, escrito con gracia, talento y bagaje intelectual.
 
De Botton se acerca a textos, ideas y episodios biográficos de Sócrates, Epicuro, Séneca, Nietzsche, Montaigne, Schopenhauer, pero sin ánimo de hacer un repaso exhaustivo, y sí con la voluntad de interrogarles desde el presente y extraer lecciones de sus obras que nos ayuden a enfrentarnos a problemas que fueron formulados hace siglos, sí, pero que, por más que nos pese, siguen siendo contemporáneos.

El volumen está estructurado en seis capítulos y en cada uno de ellos De Botton llama la atención sobre una virtud. Así, Sócrates, condenado a muerte por no reconocer a los dioses atenienses y corromper a la juventud, es ejemplo de aquel que vive hasta las últimas consecuencias conforme a sus convicciones y dedica sus esfuerzos a la búsqueda de la verdad, independientemente de la opinión de la mayoría. [De Sócrates me acordé hace poco viendo la película sobre Hannah Arendt, por el coraje intelectual que muestra la pensadora de origen judío cuando aborda el juicio en Jerusalén al dirigente nazi Adolf Eichmann a principios de los sesenta].

A Epicuro recurre De Bottom para recordarnos que la felicidad no es cuestión de dinero, sino de un profundo ejercicio de autoconocimiento. De Séneca recupera el triste episodio de su suicidio, motivado por su supuesta participación en un complot para derrocar al emperador Nerón, protegido suyo en otra época. El pensador romano concibe la filosofía como una vía para superar las frustraciones y reconciliarse con el mundo a pesar de las adversidades.

Las reflexiones de Michel de Montaigne, un autor que curiosamente no entra en los planes de estudio de secundaria, son un buen ejemplo de la lucha contra la ineptitud del prejuicioso y del que ensalza la razón por encima de todas las cosas. Y es que Montaigne, siglos antes de que el Holocausto dejara un mar de dudas sobre el proyecto ilustrado, ya puso en entredicho la gran ilusión moderna de que la racionalidad y la educación, por el solo hecho de hacernos más cultos, nos hará más felices o sensatos.

De Schopenhauer y sus devaneos sentimentales deberíamos aprender que el rechazo amoroso no debe suponer un trauma, pues la negativa de la otra persona está más fundamentada en una corriente inconsciente emanada de la voluntad de vivir y asegurar la reproducción, y no tanto en el hecho de que nuestro carácter o aspecto sea un repelente. Las uniones fracasan, según el autor de El  mundo como voluntad y representación, porque no son aptas para engendrar al hijo ideal. Un consejo útil para los que sufren con las aventuras amorosas. El rechazo sentimental, que consideramos único e intransferible, es parte de un proceso universal tendente a perpetuar la especie.

Por último, en las estancias de Nietzsche en el pueblo alpino de Sils-Maria, a casi 2.000 metros de altura y donde el filósofo se daba auténticas palizas subiendo cumbres imposibles, De Bottom localiza el germen de esa idea, también formulada en Montaigne, de que el arte de vivir radica en sacar provecho de las adversidades, y que la sabiduría se alcanza cuando respondemos a las mimas. Adiós, por tanto, a los espíritus remilgados (y beodos). 





lunes, 15 de abril de 2013

El Chirbes más devastador



A propósito de En la orilla, de Rafael Chirbes


Rafael Chirbes ha vuelto a escribir un relato social e íntimo al mismo tiempo de la España de hoy, la de la crisis, como ya hiciera hace un lustro en la celebrada Crematorio. En la orilla es un libro devastador donde los paisajes interiores de la derrota tienen su correlato en esa ciénaga a la que acude el protagonista, Esteban, un carpintero de toda la vida metido a promotor inmobiliario en la costa levantina. Es un pantano que quedó al margen de la especulación y que es escenario, paradójicamente, de los momentos más felices en la vida del protagonista.

Como en Crematorio, Chirbes da cuenta del hundimiento social y personal de esa España  donde muchos que se creyeron ricos ahora no tienen ni para comprar el brik de leche de los chicos. En la orilla está construida a base de monólogos absorbentes donde salen a relucir las obsesiones, frustraciones y cuentas pendientes de Esteban y sus compañeros de reparto: de Francisco, su amigo de la juventud, agraciado con el éxito profesional y que, de paso, se llevó al gran amor de Esteban, Leonor; de Pedrós, el promotor que le convence para meter todos los ahorros en unas promociones justo cuando el globo está a punto de estallar; de su padre, un republicano huraño que pasó toda su vida pensando que otra España era posible; de Liliana, la sensual cuidadora sudamericana hostigada por un marido alcohólico y putero y a la que Esteban no puede evitar consolar…

A través de la voz interior de estos personajes, Chirbes, capaz de desdoblarse una y mil veces, hace un exhaustivo recuento de la España del despilfarro, de ese espejismo de país que todos (o casi todos) nos creímos. Era la España de los nuevos ricos que un día sí y otro también comían en restaurantes con estrellas Michelín, que cerraban sus oscuros negocios y pelotazos al calor de un caro whisky escocés, después de haber dado cuenta de una paella de excelente marisco, o que acababan la fiesta en un club con una joven ucraniana entre las piernas.

Como siempre en Chirbes, la ruina material va acompañada de la derrota sentimental y moral. Padres e hijos que nunca se entendieron, amigos que se traicionaron por el amor de una mujer, sueños de juventud que la necesidad o la codicia dejó aparcados para siempre…  Chirbes, en el que es quizá su libro más duro, ha acabado haciendo un relato laico de la bajada a los infiernos. 

Un apunte final. Se ha dicho que En la orilla es la gran novela de la crisis. Puede ser verdad, pero creo que todavía está por escribirse la gran crónica del marasmo, un libro total en el que los protagonistas de verdad -pienso en los Rato o en los Zapatero de turno, en los gestores de las cajas y de las comunidades autónomas que actuaron en connivencia, en los promotores despiadados e hiperactivos, con Bañuelos a la cabeza, en los bancos internacionales que alimentaron la espiral de crédito…- también sean los héroes caídos de la ficción. Creo que hace falta una crónica de la crisis económica (y social y moral) en la línea que Javier Cercas exploró en Anatomía de un instante, donde la ingente información existente sobre los protagonistas de la transición y del golpe de estado del 23-F hizo innecesarios muchos kilos de fabulación. 


jueves, 23 de agosto de 2012

Una sociedad enferma




A propósito de ‘Todo esto para qué’, de Lionel Shriver


Todos aquellos que asocian Estados Unidos con la tierra prometida deberían echar un vistazo a la última novela de Lionel Shriver. Aunque muchos de sus personajes están enfermos, con el paso de los capítulos, el lector empieza a pensar que lo que la autora intenta transmitir es que el que está realmente enfermo es el sistema, con niños de primaria “drogados hasta las cejas”; con buenos contribuyentes que, llegado el momento de pasar por un hospital, contemplan cómo el gobierno no está dispuesto a pagar ni un solo medicamento; con una sociedad dividida entre “Gilis y Gorrones”, es decir, “entre gente que respeta las normas y gente que sencillamente viola las normas”…

La historia comienza con su protagonista haciendo la maleta. Cumpliendo con el sueño de su vida; Shep Knacker compra un billete sin retorno a la isla de Pemba, Tanzania, para él, su mujer y su hijo. En el mismo instante que le comunica a su esposa Glynis que al día siguiente se va con o sin ella, esta le dice que ahora no puede dejar su trabajo: “Me temo que necesitaré tu seguro médico”. A partir de ahí comienza una batalla contra el cáncer que le acaban de diagnosticar, un mesotelioma peritoneal que le va mermando la salud a la par que su cuenta corriente, como subraya irónicamente la autora, que comienza algunos capítulos anotando el saldo bancario de Shep, que pasa en poco menos de dos años de 731.000 dólares a 3.500 a raíz del tratamiento oncológico.

En su presentación en nuestro país, Shriver reconocía que no se trata de un librofácil de vender, porque la gente no quiere oír hablar, ni mucho menos leer, sobre enfermedades y muerte. No obstante, aquellos que consigan superar la barrera enseguida se encontrarán atrapados en una red de personajes trazados con maestría. Desde Shep -“adaptable, fácil de manipular y propenso a tomar el camino de la menor resistencia”-, que de la noche a la mañana tiene que aparcar su sueño para cuidar a su mujer; a Glynis, “dura, refractaria y de una radiante rebeldía”, que se enroca en la ironía y en la imposibilidad de afrontar el previsible desenlace para intentar seguir adelante.

Y junto a ellos un elenco de secundarios de lujo: el amigo vehemente, que parece “empollarse” el periódico para arremeter contra todos y todo; la hermana caradura, que va de intelectual, pero se aprovecha de la familia para sobrevivir; el hijo solitario, encerrado siempre en su habitación; o la amiga enferma de nacimiento, que amenaza continuamente con dejar este mundo.

Como ya demostrara en la despiadada e inolvidable Tenemos que hablar de Kevin o en la original El mundo después del cumpleaños, Shriver es una narradora creativa e imaginativa, pero sin que tales dotes le impidan valerse de la realidad cotidiana para crear novelas muy bien armadas y nada complacientes. Todo esto para qué bien podría definirse como un tratado sobre la condición humana ante la enfermedad y el cambio de rumbo que supone para una familia el diagnóstico a uno de sus miembros de un cáncer raro y fulminante. Sin embargo, es más que eso y en ocasiones se nos presenta como una llamada de atención, un grito de indignación (audible desde el propio título) que clama que otro mundo es posible. 

El cuerpo y la enfermedad de Glynis se convierten en una metáfora de la podredumbre que mima a la sociedad que le rodea. Y es que la autora apuesta por subrayar las conductas egoístas de los personajes, las nada idílicas relaciones familiares o la ineptitud social ante determinadas situaciones para acentuar la impostura del día a día, al mismo tiempo que remarca la farsa en la que vivimos, en la misma línea que Libertad, de Jonathan Frazen: “la patraña del patriotismo”, “la democracia es una broma”, “toda esa comedia de la superpotencia”, se puede leer en distintas páginas de la novela de Shriver...

En definitiva, muchos y peliagudos palos toca esta reveladora exploración sobre la conducta humana y el largo camino que nos queda para ser mejores. Difícil que deje indiferente a quien se anime a leer un relato tan ambicioso.

Todo esto para qué
Lionel Shriver
Anagrama 2012
560 páginas
24,90 euros (papel) 

jueves, 26 de julio de 2012

La religión necesaria




A propósito de Religión para ateos, de Alain de Botton

En un país tan vehemente como España, hablar de religión (o de política) de forma serena es poco menos que imposible. A la que algunos te oyen decir que buscas un sentido trascendente a la existencia, no tardan ni un segundo en darse la vuelta o bostezar. Otros, sin embargo, van más allá y te tachan de retrógrado, fascista o mojigato.

Un mínimo común denominador de casi todas las familias de la izquierda local es su marcado anticlericalismo. No cabe duda de que las tropelías cometidas por la Iglesia Católica durante tantos siglos, o la connivencia que esa institución mostró con sátrapas y generales, están detrás del resquemor que todo lo religioso despierta en este país. Aunque, al decir verdad, ya va siendo hora de superar el atavismo, sobre todo por lo que nos jugamos.

Alain de Botton es un escritor -a medio camino entre el showman, el divulgador, el periodista y el ensayista (cóctel difícil de asimilar por estos pagos)- que toca muchos temas, pero que casi siempre acaba interesándome. Me leí de un tirón hace poco Miserias y esplendores del trabajo, donde ponía nombre y apellidos a las personas que están detrás de los procesos productivos que hacen posible la sociedad de consumo. Y he vuelto a caer con Religión para ateos, donde De Botton intenta convencernos de que hay muchos aspectos de la religión -en el catolicismo, pero también en el judaísmo o el budismo- que nos harían mejor como individuos y como sociedad. Son enseñanzas, ritos o costumbres, nos viene a decir, que no conviene olvidar porque sospechemos que Dios no existe, porque no encajen en nuestros esquemas ideas como las de una vida en el más allá o porque nos rechinen los elementos metafóricos y sobrenaturales que salpican la Biblia.  

El autor de Las consolaciones de la filosofía (2006) está convencido de que necesitamos recuperar el aliento moral y social que durante tantos siglos han aportado las religiones. La muerte de Dios certificada por Nietzsche y la autonomía moral que nos regaló la modernidad, ese convencimiento de que tenemos derecho a vivir como nos venga en gana, tienen sus contraindicaciones. De Botton, como tantos críticos de la Ilustración y algunos desencantados posmodernos, está convencido de que nos ahogamos en esa libertad que de forma tan dolorosa conquistaron nuestros abuelos. Hasta un filósofo tan poco sospechoso como Habermas ha alertado de los peligros que comporta la progresiva secularización de la sociedad.

“El peligro de una sociedad sin Dios es que no tiene a nadie que le recuerde lo trascendente, y por consiguiente, no nos prepara ni para la decepción ni para nuestra venidera aniquilación”, asegura De Botton, que nos anima a aprovechar ese sedimento social y ético tan trabajosamente acumulado por las religiones y que se cuela por cualquier rendija de la existencia.

El ideal romántico del creador original a toda hora (pero también sospechosamente egocéntrico) no vale como promotor de ideas morales precisamente por lo aislado de su intento. Después de miles de años de existencia, las religiones, a pesar de sus imperfecciones, siguen siendo hoy el mayor difusor de la moral y las buenas costumbres. En parte lo han conseguido por la homogeneidad de su mensaje. Justo como McDonalds sirve las mismas hamburguesas en todo el mundo, con ese punto característico de cocción de la carne y esa cantidad milimétrica de tomate y mayonesa, el clero se las ha ingeniado para dar un mensaje similar y muy asequible en cualquier parte de la ecúmene.

En una sociedad que se desmiembra y pierde el sentido de comunidad por fuerzas centrífugas poderosas como el capitalismo, el consumismo o la capacidad técnica, hoy es más necesario que nunca, a juicio del autor, mirar a la religión para recuperar el norte. El hombre es un ser que zozobra, que está confuso y que tiende al aniquilamiento. Las religiones rápidamente fueron conscientes de estas debilidades y armaron códigos de conducta y rituales de expiación.

De Botton se fija, por ejemplo, en el ritual de la misa dominical, que estrecha lazos, aplaca nuestro ego y mantiene la terapia de la confesión, pero también en ese arte religioso muchas veces excelso, pero siempre didáctico y asequible, que nos recuerda a cada paso nuestra pequeñez y las virtudes capitales. Hasta los calendarios y santorales valen para dar uniformidad a una vida que, de otra manera, caería en el abandono.

El autor propone incluso llevar los pensamientos de Montaigne o de Séneca al formato rítmico del espiritual dominical. Solo con estribillo y con una música pegadiza interiorizaremos tanta sabiduría. Cuesta aceptarlo, pero es una realidad que ni las más grandes novelas, ni los más excelsos dramas de Shakespeare nos harán mejores si su moraleja no se acompaña con el ritual machacón. Todo lo más, nos harán pasar un buen rato o nos convertirán en unos sesudos consumidores de productos culturales. Por eso al cristianismo nunca le importó sobrecargar al arte que patrocinaba de una fecunda labor docente y terapéutica.

“Las religiones dan equilibrio, consistencia y fuerza (orientada hacia el exterior) a lo que de otro modo siempre serían momentos íntimos, azarosos y de escasa importancia. Sustancian nuestras dimensiones internas, precisamente esas partes de nosotros que el romanticismo prefiere no reglar por miedo a coartar nuestros momentos de autenticidad”, nos dice De Botton ya al final del volumen.

Sospecho que el libro de De Botton irritará al ateo y al agnóstico convencidos porque apuesta por la omnipresencia de la religión en la esfera pública, aunque desprovista de sus presupuestos más dogmáticos. Pero también por esto último decepcionará al creyente, que verá en este reportaje bien documentado y entretenido de Alain de Botton un intento de fundar una religión “a la carta” y descafeinada.

No despertará simpatías en el católico practicante la deuda que confiesa De Botton con el sociólogo francés Compte, que a finales del siglo XIX puso las bases teóricas de la iglesia de la Religión de la Humanidad, un proyecto que nunca llegó a ser realidad, pero que tenía la misión de sustituir al clero tradicional francés por un ejército de sacerdotes laicos y que proponía que santos seculares como Descartes o Shakespeare tomaran el lugar de la iconografía cristiana de siempre.

En todo caso, y a pesar de los posibles reproches que se le puedan hacer al libro, creo que el punto de vista de De Botton es interesante y audaz, y debería ser leído en un país donde las discusiones sobre el papel de la iglesia casi siempre acabaron a machetazos, y todavía, en el civilizado siglo XXI, se siguen solventando a gritos.

Religión para ateos, de Alain de Botton, ha sido publicado por RBA y está a la venta a 19 euros


sábado, 16 de junio de 2012

Verano y amor, de William Trevor





William Trevor no es precisamente un chaval. Sin embargo, la
creatividad no es una prerrogativa juvenil, como demuestra el hecho de
que a sus ochenta y un años (hace ya tres) y con todo dicho (es autor
de una amplia obra, de gran calidad literaria, que incluye relatos
cortos, obras de teatro, novelas, ensayos y hasta libros infantiles),
este tímido abuelito de origen irlandés residente en Inglaterra,
reacio a las entrevistas y tan aficionado a la jardinería como
cualquier otro ciudadano británico que se precie, todavía fuera capaz
de escribir una historia tan exquisita como Verano y amor.

El estilo depurado de William Trevor, basado en hacer desaparecer todo
lo superfluo a base de revisar, cortar, afinar y rehacer una y otra
vez lo escrito, alcanza en Verano y amor una gran maestría. La
historia principal que se nos narra en la novela, el amor
imposible entre dos jóvenes (Ellie y Florian), ha sido contada una y
otra vez a lo largo de la historia de la Literatura y su escenario, la
Irlanda rural tradicional de la que procede William Trevor, con sus
restricciones morales, su vida sencilla y su apego a las costumbres,
parece, en principio, anodino y engañosamente exento de emociones. En
ese forzado contexto, el devenir de los acontecimientos es sutil y la
narración se desenvuelve morosamente en las primeras páginas.

Sin embargo, poco a poco, con delicada sensibilidad, mientras nos
describe de manera que resulta casi poética por su ausencia de
afectación, la vida cotidiana del pueblo de Rathmoye, Trevor gana
nuestro interés introduciéndonos en el destino entrecruzado de los
distintos protagonistas, que, sometidos al cruel escrutinio público en
un mundo cerrado de mentalidad provinciana, sufren interiormente por
sus secretos, sus culpas y sus remordimientos.

La clave de la historia se encuentra, precisamente, en la pesada carga
de las obligaciones, la moral y el pasado individual, que atan a Ellie
a Rathmoye tanto como empujan a Florian a huir y que condicionan al
resto de personajes, soberbios en su sencillez, en sus desoladoras o,
simplemente, vulgares vivencias.

Como afortunado poseedor de una genuina curiosidad por los
sentimientos de las mujeres, esa escasa virtud masculina (que, sin
embargo, derrochaba el abuelo de Amos Oz, según nos cuenta en una
Historia de amor y oscuridad), Trevor es especialmente brillante en la
construcción del personaje encarnado por Ellie, una mujer atrapada en
las consecuencias de su orfandad, que dirigen su vida. Sus quehaceres
cotidianos, su relación amorosa, la manera en que se integra en la
sociedad de Rathmoye… son descritos con el pulcro y afinado oficio del
autor enamorado de su creación.

Para que no falte nada, el desenlace final es sorprendente y, sin
embargo, coherente con los conflictos morales de los protagonistas,
que tanto importan a su autor, lo que concede a la novela una notable
sensación de solidez, de obra meditada y bien estructurada.

Verano y amor demuestra que el solipsismo no sólo no es estrictamente
necesario para la creación literaria sino que resulta más bien una
carga: el buen escritor precisa de una gran curiosidad por los
sentimientos ajenos, de una empatía inagotable y de una capacidad de
comprensión y de piedad infinitas por las debilidades y las pasiones
humanas, cualidades que William Trevor ha atesorado en su longeva existencia.


Verano y amor

William Trevor
218 páginas
15,90 euros en papel

domingo, 11 de septiembre de 2011

La tercera vía china



Muy oportunamente la editorial Siruela ha vuelto a editar este librito del poeta leonés Antonio Colinas, que es en realidad un cuaderno elaborado con las notas tomadas durante el viaje que en 2002 le llevó por varias universidades de Xi´an, Pekín y Shanghai. El pasado, el presente y el futuro de China. Y digo que la aparición de La simiente enterrada es oportuna porque propone una aproximación en clave cultural y espiritual a un país que, ahora más que nunca, está en boca de todos, pero que en realidad sigue siendo un perfecto desconocido para la mayoría. 


Y es que aunque se habla mucho del gigantismo económico que está adquiriendo, de su  prominente perfil geopolítico o de lo pernicioso que resulta su desarrollo para el equilibrio medioambiental del planeta, poco o nada se nos dice de la China más íntima, de esa corriente interior que es un punto de confluencia del taoísmo con el budismo y que (bien visto por Colinas) tantas cosas en común tiene con el misticismo cristiano.    


Aunque está esbozado al final del libro, el punto de partida elegido por el autor de Tratado de armonía es claro: en pleno proceso de transición de un maoísmo obsesionado por la organización del estado y por el culto a la ideología a un capitalismo depredador, ¿será la China de nuestros días capaz de desenterrar su sepultada y rica tradición taoísta? ¿Podrán encontrar los chinos una tercera vía “entre las lacras del pasado y la euforia desarrollista y consumista del presente”? ¿Hay un lugar para la espiritualidad y la poesía en un mundo que está transitando a toda prisa desde el materialismo extremo del comunismo al materialismo no menos radical del mercado? 


Colinas cree que aún es posible que las tornas cambien y confía en que la espiritualidad del continente asiático emerja y contagie a un mundo donde “hemos renunciado al rito, al símbolo, al respecto al cuerpo y al medio natural, al sentido sagrado de ambos, al misterio”. Para encontrar esos vestigios de una espiritualidad milenaria, Colinas emprende un viaje “sin informaciones previas ni guías de ningún tipo”, y, cuaderno de notas en mano, encuentra esas huellas en la pintura china tradicional, donde tan primorosamente queda reflejada la naturaleza en armonía; en los jardines, microcosmos que explican la totalidad; en la música de instrumentos ancestrales; en los templos dedicados a la meditación y el recogimiento; o en la existencia de movimientos tan denostados por las autoridades chinas como Falun Gong, una práctica con la que cultivan mente y cuerpo millones de ciudadanos de aquel país y que tiene como base un símbolo como el del Yin y Yang, capital en el taoísmo.  


Pero el viaje que propone Colinas no es solo geográfico, sino también interior. El Colinas de La simiente enterrada habla en una muy íntima primera persona, muchas veces en susurros. Con una escritura muy directa, nos lleva de paseo por la intrincada geografía de las grandes urbes chinas, da cuenta de encuentros con intelectuales y estudiantes e incluso evoca una experiencia religiosa propiciada por la compra de un viejo Buda en un mercadillo. Si el dialogo con profesores y estudiantes es interesante, no menos estimulante es el que provoca Colinas entre los textos fundacionales del pensamiento oriental, con el I Ching o Libro de las Mutaciones, una de las piedras angulares del confucianismo y muy admirado por el Hermann Hesse de El juego de los abalorios, a la cabeza, con la filosofía griega o el pensamiento de C. G. Jung.


En fin, el autor de Sepulcro en Tarquinia o Libro de la mansedumbre se va al otro extremo del mundo para hablarnos de cuestiones que le son muy cercanas y que, en muchos casos, están en el centro de sus preocupaciones morales y estéticas desde hace décadas. Ahí están otra vez lo religioso y lo trascendente como forma plena de existencia, la búsqueda de la armonía, la contemplación y el silencio como actitudes vitales legítimas, el enaltecimiento de la naturaleza y lo sensible frente a las propuestas más culturalistas y urbanas de otros compañeros de generación poética… Y todo ello sugerido con un lenguaje muy directo, desnudo, aunque no menos preciso y meditado. En fin, un libro muy recomendable para los seguidores del poeta, pero también para aquellos que pensamos que ahí arriba hay algo más.     


La simiente enterrada. Un viaje a China
Antonio Colinas
Editorial Siruela, 2008 (2ª edición)
Páginas: 234
Precio: 20 euros 

lunes, 29 de agosto de 2011

El espíritu de América




Tengo amigos que se consideran cultos y que, sorprendentemente, exhiben un antiamericanismo cocinado a base de lugares comunes y prejuicios ideológicos. Bien por pereza mental o bien por la inspiración de cierto pensamiento de una izquierda  paleolítica que fomenta esta visión superficial, estos amigos y conocidos míos siempre han encontrado en América el chivo expiatorio a todos los problemas de la Humanidad.


Según ellos, América es la representación más clara de la decadencia del hombre occidental. América se convierte, en la mente de mis amigos y de muchos españoles que piensan como ellos, en sinónimo de hamburguesas y obesidad, de armas y violencia callejera, de avaricia y consumo desenfrenado, de la cursilería de Hollywood y de un imperialismo que pone en jaque al mundo y que siempre se mueve siguiendo las consignas del temible lobby judío, de las multinacionales o de la industria del armamento.  


César García, que lleva unos años enseñando en una universidad de la costa oeste y que habla de un terreno que conoce bien, ha escrito un librito donde intenta ir más allá para darnos una visión diferente y más enriquecedora de los Estados Unidos. American psique nos habla de los valores (desconocidos o solo intuidos por los españoles) en los que se asienta la moral y la sociedad de aquel país, y que lo han convertido, por más que les pese a algunos, en un ejemplo de convivencia y desarrollo social y personal.


César García captura la atmósfera (de origen religioso y de fuerte componente moral) que los americanos respiran, ese clima, invisible para mucha gente e incluso para los propios americanos, que facilita la confianza en el prójimo, la amabilidad y el buen trato en las relaciones, el asociacionismo, el respeto a la ley, a las reglas del juego y a las opiniones de los demás, y un civismo que se manifiesta en un cuidado exquisito de lo compartido. Ese clima, en fin, difícil de percibir por lo omnipresente que está, que engrasa las relaciones sociales y mantiene el extraordinario dinamismo de los americanos y su incombustible optimismo antropológico. Y lo hace mientras nos habla del universo micro de la universidad en que trabaja, de los ambientes de trabajo en que se desenvuelven sus conocidos o de las actividades que se organizan en su vecindario.    


César García está convencido de que esos valores que conforman la psique americana, el alma de América, pueden ser una guía para una sociedad desnortada como la española. “La crisis económica no se resolverá con una serie de políticas macroeconómicas, sino con una serie de cambios sociales, lentos y difíciles, aunque no imposibles, que requieren un cuestionamiento de nuestra psique personal y colectiva”. El diagnóstico del autor es demoledor. España, en su opinión, es un país sanguíneo, cainita, envidioso, incívico, pesimista por naturaleza, poco comprometido con la ley y con la palabra dada, que desincentiva la iniciativa y el riesgo, esclerotizado por la burocracia y su falta de transparencia…


César García ha escrito un libro de cierto aliento religioso. Esa psique americana que ensalza  se asienta en la profunda vivencia religiosa de las comunidades protestantes, una forma de vida que en España muchas veces se parodia, pero que explica cómo el pueblo estadounidense ha sido capaz de crear sociedad civil más allá del Estado y ha podido sortear el descreimiento, el relativismo y el cinismo que preside la vida pública y privada en España y en Europa.


Hay que reconocerle a César García valentía porque, cuando habla de España, evita cualquier complacencia y hace una crítica muy directa, sin miramientos y sin el tamiz de la corrección política. Ciertamente, estamos necesitados de modelos. Sin embargo, recurre a una visión de América que soslaya muchos de los problemas que tiene sin resolver y que, por ejemplo, desoye todas las advertencias sobre la desintegración moral y social lanzadas por un teórico tan poco sospechoso como Daniel Bell hace nada menos que 40 años. 


El autor lo sabe y lo reconoce en el capítulo final del libro. Y es que ante todo García quiere provocar el debate y la reacción, aunque para ello tenga que dar una visión maniquea donde el supuesto “buenismo” americano siempre o casi siempre sale bien parado frente a la decadente sociedad española.

En American psique se nos dice que “los norteamericanos son probablemente el pueblo más generoso que existe en todo Occidente”, o que “donde el americano ve oportunidades, el español encuentra obstáculos, riesgos”, o que “el americano es, sin duda, el consumidor más desprejuiciado del mundo”, o que “Estados Unidos es el país más seductor” del planeta. Por el contrario, se asegura que, “en comparación con los americanos, los españoles somos una cultura gregaria, colectivista”; que “España es reino de la desconfianza y el cinismo”; y que “la sociedad española sería mucho más abierta y justa si se pareciera más a la norteamericana”.


Es una visión de blancos y negros insostenible si se la confronta con la siempre matizada realidad. Si uno ve la serie The Wire, estupenda y verosímil ficción que centra su atención en la América olvidada y excluida de los grandes suburbios, o lee parte de la última literatura que nos llega de aquel país, pensaría que César García está en la luna. Sin embargo, en las últimas líneas de su trabajo descubre el artificio: “Quizás nos hallemos en un punto de inflexión en la historia del excepcionalismo americano, es posible que los americanos ya no sean tan diferentes a nosotros como en el pasado y aún lo vayan a ser menos en el futuro. Por eso creo que hay que reivindicar la psique americana. Una y mil veces”.


Se pueden poner muchas objeciones a esta visión idílica y primigenia de los Estados Unidos, pero, en cualquier caso, el empeño es loable, toda vez que en juego está el futuro de España como sociedad. El trabajo de César García es todo un correctivo moral con cierto aire noventayochista, aunque esta vez el amigo americano está de nuestro lado.

   

American psique
César García
Madrid 2011
198 páginas
16 euros

martes, 16 de agosto de 2011

Periodistas en la encrucijada





Tengo amigos que trabajan 12 horas diarias en un periódico, pero que siguen siendo mileuristas con problemas para pagar la hipoteca, las facturas o la gasolina. Sé de bloggers que no cobran más de 50 céntimos por cada post (o información) que suben a la Red, lo que supone que el día debería tener 48 horas para poder vivir de lo que hacen. También conozco y he tratado con becarios que se eternizan en una redacción por 300 euros al mes, pero, eso sí, a cambio sacan tanto o más trabajo que un periodista en plantilla. El resultado de todo: profesionales acobardados, exprimidos, desmoralizados y, en algunos casos, alcoholizados, y redacciones con mal ambiente y donde reinan la estupefacción y el desánimo.

La conjunción de la crisis económica y el cambio de modelo impuesto por Internet, donde Google acapara gran parte de la inversión publicitaria y donde las  adhesiones en favor de los diarios tradicionales pierden vigor, dejan un panorama desolador en el mundo de los medios. En la máquina del café o en las ruedas de prensa, los periodistas, que sentimos como el suelo se resquebraja a nuestros pies, nos pasamos la mitad del tiempo intentando desentrañar el tiempo que vivimos y ver hacia dónde va la profesión y si vamos a seguir ganándonos la vida con ella.

Comparto el diagnóstico que lanza Ignacio Ramonet en las páginas iniciales de su último librito La explosión del periodismo, de los medios de masas a las masas de medios: “El periodismo tradicional literalmente se está desintegrando. Nunca ha conocido una edad de oro, ya ha atravesado otras crisis graves y sin duda sobrevivirá. Pero, por el momento, digamos que se encuentra en la misma situación que Gulliver a su llegada a la isla de los liliputienses, amarrado por miles de minúsculos cordeles”.

Ramonet hace recuento de víctimas. Cientos de periódicos cerrados, sobre todo en Estados Unidos, reducciones de plantilla generalizadas y, como consecuencia, un empobrecimiento del trabajo en las redacciones, donde cada vez hay que hacer más con menos y donde la inmediatez que impone Internet hace imposible en muchos casos un periodismo digno.

Por el momento no hay solución a la vista. La publicidad en Internet no da para comer a los profesionales de siempre y es el viejo papel el que soporta casi toda la estructura. Algunos (Murdoch ha sido pionero con The Daily o The Times) están intentado que sus lectores superen el “muro del pago”, pero por el momento los resultados son desalentadores. Quizá las tabletas, como el iPad, y los quioscos digitales, que ahora proliferan en España (Orbyt y Kiosco y Más), cambien las cosas, pero es pronto para decirlo. 

Esos minúsculos cordeles que atenazan al periodismo de siempre de los que habla Ramonet son el ejército de blogueros y aficionados que, con Internet, tienen la oportunidad de emular a los profesionales e introducir el concepto del low-cost en el planeta informativo.

En la parte más interesante del libro, Ramonet echa un vistazo a los últimos experimentos del laboratorio americano: al periodismo sin ánimo de lucro de Voice of San Diego y Texas Tribune; al periodismo que emerge de un ejército de bloggers, como el que hacen The Huffington Post y Politico.com; o a las granjas de contenidos, como Upshot (de Yahoo), o Seed.com, de The Huffington Post, donde no son los periodistas, sino las estadísticas de búsqueda de los internautas, los que determinan la agenda informativa. La traslación al resto del mundo de estos modelos es imprevisible, pero conviene estar atentos.

  
Ramonet no se resiste a responder a la pregunta del millón: ¿va a desaparecer el papel? Él no lo cree, y para justificarlo echa la vista atrás. “Internet no sustituirá a la prensa escrita, igual que la televisión no hay sustituido a la radio o al cine, y éste al teatro o la ópera”. La historia de los medios, dice, es acumulativa y todos caben. Además, para los que anden desnortados, también ofrece un libro de ruta. Aunque la anarquía y el caos informativo durarán y el camino será largo, su receta es bien sencilla. A los medios les dice que se centren y profundicen en lo que saben hacer mejor y en la información que mejor dominan. A los periodistas nos aconseja aprender a elaborar y lanzar la información por muchas vías y en diferentes formatos (redes sociales, Twitter, Youtube…).

Ramonet ha escrito un libro sugerente para los que nos dedicamos a esto, aunque su exposición es algo atropellada y, en su afán por tocar todos los desarreglos del mundo informativo (también habla del maridaje de los media con el poder, las repercusiones de Wikileaks o Anonymous, o las “intoxicaciones” en torno a la guerra de Irak), adolece de profundidad. Además, convendría al editor pulir la traducción y revisar algunos datos (como las cifras de PIB mundial de la página 60) y algunos links que no llevan a ningún sitio.  



Carta a un joven periodista

Iñaki Gabilondo también analiza las turbulencias de la profesión en El fin de una época. El que habla es un Gabilondo íntimo, casi profesoral, y no el periodista estrella. Es un Gabilondo que asegura entender los problemas de los becarios o el servilismo y la obediencia de muchos profesionales obligados por una boca que alimentar. El libro, contenido, preciso y de escritura impecable, tiene la fuerza de un editorial y plantea una deontología con la que es difícil no estar de acuerdo.

A Gabilondo, al contrario que Ramonet, no le interesan tanto las cifras, la influencia de los conglomerados mediáticos, los posibles modelos de negocio de éxito o el “cacharrito” que se va a imponer en el acceso a la información. Su librito, en cambio, es más esencialista y tiene un marcado tono didáctico y moral. Es la carta que dirige al joven periodista el profesional curtido en mil batallas. “Se elige esta profesión porque te importa el otro, tu semejante, y porque quieres hacer algo que sirva a la sociedad. Si no son esas las razones, entonces es un oficio mal elegido”.

Gabilondo le pide al profesional de la información compasión para ponerse en el pellejo de los demás y humildad para cederle siempre el protagonismo, y echa de menos el aliento “aventurero, comprometido, casi misionero” del que hablaba Kapuscinski. Y vuelve a insistir: “Ningún periodista puede serlo si no está animado por una especie de fuego que le conecte con el hombre, con el otro, que le importe la condición ajena, la vida de los demás”.

Gabilondo detecta una paradoja sangrante. La profesión vive en un tiempo de estupor. Precisamente cuando el mundo es más complejo que nunca y está más lleno de matices, al periodismo, urgido por las prisas de Internet y por el titular impactante que asegure una mínima repercusión, se le complica mucho la tarea de relatar y dar cierta coherencia a esta complejidad.

En cualquier caso, la historia tendrá final feliz: Gabilondo es optimista y está convencido de que el buen periodismo regresará una vez que dé con el modelo de negocio adecuado. Mientras tanto, ve inevitable que las páginas de los grandes medios pasen a ser de pago. “Los empresarios descubrirán que en la necesidad social que entraña el periodismo subyace un negocio importante”. En fin, un libro para (re)encontrar las esencias de una profesión en la encrucijada. 



La explosión del periodismo
Ignacio Ramonet
Clave intelectual
Madrid 2011
151 páginas
15 euros 

El fin de una época
Iñaki Gabilondo
Editorial Barril y Barral
Barcelona, 2011
174 páginas
20 euros