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domingo, 20 de octubre de 2013

Isaac Rosa escribe desde el epicentro de la crisis



Poco a poco, la crisis se va convirtiendo en materia literaria en España. No podía ser de otro modo. Al fin y al cabo, entiendo que los novelistas y la gente de la cultura en general tienen hermanos y primos en el paro y están sufriendo como otros muchos la caída de las ventas, el recorte de ayudas y –palabra maldita- de las subvenciones. En los últimos años, Rafael Chibes (En la orilla), Pablo Gutiérrez (Democracia) o Benjamín Prado (Ajuste de cuentas) han escrito historias desde el epicentro del colapso económico. También pienso en la reflexión que hacía Muñoz Molina en Todo lo que era sólido, donde se preguntaba qué hacíamos y pensábamos en los años felices del dinero a mares, cuando el colapso parecía tan improbable, pero ya se estaba cocinando.  

Otro de los que están interesados en dar cuenta del desánimo y la devastación moral que ha traído un lustro de paro por las nubes y un empobrecimiento progresivo es Isaac Rosa, que acaba de sacar La habitación oscura. El libro de Rosa se articula en torno a una metáfora, la de la habitación oscura, en un principio un lugar de libertad, sexo y experimentación juvenil para los protagonistas, y que más tarde se convierte para esos mismos personajes en un refugio ante el deterioro económico, emocional y moral que trae la crisis. 

Rosa vuelve a recurrir a un espacio escénico inaudito, pero verosímil dentro de la novela, para poner a sus personajes a prueba y suscitar interrogantes en el lector. El artificio no es nuevo. En La mano invisible, unos hombres corrientes (un albañil, un carnicero, un mecánico, un mozo de almacén…) se mostraban trabajando en una nave abandonada abierta al público por no se sabe quién para dejar en el aire cuestiones sobre la dignidad en el trabajo y la alienación que traen consigo muchas tareas. 

En La habitación oscura volvemos a encontrarnos con una novela coral donde los personajes, que transitan por espacio y tiempo indefinidos, no llegan a ser perfilados del todo. Parece que a Rosa le interesa menos buscar la empatía que provoca el naufragio personal rigurosamente contado, y más dar cuenta del hundimiento colectivo de una generación de jóvenes que creyó que los años de las vacas gordas, de las cuentas corrientes siempre al alza, de las hipotecas millonarias, de los viajes de placer a todo trapo, de los hoteles con encanto y de los restaurantes de diseño, iban a durar siempre.

Solo al final, Rosa busca una salida más convencional dando protagonismo a Silvia, la mayor del grupo, quien, con su activismo temerario, deja en evidencia el conformismo de los demás. Como en otros libros suyos, en La habitación oscura vuelve a crear una atmósfera opresiva, donde a la caída social y laboral de los protagonistas se une una letanía de autorreproches, por lo que pudo haber sido y no fue. Como nos dicen en la solapa del libro, de las historias que cuenta Rosa nunca sales indemne. En la memoria todavía tengo al Carlos que protagoniza El país del miedo, el pusilánime padre de familia que vive atemorizado por el adolescente violento que acosa a su hijo en el colegio.

Esta novela está excelentemente escrita. Todo suena verdadero, a pesar del artificio teatral de la habitación oscura y su permanencia en el tiempo. Además, Isaac Rosa se documenta bien. Yo, que soy periodista informático, encuentro intachable la peripecia de las páginas finales que protagonizan Jesús y Silvia, que quieren denunciar la crisis publicando imágenes íntimas de altos directivos captadas con un software de control instalado en sus ordenadores.

En lo formal, Isaac Rosa sigue evitando las formas convencionales de la narrativa y apuesta por el extrañamiento como vía para el conocimiento. Es la línea que mantiene desde El vano ayer, una novela -la que más me ha gustado de las suyas hasta el momento- que publicó en 2005 y donde ponía a disposición del lector materiales como recortes de periódicos, reseñas o entrevistas, los mismos que a él, como autor, le valieron para construir la trama de intrigas políticas tardofranquistas y delaciones que eran la espina dorsal del libro. Con El vano ayer, el lector entraba sin quererlo en la trastienda del escritor y de su investigación: el work-in-progress de los anglosajones.



martes, 11 de septiembre de 2012

¡Trabajad, trabajad, malditos!


A propósito de Chicas de fábrica, de Leslie T. Chang


Como la crisis no se acaba y ningún gobernante consigue ofrecernos la más mínima esperanza de que algún día lo haga, resulta evidente que tenemos que buscar la solución por nosotros mismos. Teniendo en cuenta la gravedad de la situación, deberíamos, quizá, tomarnos en serio las soflamas de Juan Roig, aunque sólo sea por el aval que suponen las impresionantes cifras de ventas que tan notable empresario ha conseguido en lo más inclemente de la tormenta económica, mientras todos sus competidores sufren los rigores del descenso global del consumo. 

Resulta, por tanto, más que interesante el profundizar en nuestro conocimiento sobre el modo de trabajar de los chinos y su “cultura del esfuerzo”, una de las referenciasesenciales en las diatribas que el dueño de Mercadona dirige a la sociedad española para que consiga superar estos tiempos de zozobra. A estas alturas ya conocemos bastante bien el modo de trabajar de los propietarios de los activísimos bazares chinos que han proliferado como setas en las ciudades españolas (horarios amplísimos, poca calidad, condiciones laborales pésimas…), pero, aunque lo supongamos, ¿sabemos realmente cómo se trabaja en China?

Chicas de fábrica, a través de los pormenores de la vida cotidiana de distintas jóvenes chinas a las que la periodista del The Wall Street Journal de ascendencia china Leslie T. Chang conoció en su entorno de trabajo y descanso, describe el mayor movimiento migratorio de la historia de la humanidad, el protagonizado por los trabajadores chinos en su viaje desde el mundo rural tradicional de la China interior, a las gigantescas fábricas de las novísimas ciudades del este de su propio país, y nos ofrece un punto de vista totalmente original, desde dentro, del milagro económico chino. La visión resulta espeluznante…

En un contexto de lucha comercial y personal despiadada y sin reglas, donde todos los productos son susceptibles de ser copiados y producidos en cantidades inmensas para satisfacer el desmedido apetito de los consumidores de todo el mundo (incluida, ya, la propia China) y las relaciones se valoran por su utilidad práctica, las jovencísimas y poco cualificadas trabajadoras chinas, deseosas de un futuro mejor lejos de sus paupérrimas aldeas, se dedican sin desmayo a labores repetitivas en gigantescas cadenas de montaje, distribuidas en larguísimas jornadas pésimamente pagadas. 
Las tenaces jovencitas chinas carecen en sus destinos laborales de todo lujo más allá del imprescindible teléfono móvil, no tienen derecho ni siquiera a un lugar mínimamente íntimo y propio en su tiempo de descanso, pues comparten atestadas e insalubres habitaciones dentro de las propias fábricas, y tardan años en volver, y sólo por breves periodos de vacaciones no retribuidas, a sus pueblos de origen, para colmar entonces de regalos pintorescos a sus familiares.
Las más ambiciosas luchan por mejores sueldos y nuevas perspectivas de ascenso profesional en las pocas horas que les quedan libres y se embarcan en  “negocios” piramidales con los que estafan a otros compatriotas, pugnan por aprender inglés en academias de dudosa calidad docente, se postulan en “mercados de talentos” para puestos de trabajo más apetecibles (a menudo tan exigentes y mal remunerados como los que ya realizan), o se apuntan a cursos poco ortodoxos de informática básica o de oratoria o de gestión empresarial, con un afán de progreso personal tan encomiable como arduo y, frecuentemente, estéril.
Todos los jóvenes dependen completamente de las agendas de contactos que acumulan en sus teléfonos móviles para sus relaciones de amistad, sus futuras expectativas de cambio profesional y el trato con sus familiares, de forma que la pérdida de tan preciados bienes, muy frecuente por su gran aceptación en las numerosísimas tiendas que los revenden, supone también la desaparición de la única referencia sólida en un mundo permanentemente cambiante.
La corrupción, el ansia de riqueza rápida y la falta de escrúpulos, son el motor de la imparable dinámica de crecimiento económico de las ciudades como la visitada por la autora (Dongguan). En ese entorno, todo, desde las relaciones personales hasta las calles, las fábricas y cualquier otro tipo de negocio, pueden surgir o cambiar radicalmente en cuestión de días o de horas para ofrecer oportunidades sin cuento a los más despiertos y menos escrupulosos.
Es evidente que Juan Roig no aplica en su exitoso imperio comercial los criterios “chinos” de gestión de los negocios que tanto le gusta predicar, por cuanto el trato que ofrece a sus empleados, que gozan de salarios y condiciones de trabajo, al parecer, bastante razonables, la buena calidad de sus productos, sus discretos márgenes comerciales y, por ende, su respeto por los clientes, son cualidades bien diferentes a las que encontró Chang en las ciudades fabriles de China (y que tan bien describe en su libro). ¿Qué opción preferiremos para salir de la crisis?
Chicas de fábrica. De la aldea a la ciudad en la China contemporánea.
Leslie T. Chang
RBA libros 2012
416 páginas
26 euros (papel) 

martes, 11 de octubre de 2011

A vueltas con el trabajo



En La mano invisible, la última novela de Isaac Rosa, una teleoperadora consume toda su jornada laboral realizando encuestas de satisfacción laboral. Entre otras cuestiones, pide a sus interlocutores que digan su grado de acuerdo, puntuando de uno a cinco, para cada una de estas afirmaciones: “Una persona solo llega a realizarse por medio del trabajo. Me encantaría tener un trabajo remunerado incluso si no necesitara el dinero. El trabajo es solo un medio de ganarse la vida. El trabajo es una maldición”.

Si en la muy recomendable El país del miedo, su anterior texto, Rosa abordaba de forma muy original las mil preocupaciones y traumas que pueden perseguir a sus contemporáneos, en la última todo gira alrededor del trabajo, que se convierte en el verdadero protagonista. Así, los distintos personajes que aparecen no tienen nombre y serán identificados por sus oficios: el albañil, el carnicero, el mecánico, la costurera, la operaria de una cadena de montaje, el mozo de almacén… 

Y para subrayar aún más el peso del entorno laboral en esta obra, los coloca a todos en el centro de una nave abandonada, abierta al público por no se sabe quién (esa mano invisible del título y del capitalismo desde los tiempos de Adam Smith, que les va exigiendo más y más conforme pasan las semanas), para que desde las gradas sean observados mientras realizan sus tareas.

Aunque pueda parecer descabellado que la gente se reúna para ver, por ejemplo, cómo un carnicero descuartiza una vaca muerta, un mecánico desmonta un coche, un albañil construye una pared o una operaria coloca piezas de distintas formas en una caja, lo cierto es que no faltan “los turistas del trabajo”, como alguna vez son calificados, pero tampoco los analistas que vilipendian ese “zoológico” o aquellos otros que lo comparan con un concierto, definiéndolo como “la sinfonía del trabajo humano”. Teatro, circo, arte, experimento, broma, galera con condenados o campaña publicitaria son otros términos a los que se recurre para intentar describir lo que ocurre en esa especie de Gran Hermano que han montado en la nave.

Estamos ante una novela de tesis, con una idea muy clara sobre la alienación que trae consigo el trabajo. Sus páginas están plagadas de diálogos y situaciones que así lo corroboran, como cuando la costurera se arrepiente de nunca haberle dicho a su madre que “está harta de su viejo cuento de la dignidad del trabajo, la decencia del trabajo, la felicidad del trabajo, porque yo no he conocido nada de eso, y no creo que tú lo hayas conocido después de cincuenta años trabajando como una burra…”. Y si, como es previsible, los jefes no salen muy bien parados, tampoco los trabajadores, que se volverán despóticos en el momento que tengan el mando o intentarán que el compañero de al lado asuma alguna de las tareas que en principio les correspondían a ellos.

Aunque, como les ocurre a los protagonistas, el lector puede estar interesado en saber qué y quién hay detrás de ese montaje, el objetivo de este libro no es tanto explicarle lo qué está pasando como abrirle los ojos ante la hipocresía general, ayudarle a reflexionar sobre el mundo laboral y también sobre el ser humano, que desde luego no sale muy bien parado. No estamos ante una novela complaciente, que ayude a pasar el rato. 

Tal y como ocurría en El país del miedo, Rosa remueve muchas cosas en aquellos que se acercan a sus obras, pero quizás en la anterior era más fácil empatizar con Carlos, recordar situaciones en las que nos hemos encontrado tan indefensos como su protagonista; mientras que la sucesión de arquetipos que pueblan esta y una trama demasiado delimitada por el mensaje no la hagan tan recomendable como aquella. De todos modos, aquellos que lleguen hasta el final tendrán mucho material sobre el que reflexionar.



La mano invisible
Isaac Rosa
Editorial Seix Barral
Barcelona, septiembre 2011
380 páginas
19,50 euros

martes, 14 de junio de 2011

Los trabajos y los días



¿Qué tienen que ver un atunero de las Islas Maldivas, un pintor de paisajes del sur de Inglaterra, un constructor japonés de aviones comerciales, un auditor de cuentas del centro de Londres, el director de proyectos de una fábrica de galletas o el inventor iraní de unos zapatos que permiten caminar por el agua? Todos son interlocutores del autor de este libro, Alain de Botton, un fino observador de la cultura contemporánea y sus contradicciones. 

Con mirada atenta, pero descreída, y una sutil ironía, De Botton intenta descubrir los mecanismos invisibles que mueven nuestro mundo y las mercancías que en él se producen. Cómo se lleva la energía desde una central a la tostadora de casa o qué camino sigue una idea desde que es concebida hasta que se convierte en un producto en los estantes de una gran superficie son asuntos que interesan a De Botton y centran las horas de trabajo (y los anhelos) de sus entrevistados.

De Botton ilumina en su libro, un trabajo (raro por estos pagos) donde se mezclan el apunte filosófico con las notas de viaje, la trastienda de esta sociedad de consumo que hace posible que en cualquier lado podamos disfrutar productos y servicios de cualquier lugar del planeta, eso sí, debidamente empaquetados, etiquetados y despersonalizados.

En vez de buscar en los museos, las salas de arte o los teatros las claves para entender cómo vivimos, el autor acude a oficinas, hangares, almacenes o fábricas, y habla con los hacedores de esos objetos de consumo a los que tan poca importancia damos, pero que tanto pueden revelar a una mente despierta sobre el zeitgeist que nos ha tocado vivir. 

También rehuye la opinión del académico. La materia de este libro, el trabajo y los procesos productivos que lo articulan, suelen ser objeto de sesudos mamotretos de pensamiento, sociología o economía que acaban perdiéndose en abstracciones. Con arma de reportero, De Botton se desentiende de este bagaje y pone los pies en la tierra para acercarnos a las personas corrientes que sostienen la tramoya sobre la que se asienta la sociedad de consumo, como hiciera en cierta medida Richard Sennet en La corrosión del carácter.  

Un apunte, De Botton, autor de Las consolaciones de la filosofía (Taurus, 2003) o La arquitectura de la felicidad (Lumen, 2008), trufa su libro de excursos filosóficos y acaba su análisis del trabajo contemporáneo con un toque trascendente que no quiero pasar por alto porque da idea de su capacidad para mezclar lo concreto con lo general, y del distanciamiento y la mordacidad de los que hace gala en todo momento. 

“Considerar que somos el centro del universo, y que el tiempo presente es la cumbre de la historia, pensar que nuestras próximas reuniones tienen una importancia abrumadora, no hacer caso de las lecciones de los cementerios, leer solo con moderación, sentir presión de los plazos de entrega, hablar con rudeza de los compañeros, sobrevivir a horarios de congresos en los que está anotado ‘de 11.00 a 11.15: pausa para el café’, comportarse descuidada y codiciosamente y luego arder en la batalla; quizá todo esto, al final, sea la sabiduría del trabajo. Dejemos que la muerte nos pille mientras hacemos algo para la vida”. 

Es el consejo irónico de quien lleva años poniendo al descubierto las paradojas de nuestra vida moderna. Miserias y esplendores del trabajo es, en definitiva, un libro singular, sobre todo en el panorama editorial español, donde faltan académicos con dotes para la divulgación, y periodistas y ensayistas con el rigor y el afán intelectual necesarios para destriparnos el tiempo que nos ha tocado vivir.


Miserias y esplendores del trabajo
Alain de Botton
325 páginas
20,90 euros