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martes, 1 de julio de 2014

Una historia (real) para no dormir



A propósito de Hermosa juventud, de Jaime Rosales


Del "drama del paro" habla todo el mundo. Se ha convertido en un trending topic. Lo hacen los políticos cuando valoran las raquíticas cifras de empleo que dejan las encuestas. Pero también lo hacen los periodistas, los economistas, los sociólogos y últimamente los reyes salientes y entrantes. Sin embargo, y a pesar de los muchos años ya de crisis y de que la desesperanza empiece a cundir en millones de familias, pocos intentos ha habido en el cine o en la novela española de mostrar de forma convincente el drama de ver pasar la vida mano sobre mano, y sin un euro en el bolsillo.

Uno de los últimos ha sido el de Jaime Rosales con su película Hermosa juventud, retrato de una pareja de veinteañeros en la periferia de Madrid, dos ni-nis sin grandes aspiraciones, sólo las de tener trabajo, emanciparse y formar una familia, sueño múltiple de casi imposible consumación en los tiempos que corren. La película de Rosales remueve las tripas mostrando la vida misma, sin estridencias ni subrayados, sin acudir a marginalidades extremas ni retorcimientos del guión. Y es que hoy la realidad para muchos jóvenes (y no tan jóvenes) en España es lo suficientemente escalofriante como para que un cineasta o un escritor no tenga que buscar más allá, y Rosales se las ingenia para que esa deriva entre en su película sin aspavientos.

Frente a Natalia y Carlos (muy bien interpretados por Ingrid Garcia Jonsson y Carlos Rodríguez), un panorama desolador de estudios sin terminar, falta de vocación, jornadas en la obra a 10 euros/día o currículums que van a la papelera o al saco sin fondo del desempleo infinito, que va anulando cada intento de la pareja por salir adelante. También habla la película de Rosales de la emigración que lleva a la sordidez, el camino emprendido por muchos españoles desinformados y lo suficientemente desesperados para dejarlo casi todo por el camino.

La cámara de Rosales entra en los pisos angostos y superpoblados de hermanos, hijos, padres y novios sin ocupación, por los que transitan Natalia y Carlos. Esos pisos donde las conversaciones quedan ahogadas por el rumor de la televisión o de las consolas, y que la pobreza sobrevenida por la crisis ha convertido en miserables antes de tiempo, con muebles de cocina destartalados y rancios, y con sofás de escay que nunca se renovaron y que remiten a una época que creíamos superada.

Rosales nos muestra la deriva con naturalidad. Casi sin sobresaltos. No notamos su cámara, salvo cuando mantiene el plano para enseñar los escenarios vacíos del drama. Es una marca de la casa de la que abusó en La soledad, su película más popular. Memorables son las dos bellas elipsis que construye a base de Whatsapp, Skype y videojuegos, y que suponen saltos decisivos en la historia.

Los actores están bien, sobre todo Ingrid Garcia Jonsson, que marca el tono y hace avanzar la historia desde la contención, lo que no es nada fácil, y que ha tenido también que trabajar para reflejar los andares y el discurso deslabazado y carente de dicción de una persona sin estudios. El rostro luminoso de Ingrid y el sol peremne en el cielo de Madrid ponen feliz contrapunto a una historia para no dormir.
 
Rosales nos habla de las miserias de un país recurriendo a un realismo sin estridencias, sobrio, siempre fiel a su manera de contar. Se aleja así de esa tradición sainetera y paródica que fundaron Berlanga y Azcona, y que sigue teniendo en España muchos seguidores e imitadores, algunos muy brillantes, como Alex de la Iglesia. Para hablar de un drama como el del paro, yo me quedo con la sobriedad Rosales, que a ratos me recuerda el cine duro de los hermanos Dardenne y también al más reivindicativo de Ken Loach.

domingo, 20 de octubre de 2013

Isaac Rosa escribe desde el epicentro de la crisis



Poco a poco, la crisis se va convirtiendo en materia literaria en España. No podía ser de otro modo. Al fin y al cabo, entiendo que los novelistas y la gente de la cultura en general tienen hermanos y primos en el paro y están sufriendo como otros muchos la caída de las ventas, el recorte de ayudas y –palabra maldita- de las subvenciones. En los últimos años, Rafael Chibes (En la orilla), Pablo Gutiérrez (Democracia) o Benjamín Prado (Ajuste de cuentas) han escrito historias desde el epicentro del colapso económico. También pienso en la reflexión que hacía Muñoz Molina en Todo lo que era sólido, donde se preguntaba qué hacíamos y pensábamos en los años felices del dinero a mares, cuando el colapso parecía tan improbable, pero ya se estaba cocinando.  

Otro de los que están interesados en dar cuenta del desánimo y la devastación moral que ha traído un lustro de paro por las nubes y un empobrecimiento progresivo es Isaac Rosa, que acaba de sacar La habitación oscura. El libro de Rosa se articula en torno a una metáfora, la de la habitación oscura, en un principio un lugar de libertad, sexo y experimentación juvenil para los protagonistas, y que más tarde se convierte para esos mismos personajes en un refugio ante el deterioro económico, emocional y moral que trae la crisis. 

Rosa vuelve a recurrir a un espacio escénico inaudito, pero verosímil dentro de la novela, para poner a sus personajes a prueba y suscitar interrogantes en el lector. El artificio no es nuevo. En La mano invisible, unos hombres corrientes (un albañil, un carnicero, un mecánico, un mozo de almacén…) se mostraban trabajando en una nave abandonada abierta al público por no se sabe quién para dejar en el aire cuestiones sobre la dignidad en el trabajo y la alienación que traen consigo muchas tareas. 

En La habitación oscura volvemos a encontrarnos con una novela coral donde los personajes, que transitan por espacio y tiempo indefinidos, no llegan a ser perfilados del todo. Parece que a Rosa le interesa menos buscar la empatía que provoca el naufragio personal rigurosamente contado, y más dar cuenta del hundimiento colectivo de una generación de jóvenes que creyó que los años de las vacas gordas, de las cuentas corrientes siempre al alza, de las hipotecas millonarias, de los viajes de placer a todo trapo, de los hoteles con encanto y de los restaurantes de diseño, iban a durar siempre.

Solo al final, Rosa busca una salida más convencional dando protagonismo a Silvia, la mayor del grupo, quien, con su activismo temerario, deja en evidencia el conformismo de los demás. Como en otros libros suyos, en La habitación oscura vuelve a crear una atmósfera opresiva, donde a la caída social y laboral de los protagonistas se une una letanía de autorreproches, por lo que pudo haber sido y no fue. Como nos dicen en la solapa del libro, de las historias que cuenta Rosa nunca sales indemne. En la memoria todavía tengo al Carlos que protagoniza El país del miedo, el pusilánime padre de familia que vive atemorizado por el adolescente violento que acosa a su hijo en el colegio.

Esta novela está excelentemente escrita. Todo suena verdadero, a pesar del artificio teatral de la habitación oscura y su permanencia en el tiempo. Además, Isaac Rosa se documenta bien. Yo, que soy periodista informático, encuentro intachable la peripecia de las páginas finales que protagonizan Jesús y Silvia, que quieren denunciar la crisis publicando imágenes íntimas de altos directivos captadas con un software de control instalado en sus ordenadores.

En lo formal, Isaac Rosa sigue evitando las formas convencionales de la narrativa y apuesta por el extrañamiento como vía para el conocimiento. Es la línea que mantiene desde El vano ayer, una novela -la que más me ha gustado de las suyas hasta el momento- que publicó en 2005 y donde ponía a disposición del lector materiales como recortes de periódicos, reseñas o entrevistas, los mismos que a él, como autor, le valieron para construir la trama de intrigas políticas tardofranquistas y delaciones que eran la espina dorsal del libro. Con El vano ayer, el lector entraba sin quererlo en la trastienda del escritor y de su investigación: el work-in-progress de los anglosajones.



lunes, 15 de abril de 2013

El Chirbes más devastador



A propósito de En la orilla, de Rafael Chirbes


Rafael Chirbes ha vuelto a escribir un relato social e íntimo al mismo tiempo de la España de hoy, la de la crisis, como ya hiciera hace un lustro en la celebrada Crematorio. En la orilla es un libro devastador donde los paisajes interiores de la derrota tienen su correlato en esa ciénaga a la que acude el protagonista, Esteban, un carpintero de toda la vida metido a promotor inmobiliario en la costa levantina. Es un pantano que quedó al margen de la especulación y que es escenario, paradójicamente, de los momentos más felices en la vida del protagonista.

Como en Crematorio, Chirbes da cuenta del hundimiento social y personal de esa España  donde muchos que se creyeron ricos ahora no tienen ni para comprar el brik de leche de los chicos. En la orilla está construida a base de monólogos absorbentes donde salen a relucir las obsesiones, frustraciones y cuentas pendientes de Esteban y sus compañeros de reparto: de Francisco, su amigo de la juventud, agraciado con el éxito profesional y que, de paso, se llevó al gran amor de Esteban, Leonor; de Pedrós, el promotor que le convence para meter todos los ahorros en unas promociones justo cuando el globo está a punto de estallar; de su padre, un republicano huraño que pasó toda su vida pensando que otra España era posible; de Liliana, la sensual cuidadora sudamericana hostigada por un marido alcohólico y putero y a la que Esteban no puede evitar consolar…

A través de la voz interior de estos personajes, Chirbes, capaz de desdoblarse una y mil veces, hace un exhaustivo recuento de la España del despilfarro, de ese espejismo de país que todos (o casi todos) nos creímos. Era la España de los nuevos ricos que un día sí y otro también comían en restaurantes con estrellas Michelín, que cerraban sus oscuros negocios y pelotazos al calor de un caro whisky escocés, después de haber dado cuenta de una paella de excelente marisco, o que acababan la fiesta en un club con una joven ucraniana entre las piernas.

Como siempre en Chirbes, la ruina material va acompañada de la derrota sentimental y moral. Padres e hijos que nunca se entendieron, amigos que se traicionaron por el amor de una mujer, sueños de juventud que la necesidad o la codicia dejó aparcados para siempre…  Chirbes, en el que es quizá su libro más duro, ha acabado haciendo un relato laico de la bajada a los infiernos. 

Un apunte final. Se ha dicho que En la orilla es la gran novela de la crisis. Puede ser verdad, pero creo que todavía está por escribirse la gran crónica del marasmo, un libro total en el que los protagonistas de verdad -pienso en los Rato o en los Zapatero de turno, en los gestores de las cajas y de las comunidades autónomas que actuaron en connivencia, en los promotores despiadados e hiperactivos, con Bañuelos a la cabeza, en los bancos internacionales que alimentaron la espiral de crédito…- también sean los héroes caídos de la ficción. Creo que hace falta una crónica de la crisis económica (y social y moral) en la línea que Javier Cercas exploró en Anatomía de un instante, donde la ingente información existente sobre los protagonistas de la transición y del golpe de estado del 23-F hizo innecesarios muchos kilos de fabulación.