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jueves, 19 de enero de 2017

Las memorias de Juan Luis Cebrián



A propósito de la lectura de 'Primera página. Vida de un periodista 1944-1988', de Juan Luis Cebrián

De un tiempo a esta parte, y por los intereses mediáticos y políticos de cierta parte de la izquierda española, Juan Luis Cebrián, el primer director del diario El País, se ha convertido en un personaje sospechoso, controvertido. Su condición de primer ejecutivo del Grupo Prisa y sus supuestas conexiones con el poder político y económico durante las dos últimas décadas le han convertido en blanco de críticas de todo tipo.


Juan Luis Cebrián hoy gestiona un grupo empresarial que sigue siendo significativo en términos de influencia, empleo y facturación, pero que emocionalmente es el rescoldo de lo que supuso en las dos primeras décadas de la democracia. Por que El País de finales de los 70 y de los 80 fue una historia de éxito, la del periódico que aglutinó a las clases medias españolas deseosas de cambio y modernidad a la muerte de Franco. Pero hoy, se puede decir que El País ya no es lo que era. Por una parte, la evolución política ha llevado a que el relevo generacional de aquellos primeros e incondicionales lectores no lo vean como un medio de referencia y, por otra parte, las nuevas tecnologías también han hecho que se multipliquen los competidores y que sus mensajes se diluyan.   


Primera página. Vida de un periodista 1944-1988 está escrito con el ritmo ágil de una novela de aventuras. Cebrián renuncia a las notas a pie de página y al habitual glosario de nombres, y en las primeras páginas reconoce que abordó el recuerdo de su peripecia profesional “a pelo”, hurgando únicamente en su memoria y ayudándose de consultas a Internet y sólo en ocasiones de alguna agenda de trabajo repleta de citas por otro lado indescifrables. Es decir, que estamos ante unas memorias con ritmo narrativo pensadas para mantener el interés del lector.


Uno lee con creciente interés la peripecia del joven periodista de familia bien franquista que asciende rápido en el escalafón de la prensa franquista madrileña -en Pueblo y en Informaciones- y que, después de pasar brevemente por la dirección de informativos de TVE, acaba, casi por casualidad, dirigiendo el periódico clave de la Transición. Primera página es un testimonio del sometimiento explícito de los periodistas y de los medios de comunicación a los dictámenes de la dictadura, y también de cómo en ese ambiente hostil, los profesionales se las ingeniaban para hacer en ocasiones un periodismo más moderno y contestatario.


Sin embargo, lo mejor llega con el relato de la gestación de El País, un proyecto liberal liderado intelectualmente por la familia Ortega y Gasset, pero muy fragmentado a nivel accionarial. Cebrián da cuenta de las tensiones que se vivían casi a diario en el consejo editorial del periódico, y en el consejo de administración, donde directa o indirectamente pugnaban por el control personajes del franquismo como Manuel Fraga o José María de Areilza, o empresarios como el propio Jesús Polanco. Un forcejeo que fue a menos con los años y que, ya a mediados de los 80, dejó el periódico en manos del binomio Cebrián-Polanco, eso sí, con la ayuda de algún banquero amigo, como Luis Valls Taberner, a la sazón presidente del Popular.

Cebrián vuelve a hacer el viaje que llevó a El País desde el liberalismo inicial a la socialdemocracia felipista, y que con los años iba a convertir a Prisa, la empresa matriz, en el primer grupo de comunicación de España, con intereses en el el mundo editorial, radiofónico o televisivo. Como era de esperar, Cebrián se recrea en ese momento culminante del relato fundacional del periódico que supuso la publicación de una edición exprés la tarde del 23-F, apoyando sin ambages la Constitución y condenando el golpe de Estado. Un episodio que también le permite rebajar la figura del eterno competidor, Pedro J. Ramírez, en aquel momento director de Diario 16 y que no se atrevió a sacar aquel infausto día su periódico a la calle.


Creo que Cebrián acierta a la hora de describir ese ambiente de las redacciones en los estertores del franquismo y los primeros años de la democracia. También su relato ayuda a ver hasta qué punto los poderes políticos y económicos sofocaban a unas empresas periodísticas dependientes por decreto o incapaces por estructura empresarial para hacer una labor de contrapoder, problemas que con el paso de los años no se han acabado de resolver. Sin embargo, también creo que unas buenas memorias son la oportunidad perfecta para reconocer errores. Y ahí Cebrián ha escatimado. En sus 13 años al mando del periódico Cebrián reconoce haber tomado decisiones erróneas y censurables desde el punto de vista deontológico sólo un par de veces: cuando por la presión del nacionalismo catalán metió en el cajón y dejó sin publicar una crónica con información de Banca Catalana que comprometía a Jordi Pujol; y cuando permitió la publicación de un reportaje que intentaba demostrar que la banca y los poderes más oscuros de la derecha estaban detrás del nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno en 1976.


Cebrián promete el segundo volumen de sus memorias para cuando se jubile al frente de Prisa, algo que, según él, será más pronto que tarde. Creo que si sigue la línea de éste, será un libro sin desperdicio. La guerra de las plataformas digitales y el enfrentamiento de Prisa con el binomio Aznar-Villalonga/Telefónica, y después la llamada “guerra del fútbol”, que le ha enfrentado a Mediapro y Jaume Roures, un conflicto no sólo empresarial sino también por un bocado del lectorado de centro izquierda en España, son cuestiones que no deberían faltar en ese volúmen, por no hablar de la grave crisis financiera en la que entró el grupo hace unos años y de la que todavía no ha salido. Aunque todo eso será otra historia.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Por qué somos los españoles tan ineficientes



A propósito de la lectura del libro de 
Carlos Sebastián 'España estancada'

El enchufe sigue siendo la primera vía de acceso a un trabajo en España. Hace unas semanas se publicaban los resultados de una macroencuesta (más de 13.000 alumnos consultados en 46 campus privados y públicos de todo el país) que decían que más de un tercio de los universitarios recurre a los conocidos para hallar empleo. Es la vía más rápida y segura, muy por delante del contacto directo con las empresas, los portales especializados o los servicios de prácticas de las universidades, los COIE.

Es una disfunción inasumible y lanza un mensaje bastante desalentador, pues al final lo que se les dice a nuestros jóvenes y, por extensión al resto de la sociedad, es que los méritos son secundarios y la igualdad de oportunidades una quimera. Y que, en su lugar, lo que cuenta por encima de todo son las relaciones, en muchos casos determinadas por el nivel económico heredado y por las posibilidades de los padres y de la familia. Estamos ante una manifestación más del bajo rendimiento económico que tiene el conocimiento cualificado en España.
También el dato deja en evidencia la gestión de las universidades, y concretamente de sus oficinas de orientación laboral y colocación, los famosos COIE, que en algunos campus son inexistentes y que en otros siguen sin conectar a los alumnos con las empresas que les podrían contratar.
La pervivencia desde la noche de los tiempos del enchufismo es una muestra clara de que en este país fallan sobre todo las instituciones y los incentivos, y no tanto la formación de los alumnos o incluso las inversiones destinadas a educación, por más que en los últimos años se hayan resentido y los recortes hayan sido drásticos.
Carlos Sebastián, catedrático de Economía con experiencia en la política y que fue primer director de Fedea, ha escrito un libro, España estancada, por qué somos tan ineficientes, que insiste en la idea de que nuestro gran problema está sobre todo en el marco institucional, en las normas y leyes que nos hemos dado para organizarnos.

Sebastián sigue la tesis de Acemoglu y Robinson (Por qué fracasan los países) de que la prosperidad de un país depende mucho más de sus instituciones y de la confianza que tengan sus ciudadanos en ellas, que del petróleo o el gas que tenga su subsuelo, la posición estratégica, la cultura que atesore o el clima que disfrute, por benigno que éste sea.
En este sentido, la historia reciente de este país es un fracaso reiterado si se atiende al desarrollo de su armazón institucional. Desde principios de los 90, mantiene Sebastián, España sufre un deterioro imparable. El impulso reformista de la Transición se fue perdiendo con los años y, en su lugar, empezó a consolidarse un estado clientelar, jurídicamente inseguro y profundamente ineficiente. 
Al cabo de los años, las consecuencias son conocidas por todos: las cúpulas de los partidos han colonizado una buena parte de la vida pública y han neutralizado o eliminado los organismos de control, creando una estructura clientelar por todo el país; los políticos también han intentado ocultar sus intereses con una producción legislativa elevada y bien publicitada, pero confusa y de escasa calidad; y también ha pervivido y medrado una élite empresarial alrededor del poder político, de oscuros contratos públicos y del BOE.
Carlos Sebastián ha escrito un libro bien documentado y que, pese a su corta extensión (algo más de 200 páginas) baja al detalle jurídico y económico para ilustrar los males del reciente diseño institucional español, que, por poner unos cuantos ejemplos, se ven a las claras en la mal planteada y escasamente efectiva Ley de Emprendedores, lanzada a bombo y platillo por el Gobierno para promover la actividad empresarial en tiempos de crisis; en las mil y una modificaciones de la Ley Concursal; en el indefectible retraso con que se adaptan las directivas europeas por estos pagos; en la defensa de los intereses de las grandes empresas que destila la regulación energética en España; en el oscurantismo que dominan los contratos públicos o en los fraudes de ley en que incurre la propia Administración, que, sin ir más lejos, incumple reiteradamente la legislación en materia de plazos de pago, abocando a la bancarrota de tantas pymes y autónomos.
Volviendo al tema de la educación, Sebastián insiste en que, llegado a ciertos umbrales de inversión, los incrementos del gasto se notan poco en la mejora del sistema, y que son más efectivos cambios institucionales que tienen que ver con la gestión de los centros y el incentivo del trabajo de los profesores y del esfuerzo de los alumnos. 
Sebastián cree que está sobrevalorada la relación entre educación y crecimiento económico. Y que la ecuación se escribe más bien al revés. Será una sociedad de leyes claras y justas, basada en el mérito y el esfuerzo y en la audacia de sus empresarios, la que tirará necesariamente del sistema educativo.

Desgraciadamente, estamos en una economía que valora poco la competencia y el esfuerzo y que considera sobremanera la cercanía al poder y las relaciones de amistad, el dichoso enchufismo que hoy sigue siendo la vía más segura para conseguir un empleo o ascender en el escalafón. Algo que tan bien siguen entendiendo nuestros universitarios. Y eso, me temo, es un nefasto mensaje y son malas noticias para todos en el largo plazo.

miércoles, 5 de junio de 2013

Manuel Vicent y los azares de la Historia



A propósito de la lectura de El azar de la mujer rubia


Como en su anterior libro, Aguirre, el magnífico, esa particular crónica del último franquismo a través de la peripecia del Duque de Alba, Vicent vuelve a mezclar realidad y ficción en un juego literario donde es imposible saber dónde empieza una y acaba la otra.

Sin embargo, mientras que en Aguirre había una visión ácida y corrosiva del personaje y de su entorno –algunos hablaron de un ajuste de cuentas y la Duquesa llamó envidioso al autor y dejó el librito a la altura de una hez-, en El azar de la mujer rubia la escritura de Vicent es compasiva. El autor reflexiona sobre la España de las últimas cuatro décadas desde la mirada perpleja de dos fantasmas: un Adolfo Suárez que anda perdido entre las brumas de su enfermedad y una enigmática y rediviva Carmen Díez de Rivera, supuesta muñidora de la relación entre el político abulense y el Rey.    

Conviene aceptar el juego que nos propone Vicent porque vale la pena. Una vez uno empieza el libro no puede dejarlo hasta el final. Pero echo en falta más desarrollo en algunos puntos. Vicent nunca a ha sido un corredor de fondo y siempre parece tener prisa por acabar. Como en sus columnas periodísticas, en El azar de la mujer rubia se obliga a condensar hasta el extremo la información y los detalles que maneja.  Es su estilo: bello, preciso y, como el de Valle Inclán, deformante. Sin embargo, ese mismo estilo le lleva a pasar de puntillas por episodios clave de la historia de este país y hurta al lector una mejor comprensión y alguna página más de deleite.



El armazón de El azar de una mujer rubia son unos cuantos hechos históricos conocidos y algunos chascarrillos de dominio público. No hay mucha más información en la novela sobre Adolfo Suárez y Carmen Díez de Rivera que la que hay disponible en las biografías que les recuerdan en la Wikipedia.  

Vicent se vale del punto de vista de un Adolfo Suárez anciano, desmemoriado y perplejo. Es ese Adolfo Suárez que en una tarde de julio de 2008 recibe al Rey en su casa para recibir la condecoración de más alto rango y, con aire ausente, le espeta: “No te conozco, no sé quién eres, pero creo que te quiero”.  

Las ensoñaciones de Suárez y de Carmen Díez de Rivera, una mujer que ejemplifica mejor que nadie las contradicciones de la historia de España (fue hija no reconocida de Ramón Serrano Suñer, se recluyó en un convento a los 17 años al no poder consumar su relación con un hermanastro, huyó a África, reapareció para convertirse en secretaria de Suárez  cuando éste era director general de TVE y un político al alza, y acabó colaborando con Tierno Galván y siendo eurodiputada por el PSOE), no solo sirven para iluminar los claroscuros de la incipiente democracia, sino también para denunciar el delirio posterior, que tuvo como epítome la fastuosa boda de la hija de Aznar en Escorial, que marca el fin de la fiesta y el comienzo de la pesadilla que hoy nos quita el sueño.
 
Antes, la memoria nebulosa de Suárez y la prosa certera de Vicent nos llevan a la legalización del PCE, el 23-F, la guerra sucia contra ETA, la foto de las Azores o la caída de Lehman Brothers. 

El azar de la mujer rubia sirve también a Vicent para reivindicar la figura de los políticos de la Transición, hombres (y mujeres en este caso) que tuvieron que tomar decisiones y dar la cara sin el respaldo del partido y de los complejos aparatos burocráticos en que hoy se guarecen los políticos de este país. Vicent puede haber caído en una visión reduccionista e idealizadora del pasado, pero es una impresión que seguramente compartirán muchos de los que hoy lean su libro.



    

lunes, 20 de mayo de 2013

Cercas y los últimos héroes





[Recupero aquí un comentario que hice cuatro años atrás, con motivo de la aparición de "Anatomía de un instante", esa novela-ensayo-crónica-relato histórico y algunas cosas más de Javier Cercas. Espero que el tiempo no haya pulverizado mis impresiones de entonces]. 


Puro placer. La última novela de Javier Cercas se lee, a pesar de sus más de 400 páginas y la intrincada madeja política y militar que intenta desenredar, de un tirón. El reto es mayúsculo: Cercas aborda con los mimbres de la ficción uno de los episodios más decisivos de la historia de España en la segunda parte del siglo XX, el del golpe de Estado del 23 de febrero, que, quizá por lo que nos jugábamos y por su proximidad en el tiempo, se rebela huidizo y misterioso, pero también complejo y caleidoscópico.

Cercas vuelve en Anatomía de un instante a explorar el camino que había transitado en su brillante Soldados de Salamina. El autor, sabedor, como él mismo asegura en las páginas iniciales de este trabajo, de que “los hechos poseen por sí mismos toda la fuerza dramática y el potencial simbólico que exigimos a la literatura”, cede a la Historia todo el protagonismo. A partir de esa Historia que nunca es “coherente y simétrica”, sino más bien “desordenada, azarosa e imprevisible”, monta el relato y le da vuelo literario. 

Aunque el propósito primero de Cercas era escribir una perfecta y cerrada novela de espías con el CESID como piedra angular y sus agentes como catalizadores del golpe, las averiguaciones del autor durante meses le llevaron al convencimiento de que una novela del 23-F debía ser poliédrica y coral, sino no sería. Efectivamente, la memoria de la rebelión, que era esperada, cobardemente, por casi todo el mundo desde el verano de 1980 y fue propiciada, además de por los militares, por la actitud ambigua del propio Rey y de los partidos democráticos, ha residido y sigue residiendo en muchas fuentes: los militares golpistas directamente implicados, los muchos que no estuvieron tan implicados pero que se mantuvieron a la expectativa, el Rey y su círculo, el gobierno de Suárez, los espías, los medios de comunicación, los partidos políticos que ese día debían investir como presidente del Gobierno a Leopoldo Calvo Sotelo…  

Una muestra de que Cercas construye el relato pegado a los hechos para luego trascenderlo  está en ese recurrir constante a las imágenes de las cámaras de Televisión Española que, por accidente, quedaron encendidas y grabaron la toma del Congreso. Precisamente, esta grabación, que ha cambiado la forma de acercarnos al golpe y que traído consigo el peligro de banalizarlo, permite al autor vertebrar el libro. 

La figura de Adolfo Suárez, petrificado en su escaño mientras mira con aparente tranquilidad al general Gutiérrez Mellado, que se enfrenta en medio del hemiciclo a los guardias civiles insurgentes, es la coartada perfecta para desplegar la novela y toda su carga moral. Cercas convierte a Suárez, “el falangistilla arribista, el chisgarabís de provincias sin formación”, en un héroe al que, a pesar de atribuir muchos errores, concede también la paternidad de una democracia hecha a golpe de decreto-ley y que desde 1976 siempre avanzó por el alambre. 

Gutiérrez Mellado y Carillo, los únicos que no se achantan con las voces y las balas de los golpistas en el Congreso, son también figuras que el relato ennoblece. Otra vez retoma Cercas el propósito moral de Soldados de Salamina, que era denunciar la eterna ingratitud de este país con sus héroes. En aquella ocasión, salda cuentas con un soldado republicano que se moría en un geriátrico del sur de Francia; en ésta, con un político que hoy vive desmemoriado y que en sus buenos años fue capaz, a pesar de criarse en el franquismo más rancio, de poner los pilares de la democracia. Es conmovedor el relato de los últimos años del político de Ávila, cuando se entrega en cuerpo y alma a dignificar su propia figura al mando de un partido fantasma como el CDS.

Eso sí, a diferencia de sus dos novelas anteriores (Soldados... y La velocidad de la luz), el Cercas narrador esta vez no ha tenido la necesidad de mostrarse. Confiando sin duda en la extraordinaria contundencia de los hechos descritos, aparece sólo en las últimas páginas del libro para reconciliarse con su padre, un suarista convencido.

Un apunte final. Anatomía de un instante también dará mucho que hablar por su acercamiento al papel que tuvo el Rey, no tanto después del golpe, pues indiscutiblemente fue quien abortó el alzamiento, sino antes. Y es que Cercas llega a la conclusión, después de leer como un poseso (es muy interesante la bibliografía final que incluye) y escuchar multitud de testimonios, que el monarca no fue explícito en su rechazo a las maniobras para quitar a Suárez de en medio y, en consecuencia, facilitó que cabecillas como Milans del Bosch y Tejero, bendecidos por el maquiavélico Armada, organizaran la rebelión.    


lunes, 15 de abril de 2013

El Chirbes más devastador



A propósito de En la orilla, de Rafael Chirbes


Rafael Chirbes ha vuelto a escribir un relato social e íntimo al mismo tiempo de la España de hoy, la de la crisis, como ya hiciera hace un lustro en la celebrada Crematorio. En la orilla es un libro devastador donde los paisajes interiores de la derrota tienen su correlato en esa ciénaga a la que acude el protagonista, Esteban, un carpintero de toda la vida metido a promotor inmobiliario en la costa levantina. Es un pantano que quedó al margen de la especulación y que es escenario, paradójicamente, de los momentos más felices en la vida del protagonista.

Como en Crematorio, Chirbes da cuenta del hundimiento social y personal de esa España  donde muchos que se creyeron ricos ahora no tienen ni para comprar el brik de leche de los chicos. En la orilla está construida a base de monólogos absorbentes donde salen a relucir las obsesiones, frustraciones y cuentas pendientes de Esteban y sus compañeros de reparto: de Francisco, su amigo de la juventud, agraciado con el éxito profesional y que, de paso, se llevó al gran amor de Esteban, Leonor; de Pedrós, el promotor que le convence para meter todos los ahorros en unas promociones justo cuando el globo está a punto de estallar; de su padre, un republicano huraño que pasó toda su vida pensando que otra España era posible; de Liliana, la sensual cuidadora sudamericana hostigada por un marido alcohólico y putero y a la que Esteban no puede evitar consolar…

A través de la voz interior de estos personajes, Chirbes, capaz de desdoblarse una y mil veces, hace un exhaustivo recuento de la España del despilfarro, de ese espejismo de país que todos (o casi todos) nos creímos. Era la España de los nuevos ricos que un día sí y otro también comían en restaurantes con estrellas Michelín, que cerraban sus oscuros negocios y pelotazos al calor de un caro whisky escocés, después de haber dado cuenta de una paella de excelente marisco, o que acababan la fiesta en un club con una joven ucraniana entre las piernas.

Como siempre en Chirbes, la ruina material va acompañada de la derrota sentimental y moral. Padres e hijos que nunca se entendieron, amigos que se traicionaron por el amor de una mujer, sueños de juventud que la necesidad o la codicia dejó aparcados para siempre…  Chirbes, en el que es quizá su libro más duro, ha acabado haciendo un relato laico de la bajada a los infiernos. 

Un apunte final. Se ha dicho que En la orilla es la gran novela de la crisis. Puede ser verdad, pero creo que todavía está por escribirse la gran crónica del marasmo, un libro total en el que los protagonistas de verdad -pienso en los Rato o en los Zapatero de turno, en los gestores de las cajas y de las comunidades autónomas que actuaron en connivencia, en los promotores despiadados e hiperactivos, con Bañuelos a la cabeza, en los bancos internacionales que alimentaron la espiral de crédito…- también sean los héroes caídos de la ficción. Creo que hace falta una crónica de la crisis económica (y social y moral) en la línea que Javier Cercas exploró en Anatomía de un instante, donde la ingente información existente sobre los protagonistas de la transición y del golpe de estado del 23-F hizo innecesarios muchos kilos de fabulación. 


domingo, 13 de enero de 2013

España, a examen




A propósito de Informe sobre España, de Santiago Muñoz Machado
Esta crisis está haciendo que se tambaleen los cimientos de todo aquello que considerábamos esencial para el futuro común y firmemente asentado en España. La esperanza de que vuelva a haber trabajo en abundancia se desvanece por momentos, las bases del “Estado del bienestar” no parecen resistir la persistente merma de los ingresos públicos e incluso la unidad del país parece amenazada por tendencias centrífugas de huida ante el desastre (o para precipitarse hacia él).

Santiago Muñoz Machado nos explica en su magnífico Informe sobre España.Repensar el Estado o destruirlo, de manera clara, aunque rigurosamente jurídica, que la crisis institucional que asola España es una parte sustancial del problema. Para Muñoz Machado, jurista de gran renombre y larguísima trayectoria profesional, el funcionamiento de las instituciones del Estado no es correcto desde hace muchos años, circunstancia que las épocas de bonanza disimulaban pero que ahora resulta muy evidente. Ni las comunidades autónomas, ni el Tribunal Constitucional, ni la larga lista de órganos de administración y gobierno del conjunto del Estado cumplen con sus funciones de manera adecuada, dominadas por el sectarismo, la falta de estrategia y reflexión a largo plazo y los intereses mediáticos y políticos inmediatos.

La multiplicación arbitraria de los organismos públicos, las deficiencias del sistema concentrado de control constitucional de las leyes por parte del Tribunal Constitucional, el inextricable universo de la distribución de competencias (“muy oscuro, ineficiente e inadecuado”) y sus indeseables efectos sobre la igualdad entre los españoles y la hiperregulación normativa provocada por las comunidades autónomas con sus graves consecuencias sobre la unidad de mercado, entre otros problemas, provocan que el ordenamiento jurídico general resulte inmanejable y generan graves distorsiones.

Una de las claves de la inadaptación de las instituciones reside en la rigidez de la propia Constitución. Como nos recuerda Muñoz Machado, nunca ha sido posible, desde 1812, una mejora pactada de las constituciones españolas para adaptarse a los cambios históricos. En consecuencia, se han sucedido las rupturas traumáticas provocadas por episodios, habitualmente breves e intensos, de violenta convulsión social y política.



De hecho, afirma el autor, cuando una constitución es estable (como por ejemplo desde 1978 hasta ahora), se debe a que la clase política y las élites sociales han logrado un equilibrio basado en el parasitismo de los recursos públicos, lo que resulta siempre en la petrificación constitucional, en la defensa a ultranza del statu quo. El ejemplo de hoy mismo es palmario; los sucesivos gobiernos lo reforman todo menos lo esencial: el propio Estado.

Muñoz Machado argumenta que ni los inmovilistas ni los separatistas tienen razón, por cuanto es indispensable una reforma integral del ordenamiento jurídico, incluida, idealmente, una reforma constitucional, “para que el Estado quede organizado y funcione de modo correcto”, con el fin de que sirva realmente a los intereses de los españoles. Todo ello implicaría, igualmente, un reconocimiento, aceptado por todos, de los llamados “hechos diferenciales”, de forma que tuvieran un encaje definitivo en la arquitectura jurídica del Estado.

Identificado el problema y propuesta la solución, sólo queda plantearse una pregunta que la elegante contención de Muñoz Machado no expresa de manera explícita, confiado en el juicio de sus lectores: ¿Dónde encontrar el impulso político y social que, con el único objetivo de lograr el bien común, luche por reformar el Estado sin destruirlo?


Informe sobre España. Repensar el Estado o destruirlo
Santiago Muñoz Machado
Editorial Crítica
256 páginas
21,90 euros (papel) 

lunes, 12 de noviembre de 2012

Las leyes de la frontera, de Javier Cercas





El boca a boca de los lectores, la crítica y los premios han coincidido en señalar a Javier Cercas como uno de esos autores a los que hay que estar atentos. Por eso, la llegada a las librerías de Las Leyes de la frontera, su última novela, supone una buena noticia para muchos. Aunque no consigue mover tantos resortes en el interior de la mente del lector como lograron Soldados de Salamina y Anatomía de un instante, Cercas vuelve asorprender, y eso a pesar de que el texto mantiene y juega con algunas de las señas de identidad que caracterizan su obra literaria, como la particular vinculación que surge entre narrador y autor, su interés por los héroes (sean del tipo que sean) o el poso de incertidumbres que siembra a lo largo de las páginas para que cada lector tenga la oportunidad de hacer su propia interpretación de lo expuesto.

Frente a la identificación instantánea que surgía entre Cercas y el narrador al leer las primeras frases de sus obras anteriores (“Ahora llevo una vida falsa, una vida apócrifa y clandestina e invisible aunque más verdadera que si fuera verdad, pero yo todavía era yo cuando conocí a Rodney Falk...”, empezaba, por ejemplo, la menos conocida La velocidad de la luz), lo primero que llama la atención al comenzar ésta es que somos testigos de una conversación. 

Así, la narración en primera persona a la que nos tenía acostumbrados da paso al diálogo puro, en concreto, a la trascripción de distintos encuentros que un escritor entabla con tres personajes diferentes, que le irán brindando información sobre un famoso delincuente de los años 70-80 sobre el que le han pedido que escriba un libro. Para ello, se entrevistará con un antiguo miembro de su banda, el Gafitas, que décadas después, ya convertido en abogado, le defenderá; con uno de los policías que lo arrestó; y con el director de una de las prisiones en las que estuvo recluido.

Resulta inevitable asociar a Cercas con ese autor anónimo que va haciendo preguntas y tirando del hilo para reconstruir la historia de Antonio Gamallo, alias el Zarco, descrito como “el quinqui y el drogadicto oficial de este país”, pero ocurre un tanto de lo mismo con Ignacio Cañas, ese charnego de clase media que durante tres meses cruza la frontera debido a su interés por una muchacha y se convierte en el Gafitas, un miembro más de la banda y, por su peso, el verdadero protagonista de la novela. 

Será su breve compañero de atracos en 1978 y, dos décadas después, se hará cargo de su defensa. De hecho, el propio Cercas cuenta que parte del origen de este libro surge de la necesidad de entender por qué mucha gente de su generación tuvo un final trágico a causa de las drogas y él no lo tuvo.

Reconoce en los quinquis otro punto de partida; esos delincuentes que aparecieron durante la transición y que, según Cercas, “fascinaban y aterrorizaban”. Teniendo como referencia al Vaquilla, en el libro se cuenta como un quinqui de barrio es convertido por los medios de comunicación en una leyenda. El Zarco pasa 25 años entre la cárcel o en busca y captura, y es acusado de 600 delitos, pero, a pesar de todo ello, los medios le convierten en el gran delincuente arrepentido e intentan redimir su figura para que salga de la cárcel. 

Vuelve a ser un héroe con aristas y posiblemente cuestionado por muchos (y sobre todo por el propio Cercas). Un personaje como el miliciano anónimo que no disparó a Sánchez Mazas en Soldados de Salamina o los tres diputados (éstos menos anónimos) que no se tiraron al suelo aquel aciago 23 de febrero, pero, en definitiva, el único tipo que parece interesarle al autor.

Y el tercer vínculo que permite reconocer a Cercas en esta nueva novela son esos “ángulos oscuros, puntos ciegos, ambiguedades esenciales”, según sus palabras, que hacen necesario que el lector ponga algo de él, ya que debe “interpretar la partitura que fabrica el escritor”, para crear su propia novela, esa que tal vez difiera de la leída por su mejor amigo, que verá en el gesto de un personaje algo distinto a lo visto por aquel. Eso sí, tanto uno como otro disfrutarán de un texto concebido como un gran puzle, muy rico en lecturas, original en el planteamiento, pero que resulta muy difícil que cautive tanto y a tantos como sus libros más logrados, quizás porque la Guerra Civil y el golpe de estado del 81 consiguen todavía conmovernos o porque él, sin duda, lo consiguió.

Las leyes de la frontera

Random House Mondadori
383 paginas
21,90 euros




viernes, 2 de marzo de 2012

Non fiction novel




A propósito de las Historias de Ignacio Martínez de Pisón


De adolescente uno siempre pensó que la literatura con mayúsculas debía ser un torturante ejercicio de solipsismo. Para dar cuenta del desgarro que produce el paso del tiempo, la angustia de la existencia o la contrariedad del amor. El autor total era el que creaba un universo a partir de sus miserias. Así, uno se hizo sin querer, en esos tiempos de iniciación, un entusiasta de Unamuno, de Camus, de Bukowski o de García Márquez, que se inventa un mundo emocional y físico él solito.

Luego uno se da cuenta que la literatura puede ser algo más (o menos, según se mire). Ese solipsismo tan seductor de la adolescencia lectora se vuelve una limitación. Es verdad que el mundo cabe en una triste habitación de hotel, pero uno sospecha que más allá de esas cuatro paredes, ahí fuera, en la sociedad y en la vida, hay mucho material para un buen libro. Truman Capote es un buen ejemplo. En A Sangre fría, donde eleva el periodismo a género mayor, su ombligo pinta mucho menos que el de los asesinos Dick Hickock y Perry Edward Smith, o que el de los cuatro miembros de esa familia que nada más empezar el relato se ventilan en un pueblito de Kansas.


Todo esto me vino a la cabeza unos días atrás mientras escuchaba a Ignacio Martínez de Pisón en la Fundación Juan March. En una novela de juventud de la que reniega, Martínez de Pisón se sorprende escribiendo sobre la peripecia sentimental de unos jóvenes durante el 23-F, pero sin hacer referencia a la España convulsa de la Transición. Ese alejamiento escama hasta tal punto al autor que, a partir de ahí, da un giro y, poco a poco, la realidad y la Historia (con mayúsculas en muchos casos) empiezan a contaminar ese discurso más íntimo de amores contrariados y disputas paterno filiales.


En Carreteras secundarias, Martínez de Pisón empieza esta maduración. “La realidad te da más material que la más potente imaginación”, decía. Aquella road movie protagonizada por un adolescente solitario y un padre con aires de perdedor que viajan a la deriva en un Citroën Tiburón, su única propiedad, sirve al novelista para airear dramas personales, pero también para dar cuenta de lo que fue este país contradictorio en el último franquismo. Más tarde, en El tiempo de las mujeres nos trae la historia de tres hermanas que tienen que responder al duro golpe, relatado en las primeras páginas, que supone la muerte de su padre. Otra vez, Martínez de Pisón trasciende el drama familiar para simbolizar una sociedad que busca su madurez y que tiene que empezar a caminar sola después de décadas de dictadura.



Sin embargo, su novela más histórica y menos “personal” llega un poco más tarde. Enterrar a los muertos está basada en un hecho real. Wikipedia dixit: el célebre asesinato de José Robles Pazos, republicano convencido y traductor, y su investigación por parte del novelista John Dos Passos, de quien Robles había traducido al español Manhattan Transfer. Robles, que no dudó en julio de 1936 en ponerse al servicio del gobierno republicano, fue detenido en Valencia por los servicios secretos soviéticos y desapareció sin más explicaciones. Dos Passos no supo de su asesinato hasta abril de 1937, cuando se encontraba en España colaborando en un documental de propaganda republicana. Empeñado en averiguar la verdad, chocó contra una tupida conspiración de silencio y mentiras. Para los mitómanos, hay que decir que el episodio arruinó la relación de Dos Passos con Hemingway.

“Con esta novela me di cuenta de lo fácil que es hoy investigar las cosas. Los archivos están abiertos y la gente dispuesta a contarte cosas”, contaba el novelista para quitarle importancia a la que muchos consideran su mejor novela (o mejor, a lo Capote, non fiction novel). Una curiosidad: una de las mayores revelaciones para Martínez de Pisón llegó cuando los documentalistas de la Universidad Johns Hopkins de Baltimore, donde había dado clases el malogrado Robles, le enviaron, en respuesta a un e-mail, un sobre con toda su correspondencia, al precio, eso sí, de 10 centavos por hoja en concepto de gastos de impresión. Adiós al mito del novelista atormentado que vive literariamente de su propio drama. Aquí el drama viaja en paquete de Fedex y lleva membrete universitario y la firma de una aburrida funcionaria.

En Enterrar a los muertos, el novelista se quita literalmente de en medio y deja que sea la realidad y el hilo de la investigación la que hagan avanzar el relato. Otra vez Capote. Es algo parecido a lo que se ha podido ver últimamente, y con buenos resultados, en Cercas (Anatomía de un instante) o en Isaac Rosa (El vano ayer). “No podía hacer novelería de algo tan serio y grave como lo que había pasado a Robles y a su familia”, decía Martínez de Pisón en la Juan March. 

Dos de sus últimas novelas -Dientes de leche y El día de mañana- me parecen interesantes por un motivo: Martínez de Pisón huye de algunos lugares comunes de la novelística de la guerra civil y del franquismo y rescata episodios olvidados del lado de los vencedores. Como hiciera Cercas en Soldados de Salamina, rompiendo un tabú en autores supuestamente de izquierdas, Martínez de Pisón encuentra materia novelesca de altura en el lado fascista, y lo hace sin sonrojos y sin pedir disculpas. En El día de mañana, el protagonista es un soplón de la Brigada Político Social. En Dientes de leche, el centro del relato es Raffaele Cameroni, un italiano que llega a España en 1937 para luchar como voluntario en el bando franquista. Como recordaba el otro día en el abarrotado salón de actos de la Juan March, donde doscientas personas –muchas ancianas- le escuchaban con atención, las Brigadas Internacionales movilizaron a 30.000 combatientes, pero los fascistas italianos llegaron a 80.000. “De unos se ha escrito muchísimo, de los otros no se escribió nada”. En esas andamos.    

En cualquier caso, la huida de Martínez de Pisón de “lo literario” (¿por qué será que siempre que escribo este adjetivo pienso en Ruiz Zafón?), y su interés cada vez mayor por la Historia, por el testimonio de sus protagonistas y, en general, por la sociedad española de los últimos 50 años, no impiden que sus páginas estén llenas de sutilezas que dan cuenta de las tragedias humanas y familiares que siempre nos han interesado, desde el tiempo de los griegos. Sus personajes trascienden su intimidad e iluminan aspectos poco transitados de la historia de este país en el último siglo. Era, en su opinión, una exigencia moral.