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miércoles, 24 de febrero de 2016

Por qué somos los españoles tan ineficientes



A propósito de la lectura del libro de 
Carlos Sebastián 'España estancada'

El enchufe sigue siendo la primera vía de acceso a un trabajo en España. Hace unas semanas se publicaban los resultados de una macroencuesta (más de 13.000 alumnos consultados en 46 campus privados y públicos de todo el país) que decían que más de un tercio de los universitarios recurre a los conocidos para hallar empleo. Es la vía más rápida y segura, muy por delante del contacto directo con las empresas, los portales especializados o los servicios de prácticas de las universidades, los COIE.

Es una disfunción inasumible y lanza un mensaje bastante desalentador, pues al final lo que se les dice a nuestros jóvenes y, por extensión al resto de la sociedad, es que los méritos son secundarios y la igualdad de oportunidades una quimera. Y que, en su lugar, lo que cuenta por encima de todo son las relaciones, en muchos casos determinadas por el nivel económico heredado y por las posibilidades de los padres y de la familia. Estamos ante una manifestación más del bajo rendimiento económico que tiene el conocimiento cualificado en España.
También el dato deja en evidencia la gestión de las universidades, y concretamente de sus oficinas de orientación laboral y colocación, los famosos COIE, que en algunos campus son inexistentes y que en otros siguen sin conectar a los alumnos con las empresas que les podrían contratar.
La pervivencia desde la noche de los tiempos del enchufismo es una muestra clara de que en este país fallan sobre todo las instituciones y los incentivos, y no tanto la formación de los alumnos o incluso las inversiones destinadas a educación, por más que en los últimos años se hayan resentido y los recortes hayan sido drásticos.
Carlos Sebastián, catedrático de Economía con experiencia en la política y que fue primer director de Fedea, ha escrito un libro, España estancada, por qué somos tan ineficientes, que insiste en la idea de que nuestro gran problema está sobre todo en el marco institucional, en las normas y leyes que nos hemos dado para organizarnos.

Sebastián sigue la tesis de Acemoglu y Robinson (Por qué fracasan los países) de que la prosperidad de un país depende mucho más de sus instituciones y de la confianza que tengan sus ciudadanos en ellas, que del petróleo o el gas que tenga su subsuelo, la posición estratégica, la cultura que atesore o el clima que disfrute, por benigno que éste sea.
En este sentido, la historia reciente de este país es un fracaso reiterado si se atiende al desarrollo de su armazón institucional. Desde principios de los 90, mantiene Sebastián, España sufre un deterioro imparable. El impulso reformista de la Transición se fue perdiendo con los años y, en su lugar, empezó a consolidarse un estado clientelar, jurídicamente inseguro y profundamente ineficiente. 
Al cabo de los años, las consecuencias son conocidas por todos: las cúpulas de los partidos han colonizado una buena parte de la vida pública y han neutralizado o eliminado los organismos de control, creando una estructura clientelar por todo el país; los políticos también han intentado ocultar sus intereses con una producción legislativa elevada y bien publicitada, pero confusa y de escasa calidad; y también ha pervivido y medrado una élite empresarial alrededor del poder político, de oscuros contratos públicos y del BOE.
Carlos Sebastián ha escrito un libro bien documentado y que, pese a su corta extensión (algo más de 200 páginas) baja al detalle jurídico y económico para ilustrar los males del reciente diseño institucional español, que, por poner unos cuantos ejemplos, se ven a las claras en la mal planteada y escasamente efectiva Ley de Emprendedores, lanzada a bombo y platillo por el Gobierno para promover la actividad empresarial en tiempos de crisis; en las mil y una modificaciones de la Ley Concursal; en el indefectible retraso con que se adaptan las directivas europeas por estos pagos; en la defensa de los intereses de las grandes empresas que destila la regulación energética en España; en el oscurantismo que dominan los contratos públicos o en los fraudes de ley en que incurre la propia Administración, que, sin ir más lejos, incumple reiteradamente la legislación en materia de plazos de pago, abocando a la bancarrota de tantas pymes y autónomos.
Volviendo al tema de la educación, Sebastián insiste en que, llegado a ciertos umbrales de inversión, los incrementos del gasto se notan poco en la mejora del sistema, y que son más efectivos cambios institucionales que tienen que ver con la gestión de los centros y el incentivo del trabajo de los profesores y del esfuerzo de los alumnos. 
Sebastián cree que está sobrevalorada la relación entre educación y crecimiento económico. Y que la ecuación se escribe más bien al revés. Será una sociedad de leyes claras y justas, basada en el mérito y el esfuerzo y en la audacia de sus empresarios, la que tirará necesariamente del sistema educativo.

Desgraciadamente, estamos en una economía que valora poco la competencia y el esfuerzo y que considera sobremanera la cercanía al poder y las relaciones de amistad, el dichoso enchufismo que hoy sigue siendo la vía más segura para conseguir un empleo o ascender en el escalafón. Algo que tan bien siguen entendiendo nuestros universitarios. Y eso, me temo, es un nefasto mensaje y son malas noticias para todos en el largo plazo.

martes, 19 de enero de 2016

Lecciones de Borgen



Ando estos días seducido por la actriz Sidse Babett Knudsen, que interpreta a la primera ministra danesa Birgitte Nyborg en la serie Borgen. Y también por las muchas cosas que pasan a su alrededor: en el palacio de Christiansborg, donde se cuece gran parte de la vida pública del país nórdico, y en las redacciones de los periódicos y televisiones de Copenhagen que siguen al minuto los avatares de la mandataria y de su gobierno.   
Borgen –en realidad apodo del palacio que acoge a la oficina del primer ministro,  y la sede del Parlamento- no es una serie audaz en cuanto a las formas, ni tampoco de tramas excesivamente complejas. Además, sus creadores no han renunciado a ciertos clichés, algo que no verán con simpatía los puristas y amantes del riesgo audiovisual, siempre tan difíciles de satisfacer, pero sí el resto de la audiencia.  
Sin embargo, esta radiografía más o menos asumible de la vida política de Dinamarca, y, por extensión, de cualquier democracia moderna y mediática, se ve con creciente interés. Birgitte Nyborg, líder del centrista partido Moderado, sintoniza, por ideales y coraje político, con el demócrata Josiah Bartlet (Martin Sheen) de El ala oeste de la Casa Blanca. Pero Borgen da una visión más desencantada de la política y nos muestra hasta qué punto el poder puede aniquilar a aquellos que lo detentan y pasar por encima de ideas, adhesiones aparentemente inquebrantables y afectos familiares.

En este punto, la brillante serie danesa está más en la línea de House of cards (¡el tema musical de entrada es sospechosamente muy parecido!). Es verdad que Nyborg -por lo que dicen, personaje inspirado en la comisaria europea Margrethe Vestager- es bambi comparada con el retorcido Frank Underwood que interpreta Kevin Spacey en la serie estadounidense, pero a través de la peripecia de ambos conocemos los tejemanejes y continuas traiciones que forjan la política de un país, inaceptables para un ciudadano corriente, pero perfectamente verosímiles, como recordaba en una entrevista el que fuera corresponsal de TVE en Washington, Lorenzo Milá.

Y es que después de Borgen, nadie verá igual una rueda de prensa desde La Moncloa, un debate televisado o una comparecencia en el Congreso del presidente o del líder de la oposición. Si uno sospechaba que la política es sobre todo representación y muchas veces juego sucio, aquí tiene la triste constatación.
Pero para mí lo más interesante de Borgen llega cuando se comparan los usos y costumbres políticos (y sociales) de la modélica Dinamarca con los que tenemos en España. Borgen, que para la mayoría de los daneses refleja fielmente el sistema político de su país, aporta unas cuantas enseñanzas que no conviene olvidar en el nuestro, sobre todo en un periodo tan incierto como el que se ha abierto desde las pasadas elecciones en Cataluña y las Generales del 20D. Aquí van unas cuantas que se me ocurren:
-Un gobierno de coalición no es el fin del mundo. Llegar a pactos es tan legítimo y respetable como gobernar con mayoría absoluta. La primera ministra Nyborg, del centrista partido Moderado -Cuidadanos es lo que más se le puede parecer por estas latitudes- se pasa todo el tiempo buscando apoyos para consolidar su frágil gobierno de coalición, donde se integran ministros de tres o cuatro partidos, a veces con puntos de vista muy divergentes. El asunto es fiel reflejo de lo que pasa en Dinamarca desde tiempo inmemorial. De hecho, la última mayoría absoluta por allí se consiguió hace más de un siglo (en 1901).

No por pactar con señores de distinto signo uno tiene necesariamente que renunciar a sus ideas para mejorar el país. Nyborg -liberal en lo económico, pero también ferviente defensora del estado del bienestar- lo recuerda una y otra vez. Sólo hay que asumir que se pondrán en marcha de forma parcial o no tan inmediata. La política es este caso negociación y deseo de consenso. No hay otra cuando los electores andan tan divididos. Es lo que pasa en casi todos los países europeos y convendría que lo tuvieran en cuenta nuestros políticos, que por primera vez se enfrentan a aritméticas complejas.  

-No existe el plasma. Ni se contempla siquiera. Lo de no aparecer en una rueda de prensa, en un debate o en un telediario dando explicaciones sobre la polémica del día no le cabe en la cabeza a la primera ministra danesa, o al resto de políticos que hacen pasillos en Borgen. En Dinamarca, acudir a la televisión a afrontar un debate a pecho descubierto con los incisivos periodistas de la cadena estatal, pagada por todos los daneses, está en la agenda. Las espantadas de Rajoy -en los debates a cuatro de las últimas elección- o sus salidas del Congreso por la puerta de servicio para evitar a los señores de micro simplemente dejarían estupefactos a Birgitte Nyborg y sus colegas.
-El poder corrompe y hace que los que llegan arriba se aferren a la silla como si les fuera la vida en ello. La en principio pragmática y consecuente Birgitte Nyborg también sucumbirá al efecto corrosivo de la poltrona. Algunas de las frases que abren los 30 capítulos de la serie y dan el tono de lo que va a pasar en los 50 minutos siguientes son bien ilustrativas: “Casi todos podemos soportar la adversidad; pero si queréis poner a prueba de verdad el carácter de un hombre, dadle el poder” (Lincoln); “Cuando se hace daño es menester hacerlo de tal modo que sea imposible la venganza” (Maquiavelo); “Un príncipe ha de saber que el partido más seguro es ser temido primero que ser amado” (Maquiavelo); “La política es la guerra sin efusión de sangre; la guerra es política con efusión de sangre” (Mao Tse-Tung); “Algunos cambian de partido para defender sus principios; otros de principios para defender su partido” (Churchill). De todo esto, por desgracia, sobran ejemplos en España.

-La política es puro cinismo. En Borgen, todos escenifican en público sus diferencias, mientras que, petit comité, de puertas adentro, en las cómodas estancias del palacio de Christiansborg, con un café humeante en la mano, trabajan para llegar a muy calculados acuerdos y mantener así su cuota de poder, a pesar de que eso signifique dar la razón al oponente al que públicamente acaban de desacreditar. Borgen es una verdadera lección de negociación, de cómo se mueven las piezas en el complicado tablero de la política actual, con el poder tan repartido. Birgitte Nyborg se muestra más audaz cuanto más complicada se pone la partida. La primera ministra danesa exhibe siempre un discurso brillante y persuasivo. Cuesta no comprarle la mercancía.

-Paradójicamente, en las modernas democracias mediáticas que se han impuesto aquí y allá, es el periodismo el primer damnificado. El periodismo, un barco de papel en medio de un mar encrespado. Después del palacio de la primera ministro, el segundo escenario de Borgen, y donde se desarrolla buena parte de la intriga de la serie, son precisamente los estudios de la televisión pública danesa. Allí, sus profesionales luchan por dar buena y rigurosa información política. Aunque lo tendrán todo en contra: la puerilidad que imponen los índices de audiencia, unos directivos más pendientes de la hoja de cálculo que de la calidad del producto, el amarillismo de la competencia, las filtraciones interesadas, la escasez de recursos en la redacción por los indefectibles recortes de presupuesto o la excesiva proximidad al poder de los propios medios. Es un fenómeno global y en Borgen está maravillosamente expuesto.  


-No hay manera de conciliar vida profesional y familiar en el mundo de la política. Ni allí -en el modélico estado del bienestar nórdico- ni aquí -donde tanto queda por hacer-. Uno de los grandes conflictos de la serie Borgen reside en este punto. Durante las tres temporadas, Birgitte Nyborg lucha para mantener su matrimonio y la complicidad de sus hijos tras jornadas maratonianas cargadas de reuniones con políticos taimados y ambiciosos, sesiones en el parlamento, viajes al extranjero o lecturas de complejos informes sobre las más variadas cuestiones. Aunque la primera ministra danesa en la ficción se las ingenia para abandonar su despacho temprano y preparar la cena, o también nos la muestran repartiendo los cereales por la mañana a su prole, la verdad es que la conciliación siempre se le pone muy cuesta arriba y le va a traer quebraderos de cabeza y ansiedades múltiples.     
-En Borgen, las reuniones duran poco y son efectivas. Los puntos de vista se exponen con rapidez y contundencia, y los acuerdos y las decisiones se toman pronto. Sé que es una ficción y que muchas veces las cosas son más complejas y requieren más tiempo y detalle, pero tengo la impresión de que en España todo es más prolijo y hay verdadera dificultad para ir al grano y acabar pronto lo que sea. Da gusto ver a la primera ministra Nyborg despachar temas cruciales con sus ministros o con su jefe de gabinete en las caballerizas del palacio de Christiansborg mientras dan un corto paseo para estirar las piernas y coger aire. En Borgen no hay largas y opíparas comidas en restaurantes de lujo. Lo más, un café y un croasán en una mesa de trabajo durante la hora del desayuno. Y luego, a otra cosa mariposa.

domingo, 13 de enero de 2013

España, a examen




A propósito de Informe sobre España, de Santiago Muñoz Machado
Esta crisis está haciendo que se tambaleen los cimientos de todo aquello que considerábamos esencial para el futuro común y firmemente asentado en España. La esperanza de que vuelva a haber trabajo en abundancia se desvanece por momentos, las bases del “Estado del bienestar” no parecen resistir la persistente merma de los ingresos públicos e incluso la unidad del país parece amenazada por tendencias centrífugas de huida ante el desastre (o para precipitarse hacia él).

Santiago Muñoz Machado nos explica en su magnífico Informe sobre España.Repensar el Estado o destruirlo, de manera clara, aunque rigurosamente jurídica, que la crisis institucional que asola España es una parte sustancial del problema. Para Muñoz Machado, jurista de gran renombre y larguísima trayectoria profesional, el funcionamiento de las instituciones del Estado no es correcto desde hace muchos años, circunstancia que las épocas de bonanza disimulaban pero que ahora resulta muy evidente. Ni las comunidades autónomas, ni el Tribunal Constitucional, ni la larga lista de órganos de administración y gobierno del conjunto del Estado cumplen con sus funciones de manera adecuada, dominadas por el sectarismo, la falta de estrategia y reflexión a largo plazo y los intereses mediáticos y políticos inmediatos.

La multiplicación arbitraria de los organismos públicos, las deficiencias del sistema concentrado de control constitucional de las leyes por parte del Tribunal Constitucional, el inextricable universo de la distribución de competencias (“muy oscuro, ineficiente e inadecuado”) y sus indeseables efectos sobre la igualdad entre los españoles y la hiperregulación normativa provocada por las comunidades autónomas con sus graves consecuencias sobre la unidad de mercado, entre otros problemas, provocan que el ordenamiento jurídico general resulte inmanejable y generan graves distorsiones.

Una de las claves de la inadaptación de las instituciones reside en la rigidez de la propia Constitución. Como nos recuerda Muñoz Machado, nunca ha sido posible, desde 1812, una mejora pactada de las constituciones españolas para adaptarse a los cambios históricos. En consecuencia, se han sucedido las rupturas traumáticas provocadas por episodios, habitualmente breves e intensos, de violenta convulsión social y política.



De hecho, afirma el autor, cuando una constitución es estable (como por ejemplo desde 1978 hasta ahora), se debe a que la clase política y las élites sociales han logrado un equilibrio basado en el parasitismo de los recursos públicos, lo que resulta siempre en la petrificación constitucional, en la defensa a ultranza del statu quo. El ejemplo de hoy mismo es palmario; los sucesivos gobiernos lo reforman todo menos lo esencial: el propio Estado.

Muñoz Machado argumenta que ni los inmovilistas ni los separatistas tienen razón, por cuanto es indispensable una reforma integral del ordenamiento jurídico, incluida, idealmente, una reforma constitucional, “para que el Estado quede organizado y funcione de modo correcto”, con el fin de que sirva realmente a los intereses de los españoles. Todo ello implicaría, igualmente, un reconocimiento, aceptado por todos, de los llamados “hechos diferenciales”, de forma que tuvieran un encaje definitivo en la arquitectura jurídica del Estado.

Identificado el problema y propuesta la solución, sólo queda plantearse una pregunta que la elegante contención de Muñoz Machado no expresa de manera explícita, confiado en el juicio de sus lectores: ¿Dónde encontrar el impulso político y social que, con el único objetivo de lograr el bien común, luche por reformar el Estado sin destruirlo?


Informe sobre España. Repensar el Estado o destruirlo
Santiago Muñoz Machado
Editorial Crítica
256 páginas
21,90 euros (papel) 

miércoles, 27 de junio de 2012

Cuatro peces, de Paul Greenberg





Los peces son los últimos alimentos que, a gran escala, la Humanidad extrae directamente del medio natural. Tal circunstancia no va durar mucho tiempo como se comprueba en el proceso que se viene observando en nuestras pescaderías en los últimos años. Ahora mismo, la mitad del pescado proviene de la acuicultura mientras que los ejemplares de las especies tradicionales, obtenidos mediante la denominada pesca extractiva, van menguando inquietante y progresivamente de tamaño, a la par que son sustituidos por peces hasta hace poco desconocidos (como el panga, la perca, el halibut o el abadejo, entre otros muchos).

Paul Greenberg, colaborador asiduo del New York Times desde 2005, es aficionado a la pesca desde niño y recorrió medio mundo durante la preparación de Cuatro peces para comprender de primera mano el sistema mundial que recolecta a los peces, los transforma en productos comerciales y los lleva hasta nuestros supermercados. El libro, publicado por primera vez en 2010 y muy exitoso en Estados Unidos, explora la evolución de la relación entre el hombre y los recursos acuícolas y su futuro, a través de la historia de las cuatro especies de peces que han dominado el mercado mundial en los últimos años: el rey salmón, el plebeyo bacalao, el pescado de los días de fiesta, es decir, la lubina, y el salvaje atún (los epítetos son de Greenberg). 

El objetivo último del libro es reflexionar sobre un hipotético equilibrio realista entre las necesidades globales, ecológicas, de nuestro planeta y las humanas y establecer las bases para una “paz justa duradera entre el ser humano y los peces”. Con gran claridad de exposición y basándose en datos científicos muy bien digeridos, Greenberg logra un sorprendente e interesante relato sobre la complejidad de las interacciones entre los pescadores, los intereses comerciales, la biotecnología, los consumidores, las regulaciones internacionales y las presiones de los colectivos de todo signo, salpicado de anécdotas reales del mundo de la pesca.

Como nos explica el autor, una vez que las reservas mundiales de una especie concreta de pez de buena comercialización se han sobreexplotado, lo que acaece repetidamente desde hace muchos años (un buen ejemplo es el declive del atún rojo atlántico), la presión del mercado conduce, por un lado, a la domesticación de la malograda especie para su producción en piscifactorías (algo muy difícil de lograr en algunos casos como el del propio atún) y, por otro, a la búsqueda de especies alternativas de similares características organolépticas y población abundante, lo que inicia una nueva expansión de la pesca comercial masiva que acaba, de nuevo, en el colapso de los caladeros.



La sucesión de ciclos de destrucción/domesticación, asociada al voraz apetito de pescado de los consumidores en todo el mundo, genera problemas ambientales de gran impacto como la reducción del potencial productivo de los mares y su eficiencia ecológica o el aumento de la contaminación orgánica y genética, que derivan tanto de la destrucción directa del medio oceánico por los excesos de la pesca comercial como de las dificultades que implica la gestión de la población piscícola “estabulada”, que precisa de una copiosa alimentación (extraída frecuentemente del propio océano) y genera grandes cantidades de residuos en las costas.

Greenberg no es ni tendencioso ni catastrofista, y por eso propone cuatro objetivos muy claros para solucionar el problema del aprovechamiento sostenible de los cada vez más escasos recursos marinos y fluviales: una reducción drástica de la pesca extractiva (si ya no dependemos de la caza de especies silvestres ¿por qué deberíamos hacerlo de la pesca?), la creación de grandes reservas marinas, la preservación de aquellas especies que no se puedan gestionar mediante un equilibrio cuidadoso entre la explotación natural y la domesticación y, finalmente, la protección de la parte baja de la cadena alimentaria, es decir, el empleo muy controlado en la acuicultura de los pequeños peces que se utilizan de forraje, como las anchoas, la sardina y el arenque, y cuya sobrepesca debe evitarse por todos los medios porque constituyen la base esencial de las pirámides tróficas de los océanos.

No parecen objetivos necesariamente inalcanzables si bien topan con formidables obstáculos, entre los que la falta de un sistema de gobernanza mundial de la pesca (¡otro ejemplo más!) no es el menor. Por cierto, para la sencilla pregunta ¿qué pescado debo comer?, Greenberg no ofrece una única respuesta, aunque el lector curioso encontrará la suya propia a lo largo de las páginas de este fascinante libro. ¡No os lo perdáis!

Cuatro peces
Paul Greenberg
RBA
448 páginas
23 euros (papel)

domingo, 16 de octubre de 2011

La niña de Rajoy



Retrocedamos cuatro años. Es muy probable que lo que más se recuerde de los dos debates que Zapatero y Rajoy mantuvieron a principios de 2008, en la recta final de la anterior campaña presidencial española, no sea la dura recriminación del candidato del PP al socialista por haber olvidado a las víctimas del terrorismo, o la andanada de cifras que uno y otro dieron para justificar su más o menos pesimista visión de la economía.

Lo más probable es que si hoy se pregunta por aquellos cara a cara televisivos muchos vuelvan a hablar de "la niña de Rajoy", el personaje de ficción con el que el líder de la derecha debía coronar su intervención, en un intento de mostrar su lado más humano. "El otro día hablé de una niña, de una niña que tiene que crecer, y en esa niña pienso, porque esa niña mueve mi sentimiento y mi corazón", sentenció Rajoy para cerrar el segundo debate televisado. 



Ni que decir tiene que el intento de Rajoy de emocionar y ganarse a la audiencia con esa historia fracasó y algunos le tacharon incluso de cursi. La voz del candidato transmitió poca convicción y sus dotes de actor quedaron en entredicho. La mirada esquiva del político, siempre más pendiente del papel que de la cámara, tampoco ayudó. En realidad, siempre pareció que Rajoy leía un texto y que ese texto, además, no era para él.

Sin embargo, la famosa niña del político gallego es muy de nuestro tiempo, mucho más, en todo caso, que el discurso más tradicional de Zapatero. Y es que la teoría que sostenía el planteamiento de los asesores del candidato conservador reconoce el papel central del storytelling, o arte de contar historias, que durante siglos estuvo circunscrito al ámbito de la literatura, pero que en las últimas décadas se ha convertido en un arma de persuasión y encantamiento a la que han recurrido líderes políticos y empresariales de todo el mundo.

En este libro, el escritor francés Christian Salmon, que no se hace eco del caso de Rajoy, hace un repaso por algunos de las manifestaciones del storytelling en vida política americana y francesa, explicando incluso cómo se lo ha apropiado el Pentágono, que cada vez recurre más a guionistas de Hollywood y al mundo del videojuego.

Salmon examina los efectos de esta ficcionalización del mundo en dos ámbitos básicamente: el económico y el de la política. En el mundo de la empresa, este "imperialismo narrativo", que impone un acercamiento a la realidad a través de una story cercana y emotiva y nunca gracias a un análisis riguroso de los hechos, ha producido una metamorfosis profunda en el modo de comunicar de las corporaciones.

Ya no vale el producto o la marca a secas. La imagen de la compañía tiene que ir asociada a un relato, a una historia de superación. Como la del fabricante de ordenadores que empezó en un garaje o la destilería de wisky que ha salido adelante gracias al trabajo sincero, abnegado y respetuoso con la tradición de una familia. Esta capacidad del storytelling para crear mundos de color rosa en la empresa, denuncia Salmon recordando a Richard Sennet, han llevado a creer en el cambio constante como algo incuestionable o a asumir la ficción (movilizadora) de que nadie compite con nadie y todos somos iguales en el seno de las compañías.
  
Más jugosos si cabe son los capítulos que Salmon dedica a los presidentes de los EEUU que, en mayor o menor medida, han recurrido al storytelling para transmitir su visión (interesada) del mundo. Porque si algo tienen en común Ronald Reagan (un actor al fin y al cabo), George W. Bush y Barack Obama, es precisamente su confianza absoluta en el discurso-ficción como vehículo para motivar a la ciudadanía.

El ejemplo de Obama es iluminador. Los muy estudiados discursos que, durante los dos años previos a su elección, le sirvieron para darse a conocer por todo el país están trufados de tiernas historias, como la de Ann Nixon Cooper, una anciana activista de color que nació poco después de la abolición de la esclavitud y que, con 107 años cumplidos, se  convirtió en la materialización, como el propio Obama, del sueño americano.

Christian Salmon también dedica unas páginas finales a la política en su país, Francia, para recordar que en las últimas elecciones presidenciales, que enfrentaron a Nicolas Sarkozy y Ségolène Royal, también se impuso la confrontación de historias personales al estricto debate de ideas. Sarkozy con la del hijo rebelde que rompe con el padre-presidente y Royal con la de la atractiva mujer que derriba a los viejos elefantes de su partido.

Es un punto de inflexión en Francia que hace pensar que hay larga vida para el storytelling político también en el viejo continente. Eso sí, con la connivencia de unos medios dispuestos a aprovechar el amarillismo que todo esto genera. En fin, el libro de Salmon, que está bien documentado y que recurre a una prosa sobria y culta, ayuda a desentrañar y desenmascarar el sentido de las historias que hoy dirigen el mundo y que, en periodo de elecciones, siempre vuelven al primer plano.   


Storytelling. La máquina de fabricar historias y formatear las mentes
Christian Salmon
Prólogo de Miguel Roig
262 páginas
20,90 euros