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martes, 4 de abril de 2017

Gloria Fuertes antes de la televisión




Para muchos de los que empezamos a ver la televisión en los setenta y en los ochenta, Gloria Fuertes siempre fue aquella señora pizpireta que aparecía por las tardes con chaquetas y corbatas de colores cantarines contándonos cuentos en verso y mirándonos con condescendencia por encima de la gafas mientras hacía rimar con gracia palabras de todos los días.


Al final de su vida, Gloria Fuertes se convirtió en un icono que alternaba con artistas y gentes de la farándula y que nos dejó la letra de sintonías que se han quedado para siempre en nuestra memoria, como aquella que nos amenizaba las tardes al ritmo de “un globo, dos globos, tres globos, la luna es un globo que se me escapó”.  


Pero aquel personaje televisivo que tanta repercusión social le dio a Gloria Fuertes y que contribuyó a que en muchos hogares no faltase una copia de “El dragón tragón” o “El camello cojito”, ensombreció a la escritora que había detrás.


Gloria Fuertes tuvo que salir adelante en una familia pobre del barrio de Lavapiés, en Madrid, y vio cómo moría su hermano pequeño y compañero de juegos en un bombardeo de la Guerra Civil. “Yo estaba sana, pero el hombre y el hambre me dolían todos los días”, escribió a mediados de los años 30. “No tenía más que un traje, un cuaderno y mucho miedo a que se gastara el lápiz”, reconoce en otro momento. Más tarde, y hasta los 70, se refugió en empleos de secretaria y chica de los recados para sobrevivir, mientras en la intimidad se iba forjando una carrera como poeta de estilo directo y conciso, de rima marcada, e irónica y ajena a los intelectualismos de sus compañeros varones de generación. “Escribo sin modelo a lo que salga, escribo de memoria de repente… escribo a lo que salga”.  


En la exposición que ahora le dedica el Fernán Gómez, Centro Cultural de la Villa, en Madrid, está su poesía para niños, pero también están sus versos y confesiones de un tiempo de formación en la sombra, cuando la literatura era para ella una forma de responder al horror de la guerra o al machismo ambiental, o de reivindicar una forma de mirar la realidad cristalina, juguetona, alejada del experimentalismo o de la floritura verbal de sus compañeros de generación.    


Gloria Fuertes lo guardó todo, y por eso la exposición que ahora le dedica el ayuntamiento de Madrid para conmemorar el centenario de su nacimiento traza un completo recorrido vital, sentimental y literario de la poeta. Allí están expuestas las cartillas de racionamiento de la posguerra, las cartas de rechazo de las editoriales cuando todavía no era una celebridad televisiva y se ganaba la vida dando clases de inglés y hasta una lista de posibles novios escrita con lápiz y a mano en la década de los 40. También encontramos la notificación de la concesión de la beca Fullbright que le fue otorgada gracias a la intermediación del amor de su vida, la profesora americana Phyllis Turnbull, o la cartilla del banco con los ingresos que le hacía la universidad americana donde dio clases a principios de los sesenta. En fin, todo un arsenal documental que muy bien podrían servir ahora para que alguien novele la vida de esta escritora que vivió a contracorriente y fue mucho más que la creadora de aquellos globos televisivos que tanto nos entretuvieron a mediados de los setenta cuando salíamos del colegio.


Acercarse a la exposición es acercarse a la Gloria de nuestros recuerdos, pero también a esa mujer solitaria (“Todos los míos han muerto hace años y estoy más sola que yo misma”) que nunca pudimos intuir cuando la veíamos sentada en su trono de mimbre. Década a década, a través de sus poemas y de una documentación tan abundante, es imposible no sorprenderse y salir de sus salas reconociendo que la persona era infinitamente más interesante que el personaje de nuestros recuerdos.  



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Blackie Books acaba de editar ‘El libro de Gloria Fuertes’, un volumen de más de 300 poemas y 80 fotografías, y con una investigación acerca de la vida de la poeta por parte de Jorge de Cascante.

martes, 19 de enero de 2016

Lecciones de Borgen



Ando estos días seducido por la actriz Sidse Babett Knudsen, que interpreta a la primera ministra danesa Birgitte Nyborg en la serie Borgen. Y también por las muchas cosas que pasan a su alrededor: en el palacio de Christiansborg, donde se cuece gran parte de la vida pública del país nórdico, y en las redacciones de los periódicos y televisiones de Copenhagen que siguen al minuto los avatares de la mandataria y de su gobierno.   
Borgen –en realidad apodo del palacio que acoge a la oficina del primer ministro,  y la sede del Parlamento- no es una serie audaz en cuanto a las formas, ni tampoco de tramas excesivamente complejas. Además, sus creadores no han renunciado a ciertos clichés, algo que no verán con simpatía los puristas y amantes del riesgo audiovisual, siempre tan difíciles de satisfacer, pero sí el resto de la audiencia.  
Sin embargo, esta radiografía más o menos asumible de la vida política de Dinamarca, y, por extensión, de cualquier democracia moderna y mediática, se ve con creciente interés. Birgitte Nyborg, líder del centrista partido Moderado, sintoniza, por ideales y coraje político, con el demócrata Josiah Bartlet (Martin Sheen) de El ala oeste de la Casa Blanca. Pero Borgen da una visión más desencantada de la política y nos muestra hasta qué punto el poder puede aniquilar a aquellos que lo detentan y pasar por encima de ideas, adhesiones aparentemente inquebrantables y afectos familiares.

En este punto, la brillante serie danesa está más en la línea de House of cards (¡el tema musical de entrada es sospechosamente muy parecido!). Es verdad que Nyborg -por lo que dicen, personaje inspirado en la comisaria europea Margrethe Vestager- es bambi comparada con el retorcido Frank Underwood que interpreta Kevin Spacey en la serie estadounidense, pero a través de la peripecia de ambos conocemos los tejemanejes y continuas traiciones que forjan la política de un país, inaceptables para un ciudadano corriente, pero perfectamente verosímiles, como recordaba en una entrevista el que fuera corresponsal de TVE en Washington, Lorenzo Milá.

Y es que después de Borgen, nadie verá igual una rueda de prensa desde La Moncloa, un debate televisado o una comparecencia en el Congreso del presidente o del líder de la oposición. Si uno sospechaba que la política es sobre todo representación y muchas veces juego sucio, aquí tiene la triste constatación.
Pero para mí lo más interesante de Borgen llega cuando se comparan los usos y costumbres políticos (y sociales) de la modélica Dinamarca con los que tenemos en España. Borgen, que para la mayoría de los daneses refleja fielmente el sistema político de su país, aporta unas cuantas enseñanzas que no conviene olvidar en el nuestro, sobre todo en un periodo tan incierto como el que se ha abierto desde las pasadas elecciones en Cataluña y las Generales del 20D. Aquí van unas cuantas que se me ocurren:
-Un gobierno de coalición no es el fin del mundo. Llegar a pactos es tan legítimo y respetable como gobernar con mayoría absoluta. La primera ministra Nyborg, del centrista partido Moderado -Cuidadanos es lo que más se le puede parecer por estas latitudes- se pasa todo el tiempo buscando apoyos para consolidar su frágil gobierno de coalición, donde se integran ministros de tres o cuatro partidos, a veces con puntos de vista muy divergentes. El asunto es fiel reflejo de lo que pasa en Dinamarca desde tiempo inmemorial. De hecho, la última mayoría absoluta por allí se consiguió hace más de un siglo (en 1901).

No por pactar con señores de distinto signo uno tiene necesariamente que renunciar a sus ideas para mejorar el país. Nyborg -liberal en lo económico, pero también ferviente defensora del estado del bienestar- lo recuerda una y otra vez. Sólo hay que asumir que se pondrán en marcha de forma parcial o no tan inmediata. La política es este caso negociación y deseo de consenso. No hay otra cuando los electores andan tan divididos. Es lo que pasa en casi todos los países europeos y convendría que lo tuvieran en cuenta nuestros políticos, que por primera vez se enfrentan a aritméticas complejas.  

-No existe el plasma. Ni se contempla siquiera. Lo de no aparecer en una rueda de prensa, en un debate o en un telediario dando explicaciones sobre la polémica del día no le cabe en la cabeza a la primera ministra danesa, o al resto de políticos que hacen pasillos en Borgen. En Dinamarca, acudir a la televisión a afrontar un debate a pecho descubierto con los incisivos periodistas de la cadena estatal, pagada por todos los daneses, está en la agenda. Las espantadas de Rajoy -en los debates a cuatro de las últimas elección- o sus salidas del Congreso por la puerta de servicio para evitar a los señores de micro simplemente dejarían estupefactos a Birgitte Nyborg y sus colegas.
-El poder corrompe y hace que los que llegan arriba se aferren a la silla como si les fuera la vida en ello. La en principio pragmática y consecuente Birgitte Nyborg también sucumbirá al efecto corrosivo de la poltrona. Algunas de las frases que abren los 30 capítulos de la serie y dan el tono de lo que va a pasar en los 50 minutos siguientes son bien ilustrativas: “Casi todos podemos soportar la adversidad; pero si queréis poner a prueba de verdad el carácter de un hombre, dadle el poder” (Lincoln); “Cuando se hace daño es menester hacerlo de tal modo que sea imposible la venganza” (Maquiavelo); “Un príncipe ha de saber que el partido más seguro es ser temido primero que ser amado” (Maquiavelo); “La política es la guerra sin efusión de sangre; la guerra es política con efusión de sangre” (Mao Tse-Tung); “Algunos cambian de partido para defender sus principios; otros de principios para defender su partido” (Churchill). De todo esto, por desgracia, sobran ejemplos en España.

-La política es puro cinismo. En Borgen, todos escenifican en público sus diferencias, mientras que, petit comité, de puertas adentro, en las cómodas estancias del palacio de Christiansborg, con un café humeante en la mano, trabajan para llegar a muy calculados acuerdos y mantener así su cuota de poder, a pesar de que eso signifique dar la razón al oponente al que públicamente acaban de desacreditar. Borgen es una verdadera lección de negociación, de cómo se mueven las piezas en el complicado tablero de la política actual, con el poder tan repartido. Birgitte Nyborg se muestra más audaz cuanto más complicada se pone la partida. La primera ministra danesa exhibe siempre un discurso brillante y persuasivo. Cuesta no comprarle la mercancía.

-Paradójicamente, en las modernas democracias mediáticas que se han impuesto aquí y allá, es el periodismo el primer damnificado. El periodismo, un barco de papel en medio de un mar encrespado. Después del palacio de la primera ministro, el segundo escenario de Borgen, y donde se desarrolla buena parte de la intriga de la serie, son precisamente los estudios de la televisión pública danesa. Allí, sus profesionales luchan por dar buena y rigurosa información política. Aunque lo tendrán todo en contra: la puerilidad que imponen los índices de audiencia, unos directivos más pendientes de la hoja de cálculo que de la calidad del producto, el amarillismo de la competencia, las filtraciones interesadas, la escasez de recursos en la redacción por los indefectibles recortes de presupuesto o la excesiva proximidad al poder de los propios medios. Es un fenómeno global y en Borgen está maravillosamente expuesto.  


-No hay manera de conciliar vida profesional y familiar en el mundo de la política. Ni allí -en el modélico estado del bienestar nórdico- ni aquí -donde tanto queda por hacer-. Uno de los grandes conflictos de la serie Borgen reside en este punto. Durante las tres temporadas, Birgitte Nyborg lucha para mantener su matrimonio y la complicidad de sus hijos tras jornadas maratonianas cargadas de reuniones con políticos taimados y ambiciosos, sesiones en el parlamento, viajes al extranjero o lecturas de complejos informes sobre las más variadas cuestiones. Aunque la primera ministra danesa en la ficción se las ingenia para abandonar su despacho temprano y preparar la cena, o también nos la muestran repartiendo los cereales por la mañana a su prole, la verdad es que la conciliación siempre se le pone muy cuesta arriba y le va a traer quebraderos de cabeza y ansiedades múltiples.     
-En Borgen, las reuniones duran poco y son efectivas. Los puntos de vista se exponen con rapidez y contundencia, y los acuerdos y las decisiones se toman pronto. Sé que es una ficción y que muchas veces las cosas son más complejas y requieren más tiempo y detalle, pero tengo la impresión de que en España todo es más prolijo y hay verdadera dificultad para ir al grano y acabar pronto lo que sea. Da gusto ver a la primera ministra Nyborg despachar temas cruciales con sus ministros o con su jefe de gabinete en las caballerizas del palacio de Christiansborg mientras dan un corto paseo para estirar las piernas y coger aire. En Borgen no hay largas y opíparas comidas en restaurantes de lujo. Lo más, un café y un croasán en una mesa de trabajo durante la hora del desayuno. Y luego, a otra cosa mariposa.

lunes, 20 de mayo de 2013

Cercas y los últimos héroes





[Recupero aquí un comentario que hice cuatro años atrás, con motivo de la aparición de "Anatomía de un instante", esa novela-ensayo-crónica-relato histórico y algunas cosas más de Javier Cercas. Espero que el tiempo no haya pulverizado mis impresiones de entonces]. 


Puro placer. La última novela de Javier Cercas se lee, a pesar de sus más de 400 páginas y la intrincada madeja política y militar que intenta desenredar, de un tirón. El reto es mayúsculo: Cercas aborda con los mimbres de la ficción uno de los episodios más decisivos de la historia de España en la segunda parte del siglo XX, el del golpe de Estado del 23 de febrero, que, quizá por lo que nos jugábamos y por su proximidad en el tiempo, se rebela huidizo y misterioso, pero también complejo y caleidoscópico.

Cercas vuelve en Anatomía de un instante a explorar el camino que había transitado en su brillante Soldados de Salamina. El autor, sabedor, como él mismo asegura en las páginas iniciales de este trabajo, de que “los hechos poseen por sí mismos toda la fuerza dramática y el potencial simbólico que exigimos a la literatura”, cede a la Historia todo el protagonismo. A partir de esa Historia que nunca es “coherente y simétrica”, sino más bien “desordenada, azarosa e imprevisible”, monta el relato y le da vuelo literario. 

Aunque el propósito primero de Cercas era escribir una perfecta y cerrada novela de espías con el CESID como piedra angular y sus agentes como catalizadores del golpe, las averiguaciones del autor durante meses le llevaron al convencimiento de que una novela del 23-F debía ser poliédrica y coral, sino no sería. Efectivamente, la memoria de la rebelión, que era esperada, cobardemente, por casi todo el mundo desde el verano de 1980 y fue propiciada, además de por los militares, por la actitud ambigua del propio Rey y de los partidos democráticos, ha residido y sigue residiendo en muchas fuentes: los militares golpistas directamente implicados, los muchos que no estuvieron tan implicados pero que se mantuvieron a la expectativa, el Rey y su círculo, el gobierno de Suárez, los espías, los medios de comunicación, los partidos políticos que ese día debían investir como presidente del Gobierno a Leopoldo Calvo Sotelo…  

Una muestra de que Cercas construye el relato pegado a los hechos para luego trascenderlo  está en ese recurrir constante a las imágenes de las cámaras de Televisión Española que, por accidente, quedaron encendidas y grabaron la toma del Congreso. Precisamente, esta grabación, que ha cambiado la forma de acercarnos al golpe y que traído consigo el peligro de banalizarlo, permite al autor vertebrar el libro. 

La figura de Adolfo Suárez, petrificado en su escaño mientras mira con aparente tranquilidad al general Gutiérrez Mellado, que se enfrenta en medio del hemiciclo a los guardias civiles insurgentes, es la coartada perfecta para desplegar la novela y toda su carga moral. Cercas convierte a Suárez, “el falangistilla arribista, el chisgarabís de provincias sin formación”, en un héroe al que, a pesar de atribuir muchos errores, concede también la paternidad de una democracia hecha a golpe de decreto-ley y que desde 1976 siempre avanzó por el alambre. 

Gutiérrez Mellado y Carillo, los únicos que no se achantan con las voces y las balas de los golpistas en el Congreso, son también figuras que el relato ennoblece. Otra vez retoma Cercas el propósito moral de Soldados de Salamina, que era denunciar la eterna ingratitud de este país con sus héroes. En aquella ocasión, salda cuentas con un soldado republicano que se moría en un geriátrico del sur de Francia; en ésta, con un político que hoy vive desmemoriado y que en sus buenos años fue capaz, a pesar de criarse en el franquismo más rancio, de poner los pilares de la democracia. Es conmovedor el relato de los últimos años del político de Ávila, cuando se entrega en cuerpo y alma a dignificar su propia figura al mando de un partido fantasma como el CDS.

Eso sí, a diferencia de sus dos novelas anteriores (Soldados... y La velocidad de la luz), el Cercas narrador esta vez no ha tenido la necesidad de mostrarse. Confiando sin duda en la extraordinaria contundencia de los hechos descritos, aparece sólo en las últimas páginas del libro para reconciliarse con su padre, un suarista convencido.

Un apunte final. Anatomía de un instante también dará mucho que hablar por su acercamiento al papel que tuvo el Rey, no tanto después del golpe, pues indiscutiblemente fue quien abortó el alzamiento, sino antes. Y es que Cercas llega a la conclusión, después de leer como un poseso (es muy interesante la bibliografía final que incluye) y escuchar multitud de testimonios, que el monarca no fue explícito en su rechazo a las maniobras para quitar a Suárez de en medio y, en consecuencia, facilitó que cabecillas como Milans del Bosch y Tejero, bendecidos por el maquiavélico Armada, organizaran la rebelión.    


lunes, 25 de febrero de 2013

Jordi Évole




Cuando pensábamos que periodismo y televisión eran términos irreconciliables (al menos en España), aparece un señor con pintas de chavalete, que calza zapatillas de marca y da mandobles con un iPad, y nos demuestra que la causa no está perdida. Jordi Évole, con su programa Salvados (en La Sexta, por si alguno no lo sabe a estas alturas), ha descubierto la fuerza y el efecto benéfico del periodismo a muchos españoles.   

No hay que fiarse de la pinta de Évole. A pesar de su aire pretendidamente ajeno y despistado, el programa está muy trabajado. Évole básicamente hace preguntas y escucha (qué rareza) a sus interlocutores. Son preguntas aparentemente improvisadas, pero siempre pertinentes y fruto de la labor de un equipo que prepara a fondo los temas que aborda. Si no fuera de esta manera, si no hubiera un buen trabajo de documentación y de selección de fuentes, sería muy difícil, en poco más de media hora, abordar las complejidades y disfunciones de un país que naufraga con un formato a la vez riguroso y entretenido.

Lo de Évole no es periodismo de investigación. Évole no nos dice nada que no sepamos o no esté a la vista si buscamos los datos por aquí o por allá. El logro de este periodista, que también fue humorista, dio la nota en mil sitios como follonero y escribió chistes para otros, es que sus preguntas –las mismas que nos formulamos todos desde que empezó una crisis que está devastando el país- ponen en evidencia la mala construcción de la casa nacional y el descaro y las paradojas en que viven instaladas sus élites.

Hace lo que todo periodista que se precie debiera: preguntar y preguntar a los poderes para que se entere hasta el último mono. Y lo hace con modestia, con simulada timidez, sabiendo de antemano que solo va a encontrar evasivas, pero con la obstinación del que está convencido de que su oportunidad llegará al final, cuando su contrincante, harto de dar explicaciones, sucumbe al desliz y desvela sus intenciones.   

Évole no da nada por sabido. Eso es lo que hace posible su conexión con una audiencia millonaria incluso cuando trata los asuntos más abstrusos. Ese dar las cosas por sabidas y hablar la jerga de los políticos o los empresarios es precisamente uno de los motivos que ha alejado a los periodistas de la gente y los ha puesto, en muchos casos, en el lado de los poderosos y los interesados.  

Somos un país dominado por la pereza mental y, en general, poco instruido. Sabemos muy poco o nada de cómo funcionan los bancos, la administración, la justicia, la educación, la sanidad o las empresas, aunque nos cuesta poco emitir un juicio categórico sobre esto y aquello. Por no saber, no sabemos siquiera cuánto nos cuestan la limpieza de las calles, los medicamentos que tomamos o los profesores de nuestros hijos. Somos un país contradictorio que quiere pagar pocos impuestos y recibir muchos servicios a cambio. Los españoles somos perezosos cuando se trata de conocer (cabalmente) nuestra realidad más cercana. Preferimos recurrir a alguna anteojera ideológica que nos sirva para ponerlo todo en entredicho, sin hacer el esfuerzo de conocer los mecanismos de esa la realidad que se nos escapa y acaba traicionándonos.

Con su tenaz inquisición, Évole nos ha ayudado estos últimos años a saber un poco más cómo funcionan todas estas las cosas. Nos ha dado a conocer el mundo de los juzgados, el cabalístico universo de las eléctricas, el surrealista Tribunal de Cuentas, gestionado por matusalenes, o el Senado, retiro dorado de políticos que nadie se atreve a tocar. También nos ha dado argumentos para valorar nuestro sistema educativo, la necesidad de privatizar o no la sanidad o la calidad del servicio al consumidor que nos dan muchas empresas. Y nos contó, por boca de las víctimas y de expertos, las tropelías de los bancos con las preferentes o las hipotecas.

Pero una pega habría que hacerle a Évole. Como buen periodista, pregunta intentado apartar la venda que sobre la realidad ponen los poderes y los interesados. Hasta ahí, perfecto. Sin embargo, muchas veces, su programa de los domingos ya viene con las cartas marcadas. La investigación tiene ya un punto de llegada prefijado. Évole hace un periodismo de tesis que para brillar evita la opinión del que diverge. Cuando recurre al disidente, es muchas veces para parodiarlo. Ganaría mucho su Salvados si incluyera voces disonantes de peso y dejara que fuera el espectador el que se formara su juicio. Con Évole el partido está decidido desde mucho antes del final, y eso es trampa. De todas formas, dudo de que los de Salvados rectifiquen en este sentido, pues sería como espantar a tu clientela habitual (la que comparte con otros programas de la Sexta) sin tener garantizado el reemplazo.   

En cualquier caso, creo que este tipo maduro con cara y pintas de chaval, ataviado con vaqueros, camisa a cuadros y chaqueta de Decathlon (el patrocinio manda), y que se defiende a fogonazos informativos de iPad, nos ha (re)descubierto las posibilidades de periodismo, y eso es impagable.  Últimamente su programa del domingo por la noche me emociona más que una canción de amor.



domingo, 17 de febrero de 2013

¡La exclusiva!, de Annalena McAfee



Claroscuros del periodismo
Son muchos los libros, películas o series de televisión que tienen como telón de fondo la redacción de un medio de comunicación. Debido a su influencia, al periodismo se le considera el cuarto poder, y quizás haya que buscar ahí la atracción que ejerce sobre el gran público. Además, para conseguirlo, ni escritores ni guionistas han dudado en mitificar a quien ejerce esta profesión, como bien ejemplifica la serie norteamericana Newsroom, creada por Aaron Sorkin y protagonizada por Jeff Daniels, y que es el último intento exitoso de acercar el día a día de estos profesionales a la pequeña pantalla. 
Pese al magnetismo de cada capítulo, en los que se van narrando la historia reciente de Estados Unidos, no deja de sorprender que la editora y el presentador del informativo estelar de la cadena de ficción ACN se arroguen el papel de Don Quijote, siempre dispuestos a luchar contra las injusticias del mundo, sin importar que puedan salpicar a corporaciones todopoderosas o ir en contra de los intereses de su propio grupo editorial.
Aunque en ¡La exclusiva!, la primera novela de la británica Annalena McAfee, también queda claro la alta consideración que la autora tiene por esta profesión ("el periodista tiene el deber de defender a los débiles e iluminar con un faro los rincones más oscuros de la experiencia humana"), tampoco se priva de hacer un buen repaso por las prácticas que considera menos afortunadas (espionaje, sustracción de documentos, difamación...) o de subrayar la hipocresía que se esconde bajo "las caóticas vidas privadas de los periodistas, de los problemas con el alcohol y del consumo de drogas", para luego afrontar "cualquier historia de la más leve falta conyugal como solteras eduardianas". 
Y no es precisamente un mundo que desconozca, tras 30 años trabajando en The Financial Times o The Guardian, principalmente como crítica literaria, o por las muchas portadas que ha acaparado su marido, el escritor Ian McEwan, con motivo del divorcio de su primera mujer o las acusaciones de plagio en algunas de sus novelas.
¡La exclusiva! está protagonizada por dos periodistas: Tamara Sim y Honor Tait. La primera es una joven freelance que trabaja para varios medios y que recibe el encargo de la revista dominical Sunday de escribir 4.000 palabras sobre la vida y obra de la segunda, una octogenaria descrita como "la gran dama del periodismo británico", con ocasión de la publicación de un recopilatorio con algunos de sus artículos más célebres, incluido el relato sobre la liberación de Buchenwald que le valió el premio Pulitzer. 
Muy alejada de la figura del superhéroe, Sim es caricaturizada al máximo, subrayando constantemente su "ignorancia impasible" (cuando se menciona la biblioteca de Alejandría, se pregunta quién es Alejandría y qué le pasó a su biblioteca) y lo nada quijotesco de su trabajo ("entregar una noticia de dos frases, una lista de doce líneas o una columna de dos párrafos sobre los contratiempos de los famosos"). Sim es, sin duda, un exponente de lo que el periodista no debería ser, pero también representante de un tiempo en el que "se habían arrojado por la borda la historia y la seriedad".
Y es que en todo el texto subyace una crítica a la sociedad de finales del siglo XX que retrata (sitúa el libro en 1997, antes del sunami de Internet). Y para ello lo confronta con la época que le tocó vivir a Tait, a la que describe como "diferente, más auténtica y vital". Es en este papel de testigo de un tiempo en el que McAfee acierta plenamente. Es una narradora valiente, inteligente y divertida, que acerca al lector al mundo de los tabloides y las exclusivas. 
Portentoso es el primer encuentro entre ambas periodistas, en el que la joven reportera termina llorando y exclamando "¿qué le gustaría que le preguntara?" o ese especie de "travelling literario" que realiza por las distintas secciones del The Monitor. No obstante, en su afán desmitificador, en parte parecido al que ha llevado a cabo McEwan en Solar con el mundo científico, peca de malicia, creando personajes estereotipados y alguna que otra trama que terminan por desmerecer un texto notable.

¡La exclusiva!
Annalena McAfee
Editorial Anagrama
395 páginas
18,90 euros

martes, 11 de diciembre de 2012

Chejov en La Casa de la Portera





En un país como éste, donde los mandamases de la política cultural no han sentido en los últimos años el menor sonrojo al despilfarrar decenas, quizá cientos de millones de euros en levantar imponentes e inútiles ciudades de la cultura o futuristas centros de arte encargados casi siempre al arquitecto de moda, el ejemplo de La Casa de la Portera es reconfortante.

En un bajo del barrio de la Lavapiés, José Martret y Alberto Puraenvidia han convertido un piso oscuro en un espacio escénico atrevido y fresco, despojado de la pompa y la parafernalia que asociamos a la "alta cultura" o a esos espectáculos de nuevo rico que tantos agujeros han dejado en las finanzas públicas. 

Es literal: La Casa de la Portera fue en otro tiempo la residencia de la portera del viejo inmueble de la calle Abades 24. En el piso mal ventilado, oscuro y de pasillos angostos, donde probablemente varias generaciones de señoras humildes sacaron adelante familias numerosas y donde malamente combatieron las humedades y el frío de la posguerra, ahora se abren dos salitas donde los actores y los escasos 20 espectadores que entran en cada sesión comparten el espacio escénico.
 
Supongo que para el actor es una experiencia nueva la de tener tan encima a un público que, a poco que estire los pies o muestre aburrimiento, entorpecerá sus movimientos y pondrá en peligro su concentración. Para el público (y de eso no me cabe duda) la experiencia sí es distinta. Ver una obra en la Casa de la Portera es como ver un partido de baloncesto a pie de pista, donde uno percibe los forcejeos más íntimos de dos gigantes bajo del aro (esos que la tele nunca nos podrá mostrar), y donde también tenemos que estar dispuestos a que nos caiga encima una mole de dos metros o a sentir la llovizna de sudor del jugador que se acerca a la banda en pos de la pelota.

En la Casa de la Portera, con los actores encima de nosotros y nosotros encima de los actores, uno se da cuenta de que el teatro es menos mecánico de lo que parece desde el patio de butacas oscuro, y sí un proceso complejo y matizado. Además del texto, la declamación y los silencios, el actor y quien monta la obra tienen que administrar el espacio (casi siempre escaso) y la intensidad de las miradas y los gestos. Un giro mal calculado o un aspaviento demasiado sobreactuado pueden destrozar un personaje en cuestión de segundos, creando una desconfianza difícilmente recuperable más tarde.

Me gustó el Ivanov de La Casa de la Portera (allí lo han llamado, con un giro moderno pero acertado, Iván-off). Es el primer drama potente de Chejov y anticipa muchas de las preocupaciones que están en sus obras mayores, en los tantas veces representados Tío Vania o La gaviota. Los actores transmiten y emocionan casi siempre, aunque alguno, como el doctor Constan (Roberto Correcher), está demasiado hierático e inexpresivo, y Ana (Sabrina Praga), la mujer del torturado Ivanov, no llega dar rienda suelta a su frustración y perplejidad.

Ivanov (Raúl Tejón), un Hamlet moderno que se regodea en su miseria y que crece a medida que se autodestruye y acaba de paso con los demás, sale bien parado en la puesta en escena de José Martret. Aunque este Iván-off es un drama que pasa por los temas mayores de Chejov (la decadencia social y económica de la aristocracia, los estragos del paso del tiempo y los amores irremediablemente contrariados) y que está enriquecido por buenos secundarios (el descreído Mateo, tío de Ivanov; o el despiadado primo Miguel), uno echa en falta la ironía y el descreimiento que logra Chejov con su inolvidable Vania. Este Ivanov es, para los parámetros de Chejov, drama al cuadrado, y eso a ratos lo asfixia. En todo caso, es un anticipo de su espléndido universo.  

Siguiendo tan de cerca la puesta en escena de La Casa de la Portera, me acordé de Vania en la calle 42, aquel primoroso y revelador homenaje que Louis Malle y David Mamet le dedicaron al dramaturgo ruso en un teatro neoyorquino en ruinas, y que fue tan bien compuesto por Wallace Shawn. Recuerdo perfectamente el día lluvioso de 1996 en que vi aquella película, en un país extranjero. Fue toda una revelación que todavía agradezco a los impulsores de esa extraña y única obra. Si en Lavapiés eran mis ojos y mis oídos los que, como intrusos, robaban las líneas a los actores, en aquella ocasión, era la cámara de Louis Malle la que nos dejaba el Vania más íntimo y susurrado del mundo.

En fin, id a ver Ivan-off a la Casa de la Portera. Allí actores y público comparten espacio escénico y emociones durante casi dos horas, lo que no es poco para los tiempos que corren.           


lunes, 24 de septiembre de 2012

David Simon: periodista incrustado





A propósito de Homicidio, un año en las calles de la muerte


David Simon abandonó el mundo de los diarios mucho antes de que apareciera la crisis última que se ha llevado por delante cientos de cabeceras en Estados Unidos y ha dejado este sector de los media al borde del abismo. Lo hizo para empezar una brillante carrera en la televisión como escritor y productor de series como The Corner, la excepcional The Wire o Treme, que va por su tercera temporada y donde un Nueva Orleans arrasado por el Katrina es protagonista colectivo. 

Sin embargo, Simon apuró sus 13 años en la redacción del Baltimore Sun y mucho de lo que vio en la sección de local del periódico luego le valió para sus libros y series. Durante 1988, tuvo la oportunidad de “incrustarse” en la unidad de Homicidios de la policía de Baltimore, una ciudad de mayoría negra y con unos índices de violencia escalofriantes. Durante doce meses fue un “embedded journalist”, aunque para ello no tuviera que viajar a ningún país en guerra, puesto que el infierno estaba a la puerta de su casa.  

Homicidio, un año en las calles de la muerte es un extenso y generoso reportaje periodístico (700 páginas) donde Simon anota la vida y la peripecia de los agentes del cuerpo de homicidios al mismo tiempo que tiene lugar. El libro nos lleva a los escenarios de infinidad de crímenes, a las frías salas de interrogatorios donde los agentes intentan sacar infructuosamente una confesión, a la morgue donde un forense descompone un cuerpo en busca de un indicio para sacar adelante la investigación e incluso al bar de irlandeses donde los investigadores ahogan sus penas e incertidumbres en alcohol.

También nos pone al corriente de la burocracia policial, de los intereses (políticos) que llevan a que ciertos casos se investiguen con una dotación inusual de medios y otros se guarden en un cajón antes de tiempo, y muestra porqué hace agua un sistema judicial basado en el jurado popular. Todo visto y oído. Como en un buen reportaje, Simon da mucha información relevante (los sagrados facts), esperando que sea el lector el que comprenda y saque sus conclusiones. Solo a la hora de elaborar los perfiles psicológicos de los agentes se permite Simon ciertas licencias literarias, aunque el autor confiesa al final del volumen que incluso para ellos intentó cotejar sus impresiones con las de los protagonistas. Siempre el periodismo. 

Homicidio no responde a los clichés del género policíaco de siempre ni tiene nada que ver con esa fría sofisticación de series como CSI. Homicidio está poblado de policías que trabajan hasta el agotamiento, que padecen de hipertensión y están mal alimentados. Policías que siempre están mendigando por una hora extra que les ayude a adecentar sus mediocres salarios. Los protagonistas de Homicidio son agentes experimentados, pero dubitativos, contradictorios y que muchas veces acaban obsesionados con el caso que tienen entre manos.

Como en The Wire, Simon atrapa un trozo de la vida de la ciudad mientras tiene lugar, y no le resta un ápice de complejidad. No simplifica esa realidad que ve para que quede resultona y digerible para lectores de amplio espectro. La célebre frase “quese joda el lector medio”, que pronunció el propio Simon a propósito de The Wire, también preside el proceso de elaboración de Homicidio.

Homicidio es un libro sincero, sin edulcorantes ni atajos, que contrasta con lo que se hace en España. No hay más que pensar en esas series (y en ciertos libros) sobre políticos, periodistas, policías, abogados o médicos que, por asegurarse un retorno de la inversión, se mueven en la superficie y dotan a las tramas, siempre convenientemente acabadas, de las dosis justas de espectáculo, romance e incorrección política.

Se habla mucho de la edad de oro de la ficción televisiva, de una tele que tiene ahora a los mejores guionistas y a los actores. Sin embargo, tengo la impresión de que, en el fondo, y a pesar de tanta sofisticación y buena factura, las series nos siguen pintando la vida a brochazos.

¿Por qué desde el periodismo no se está dando una respuesta a todos esos ciudadanos confundidos con la retórica que los poderes pregonan a través de esos mismos medios? Necesitamos a más creadores como David Simon, que nos cuenta con un relato veraz, sin trampas y que no elude complejidades, qué pasa en el país de la marginación, la droga y la segregación racial. Necesitamos a más periodistas bien informados y sinceros que hagan el relato de nuestra sociedad, que nos digan qué pasa y cómo se trabaja de verdad en los pasillos del poder, en los hospitales, en las escuelas, en los mercados financieros (tan importantes hoy en día como desconocidos), en las cárceles, en los cuarteles o en los medios de comunicación.

Estoy convencido de que, de esta manera, afrontaríamos de forma más desapasionada y cabal tantos debates que la crisis económica y los medios de comunicación llevan al ciudadano común todos los días. Curiosamente, Simon, que creció emulando a Carl Berstein y Bob Woodward, los redactores que destaparon el caso Watergate, ha acabado desengañado con el paso de los años y afirmando que el periodismo no tiene ningún poder para cambiar la sociedad. Sin embargo, el ejemplo de Homicidio debería cundir.

Es una pena que la traducción y la edición en español del libro (de la editorial Principal de losLibros) no estén a la altura. Hay demasiadas erratas y algunos pasajes son algo confusos. Estaría bien que en futuras ediciones la editorial subsanara estos problemas.  



Homicidio, un año en las calles de la muerte
David Simon
Editorial Principal de los Libros
700 páginas
28,50 euros

domingo, 16 de octubre de 2011

La niña de Rajoy



Retrocedamos cuatro años. Es muy probable que lo que más se recuerde de los dos debates que Zapatero y Rajoy mantuvieron a principios de 2008, en la recta final de la anterior campaña presidencial española, no sea la dura recriminación del candidato del PP al socialista por haber olvidado a las víctimas del terrorismo, o la andanada de cifras que uno y otro dieron para justificar su más o menos pesimista visión de la economía.

Lo más probable es que si hoy se pregunta por aquellos cara a cara televisivos muchos vuelvan a hablar de "la niña de Rajoy", el personaje de ficción con el que el líder de la derecha debía coronar su intervención, en un intento de mostrar su lado más humano. "El otro día hablé de una niña, de una niña que tiene que crecer, y en esa niña pienso, porque esa niña mueve mi sentimiento y mi corazón", sentenció Rajoy para cerrar el segundo debate televisado. 



Ni que decir tiene que el intento de Rajoy de emocionar y ganarse a la audiencia con esa historia fracasó y algunos le tacharon incluso de cursi. La voz del candidato transmitió poca convicción y sus dotes de actor quedaron en entredicho. La mirada esquiva del político, siempre más pendiente del papel que de la cámara, tampoco ayudó. En realidad, siempre pareció que Rajoy leía un texto y que ese texto, además, no era para él.

Sin embargo, la famosa niña del político gallego es muy de nuestro tiempo, mucho más, en todo caso, que el discurso más tradicional de Zapatero. Y es que la teoría que sostenía el planteamiento de los asesores del candidato conservador reconoce el papel central del storytelling, o arte de contar historias, que durante siglos estuvo circunscrito al ámbito de la literatura, pero que en las últimas décadas se ha convertido en un arma de persuasión y encantamiento a la que han recurrido líderes políticos y empresariales de todo el mundo.

En este libro, el escritor francés Christian Salmon, que no se hace eco del caso de Rajoy, hace un repaso por algunos de las manifestaciones del storytelling en vida política americana y francesa, explicando incluso cómo se lo ha apropiado el Pentágono, que cada vez recurre más a guionistas de Hollywood y al mundo del videojuego.

Salmon examina los efectos de esta ficcionalización del mundo en dos ámbitos básicamente: el económico y el de la política. En el mundo de la empresa, este "imperialismo narrativo", que impone un acercamiento a la realidad a través de una story cercana y emotiva y nunca gracias a un análisis riguroso de los hechos, ha producido una metamorfosis profunda en el modo de comunicar de las corporaciones.

Ya no vale el producto o la marca a secas. La imagen de la compañía tiene que ir asociada a un relato, a una historia de superación. Como la del fabricante de ordenadores que empezó en un garaje o la destilería de wisky que ha salido adelante gracias al trabajo sincero, abnegado y respetuoso con la tradición de una familia. Esta capacidad del storytelling para crear mundos de color rosa en la empresa, denuncia Salmon recordando a Richard Sennet, han llevado a creer en el cambio constante como algo incuestionable o a asumir la ficción (movilizadora) de que nadie compite con nadie y todos somos iguales en el seno de las compañías.
  
Más jugosos si cabe son los capítulos que Salmon dedica a los presidentes de los EEUU que, en mayor o menor medida, han recurrido al storytelling para transmitir su visión (interesada) del mundo. Porque si algo tienen en común Ronald Reagan (un actor al fin y al cabo), George W. Bush y Barack Obama, es precisamente su confianza absoluta en el discurso-ficción como vehículo para motivar a la ciudadanía.

El ejemplo de Obama es iluminador. Los muy estudiados discursos que, durante los dos años previos a su elección, le sirvieron para darse a conocer por todo el país están trufados de tiernas historias, como la de Ann Nixon Cooper, una anciana activista de color que nació poco después de la abolición de la esclavitud y que, con 107 años cumplidos, se  convirtió en la materialización, como el propio Obama, del sueño americano.

Christian Salmon también dedica unas páginas finales a la política en su país, Francia, para recordar que en las últimas elecciones presidenciales, que enfrentaron a Nicolas Sarkozy y Ségolène Royal, también se impuso la confrontación de historias personales al estricto debate de ideas. Sarkozy con la del hijo rebelde que rompe con el padre-presidente y Royal con la de la atractiva mujer que derriba a los viejos elefantes de su partido.

Es un punto de inflexión en Francia que hace pensar que hay larga vida para el storytelling político también en el viejo continente. Eso sí, con la connivencia de unos medios dispuestos a aprovechar el amarillismo que todo esto genera. En fin, el libro de Salmon, que está bien documentado y que recurre a una prosa sobria y culta, ayuda a desentrañar y desenmascarar el sentido de las historias que hoy dirigen el mundo y que, en periodo de elecciones, siempre vuelven al primer plano.   


Storytelling. La máquina de fabricar historias y formatear las mentes
Christian Salmon
Prólogo de Miguel Roig
262 páginas
20,90 euros