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viernes, 26 de enero de 2018

Lo que Steve Jobs nunca quiso para sus hijos



A propósito de la lectura del libro ‘Irresistible. ¿Quién nos ha convertido en yonquis tecnológicos?’, de Adam Alter

En enero de 2010, Steve Jobs presentó la primera versión del iPad. Aquel día, Jobs se deshizo en elogios destinados al aparato: “extraordinario”, “mucho mejor que un portátil”, “la mejor forma de navegar”, “una experiencia increíble”, “escribir en él es una delicia”... A finales de ese año, cuando el iPad ya se había convertido en un fenómeno planetario y muchos esperaban que reeditara el boom de ventas del iPhone, Jobs se sinceraba en una entrevista con un periodista de The New York Times y reconocía que sus hijos nunca habían usado la maravillosa tableta de Apple.

Jobs, el mago de la tecnología, era un firme partidario de limitar el uso de sus alabados ingenios entre los suyos. El episodio lo recuerda el psicólogo australiano Adam Alter en su libro Irresistible ¿Quién nos ha convertido en yonquis tecnológicos? Alter constata que Jobs no ha sido el único falaz, y localiza muchos hombres de éxito de Silicon Valley que prescriben a nivel particular lo contrario a lo que proclaman en público. Recientemente, el sucesor de Jobs, Tim Cook, también ha advertido de las consecuencias del uso excesivo de la tecnología e incluso la ha desaconsejado en el colegio para ciertas asignaturas. ¿Qué temían Jobs y otros que se han hecho ricos y famosos vendiendo aparatos o desarrollando videojuegos? A descubrirlo dedica Alter las 300 páginas de su libro.

Alter no niega las ventajas de la tecnología, pero advierte del peligro que entraña su uso desproporcionado y habla de lo fácil que es caer en la adicción cuando se entra sin precauciones en contacto con smartphones, pulseras de actividad o videojuegos, o cuando navegamos por Internet o nos relacionamos a través de las redes sociales buscando el reconocimiento del grupo.

Alter nos advierte de que entramos una lucha muy desequilibrada, por cuanto el niño, adolescente o adulto carente de control se enfrenta a una ejército de creadores, diseñadores, programadores y expertos en marketing que viven precisamente de hacer su producto (un juego, una red para compartir fotos, una app de móvil o una serie de televisión) lo más adictivo posible. En el libro, Alter habla con decenas de afectados (niños y adultos) y de psicólogos y médicos, y nos cuenta cómo los “me gusta” de Facebook, que alguien ha denominado “la primera droga digital de nuestra cultura”, han cambiado las vidas de millones de personas.

También nos desvela los resortes de la adicción y algunos de los “trucos” a los que recurre la industria de Internet y del entretenimiento digital para convertir a muchos en seres asociales, como el abuso del suspense, la concesión a toda hora de premios e incentivos o la conexión en línea con otros jugadores con los que se compite y se comentan las jugadas. 

Prohibimos a los niños el tabaco o el alcohol, pero somos más permisivos con las adicciones digitales, como las que crean los videojuegos. De hecho, en los países occidentales raramente se aborda el problema con la debida seriedad. Tampoco entre los chicos y sus familias hay conciencia de la enfermedad. Sin embargo, en otras latitudes es un tema importante de salud pública. En China hay reconocidos 24 millones de adolescentes adictos a Internet y existen más de 400 centros para tratarles. El autor de Irresistible desaconseja a los padres el histerismo, pero sí una aproximación “informada, calmada y realista” al problema que pueden tener en casa. Y es que si se desborda la situación, los chicos se abandonan y acaban anteponiendo el ocio digital a las relaciones, el estudio o la familia.

De acuerdo con los expertos, Alter sugiere que los más pequeños de la casa no pasen más de dos horas al día frente a las pantallas. Pero no es la única recomendación: en las empresas sugiere desactivar durante la noche las cuentas de correo para poner coto a los workaholics; a los creadores de videojuegos les pide que diseñen productos que obliguen al usuario a hacer pausas periódicas. Y, por último, aconseja a todos (grandes y pequeños) trabajar las relaciones personales en vivo y en directo cuando sea posible. Porque siempre el brillo de unos ojos nos hará más felices que el de cualquier pantalla. 


lunes, 30 de septiembre de 2013

La Maleta de Portbou, una nueva revista



Sorprende ver cómo algunos tiran hacia adelante y ponen en marcha nuevos proyectos a pesar de la crisis de caballo por la que atraviesa el mundo del libro y la edición cultural. Es el caso de Josep Ramoneda, encargado durante más de una década del  Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona y colaborador habitual de El País o la Cadena Ser, que en estas semanas presentaba el número 1 de la revista La maleta de Portbou, que él dirige y que cuenta con el apoyo de Galaxia Gutenberg y su director Joan Tarrida, así como de los exquisitos libreros de La Central.

Tras el sugerente anacronismo de la cabecera –que es un homenaje al Walter Benjamin que se suicidó en 1940 en la frontera hispanofrancesa cuando huía de la persecución nazi- tenemos una revista que quiere, según su fundador, tomar distancia de la actualidad y los enfoques que le dan los medios de comunicación, pero sin obviar las fracturas económicas y sociales que está abriendo la crisis.

Los grandes gurús del mundo de hoy son los economistas. Los técnicos de la economía o las finanzas aparecen en todas las tribunas dispuestos a responder las desesperadas preguntas que nos hacemos todos por lo que nos está pasando desde hace un lustro. Los economistas se han convertido en los nuevos guías espirituales de un mundo al borde del colapso.

Sin embargo, como decía hace unos días el catedrático de economía Antón Costas en la presentación de la revista en Madrid, la voz de los economistas no es suficiente y su andamiaje técnico se queda corto para explicar lo que nos está pasando. Con la pretensión de corregir esta carencia y contraponer a la razón económica las aportaciones que pueden llegar desde la filosofía, la sociología, la ciencia política o el arte, aparece La Maleta de Portbou.

Todo hace pensar, por el corte ideológico de su director, que la línea de La Maleta de Portbou será muy socialdemócrata. Ya en su lanzamiento lleva una entrevista al exprimer ministro socialista francés  Michel Rocard que parece ser una declaración de intenciones. También hay un artículo sobre Schumpeter firmado por Joaquín Estefanía. Pero la fusión de humanidades y economía que propone La Maleta de Portbou también la emparenta con el liberalismo fundacional de Adam Smith, que consideraba que un país no podía salir adelante sin comercio, pero tampoco sin buenas instituciones y sin sólidas convicciones morales.

La Maleta de Portbou se presenta como un espacio para el debate reposado y como un antídoto al guirigay ideológico de los medios tradicionales y al ruido eterno de las redes sociales y los medios online. Por el momento, la revista y sus impulsores desdeñan la Red y su presencia online es meramente testimonial. Creo que en este punto no deberían mostrarse muy intransigentes.

Una publicación que busca influir y ofrecer “una guía para moverse entre tanta cantidad de información” debería tener más presencia en la plaza electrónica. Una revista como esta no debería estar dirigida únicamente a los especialistas del mundo académico o a los viejos acólitos y simpatizantes de la cuestionada socialdemocracia española.

En el primer número hay un artículo de Marina Garcés sobre nuevas formas de politización que es un claro guiño al 15-M, y otro un tanto críptico de Judith Batler (Universidad de California) que se inicia con una sugerente pregunta: ¿Cuál es este “nosotros” que se reúne en la calle y se afirma a veces por la palabra y por la acción? Ahí, en ese espacio indefinido e incierto, pero superador de la socialdemocracia y la izquierda institucional, deben situar Ramoneda y su equipo los debates de la nueva revista si realmente quieren contribuir a un debate actual y evidenciar las fracturas de la crisis.



domingo, 17 de febrero de 2013

¡La exclusiva!, de Annalena McAfee



Claroscuros del periodismo
Son muchos los libros, películas o series de televisión que tienen como telón de fondo la redacción de un medio de comunicación. Debido a su influencia, al periodismo se le considera el cuarto poder, y quizás haya que buscar ahí la atracción que ejerce sobre el gran público. Además, para conseguirlo, ni escritores ni guionistas han dudado en mitificar a quien ejerce esta profesión, como bien ejemplifica la serie norteamericana Newsroom, creada por Aaron Sorkin y protagonizada por Jeff Daniels, y que es el último intento exitoso de acercar el día a día de estos profesionales a la pequeña pantalla. 
Pese al magnetismo de cada capítulo, en los que se van narrando la historia reciente de Estados Unidos, no deja de sorprender que la editora y el presentador del informativo estelar de la cadena de ficción ACN se arroguen el papel de Don Quijote, siempre dispuestos a luchar contra las injusticias del mundo, sin importar que puedan salpicar a corporaciones todopoderosas o ir en contra de los intereses de su propio grupo editorial.
Aunque en ¡La exclusiva!, la primera novela de la británica Annalena McAfee, también queda claro la alta consideración que la autora tiene por esta profesión ("el periodista tiene el deber de defender a los débiles e iluminar con un faro los rincones más oscuros de la experiencia humana"), tampoco se priva de hacer un buen repaso por las prácticas que considera menos afortunadas (espionaje, sustracción de documentos, difamación...) o de subrayar la hipocresía que se esconde bajo "las caóticas vidas privadas de los periodistas, de los problemas con el alcohol y del consumo de drogas", para luego afrontar "cualquier historia de la más leve falta conyugal como solteras eduardianas". 
Y no es precisamente un mundo que desconozca, tras 30 años trabajando en The Financial Times o The Guardian, principalmente como crítica literaria, o por las muchas portadas que ha acaparado su marido, el escritor Ian McEwan, con motivo del divorcio de su primera mujer o las acusaciones de plagio en algunas de sus novelas.
¡La exclusiva! está protagonizada por dos periodistas: Tamara Sim y Honor Tait. La primera es una joven freelance que trabaja para varios medios y que recibe el encargo de la revista dominical Sunday de escribir 4.000 palabras sobre la vida y obra de la segunda, una octogenaria descrita como "la gran dama del periodismo británico", con ocasión de la publicación de un recopilatorio con algunos de sus artículos más célebres, incluido el relato sobre la liberación de Buchenwald que le valió el premio Pulitzer. 
Muy alejada de la figura del superhéroe, Sim es caricaturizada al máximo, subrayando constantemente su "ignorancia impasible" (cuando se menciona la biblioteca de Alejandría, se pregunta quién es Alejandría y qué le pasó a su biblioteca) y lo nada quijotesco de su trabajo ("entregar una noticia de dos frases, una lista de doce líneas o una columna de dos párrafos sobre los contratiempos de los famosos"). Sim es, sin duda, un exponente de lo que el periodista no debería ser, pero también representante de un tiempo en el que "se habían arrojado por la borda la historia y la seriedad".
Y es que en todo el texto subyace una crítica a la sociedad de finales del siglo XX que retrata (sitúa el libro en 1997, antes del sunami de Internet). Y para ello lo confronta con la época que le tocó vivir a Tait, a la que describe como "diferente, más auténtica y vital". Es en este papel de testigo de un tiempo en el que McAfee acierta plenamente. Es una narradora valiente, inteligente y divertida, que acerca al lector al mundo de los tabloides y las exclusivas. 
Portentoso es el primer encuentro entre ambas periodistas, en el que la joven reportera termina llorando y exclamando "¿qué le gustaría que le preguntara?" o ese especie de "travelling literario" que realiza por las distintas secciones del The Monitor. No obstante, en su afán desmitificador, en parte parecido al que ha llevado a cabo McEwan en Solar con el mundo científico, peca de malicia, creando personajes estereotipados y alguna que otra trama que terminan por desmerecer un texto notable.

¡La exclusiva!
Annalena McAfee
Editorial Anagrama
395 páginas
18,90 euros

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Es la tecnología, estúpido




Nadie puede negar que Internet ha puesto en nuestras manos un caudal de información y de datos desconocido. Hay estudios que dicen que hoy consumimos el triple de información que en 1960. Somos capaces de “peinar” este océano de datos con cierta soltura y a la vez que hacemos otras cosas. En fin, que nos hemos hecho unos magos del multitarea. Podemos “leer” una página de Internet casi de un vistazo, y eso al tiempo que atendemos las alarmas y las actualizaciones del correo electrónico, las redes sociales o la mensajería instantánea, o incluso respondemos al móvil o al Whatsapp.

Sin embargo, es probable que tanta hiperactividad tenga sus contraindicaciones. A nivel popular, el debate lo inaugura en 2008 el periodista y divulgador Nicholas Carr con la publicación del artículo Is Google making us stupid? (¿Google nos vuelve estúpidos?) en la prestigiosa The Atlantic. En un breve escrito, Carr se quejaba, muy en primera persona, de que Internet le estaba robando la capacidad para concentrarse y profundizar en un tema. El autor reconocía cómo cada vez le costaba más concentrarse en la lectura de un libro a causa de las dinámicas que impone la Red. Carr citaba al bloguero Bruce Friedman, que reconocía que Internet había alterado hasta tal punto sus hábitos mentales que ya no se planteaba leer libros como Guerra y paz, de Tolstoi, y que incluso un escrito de más de 4 o 5 párrafos se le hacía una tortura.


Para Carr, el culpable del desaguisado era Google, que fomenta el picoteo perpetuo en múltiples páginas con el fin de saber cada vez más sobre nuestras preferencias y vincularlas a la publicidad con la que se gana la vida. Estas ideas iniciales de Carr fueron tomando cuerpo y se convirtieron con el paso del tiempo en la base de su libro Superficiales (Editorial Taurus), un trabajo que ha tenido cierta repercusión y que apareció en España la pasada primavera. En él el autor indaga en los cambios mentales que está dejando la tecnología en los jóvenes e intenta respaldarlos con las investigaciones científicas disponibles.

Hay que avisar que Carr no es un ultraconservador enrocado en aquello de que “todo tiempo pasado siempre fue mejor”. Tampoco hace una crítica furibunda de las máquinas al estilo de un Sánchez Dragó, que después de lanzar puñales se jacta de su ignorancia en la materia. Sin embargo, Carr nos advierte: la Web está cambiando nuestras capacidades cognitivas y erosionando las funciones cerebrales más elevadas, como el pensamiento profundo, la capacidad de abstracción o la memoria a largo plazo, que son fruto de la concentración. Incluso las emociones y la capacidad para empatizar con los demás exigen tiempo para ser procesadas. Si no invertimos ese tiempo, advierte Carr, nos deshumanizamos. Él está convencido de que Internet establece nuevas conexiones en el cerebro, pero también debilita otras que acabamos por abandonar.

En una onda parecida se mueve el libro del británico Richard Watson Mentes del futuro (editorial Viceversa)“Los aparatos digitales nos están convirtiendo en una sociedad de idiotas. Si cualquier trozo de información se puede recuperar con un solo clic de ratón, ¿para qué preocuparse por aprender nada?”, se pregunta Watson, que recuerda que un pensamiento profundo y riguroso, que es el que nos interesa porque nos pone en contacto con la creación y la imaginación, no se puede desarrollar en el ambiente caótico del multitarea, tan lleno de interrupciones e hiperenlaces, ni se puede hacer con los 140 caracteres a los que obliga Twitter. En fin, leemos más, somos muy ágiles a la hora de trasegar con información, pero somos culturalmente más ignorantes y cultivamos un pensamiento de miras cortas.

Desde un punto de vista científico y neurológico, probablemente es aventurado decir que Google, Internet o los móviles nos están cambiando la estructura del cerebro. Notar esos cambios requiere periodos de observación muy largos. Sin embargo, sí se puede decir a estas alturas que la tecnología está cambiando hábitos y conductas de una forma quizá irreparable.  Nos ha hecho más diligentes a la hora de lidiar con los datos, pero también más promiscuos, perezosos, impacientes, irritables y gregarios. Precisamente en este último adjetivo se para Jaron Lanier en Contra el rebaño digital (Editorial Debate). Lanier es un autor que ve en la Internet alimentada por los usuarios un fuente imprecisa y tediosa de información y en la que la cantidad se impone a la calidad y las buenas ideas son acalladas a base de gritos.

Mucho menos apocalíptico, sin embargo, es Nick Bilton, responsable de la sección de tecnología del The New York Times y autor del libro Vivo en el futuro y esto es lo que veo (Gestión 2000). Bilton cree que el cerebro se adapta para hacer tareas muy diferentes y que es compatible el multitarea que imponen las nuevas tecnologías con la lectura sosegada. Bilton habla incluso de los beneficios que tienen los videojuegos, denostados por muchos, para algunas profesiones, como los médicos cirujanos. “Los videojuegos estimulan el cerebro de los jóvenes como lo hacen los libros”, sostiene.

En fin, son libros que dan un toque de atención sobre los efectos de algo tan ubicuo y cotidiano como la tecnología, que usamos en exceso pero que raramente sometemos a examen. 


martes, 1 de noviembre de 2011

Todo va a cambiar, de Enrique Dans


El mañana ya está aquí

No hay muchos divulgadores en este país del complejo mundo de las nuevas tecnologías e Internet. Por eso es de agradecer el esfuerzo de síntesis y buena escritura de Enrique Dans, profesor del Instituto de Empresa y uno de los blogueros que más se ha significado en el espinoso debate de los derechos de autor en la red. Dans aborda con un lenguaje bastante llano muchos asuntos que hasta ahora han sido coto vedado de tecnólogos y entusiastas de la informática, pero que, en realidad, están afectando muy seriamente al modelo de sociedad que está a la vuelta de la esquina. 

El punto de partida de Dans es que Internet está cambiado a paso de gigante la forma de relacionarnos, de trabajar, de acceder al conocimiento, de hacer política o de producir y vender bienes y servicios. Además, estos cambios se van a acelerar en el medio plazo, cuando los denominados por Marc Prensky nativos digitales (aquellos que han nacido y se han educado con Internet de fondo) vayan asumiendo puestos de responsabilidad en empresas e instituciones. El ejemplo está en las enciclopedias: ¿Quién se acuerda hoy de la jactanciosa Britannica, o incluso de la solvente pero limitada Encarta de Microsoft, que hace tan solo una década era todo un referente? 



El modelo que se impone en Internet, y que Dans defiende con su característica vehemencia, es abierto y prima la colaboración. Es el que ha dado como resultado que hoy la gran enciclopedia del saber para el común de los mortales sea, con todas sus limitaciones, la Wikipedia, y que los servicios más demandados sean los de las redes sociales, donde cada uno es proveedor y destinatario de información al mismo tiempo. Dans nos avisa de que estamos abandonando a toda pastilla el mundo de ayer, caracterizado por la masificación y la comunicación unidireccional y controlada (un político que arenga desde el escenario, un profesor que da su clase magistral desde la tarima, un periodista que nos sirve las noticias desde un plató de televisión…), y adoptando uno más personal, líquido, ubicuo y complejo que está poniendo en cuestión todos los esquemas mentales. 

En su ánimo por difundir la cultura digital, Dans derriba algún cliché, herencia del mundo analógico. A los padres les aconseja no imponer a sus hijos prohibiciones con el ordenador o filtros de control, sino enseñarles a caminar por el ciberespacio, algo ya tan básico como saber moverse por la calle. A los renuentes a adoptar las nuevas tecnologías les invita a lanzarse sin complejos, a hacerse con un portátil desde ya y crear un blog, comprar por Internet o entrar a formar parte de una red social. Los beneficios serán infinitos y los problemas, en contra de la imagen que difunden los medios, muy escasos.

El autor de Todo va a cambiar advierte de que en la red, donde de una u otra forma tendremos o deberemos estar, se impone una economía de la atención que premiará al que más miradas concite y sepa, posteriormente, transformar ese protagonismo en negocio. El no entenderlo es lo que está llevando a ciertas industrias a planteamientos insostenibles. Como nos tiene habituados en su blog, Dans no ahorra palos contra los gestores culturales y la industria de la música y el cine, empeñados en mantener el modus operandi de los últimos cuarenta años, basado en la venta de CD. En este punto cabe hacer alguna objeción al autor, que se deja llevar por el apasionamiento cuando asegura que el coste del canon digital supone el traspaso de miles de millones de euros desde los bolsillos de los usuarios a los autores, cuando en realidad son unos 100 millones al año, como reconocen las patronales del sector y declaran las propias entidades de gestión.

Por último, cabe reprochar también a Enrique Dans un cierto maniqueísmo a la hora de analizar las trayectorias de Microsoft y Google. Por que ni el primero es el origen de los siete males ni el buscador, una empresa que empieza a ser investigada por las autoridades antimonopolio y que tendrá que ser muy cauta con el uso de la información de los usuarios que atesora, la gran panacea universal. Dans, que califica a Microsoft como un caso paradigmático de “falta de adaptación”, no tiene en cuenta que los intereses de esta compañía van mucho más allá de Windows y Office y hoy está presente en casi todos los ámbitos de la gestión de la información en las empresas. Además, también soslaya el hecho de que Microsoft ahora mismo está construyendo centros de datos en todo el mundo para ofrecer servicios desde la nube de Internet, siguiendo el modelo de la propia Google, de Amazon o de IBM. En fin, ni tanto ni tan calvo.


Todo va a cambiar
Tecnología y evolución: adaptarse o desaparecer
Enrique Dans
Editorial Deusto
Barcelona, 2010
277 páginas
19,95 euros

martes, 16 de agosto de 2011

Periodistas en la encrucijada





Tengo amigos que trabajan 12 horas diarias en un periódico, pero que siguen siendo mileuristas con problemas para pagar la hipoteca, las facturas o la gasolina. Sé de bloggers que no cobran más de 50 céntimos por cada post (o información) que suben a la Red, lo que supone que el día debería tener 48 horas para poder vivir de lo que hacen. También conozco y he tratado con becarios que se eternizan en una redacción por 300 euros al mes, pero, eso sí, a cambio sacan tanto o más trabajo que un periodista en plantilla. El resultado de todo: profesionales acobardados, exprimidos, desmoralizados y, en algunos casos, alcoholizados, y redacciones con mal ambiente y donde reinan la estupefacción y el desánimo.

La conjunción de la crisis económica y el cambio de modelo impuesto por Internet, donde Google acapara gran parte de la inversión publicitaria y donde las  adhesiones en favor de los diarios tradicionales pierden vigor, dejan un panorama desolador en el mundo de los medios. En la máquina del café o en las ruedas de prensa, los periodistas, que sentimos como el suelo se resquebraja a nuestros pies, nos pasamos la mitad del tiempo intentando desentrañar el tiempo que vivimos y ver hacia dónde va la profesión y si vamos a seguir ganándonos la vida con ella.

Comparto el diagnóstico que lanza Ignacio Ramonet en las páginas iniciales de su último librito La explosión del periodismo, de los medios de masas a las masas de medios: “El periodismo tradicional literalmente se está desintegrando. Nunca ha conocido una edad de oro, ya ha atravesado otras crisis graves y sin duda sobrevivirá. Pero, por el momento, digamos que se encuentra en la misma situación que Gulliver a su llegada a la isla de los liliputienses, amarrado por miles de minúsculos cordeles”.

Ramonet hace recuento de víctimas. Cientos de periódicos cerrados, sobre todo en Estados Unidos, reducciones de plantilla generalizadas y, como consecuencia, un empobrecimiento del trabajo en las redacciones, donde cada vez hay que hacer más con menos y donde la inmediatez que impone Internet hace imposible en muchos casos un periodismo digno.

Por el momento no hay solución a la vista. La publicidad en Internet no da para comer a los profesionales de siempre y es el viejo papel el que soporta casi toda la estructura. Algunos (Murdoch ha sido pionero con The Daily o The Times) están intentado que sus lectores superen el “muro del pago”, pero por el momento los resultados son desalentadores. Quizá las tabletas, como el iPad, y los quioscos digitales, que ahora proliferan en España (Orbyt y Kiosco y Más), cambien las cosas, pero es pronto para decirlo. 

Esos minúsculos cordeles que atenazan al periodismo de siempre de los que habla Ramonet son el ejército de blogueros y aficionados que, con Internet, tienen la oportunidad de emular a los profesionales e introducir el concepto del low-cost en el planeta informativo.

En la parte más interesante del libro, Ramonet echa un vistazo a los últimos experimentos del laboratorio americano: al periodismo sin ánimo de lucro de Voice of San Diego y Texas Tribune; al periodismo que emerge de un ejército de bloggers, como el que hacen The Huffington Post y Politico.com; o a las granjas de contenidos, como Upshot (de Yahoo), o Seed.com, de The Huffington Post, donde no son los periodistas, sino las estadísticas de búsqueda de los internautas, los que determinan la agenda informativa. La traslación al resto del mundo de estos modelos es imprevisible, pero conviene estar atentos.

  
Ramonet no se resiste a responder a la pregunta del millón: ¿va a desaparecer el papel? Él no lo cree, y para justificarlo echa la vista atrás. “Internet no sustituirá a la prensa escrita, igual que la televisión no hay sustituido a la radio o al cine, y éste al teatro o la ópera”. La historia de los medios, dice, es acumulativa y todos caben. Además, para los que anden desnortados, también ofrece un libro de ruta. Aunque la anarquía y el caos informativo durarán y el camino será largo, su receta es bien sencilla. A los medios les dice que se centren y profundicen en lo que saben hacer mejor y en la información que mejor dominan. A los periodistas nos aconseja aprender a elaborar y lanzar la información por muchas vías y en diferentes formatos (redes sociales, Twitter, Youtube…).

Ramonet ha escrito un libro sugerente para los que nos dedicamos a esto, aunque su exposición es algo atropellada y, en su afán por tocar todos los desarreglos del mundo informativo (también habla del maridaje de los media con el poder, las repercusiones de Wikileaks o Anonymous, o las “intoxicaciones” en torno a la guerra de Irak), adolece de profundidad. Además, convendría al editor pulir la traducción y revisar algunos datos (como las cifras de PIB mundial de la página 60) y algunos links que no llevan a ningún sitio.  



Carta a un joven periodista

Iñaki Gabilondo también analiza las turbulencias de la profesión en El fin de una época. El que habla es un Gabilondo íntimo, casi profesoral, y no el periodista estrella. Es un Gabilondo que asegura entender los problemas de los becarios o el servilismo y la obediencia de muchos profesionales obligados por una boca que alimentar. El libro, contenido, preciso y de escritura impecable, tiene la fuerza de un editorial y plantea una deontología con la que es difícil no estar de acuerdo.

A Gabilondo, al contrario que Ramonet, no le interesan tanto las cifras, la influencia de los conglomerados mediáticos, los posibles modelos de negocio de éxito o el “cacharrito” que se va a imponer en el acceso a la información. Su librito, en cambio, es más esencialista y tiene un marcado tono didáctico y moral. Es la carta que dirige al joven periodista el profesional curtido en mil batallas. “Se elige esta profesión porque te importa el otro, tu semejante, y porque quieres hacer algo que sirva a la sociedad. Si no son esas las razones, entonces es un oficio mal elegido”.

Gabilondo le pide al profesional de la información compasión para ponerse en el pellejo de los demás y humildad para cederle siempre el protagonismo, y echa de menos el aliento “aventurero, comprometido, casi misionero” del que hablaba Kapuscinski. Y vuelve a insistir: “Ningún periodista puede serlo si no está animado por una especie de fuego que le conecte con el hombre, con el otro, que le importe la condición ajena, la vida de los demás”.

Gabilondo detecta una paradoja sangrante. La profesión vive en un tiempo de estupor. Precisamente cuando el mundo es más complejo que nunca y está más lleno de matices, al periodismo, urgido por las prisas de Internet y por el titular impactante que asegure una mínima repercusión, se le complica mucho la tarea de relatar y dar cierta coherencia a esta complejidad.

En cualquier caso, la historia tendrá final feliz: Gabilondo es optimista y está convencido de que el buen periodismo regresará una vez que dé con el modelo de negocio adecuado. Mientras tanto, ve inevitable que las páginas de los grandes medios pasen a ser de pago. “Los empresarios descubrirán que en la necesidad social que entraña el periodismo subyace un negocio importante”. En fin, un libro para (re)encontrar las esencias de una profesión en la encrucijada. 



La explosión del periodismo
Ignacio Ramonet
Clave intelectual
Madrid 2011
151 páginas
15 euros 

El fin de una época
Iñaki Gabilondo
Editorial Barril y Barral
Barcelona, 2011
174 páginas
20 euros

sábado, 16 de julio de 2011

Larga vida al periodismo



Juan Luis Cebrián anda estos días muy liado diseñando un plan de viabilidad para la endeudada Prisa, el conglomerado de medios que dirige desde hace muchos años y que engloba al diario El País. Antes de que la crisis le tocara de lleno, en 2009, Cebrián juntó en este libro una serie de artículos que muestran a las claras sus preocupaciones profesionales e intelectuales.

Dotado de claridad expositiva, Cebrián no desdeña la fuerza arrasadora del sunami digital y de la imagen, aunque también advierte de que el periodismo serio seguirá siendo el filtro necesario para poner orden en la avalancha de información que Internet genera.

El periodismo de los grandes diarios, ese que nació contando mentiras en la Venecia del siglo XVII, seguirá siendo, en su opinión, el mejor modo de hacerse con una concepción cabal del mundo, “una weltanshaung determinada, que no puede reproducirse en un universo tan convergente, fragmentado y ambiguo como el de Internet”. Sin embargo, el autor de El pianista en el burdel advierte de que andan equivocados los que a estas alturas no cuenten con el ciberespacio para ganar el futuro.

Cebrián también hace una encendida defensa del periodismo como contrapoder. Recuerda el ejemplo que dio a todos el The Washington Post de la corajuda Katherine Graham a principios de los 70 con la investigación de Watergate y también cómo la prensa española contribuyó a asentar la democracia después de la muerte de Franco, aunque siempre de una forma gradual y guiada, en parte, por la inercia.

En este punto,  aprovecha para ensalzar, no sin autocrítica, a El País, “que llegó a convertirse en símbolo de la Transición misma, lo que derivó en un suceso profesional y comercial que algunos competidores tardan en perdonarnos y que es culpable, también, del espíritu arrogante y autosuficiente de muchos de quienes contribuimos a hacerlo”.

En cualquier caso, se echan de menos revelaciones de interés sobre la relación que establece con el poder un grupo periodístico como Prisa. El único episodio digno de mención tiene como protagonista a Aznar, contra el que, por otra parte, Cebrián carga siempre que puede. “Desvelaré una petición que Jesús Polanco y yo recibimos directamente de Moncloa a poco de establecerse en ella el personaje: que dejara de escribir en El País Eduardo Haro Tecglen y abandonara los micrófonos de la SER Iñaki Gabilondo”.

En fin, un libro sobre periodismo (también habla de los límites difusos con la literatura) escrito por alguien que vive en pleno cogollo, pero que, bien sea por ese pudor tan español que sale a relucir cuando hay que hablar en primera persona, o bien por intereses inconfesados, no se atreve a contar mucho de lo que sabe. 


El pianista en el burdel
Juan Luis Cebrián
Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores
202 páginas
21 euros



lunes, 4 de julio de 2011

Urueña


Después de buscar algún ejemplar durante un buen rato en la penumbra y de disfrutar del frescor y la paz conventual de la librería, uno sale al exterior y queda cegado por el sol mesetario de finales de junio, que se cuela por cualquier rendija y toma más fuerza si cabe al reflejarse en el adobe ocre de las fachadas. Urueña es un sitio perfecto para el amante de los libros y del sosiego.

Una docena de románticos, al amparo, eso sí, del dinero público, ha convertido este pueblo vallisoletano, que está a un tiro de piedra de Madrid (justo en la salida 211), en un lugar feliz y raro. Urueña está trufado de librerías, algunas de segunda mano, donde uno nota, nada más entrar, el cuidado y el empeño del dueño, el mimo con el que ha decorado el establecimiento y ha dispuesto la iluminación para no dañar el papel o las cubiertas de los volúmenes expuestos y, sobre todo, el esmero puesto en la selección de los títulos. No hay prisa por vender la última novedad porque sencillamente aquí no ha llegado. Todo eso que tanto se echa de menos en las grandes superficies y o en los centros comerciales de la ciudad.

Urueña, situado en un altiplano que emerge sobre un mar dorado de trigales y que en su momento fue fortaleza defensiva de los cristianos, no deja de ser un pequeño parque temático organizado alrededor del libro y del retiro que precede a cualquier lectura. Este pueblo es nostalgia de tiempos en que la vida transcurría sin demasiado sobresalto.

Urueña no deja de ser un ejercicio de voluntarismo para convertirse en una foto de lo que pudo haber sido, pero ya (probablemente) no será, de un mundo que está a punto de fenecer, aunque no lo sepamos con total seguridad. Y es que esas mismas páginas de Internet por las que, en concentrada soledad, pasean sus ojos los libreros a contracorriente de Urueña, mientras los turistas entran y salen de sus apacibles establecimientos, quizá se los lleven por delante.

En el mundo del libro electrónico y de las descargas sin control, el modelo de Urueña, el de ese librero generoso que calcula la presentación de los títulos que vende como si fuera un concienzudo director de escena, está en trance de extinción. Ha pasado en el Reino Unido y en otros países, y todo indica que pasará aquí.

Urueña es lectura sosegada y recogimiento en un  mundo donde Internet impone trepidación y vocerío. También es contrapunto a esa industria editorial que nos tortura con una sucesión mareante (y esteril) de novedades casi siempre destinadas a la máquina trituradora. En fin, Urueña es, en algún sentido, un símbolo de la esquizofrenia que vive el mundo del libro y la cultura en general. Sus calles tranquilas y silenciosas, y la paz monacal de sus puestos de libros, se convierten en añoranza y contrapunto en un mundo que bulle con destino incierto.  

En cualquier caso, vale la pena pasarse por Urueña. Es probable que uno no encuentre el libro que buscaba, pero si sentirá el abismo de vivir a caballo entre dos épocas, una que se resiste a irse y otra que llega como un vendaval.