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jueves, 7 de junio de 2012

Una tarde en la Feria del Libro de Madrid




Cosa rara: escasa lluvia en la Feria del Libro de Madrid. El sol ha lucido casi siempre en la edición de este año, dejando entrever ya los rigores de esa canícula mesetaria que ni los frondosos y centenarios árboles del Retiro lograrán mitigar a partir de julio.

Muchos buscan perezosamente algo que llevarse para leer en verano en los cientos de casetas instaladas en el Paseo de Coches. Verlos y ver a los libreros y ayudantes de libreros detrás de los mostradores pasar el tiempo mirando distraídamente el móvil o atendiendo la conversación de un potencial comprador contagian tranquilidad. Paseo por la feria en día laborable, sin las aglomeraciones del fin de semana. Los autores que se sientan obedientemente en un extremo de la caseta bajo un rótulo con su nombre y detrás de una pila de ejemplares de su último libro se vuelven invisibles para la gente que se acerca. Otra vez el móvil y sus constantes reclamos llenan las horas de soledad del escritor que va a firmar sus ejemplares. Alguno relee su ensayo o su novela, quizá señalando erratas que nunca llegarán a eliminarse.

Otro año ha pasado y no he leído los muchos libros que en la última feria pasaron por mis manos y quedaron grabados en esa larga lista mental  de lecturas pendientes (puro ejercicio de voluntarismo). El trabajo (más incierto que nunca), la familia y la lectura de los periódicos y de los libros de coyuntura han acaparado todo el tiempo. Bueno, también he echado las horas en el deporte televisado, orgía de nuestro tiempo, y en dar unas carreras por el parque.

Paseando por la feria uno se da cuenta de que, por sus preferencias, vive en un barrio muy pequeño de la literatura. Que si prefiero la novela al ensayo, que si mejor los contemporáneos que los clásicos, que si leo prosa y no intrincada poesía (¿quién lee poesía en este país? Alguien debe hacerlo porque sino no se entienden la testarudez de la gente de Visor o Hiperion), que si mejor libros de letras que complejos manuales de ciencias o negocios, que si prefiero a los extranjeros (y consagrados) y aborrezco a los nacionales (y noveles), que si mola más el comic que el cuento, que si el libro de autoayuda y no el tratado de filosofía o religión...


Este año no tuve entre mis manos Hambre, de Knut Hamsun (Ediciones De La Torre). Mi intención era comprarlo porque no pocas veces lo he ojeado e incluso he hecho amago de quedármelo. Siempre me pasó que, por el precio (lo confieso: 15 o 20 euros por un libro en ocasiones me parece mucho) o por la impertinencia que supone leer a un autor nórdico que cuenta una historia de desgarrado solipsismo, acabé devolviéndolo al expositor. Este año, en lugar de Hambre me encontré en casi todos sitios algún título del periodista andaluz Manuel Chaves Nogales, que ha vuelto a editar con esmero Libros del Asteroide.


En la Feria del Libro de este año pasaron por mis manos algunos libros que, para no romper la tradición, no me llevé (otra vez el euro fue más fuerte que la voluntad). Son títulos que, además, han vuelto a engordar esa lista de lecturas pendientes que nunca haré, pero que conviene tener, por si alguien pregunta y por si acaso.  


Religión para ateos, de Alain de Botton (RBA). Este hombre casi siempre escribe de cosas que me interesan. Ahora propone un acercamiento a la trascendencia que supera el habitual enfrentamiento entre fundamentalistas y no creyentes.

Un año en el otro mundo, de Julio Camba (editoral Rey Lear). Al joven e irónico periodista gallego lo envía el ABC a Nueva York porque antes el Gobierno alemán se había quejado de sus crónicas desde Berlín. Desde allí, pone al tanto a sus lectores de la vida de los estadounidenses, con un lenguaje corriente y con ciertas dosis de acidez. Corría el año 1916.


Danubio, de Claudio Magris (Anagrama). Es otro de los que siempre pasan por mis manos y nunca acaban en la mochila. ¿Por qué será? Aquí no es cuestión de precio, porque está desde hace tiempo en edición de bolsillo. Esa literatura a medio camino entre la reflexión histórica y filosófica y el libro de viajes, y construida a base de anécdotas aparentemente deslabazadas me interesa. Me he prometido leerlo una tarde de estas.

Algún libro del mártir Dietrich Bonhoeffer (editorial Sígueme). El pastor luterano que fue asesinado por el nazismo y que denunció la actitud gregaria de la iglesia alemana de la época también es un fijo en mi lista de pendientes.

El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati (editorial Gadir). Me llama sobre todo la atención la bella edición que ha sacado Gadir, que se está haciendo con una buena selección de las letras italianas del siglo XX.

La lluvia antes de caer, de Jonathan Coe (Anagrama). Literatura de madurez, dijeron, de l´enfant terrible de la literatura británica. Historia íntima de tres generaciones de mujeres en la Inglaterra rural de la posguerra.

El diario de Ana Frank (editorial DeBolsillo). Lectura tanto tiempo pospuesta. No lo leí en la EGB o el bachillerato, cuando era casi obligatorio, y dudo de que lo haga ahora. Supongo que mi hijo me pedirá más pronto que tarde que lo comentemos.

A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales (Libros del Asteroide). Como decía, es la revelación de la feria. Los libros del periodista sevillano, que mantuvo la cordura en un país abocado a la guerra civil, están por todos sitios. Es una gloria tardía, pero supongo que provechosa para los que no lo hemos leído.



Años lentos, de Fernando Aramburu (Tusquets). Otro que tiene el coraje de hablarnos de los orígenes del nacionalismo intransigente de ETA en los años 60 y que también propone una reflexión sobre los propios mecanismos de la novela gracias a los apuntes del escritor que acompañan cada capítulo.

El extranjero, de Albert Camus (Galaxia Gutenberg). Otro texto mítico que me lleva, sin quererlo, a los años de descubrimiento de la adolescencia. Para mí es como una brisa fresca. La edición, en este caso, es de lujo (marca de Galaxia): viene con ilustraciones de Úrculo y epílogo de Vargas Llosa.

El mundo de ayer, de Stefan Zweig (Editorial Acantilado). Decenas de veces he tenido este libro en las manos, pero creo que acabaré comprándolo y manteniéndolo en  mi biblioteca. Una memoria intelectual (que no sentimental) de un judío que se suicidó en 1942.

Finalmente compro Homicidio (Editorial Principal de los Libros), monumental novelón policiaco de David Simon que es el germen (así lo dice el editor en la misma portada) de la serie televisiva The Wire. En principio, me llevo muchas horas de felicidad. Ya veremos.




PS: El tsunami del libro electrónico está a punto de arrasar buena parte del mundo editorial como hoy lo conocemos. Sin embargo, los libreros y las editoriales de Madrid siguen enterrando la cabeza en la tierra. Sin noticias de los nuevos formatos en los cientos de casetas del Retiro.


Desde Barcelona, Seix Barral, Anagrama o Tusquets cambiaron para siempre el panorama editorial en España en la década de los 60 y 70. Hoy, de forma más sigilosa y políticamente difusa, editoriales como Páginas de Espuma, Nórdica, Periférica, Errata Naturae, Menos Cuarto, Gadir o Minúscula dan otra vuelta de tuerca.





martes, 6 de diciembre de 2011

Queridos Reyes Magos, quisiera un ebook



C. A. G.

A estas alturas, mientras la mayoría de los niños está pensando qué regalos pedir a los Reyes Magos, son muchos los padres que lo tienen claro: un lector de libros electrónicos. A los tradicionales Papyre, Sony Reader y Wolder, se han añadido en el último mes los dispositivos de las tres principales tiendas de libros del país (Fnac, Casa del Libro y El Corte Inglés) y el del portal Amazon. 

Son cuatro aparatos muy similares. De hecho, todos cuentan con pantallas de 6 pulgadas de tinta electrónica, 2 Gbytes de almacenamiento interno, ranura para tarjetas de memoria (excepto el Kindle) y conexión WiFi, lo que permite descargar los títulos sin necesidad de contar con un ordenador a mano. Tanto el eReader Tagus (119€) de Casa del Libro como el libro electrónico de la Fnac (129€) provienen del fabricante español Bq, mientras que el Wibook 650T (189€) de El Corte Inglés es un producto de producción propia y Amazon trae a España únicamente su Kindle más económico (el de 99€).

En cuanto a sus catálogos, Amazon es la que atesora más títulos: 900.000 ebooks (22.000 en español, pero ya ha anunciado que incluirá 4.000 nuevos títulos de aquí a tres meses), frente a los 60.000 de Casa del Libro o los 35.000 de El Corte Inglés. Otro tanto a su favor es su precio. Vende, por ejemplo, lo último de Ruiz Zafón (que no está metiendo tanto ruido como al que nos tiene acostumbrados) a 9,49€, mientras que la Fnac y El Corte Inglés lo hacen a 9,99€, y Casa del Libro, a 11,99€. Puede ser una diferencia vital para llevarse a los compradores. Sucede lo mismo en el caso de la última obra de Pérez Reverte o la biografía de Steve Jobs.

Sin embargo, el Kindle de Amazon también tiene un importante inconveniente. Y es que el portal estadounidense trabaja con el formato propietario AZW, que precisa de una aplicación de conversión si el libro no se compra desde la propia Amazon (la más popular es Calibre), mientras que el resto de servicios online distribuyen los títulos en ePub (que ya se ha convertido en el más usado) y no pueden leer AZW.

Esta limitación ha sido criticada recientemente por el editor y padre del concepto Web 2.0, Tim O´Reilly, quien en FICOD, el Foro de Contenidos Digitales, celebrado recientemente en Madrid, ha expresado su preocupación porque Amazon controle el mercado del libro electrónico “con su intento de instaurar un sistema propietario y de control de dispositivos”.

El libro electrónico todavía no ha levantado el vuelo por estos pagos. No pasan del 2 o 3% los libros que se venden en este formato en España, mientras que en Estados Unidos ya andan por el 20%. En su contra juega el hecho de que los precios no son atractivos. Una rebaja del 20 o 30% respecto a la edición en papel no es suficiente. Algunos expertos creen que es posible dejar el PVP en la mitad y que todos los interesados sigan ganando dinero. Eso sí, antes el Gobierno deberá bajar el IVA del 18% actual (que es el tipo general) al 4% (tipo reducido) que paga el papel. La razón, totalmente injustificada, de este desequilibrio es que el ebook se considera un servicio de comercio electrónico. Estaría bien que el PP le diese "una pensada" a esta cuestión, como amenaza con hacer con el tabaco en los bares. Cruzamos los dedos. 

En todo caso, está claro que estas Navidades serán cruciales. El lector de eBooks se puede convertir en el regalo estrella por dos razones: primero por precio, puesto que 100€ es una cantidad razonable en estos tiempos de crisis y apreturas; y, segundo, porque, por fin, hay una oferta amplia de títulos en las librerías más importantes. Que se preparen sus Majestades.


lunes, 4 de julio de 2011

Urueña


Después de buscar algún ejemplar durante un buen rato en la penumbra y de disfrutar del frescor y la paz conventual de la librería, uno sale al exterior y queda cegado por el sol mesetario de finales de junio, que se cuela por cualquier rendija y toma más fuerza si cabe al reflejarse en el adobe ocre de las fachadas. Urueña es un sitio perfecto para el amante de los libros y del sosiego.

Una docena de románticos, al amparo, eso sí, del dinero público, ha convertido este pueblo vallisoletano, que está a un tiro de piedra de Madrid (justo en la salida 211), en un lugar feliz y raro. Urueña está trufado de librerías, algunas de segunda mano, donde uno nota, nada más entrar, el cuidado y el empeño del dueño, el mimo con el que ha decorado el establecimiento y ha dispuesto la iluminación para no dañar el papel o las cubiertas de los volúmenes expuestos y, sobre todo, el esmero puesto en la selección de los títulos. No hay prisa por vender la última novedad porque sencillamente aquí no ha llegado. Todo eso que tanto se echa de menos en las grandes superficies y o en los centros comerciales de la ciudad.

Urueña, situado en un altiplano que emerge sobre un mar dorado de trigales y que en su momento fue fortaleza defensiva de los cristianos, no deja de ser un pequeño parque temático organizado alrededor del libro y del retiro que precede a cualquier lectura. Este pueblo es nostalgia de tiempos en que la vida transcurría sin demasiado sobresalto.

Urueña no deja de ser un ejercicio de voluntarismo para convertirse en una foto de lo que pudo haber sido, pero ya (probablemente) no será, de un mundo que está a punto de fenecer, aunque no lo sepamos con total seguridad. Y es que esas mismas páginas de Internet por las que, en concentrada soledad, pasean sus ojos los libreros a contracorriente de Urueña, mientras los turistas entran y salen de sus apacibles establecimientos, quizá se los lleven por delante.

En el mundo del libro electrónico y de las descargas sin control, el modelo de Urueña, el de ese librero generoso que calcula la presentación de los títulos que vende como si fuera un concienzudo director de escena, está en trance de extinción. Ha pasado en el Reino Unido y en otros países, y todo indica que pasará aquí.

Urueña es lectura sosegada y recogimiento en un  mundo donde Internet impone trepidación y vocerío. También es contrapunto a esa industria editorial que nos tortura con una sucesión mareante (y esteril) de novedades casi siempre destinadas a la máquina trituradora. En fin, Urueña es, en algún sentido, un símbolo de la esquizofrenia que vive el mundo del libro y la cultura en general. Sus calles tranquilas y silenciosas, y la paz monacal de sus puestos de libros, se convierten en añoranza y contrapunto en un mundo que bulle con destino incierto.  

En cualquier caso, vale la pena pasarse por Urueña. Es probable que uno no encuentre el libro que buscaba, pero si sentirá el abismo de vivir a caballo entre dos épocas, una que se resiste a irse y otra que llega como un vendaval.