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lunes, 25 de marzo de 2013

Todo lo que era sólido, de Muñoz Molina



Memoria de la caída


Hasta ahora la crisis la han explicado sobre todo los economistas. No cabía otra, pues el embrollo financiero era mayúsculo y el conocimiento que tenemos de cómo funciona el mundo del dinero era (y sigue siendo) escaso. Sin embargo, desde el estallido de la burbuja inmobiliaria, las aproximaciones “intelectuales” (uso el adjetivo a pesar de su mala salud) han sido escasas. Pocas voces –más allá de los panfletos de Stephane Hessel o José Luis Sampedro o de las últimas novelas de Rafael Chirbes- se han atrevido a hacer una lectura moral y cívica de lo que nos está pasando.


Esa tarea es la que aborda Antonio Muñoz Molina con esta crónica, directa y muy personal a ratos, de la crisis en España. Evitando tecnicismos y esa prosa adormecedora que emplean los especialistas, Muñoz Molina rememora aquella España de ricos de 2007 y da cuenta del rápido deterioro que ha sufrido, de cómo aquel país de Champions League, según repetía con satisfacción Zapatero, se ha disuelto como un azucarillo, en menos que canta un gallo y sin que hayamos podido hacer nada para remediarlo.


Muñoz Molina se pregunta qué ha pasado y, sobre todo, cómo no nos dimos cuenta, cómo el delirio colectivo pasó por encima de las evidencias y de las voces disonantes que se atrevieron a pronosticar el desastre. El autor asume su parte de culpa: “Qué veíamos, en qué estábamos pensando. Si mi oficio es mirar el mundo para poder contarlo, cómo es que no me fijé en lo que sucedía, en lo que tenía delante los ojos, lo que se publicaba en el periódico que yo compraba y creía leer fielmente cada mañana cuando estaba en España”.


Vivimos los años locos de la economía bajo el efecto narcótico del debate sobre el pasado remoto. Como viene sucediendo en las dos últimas décadas, esa cortina de humo que era la escenificación estridente de las dos Españas y de los nacionalismos no nos dejó ver cómo las clases dirigentes se repartían el pastel y dilapidaban el futuro del país. A pesar de tanta pretensión de modernidad, en 2007 vivíamos en un pasado imaginario e interesado. Eran los años en que el propio Muñoz Molina se había instalado mentalmente en la víspera del alzamiento militar del 36, que es el telón de fondo de La noche de los tiempos, el novelón de casi 1.000 páginas que escribía cuando todo se vino abajo.


Precisamente, a ese mundo delirante que para la mayoría se convirtió en cotidiano vuelve ahora para poner el punto de partida de este libro. Es el mundo del crédito a mares procedente de Europa, de las 600.000 casas que se empezaban cada año, de los promotores estrella (con Bañuelos a la cabeza) que de la noche a la mañana se convertían en multimillonarios, de los políticos que les respaldaron y se beneficiaron del despilfarro, de las cajas de ahorro que financiaron los proyectos faraónicos de los mandamases regionales, de los Porsche Cayenne y las vacaciones en spas de lujo para los pequeños empresarios que entraron en la rueda, de las carísimas comitivas autonómicas que llegaban a Nueva York o a cualquier gran ciudad del mundo para promocionar su comarca y “hacer mucho ruido”, de los sueldos de 3.000 euros para los ferrallistas y peones de albañil que trabajaban día y noche, como si el mundo (como desgraciadamente sucedió) se fuera a acabar mañana.


Todo lo que era sólido es un relato moral de los años del despilfarro y de lo que ha venido más tarde. Es la mirada perpleja de un ciudadano corriente que analiza a toro pasado, leyendo los periódicos de hace un lustro como si fueran vestigios de un tiempo remoto e irreconocible. Muñoz Molina verbaliza la estupefacción y la indignación de una ciudadanía que ha visto como el firme cemento que pisaba se ha tornado arena movediza.


Pero todavía hay muchas cosas en juego. Sea uno de izquierdas o de derechas, religioso o agnóstico, ferviente defensor de la Iglesia o anticlerical, nacionalista de centro o de periferias, no es difícil suscribir el 90% de lo que dice Muñoz Molina. La defensa de lo fundamental (educación, sanidad y democracia) frente a lo superfluo, la consolidación de una administración pública profesional, independiente y solvente (un tema pendiente desde el franquismo), establecer mayores controles a los que toman decisiones que incumben a toda la ciudadanía, un debate público de altura, razonado y respetuoso con el adversario, una mayor confianza y honestidad en las relaciones sociales y comerciales, un cuidado exquisito de lo público y de lo que es común a todos… Son esas cosas que distinguen a los países que admiramos.


Para evitar desmanes de los políticos y los poderosos en el futuro, el autor, en un guiño al 15-M, echa de menos una “serena rebelión cívica” a la manera del movimiento americano por los derechos civiles. España es un país de retóricas que adormecen y que alejan a los ciudadanos de lo que ocurre. Aunque nos tenemos por gente directa y franca, mirar la realidad, sin velos ideológicos ni encantamientos, es una osadía que se paga en un país como el nuestro. Para que no vuelva a pasar, para que el martillo del olvido no se lleve las lecciones que nos deja esta crisis, Muñoz Molina ha escrito Todo lo que era sólido movido por la obligación cívica de contar sin tapujos y recordar lo que nos ha pasado.


Creo que este libro bien podría convertirse en lectura para bachilleres, pues, como dice el mismo autor, debemos estar atentos y contar lo que pasa, sobre todo para que los que vienen después y den todo por supuesto sepan que lo que tenemos “costó mucho crearlo” y que “perderlo puede ser mucho más fácil que ganarlo”.




domingo, 10 de febrero de 2013

Es verdad: Intemperie, de Jesús Carrasco, es una excelente novela







La promoción que ha hecho Seix Barral de esta novela casi me disuade de leerla. Y es que tiendo a desconfiar cuando el marketing lo inunda todo y me dicen, sin sonrojo, que estamos ante el autor revelación del año, lo no visto en mucho tiempo, una mezcla de Delibes, del Cormac McCarthy de La carretera o del Juan Rulfo de Pedro Páramo. Además, cuentan que el libro de este extremeño que acaba de entrar en los 40, que vive en Sevilla y al que no conocen más allá de su barrio, ha interesado a editores de medio mundo y que se va a publicar en 13 países casi al mismo tiempo que en España.

Seix Barral lo está haciendo de maravilla. El libro, en realidad una novelita de apenas 200 páginas que se lee en un par de tardes, se está promocionando estupendamente y ahora muchos se acercan a las librerías a comprarlo con una mezcla de curiosidad y certidumbre mercadotécnica.

Pues bien, una vez leído, y a pesar de todo, tengo que decir que Intemperie vale la pena. Con muy pocos elementos y un lenguaje trabajado y preciso, Jesús Carrasco construye una historia esencial, desbordante de humanidad. Un niño huye de su pueblo y de su familia y se echa al camino, deambula por un campo intemporal asolado por la sequía. En su busca va un villano, el alguacil del pueblo, arquetipo de la maldad. En su peregrinar por el llano desierto se topa con un pastor de cabras con el que establece una distante pero creciente sociedad. Ese chico que pasa por mil calamidades intentando salvar el pellejo permanece en la retina mucho después de haber terminado el libro.



La literatura que más me gusta es aquella que sugiere, pero evita mostrarlo todo. Es lo que pasa con el buen erotismo. Es la literatura de Chejov, donde millones de dramas apenas esbozados componen esa imagen tan suya del crepúsculo personal y social. Es también la del cine de Ozu, donde los conflictos, casi nunca reconocidos, se materializan en una mueca que rompe el protocolo o en una pregunta que en algún momento se queda sin respuesta.

Fue Hemingway el que con sus relatos puso de moda la teoría del iceberg. Una buena historia, venía a decir, no debe mostrar más que una mínima parte del universo emocional o moral que propone. A Hemingway eso le sirvió para hacer literatura desde el periodismo y distanciarse de sus personajes. Creo que el relato de Jesús Carrasco también es la punta visible de un festín humano y literario que no se acaba de mostrar.

No llegamos a saber del todo por qué ese chico huye despavorido y arriesga incluso su vida para no caer en las manos del alguacil. Nada sabemos tampoco del cabrero que, ya en sus últimos días, sigue yendo de aquí para allá en un llano baldío donde sus cabras nunca encontrarán una brizna de hierba tierna con la que alimentarse. Tampoco queda claro por qué ese alguacil sin escrúpulos persevera,  en compañía de dos temibles lacayos, en la busca de un chico que nadie más reclama. [De psicoanalista: cuando aparece el oficial de justicia no puedo dejar de imaginar en su lugar a Correa, el empresario que estaba al mando de la trama Gürtel].

Intemperie es una historia de supervivencia, con grandes momentos de lirismo, pero es sobre todo una atmósfera opresiva, marcada por el miedo, la soledad y la carestía, y también un lenguaje. Carrasco encuentra siempre la palabra precisa para dar cuenta de un mundo que se extinguió hace mucho tiempo. Aunque nos dice que el alguacil va en moto, con lo que se puede situar la historia en el siglo XX, quizá después de la Guerra Civil, el mundo y las palabras a las que acude para describirlo nos trasladan a la Edad Media, a un tiempo remoto en que la civilización estaba por llegar y la barbarie dominaba los caminos.



  


domingo, 18 de noviembre de 2012

Canción errónea, de Antonio Gamoneda



En un mundo en el que leemos tanto, en la prensa, en Internet, en las novelas, en los libros de autoayuda, en una búsqueda extenuante de la certidumbre, de seguridades que sabemos que se llevarán el tiempo y el viento, la perplejidad que provoca un poeta como Antonio Gamoneda (1931) es un contrapunto necesario, terapéutico incluso. “Únicamente he aprendido a desconocer y olvidar”, dice en un momento de Canción errónea, su único poemario en 8 años.

En horas bajas para la metafísica, para esas preguntas por el sentido que antes nos proporcionó de forma institucional la religión, pero que hoy raramente se escuchan, los poemas terriblemente existenciales, pero descreídos, de Gamoneda son una llamada de atención. “Esta mañana he escuchado la más falsa de las palabras: ‘Vivir”. Gamoneda ejerce la profesión que le ha ocupado gran parte de su vida: el autoconocimiento. Gamoneda, el poeta que de niño aprendió a leer descifrando los versos del único poemario que dejó su padre muerto. 

Canción errónea es un libro donde el poeta, ya octogenario, anticipa el final del camino, su muerte. Es, como alguien ha sugerido, “arte de la memoria en la perspectiva de la muerte”. Pero también es trabajo luminoso por cuanto encontramos al viejo Gamoneda ejercitando la lucidez en un intento (vano quizás) de hacer recuento y asumir su finitud. “He vivido y no sé por qué. Ahora he de amar mi propia muerte y no sé morir. Qué equívoco”.

Con versos premonitorios construidos con un lenguaje despojado, minimalista, reiterativo, Gamoneda espera el momento final mientras rememora la infancia, ese “territorio dibujado por la pobreza” de la provincia y la Guerra Civil, y evoca a la madre redentora como hiciera en su anterior libro, Un armario lleno de sombra. “En realidad yo voy a ser, ya estoy siendo, huérfano de mí mismo”. También hay un Gamoneda vagamente rebelde que denuncia la falsedad y la mentira.

En un mundo donde ha triunfado la inmanencia y donde se nos pide que lo entendamos todo, cuesta asumir el estado de perplejidad en que nos deja el poemario intimista de Gamoneda, compuesto por un par de miles de palabras escurridizas y nunca enteramente comprendidas. Supongo, como sospechaban los místicos, que no todo puede ser dicho y mucho menos comprendido.



En fin, Canción errónea es un libro evocador sobre los límites, sobre la vida entendida como el “accidente” que ocurre entre dos inexistencias. Dejo por aquí unos cuantos poemas del poemario, aunque, por las limitaciones del editor de este blog, no respeto los márgenes y tabulaciones del original:


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Había
vértigo y luz en las arterias del relámpago,
fuego, semillas y una germinación desesperada.

Yo desgarraba la imposibilidad,
oía silbar a la máquina del llanto y me perdía en la espesura
vaginal. También

entraba en urnas policiales. Así
olvidaba los ojos blancos de mi madre.
Vivía
Parece ser.
Vivía

Ahora mismo atiendo distraído a mi estertor. No hay en mí
memoria ni olvido; única y simplemente lucidez.

Han desaparecido los significados y nada estorba ya a la
indiferencia.

Definitivamente, me he sentado
a esperar a la muerte
como quien espera noticias ya sabidas.


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Desprecio
la eternidad.
He vivido
y no sé por qué.
Ahora
he de amar mi propia muerte
y no sé morir.
Qué equívoco. 


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…desde hace tiempo,
descanso en la tiniebla dúplice y,
de vez en cuando, digo
dos palabras, dos, sólo dos
con certidumbre:
no sé.



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Amé. Es incomprensible como el temblor de los álamos.
Estoy extraviado pero yo sé que amé.

Yo vivía en un ser y su sangre se reunía con mi sangre y
la música me envolvía y no mismo era música.
Ahora,
¿quién es ciego en mis ojos?

Unas manos pasaban sobre mi rostro y envejecían len-
tamente. ¿Qué fue vivir entre heridas y sombras? ¿Quién
fui en los brazos de mi madre, quién fui en mi propio co-
razón?

Únicamente he aprendido a desconocer y olvidar. Es extraño.
Todavía el amor
habita en el olvido.

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Canción errónea
Antonio Gamoneda
Editorial Tusquets
153 páginas
14 euros

jueves, 7 de junio de 2012

Una tarde en la Feria del Libro de Madrid




Cosa rara: escasa lluvia en la Feria del Libro de Madrid. El sol ha lucido casi siempre en la edición de este año, dejando entrever ya los rigores de esa canícula mesetaria que ni los frondosos y centenarios árboles del Retiro lograrán mitigar a partir de julio.

Muchos buscan perezosamente algo que llevarse para leer en verano en los cientos de casetas instaladas en el Paseo de Coches. Verlos y ver a los libreros y ayudantes de libreros detrás de los mostradores pasar el tiempo mirando distraídamente el móvil o atendiendo la conversación de un potencial comprador contagian tranquilidad. Paseo por la feria en día laborable, sin las aglomeraciones del fin de semana. Los autores que se sientan obedientemente en un extremo de la caseta bajo un rótulo con su nombre y detrás de una pila de ejemplares de su último libro se vuelven invisibles para la gente que se acerca. Otra vez el móvil y sus constantes reclamos llenan las horas de soledad del escritor que va a firmar sus ejemplares. Alguno relee su ensayo o su novela, quizá señalando erratas que nunca llegarán a eliminarse.

Otro año ha pasado y no he leído los muchos libros que en la última feria pasaron por mis manos y quedaron grabados en esa larga lista mental  de lecturas pendientes (puro ejercicio de voluntarismo). El trabajo (más incierto que nunca), la familia y la lectura de los periódicos y de los libros de coyuntura han acaparado todo el tiempo. Bueno, también he echado las horas en el deporte televisado, orgía de nuestro tiempo, y en dar unas carreras por el parque.

Paseando por la feria uno se da cuenta de que, por sus preferencias, vive en un barrio muy pequeño de la literatura. Que si prefiero la novela al ensayo, que si mejor los contemporáneos que los clásicos, que si leo prosa y no intrincada poesía (¿quién lee poesía en este país? Alguien debe hacerlo porque sino no se entienden la testarudez de la gente de Visor o Hiperion), que si mejor libros de letras que complejos manuales de ciencias o negocios, que si prefiero a los extranjeros (y consagrados) y aborrezco a los nacionales (y noveles), que si mola más el comic que el cuento, que si el libro de autoayuda y no el tratado de filosofía o religión...


Este año no tuve entre mis manos Hambre, de Knut Hamsun (Ediciones De La Torre). Mi intención era comprarlo porque no pocas veces lo he ojeado e incluso he hecho amago de quedármelo. Siempre me pasó que, por el precio (lo confieso: 15 o 20 euros por un libro en ocasiones me parece mucho) o por la impertinencia que supone leer a un autor nórdico que cuenta una historia de desgarrado solipsismo, acabé devolviéndolo al expositor. Este año, en lugar de Hambre me encontré en casi todos sitios algún título del periodista andaluz Manuel Chaves Nogales, que ha vuelto a editar con esmero Libros del Asteroide.


En la Feria del Libro de este año pasaron por mis manos algunos libros que, para no romper la tradición, no me llevé (otra vez el euro fue más fuerte que la voluntad). Son títulos que, además, han vuelto a engordar esa lista de lecturas pendientes que nunca haré, pero que conviene tener, por si alguien pregunta y por si acaso.  


Religión para ateos, de Alain de Botton (RBA). Este hombre casi siempre escribe de cosas que me interesan. Ahora propone un acercamiento a la trascendencia que supera el habitual enfrentamiento entre fundamentalistas y no creyentes.

Un año en el otro mundo, de Julio Camba (editoral Rey Lear). Al joven e irónico periodista gallego lo envía el ABC a Nueva York porque antes el Gobierno alemán se había quejado de sus crónicas desde Berlín. Desde allí, pone al tanto a sus lectores de la vida de los estadounidenses, con un lenguaje corriente y con ciertas dosis de acidez. Corría el año 1916.


Danubio, de Claudio Magris (Anagrama). Es otro de los que siempre pasan por mis manos y nunca acaban en la mochila. ¿Por qué será? Aquí no es cuestión de precio, porque está desde hace tiempo en edición de bolsillo. Esa literatura a medio camino entre la reflexión histórica y filosófica y el libro de viajes, y construida a base de anécdotas aparentemente deslabazadas me interesa. Me he prometido leerlo una tarde de estas.

Algún libro del mártir Dietrich Bonhoeffer (editorial Sígueme). El pastor luterano que fue asesinado por el nazismo y que denunció la actitud gregaria de la iglesia alemana de la época también es un fijo en mi lista de pendientes.

El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati (editorial Gadir). Me llama sobre todo la atención la bella edición que ha sacado Gadir, que se está haciendo con una buena selección de las letras italianas del siglo XX.

La lluvia antes de caer, de Jonathan Coe (Anagrama). Literatura de madurez, dijeron, de l´enfant terrible de la literatura británica. Historia íntima de tres generaciones de mujeres en la Inglaterra rural de la posguerra.

El diario de Ana Frank (editorial DeBolsillo). Lectura tanto tiempo pospuesta. No lo leí en la EGB o el bachillerato, cuando era casi obligatorio, y dudo de que lo haga ahora. Supongo que mi hijo me pedirá más pronto que tarde que lo comentemos.

A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales (Libros del Asteroide). Como decía, es la revelación de la feria. Los libros del periodista sevillano, que mantuvo la cordura en un país abocado a la guerra civil, están por todos sitios. Es una gloria tardía, pero supongo que provechosa para los que no lo hemos leído.



Años lentos, de Fernando Aramburu (Tusquets). Otro que tiene el coraje de hablarnos de los orígenes del nacionalismo intransigente de ETA en los años 60 y que también propone una reflexión sobre los propios mecanismos de la novela gracias a los apuntes del escritor que acompañan cada capítulo.

El extranjero, de Albert Camus (Galaxia Gutenberg). Otro texto mítico que me lleva, sin quererlo, a los años de descubrimiento de la adolescencia. Para mí es como una brisa fresca. La edición, en este caso, es de lujo (marca de Galaxia): viene con ilustraciones de Úrculo y epílogo de Vargas Llosa.

El mundo de ayer, de Stefan Zweig (Editorial Acantilado). Decenas de veces he tenido este libro en las manos, pero creo que acabaré comprándolo y manteniéndolo en  mi biblioteca. Una memoria intelectual (que no sentimental) de un judío que se suicidó en 1942.

Finalmente compro Homicidio (Editorial Principal de los Libros), monumental novelón policiaco de David Simon que es el germen (así lo dice el editor en la misma portada) de la serie televisiva The Wire. En principio, me llevo muchas horas de felicidad. Ya veremos.




PS: El tsunami del libro electrónico está a punto de arrasar buena parte del mundo editorial como hoy lo conocemos. Sin embargo, los libreros y las editoriales de Madrid siguen enterrando la cabeza en la tierra. Sin noticias de los nuevos formatos en los cientos de casetas del Retiro.


Desde Barcelona, Seix Barral, Anagrama o Tusquets cambiaron para siempre el panorama editorial en España en la década de los 60 y 70. Hoy, de forma más sigilosa y políticamente difusa, editoriales como Páginas de Espuma, Nórdica, Periférica, Errata Naturae, Menos Cuarto, Gadir o Minúscula dan otra vuelta de tuerca.





viernes, 2 de marzo de 2012

Non fiction novel




A propósito de las Historias de Ignacio Martínez de Pisón


De adolescente uno siempre pensó que la literatura con mayúsculas debía ser un torturante ejercicio de solipsismo. Para dar cuenta del desgarro que produce el paso del tiempo, la angustia de la existencia o la contrariedad del amor. El autor total era el que creaba un universo a partir de sus miserias. Así, uno se hizo sin querer, en esos tiempos de iniciación, un entusiasta de Unamuno, de Camus, de Bukowski o de García Márquez, que se inventa un mundo emocional y físico él solito.

Luego uno se da cuenta que la literatura puede ser algo más (o menos, según se mire). Ese solipsismo tan seductor de la adolescencia lectora se vuelve una limitación. Es verdad que el mundo cabe en una triste habitación de hotel, pero uno sospecha que más allá de esas cuatro paredes, ahí fuera, en la sociedad y en la vida, hay mucho material para un buen libro. Truman Capote es un buen ejemplo. En A Sangre fría, donde eleva el periodismo a género mayor, su ombligo pinta mucho menos que el de los asesinos Dick Hickock y Perry Edward Smith, o que el de los cuatro miembros de esa familia que nada más empezar el relato se ventilan en un pueblito de Kansas.


Todo esto me vino a la cabeza unos días atrás mientras escuchaba a Ignacio Martínez de Pisón en la Fundación Juan March. En una novela de juventud de la que reniega, Martínez de Pisón se sorprende escribiendo sobre la peripecia sentimental de unos jóvenes durante el 23-F, pero sin hacer referencia a la España convulsa de la Transición. Ese alejamiento escama hasta tal punto al autor que, a partir de ahí, da un giro y, poco a poco, la realidad y la Historia (con mayúsculas en muchos casos) empiezan a contaminar ese discurso más íntimo de amores contrariados y disputas paterno filiales.


En Carreteras secundarias, Martínez de Pisón empieza esta maduración. “La realidad te da más material que la más potente imaginación”, decía. Aquella road movie protagonizada por un adolescente solitario y un padre con aires de perdedor que viajan a la deriva en un Citroën Tiburón, su única propiedad, sirve al novelista para airear dramas personales, pero también para dar cuenta de lo que fue este país contradictorio en el último franquismo. Más tarde, en El tiempo de las mujeres nos trae la historia de tres hermanas que tienen que responder al duro golpe, relatado en las primeras páginas, que supone la muerte de su padre. Otra vez, Martínez de Pisón trasciende el drama familiar para simbolizar una sociedad que busca su madurez y que tiene que empezar a caminar sola después de décadas de dictadura.



Sin embargo, su novela más histórica y menos “personal” llega un poco más tarde. Enterrar a los muertos está basada en un hecho real. Wikipedia dixit: el célebre asesinato de José Robles Pazos, republicano convencido y traductor, y su investigación por parte del novelista John Dos Passos, de quien Robles había traducido al español Manhattan Transfer. Robles, que no dudó en julio de 1936 en ponerse al servicio del gobierno republicano, fue detenido en Valencia por los servicios secretos soviéticos y desapareció sin más explicaciones. Dos Passos no supo de su asesinato hasta abril de 1937, cuando se encontraba en España colaborando en un documental de propaganda republicana. Empeñado en averiguar la verdad, chocó contra una tupida conspiración de silencio y mentiras. Para los mitómanos, hay que decir que el episodio arruinó la relación de Dos Passos con Hemingway.

“Con esta novela me di cuenta de lo fácil que es hoy investigar las cosas. Los archivos están abiertos y la gente dispuesta a contarte cosas”, contaba el novelista para quitarle importancia a la que muchos consideran su mejor novela (o mejor, a lo Capote, non fiction novel). Una curiosidad: una de las mayores revelaciones para Martínez de Pisón llegó cuando los documentalistas de la Universidad Johns Hopkins de Baltimore, donde había dado clases el malogrado Robles, le enviaron, en respuesta a un e-mail, un sobre con toda su correspondencia, al precio, eso sí, de 10 centavos por hoja en concepto de gastos de impresión. Adiós al mito del novelista atormentado que vive literariamente de su propio drama. Aquí el drama viaja en paquete de Fedex y lleva membrete universitario y la firma de una aburrida funcionaria.

En Enterrar a los muertos, el novelista se quita literalmente de en medio y deja que sea la realidad y el hilo de la investigación la que hagan avanzar el relato. Otra vez Capote. Es algo parecido a lo que se ha podido ver últimamente, y con buenos resultados, en Cercas (Anatomía de un instante) o en Isaac Rosa (El vano ayer). “No podía hacer novelería de algo tan serio y grave como lo que había pasado a Robles y a su familia”, decía Martínez de Pisón en la Juan March. 

Dos de sus últimas novelas -Dientes de leche y El día de mañana- me parecen interesantes por un motivo: Martínez de Pisón huye de algunos lugares comunes de la novelística de la guerra civil y del franquismo y rescata episodios olvidados del lado de los vencedores. Como hiciera Cercas en Soldados de Salamina, rompiendo un tabú en autores supuestamente de izquierdas, Martínez de Pisón encuentra materia novelesca de altura en el lado fascista, y lo hace sin sonrojos y sin pedir disculpas. En El día de mañana, el protagonista es un soplón de la Brigada Político Social. En Dientes de leche, el centro del relato es Raffaele Cameroni, un italiano que llega a España en 1937 para luchar como voluntario en el bando franquista. Como recordaba el otro día en el abarrotado salón de actos de la Juan March, donde doscientas personas –muchas ancianas- le escuchaban con atención, las Brigadas Internacionales movilizaron a 30.000 combatientes, pero los fascistas italianos llegaron a 80.000. “De unos se ha escrito muchísimo, de los otros no se escribió nada”. En esas andamos.    

En cualquier caso, la huida de Martínez de Pisón de “lo literario” (¿por qué será que siempre que escribo este adjetivo pienso en Ruiz Zafón?), y su interés cada vez mayor por la Historia, por el testimonio de sus protagonistas y, en general, por la sociedad española de los últimos 50 años, no impiden que sus páginas estén llenas de sutilezas que dan cuenta de las tragedias humanas y familiares que siempre nos han interesado, desde el tiempo de los griegos. Sus personajes trascienden su intimidad e iluminan aspectos poco transitados de la historia de este país en el último siglo. Era, en su opinión, una exigencia moral.




jueves, 29 de diciembre de 2011

Siempre Muñoz Molina




Principios de los noventa. Llego a Madrid, a la universidad, para estudiar periodismo, todavía imberbe, desde mi Tenerife natal y desde esa isla dentro de la isla que es La Orotava. Con la decisión de trasladarme a la capital, mi madre envejece una década de la noche a la mañana -en ese momento me cuesta percibirlo, pero luego el deterioro se hace evidente-. En las asignaturas de literatura de la carrera se cuela, entre grandes nombres y santones -Borges, Cortazar, Chesterton, Marsé, Martín Santos, Steiner, Böll- un tío casi tan imberbe como yo, con cara de chico soñador de provincias. Desde luego no mira desde la solapa de sus primeros libros como un "autor", con ese gesto pretendidamente descuidado, a lo Juan Goytisolo, o con la pose glamurosa y el semblante adusto, sombrío, a lo Milan Kundera.


Es Antonio Muñoz Molina, que acaba de recibir el Premio Nacional de Literatura con El Invierno en Lisboa, un librito corto cargado de mitomanía y de homenajes al jazz y al cine. Me pregunto que pensará Muñoz Molina de aquella novelita, cuanto suscribiría hoy de la misma, aunque intuyo la respuesta. Me miro yo también, miro las pocas fotos que conservo de aquellos tiempos -no había móviles, ni cámaras digitales con las que retratarse a cada rato-, y veo la cara del que no ha dejado de ser un chaval y, sin saberlo, se adentra a toda pastilla en la madurez. Me pregunto cuanto suscribiría hoy de lo que ese chico, ensimismado y egoísta, decía.


1993. Leo durante las vacaciones de verano, mientras mis compañeros de facultad se afanan por conseguir un puesto de becario en las desiertas redacciones de los periódicos, El jinete polaco. Lo recuerdo como un momento de felicidad absoluta. Frases largas y la acción demorada por el estilo y por un tiempo circular, literario. Muñoz Molina a vueltas con sus preocupaciones de siempre: la emigración, la guerra civil, la miseria de la posguerra y del campo andaluz, la educación sentimental, los amores contrariados... Todo un fresco histórico, humano y emocional. Un banquete.


Ardor guerrero. Un amigo de un amigo, un tío con aires de escritor y que está decidido a vivir de la literatura -creo que acabó ganando algún premio menor- me dice muy seguro que Ardor guerrero es lo mejor que ha escrito Muñoz Molina. Me lanzo a su lectura, superando ese rechazo inicial que me producen las tramas cuartelarias. El libro, el más autobiográfico, lo escribe en la paz conventual de una universidad americana. Uno conecta desde la primera línea con ese recluta que ha crecido entre olivares y que en una fría madrugada de invierno de principios de los ochenta coge un tren con destino al tenebroso norte, donde los terroristas empiezan a estar en su apogeo. Ardor guerrero fue y sigue siendo un libro singular. Es uno de los pocos intentos de hacer literatura seria e imperecedera de un momento crucial en la vida de tantos españoles, pero tan dado a la parodia: el servicio militar. Tiempo de humillación y formación forzada. Rito de paso de difícil comprensión hoy para un joven de 18 años. Siempre escuche a mi padre contar, con una mezcla de nostalgia y de asombro renovado, su peripecia en los cuarteles de La Palma, en el año 51. También mi hermano, tantos años mas tarde, nos habló, con cierto orgullo, pero con el alivio de haberlo dejado atrás sin sufrir percance, de cómo le fue en la fría sierra de Almería, adonde llegó en un avión que se caía a pedazos, un episodio que acrecentó su pánico a volar.  


Otoño de 2009. Presentación en Madrid, en la mítica Residencia de Estudiantes, de La noche de los tiempos, un mamotreto de casi 1.000 paginas. Durante más de una hora, Muñoz Molina habla del proceso de gestación y escritura de su novela más larga hasta la fecha. Tres años de viajes y de bucear en libros de memorias y novelas, estudios históricos, archivos, bibliotecas de aquí y de allá, librerías de viejo, ferias de antigüedades... Es la historia de un adulterio en los meses previos a la Guerra Civil y está contado hasta en sus detalles más microscópicos. Alguna vez he visto aplicado a Muñoz Molina el adjetivo de entomólogo. Creo que le viene como anillo al dedo. El relato de la peripecia documental previa a la escritura de La noche de los tiempos bien valdría otro libro. Una lástima no haber grabado la charla que esa fría noche de otoño dio en la Residencia de Estudiantes.


Nada del otro mundo. Paso por la librería y veo esta recopilación de cuentos, que ya publicó en 1993, aunque en esta ocasión ha incorporado un par de historias. Muñoz Molina, tan dado a ralentizar la narración y a demorarse con los detalles más minúsculos del paisaje emocional de sus personajes, es capaz en ocasiones de apretar la vida en una docena de páginas y resolver la historia con un hallazgo detectivesco, o con un episodio surrealista. Eso sí, su mirada es casi siempre piadosa, con el solitario, con el desplazado, con el desamparado.


Una nota. En el epílogo de Nada del otro mundo descubre el motivo de su sequía como cuentista -en casi 20 años ha producido solo tres o cuatro piezas-. Él, que siempre ha escrito cuentos por encargo, dice que los directivos de periódicos ya no incluyen relatos en sus publicaciones, todo lo más minihistorias de 500 palabras como máximo. Existe la extraña convicción, asegura, de que el mejor público posible de un diario es que el no lee o lee poco. Es verdad, en España se escribe mucha opinión, pero poca buena información y casi ninguna ficción, donde el desafío formal es grande y las posibilidades expresivas se multiplican. Una pena.



lunes, 20 de junio de 2011

Memoria del hambre



A Ignacio y Lourdes, mis padres, por sus recuerdos

Muchas veces, frente a una mesa colmada, rebosante de pan, fruta y papas guisadas con pescado salado, mis padres me recordaron que hubo “un tiempo del hambre”. Mientras terminaban de comer degustando una manzana o una pera limonera, mis padres hacían un repaso mental de las miserias de otra época, tan lejanas para mí, pero tan próximas y tangibles para ellos, que las habían sufrido en su infancia.

Me hablaban del millo podrido procedente de Argentina que durante la posguerra alimentó a tantos canarios; de una dieta que, a falta de muchas cosas, debía recurrir a todas horas a los plátanos guisados, duros como leños de lo verde que estaban; de las madrugadas para hacer cola en los decomisos donde se repartía, con disciplina marcial, los escasos víveres que con suerte había disponibles para aquellos que portaban una cartilla de racionamiento. El dinero, con las tiendas en penuria, no valía para nada.

Difícil de creer. Curiosamente, a mí aquellos relatos me transportaban, pero no al tiempo preciso del que me hablaban mis padres, sino a uno figurado y “más literario”: el de los campos de concentración, anegados siempre de barro, inanición y atropello moral. En esas comidas familiares también conocí, de primera mano, cómo se ganaban la vida los niños de la primera posguerra.

Las interminables jornadas de mi padre y sus hermanos, que subían, todavía sin despuntar el sol, a la cumbre a por “jaces de cisco” de retama que luego servirían como abono en las plataneras. Con una pelotita de gofio como todo sustento y un frío en los pies y en las manos que muchas veces tuvieron que mitigar con su propio orín, mi padre y muchos como él resistieron en el tiempo más oscuro de la historia de España del siglo XX. La necesidad de llevar algo a casa que se pudiera cambiar por jabón, huevos o alpargatas llevó a abandonar muy temprano la escuela a toda una generación, la de la inmediata posguerra, que el resto de su vida tuvo que sobrellevar con disimulado sonrojo su analfabetismo y esa memoria de la miseria.   

Ese tiempo es precisamente el que recupera (o reinventa) el poeta Antonio Gamoneda, premio Cervantes en 2006, en su último libro, Un armario lleno de sombra, una autobiografía donde el autor leonés da cuenta de su peripecia vital hasta los 14 años, cuando empieza a trabajar como meritorio y recadero en el hoy desaparecido Banco Mercantil, después de abandonar el colegio religioso de los Padres Agustinos. Con una prosa despojada, sin preciosismos, siempre buscando la palabra justa, el autor se adentra en un mundo duro, de frío y de hambre, de humillaciones y represión, pero donde emerge, de tarde en tarde, la felicidad y la solidaridad.

“No existe la memoria real, sino interpretaciones de la memoria. No hay diferencia entre lo que recuerdas y crees recordar”, decía hace poco el veterano escritor norteamericano Sam Savage. Gamoneda parece aplicarse esta enseñanza. Los recuerdos que plasma en Un armario lleno de sombra, vertebrados siempre por la figura omnipresente de su madre –“Hice entrar mi cabeza en la oscuridad del armario y entonces ocurrió algo que me envolvió en su realidad física: sentí el olor de mi madre. Viva”-, se van construyendo al tiempo que escribe, muchas veces con hechos que son recuerdos heredados, como el de su padre, poeta de un solo libro que murió al año de nacer el autor.

En fin, estamos ante un libro que, sin estridencias, pero también sin sentimentalismos, recorre el primer mundo que vio la generación perdida de la posguerra.  



Un armario lleno de sombra
Antonio Gamoneda
Editorial Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores
Barcelona, 2009
237 páginas
18 euros

domingo, 29 de mayo de 2011

El mundo de ayer



Un inciso: la editorial Seix Barral organizó un encuentro con Muñoz Molina en el salón de actos de la Residencia de Estudiantes de Madrid. El escenario venía al pelo, pues la sobrecogedora historia de amor que vertebra La noche de los tiempos tiene su punto de partida en ese preciso lugar en un remoto día de 1935, cuando ya la radicalización de los discursos dejan entrever que la Segunda República tiene los pies de barro.

Esa noche de noviembre, Muñoz Molina, en vez de “vender”  su libro (para eso la editorial le había llevado allí), se pasó más de una hora agradeciendo a aquellos que le habían inspirado las casi mil páginas de su novelón. Lo que contó con desenfado el autor, una retahíla de anécdotas chisposas y experiencias que ocuparon su vida en los últimos tres años, un tiempo en el que buceó con obstinación, de forma obsesiva, por novelas, libros de historia, memorias, cartas y lugares reales (una casa en el centro de Madrid, una playa de Cádiz, un viaje en tren desde Nueva York…), bien valdría otro relato de semejantes proporciones, aunque en esta ocasión en primera persona. Quizá algún día lo aborde.  

Como ya hiciera en Beatus ille, Beltenebros, El jinete polaco o El viento de la luna, Muñoz Molina vuelve a construir su relato alrededor del capítulo más negro de la historia de este país. Sin embargo, no lo hace sobre los rescoldos de la contienda y los odios y humillaciones que llegaron más tarde, sino que adelanta el punto de mira y se centra en sus precedentes, en lo que pasa en España en los meses inmediatamente anteriores a la sublevación del 17 de julio.

Un idilio, un adulterio, el que mantienen un arquitecto de origen humilde pero venido a más y una joven americana con veleidades artísticas de paso por España, es el pilar sobre el que se sostiene La noche de los tiempos. Desde los quiebros de ese amor (y no al revés) es desde donde Muñoz Molina va componiendo el retrato de una época convulsa, donde los fanatismos, de derechas y de izquierdas, van sobreponiéndose al discurso individualista, moderado y pragmático del protagonista o de su mentor, Juan Negrín, que también aparece en la novela. La tragedia del exilio y los sentimientos, de desarraigo, de culpa pero también de liberación, a los que dio lugar en tantos y tantos que tuvieron la suerte o la desgracia de emprenderlo, también ocupan muchas páginas del libro. 

Como es marca de la casa, Muñoz Molina, que está en posesión de un magistral dominio del tiempo novelístico, ha escrito un libro a ratos reposado, prodigiosamente adjetivado y de frases interminables. En La noche de los tiempos lleva al extremo su obsesión por el detalle, no sólo psicológico, sino físico. El autor practica un puntillismo literario que le permite dar cuenta de hasta la última mota de polvo que se columpia por la escena. Es una labor de entomólogo que irritará a más de un lector, pero que hará las delicias de los que han venido disfrutando hasta ahora con sus novelas.  


La noche de los tiempos
Antonio Muñoz Molina
Editorial Seix Barral
24,90 euros
958 páginas     





domingo, 22 de mayo de 2011

No fuimos tan diferentes



Julián Casanova, catedrático de historia contemporánea en la Universidad de Zaragoza, y Carlos Gil Andrés, profesor de secundaria, han escrito un estupendo manual para los que deseen entender la complejidad de este país. Sin farragosas notas a pie de página (para los que deseen profundizar, el volumen se acompaña de un útil índice de nombres y una completa bibliografía al final) y con un estilo muy directo y sintético, Casanova y Gil Andrés dan cuenta de los hitos que jalonan la historia política (y no tanto económica, social o cultural) de este país desde “el desastre del 98” al último gobierno de José María Aznar.

Para los autores, la historia de España del siglo XX, pese a las mistificaciones e idealizaciones que ha sufrido, y que han llevado a muchos a propagar la idea de que vivimos en un país diferente, anormal, abocado a la miseria y a la confrontación permanente, ha tenido muchos paralelismos con el devenir de los países más avanzados. España, como no podía ser de otro modo, vivió zarandeada, en el primer tercio de la centuria, por la fuerza del comunismo y de los demás movimientos revolucionarios, y por la dura contestación de los fascismos.

La transición a la democracia, además, volvió a poner a este país a mediados de los setenta, junto con Portugal y Grecia, en la senda de los vecinos europeos del norte, que desde el final de la Segunda Guerra Mundial habían experimentado de forma satisfactoria con un sistema donde capitalismo y parlamentarismo representativo convivían sin demasiadas fricciones. Sólo la dictadura de Franco, su excesiva duración y la expeditiva represión a la que dio lugar, han hecho peculiar la historia de este país en el ámbito occidental.

Casanova y Gil Andrés, ponen el acento en este punto cuando aseguran que “la dictadura de Franco fue la única en Europa que emergió de una guerra civil, estableció un estado represivo sobre las cenizas de esa guerra, persiguió sin respiro a sus oponentes y administró un cruel y amargo castigo a los vencidos hasta el final. Hubo otras dictaduras, fascistas o no, pero ninguna salió de una guerra civil. Y hubo otras guerras civiles, pero ninguna resultó de un golpe de Estado y ninguna provocó una salida reaccionaria tan violenta y duradera”.

Aunque esta Historia de España en el siglo XX se lee como una novela (hay que agradecer a los autores el esfuerzo de concisión y la capacidad de exponer toda la complejidad de los hechos sin recurrir a argumentaciones de especialista), no rehúye el debate historiográfico. Casanova y Gil Andrés completan el relato de los hechos con las aportaciones de los historiadores que en los últimos años han abordado, por ejemplo, la cuestión de hasta qué punto la dictadura de Primo de Rivera fue un campo de cultivo del fascismo que iba a venir a continuación y una liquidación del esquema político de la Restauración, y no un mero “paréntesis” de emergencia.

En líneas generales, y pese ese largo lapso de terror que supuso la dictadura franquista, los autores coinciden en señalar que la España opulenta y moderna del año 2000 no tiene nada que ver con aquella rural, pobre y analfabeta de 1900. Sin embargo, no todo está hecho. Aunque la Transición puso en su sitio al Ejército, un origen de conflicto permanente, problemas como el del terrorismo separatista y el desacuerdo en torno al funcionamiento del estado autonómico son cuestiones heredadas sin solución aparente.

Por último, los autores se mojan cuando explican, en las líneas finales del libro, que los debates en torno a la reparación jurídica y moral de las víctimas de la guerra y la dictadura no ponen en entredicho lo logrado ni la convivencia. Más bien al contrario, son “una prueba de madurez de una sociedad democrática que decide enfrentarse sin miedo a los fantasmas de su pasado”.    
  

Historia de España en el siglo XX
Julián Casanova y Carlos Gil Andrés
Editorial Ariel
Barcelona, 2009
29 euros
415 páginas