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lunes, 10 de agosto de 2015

Amy Winehouse o el peso de la fama



Juan Cabrera / C. A. G.

Cuando uno ve el estupendo pero amargo documental de Asif Kapadia sobre Amy Winehouse, le viene a la memoria otro celebrado retrato de músicos, el que compuso hace tres años Malik Bendjelloul sobre la vida de misterioso cantante estadounidense Sixto Rodríguez en Searching for sugar man. Sin embargo, la trayectoria de uno y otro cantautor no tiene mucho que ver. En realidad, Amy hace el camino contrario que Rodríguez. A éste la fama le llega al final de su vida, como la justa y feliz recompensa a una existencia humilde y tranquila. Es la restitución al artista dotado, admirado secretamente por muchos, pero injustamente devorado por el anonimato y el olvido que impone la industria de la música y el star system

A Amy el estrellato le llega muy pronto. A los 19 años le ofrecen 250.000 libras sin haber grabado siquiera, para convertirse al poco en un fenómeno musical y mediático de alcance mundial. En Amy, la vida es estridencia, un salto al vacío y a la marginalidad, solo suavizado por la poderosa voz y la capacidad casi mágica para poner en acordes el desgarro de la soledad, la infidelidad amorosa, su adicción y el peso de la fama. De hecho, es sobrecogedor contemplar cómo su vida se va fundiendo en muchos momentos con las letras de sus canciones, demostrando que detrás de la voz hay mucho más, aunque no sea tan idílico como nos hacen creer.

Amy es un documental previsible, que se pliega a la cronología del desastre que va envolviendo a su protagonista. Desde el primer minuto, uno masca la tragedia de esa chica espabilada y caprichosa de familia judía en el norte de Londres, una adolescente emocionalmente volcánica, pero dotada de una de las voces más fascinantes de la música en los últimos años y de una capacidad inaudita para convertir el sufrimiento y los reveses en letras dolorosas pero certeras.  

En un momento de la película, Tony Bennet, uno de los ídolos de Amy Winehouse, y con el que grabó algunos clásicos en los míticos Abbey Road de Londres, reconoce que, si la cantante hubiera sido capaz de sobrellevar el peso de la fama, se podría haber convertido en una de las grandes, a la altura quizá de Ella Fitzgerald, Billy Holliday o Sarah Vaughan. 

Como dice uno de los managers de Amy, la fama es una gran ola que todo lo barre, un tsunami económico y emocional, y, por mucho que te digan, no te puedes ni imaginar su efecto arrollador. Y hay que pasar por él, y para eso hay que ir bien pertrechado. Y Amy, la niña vulnerable, caprichosa del norte de Londres, no logró superarlo. Ella, que usó la música para amortiguar la devastación del desamor, las drogas o el alcohol, finalmente fue sepultada por sus éxitos y por el tinglado que se montó a su alrededor. 

El documental del británico Asif Kapadia, que ya tuvo repercusión en su momento contando otra historia trágica, la del piloto de fórmula uno Ayrton Senna, no es un prodigio formal, pero tiene fuerza. Además, sabe lidiar con el problema que supone disponer de muchas horas de grabaciones donde la propia Amy es protagonista, un problema que muchos documentalistas querrían para sí, pero que puede dar lugar a productos excesivamente largos o reiterativos. Gracias precisamente a esta abundancia de cortes con Amy en primera persona, grabados desde su propio entorno, Kapadia se permite renunciar a los clásicos bustos parlantes a la hora de ofrecer los testimonios de la familia, los managers o los amigos de Amy. Eso da agilidad al relato, aunque a veces a uno le cueste identificar quién habla. 

Eso sí, en el debe de Amy hay que señalar que se trata de una historia de héroes y villanos. Los autores recurren a un maniqueísmo sospechoso que cuestiona un tanto el resultado. Dos figuras salen perdiendo: el padre, que siempre vio a Amy como una máquina de hacer dinero y la escalera para ascender socialmente, y el novio drogadicto, presentado como una sanguijuela que se nutre de la debilidad y dependencia de la cantante. La otra cara de la moneda son Nick Shymansky, su primer y paternal productor, la propia productora Universal, que no en vano ha respaldado financieramente el documental, y los amigos de juventud de la protagonista, un grupo al que recurrió cuando peor se le pusieron las cosas.  

Tampoco cuenta demasiado el documental de Kapadia sobre cómo se forja una figura musical como la de Amy Winehouse y en qué fuentes bebe para dar lugar a un disco como Back to Black. Ni de cómo funciona el mundo musical británico para seguir siendo la cuna de solistas y grupos de referencia. Muy de pasada se alude al paso de Amy por los ambientes underground de Camden, de su aversión al pop más estándar y de su amor por el jazz, un música que admiró pero nunca sintió como propia. 

“Buscáis la fama, pero la fama cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagar: con sudor”. Era lo que decía en aquella conocida serie de los 80 la profesora de baile a sus nuevos alumnos. Ahora sabemos que esa misma fama sencillamente te puede llevar a la tumba.


jueves, 29 de diciembre de 2011

Siempre Muñoz Molina




Principios de los noventa. Llego a Madrid, a la universidad, para estudiar periodismo, todavía imberbe, desde mi Tenerife natal y desde esa isla dentro de la isla que es La Orotava. Con la decisión de trasladarme a la capital, mi madre envejece una década de la noche a la mañana -en ese momento me cuesta percibirlo, pero luego el deterioro se hace evidente-. En las asignaturas de literatura de la carrera se cuela, entre grandes nombres y santones -Borges, Cortazar, Chesterton, Marsé, Martín Santos, Steiner, Böll- un tío casi tan imberbe como yo, con cara de chico soñador de provincias. Desde luego no mira desde la solapa de sus primeros libros como un "autor", con ese gesto pretendidamente descuidado, a lo Juan Goytisolo, o con la pose glamurosa y el semblante adusto, sombrío, a lo Milan Kundera.


Es Antonio Muñoz Molina, que acaba de recibir el Premio Nacional de Literatura con El Invierno en Lisboa, un librito corto cargado de mitomanía y de homenajes al jazz y al cine. Me pregunto que pensará Muñoz Molina de aquella novelita, cuanto suscribiría hoy de la misma, aunque intuyo la respuesta. Me miro yo también, miro las pocas fotos que conservo de aquellos tiempos -no había móviles, ni cámaras digitales con las que retratarse a cada rato-, y veo la cara del que no ha dejado de ser un chaval y, sin saberlo, se adentra a toda pastilla en la madurez. Me pregunto cuanto suscribiría hoy de lo que ese chico, ensimismado y egoísta, decía.


1993. Leo durante las vacaciones de verano, mientras mis compañeros de facultad se afanan por conseguir un puesto de becario en las desiertas redacciones de los periódicos, El jinete polaco. Lo recuerdo como un momento de felicidad absoluta. Frases largas y la acción demorada por el estilo y por un tiempo circular, literario. Muñoz Molina a vueltas con sus preocupaciones de siempre: la emigración, la guerra civil, la miseria de la posguerra y del campo andaluz, la educación sentimental, los amores contrariados... Todo un fresco histórico, humano y emocional. Un banquete.


Ardor guerrero. Un amigo de un amigo, un tío con aires de escritor y que está decidido a vivir de la literatura -creo que acabó ganando algún premio menor- me dice muy seguro que Ardor guerrero es lo mejor que ha escrito Muñoz Molina. Me lanzo a su lectura, superando ese rechazo inicial que me producen las tramas cuartelarias. El libro, el más autobiográfico, lo escribe en la paz conventual de una universidad americana. Uno conecta desde la primera línea con ese recluta que ha crecido entre olivares y que en una fría madrugada de invierno de principios de los ochenta coge un tren con destino al tenebroso norte, donde los terroristas empiezan a estar en su apogeo. Ardor guerrero fue y sigue siendo un libro singular. Es uno de los pocos intentos de hacer literatura seria e imperecedera de un momento crucial en la vida de tantos españoles, pero tan dado a la parodia: el servicio militar. Tiempo de humillación y formación forzada. Rito de paso de difícil comprensión hoy para un joven de 18 años. Siempre escuche a mi padre contar, con una mezcla de nostalgia y de asombro renovado, su peripecia en los cuarteles de La Palma, en el año 51. También mi hermano, tantos años mas tarde, nos habló, con cierto orgullo, pero con el alivio de haberlo dejado atrás sin sufrir percance, de cómo le fue en la fría sierra de Almería, adonde llegó en un avión que se caía a pedazos, un episodio que acrecentó su pánico a volar.  


Otoño de 2009. Presentación en Madrid, en la mítica Residencia de Estudiantes, de La noche de los tiempos, un mamotreto de casi 1.000 paginas. Durante más de una hora, Muñoz Molina habla del proceso de gestación y escritura de su novela más larga hasta la fecha. Tres años de viajes y de bucear en libros de memorias y novelas, estudios históricos, archivos, bibliotecas de aquí y de allá, librerías de viejo, ferias de antigüedades... Es la historia de un adulterio en los meses previos a la Guerra Civil y está contado hasta en sus detalles más microscópicos. Alguna vez he visto aplicado a Muñoz Molina el adjetivo de entomólogo. Creo que le viene como anillo al dedo. El relato de la peripecia documental previa a la escritura de La noche de los tiempos bien valdría otro libro. Una lástima no haber grabado la charla que esa fría noche de otoño dio en la Residencia de Estudiantes.


Nada del otro mundo. Paso por la librería y veo esta recopilación de cuentos, que ya publicó en 1993, aunque en esta ocasión ha incorporado un par de historias. Muñoz Molina, tan dado a ralentizar la narración y a demorarse con los detalles más minúsculos del paisaje emocional de sus personajes, es capaz en ocasiones de apretar la vida en una docena de páginas y resolver la historia con un hallazgo detectivesco, o con un episodio surrealista. Eso sí, su mirada es casi siempre piadosa, con el solitario, con el desplazado, con el desamparado.


Una nota. En el epílogo de Nada del otro mundo descubre el motivo de su sequía como cuentista -en casi 20 años ha producido solo tres o cuatro piezas-. Él, que siempre ha escrito cuentos por encargo, dice que los directivos de periódicos ya no incluyen relatos en sus publicaciones, todo lo más minihistorias de 500 palabras como máximo. Existe la extraña convicción, asegura, de que el mejor público posible de un diario es que el no lee o lee poco. Es verdad, en España se escribe mucha opinión, pero poca buena información y casi ninguna ficción, donde el desafío formal es grande y las posibilidades expresivas se multiplican. Una pena.