lunes, 20 de junio de 2011

Memoria del hambre



A Ignacio y Lourdes, mis padres, por sus recuerdos

Muchas veces, frente a una mesa colmada, rebosante de pan, fruta y papas guisadas con pescado salado, mis padres me recordaron que hubo “un tiempo del hambre”. Mientras terminaban de comer degustando una manzana o una pera limonera, mis padres hacían un repaso mental de las miserias de otra época, tan lejanas para mí, pero tan próximas y tangibles para ellos, que las habían sufrido en su infancia.

Me hablaban del millo podrido procedente de Argentina que durante la posguerra alimentó a tantos canarios; de una dieta que, a falta de muchas cosas, debía recurrir a todas horas a los plátanos guisados, duros como leños de lo verde que estaban; de las madrugadas para hacer cola en los decomisos donde se repartía, con disciplina marcial, los escasos víveres que con suerte había disponibles para aquellos que portaban una cartilla de racionamiento. El dinero, con las tiendas en penuria, no valía para nada.

Difícil de creer. Curiosamente, a mí aquellos relatos me transportaban, pero no al tiempo preciso del que me hablaban mis padres, sino a uno figurado y “más literario”: el de los campos de concentración, anegados siempre de barro, inanición y atropello moral. En esas comidas familiares también conocí, de primera mano, cómo se ganaban la vida los niños de la primera posguerra.

Las interminables jornadas de mi padre y sus hermanos, que subían, todavía sin despuntar el sol, a la cumbre a por “jaces de cisco” de retama que luego servirían como abono en las plataneras. Con una pelotita de gofio como todo sustento y un frío en los pies y en las manos que muchas veces tuvieron que mitigar con su propio orín, mi padre y muchos como él resistieron en el tiempo más oscuro de la historia de España del siglo XX. La necesidad de llevar algo a casa que se pudiera cambiar por jabón, huevos o alpargatas llevó a abandonar muy temprano la escuela a toda una generación, la de la inmediata posguerra, que el resto de su vida tuvo que sobrellevar con disimulado sonrojo su analfabetismo y esa memoria de la miseria.   

Ese tiempo es precisamente el que recupera (o reinventa) el poeta Antonio Gamoneda, premio Cervantes en 2006, en su último libro, Un armario lleno de sombra, una autobiografía donde el autor leonés da cuenta de su peripecia vital hasta los 14 años, cuando empieza a trabajar como meritorio y recadero en el hoy desaparecido Banco Mercantil, después de abandonar el colegio religioso de los Padres Agustinos. Con una prosa despojada, sin preciosismos, siempre buscando la palabra justa, el autor se adentra en un mundo duro, de frío y de hambre, de humillaciones y represión, pero donde emerge, de tarde en tarde, la felicidad y la solidaridad.

“No existe la memoria real, sino interpretaciones de la memoria. No hay diferencia entre lo que recuerdas y crees recordar”, decía hace poco el veterano escritor norteamericano Sam Savage. Gamoneda parece aplicarse esta enseñanza. Los recuerdos que plasma en Un armario lleno de sombra, vertebrados siempre por la figura omnipresente de su madre –“Hice entrar mi cabeza en la oscuridad del armario y entonces ocurrió algo que me envolvió en su realidad física: sentí el olor de mi madre. Viva”-, se van construyendo al tiempo que escribe, muchas veces con hechos que son recuerdos heredados, como el de su padre, poeta de un solo libro que murió al año de nacer el autor.

En fin, estamos ante un libro que, sin estridencias, pero también sin sentimentalismos, recorre el primer mundo que vio la generación perdida de la posguerra.  



Un armario lleno de sombra
Antonio Gamoneda
Editorial Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores
Barcelona, 2009
237 páginas
18 euros

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