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martes, 6 de febrero de 2018

Nunca vivimos tan bien


A propósito de la lectura de 'Progreso', de Johan Norberg

Bien sea por una cuestión de psicología, por la inercia de la costumbre o por puro instinto de supervivencia, lo cierto es que estamos abonados a las malas noticias, y, por lo general, construimos nuestra visión del mundo a partir de la anomalía y la catástrofe. Los medios de comunicación lo saben y lo alientan. Se vende mucho mejor una crónica de un tiroteo que una estadística que nos diga que las muertes violentas en nuestra ciudad se han reducido. Por eso, los periódicos y los telediarios están cargados de desastres naturales, quiebras empresariales, guerras o golpes de Estado. 

El sueco Johan Norberg combate esta percepción negativa de la realidad en un libro que en 2016 fue calificado por la revista The Economist como el mejor del año. Su título es bien indicativo: Progreso. 10 razones para mirar al futuro con optimismo. A Norberg se le ha encasillado como uno de esos “nuevos optimistas” que van por el mundo vendiendo la idea de que nunca antes vivimos tan bien y que para convencernos se apoyan en un potente aparato estadístico. 

A la estela de Steven Pinker, autor del monumental Los ángeles que llevamos dentro, un ensayo sobre el declive la violencia a lo largo de la historia de la Humanidad, y a quien Norberg rinde tributo en varias ocasiones en su libro, este trabajo echa la vista atrás para decirnos que nunca la vida fue tan fácil, predecible y confortable, y para ello analiza una docena de variables, que van desde la esperanza de vida a la libertad individual, pasando por el acceso al agua potable, la alimentación, la alfabetización o los niveles de pobreza. Y todo este progreso ha sido posible gracias a los efectos beneficiosos del intercambio de ideas y bienes que han traído consigo el liberalismo, la extensión de la ciencia y la globalización en los últimos 200 años. 

Con abundantes cifras, Norberg intenta demostrarnos que, a pesar de nuestra adicción a las malas noticias y al catastrofismo, de nuestro gusto por las teorías conspirativas, vivimos mucho mejor que nuestros ancestros. Norberg incluso desafía a los agoreros del desastre medioambiental y, retorciendo los números y pasando por alto ciertas  evidencias preocupantes, nos intenta convencer de que en este aspecto también estamos mejor que nunca. La riqueza y la educación, nos viene a decir, son las llaves para resolver problemas como el cambio climático, y será cuestión de tiempo que países como China e India pongan orden en este terreno. 

Sea como fuere, y a pesar de que puede haber puntos discutibles, Progreso, de Johan Norberg, tiene la virtud de ponernos ante el espejo y cuestionar ciertas ideas que una visión miope, miedosa o demasiado local ha contribuido a asentar. Y es que nadie se puede creer a estas alturas que este mundo es perfecto, pero tampoco que es una ruina y que, además, va a peor. 

jueves, 19 de enero de 2017

Las memorias de Juan Luis Cebrián



A propósito de la lectura de 'Primera página. Vida de un periodista 1944-1988', de Juan Luis Cebrián

De un tiempo a esta parte, y por los intereses mediáticos y políticos de cierta parte de la izquierda española, Juan Luis Cebrián, el primer director del diario El País, se ha convertido en un personaje sospechoso, controvertido. Su condición de primer ejecutivo del Grupo Prisa y sus supuestas conexiones con el poder político y económico durante las dos últimas décadas le han convertido en blanco de críticas de todo tipo.


Juan Luis Cebrián hoy gestiona un grupo empresarial que sigue siendo significativo en términos de influencia, empleo y facturación, pero que emocionalmente es el rescoldo de lo que supuso en las dos primeras décadas de la democracia. Por que El País de finales de los 70 y de los 80 fue una historia de éxito, la del periódico que aglutinó a las clases medias españolas deseosas de cambio y modernidad a la muerte de Franco. Pero hoy, se puede decir que El País ya no es lo que era. Por una parte, la evolución política ha llevado a que el relevo generacional de aquellos primeros e incondicionales lectores no lo vean como un medio de referencia y, por otra parte, las nuevas tecnologías también han hecho que se multipliquen los competidores y que sus mensajes se diluyan.   


Primera página. Vida de un periodista 1944-1988 está escrito con el ritmo ágil de una novela de aventuras. Cebrián renuncia a las notas a pie de página y al habitual glosario de nombres, y en las primeras páginas reconoce que abordó el recuerdo de su peripecia profesional “a pelo”, hurgando únicamente en su memoria y ayudándose de consultas a Internet y sólo en ocasiones de alguna agenda de trabajo repleta de citas por otro lado indescifrables. Es decir, que estamos ante unas memorias con ritmo narrativo pensadas para mantener el interés del lector.


Uno lee con creciente interés la peripecia del joven periodista de familia bien franquista que asciende rápido en el escalafón de la prensa franquista madrileña -en Pueblo y en Informaciones- y que, después de pasar brevemente por la dirección de informativos de TVE, acaba, casi por casualidad, dirigiendo el periódico clave de la Transición. Primera página es un testimonio del sometimiento explícito de los periodistas y de los medios de comunicación a los dictámenes de la dictadura, y también de cómo en ese ambiente hostil, los profesionales se las ingeniaban para hacer en ocasiones un periodismo más moderno y contestatario.


Sin embargo, lo mejor llega con el relato de la gestación de El País, un proyecto liberal liderado intelectualmente por la familia Ortega y Gasset, pero muy fragmentado a nivel accionarial. Cebrián da cuenta de las tensiones que se vivían casi a diario en el consejo editorial del periódico, y en el consejo de administración, donde directa o indirectamente pugnaban por el control personajes del franquismo como Manuel Fraga o José María de Areilza, o empresarios como el propio Jesús Polanco. Un forcejeo que fue a menos con los años y que, ya a mediados de los 80, dejó el periódico en manos del binomio Cebrián-Polanco, eso sí, con la ayuda de algún banquero amigo, como Luis Valls Taberner, a la sazón presidente del Popular.

Cebrián vuelve a hacer el viaje que llevó a El País desde el liberalismo inicial a la socialdemocracia felipista, y que con los años iba a convertir a Prisa, la empresa matriz, en el primer grupo de comunicación de España, con intereses en el el mundo editorial, radiofónico o televisivo. Como era de esperar, Cebrián se recrea en ese momento culminante del relato fundacional del periódico que supuso la publicación de una edición exprés la tarde del 23-F, apoyando sin ambages la Constitución y condenando el golpe de Estado. Un episodio que también le permite rebajar la figura del eterno competidor, Pedro J. Ramírez, en aquel momento director de Diario 16 y que no se atrevió a sacar aquel infausto día su periódico a la calle.


Creo que Cebrián acierta a la hora de describir ese ambiente de las redacciones en los estertores del franquismo y los primeros años de la democracia. También su relato ayuda a ver hasta qué punto los poderes políticos y económicos sofocaban a unas empresas periodísticas dependientes por decreto o incapaces por estructura empresarial para hacer una labor de contrapoder, problemas que con el paso de los años no se han acabado de resolver. Sin embargo, también creo que unas buenas memorias son la oportunidad perfecta para reconocer errores. Y ahí Cebrián ha escatimado. En sus 13 años al mando del periódico Cebrián reconoce haber tomado decisiones erróneas y censurables desde el punto de vista deontológico sólo un par de veces: cuando por la presión del nacionalismo catalán metió en el cajón y dejó sin publicar una crónica con información de Banca Catalana que comprometía a Jordi Pujol; y cuando permitió la publicación de un reportaje que intentaba demostrar que la banca y los poderes más oscuros de la derecha estaban detrás del nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno en 1976.


Cebrián promete el segundo volumen de sus memorias para cuando se jubile al frente de Prisa, algo que, según él, será más pronto que tarde. Creo que si sigue la línea de éste, será un libro sin desperdicio. La guerra de las plataformas digitales y el enfrentamiento de Prisa con el binomio Aznar-Villalonga/Telefónica, y después la llamada “guerra del fútbol”, que le ha enfrentado a Mediapro y Jaume Roures, un conflicto no sólo empresarial sino también por un bocado del lectorado de centro izquierda en España, son cuestiones que no deberían faltar en ese volúmen, por no hablar de la grave crisis financiera en la que entró el grupo hace unos años y de la que todavía no ha salido. Aunque todo eso será otra historia.

lunes, 8 de febrero de 2016

La enmienda al pasado de Miguel-Antxo Murado



A propósito de la lectura de
'La invención del pasado', de Miguel-Antxo Murado


Una escena. En Misión Imposible 2, nada más empezar la película Tom Cruise llega a una Sevilla un tanto siniestra y oscura, donde hay gente bailando en la calle y quemando cosas, y donde la Semana Santa se mezcla con las Fallas valencianas. Puro (y habitual) kitsch hollywoodiense, pero que a uno, quizá por la familiaridad con el escenario, no deja de producirle vergüenza ajena.

Otra escena. Durante el rodaje de El Cid, de Anthony Mann, en 1960, vemos cómo un joven y guapo Charlton Heston, que encarna a Rodrígo Díaz de Vivar, le tiende una espada a un anciano de aspecto venerable que la mira cortésmente. Se supone que es una réplica exacta de la tizona que blandió el héroe castellano. El anciano es Ramón Menéndez Pidal, patriarca de la historia y la filología española de buena parte del siglo XX.

El periodista y escritor gallego Miguel-Antxo Murado publicó hace un par de años un libro interesante, La invención del pasado, que se puede encontrar sin problemas en librerías y que muestra hasta qué punto la Historia de España y, por extensión, las historias oficiales de muchos países, son en una parte sustancial una mera invención, un pastiche de datos y elementos ciertos, menos ciertos, dudosos y claramente falsos, tendente a explicar y legitimar una cierta visión del presente, y no tanto a acercarnos de forma cabal al pasado.

El libro de Murado es una enmienda a la totalidad del relato histórico vigente, y en sus algo más de 200 páginas el autor se encarga de desentrañar los intereses que lo han hecho posible. Murado nos recuerda que una gran parte de la historia de este país y de las narraciones que la jalonan data del siglo XIX, un periodo que coincide con el auge de los nacionalismos y la necesidad de los estados-nación europeos de contar con un relato compartido (y admirado) por todos sus compatriotas.

Murado sigue la pista de los cuatro o cinco historiadores que en España se han encargado de construir ese relato nacional, una línea que va del Padre Mariana a Menéndez Pidal, pasando por romántico Modesto Lafuente. La literatura y sobre todo la épica se mezclan más de la cuenta en los relatos de la Historia de España con las fuentes originales y los datos contrastados por la historiografía más rigurosa para dar fuerza a unas narraciones que sospechosamente se repiten una y otra vez, y que insistentemente mezclan héroes arquetípicos, invasiones de extranjeros y restauraciones del orden. Armazones argumentales que aparecen aquí y allá, y donde casi lo único que varían son los nombres de los protagonistas y los detalles secundarios. Puro Hollywood, nos viene a decir Murado.

Murado pone en cuestión casi todo en La invención del pasado. La victoria de Pelayo ante los moros es la fábula de un monje que mezcla vidas de santos y escenas bíblicas. La batalla de las Navas de Tolosa está sobrevalorada, como la unión de Isabel y Fernando (“tanto monta, monta tanto…”), en la que siempre se ha querido ver el embrión del actual estado español. La “tormenta milagrosa” que acabó con la Armada invencible en las costas británicas no fue tal. La insistencia de Sánchez Albornoz de emparentarnos con los visigodos, y, por extensión, con la pureza de raza alemana, es una perversión interesada de su tiempo. También nos recordará Murado que Menéndez Pidal modificó el Cantar del Mío Cid para hacerlo parecer más antiguo y auténtico, al objeto de convertir al protagonista del poema en el héroe fundacional al que una gran nación europea no puede renunciar. Y así ad nauseam.

Además, estas perversiones, que se han incrustado en el saber popular, luego han encontrado eco en las obras hasta nuestros días de pintores, escritores o cineastas. Artistas que, lejos de cuestionar el viciado relato original, han ahondado en el mito, muchas veces por estar al servicio de los poderes públicos interesados en mantener ese relato y otras por el deseo de conectar con una audiencia amplia.

La rendición de Breda, de Velázquez, es realismo engañoso. Ni las lanzas que dominan el cuadro se usaban por la época, ni hubo siquiera batalla y rendición donde se nos cuenta. Murado también se detiene en la imagen de héroe sabio y a contracorriente que hemos heredado de Cristóbal Colón, y que todavía pudimos ver en las películas que con dinero público se hicieron con motivo del quinto centenario del descubrimiento de América. También duda de esa imagen que nos ha llegado de Goya como “periodista gráfico” de su tiempo, o del relato de pasión y fervor revolucionario que aborda Garci en la superproducción “Sangre de mayo” para conmemorar el segundo centenario de unos de los tantos levantamientos que hubo en Madrid contra las tropas francesas. O de la que da Vicente Aranda de la reina Juana la Loca en 2001, a la que presenta en su película como una celosa patológica.


En fin, supongo que muchas de las tesis del libro de Miguel-Anxo Murado son discutibles, pero su lectura es recomendable y supone una sana inyección de escepticismo. Murado demuestra que gran parte de ese relato histórico generalmente aceptado, que nos ha llegado en muchos casos por libros de texto, por el trabajo de algún especialista o por obras artísticas muy reconocidas, es pura leyenda urbana. Definitivamente, después de leer La invención del pasado, contemplar un cuadro en un museo, escuchar un relato fundacional o ver una película "histórica" ya no será lo mismo. 



martes, 27 de enero de 2015

Todos somos Marco



A propósito de 'El impostor', de Javier Cercas

Siempre me fascinaron las historias de farsantes, quizá porque yo no sería capaz de mantener una impostura más de cinco minutos sin ser descubierto. O eso creo. Cada cierto tiempo, me pongo El extraño, de Orson Welles, una de sus películas menos personales. En la película, el propio Welles interpreta a Frank Kindler, jefazo del nazismo, que después de la guerra huye sin dejar rastro de Alemania y recala en un pequeño pueblo de Connecticut. Allí se gana la confianza de los lugareños a base de exhibir unos modales exquisitos, al tiempo que se enamora de la bella hija del juez y dedica el tiempo a una de sus grandes pasiones, los relojes antiguos. Todo va bien hasta que llega al pueblo el agente Wilson, interpretado por Edward G. Robinson, de la comisión de crímenes de guerra, que anda buscando a un amigo de Kindler. 


Como en Soldados de Salamina, Cercas vuelve a escribir una novela redonda tomando como eje varios episodios oscuros del pasado y haciendo avanzar la trama conforme lo hace su indagación: autobiográfica, detectivesca e histórica al tiempo. El caso Marco tuvo transcendencia en Cataluña, en España y en el extranjero. Ocurrió a principios de 2005. Por esas fechas, un oscuro historiador llamado Benito Bermejo descubrió el engaño de Enric Marco. Marco no era quién decía ser. No había estado en ningún campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Tan sólo pasó por una cárcel alemana por irse de la lengua cuando se ganaba la vida como mecánico en una fábrica que servía a los propios nazis.


El caso trascendió porque Marco no era un cualquiera. Se había convertido en una estrella mediática al calor de recuperación de la llamada memoria histórica. Marco era la representación ante la sociedad de los supervivientes del exterminio nazi en España, la voz ardorosa y seductora que los humillados habían elegido para dar cuenta de la barbarie y para que nadie, en el futuro, volviera a alimentar a la bestia. Pero Marco los engañó a todos: a sus compañeros de las asociaciones de deportados, a los periodistas que siempre estaban dispuestos a entrevistarle, seducidos por su cháchara novelesca y por su capacidad para dar sabrosos titulares, e incluso a las más altas instituciones, pues se le impuso la Cruz de Sant Jordi, máxima distinción civil en Cataluña, llegó a hablar en el Congresos de los Diputadossobre su paso por las campos del horror, y estuvo a punto de hacerlo en un gran homenaje internacional en Mauthausen, en presencia del presidente Zapatero.

La historia de Enric Marco es la historia de un impecable y compulsivo farsante, que no sólo logró engañar a los ancianos supervivientes del Holocausto, sino también a los jóvenes anarquistas que refundaron con la vuelta de la democracia a España la histórica CNT, que lo consideraron el eslabón perdido entre el legendario Durruti y la modernidad. El torrencial y enérgico Enric Marco construyó su gran mentira, la historia de su vida, con ardides de novelista: a base de medias verdades, de mezclar hechos ciertos con otros completamente falsos logró darle verosimilitud a una existencia que cualquier investigación histórica habría puesto en duda mucho antes. 

A desenmascarar a Marco se aplica Cercas en El impostor. En 400 páginas que se leen con creciente fascinación, Cercas da cuenta de sus encuentros durante meses con el propio Marco y de sus indagaciones para desarticular las muchas mentiras en que Marco se instaló para vivir confortablemente y querido por los demás. Como en Soldados de Salamina, la trama histórico-novelesca se ensancha con episodios autobiográficos que nos hablan de las dudas del escritor y con otros en los que, a modo de ensayo literario, le sirven para establecer paralelismos con El Quijote. Como en Soldados de Salamina, Cercas ensancha el campo de la novela, y lo hace con un discurso en primera persona franco, envolvente y cautivador, y con una peripecia vital, la de Marco, que es un buen reflejo de la historia de España en los últimos 80 años.

La historia del impenitente Marco contada por Cercas es una metáfora sobre la impostura generalizada en la que vivimos, y sobre la necesidad que tenemos de aderezar nuestra existencia con mentiras o medias verdades, si de esta forma se nos vuelve más comprensible, edulcorada y, finalmente, épica. También ilustra lo fácil que es engañar durante años, con la aquiescencia generalizada de periodistas, intelectuales, políticos o instituciones, los supuestos garantes de la verdad en una sociedad democrática.

Este libro también es una crítica a la “memoria histórica”, el oxímoron que alentó el presidente Zapatero para marcar distancias con una derecha que nunca dio el paso de reconocer los atropellos del Franquismo, y una ola a la que el avispado Marco se subió para convertirse en brillante portavoz de los vencidos y de los humillados. La memoria es personal, interesada y manipulable, nos viene a decir Cercas, y de los prejuicios y las invenciones del pasado que genera sólo nos puede poner a salvo el trabajo riguroso del historiador.

Por último, el libro de Cercas es también un homenaje a los verdaderos héroes. A aquellos que dijeron no y lucharon por sus ideales a pesar de la ignominia y del cambio de tercio histórico, al contrario del arribista y camaleónico Marco, o de los muchos que durante el Franquismo o la Transición se reinventaron y borraron las huellas de su pasado para confundirse con la mayoría y tener una vida confortable. Porque, de alguna manera, todos somos Marco.


jueves, 11 de julio de 2013

La clase política en el punto de mira



A propósito de la lectura de Qué hacer con España
de César Molinas

Qué hacer con España es un libro honesto desde el título. César Molinas, un rara avis por cuanto ha tocado durante su vida profesional muchos palos (ha sido profesor universitario, directivo de banca de inversión, emprendedor y funcionario de alto rango), ha escrito un libro de emergencia. La situación del país no es para menos. Molinas está convencido de que España va a estar muchos años sin crecer, y de que si no se toman medidas y se hacen reformas de calado la crisis se prolongará no años, sino décadas, y que finalmente habrá que salir del euro.

Molinas culpa de la mayor parte de nuestros males a la clase política local, más preocupada de crear burbujas para desviar rentas en beneficio propio que del interés general. Es lo que Acemoglu y Robinson han llamado las élites extractivas, un término de gran repercusión mediática, y otros simplemente chorizos. “Los políticos españoles son los principales responsables de la burbuja inmobiliaria, del colapso de las cajas de ahorro, de la burbuja de las energías renovables y de la burbuja de las infraestructuras innecesarias”. Pero también culpa Molinas de los males del país al excesivo protagonismo de los “agentes sociales” y a los corporativismos de toda laya que frenan cualquier intento reformista allá de donde surge.

Aunque es probable que Molinas no comulgue con muchos de los planteamientos del movimiento 15-M, su crítica a la excesiva politización de la instituciones del país (desde los organismos reguladores y de control al poder judicial, pasando por la educación) bien podría ser suscrita por los muchos de los simpatizantes de la sentada de la Puerta del Sol de Madrid.

El futuro de cualquier nación es su gente y la preparación que exhiban, y más para un país como el nuestro sin grandes recursos naturales que explotar. Por eso Molinas no entiende como en España se da la espalda de manera crónica a la educación, la ciencia, el emprendimiento o la innovación. Otra vez aparece la miopía de unas élites “de vuelo muy rasante, ortodoxas, conformistas y muy conservadoras, cuando no reaccionarias, y satisfechas de sí mismas”.

El autor de Qué hacer con España identifica una triple crisis: económica (originada por las burbujas); institucional (ausencia de una verdadera regulación del sistema político y territorial) y moral (desmedido énfasis en los derechos y olvido de los deberes). Pero el libro no se queda en identificar problemas y culpables, sino que, respondiendo a las urgencias del título, se presenta como un completo recetario escrito desde el sentido común, aunque también desde la ingenuidad y la extravagancia del que piensa que “por pedir que no sea”. He aquí algunas de las propuestas de Molinas para regenerar el país:

Reforma de la Ley de Partidos que imponga a estos un alto grado de democracia interna y transparencia. Hay que regular a los partidos desde fuera, como pasa en Alemania. Aunque Molinas no lo cita, el caso Bárcenas es bastante elocuente de los males del sistema actual.

Cambio de la Ley Electoral. No hay sistema perfecto, pero aboga por un sistema mayoritario donde los candidatos tengan que disputar la elección en circunscripciones nominales, como en Inglaterra. De esta manera, la lealtad sería con los electores, y no con el dirigente del partido. 

Los integrantes de los organismos reguladores (CNMV, Banco de España, CNC, CMT…) deben ser seleccionados por su valía, y no por su adscripción política. Se acabó la negociación de cuotas o el “ayúdame a poner a mi candidato y yo te ayudo a poner al tuyo”.

Despolitización de los órganos superiores, como el Tribunal Supremo o el consejo General del Poder Judicial. Para cubrirlos, Molinas propone un sistema de lotería entre aquellos magistrados con la suficiente antigüedad.

En educación Molinas apuesta fuerte: propone cerrar la universidad española dos o tres años y volverla a construir partiendo de cero. No cree que el principal problema de la educación sea de financiación, sino de definir el modelo de aprendizaje, potenciando la excelencia y la calidad. Critica la igualación por abajo que padece el sistema educativo nacional y propone más rendición de cuentas, más tasas y más movilidad de estudiantes y profesores.

En materia de pensiones, Molinas propone recuperar los planes privados, visto lo ineficiente y arriesgado que ha sido el mercado inmobiliario como vía para canalizar el ahorro y la inversión a largo plazo.

 También aboga por el contrato laboral único, con costes de despido crecientes en función de la antigüedad. Se apunta a las tesis de Fedea. La reforma del mercado laboral debe ir dirigida a que los ajustes se hagan vía salarios, y no con puestos de trabajo


En fin, estamos ante el recetario propio de un liberal juicioso que concibió este libro en un coqueto bar del barrio londinense de Belgravia y que evita los rodeos y las medias tintas con el fin de hacerse entender y no restar urgencia a las tareas pendientes. Se podrá estar más o menos de acuerdo, pero hay que reconocerle honestidad, common sense y una defensa siempre del interés general, todo eso que a las élites extractivas que atenazan al país se les suele olvidar.  


  

martes, 11 de junio de 2013

En la Feria del Libro de Madrid




En primer término, en las casetas de la Feria del Libro de Madrid, los libros, primorosamente editados algunos, bastante dignos el resto. Clásicos, contemporáneos, novelas, ensayos, autoayuda, poesía (no mucha), manuales de economía y de negocios, esotéricos, históricos, para niños, para coleccionistas, de fotografía, de deportes…

En segundo término, los libreros y los editores, allí, de pie derecho, abanicándose y demostrando que la literatura, incluso la más grande e intemporal, está ahí, en las casetas de la Feria del Libro de Madrid, gracias al trabajo callado y sin brillo de un batallón de gente y colaboradores (unos con contrato y bien pagados y otros sin él y que van casi por amor al arte, freelance con ganas de aprender o de ganarse unos euros en tiempos de apreturas).

Mientras bajo la vista y la fijo en las portadas relucientes de los libros, y finjo que sólo ellos me interesan, me llegan trozos de conversación o de llamadas telefónicas de los pacientes libreros: que si hay que pedir un taxi para traer a fulanito o menganito del aeropuerto, que si hay que reservar un par de noches más en el hotel o en la pensión, que si hay que avisar a la furgoneta para que repongan no sé qué título que se ha acabado… Es la trastienda de la literatura (grande, pequeña, mediana).

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Una chica hojea un libro. Luego mira a un lado y al otro. Debe estar indecisa y probablemente sienta un cosquilleo en el estómago. Pregunta el precio del volumen que tiene entre las manos: 17 euros. Levanta la cabeza y se fija en el número de la caseta, como queriendo memorizarlo. Quizá para venir otro día. Se va sin nada.  

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En otro tiempo, en esta feria, a principios de junios que recuerdo mucho más cálidos y sofocantes que el de este año, a la sombra de un pino del Retiro, solía quedar con un amigo para hablar de libros, del trabajo y de mujeres irresistiblemente idiosincráticas e imposibles.   

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Algunos libros que han pasado por mis manos mientras, pero que no he comprado. Por si a alguien le sirven para dar con una buena lectura.

Del amor, de Alain de Botton (RBA). Un mapa de los sentimientos amorosos. Un libro de un tío muy dotado para enlazar la vida cotidiana con las grandes corrientes estéticas, filosóficas o religiosas.

Cómo educar a nuestros hijos en un mundo hiperexigente, de Carl Honoré (RBA). Para padres hiperexigidos y con la mosca detrás de la oreja.

Diario de Greg. Monta tu propio diario (RBA). Un libro donde tu hijo puede aprender al tiempo que inicia un bonito viaje de autoconocimiento.

¿Para qué servimos los periodistas (hoy)?, de José María Izquierdo (editorial Catarata). De vez en cuando, en los momentos en que el mundo se tambalea y el día se oscurece, esta pregunta me atormenta.  

La divina comedia, de Dante Alighieri (Ed. Gadir). Cada año, cuando vengo a esta feria del libro, paso mis manos por sus páginas, pero nunca la compro. No es muy cara (25 euros) y puede servir para que toda la familia (es una edición para todas las edades) conozca este clásico.

Las lágrimas de San Lorenzo, de Julio Llamazares (Alfaguara). Un padre y su hijo (adolescente) se reencuentran en Ibiza. Puede servir de preparación para futuras batallas y melancolías.

A corazón abierto, de Elie Wiesel (ed. Sígueme). Sobre Dios y la enfermedad. Muy cortito y sentido.

Diccionario de bolsillo de la lengua española (ed. Anaya). Le compro un diccionario de bolsillo a mi hijo. No puede con el María Moliner que tenemos en casa. El de Anaya es pequeño, manejable y a prueba de golpes y manos grasientas. Cuando estoy pagando, me viene el recuerdo de aquel primer Sopena que me compró mi madre en la librería Miranda de La Orotava, con la portada llena de banderitas nacionales y un intenso olor a imprenta.

Qué hacer con España, de César Molinas (Ed. Destino). Imposible no fijarse en él con la bombo que le han dado. El autor, a ratos extravagante y polémico, dice que la economía nacional ha estado dominada por el “capitalismo castizo”. Tiene buena pinta

Cómo sobrevivir a un despido y volver a trabajar, de Pilar Tena (editorial Pirámide). Un libro quizá premonitorio.

Elogio de lo cotidiano, de Tzvetan Todorov (Galaxia Gutemberg). Sobre cómo la pintura holandesa del siglo XVII, en su afán de evocar las virtudes, sustituye a los santos y mártires de la iglesia por la gente corriente.

El editor de Libertarias me intenta endosar los dos volúmenes de La araña negra, primera novela de Blasco Ibáñez. Realismo y denuncia social con el clero de la España de finales del siglo XIX en el punto de mira. Es un dos por uno (como el de los supermercados). El tenaz editor de Libertarias me da la posibilidad de llevarme 1.000 páginas por el precio de 500. Me echo atrás.

Juan Roig. El emprendedor visionario. De cómo Mercadona devino en Imperio, de Manuel Mira. (Editorial La Esfera de los libros). Ya que compro tanto en estos supermercados, lo menos que podría hacer es saber un poco sobre quién me da de comer y cómo lo hace.

Las ilusiones, de Jonás Trueba (Ed. Periférica). Una novelita, hecha de retazos e improvisaciones, sobre el cine y sobre ese tiempo en la vida, entre los 25 y los 30 años, en que uno cree que todo es posible. Vi la película que la inspira (Los ilusos, 2013) hace poco y es realmente evocadora. 

Hay vida más allá de Planeta y las megaeditoriales:









miércoles, 5 de junio de 2013

Manuel Vicent y los azares de la Historia



A propósito de la lectura de El azar de la mujer rubia


Como en su anterior libro, Aguirre, el magnífico, esa particular crónica del último franquismo a través de la peripecia del Duque de Alba, Vicent vuelve a mezclar realidad y ficción en un juego literario donde es imposible saber dónde empieza una y acaba la otra.

Sin embargo, mientras que en Aguirre había una visión ácida y corrosiva del personaje y de su entorno –algunos hablaron de un ajuste de cuentas y la Duquesa llamó envidioso al autor y dejó el librito a la altura de una hez-, en El azar de la mujer rubia la escritura de Vicent es compasiva. El autor reflexiona sobre la España de las últimas cuatro décadas desde la mirada perpleja de dos fantasmas: un Adolfo Suárez que anda perdido entre las brumas de su enfermedad y una enigmática y rediviva Carmen Díez de Rivera, supuesta muñidora de la relación entre el político abulense y el Rey.    

Conviene aceptar el juego que nos propone Vicent porque vale la pena. Una vez uno empieza el libro no puede dejarlo hasta el final. Pero echo en falta más desarrollo en algunos puntos. Vicent nunca a ha sido un corredor de fondo y siempre parece tener prisa por acabar. Como en sus columnas periodísticas, en El azar de la mujer rubia se obliga a condensar hasta el extremo la información y los detalles que maneja.  Es su estilo: bello, preciso y, como el de Valle Inclán, deformante. Sin embargo, ese mismo estilo le lleva a pasar de puntillas por episodios clave de la historia de este país y hurta al lector una mejor comprensión y alguna página más de deleite.



El armazón de El azar de una mujer rubia son unos cuantos hechos históricos conocidos y algunos chascarrillos de dominio público. No hay mucha más información en la novela sobre Adolfo Suárez y Carmen Díez de Rivera que la que hay disponible en las biografías que les recuerdan en la Wikipedia.  

Vicent se vale del punto de vista de un Adolfo Suárez anciano, desmemoriado y perplejo. Es ese Adolfo Suárez que en una tarde de julio de 2008 recibe al Rey en su casa para recibir la condecoración de más alto rango y, con aire ausente, le espeta: “No te conozco, no sé quién eres, pero creo que te quiero”.  

Las ensoñaciones de Suárez y de Carmen Díez de Rivera, una mujer que ejemplifica mejor que nadie las contradicciones de la historia de España (fue hija no reconocida de Ramón Serrano Suñer, se recluyó en un convento a los 17 años al no poder consumar su relación con un hermanastro, huyó a África, reapareció para convertirse en secretaria de Suárez  cuando éste era director general de TVE y un político al alza, y acabó colaborando con Tierno Galván y siendo eurodiputada por el PSOE), no solo sirven para iluminar los claroscuros de la incipiente democracia, sino también para denunciar el delirio posterior, que tuvo como epítome la fastuosa boda de la hija de Aznar en Escorial, que marca el fin de la fiesta y el comienzo de la pesadilla que hoy nos quita el sueño.
 
Antes, la memoria nebulosa de Suárez y la prosa certera de Vicent nos llevan a la legalización del PCE, el 23-F, la guerra sucia contra ETA, la foto de las Azores o la caída de Lehman Brothers. 

El azar de la mujer rubia sirve también a Vicent para reivindicar la figura de los políticos de la Transición, hombres (y mujeres en este caso) que tuvieron que tomar decisiones y dar la cara sin el respaldo del partido y de los complejos aparatos burocráticos en que hoy se guarecen los políticos de este país. Vicent puede haber caído en una visión reduccionista e idealizadora del pasado, pero es una impresión que seguramente compartirán muchos de los que hoy lean su libro.



    

lunes, 20 de mayo de 2013

Cercas y los últimos héroes





[Recupero aquí un comentario que hice cuatro años atrás, con motivo de la aparición de "Anatomía de un instante", esa novela-ensayo-crónica-relato histórico y algunas cosas más de Javier Cercas. Espero que el tiempo no haya pulverizado mis impresiones de entonces]. 


Puro placer. La última novela de Javier Cercas se lee, a pesar de sus más de 400 páginas y la intrincada madeja política y militar que intenta desenredar, de un tirón. El reto es mayúsculo: Cercas aborda con los mimbres de la ficción uno de los episodios más decisivos de la historia de España en la segunda parte del siglo XX, el del golpe de Estado del 23 de febrero, que, quizá por lo que nos jugábamos y por su proximidad en el tiempo, se rebela huidizo y misterioso, pero también complejo y caleidoscópico.

Cercas vuelve en Anatomía de un instante a explorar el camino que había transitado en su brillante Soldados de Salamina. El autor, sabedor, como él mismo asegura en las páginas iniciales de este trabajo, de que “los hechos poseen por sí mismos toda la fuerza dramática y el potencial simbólico que exigimos a la literatura”, cede a la Historia todo el protagonismo. A partir de esa Historia que nunca es “coherente y simétrica”, sino más bien “desordenada, azarosa e imprevisible”, monta el relato y le da vuelo literario. 

Aunque el propósito primero de Cercas era escribir una perfecta y cerrada novela de espías con el CESID como piedra angular y sus agentes como catalizadores del golpe, las averiguaciones del autor durante meses le llevaron al convencimiento de que una novela del 23-F debía ser poliédrica y coral, sino no sería. Efectivamente, la memoria de la rebelión, que era esperada, cobardemente, por casi todo el mundo desde el verano de 1980 y fue propiciada, además de por los militares, por la actitud ambigua del propio Rey y de los partidos democráticos, ha residido y sigue residiendo en muchas fuentes: los militares golpistas directamente implicados, los muchos que no estuvieron tan implicados pero que se mantuvieron a la expectativa, el Rey y su círculo, el gobierno de Suárez, los espías, los medios de comunicación, los partidos políticos que ese día debían investir como presidente del Gobierno a Leopoldo Calvo Sotelo…  

Una muestra de que Cercas construye el relato pegado a los hechos para luego trascenderlo  está en ese recurrir constante a las imágenes de las cámaras de Televisión Española que, por accidente, quedaron encendidas y grabaron la toma del Congreso. Precisamente, esta grabación, que ha cambiado la forma de acercarnos al golpe y que traído consigo el peligro de banalizarlo, permite al autor vertebrar el libro. 

La figura de Adolfo Suárez, petrificado en su escaño mientras mira con aparente tranquilidad al general Gutiérrez Mellado, que se enfrenta en medio del hemiciclo a los guardias civiles insurgentes, es la coartada perfecta para desplegar la novela y toda su carga moral. Cercas convierte a Suárez, “el falangistilla arribista, el chisgarabís de provincias sin formación”, en un héroe al que, a pesar de atribuir muchos errores, concede también la paternidad de una democracia hecha a golpe de decreto-ley y que desde 1976 siempre avanzó por el alambre. 

Gutiérrez Mellado y Carillo, los únicos que no se achantan con las voces y las balas de los golpistas en el Congreso, son también figuras que el relato ennoblece. Otra vez retoma Cercas el propósito moral de Soldados de Salamina, que era denunciar la eterna ingratitud de este país con sus héroes. En aquella ocasión, salda cuentas con un soldado republicano que se moría en un geriátrico del sur de Francia; en ésta, con un político que hoy vive desmemoriado y que en sus buenos años fue capaz, a pesar de criarse en el franquismo más rancio, de poner los pilares de la democracia. Es conmovedor el relato de los últimos años del político de Ávila, cuando se entrega en cuerpo y alma a dignificar su propia figura al mando de un partido fantasma como el CDS.

Eso sí, a diferencia de sus dos novelas anteriores (Soldados... y La velocidad de la luz), el Cercas narrador esta vez no ha tenido la necesidad de mostrarse. Confiando sin duda en la extraordinaria contundencia de los hechos descritos, aparece sólo en las últimas páginas del libro para reconciliarse con su padre, un suarista convencido.

Un apunte final. Anatomía de un instante también dará mucho que hablar por su acercamiento al papel que tuvo el Rey, no tanto después del golpe, pues indiscutiblemente fue quien abortó el alzamiento, sino antes. Y es que Cercas llega a la conclusión, después de leer como un poseso (es muy interesante la bibliografía final que incluye) y escuchar multitud de testimonios, que el monarca no fue explícito en su rechazo a las maniobras para quitar a Suárez de en medio y, en consecuencia, facilitó que cabecillas como Milans del Bosch y Tejero, bendecidos por el maquiavélico Armada, organizaran la rebelión.    


martes, 23 de abril de 2013

Victus o una epopeya de la resistencia catalana




A propósito de la lectura de Victus, de Albert Sánchez Piñol


Albert Sánchez Piñol, escritor y antropólogo muy apreciado en Cataluña por la novela de ciencia-ficción La Pell Freda, es un catalanista convencido. En una entrevista concedida a Jordi Milian para el famoso blog L’Illa dels llibres, en ocasión de la publicación de Victus (Edicions La campana), Sánchez Piñol, al ser interpelado sobre si encontraba similitudes entre la época de 1714, marco de su novela, y la actual, respondía: “Sí. En el 1714 nos machacaron físicamente. En el 2014, simbólicamente. Pero en el fondo es lo mismo. Lo que quiero decir es que hoy en día, y en la Europa occidental, la violencia del poder se ejerce por otros medios, pero en última instancia el objetivo es el mismo. También debo admitir que yo nunca he creído en el concepto de España...”.

Por si quedara alguna duda, en una entrevista concedida al diario El Periódico, Sánchez Piñol afirma, en relación con la toma de Barcelona por las tropas borbónicas en 1714, que "fue una derrota apocalíptica, una derrota militar e institucional, pero ha dejado un capital simbólico que hoy se puede expresar con orgullo (...) el problema no se ha resuelto. Estos 300 años han sido un paréntesis", tesis que parece avalada por la pretensión del actual Gobierno catalán de celebrar una consulta soberanista en la fecha precisa del tercer centenario del desastre.

Está clara la opinión del autor, ¿contamina con ella la novela? Por supuesto que sí. Una obra literaria no es más que un ejercicio de manipulación, como el propio Sánchez Piñol da por sentado en otra entrevista publicada en La Vanguardia. Con esa idea en mente, cabría describir Victus como una suerte de epopeya de la resistencia de las clases populares catalanas en defensa de sus derechos sociales y políticos contra Felipe V, durante la Guerra de Sucesión.



Pero no nos confundamos, numerosos historiadores coinciden en afirmar que la documentación historiográfica que ha manejado Sánchez Piñol es exhaustiva y que el reflejo histórico de los hechos a lo largo Victus está bien conseguido. Ello no le resta naturalidad a la novela y el relato fluye de manera ágil y amena, pese a las frecuentes y eruditas referencias sobre fortificaciones y asaltos que lo salpican, y todo gracias al tono popular y hasta barriobajero con el que el protagonista, Martí Zuviría, pícaro pero ilustrado ingeniero militar, describe su vida a una caricaturesca amanuense, supuesta escritora de los hechos.

Así, el clásico artificio literario del dictado oral concede a Victus una gran frescura, que se plasma en las descripciones vehementes y las contundentes opiniones de su protagonista. Es, precisamente, a través de esa visión personal de Martí Zuviría donde se refleja la intención política del autor, que hace equilibrios en el filo de la Historia; basten un par de citas de entre las muchas que la novela ofrece sobre el mismo tema:

“En realidad España no existe; no es un sitio, es un desencuentro”...

 “La hidalguía española...la hidalguía española...¡Me tiro un pedo en su hidalguía! ¿Qué teníamos nosotros que ver con esa gentuza? Para un castellano de pro trabajar era una deshonra; para un catalán, la deshonra era no trabajar”

Victus es, en fin, un libro muy atractivo no sólo por su fácil lectura sino también por añadir nuevos argumentos, en forma de mítica gesta histórica, al fuego de la reivindicación de la patria catalana. Ambas circunstancias tienen fiel reflejo en el maremágnum que la Red ofrece sobre la novela, en forma de entrevistas al autor, citas en los más variados blogs, elogios extremados y críticas furibundas (incluso de ciertos sectores culturales catalanes, que reprochan a Sánchez Piñol que el original de la novela esté escrito en castellano). ¿Qué más se le puede pedir a una novela?.

De todo ello he salido tan perplejo y con mis limitados conocimientos históricos tan cuestionados (sigo sin asimilar que 300 años no hayan servido para nada) que mi próxima  lectura va a ser La Guerra de Sucesión de España (1700-1714), de Joaquim Albareda, un reciente y bien considerado ensayo de síntesis que, me aseguran, arroja mucha luz sobre el sangriento conflicto internacional que ensombreció Europa a principios del siglo XVIII y sobre sus profundas consecuencias para Cataluña y, en fin, para España.