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domingo, 18 de octubre de 2015

El necesario debate sobre las pensiones



A propósito de la lectura del libro 
'¿Qué será de mi pensión?' de José Ignacio Conde-Ruiz


A todos nos afecta el tema de la pensiones. Bien porque estemos contribuyendo con parte de nuestro salario a pagar a los jubilados de ahora, o bien porque esperemos que en el futuro nuestros hijos también sostengan con sus cotizaciones nuestro poder adquisitivo en la vejez. Además, es un pilar del estado del bienestar que debe ir más allá de coyunturas y partidismos, puesto que está asentado sobre un pacto a muy largo plazo entre generaciones y por eso debería ser fruto del mayor consenso, para evitar incertidumbres y sorpresas.

Sin embargo, un debate público informado sobre las pensiones brilla por su ausencia, a pesar de que los expertos nos avisan de que las cuentas no salen y de que en el futuro las pensiones, como mal menor, van a bajar sí o sí. La razón está en que desde el poder político no se fomenta esta discusión. Al fin y al cabo, los más de siete millones de pensionistas que hay hoy en España son un colectivo muy sensible, que se mueve de forma bastante homogénea y que puede derribar de un plumazo cualquier gobierno, y nadie quiere despertar al dragón. Los efectos políticos de tener a favor o en contra a los pensionistas los vimos claramente en 1993, cuando Felipe González ganó in extremis las generales de aquel año al grito de “que viene la derecha” a quitar la paga de los retirados.

En este contexto, vale la pena leer el libro de José Ignacio Conde-Ruiz, economista vinculado a Fedea que lleva estudiando el tema durante dos décadas y que participó en el comité de expertos consultado por el Gobierno para la reforma de las pensiones. ¿Qué será de mi pensión? es un libro clarificador, donde el autor expone de forma comprensible los datos demográficos y económicos que ya anuncian el colapso futuro del sistema y propone reformas para que no se produzca, al tiempo que denuncia precisamente el oscurantismo que rodea a las pensiones y la falta de coraje de los políticos para llevar el asunto, en sus justos términos, a la opinión pública.

Conde-Ruiz es claro. No es posible vivir cada vez más y trabajar menos. No salen las cuentas. Las proyecciones de esperanza de vida (siempre al alza) y natalidad (de las menores del mundo en España) son claras. Como resultado, debemos asumir que las pensiones bajarán sí o sí en el futuro, y además lo harán de forma dolorosa si nos quedamos con los brazos cruzados. En algún momento del libro Conde-Ruiz asegura que la pensión media como porcentaje del salario medio sufrirá un recorte de entre el 35 y el 50%.

Así las cosas, el gran debate que se debe abrir tiene que abordar la cuestión de sobre quién recae la caída. Si se reparte equitativamente entre todos los pensionistas o, como ahora, la factura la pagan las pensiones más altas, congeladas desde hace años. Para Conde-Ruiz, la sociedad española debe decidir si quiere dejar las cosas como están, lo que llevaría a la catástrofe, si prefiere ir a un sistema asistencial de pensión universal donde las retribuciones se igualan a la baja, o si apuesta por mantener el carácter contributivo del sistema actual, que establece una relación entre la cuantía de la pensión y lo cotizado durante la vida laboral. “La sociedad se enfrenta a una decisión crucial, y lo ideal sería que pudiera elegir qué camino tomar tras un debate sosegado, abierto y transparente”, insiste Conde-Ruiz.

El experto se decanta por reforzar el sistema contributivo, aunque reconoce que todos vamos a perder en una u otra media, y propone cambios en los próximos años para precisamente minimizar esas pérdidas. Conde-Ruiz ve con buenos ojos las reformas de 2011 y 2013, que elevaron la edad de jubilación a los 67 años e introdujeron el llamado “factor de sostenibilidad”, que significa que en el futuro variables como la esperanza de vida se utilizarán en el cálculo de la jubilación, lo que significa que cobraremos menos.

También aboga por extender ya el cálculo de la jubilación a toda la vida laboral del trabajador, para evitar la injusticia que se produce con los muchos trabajadores que son despedidos a los 50 y nunca vuelven al mercado laboral. Además, propone diversificar el ahorro (en España mayoritariamente vinculado al ladrillo) y fomentar la inversión en formación y capital humano para mejorar las posibilidades de los españoles de mantener o acceder a un empleo según se acercan a la vejez.

Asimismo, pide el fomento del ahorro a largo plazo, mejorando la fiscalidad de muchos productos y no sólo primando los planes de pensiones, un vehículo de inversión que además favorece a las rentas más altas. Y, por último, cree el autor que sería conveniente afinar productos como el de la hipoteca inversa, ideal en un país como España, donde la mayor parte de las viviendas son de propiedad, o que se pudiera compatibilizar fácilmente el cobro de la pensión y de un salario al mismo tiempo.


En definitiva, José Ignacio Conde-Ruiz apuesta por un sistema de pensiones que tenga como base el sistema público actual, aunque mejorado, al tiempo que cree idóneo que cada jubilado tenga más opciones para complementarlo con sus ahorros e inversiones como forma para compensar las inevitables caídas. Pero sobre todo pide que el debate, ahora soslayado por el cálculo electoral de los políticos, se haga público, transparente e informado. Algo a lo que este libro ya está contribuyendo. 

jueves, 11 de julio de 2013

La clase política en el punto de mira



A propósito de la lectura de Qué hacer con España, 
de César Molinas

Qué hacer con España es un libro honesto desde el título. César Molinas, un rara avis por cuanto ha tocado durante su vida profesional muchos palos (ha sido profesor universitario, directivo de banca de inversión, emprendedor y funcionario de alto rango), ha escrito un libro de emergencia. La situación del país no es para menos. Molinas está convencido de que España va a estar muchos años sin crecer, y de que si no se toman medidas y se hacen reformas de calado la crisis se prolongará no años, sino décadas, y que finalmente habrá que salir del euro.

Molinas culpa de la mayor parte de nuestros males a la clase política local, más preocupada de crear burbujas para desviar rentas en beneficio propio que del interés general. Es lo que Acemoglu y Robinson han llamado las élites extractivas, un término de gran repercusión mediática, y otros simplemente chorizos. “Los políticos españoles son los principales responsables de la burbuja inmobiliaria, del colapso de las cajas de ahorro, de la burbuja de las energías renovables y de la burbuja de las infraestructuras innecesarias”. Pero también culpa Molinas de los males del país al excesivo protagonismo de los “agentes sociales” y a los corporativismos de toda laya que frenan cualquier intento reformista allá de donde surge.

Aunque es probable que Molinas no comulgue con muchos de los planteamientos del movimiento 15-M, su crítica a la excesiva politización de la instituciones del país (desde los organismos reguladores y de control al poder judicial, pasando por la educación) bien podría ser suscrita por los muchos de los simpatizantes de la sentada de la Puerta del Sol de Madrid.

El futuro de cualquier nación es su gente y la preparación que exhiban, y más para un país como el nuestro sin grandes recursos naturales que explotar. Por eso Molinas no entiende como en España se da la espalda de manera crónica a la educación, la ciencia, el emprendimiento o la innovación. Otra vez aparece la miopía de unas élites “de vuelo muy rasante, ortodoxas, conformistas y muy conservadoras, cuando no reaccionarias, y satisfechas de sí mismas”.

El autor de Qué hacer con España identifica una triple crisis: económica (originada por las burbujas); institucional (ausencia de una verdadera regulación del sistema político y territorial) y moral (desmedido énfasis en los derechos y olvido de los deberes). Pero el libro no se queda en identificar problemas y culpables, sino que, respondiendo a las urgencias del título, se presenta como un completo recetario escrito desde el sentido común, aunque también desde la ingenuidad y la extravagancia del que piensa que “por pedir que no sea”. He aquí algunas de las propuestas de Molinas para regenerar el país:

Reforma de la Ley de Partidos que imponga a estos un alto grado de democracia interna y transparencia. Hay que regular a los partidos desde fuera, como pasa en Alemania. Aunque Molinas no lo cita, el caso Bárcenas es bastante elocuente de los males del sistema actual.

Cambio de la Ley Electoral. No hay sistema perfecto, pero aboga por un sistema mayoritario donde los candidatos tengan que disputar la elección en circunscripciones nominales, como en Inglaterra. De esta manera, la lealtad sería con los electores, y no con el dirigente del partido. 

Los integrantes de los organismos reguladores (CNMV, Banco de España, CNC, CMT…) deben ser seleccionados por su valía, y no por su adscripción política. Se acabó la negociación de cuotas o el “ayúdame a poner a mi candidato y yo te ayudo a poner al tuyo”.

Despolitización de los órganos superiores, como el Tribunal Supremo o el consejo General del Poder Judicial. Para cubrirlos, Molinas propone un sistema de lotería entre aquellos magistrados con la suficiente antigüedad.

En educación Molinas apuesta fuerte: propone cerrar la universidad española dos o tres años y volverla a construir partiendo de cero. No cree que el principal problema de la educación sea de financiación, sino de definir el modelo de aprendizaje, potenciando la excelencia y la calidad. Critica la igualación por abajo que padece el sistema educativo nacional y propone más rendición de cuentas, más tasas y más movilidad de estudiantes y profesores.

En materia de pensiones, Molinas propone recuperar los planes privados, visto lo ineficiente y arriesgado que ha sido el mercado inmobiliario como vía para canalizar el ahorro y la inversión a largo plazo.

 También aboga por el contrato laboral único, con costes de despido crecientes en función de la antigüedad. Se apunta a las tesis de Fedea. La reforma del mercado laboral debe ir dirigida a que los ajustes se hagan vía salarios, y no con puestos de trabajo


En fin, estamos ante el recetario propio de un liberal juicioso que concibió este libro en un coqueto bar del barrio londinense de Belgravia y que evita los rodeos y las medias tintas con el fin de hacerse entender y no restar urgencia a las tareas pendientes. Se podrá estar más o menos de acuerdo, pero hay que reconocerle honestidad, common sense y una defensa siempre del interés general, todo eso que a las élites extractivas que atenazan al país se les suele olvidar.