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jueves, 14 de diciembre de 2017

Los jóvenes siguen siendo los grandes perdedores


A propósito de la lectura de 
'El muro invisible', de Politikon

Durante los peores años de la crisis, las librerías españolas se llenaron de libros de carácter regeneracionista en los que se analizó hasta la saciedad las causas del marasmo económico y las posibles vías para superarlo, pero también la ruptura social y política que vivía España como consecuencia de la corrupción que se generalizó a cierto nivel de gestión en los años en que nos creímos ricos. Los jóvenes académicos e investigadores del grupo Politikon pusieron su granito de arena en aquellos debates con ‘La urna rota’, un libro de cierto éxito que luego se reeditaría varias veces y que, con un lenguaje directo y recurriendo a datos y modelos de éxito en el extranjero, proponía vías para mejorar la selección de líderes en España, el sistema electoral o el funcionamiento de la administración pública.

Ahora que para algunos la crisis ya ha pasado y la recuperación es evidente, el regeneracionismo (editorial) ha mutado. Últimamente, la crisis política en Cataluña ha puesto en el punto de mira de editoriales y analistas el modelo de estado y la cuestión territorial. Sin embargo, Politikon ha vuelto a publicar un libro donde analiza uno de los problemas que quedaron sin resolver desde la gran recesión de 2008 y 2009, el hundimiento de las expectativas y las condiciones de vida de los jóvenes españoles. Un tema que, por otro lado, no se ha tratado suficientemente en los medios de comunicación.

En ‘El muro invisible’, los analistas de Politikon derriban mitos y ponen en cuestión clichés, e ilustran con cifras y hechos cómo los grandes perjudicados por la crisis española han sido los niños y los jóvenes, en beneficio de los jubilados y los trabajadores más veteranos. Tanto el sistema político como el estado del bienestar en España se ha escorado y han dejado a la intemperie de la crisis y la precariedad a una parte de la sociedad. Los autores recuerdan que en el último discurso de investidura de Rajoy, el presidente mencionó hasta 9 veces a los pensionistas, pero ni una sola vez habló de la pobreza infantil. Este desajuste, además, no se ha llegado a corregir en los años siguientes con la aparición de movimientos sociales y nuevos partidos. Y es que aunque el 15-M o partidos como Podemos han representado las aspiraciones de los jóvenes con estudios, no han sido una referencia para millones de ni-nis o estudiantes frustrados por el fracaso escolar. Pero, incluso así, ni Podemos ha hecho una apuesta clara para romper el statu quo en favor de las nuevas generaciones y en detrimento de sus padres y abuelos.

‘El muro invisible’ aborda los problemas del sistema educativo español que condena a millones de jóvenes a la baja cualificación y al desempleo permanente o al trabajo basura. Refuta con datos a aquellos que dicen que la educación hoy no es lo que era o que apunta a los chicos calificándolos de perezosos e impacientes, e identifica los problemas estructurales de un sistema educativo dual y descompensado que, por un lado, no logra rebajar los altos índices de fracaso escolar y que, por otro, sigue produciendo un alto número de universitarios que luego no tienen fácil acomodo en una economía incapaz de producir suficientes puestos de trabajo de calidad. Denuncian, además, los autores que el debate educativo se haya venido centrado en cuestiones accesorias y haya evitado los temas claves de más difícil solución, como la falta de alumnos en la secundaria no obligatoria y el desprestigio de la Formación Profesional.  
También recuerdan los analistas de Politikon que la excesiva dualidad temporal-fijo del mercado de trabajo en España ha eternizado la precariedad entre los jóvenes, y para resolverlo abogan por el contrato único con coste de despido creciente. Asimismo, demuestran con datos que en España el fomento de la natalidad en las jóvenes familias es un cuento, y que incluso la derecha, teóricamente más proclive a estas políticas de fomento de la familia, ha mostrado muy poca sensibilidad con el tema. Por la desmovilización y volatilidad del electorado joven, siempre ha salido más a cuenta a los políticos de este país invertir el presupuesto público en pensiones y sanidad que en políticas juveniles o para revertir el fracaso escolar.

El estado de bienestar español redistribuye poco hacia los jóvenes y los niños, de ahí que estadísticas como la de la pobreza infantil no se haya reducido en los últimos años. Sin embargo, los autores mantienen que el gasto en la primera infancia es muy rentable tanto a nivel social como en términos de igualdad, y que la inversión en los jóvenes tiene un retorno económico claro para el país. En este sentido, ven con interés los intentos de renta mínima que se han dado en el País Vasco.  

En fin, ‘El muro invisible’ aborda un debate importante que, en todo caso, se está hurtando a la opinión pública. Los jóvenes fueron los grandes pagadores de la crisis, y siguen siéndolo. Las nuevas generaciones siguen teniendo muy complicado la estabilidad laboral, el acceso a unos salarios dignos, la formación de una familia o la conciliación para cuidar a los hijos. Y esto hipoteca el futuro del país. Politikon analiza con abundancia de datos esta disfunción, que no es exclusiva de España y que también amenaza el crecimiento presente y futuro de toda la Unión Europea. El panorama, pues, no es alentador. O mucho cambian las cosas o el muro invisible que limita las expectativas vitales de las nuevas generaciones va a seguir en pie.


domingo, 24 de mayo de 2015

El viaje de Podemos más allá de la izquierda



A propósito de "Asaltar los cielos", de José Ignacio Torreblanca

Hará falta mucho tiempo y reflexión para entender lo que está pasando en España desde el inicio de  la crisis, con el 15-M y la irrupción de Podemos en el panorama político nacional. Sin embargo, si uno se pasa por una librería medianamente surtida, se encontrará con muchos títulos que analizan estas cuestiones. Libros en muchos casos de encargo destinados sobre todo a aprovechar el tirón mediático del propio Iglesias, pero donde hay algunos títulos interesantes, como éste de José Ignacio Torreblanca.  

El volumen del profesor de Políticas de la UNED no deja de ser una primera aproximación al fenómeno Podemos, y no desvela grandes secretos sobre Iglesias y su equipo, pero aporta perspectiva, buceando en la trayectoria de sus miembros, siguiendo su viaje desde el radicalismo al centro (o la indefinición), y analizando cómo encuentran en la experiencia latinoamericana y en la televisión las vías para superar las estrecheces de la izquierda clásica europea.

Estoy de acuerdo con Torreblanca cuando dice que Podemos es lo más importante que le ha ocurrido a la política española de los últimos 30 años, y que si no comete errores de bulto y las condiciones de vida de muchas personas no mejoran drásticamente, se quedará entre nosotros durante unos buenos años.

Si bien es cierto que el origen de Podemos está en la izquierda radical que se inspira en los movimientos violentos que proliferan en Europa en los años 60 y 70, y que esa ascendencia marca la actuación de sus líderes hasta hace bien poco, con llamadas a la agitación y la desobediencia, Iglesias ha sido capaz de buscar una alternativa que desborde los estrechos límites de aquella izquierda clásica, casi siempre sin opciones de gobernar.

Y la inspiración la ha encontrado en Chávez, y en una fórmula que mezcla el hiperliderazgo, un nacionalismo que deposita la soberanía en un pueblo explotado por las élites y el acceso al poder a través de las urnas. En el fondo, Podemos, siguiendo la estela del populismo chavista o de Evo Morales, ha puesto en evidencia a una izquierda que a pesar de todo ha sido incapaz de rentabilizar la crisis más dura que se recuerda.

Torreblanca también analiza cómo Iglesias y su equipo aprovechan el poder de seducción de la televisión, rompiendo otra vez los esquemas a los que nos tenían acostumbrados los gerifaltes de la izquierda clásica, que siempre menospreciaron el medio, o, cuando menos, dudaron de su efectividad. Iglesias ensaya en La Tuerka un discurso alejado de la retórica académica habitual. Podemos, como recuerda Torreblanca, se funda en un plató de televisión, y los mensajes, además, llegan sin la intermediación de un partido.

Sabedor de que la atención del espectador es limitada, Iglesias simplifica el análisis de la realidad y recurre a fórmulas de potente significado que, por el contexto económico y social –la famosa "ventana de oportunidad”-, han resultado ganadoras. La más llamativa: la de "la casta", origen de ese país escindido entre una élite corrupta y egoísta, que se aprovecha del poder institucional y el bipartidismo, y una ciudadanía empobrecida y humillada. Los de abajo contra los de arriba. Los padres fundadores de la democracia, ahora sospechosos, contra sus hijos desnortados y sin trabajo. Un conflicto que le vale a Podemos para acabar con la dicotomía izquierda-derecha, deslegitimando el discurso del PSOE o de IU, y recabando alguna adhesión incluso de votantes frustrados del PP.

Podemos ha sido capaz de trasladar las demandas de la izquierda al centro político, que es donde se ganan las elecciones y desde donde se pueden asaltar los cielos, como en 1982 hizo Felipe González con un partido que sólo unos años era clandestino y se declaraba marxista, y que ese año borró del mapa sus adversarios y cambió la política española para siempre.


Eso sí, Torreblanca advierte de los peligros que acarrea un partido con una visión tan maniquea de la sociedad, que considera los medios privados de comunicación (esos que tanto han frecuentado Iglesias) como una amenaza y la ley un instrumento de dominación, y al que le cuesta ver los puntos de encuentro entre la economía de mercado y una sociedad igualitaria. 

lunes, 31 de marzo de 2014

Desmontando la utopía digital



A propósito de la lectura de Sociofobia, 
de César Rendueles


Cada mes salen al mercado decenas de libros dedicados a glosar los beneficios que ha traído Internet, una “revolución” que muchos comparan, de forma grandilocuente, con la llegada del sedentarismo que se produjo en el Neolítico o con la revolución industrial en la Inglaterra del siglo XVIII. También son infinidad los títulos que llegan a las librerías explicándonos cómo sacarle partido profesional y personal a la Red en todas sus variantes (redes sociales, blogs, comercio electrónico…). Todos comparten la idea de que Internet es un salto adelante que, bien aprovechado, nos hará más eficientes y más libres, y que, en última instancia, ayudará a lograr una sociedad más justa y participativa.

Para contrarrestar esta ola de utopismo digital, de vez en cuando sale algún librito que da qué pensar. Hace unos años dio un primer aviso Jaron Lanier con El rebajo digital, que describía Internet como un mundo desinformado y tedioso, y que prima la cantidad a la calidad o las buenas ideas. En esta línea crítica también hay que situar The net delusion, de Evgeny Morozov, donde cuestiona el supuesto poder democratizador de Internet alegando que las redes digitales también son poderosas herramientas de represión en países como China o Irán, un argumento que hoy queda extraordinariamente reforzado con las revelaciones de Edward Snowden sobre espionaje masivo por parte de la CIA.    

Uno de los ensayos más celebrados de los últimos meses en España vuelve a poner en cuestión muchos de los dogmas que deja la utopía digital. Se trata de Sociofobia, de César Rendueles, profesor de la Complutense, marxista de formación y "agitador cultural" vinculado al movimiento Ladinamo. Sociofobia (208 páginas, editorial Capital Swing) es un libro estimulante por las muchas cuestiones que plantea y por la energía con que está escrito, y no deja títere (ni mito tecnológico) con cabeza.

Rendueles pone en cuestión ese determinismo contemporáneo que asocia desarrollo tecnológico y liberación, alentado en todo el mundo por lo que él llama "la ideología californiana". "Internet no es un sofisticado laboratorio donde se está experimentando con delicadas cepas de comunidad futura. Más bien es un zoológico en ruinas donde se conservan deslustrados los viejos problemas que aún nos acosan, aunque prefiramos no verlos". A saber; la dificultad para dar con una sociedad solidaria y fraternal que haga posible la buena vida en convivencia.

Al contrario, para Rendueles, el ciberfetischismo -esa idea de que los gadgets de Internet y las propias redes están sentando las bases para una reorganización social más justa- prospera precisamente a base de rebajar las expectativas políticas de la población. Las TI no fomentan el asociacionismo y la participación en política, pero sí nos lo hacen creer. No somos más sociables ni activos por estar en Internet conectados a 1.500 "amigos" y por tener en Twitter 4.000 "followers". Estamos en contacto con más personas, pero de una forma mucho menos intensa y más esporádica. En Internet los compromisos son también mínimos y el desenganche puede llegar en cualquier momento, sin coste para el que abandona.

El ciberfetichismo -alentado por gurús, empresarios, políticos y medios de comunicación que quieren pasar por modernos- habla de comunidades digitales y de activismo, pero, según Rendueles, es la última máscara del individualismo. Ese falso binomio virtuoso de libertad personal y colaboración que proporcionan las redes no es eficaz para promover los cambios. "Creo que Internet funciona muy bien cuando la gente sale a la calle, pero es mucho menos eficaz para sacar a la gente a la calle. Son dos cosas bien distintas", ha contado el autor de Sociofobia. Rendueles está convencido de que los efectos movilizadores de Internet son escasos y que en algún caso produce el resultado adverso, es decir, desilusionan a la gente.

El ciberfetichismo es una amenaza para la izquierda, en tanto que diluye los conflictos de clase. Rendueles recuerda que las nuevas tecnologías atomizan el discurso moral; cada uno puede vivir su proyecto de vida y casi no hay directrices comunes. En última instancia, las redes sociales son el producto que crece en un terreno sembrado durante décadas por el consumismo y la eliminación de los grandes relatos.

La política institucional también se resiente por el ascenso del ciberfetichismo. "Las metáforas sociales de las redes digitales distribuidas hacen que las intervenciones políticas consensuadas parezcan tocas, lentas y aburridas frente al dinamismo espontáneo y orgánico de la red. El diseño formal digital permite esperar que las soluciones óptimas surjan automáticamente, sin correcciones frutos de procesos deliberativos".

Estos días escribía un revelador artículo en El País Moisés Naim donde también se ponía en duda el papel de las redes sociales como factor de cambio social. Naim recordaba lo fácil que es convocar una protesta con Twitter o Facebook que dé lugar a una amplia cobertura mediática e incluso a enfrentamientos con la policía. Como el movimiento Ocuppy Wall Street. Y lo mucho más arduo y complejo que se presenta el proceso de convertir ese fuego de artificio reivindicativo en cambios concretos en la política de los gobiernos.  

Sin diseño institucional, insiste Rendueles, el mundo digital no puede superar problemas como la injusticia o la pobreza. En este sentido, discrepa de aquellos que han visto en las redes sociales el motor de reivindicaciones como el 15-M. En su opinión, sucedió al revés: el 15-M fue tortuoso porque tuvo que superar el bloqueo generado por el ciberfetichismo consumista. Para Rendueles, la clave del 15-M fueron las asambleas, "que son lo menos tecnológico del mundo". El énfasis cibernético, en su opinión, ha llevado a muchos a olvidar lo más importante de la protesta, que fue el descubrimiento de la democracia. En Egipto también se ha sobrevalorado mucho la intervención de Internet. Allí, menos del 20% de la población está conectada, lo que demuestra que fueron las redes analógicas, fomentadas por una organización sindical fuerte o por el islamismo, las que forzaron la movilización y los cambios. Lo otro fue un cuento chino pergeñado por los voceros del utopía digital.   


lunes, 27 de enero de 2014

Entre Venezuela y Dinamarca




A propósito de “El dilema de España”, de Luis Garicano

La crisis ha dejado en España un vago impulso reformista. Está en la tertulia del bar, en los movimientos vecinales (como el de Gamonal, en Burgos), en las mareas verdes y blancas de Madrid, en los rescoldos asamblearios del 15-M, en algunas políticas del Gobierno… Después de unos primeros años de colapso económico en el que proliferaron libros y estudios dedicados a explicar qué nos había pasado, empiezan a aparecer ahora trabajos más orientados a decirnos cómo salir del hoyo. Es el caso de este librito de Luis Garicano, economista de la prestigiosa London School of Economics y colaborador del excelente blog Nada es gratis, de Fedea, un grupo de análisis fundado por Luis ángel Rojo e impulsor de propuestas muy denostadas por algunos como el contrato único indefinido.


Se puede estar más o menos de acuerdo con los economistas de Nada es gratis, pero Garicano y sus colegas se han tomado en serio la tarea de analizar con rigor la situación de España desde que entró en la crisis y aportar soluciones, en algunos casos más allá de la economía, en la línea de una tradición regeneracionista que antes tuvo valedores como Jovellanos o JoaquínCosta.


Garicano es directo e incisivo, y no deja títere con cabeza a la hora de buscar responsables del desaguisado. Dos lacras, en su opinión, ha dejado la fiebre financiera e inmobiliaria que trajo el euro: un país escasamente formado, con un nivel de fracaso/abandono escolar pavoroso; y unas instituciones ineficientes, dependientes de una clase política y dirigente escasamente formada y de cortas miras. Sin educación y sin instituciones de calidad (que rindan cuentas de forma debida y sometidas al arbitraje de organismos reguladores independientes), un país no prospera. Esas son las palancas que, para Garicano, han sostenido el desarrollo de países como Holanda o Alemania, sin ningún recurso natural extraordinario que explotar, pero con un modelo económico y de sociedad al que deberíamos tender.


En la línea de César Molinas, Garicano denuncia todo tipo de corporativismos (conservadores y paralizantes por naturaleza) y el capitalismo castizo que obliga a pasar por el palco del Bernabeú si uno quiere hacer negocios en este país. El modelo a seguir debería ser el de los Zaras, Mercadonas y Mangos, obra de emprendedores periféricos que rompieron esquemas en su sector y aportaron valor, llegando a ser líderes incluso mundiales, y no el de las energéticas, los bancos o las grandes constructoras, una oligarquía reminiscencia de tiempos oscuros, una élite extractiva (Acemoglu y Robinson) que a largo plazo empobrece el país. 

Sin embargo, la situación no es irreversible. España no sufre un castigo eterno de raíz bíblica. Si casi de un día para otro acabamos con el tabaco en el trabajo y en los lugares públicos, y la tasa de muertes por accidentes de tráfico cayó un 80%, todo es posible. Al decir de Garicano, este país tiene solución, por más que la gravedad de la crisis nos haga creer que vamos a seguir en el túnel por el resto de los tiempos. Además, la solución está en casa, en la voluntad de cambio de los agentes. No será fácil, pues tristemente, como recuerda Garicano, “las cosas funcionan mal en gran parte porque, simple y llanamente, a los actores clave no les interesa cambiarlas”. Ahí es donde este libro se presenta más movilizador, toda vez que el autor pide la implicación de todos en el cambio. Eso sí, por el tono y las insinuaciones, Garicano parece desdeñar aventuras revolucionarias y propone un proceso de reformas tranquilo, evitando la amalgama de voces y la confusión del 15-M o la lucha callejera de Gamonal.  


Garicano hace un llamamiento a los españoles para que nos rebelemos exigiendo una clase política a la altura del desafío. No estamos ante un libro de recetas para abordar sólo la salida de una crisis económica, ni otras que puedan venir. Su libro, a pesar de estar escrito por un economista y abordar cuestiones como el boom de la construcción, las deficiencias de la unión europea y del euro o los factores que hay detrás del ritmo de crecimiento de los países, va más allá y propone otro modelo de sociedad. Lograrlo no será cuestión de meses, ni de años, sino de décadas. Requerirá trabajo duro, seguridad jurídica e instituciones transparentes y responsables. Garicano cree que es necesario retomar la dirección que había tomado España hasta mediados de los 90, y que el aluvión de dinero barato que trajo el euro hizo saltar por los aires.


Sobre el terreno, Garicano propone cosas que al político que lo lea le dará sarpullido, como reducir el número de ayuntamientos de 8.000 a 600, lo que supondría que no quedara ninguno por debajo de 20.000 habitantes. También propone que las comunidades autónomas sean responsables de sus gastos ante los electores. O cambiar de arriba abajo la educación y sobre todo la universidad, renunciado a la arraigada pero empobrecedora cultura memorística y a los esquemas de oposiciones actuales, siniestro modelo decimonónico que no garantiza la llegada de los más capaces a los puestos clave del servicio público. También aboga por cambios prácticos y asumibles desde mañana mismo, como retrasar la hora y adaptar los horarios a Europa para hacer posible la conciliación familiar.


El momento es crucial.  Garicano nos viene a decir que España está ante una oportunidad histórica para engancharse de una vez por todas a la modernidad y la eficiencia europea, o, por el contrario, huir hacia adelante cayendo en el populismo de corte neoperonista y dar como bueno un capitalismo de amiguetes donde la riqueza está del lado del que tiene contactos y las pérdidas del lado de la sociedad. Para que todo el mundo lo entienda, Garicano nos pone en una encrucijada improbable, pero con suficiente fuerza metafórica: Venezuela o Dinamarca. La elección es nuestra.  


El dilema de España es un texto incisivo, pero escrito con elegancia y gran capacidad de síntesis, y donde la elección de datos es acertada. Hay rigor, pero los números no oscurecen los argumentos y las ideas que propone Garicano para mejorar el funcionamiento del país y en definitiva, como se nos dice en el subtítulo, “vivir mejor”, que de eso se trata.





lunes, 30 de septiembre de 2013

La Maleta de Portbou, una nueva revista



Sorprende ver cómo algunos tiran hacia adelante y ponen en marcha nuevos proyectos a pesar de la crisis de caballo por la que atraviesa el mundo del libro y la edición cultural. Es el caso de Josep Ramoneda, encargado durante más de una década del  Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona y colaborador habitual de El País o la Cadena Ser, que en estas semanas presentaba el número 1 de la revista La maleta de Portbou, que él dirige y que cuenta con el apoyo de Galaxia Gutenberg y su director Joan Tarrida, así como de los exquisitos libreros de La Central.

Tras el sugerente anacronismo de la cabecera –que es un homenaje al Walter Benjamin que se suicidó en 1940 en la frontera hispanofrancesa cuando huía de la persecución nazi- tenemos una revista que quiere, según su fundador, tomar distancia de la actualidad y los enfoques que le dan los medios de comunicación, pero sin obviar las fracturas económicas y sociales que está abriendo la crisis.

Los grandes gurús del mundo de hoy son los economistas. Los técnicos de la economía o las finanzas aparecen en todas las tribunas dispuestos a responder las desesperadas preguntas que nos hacemos todos por lo que nos está pasando desde hace un lustro. Los economistas se han convertido en los nuevos guías espirituales de un mundo al borde del colapso.

Sin embargo, como decía hace unos días el catedrático de economía Antón Costas en la presentación de la revista en Madrid, la voz de los economistas no es suficiente y su andamiaje técnico se queda corto para explicar lo que nos está pasando. Con la pretensión de corregir esta carencia y contraponer a la razón económica las aportaciones que pueden llegar desde la filosofía, la sociología, la ciencia política o el arte, aparece La Maleta de Portbou.

Todo hace pensar, por el corte ideológico de su director, que la línea de La Maleta de Portbou será muy socialdemócrata. Ya en su lanzamiento lleva una entrevista al exprimer ministro socialista francés  Michel Rocard que parece ser una declaración de intenciones. También hay un artículo sobre Schumpeter firmado por Joaquín Estefanía. Pero la fusión de humanidades y economía que propone La Maleta de Portbou también la emparenta con el liberalismo fundacional de Adam Smith, que consideraba que un país no podía salir adelante sin comercio, pero tampoco sin buenas instituciones y sin sólidas convicciones morales.

La Maleta de Portbou se presenta como un espacio para el debate reposado y como un antídoto al guirigay ideológico de los medios tradicionales y al ruido eterno de las redes sociales y los medios online. Por el momento, la revista y sus impulsores desdeñan la Red y su presencia online es meramente testimonial. Creo que en este punto no deberían mostrarse muy intransigentes.

Una publicación que busca influir y ofrecer “una guía para moverse entre tanta cantidad de información” debería tener más presencia en la plaza electrónica. Una revista como esta no debería estar dirigida únicamente a los especialistas del mundo académico o a los viejos acólitos y simpatizantes de la cuestionada socialdemocracia española.

En el primer número hay un artículo de Marina Garcés sobre nuevas formas de politización que es un claro guiño al 15-M, y otro un tanto críptico de Judith Batler (Universidad de California) que se inicia con una sugerente pregunta: ¿Cuál es este “nosotros” que se reúne en la calle y se afirma a veces por la palabra y por la acción? Ahí, en ese espacio indefinido e incierto, pero superador de la socialdemocracia y la izquierda institucional, deben situar Ramoneda y su equipo los debates de la nueva revista si realmente quieren contribuir a un debate actual y evidenciar las fracturas de la crisis.



jueves, 11 de julio de 2013

La clase política en el punto de mira



A propósito de la lectura de Qué hacer con España, 
de César Molinas

Qué hacer con España es un libro honesto desde el título. César Molinas, un rara avis por cuanto ha tocado durante su vida profesional muchos palos (ha sido profesor universitario, directivo de banca de inversión, emprendedor y funcionario de alto rango), ha escrito un libro de emergencia. La situación del país no es para menos. Molinas está convencido de que España va a estar muchos años sin crecer, y de que si no se toman medidas y se hacen reformas de calado la crisis se prolongará no años, sino décadas, y que finalmente habrá que salir del euro.

Molinas culpa de la mayor parte de nuestros males a la clase política local, más preocupada de crear burbujas para desviar rentas en beneficio propio que del interés general. Es lo que Acemoglu y Robinson han llamado las élites extractivas, un término de gran repercusión mediática, y otros simplemente chorizos. “Los políticos españoles son los principales responsables de la burbuja inmobiliaria, del colapso de las cajas de ahorro, de la burbuja de las energías renovables y de la burbuja de las infraestructuras innecesarias”. Pero también culpa Molinas de los males del país al excesivo protagonismo de los “agentes sociales” y a los corporativismos de toda laya que frenan cualquier intento reformista allá de donde surge.

Aunque es probable que Molinas no comulgue con muchos de los planteamientos del movimiento 15-M, su crítica a la excesiva politización de la instituciones del país (desde los organismos reguladores y de control al poder judicial, pasando por la educación) bien podría ser suscrita por los muchos de los simpatizantes de la sentada de la Puerta del Sol de Madrid.

El futuro de cualquier nación es su gente y la preparación que exhiban, y más para un país como el nuestro sin grandes recursos naturales que explotar. Por eso Molinas no entiende como en España se da la espalda de manera crónica a la educación, la ciencia, el emprendimiento o la innovación. Otra vez aparece la miopía de unas élites “de vuelo muy rasante, ortodoxas, conformistas y muy conservadoras, cuando no reaccionarias, y satisfechas de sí mismas”.

El autor de Qué hacer con España identifica una triple crisis: económica (originada por las burbujas); institucional (ausencia de una verdadera regulación del sistema político y territorial) y moral (desmedido énfasis en los derechos y olvido de los deberes). Pero el libro no se queda en identificar problemas y culpables, sino que, respondiendo a las urgencias del título, se presenta como un completo recetario escrito desde el sentido común, aunque también desde la ingenuidad y la extravagancia del que piensa que “por pedir que no sea”. He aquí algunas de las propuestas de Molinas para regenerar el país:

Reforma de la Ley de Partidos que imponga a estos un alto grado de democracia interna y transparencia. Hay que regular a los partidos desde fuera, como pasa en Alemania. Aunque Molinas no lo cita, el caso Bárcenas es bastante elocuente de los males del sistema actual.

Cambio de la Ley Electoral. No hay sistema perfecto, pero aboga por un sistema mayoritario donde los candidatos tengan que disputar la elección en circunscripciones nominales, como en Inglaterra. De esta manera, la lealtad sería con los electores, y no con el dirigente del partido. 

Los integrantes de los organismos reguladores (CNMV, Banco de España, CNC, CMT…) deben ser seleccionados por su valía, y no por su adscripción política. Se acabó la negociación de cuotas o el “ayúdame a poner a mi candidato y yo te ayudo a poner al tuyo”.

Despolitización de los órganos superiores, como el Tribunal Supremo o el consejo General del Poder Judicial. Para cubrirlos, Molinas propone un sistema de lotería entre aquellos magistrados con la suficiente antigüedad.

En educación Molinas apuesta fuerte: propone cerrar la universidad española dos o tres años y volverla a construir partiendo de cero. No cree que el principal problema de la educación sea de financiación, sino de definir el modelo de aprendizaje, potenciando la excelencia y la calidad. Critica la igualación por abajo que padece el sistema educativo nacional y propone más rendición de cuentas, más tasas y más movilidad de estudiantes y profesores.

En materia de pensiones, Molinas propone recuperar los planes privados, visto lo ineficiente y arriesgado que ha sido el mercado inmobiliario como vía para canalizar el ahorro y la inversión a largo plazo.

 También aboga por el contrato laboral único, con costes de despido crecientes en función de la antigüedad. Se apunta a las tesis de Fedea. La reforma del mercado laboral debe ir dirigida a que los ajustes se hagan vía salarios, y no con puestos de trabajo


En fin, estamos ante el recetario propio de un liberal juicioso que concibió este libro en un coqueto bar del barrio londinense de Belgravia y que evita los rodeos y las medias tintas con el fin de hacerse entender y no restar urgencia a las tareas pendientes. Se podrá estar más o menos de acuerdo, pero hay que reconocerle honestidad, common sense y una defensa siempre del interés general, todo eso que a las élites extractivas que atenazan al país se les suele olvidar.  


  

lunes, 25 de marzo de 2013

Todo lo que era sólido, de Muñoz Molina



Memoria de la caída


Hasta ahora la crisis la han explicado sobre todo los economistas. No cabía otra, pues el embrollo financiero era mayúsculo y el conocimiento que tenemos de cómo funciona el mundo del dinero era (y sigue siendo) escaso. Sin embargo, desde el estallido de la burbuja inmobiliaria, las aproximaciones “intelectuales” (uso el adjetivo a pesar de su mala salud) han sido escasas. Pocas voces –más allá de los panfletos de Stephane Hessel o José Luis Sampedro o de las últimas novelas de Rafael Chirbes- se han atrevido a hacer una lectura moral y cívica de lo que nos está pasando.


Esa tarea es la que aborda Antonio Muñoz Molina con esta crónica, directa y muy personal a ratos, de la crisis en España. Evitando tecnicismos y esa prosa adormecedora que emplean los especialistas, Muñoz Molina rememora aquella España de ricos de 2007 y da cuenta del rápido deterioro que ha sufrido, de cómo aquel país de Champions League, según repetía con satisfacción Zapatero, se ha disuelto como un azucarillo, en menos que canta un gallo y sin que hayamos podido hacer nada para remediarlo.


Muñoz Molina se pregunta qué ha pasado y, sobre todo, cómo no nos dimos cuenta, cómo el delirio colectivo pasó por encima de las evidencias y de las voces disonantes que se atrevieron a pronosticar el desastre. El autor asume su parte de culpa: “Qué veíamos, en qué estábamos pensando. Si mi oficio es mirar el mundo para poder contarlo, cómo es que no me fijé en lo que sucedía, en lo que tenía delante los ojos, lo que se publicaba en el periódico que yo compraba y creía leer fielmente cada mañana cuando estaba en España”.


Vivimos los años locos de la economía bajo el efecto narcótico del debate sobre el pasado remoto. Como viene sucediendo en las dos últimas décadas, esa cortina de humo que era la escenificación estridente de las dos Españas y de los nacionalismos no nos dejó ver cómo las clases dirigentes se repartían el pastel y dilapidaban el futuro del país. A pesar de tanta pretensión de modernidad, en 2007 vivíamos en un pasado imaginario e interesado. Eran los años en que el propio Muñoz Molina se había instalado mentalmente en la víspera del alzamiento militar del 36, que es el telón de fondo de La noche de los tiempos, el novelón de casi 1.000 páginas que escribía cuando todo se vino abajo.


Precisamente, a ese mundo delirante que para la mayoría se convirtió en cotidiano vuelve ahora para poner el punto de partida de este libro. Es el mundo del crédito a mares procedente de Europa, de las 600.000 casas que se empezaban cada año, de los promotores estrella (con Bañuelos a la cabeza) que de la noche a la mañana se convertían en multimillonarios, de los políticos que les respaldaron y se beneficiaron del despilfarro, de las cajas de ahorro que financiaron los proyectos faraónicos de los mandamases regionales, de los Porsche Cayenne y las vacaciones en spas de lujo para los pequeños empresarios que entraron en la rueda, de las carísimas comitivas autonómicas que llegaban a Nueva York o a cualquier gran ciudad del mundo para promocionar su comarca y “hacer mucho ruido”, de los sueldos de 3.000 euros para los ferrallistas y peones de albañil que trabajaban día y noche, como si el mundo (como desgraciadamente sucedió) se fuera a acabar mañana.


Todo lo que era sólido es un relato moral de los años del despilfarro y de lo que ha venido más tarde. Es la mirada perpleja de un ciudadano corriente que analiza a toro pasado, leyendo los periódicos de hace un lustro como si fueran vestigios de un tiempo remoto e irreconocible. Muñoz Molina verbaliza la estupefacción y la indignación de una ciudadanía que ha visto como el firme cemento que pisaba se ha tornado arena movediza.


Pero todavía hay muchas cosas en juego. Sea uno de izquierdas o de derechas, religioso o agnóstico, ferviente defensor de la Iglesia o anticlerical, nacionalista de centro o de periferias, no es difícil suscribir el 90% de lo que dice Muñoz Molina. La defensa de lo fundamental (educación, sanidad y democracia) frente a lo superfluo, la consolidación de una administración pública profesional, independiente y solvente (un tema pendiente desde el franquismo), establecer mayores controles a los que toman decisiones que incumben a toda la ciudadanía, un debate público de altura, razonado y respetuoso con el adversario, una mayor confianza y honestidad en las relaciones sociales y comerciales, un cuidado exquisito de lo público y de lo que es común a todos… Son esas cosas que distinguen a los países que admiramos.


Para evitar desmanes de los políticos y los poderosos en el futuro, el autor, en un guiño al 15-M, echa de menos una “serena rebelión cívica” a la manera del movimiento americano por los derechos civiles. España es un país de retóricas que adormecen y que alejan a los ciudadanos de lo que ocurre. Aunque nos tenemos por gente directa y franca, mirar la realidad, sin velos ideológicos ni encantamientos, es una osadía que se paga en un país como el nuestro. Para que no vuelva a pasar, para que el martillo del olvido no se lleve las lecciones que nos deja esta crisis, Muñoz Molina ha escrito Todo lo que era sólido movido por la obligación cívica de contar sin tapujos y recordar lo que nos ha pasado.


Creo que este libro bien podría convertirse en lectura para bachilleres, pues, como dice el mismo autor, debemos estar atentos y contar lo que pasa, sobre todo para que los que vienen después y den todo por supuesto sepan que lo que tenemos “costó mucho crearlo” y que “perderlo puede ser mucho más fácil que ganarlo”.




jueves, 6 de diciembre de 2012

Sublimación del 15-M




A propósito de 15 M-Te quiero libre, de Basilio Martín Patino

El Pequeño Cine Estudio de la calle Magallanes de Madrid era el último sitio para ver 15 M- Te quiero libre, el documental de una hora de Basilio Martín Patino. La escondida sala de la calle Magallanes –hay que preguntar para llegar a ella; está en un patio interior y no a pie de calle- es un vestigio de un mundo periclitado. Que aguanten sus dueños con un programa hecho a base de cortos y documentales es una proeza. En el Pequeño Cine Estudio resuenan ecos de un mundo de cineclubs, sesiones dobles y mucha mitomanía cultureta difícilmente comprensible para esos chavales de hoy que pasan el día colgados a las pantallitas, irremediablemente lúdicas, de cristal líquido.   

Por lo que cuentan las crónicas, 15 M-Libre te quiero fue muy aplaudida en la Seminci de Valladolid y luego ha tenido una buena cobertura mediática. Si buscamos en Google información sobre el documental nos salen 2,6 millones de resultados. Buena parte de su “trascendencia” se debe al hecho de que su promotor es una de las vacas sagradas del cine en España, Basilio Martín Patino, el mismo que en los años 50, recién salido de la adolescencia, promovió una renovación del casposo cine español de la época en lo que luego se conocería como las Conversaciones de Salamanca y que más tarde haría joyas como Nueve cartas a Berta u Octavia, o documentales como Queridísimos verdugos o Caudillo, sobre Franco, que hizo en la clandestinidad y que tuvieron que esperar a la muerte del dictador para ser estrenados.

Sin embargo, y a pesar de tanto nombre y curriculum, me temo que este trabajo sobre los indignados de la Puerta del Sol no lo han visto ni cien personas en Madrid en los escasos cinco días que ha estado en cartel, en horarios y salas marginales. En el mejor de los casos, 15 M-Libre te quiero aparecerá algún día de madrugada, cuando ya nadie se acuerde, en algún canal especializado de cine de autor, de esos que siguen cuatro gatos, o troceado en Youtube si alguien tiene la osadía (y el buen gusto, y que perdonen la SGAE y los autores) de subirlo. En fin, un mundo a punto de desaparecer. Una pena.  

En todo caso, vamos con la película. Basilio Martín Patino -82 de años ya, aunque no acaba de aparentarlos- se bajó desde el primer momento a la puerta del Sol, cámara en mano, para rodar lo que no era más que el momento final de una manifestación antisistema. En los días siguientes, y hasta que desmantelaron la plaza, rodó 25 horas de tamboradas, debates, convivencias o forcejeos con la policía.  

Martín Patino prescinde de una voz en off que nos guíe y, a pesar de todo, mantiene el interés gracias a un excelente trabajo de montaje. Aunque las imágenes fluyen, sincopadas por esa canción de Amancio Prada con letra de Agustín García Calvo que le da título a la película, uno no deja de pensar, mientras las disfruta en la sala oscura, en el infinito trabajo que le planteó a su minúsculo equipo de colaboradores la selección del material.
El resultado es pura poesía visual.

Dicen que Martín Patino da una imagen quizá demasiado festiva y feliz del 15-M. Una imagen demasiado lúdica que soslaya la crispación de la multitud y sus aspiraciones de regeneración democrática y justicia social. Puede ser. Pero ¿acaso no fue la sentada del centro de Madrid una gran performance? Como el propio Patino, televisiones y fotógrafos de todo el mundo acudieron allí desde el primer momento para dar cuenta de la primera manifestación de esa ira largamente contenida por la sociedad española tras años de crisis económica.

Esa expectación sentimental y mediática se contagió a los acampados de Sol, que acabaron convirtiéndose en protagonistas de un espectáculo construido a base de de proclamas libertarias y reclamos de (imprescindible) regeneración política –“la revolución es ahora”, “lo queremos todo”, “no nos representa el PPSOE”, “si somos el futuro ¿por qué nos dan por culo?”...-, pero también de música, color e inesperada solidaridad.  

En su peregrinaje por el microcosmos de la puerta del Sol, la cámara de Martín Patino, que deja que sea siempre el espectador el que tenga la última palabra –en esto su propuesta es irreprochable-, se topa con imágenes que quizá se conviertan –qué remedio- en iconos de un movimiento de tan nobles como disparatados y vaporosos ideales. Se me viene a la cabeza esa chica que juega con un globo rosa a los pies una columna de policías. Un gesto tan ingenuo como desafiante, puro 15-M.  




Libre te quiero 
(Amancio Prada con letra de Agustín García Calvo)

Libre te quiero 
como arroyo que brinca 
de peña en peña, 
pero no mío. 
Grande te quiero 
como monte preñado 
de primavera, 
pero no mío. 

Bueno te quiero 
como pan que no sabe 
su masa buena, 
pero no mío. 

Alto te quiero 
como chopo que al cielo 
se despereza, 
se despereza, 
pero no mío. 

Blanco te quiero 
como flor de azahares 
sobre la tierra, 
pero no mío. 

Pero no mío 
ni de Dios ni de nadie 
ni tuya siquiera. 

No, no, no, no, no, 
no mío. 
No, no, no, no, no, 
no, no, no, no, 
ni tuyo. 
No, no, no, no, no, 
no, no, no, no, no, 
no mío.