A propósito de la lectura de 'Reduzcamos el papel moneda', de Kenneth Rogoff
Kenneth Rogoff, profesor hoy en Harvard y que entre 2001 y 2003 fue economista jefe del FMI, ha escrito un libro sugerente donde aboga por eliminar el dinero en efectivo, o por lo menos los billetes grandes. Con abundantes cifras, Rogoff nos demuestra que nadamos en un océano de cash, que además no hace mas que aumentar. Sin embargo, en el día a día, el ciudadano corriente se mantiene al margen de este torrente de billetes, manejándose bien con 40 o 50 euros en efectivo y con un par de cientos ahorrados como mucho en algún cajón de casa.
Si en Europa nos repartiéramos los euros que hay en circulación, tocaríamos a 3.200 por cabeza, y de esa cantidad, el 90% serían billetes grandes, de 50 euros para arriba. En Estados Unidos pasa algo tres cuartos de lo mismo.
En ‘Reduzcamos el papel moneda’, Rogoff mantiene que los océanos de dinero que ha salido de las fábricas de moneda están fuera del alcance del ciudadano corriente y sirven desafortunadamente para engrasar la economía sumergida y el fraude en sus más perversas variantes, como el tráfico de drogas o personas, la extorsión o los sobornos a políticos. Es decir, que esos billetes de 200 o 500 euros que raramente hemos visto poco favor hacen al común de la gente y a la economía en general. Y es que el efectivo no sólo sirve a los capos de la droga o a las mafias para mantener la operativa de sus oscuros negocios. Su mal uso está más extendido de lo que parece y también sirve a las empresas "legales" para evadir impuestos o para pagar en negro a sus empleados, eludiendo sus obligaciones con la Seguridad Social.
Rogoff no deja de reconocer las virtudes del papel moneda, pero para neutralizar sus efectos perniciosos propone la universalización de las transacciones electrónicas y la eliminación progresiva -en 10 o 15 años- de los billetes de mayor denominación (a partir de 50 euros en Europa y de 100 dólares en Estados Unidos).
Para evitar la exclusión financiera de los que no han usado una tarjeta -por desconocimiento o por no contar con fondos o recursos suficientes-, Rogoff propone que sea el Estado el que ofrezca un servicio básico y universal de emisión y mantenimiento de tarjetas de débito. En un estadio más avanzado, Rogoff propone ir cambiando los billetes todavía en circulación por monedas de cierto peso que compliquen su transporte y almacenamiento, todo con el fin de evitar el fraude.
La hipótesis de Rogoff de un mundo sin efectivo no es descabellada y es posible que la veamos nosotros o nuestros hijos. Al fin y al cabo, en Occidente el dinero en papel es un invento que no tiene más de tres siglos y que aparece con los vales reales. Además, en nuestra vida cotidiana el efectivo ha ido en claro retroceso desde que en los años 50 el Citibank introdujo el dinero de plástico con la tarjeta de crédito. Y lo que está por llegar -la universalización del pago con móvil o de plataformas de servicios como Apple Pay o Google Wallet- hará más aún prescindible el efectivo. Los países nórdicos, nos recuerda Rogoff, son un buen laboratorio y un precedente real del mundo que viviremos. Los bancos centrales también han empezado a moverse en esta dirección y el BCE, por ejemplo, ya ha anunciado que a partir de 2018 deja de imprimir los billetes de 500 euros, tan vinculados al fraude y al terrorismo. Habrá que estar atentos.
En la segunda parte del libro, Rogoff se pregunta sobre el papel de los bancos centrales, entra en cuestiones de política monetaria y se declara a favor de políticas expansivas, a lo Krugman. Pero eso ya es harina de otro costal.
El enchufe sigue siendo la
primera vía de acceso a un trabajo en España. Hace unas semanas se publicaban los resultados de una macroencuesta(más de 13.000 alumnos consultados en
46 campus privados y públicos de todo el país) que decían que más de un tercio
de los universitarios recurre a los conocidos para hallar empleo. Es la vía más
rápida y segura, muy por delante del contacto directo con las empresas, los
portales especializados o los servicios de prácticas de las universidades, los
COIE.
Es una
disfunción inasumible y lanza un mensaje bastante desalentador, pues al final
lo que se les dice a nuestros jóvenes y, por extensión al resto de la sociedad,
es que los méritos son secundarios y la igualdad de oportunidades una quimera.
Y que, en su lugar, lo que cuenta por encima de todo son las relaciones, en
muchos casos determinadas por el nivel económico heredado y por las
posibilidades de los padres y de la familia. Estamos ante una manifestación más
del bajo rendimiento económico que tiene el conocimiento cualificado en España.
También
el dato deja en evidencia la gestión de las universidades, y concretamente de
sus oficinas de orientación laboral y colocación, los famosos COIE, que en
algunos campus son inexistentes y que en otros siguen sin conectar a los
alumnos con las empresas que les podrían contratar.
La
pervivencia desde la noche de los tiempos del enchufismo es una muestra clara
de que en este país fallan sobre todo las instituciones y los incentivos, y no
tanto la formación de los alumnos o incluso las inversiones destinadas a
educación, por más que en los últimos años se hayan resentido y los recortes
hayan sido drásticos.
Carlos Sebastián, catedrático
de Economía con experiencia en la política y que fue primer director de Fedea,
ha escrito un libro, España estancada, por qué somos tan ineficientes, que insiste en la idea de que nuestro
gran problema está sobre todo en el marco institucional, en las normas y leyes
que nos hemos dado para organizarnos.
Sebastián
sigue la tesis de Acemoglu y Robinson (Por qué fracasan los países) de que la prosperidad de un país depende
mucho más de sus instituciones y de la confianza que tengan sus ciudadanos en
ellas, que del petróleo o el gas que tenga su subsuelo, la posición
estratégica, la cultura que atesore o el clima que disfrute, por benigno que éste
sea.
En este
sentido, la historia reciente de este país es un fracaso reiterado si se
atiende al desarrollo de su armazón institucional. Desde principios de los 90,
mantiene Sebastián, España sufre un deterioro imparable. El impulso reformista
de la Transición se fue perdiendo con los años y, en su lugar, empezó a
consolidarse un estado clientelar, jurídicamente inseguro y profundamente
ineficiente.
Al cabo de los años, las consecuencias son conocidas por todos:
las cúpulas de los partidos han colonizado una buena parte de la vida pública y
han neutralizado o eliminado los organismos de control, creando una estructura
clientelar por todo el país; los políticos también han intentado ocultar sus
intereses con una producción legislativa elevada y bien publicitada, pero
confusa y de escasa calidad; y también ha pervivido y medrado una élite
empresarial alrededor del poder político, de oscuros contratos públicos y del
BOE.
Carlos
Sebastián ha escrito un libro bien documentado y que, pese a su corta extensión
(algo más de 200 páginas) baja al detalle jurídico y económico para ilustrar
los males del reciente diseño institucional español, que, por poner unos
cuantos ejemplos, se ven a las claras en la mal planteada y escasamente
efectiva Ley de Emprendedores, lanzada a bombo y platillo por el Gobierno para
promover la actividad empresarial en tiempos de crisis; en las mil y una
modificaciones de la Ley Concursal; en el indefectible retraso con que se
adaptan las directivas europeas por estos pagos; en la defensa de los intereses
de las grandes empresas que destila la regulación energética en España; en el
oscurantismo que dominan los contratos públicos o en los fraudes de ley en que
incurre la propia Administración, que, sin ir más lejos, incumple
reiteradamente la legislación en materia de plazos de pago, abocando a la
bancarrota de tantas pymes y autónomos.
Volviendo
al tema de la educación, Sebastián insiste en que, llegado a ciertos umbrales
de inversión, los incrementos del gasto se notan poco en la mejora del sistema,
y que son más efectivos cambios institucionales que tienen que ver con la
gestión de los centros y el incentivo del trabajo de los profesores y del
esfuerzo de los alumnos.
Sebastián cree que está sobrevalorada la relación
entre educación y crecimiento económico. Y que la ecuación se escribe más bien
al revés. Será una sociedad de leyes claras y justas, basada en el mérito y el
esfuerzo y en la audacia de sus empresarios, la que tirará necesariamente del
sistema educativo.
Desgraciadamente,
estamos en una economía que valora poco la competencia y el esfuerzo y que
considera sobremanera la cercanía al poder y las relaciones de amistad, el
dichoso enchufismo que hoy sigue siendo la vía más segura para conseguir un
empleo o ascender en el escalafón. Algo que tan bien siguen entendiendo
nuestros universitarios. Y eso, me temo, es un nefasto mensaje y son malas
noticias para todos en el largo plazo.
A propósito de la lectura de 'Recuperar el futuro',
de Luis Garicano y Antonio Roldán
Este libro de Luis Garicano y Antonio Roldán podría ser uno
más de los tantos que se han escrito en España en los últimos años pidiendo un
reseteo general del país. Sin embargo, viendo las posibilidades de Ciudadanos
de estar en primera línea de gobierno, a pesar del relativo batacazo que se
llevó en el 20D, la cosa cambia.
Conviene pues prestar atención a las propuestas de Garicano,
gurú económico del partido naranja, y a su colaborador, que ya no son sólo las
de un par de profesores bien informados en materia económica, sino que se
pueden convertir en guía para abordar en la práctica las tantas reformas
pendientes que tiene este país.
En Recuperar el futuronos encontramos buena parte del
programa político y económico de Ciudadanos y su justificación: defensa del
contrato único y del complemento salarial para los que menos ganan, formación a
la carta para los parados, reforma fiscal para descargar a las clases medias,
reforma de la administración que supondrá la eliminación de las diputaciones y
una reducción drástica del número de ayuntamientos, eliminación de las trabas a
la creación de empresas, reducción de las cuotas a la Seguridad Social de los autónomos…
Luis Garicano y Antonio Roldán, quien es hijo, por cierto, de
uno de los redactores del primer programa del PSOE, parten de la idea de que no
hay que inventar la rueda o echarlo todo abajo para que este país funcione y
supere sus problemas, sobre todo el de la vergonzosa tasa de paro que mantiene
fuera del sistema a tantos millones de familias y a uno de cada cuatro personas
en edad de trabajar. España no está condenada por designio divino -o cosa
que se le parezca- a sufrir lacras como ésta, y está en nuestra manos -vienen a
decirnos- revertir la situación, siempre y cuando se toquen las teclas
adecuadas.
El modelo no hay que buscarlo al otro lado del Atlántico, sino
en el norte de Europa, donde el sistema hace compatibles la eficiencia
económica y una política de igualdad y redistribución aceptada por todos. Como
ya adelantaba Luis Garicano en El dilema de España, mucho mejor Dinamarca que
Venezuela, e incluso que los países anglosajones, donde un discurso a favor del
estado del bienestar pagado con fondos públicos tiene un recorrido limitado y
suele ser boicoteado por políticos de derechas.
¿Cómo alcanzar la meta? En la línea de Acemoglu y Robinson en
el celebrado Por qué fracasan los países, los autores de Recuperar el futuro
nos recuerdan que el desarrollo y el bienestar de una nación dependen sobre todo de contar con
una población formada y con unas instituciones sanas, unas reglas del juego
claras y una atribución correcta de los incentivos que se ofrecen a los
agentes, para que florezcan las buenas prácticas y dejen de ser interesantes
las malas e ineficientes. Así, por ejemplo, nos advierten Garicano y Roldán de que
la corrupción política no será erradicada o llevada por lo menos a niveles tolerables
con el simple reemplazo de los viejos dirigentes por unos nuevos cargados de
buenas intenciones y despojados de deudas con el sistema.
A la corrupción institucionalizada hay que responder con una
combinación de endurecimiento de las penas, rechazo social y moral para el
corrupto y beneficios económicos para el que lo hace bien. En fin, que contra
la corrupción funciona mejor un buen entramado institucional que el mero
recambio generacional o castigos ejemplarizantes que son flor de un día.
Otro ejemplo de que en España lo que fallan son los incentivos
lo encontramos en el mundo universitario, que para los teóricos de Ciudadanos
bordea la ruina. Para subir el nivel docente e investigador y acercar la oferta
de la universidad a la demanda de la sociedad y las empresas, Garicano y Roldán
proponen vincular la financiación a los resultados académicos
y las investigaciones de sus miembros. También una mejor
distribución de incentivos debería subsanar defectos en los niveles básicos
de educación, lastrados por una inasumible tasa de abandono escolar. En este punto, los autores ponen
el énfasis la mejora del profesorado a base de mejores retribuciones para los
maestros más capaces y más autonomía en los centros también para, entre otras
cosas, contratar a los docentes que más destacan.
En fin, Luis Garicano y Antonio Roldán han escrito un libro de
fácil compresión y que va al grano, con la dosis de datos justa para ilustrar
los problemas y no convertirlo en un trabajo sólo para eruditos o lectores avezados en materia económica. Es interesante el apartado de
notas bibliográficas, donde uno puede encontrar bastante de la literatura que
en los últimos 6 o 7 años se ha escrito en todo el mundo sobre meritocracia,
cooperación, justicia, calidad institucional, corrupción, tributación, mercado
de trabajo o innovación. Recuperar el futuro compendia bien estas aportaciones.
Sólo por eso convendría echarle un vistazo.
A propósito
de “El dilema de España”, de Luis Garicano
La crisis ha dejado en España un vago impulso reformista. Está en la
tertulia del bar, en los movimientos vecinales (como el de Gamonal, en Burgos),
en las mareas verdes y blancas de Madrid, en los rescoldos asamblearios del
15-M, en algunas políticas del Gobierno… Después de unos primeros años de
colapso económico en el que proliferaron libros y estudios dedicados a explicar
qué nos había pasado, empiezan a aparecer ahora trabajos más orientados a
decirnos cómo salir del hoyo. Es el caso de este librito de Luis Garicano,
economista de la prestigiosa London School of Economics y colaborador del excelente
blog Nada es gratis, de Fedea, un grupo de análisis fundado por Luis ángel Rojo
e impulsor de propuestas muy denostadas por algunos como el contrato único
indefinido.
Se puede estar más o menos de acuerdo con los economistas de Nada es
gratis, pero Garicano y sus colegas se han tomado en serio la tarea de analizar
con rigor la situación de España desde que entró en la crisis y aportar
soluciones, en algunos casos más allá de la economía, en la línea de una
tradición regeneracionista que antes tuvo valedores como Jovellanos o JoaquínCosta.
Garicano es directo e incisivo, y no deja títere con cabeza a la hora
de buscar responsables del desaguisado. Dos lacras, en su opinión, ha dejado la
fiebre financiera e inmobiliaria que trajo el euro: un país escasamente
formado, con un nivel de fracaso/abandono escolar pavoroso; y unas
instituciones ineficientes, dependientes de una clase política y dirigente escasamente
formada y de cortas miras. Sin educación y sin instituciones de calidad (que
rindan cuentas de forma debida y sometidas al arbitraje de organismos
reguladores independientes), un país no prospera. Esas son las palancas que,
para Garicano, han sostenido el desarrollo de países como Holanda o Alemania,
sin ningún recurso natural extraordinario que explotar, pero con un modelo
económico y de sociedad al que deberíamos tender.
En la línea de César Molinas, Garicano denuncia todo tipo de
corporativismos (conservadores y paralizantes por naturaleza) y el capitalismo
castizo que obliga a pasar por el palco del Bernabeú si uno quiere hacer
negocios en este país. El modelo a seguir debería ser el de los Zaras,
Mercadonas y Mangos, obra de emprendedores periféricos que rompieron esquemas
en su sector y aportaron valor, llegando a ser líderes incluso mundiales, y no
el de las energéticas, los bancos o las grandes constructoras, una oligarquía
reminiscencia de tiempos oscuros, una élite extractiva (Acemoglu y Robinson)
que a largo plazo empobrece el país.
Sin embargo, la situación no es irreversible. España no sufre un
castigo eterno de raíz bíblica. Si casi de un día para otro acabamos con el
tabaco en el trabajo y en los lugares públicos, y la tasa de muertes por accidentes de tráfico cayó un 80%, todo es posible. Al decir de Garicano, este
país tiene solución, por más que la gravedad de la crisis nos haga creer que
vamos a seguir en el túnel por el resto de los tiempos. Además, la solución
está en casa, en la voluntad de cambio de los agentes. No será fácil, pues tristemente,
como recuerda Garicano, “las cosas funcionan mal en gran parte porque, simple y
llanamente, a los actores clave no les interesa
cambiarlas”. Ahí es donde este libro se presenta más movilizador, toda vez que el
autor pide la implicación de todos en el cambio. Eso sí, por el tono y las
insinuaciones, Garicano parece desdeñar aventuras revolucionarias y propone un proceso
de reformas tranquilo, evitando la amalgama de voces y la confusión del 15-M o
la lucha callejera de Gamonal.
Garicano hace un llamamiento a los españoles para que nos rebelemos
exigiendo una clase política a la altura del desafío. No estamos ante un libro
de recetas para abordar sólo la salida de una crisis económica, ni otras que
puedan venir. Su libro, a pesar de estar escrito por un economista y abordar
cuestiones como el boom de la construcción, las deficiencias de la unión
europea y del euro o los factores que hay detrás del ritmo de crecimiento de
los países, va más allá y propone otro modelo de sociedad. Lograrlo no será
cuestión de meses, ni de años, sino de décadas. Requerirá trabajo duro,
seguridad jurídica e instituciones transparentes y responsables. Garicano cree
que es necesario retomar la dirección que había tomado España hasta mediados de
los 90, y que el aluvión de dinero barato que trajo el euro hizo saltar por los
aires.
Sobre el terreno, Garicano propone cosas que al político que lo lea le
dará sarpullido, como reducir el número de ayuntamientos de 8.000 a 600, lo que supondría
que no quedara ninguno por debajo de 20.000 habitantes. También propone que las
comunidades autónomas sean responsables de sus gastos ante los electores. O
cambiar de arriba abajo la educación y sobre todo la universidad, renunciado a
la arraigada pero empobrecedora cultura memorística y a los esquemas de
oposiciones actuales, siniestro modelo decimonónico que no garantiza la llegada
de los más capaces a los puestos clave del servicio público. También aboga por
cambios prácticos y asumibles desde mañana mismo, como retrasar la hora y adaptar los
horarios a Europa para hacer posible la conciliación familiar.
El momento es crucial. Garicano
nos viene a decir que España está ante una oportunidad histórica para
engancharse de una vez por todas a la modernidad y la eficiencia europea, o,
por el contrario, huir hacia adelante cayendo en el populismo de corte
neoperonista y dar como bueno un capitalismo de amiguetes donde la riqueza está
del lado del que tiene contactos y las pérdidas del lado de la sociedad. Para
que todo el mundo lo entienda, Garicano nos pone en una encrucijada improbable,
pero con suficiente fuerza metafórica: Venezuela o Dinamarca. La elección es
nuestra.
El dilema de España es un texto incisivo, pero escrito con elegancia y
gran capacidad de síntesis, y donde la elección de datos es acertada. Hay
rigor, pero los números no oscurecen los argumentos y las ideas que propone
Garicano para mejorar el funcionamiento del país y en definitiva, como se nos
dice en el subtítulo, “vivir mejor”, que de eso se trata.
Sorprende ver cómo algunos tiran hacia adelante y ponen en marcha nuevos proyectos a pesar de la crisis de caballo por la que atraviesa el mundo del libro y la edición cultural. Es el caso de Josep Ramoneda, encargado durante más de una década del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona y colaborador habitual de El País o la Cadena Ser, que en estas semanas presentabael número 1 de la revista La maleta de Portbou,que él dirige y que cuenta con el apoyo deGalaxia Gutenberg y su director Joan Tarrida, así como de los exquisitos libreros de La Central.
Tras el sugerente anacronismo de la cabecera –que es un homenaje al Walter Benjamin que se suicidó en 1940 en la frontera hispanofrancesa cuando huía de la persecución nazi- tenemos una revista que quiere, según su fundador, tomar distancia de la actualidad y los enfoques que le dan los medios de comunicación, pero sin obviar las fracturas económicas y sociales que está abriendo la crisis.
Los grandes gurús del mundo de hoy son los economistas. Los técnicos de la economía o las finanzas aparecen en todas las tribunas dispuestos a responder las desesperadas preguntas que nos hacemos todos por lo que nos está pasando desde hace un lustro. Los economistas se han convertido en los nuevos guías espirituales de un mundo al borde del colapso.
Sin embargo, como decía hace unos días el catedrático de economía Antón Costas en la presentación de la revista en Madrid, la voz de los economistas no es suficiente y su andamiaje técnico se queda corto para explicar lo que nos está pasando. Con la pretensión de corregir esta carencia y contraponer a la razón económica las aportaciones que pueden llegar desde la filosofía, la sociología, la ciencia política o el arte, aparece La Maleta de Portbou.
Todo hace pensar, por el corte ideológico de su director, que la línea de La Maleta de Portbou será muy socialdemócrata. Ya en su lanzamiento lleva una entrevista al exprimer ministro socialista francés Michel Rocard que parece ser una declaración de intenciones. También hay un artículo sobre Schumpeter firmado por Joaquín Estefanía. Pero la fusión de humanidades y economía que propone La Maleta de Portbou también la emparenta con el liberalismo fundacional de Adam Smith, que consideraba que un país no podía salir adelante sin comercio, pero tampoco sin buenas instituciones y sin sólidas convicciones morales.
La Maleta de Portbou se presenta como un espacio para el debate reposado y como un antídoto al guirigay ideológico de los medios tradicionales y al ruido eterno de las redes sociales y los medios online. Por el momento, la revista y sus impulsores desdeñan la Red y su presencia online es meramente testimonial. Creo que en este punto no deberían mostrarse muy intransigentes.
Una publicación que busca influir y ofrecer “una guía para moverse entre tanta cantidad de información” debería tener más presencia en la plaza electrónica. Una revista como esta no debería estar dirigida únicamente a los especialistas del mundo académico o a los viejos acólitos y simpatizantes de la cuestionada socialdemocracia española.
En el primer número hay un artículo de Marina Garcés sobre nuevas formas de politización que es un claro guiño al 15-M, y otro un tanto críptico de Judith Batler (Universidad de California) que se inicia con una sugerente pregunta: ¿Cuál es este “nosotros” que se reúne en la calle y se afirma a veces por la palabra y por la acción? Ahí, en ese espacio indefinido e incierto, pero superador de la socialdemocracia y la izquierda institucional, deben situar Ramoneda y su equipo los debates de la nueva revista si realmente quieren contribuir a un debate actual y evidenciar las fracturas de la crisis.
A propósito de la lectura de Qué hacer con España, de César Molinas
Qué hacer con España es un libro honesto desde el título. César Molinas, un rara avis por
cuanto ha tocado durante su vida profesional muchos palos (ha sido profesor
universitario, directivo de banca de inversión, emprendedor y funcionario de
alto rango), ha escrito un libro de emergencia. La situación del país no es
para menos. Molinas está convencido de que España va a estar muchos años sin
crecer, y de que si no se toman medidas y se hacen reformas de calado la crisis
se prolongará no años, sino décadas, y que finalmente habrá que salir del euro.
Molinas culpa de la mayor parte de nuestros males a la clase
política local, más preocupada de crear burbujas para desviar rentas en beneficio
propio que del interés general. Es lo que Acemoglu y Robinson han llamado las
élites extractivas, un término de gran repercusión mediática, y otros
simplemente chorizos. “Los políticos españoles son los principales responsables
de la burbuja inmobiliaria, del colapso de las cajas de ahorro, de la burbuja
de las energías renovables y de la burbuja de las infraestructuras
innecesarias”. Pero también culpa Molinas de los males del país al excesivo
protagonismo de los “agentes sociales” y a los corporativismos de toda laya que
frenan cualquier intento reformista allá de donde surge.
Aunque es probable que Molinas no comulgue con muchos de los
planteamientos del movimiento 15-M, su crítica a la excesiva politización de la
instituciones del país (desde los organismos reguladores y de control al poder
judicial, pasando por la educación) bien podría ser suscrita por los muchos de
los simpatizantes de la sentada de la Puerta del Sol de Madrid.
El futuro de cualquier nación es su gente y la preparación
que exhiban, y más para un país como el nuestro sin grandes recursos naturales
que explotar. Por eso Molinas no entiende como en España se da la espalda de
manera crónica a la educación, la ciencia, el emprendimiento o la innovación.
Otra vez aparece la miopía de unas élites “de vuelo muy rasante, ortodoxas,
conformistas y muy conservadoras, cuando no reaccionarias, y satisfechas de sí
mismas”.
El autor de Qué hacer con España identifica una triple
crisis: económica (originada por las burbujas); institucional (ausencia de una
verdadera regulación del sistema político y territorial) y moral (desmedido
énfasis en los derechos y olvido de los deberes). Pero el libro no se queda en
identificar problemas y culpables, sino que, respondiendo a las urgencias del
título, se presenta como un completo recetario escrito desde el sentido común,
aunque también desde la ingenuidad y la extravagancia del que piensa que “por
pedir que no sea”. He aquí algunas de las propuestas de Molinas para regenerar
el país:
Reforma de la Ley de Partidos que imponga a
estos un alto grado de democracia interna y transparencia. Hay que regular a
los partidos desde fuera, como pasa en Alemania. Aunque Molinas no lo cita, el
caso Bárcenas es bastante elocuente de los males del sistema actual.
Cambio de la Ley Electoral. No hay sistema
perfecto, pero aboga por un sistema mayoritario donde los candidatos tengan que
disputar la elección en circunscripciones nominales, como en Inglaterra. De
esta manera, la lealtad sería con los electores, y no con el dirigente del
partido.
Los integrantes de los organismos reguladores (CNMV,
Banco de España, CNC, CMT…) deben ser seleccionados por su valía, y no por su
adscripción política. Se acabó la negociación de cuotas o el “ayúdame a poner a
mi candidato y yo te ayudo a poner al tuyo”.
Despolitización de los órganos superiores, como
el Tribunal Supremo o el consejo General del Poder Judicial. Para cubrirlos,
Molinas propone un sistema de lotería entre aquellos magistrados con la
suficiente antigüedad.
En educación Molinas apuesta fuerte: propone cerrar
la universidad española dos o tres años y volverla a construir partiendo de
cero. No cree que el principal problema de la educación sea de financiación, sino
de definir el modelo de aprendizaje, potenciando la excelencia y la calidad.
Critica la igualación por abajo que padece el sistema educativo nacional y propone
más rendición de cuentas, más tasas y más movilidad de estudiantes y
profesores.
En materia de pensiones, Molinas propone
recuperar los planes privados, visto lo ineficiente y arriesgado que ha sido el
mercado inmobiliario como vía para canalizar el ahorro y la inversión a largo
plazo.
También aboga por el contrato laboral único, con
costes de despido crecientes en función de la antigüedad. Se apunta a las tesis
de Fedea. La reforma del mercado laboral debe ir dirigida a que los ajustes se
hagan vía salarios, y no con puestos de trabajo
En fin, estamos ante el recetario propio de un liberal juicioso que
concibió este libro en un coqueto bar del barrio londinense de Belgravia y que
evita los rodeos y las medias tintas con el fin de hacerse entender y no restar
urgencia a las tareas pendientes. Se podrá estar más o menos de acuerdo, pero
hay que reconocerle honestidad, common sense y una defensa siempre del interés
general, todo eso que a las élites extractivas que atenazan al país se les suele olvidar.
Como la crisis no se acaba y ningún gobernante consigue ofrecernos la más mínima esperanza de que algún día lo haga, resulta evidente que tenemos que buscar la solución por nosotros mismos. Teniendo en cuenta la gravedad de la situación, deberíamos, quizá, tomarnos en serio las soflamas de Juan Roig, aunque sólo sea por el aval que suponen las impresionantes cifras de ventas que tan notable empresario ha conseguido en lo más inclemente de la tormenta económica, mientras todos sus competidores sufren los rigores del descenso global del consumo.
Resulta, por tanto, más que interesante el profundizar en nuestro conocimiento sobre el modo de trabajar de los chinos y su “cultura del esfuerzo”, una de las referenciasesenciales en las diatribas que el dueño de Mercadona dirige a la sociedad española para que consiga superar estos tiempos de zozobra. A estas alturas ya conocemos bastante bien el modo de trabajar de los propietarios de los activísimos bazares chinos que han proliferado como setas en las ciudades españolas (horarios amplísimos, poca calidad, condiciones laborales pésimas…), pero, aunque lo supongamos, ¿sabemos realmente cómo se trabaja en China?
Chicas de fábrica, a través de los pormenores de la vida cotidiana de distintas jóvenes chinas a las que la periodista del The Wall Street Journal de ascendencia china Leslie T. Chang conoció en su entorno de trabajo y descanso, describe el mayor movimiento migratorio de la historia de la humanidad, el protagonizado por los trabajadores chinos en su viaje desde el mundo rural tradicional de la China interior, a las gigantescas fábricas de las novísimas ciudades del este de su propio país, y nos ofrece un punto de vista totalmente original, desde dentro, del milagro económico chino. La visión resulta espeluznante…
En un contexto de lucha comercial y personal despiadada y sin reglas, donde todos los productos son susceptibles de ser copiados y producidos en cantidades inmensas para satisfacer el desmedido apetito de los consumidores de todo el mundo (incluida, ya, la propia China) y las relaciones se valoran por su utilidad práctica, las jovencísimas y poco cualificadas trabajadoras chinas, deseosas de un futuro mejor lejos de sus paupérrimas aldeas, se dedican sin desmayo a labores repetitivas en gigantescas cadenas de montaje, distribuidas en larguísimas jornadas pésimamente pagadas.
Las tenaces jovencitas chinas carecen en sus destinos laborales de todo lujo más allá del imprescindible teléfono móvil, no tienen derecho ni siquiera a un lugar mínimamente íntimo y propio en su tiempo de descanso, pues comparten atestadas e insalubres habitaciones dentro de las propias fábricas, y tardan años en volver, y sólo por breves periodos de vacaciones no retribuidas, a sus pueblos de origen, para colmar entonces de regalos pintorescos a sus familiares.
Las más ambiciosas luchan por mejores sueldos y nuevas perspectivas de ascenso profesional en las pocas horas que les quedan libres y se embarcan en “negocios” piramidales con los que estafan a otros compatriotas, pugnan por aprender inglés en academias de dudosa calidad docente, se postulan en “mercados de talentos” para puestos de trabajo más apetecibles (a menudo tan exigentes y mal remunerados como los que ya realizan), o se apuntan a cursos poco ortodoxos de informática básica o de oratoria o de gestión empresarial, con un afán de progreso personal tan encomiable como arduo y, frecuentemente, estéril.
Todos los jóvenes dependen completamente de las agendas de contactos que acumulan en sus teléfonos móviles para sus relaciones de amistad, sus futuras expectativas de cambio profesional y el trato con sus familiares, de forma que la pérdida de tan preciados bienes, muy frecuente por su gran aceptación en las numerosísimas tiendas que los revenden, supone también la desaparición de la única referencia sólida en un mundo permanentemente cambiante.
La corrupción, el ansia de riqueza rápida y la falta de escrúpulos, son el motor de la imparable dinámica de crecimiento económico de las ciudades como la visitada por la autora (Dongguan). En ese entorno, todo, desde las relaciones personales hasta las calles, las fábricas y cualquier otro tipo de negocio, pueden surgir o cambiar radicalmente en cuestión de días o de horas para ofrecer oportunidades sin cuento a los más despiertos y menos escrupulosos.
Es evidente que Juan Roig no aplica en su exitoso imperio comercial los criterios “chinos” de gestión de los negocios que tanto le gusta predicar, por cuanto el trato que ofrece a sus empleados, que gozan de salarios y condiciones de trabajo, al parecer, bastante razonables, la buena calidad de sus productos, sus discretos márgenes comerciales y, por ende, su respeto por los clientes, son cualidades bien diferentes a las que encontró Chang en las ciudades fabriles de China (y que tan bien describe en su libro). ¿Qué opción preferiremos para salir de la crisis?
Chicas de fábrica. De la aldea a la ciudad en la China contemporánea.
A propósito de "Acabad ya con esta crisis!", de Paul Krugman
Se puede estar de acuerdo o no con lo que dice, pero Paul Krugman es una muestra de la calidad del debate público en Estados Unidos. Su libro –en ningún momento esconde sus intenciones- es un llamamiento a la movilización de todos aquellos con capacidad de influencia, “desde los economistas profesionales a los políticos y los ciudadanos inquietos”, para acabar con una crisis que está dejando a muchos millones de ciudadanos fuera del sistema. Y puede que lo consiga, pues Krugman es una estrella mediática mundial y tiene la rara habilidad de convertir un libro donde se habla de la prima de riesgo, la "austeridad expansiva" o la "trampa de liquidez" en un best-seller que se degusta como una novela de intriga.
Como el brillante documental Inside job, el libro de Krugman recurre a un estilo directo, persuasivo y fresco que quiere, en último término, “indignar” (me pregunto cuándo volveremos a utilizar esta palabra sin dar explicaciones) y movilizar. Sin embargo, si la película culpa por igual a financieros y políticos y muestra los pasadizos entre el mundo académico y el del dinero, el Premio Nobel, que durante años ha estudiado los mecanismos de las crisis económicas, pone en el punto de mira a la clase política y deja a un lado a los temidos mercados.
A pesar de su vehemencia de bloguero y columnista, Krugman respeta la inteligencia del lector. Su argumentación no consiste en desacreditar por la vía rápida a sus oponentes ideológicos y académicos. Krugman, que cree que ha sido solo en las tres últimas décadas cuando la derecha estadounidense se ha hecho intransigente en cuestiones económicas, aprovechando en parte el fuerte incremento de los ingresos de la élite, dialoga con ellos.
También muestra las contradicciones de los que en Estados Unidos se han movido su órbita liberal (de izquierdas, para entendernos). A Obama, por ejemplo, le reprocha la falta de ambición que tuvo el primer plan de inversión pública después del desastre de Lehman Brothers. A Ben Bernanke, el presidente de la Reserva Federal, que haya acabado por plegarse a los deseos de los políticos republicanos cuando una década atrás daba lecciones a las autoridades japonesas, incapaces de sacar al país de la recesión con una política de expansión del gasto.
Como declarado keynesiano, asegura que desde mañana podemos empezar a salir de la crisis a través de una política agresiva de inversión pública -“¿De verdad es tan sencillo? ¿Sería de verdad tan fácil?”, se pregunta el autor. “Pues sí; básicamente sí”, se responde-. Krugman insiste una y otra vez: la culpa de que sigamos en crisis después de cinco años y de que en algunos países como España las perspectivas sean bastante lúgubres no es de los mercados, sino de los políticos, economistas y académicos que han confundido el keynesianismo con el socialismo y la gestión centralizada, y que siempre han visto al diablo vestido con el traje del déficit o la inflación.
Acabad ya con esta crisis es, como su título insinúa, un grito desesperado destinado a los políticos y a esa “gente seria” que, desde que estallara la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos, siguen sin resolver una crisis que está acabando con el futuro de una generación.
Krugman echa la vista atrás para poner en la picota a aquellos políticos que desde Jimmy Carter apoyaron la autorregulación de los mercados y la liberalización de la banca, iniciativas que durante tres décadas contaron con el aval legislativo de republicanos y demócratas y que desde la Reserva Federal auspició Alan Greenspan. Krugman recuerda que el aparato teórico en el que se apoyó esta desregulación –apoyado en el mantra que dice que los mercados financieros siempre encuentran los mejores precios para sus activos- siempre fue débil.
El profesor de Princeton proclama que se puede acabar al instante con la crisis, y la solución está en el incremento del gasto público, como paso en Asia en los noventa y en los años 30 del siglo pasado. Sin embargo, antes es necesario, en su opinión, derribar algunos mitos. Al contrario de lo que nos han querido hacer creer, no hay en su opinión evidencias de que una política fiscal expansiva sea perjudicial para el empleo. Muy al contrario, Krugman cita trabajos de campo de los investigadores del poco sospechoso FMI, que identificaron más de 150 casos de austeridad fiscal en países avanzados que acabaron con contracción económica y más desempleo. En este punto, hay que reprochar a Krugman que solo “cite” y no profundice en un apartado crucial para su argumentación.
Tampoco ve razones para sacrificar una generación por la reducción del déficit. Aunque reconoce que el déficit estadounidense es considerable, también considera que es asumible por una economía dinámica y de proporciones gigantescas. “Mientras que los perjuicios causados por el desempleo son reales y terribles, el daño causado por el déficit, a un país como Estados Unidos y en su situación actual, es ante todo hipotético”. Krugman establece paralelismos con la situación a finales de los años treinta y recuerda que “la deuda que [en aquel momento] el Gobierno suscribió para librar la guerra representó, de hecho, la solución a un problema de exceso de endeudamiento privado”.
También critica la ortodoxia alemana en torno a la inflación, la “otra amenaza fantasma”. Y va más allá al sugerir, ¡en línea otra vez con las propuestas del Fondo Monetario Internacional!, que sería eficaz ponerla en el 4% durante un largo periodo de tiempo. Los costes de una medida así, nos dice Krugman citando a la “mayoría de economistas”, serían “poco importantes”. Cuando un país se halla inmerso en una “trampa de liquidez” (se llega a este punto cuando ni unos tipos de interés cercanos a cero impulsan el gasto), la cantidad de dinero que imprimen los bancos centrales es prácticamente irrelevante. Es el caso de Estados Unidos y de Europa en estos momentos.
Sobre el futuro de Europa, Krugman es más bien escéptico. Aunque en su opinión la crisis financiera de Estados Unidos desencadenó el derrumbe en el viejo continente, ese hundimiento habría llegado igualmente, tarde o temprano. La entrada masiva de capitales en algunos mercados, como el español, a raíz del euro, unida a fallos en la construcción europea (poca integración fiscal y casi nula movilidad laboral) tienen la culpa del desaguisado. Para poner coto a los ataques de pánico que deprimen economías como la española, Krugman insta a los Gobiernos y al BCE a estar preparados para la compra de eurobonos.
El columnista de The New York Times duda de la calidad académica del trabajo que respaldó la teoría de “la austeridad expansiva”, que tanto ha dominado el discurso de los líderes europeos en los últimos tiempos y que parte de la idea de que una economía sometida a recortes es la única vía para recuperar la confianza de los agentes y, a la postre, el crecimiento. ¿Cómo es posible –se pregunta- que un país saneado y competitivo como Alemania, y otro con plena autonomía monetaria como Reino Unido, se hayan metido en salvajes recortes presupuestarios que, a la larga, han oscurecido sus perspectivas de crecimiento?
Krugman no cree que la austeridad que desde 2010 se ha impuesto en el viejo continente, y que vino después de una primera fase de la crisis en la que Occidente salvó los muebles gracias al rescate del sector público, sea efectiva en un escenario tan complicado como el actual. Las cifras macroeconómicas, por el momento, hablan solas: hoy media Europa está en recesión, los países del sur del continente están al borde del abismo y sin un plan claro para mejorar su competitividad, y la creación de empleo en Estados Unidos sigue en entredicho.
Por último, Krugman lamenta que cierta moral haya guiado el discurso político en los últimos años y denuncia el “gran engaño” (o autoengaño, según se mire) de los dirigentes, que han querido ver los problemas del Grecia y de los países del sur como el justo desenlace a los tiempos de excesos. La parábola griega de las consecuencias merecidas del despilfarro fiscal se ha extendido por todo el sur y domina el discurso político de la derecha en Alemania o en Estados Unidos. Con la austeridad, recuerda el economista americano, solo ganan los acreedores, mientras que los ciudadanos ven como el sufrimiento se perpetúa.
A propósito de La economía del miedo, de Joaquín Estefanía
Joaquín Estefanía es capaz de contar de forma amena y comprensible lo que está ocurriendo al mundo complejísimo y oscuro de la economía y las finanzas, lo que no es poco en un país como el nuestro, tan dado a la pereza mental y al cliché, y tan falto de divulgadores competentes. Desde sus primeras páginas, La economía del miedo tiene el pulso de un libro de combate o de denuncia. No tanto en la línea de los celebrados panfletos de Stéphane Hessel (Indignaos) o de José Luis Sampedro (Reacciona), y sí en la del discurso de la película Inside Job, donde el desenmascaramiento de la realidad se apoya en un reportaje periodístico contundente, discutible si se quiere, pero serio y rico en fuentes.
En el primer capítulo, que da título al libro, Estefanía analiza el miedo paralizante que, en su opinión, se adueña de una sociedad al borde del abismo económico y que es alentado desde el poder. No son los temores tradicionales a la muerte, el infierno o la enfermedad, sino a esos mercados “que tienden a reducir los beneficios sociales y las conquistas económicas del último medio siglo; miedo a quedarnos sin ese bien cada vez más escaso que se llama trabajo, a reducir nuestro poder adquisitivo, al subempleo, a la marginación económica y social”.
Después, Estefanía baja el tono y elabora un extenso reportaje de 300 páginas sobre las crisis que han asolado la economía mundial desde la Gran Depresión a la Gran Recesión de nuestros días. El crack del 29 y la crisis que se origina en 2007 con las hipotecas subprime centran la atención, pero también la caída de los tigres asiáticos a finales de los noventa, la burbuja japonesa, la suspensión de pagos de México a principios de los ochenta, la “contabilidad creativa” de Enron o Woldcom o la crisis del rublo son casos expuestos con ánimo pedagógico.
Por encima de eso, el trabajo del periodista de El País es una denuncia de los desmanes del neoliberalismo que se ha impuesto en el mundo desde principios de los ochenta con Thatcher y Reagan, que ha primado la desregulación de los mercados y ha tenido como consecuencia un alejamiento del sector financiero de la economía real productiva y de las expectativas de ciudadanos y gobiernos. Estefanía denuncia que siempre hayan sido los estados y las políticas keynesianas los que han tenido que enmendar la plana al capitalismo en su versión neocon. La figura del economista inglés sobrevuela gran parte de libro.
La economía del miedo suscita muchas preguntas (sobre el papel de la economía y de los economistas, sobre el equilibrio democracia-capitalismo, sobre la corrupción como motor del sistema…), pero sobre todo se cuestiona –en línea con lo que se plantea estos días en los centros de poder de este país y del viejo continente- si lo más conveniente para salir del marasmo económico son las políticas de austeridad y recorte. Estefanía recuerda que, paradójicamente, el país que desencadenó la crisis y que es adalid de la desregulación, Estados Unidos, ha seguido inyectando dinero en el sistema como vía para enderezar la situación y reducir una tasa histórica de desempleo. Solo el episodio de la caída de Lehman Brothers respondió a ese principio tan liberal de que “cada palo aguante su vela”, y políticos tan dispares como Bush Jr. y Obama han recurrido sin rubor a planteamientos keynesianos.
Marx, Keynes, Galbraith, Stiglitz, Krugman, Amartya Sen... El libro de Estefanía nos pone sobre la pista de una buena parte de la mejor literatura económica de los últimos 150 años. La pena es que el aparato teórico que saca a relucir no es ni mucho menos completo. Estefanía rehúye la confrontación y el diálogo con la tradición liberal. Las referencias a economistas y pensadores “de la otra orilla” son más bien escasas. Tan solo se detiene brevemente en las figuras de Schumpeter y de Friedman.
Es el punto débil de este largo relato periodístico, que aporta mucha y valiosa información, pero que no llega a dar voz a todas las partes. La economía del miedo está lastrado por ese deseo del autor de confrontar cada episodio de la historia económica reciente con la tesis de partida: la injusticia histórica que supone que el “capitalismo de amiguetes” haya sido rescatado una y otra vez por los poderes públicos sin que nadie parezca haber aprendido la lección.
A la vista de lo acontecido en las últimas décadas, Estefanía no se despide con buenas noticias: “Desde principios de los noventa hay dos características en el sistema que sobresalen por encima de las demás: la acumulación de crisis cada vez más frecuentes (con mayor cadencia y velocidad) y más profundas (con mayor capacidad de contagio por amplias zonas geográficas); y la financiarización de la economía, que consiste en que lo financiero es preponderante en los acontecimientos, y lo productivo o industrial es subsidiario”.
En fin, La economía del miedo es un libro interesante, bien escrito, ágil y ameno –Estefanía recurre con frecuencia a la literatura, el cine o el arte para reforzar sus planteamientos-. El autor hace un buen ejercicio de síntesis y de divulgación para iluminarnos sobre temas extremadamente complejos. Pero, como dije antes, conviene leerlo con cierta prevención, pues Estefanía es un keynesiano convencido y eso se nota en cada línea de su trabajo.
Comentábamos hace poco en este mismo blog las propuestas que nos ofrece Jeremy Rifkin para superar las amenazas que la futura escasez de combustibles fósiles y los graves problemas ambientales existentes suponen para nuestra civilización. Rifkin, recordemos, propone un modelo basado, por un lado, en la esperanza de una sociedad más abierta y participativa y, por otro, en la popular confianza en las ilimitadas posibilidades de la ciencia y la técnica para superar las dificultades globales a las que nos enfrentamos.
Un punto de vista radicalmente distinto al defendido por Rifkin (al menos en lo referente a la fe tecnológica) es el que postula Jorge Riechmann, otro polifacético e hiperactivo autor, en este caso español, y por tanto, mucho menos mediático. Riechmann, a punto de cumplir los cincuenta, es actualmente profesor titular de Filosofía Moral en la Universidad Autónoma de Madrid.
En su interminable currículo se cuentan estudios de Matemáticas, Filosofía, Literatura alemana y Ciencias Políticas (disciplina en la que es Doctor), no menos de dos docenas de libros de poesía, varios de ellos premiados, traducciones de dramaturgos alemanes como Heiner Müller y poetas franceses como René Char (su traducción de Indagación de la base y la cima, fue galardonada con el Premio Stendhal en 2000), un sinnúmero de artículos y de participaciones en simposios, congresos y mesas redondas y una larga lista de ensayos, muchos de los cuales indagan en lo que podríamos definir como ecología social y sus implicaciones filosóficas, políticas, económicas y morales. Una buena forma de conocer el pensamiento y las motivaciones del autor se encuentra en su blog: http://tratarde.wordpress.com/
La Pentalogía de la autocontención está compuesta (no pretende ser necesariamente un oxímoron) por las 1.700 páginas de los libros Un mundo vulnerable, Biomímesis,Gente que no quiere viajar a Marte,La habitación de Pascaly Todos los animales somos hermanos, todos ellos publicados en la interesantísima editorial Libros de la Catarata. La Pentalogía constituye una concienzuda y detalladísima defensa del pensamiento “ecosocialista”, al que representa Riechmann, y puede leerse como un amplio tratado de los fundamentos lógicos y filosóficos en los que se apoya el movimiento ecologista para oponerse al modelo de desarrollo económico que nos guía. Constituye, por lo demás, una interesantísima fuente de reflexiones sobre sostenibilidad ambiental y social.
Riechmann, cómodamente asistido por su abrumadora erudición, que le permite citar con igual soltura a autores “clásicos” del ecologismo como Ayres o Goergescu-Roegen, a sociólogos como Bowles, Gintis o Giddens y a grandes pensadores universales como Habermas o Castoriadis,argumenta prolijamente que, siendo finito nuestro planeta, no podemos pretender que nuestros apetitos y deseos sean infinitos, porque ello conducirá a la autodestrucción de la sociedad tal y como la conocemos y a la ruina ecológica de la Tierra.
Podríamos plantear el dilema al que nos enfrenta la Pentalogía, y el movimiento ecologista en general, en los siguientes términos: ¿es posible que una mayoría mantenga, o consiga, un modo de vida razonablemente complejo y cómodo y, simultáneamente, reducir drásticamente el consumo mundial de materia y energía a fin de evitar una crisis ecológica global?
Riechmann responde afirmativamente, si bien se opone frontalmente a esa grata idea de desarrollo sostenible que se basa en que la solución para seguir viviendo “igual de bien” sin afectar seriamente al planeta consiste en la adopción de sistemas ecológicos en nuestros coches y en nuestros aparatos de aire acondicionado. Por el contrario, para Riechmann, “desarrollo sostenible quiere decir vivir bien sin coche y sin aire acondicionado”, en un mundo de ritmo mucho más lento bajo una economía planificada, donde se diluya el efecto pernicioso de nuestra ambición sin límites, ese corrosivo veneno que nos impulsa a considerarnos los amos de la Tierra y que tantos males acarrea, como, nos recuerda nuestro autor, ya nos reveló Pascal (“he descubierto que todas las desdichas de los hombres proviene de una sola causa: no saben permanecer en reposo dentro de una habitación”).
En consecuencia, Riechmann ataca sin piedad las bases políticas, sociales y económicas en la que se sustenta nuestra “sociedad de la abundancia” (o nuestra aspiración a conseguirla en estos tiempos de crisis), a la que opone una propuesta de actuación social y económica basada en cuatro principios: autolimitación de nuestros deseos y ambiciones o suficiencia, biomímesis o imitación de las soluciones que la Naturaleza nos ofrece, un concepto muy querido también por Rifkin, ecoeficiencia, como antítesis de la terrible ineficiencia de nuestra economía despilfarradora, y precaución, o criterio de refreno del optimismo tecnológico.
A tales principios, nuestro autor, que coincide con Rifkin, partiendo de premisas completamente diferentes, en proponer un modelo más participativo de sociedad, añade el pegamento de la igualdad social y de la cooperación para conseguir fines comunes.
La pretensión de crear una sociedad perfecta ante el terrible vaticinio del advenimiento del reino de la barbarie en un mundo hostil, como consecuencia de nuestra desmesura consumista, tiene todos los rasgos de las profecías milenaristas que tan bien describió John Gray en Misa negra.
Las ideas de Riechmann nos resultan colectivistas, ilusorias salvo en una situación límite y, lo que es más grave, incompatibles con nuestra preciada libertad individual, compañera inseparable de la condición humana desde la Ilustración. Sin embargo, una de las virtudes de la Pentalogía estriba en que tales objeciones son citadas y rebatidas expresamente por Riechmann, que, como buen ecologista utópico, discute la tesis antropológica del predominio innato del egoísmo del ser humano frente al poder del altruismo como motor social, a la vez que reivindica la posibilidad de una vida plena con muchos menos bienes, pero con más relaciones y más tiempo libre (cuestiones en las que profundiza ¿Cómo vivir? Acerca de la vida buena, volumen en el que Riechmann ejerce de editor, recientemente publicado por Libros de la Catarata).
En cualquier caso, la Pentalogía de la autocontención resulta muy perturbadora por cuanto, sorprendidos como el niño inquieto cuando le advierten sobre las previsibles consecuencias de su irresponsabilidad, pero tan decididos como él a continuar con nuestras travesuras, el discurso de Riechmann nos provoca una profunda culpabilidad ante la pésima herencia que legaremos a nuestros hijos, plenamente conscientes de que nunca seremos capaces de aplicar por nuestra propia voluntad un cambio tan radical en nuestras prioridades individuales y sociales como el que el autor nos propone.
Un mundo vulnerable. Ensayos sobre ecología, ética y tecnociencia, 2001, 23 euros, 424 páginas.
Gente que no quiere viajar a Marte. Ensayos sobre ecología, ética y autolimitación, 2004, 17 euros, 256 páginas.
Todos los animales somos hermanos.Ensayos sobre el lugar de los animales en las sociedades industrializadas, 2005, 20 euros, 360 páginas.
Biomímesis. Ensayos sobre imitación de la naturaleza, ecosocialismo y autocontención, 2006, 20 euros, 368 páginas.
La habitación de Pascal. Ensayos para fundamentar éticas de suficiencia y políticas de autocontención, 2009, 19 euros, 320 páginas
Todos los títulos están editados por Libros de la Catarata