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martes, 4 de julio de 2017

Las redes sociales pueden ser un infierno


A propósito de la lectura de ‘Arden las redes’,
de Juan Soto Ivars

En menos de 140 caracteres se han escrito cuentos espléndidos y canónicos, aforismos definitivos sobre el arte de amar, vivir o morir, y versos o estribillos que se nos han quedado grabados para siempre y que forman parte de nuestra memoria sentimental. Pero también en menos de 140 caracteres se han escrito y se están escribiendo en el momento que escribo esto miles, millones de comentarios y exabruptos que suenan a condena, a linchamiento y a humillación. Ya no estamos en las reflexivas palabras de un libro o de una canción, sino en el terreno volcánico de Twitter.

Hace unos años ya, cuando emergieron con fuerza redes sociales como Facebook o Twitter, muchos ciberentusiastas y optimistas digitales las saludaron como una nueva vía para conseguir una comunicación fácil, igualitaria y libre. Ha pasado el tiempo y se puede decir que las redes sociales han servido en algunos casos para eso, pero también han tenido el efecto contrario. En muchos momentos han emponzoñado el debate tranquilo, racional y respetuoso y han servido para reprimir ideas y linchar al que opina diferente, humillándolo y destruyendo su reputación. Se puede decir que las redes sociales liberaron y establecieron una censura al mismo tiempo. Twitter es, por un lado, una herramienta de información y para estar al día, pero al mismo tiempo, es un generador de información basura y descontextualizada. Es el amargo despertar de ese sueño de paraíso tecnológico que, como todos los paraísos, no va a llegar nunca.

En su libro Arden las redes, el periodista Juan Soto Ivars analiza los mecanismos de esta nueva forma de censura de las redes sociales y hace un repaso de los principales casos reales de linchamiento en la web que se han dado en España en los últimos años y que han llevado a un clima asfixiante y a situaciones intolerables que creíamos de otra época. De hecho, para Soto Ivars estas formas blandas de censura o poscensura son hasta cierto punto una reedición actualizada de aquellas versiones más contundentes de control ejercidas por las dictaduras del siglo XX o, más tarde, por los poderes económicos de las corporaciones.  

En Arden las redes los protagonistas son algunas de las víctimas de atropello y linchamiento virtual que más han trascendido, y también sus verdugos: feministas, religiosos, nacionalistas de cualquier tipo... El libro es un martirologio, un repaso por los casos de aquellos que han sufrido un juicio paralelo y han visto cómo de un día para otro su prestigio y su reputación se esfumaban por un comentario desafortunado o malinterpretado, y eran víctimas de las hordas de haters, trolls y extremistas que, amparándose en el anonimato de Internet, no tuvieron contemplaciones con el que se saltó la corrección política, el que ejerció de disiente improvisado o el que vio las cosas de otra manera a través del humor. María Frisa, condenada por reírse de la adolescencia en un libro que lleva por título 75 consejos para sobrevivir al colegio; Nacho Vigalondo, que pagó caro un comentario de viernes de fiesta en que se refería al Holocausto como un montaje, a pesar de que luego se disculpara por activa y por pasiva; Jorge Cremades, el humorista que parodiaba la vida en pareja y que un día pagó por una declaración sacada de contexto en una entrevista… Ellos, y otros como Justine Sacco, Guillermo Zapata o Vicent Belenguer, son algunos de los triturados en los últimos tiempos por la corrección en Twitter que aparecen en este libro.

Soto Ivars analiza los resortes psicológicos que llevan a un ciudadano apacible y educado a montar en cólera y volverse un energúmeno en las redes sociales. También da un tirón a la profesión periodística, que en los momentos más álgidos de linchamiento no ha dudado en subirse al carro, sin contrastar sus informaciones o hablar al menos con las víctimas para ver si estaban ante un caso de calumnia. El periodista Ivars saca tarjeta a sus compañeros de oficio por anteponer la busca de notoriedad, tráfico en Internet e ingresos al rigor informativo.

En última instancia, el libro, que está bien escrito y documentado, aunque sea un poco largo y reiterativo, debe servir como una llamada de atención a los que meditan poco lo que escriben en el muro de Facebook o en el timeline de Twitter. Porque, como advierte el autor, cualquiera de nosotros podemos ser los próximos en ir a la pira. Así están las cosas.




jueves, 24 de julio de 2014

El viento en las hojas, de José Ángel González Sainz



Conviene leer los siete cuentos que componen este librito de José Ángel González Sainz muy despacio, o quizá dos veces. Por el misterio que envuelve a las historias y por la exquisitez de su prosa, puro deleite. La escritura de González Sainz es precisa y está muy trabajada, y casi siempre se impone a la minúscula trama de sus relatos. Es probable que lo que nos llega finalmente publicado por Anagrama, en este caso 130 páginas que se leen en dos tardes, sea el producto de un arduo ejercicio de contención y también de cribado. Intuyo que González Sainz trabaja como el poeta o el músico que saca adelante un tema a base de tachar y tachar en la libreta y repetir acordes hasta la extenuación.

Algunos relatos son sencillamente perfectos, aunque se nos escape su sentido o éste se multiplique por la indefinición en la que los deja el autor, lo que los hace aún más atractivos. El poco comercial González Sainz nos habla de un mundo (provinciano y rural) periclitado y suspendido en el tiempo, sin referentes más allá del discurso interior de unos personajes perplejos, siempre a la busca de respuestas en unas palabras -esquivas, provisionales- que le dan poderío al texto, pero que perpetúan sus dudas sobre el amor, la muerte, la soledad, el paso del tiempo, la libertad o el deseo. “De existir con independencia de mi mente, qué pinto entonces yo”, se pregunta sin afanes filosóficos el protagonista de Durante el breve momento que se tarda en pasar, un padre hipnotizado por la figura perfecta de una mujer detrás de un escaparate.

Con pocos pero trabajados recursos, González Sainz nos presenta instantes de existencias despojados de cualquier referencia temporal y casi espacial, momentos que, al fin y al cabo, hacen la vida misteriosa, pero plena. Las palabras, su musicalidad e incluso la puesta en cuestión de su sentido son los elementos con los que el escritor crea la tensión que nos mantiene atentos al relato hasta la última línea. El miedo de una madre que ve cómo su hija se acerca al precipicio mientras juega a hacer pompas de jabón; el anciano que anuncia su muerte a sus amigos de tertulia en el café y espera que éstos la acepten como si nada; el padre de familia que es seducido por la embriagadora sonrisa de la vendedora de helados a que acude con su hijo; el excursionista que no sabe cómo abordar el encuentro con otro andante solitario camino del río... Y, como los de Alice Munro, los relatos de González Sainz toman el giro definitivo a la vuelta de una frase, cuando uno menos se lo espera. 

Dice Jon Juaristi que González Sainz es un maestro del idioma que se prodiga menos de lo que sería deseable. Probablemente tenga razón. En 25 años ha sacado cuatro libros, historias que, fiel a su estilo, quedan condensadas en libritos de pocas páginas pero exquisita literatura. Ojos que no ven, el anterior, tuvo cierta repercusión porque nos hablaba de las heridas que deja el nacionalismo en una familia de emigrantes en el País Vasco. Ahí, la política era pretexto para hablar del eterno conflicto paterno-filial y del destierro interior que sufren los que viven ajenos a las fascinaciones de la mayoría.  



martes, 23 de abril de 2013

Victus o una epopeya de la resistencia catalana




A propósito de la lectura de Victus, de Albert Sánchez Piñol


Albert Sánchez Piñol, escritor y antropólogo muy apreciado en Cataluña por la novela de ciencia-ficción La Pell Freda, es un catalanista convencido. En una entrevista concedida a Jordi Milian para el famoso blog L’Illa dels llibres, en ocasión de la publicación de Victus (Edicions La campana), Sánchez Piñol, al ser interpelado sobre si encontraba similitudes entre la época de 1714, marco de su novela, y la actual, respondía: “Sí. En el 1714 nos machacaron físicamente. En el 2014, simbólicamente. Pero en el fondo es lo mismo. Lo que quiero decir es que hoy en día, y en la Europa occidental, la violencia del poder se ejerce por otros medios, pero en última instancia el objetivo es el mismo. También debo admitir que yo nunca he creído en el concepto de España...”.

Por si quedara alguna duda, en una entrevista concedida al diario El Periódico, Sánchez Piñol afirma, en relación con la toma de Barcelona por las tropas borbónicas en 1714, que "fue una derrota apocalíptica, una derrota militar e institucional, pero ha dejado un capital simbólico que hoy se puede expresar con orgullo (...) el problema no se ha resuelto. Estos 300 años han sido un paréntesis", tesis que parece avalada por la pretensión del actual Gobierno catalán de celebrar una consulta soberanista en la fecha precisa del tercer centenario del desastre.

Está clara la opinión del autor, ¿contamina con ella la novela? Por supuesto que sí. Una obra literaria no es más que un ejercicio de manipulación, como el propio Sánchez Piñol da por sentado en otra entrevista publicada en La Vanguardia. Con esa idea en mente, cabría describir Victus como una suerte de epopeya de la resistencia de las clases populares catalanas en defensa de sus derechos sociales y políticos contra Felipe V, durante la Guerra de Sucesión.



Pero no nos confundamos, numerosos historiadores coinciden en afirmar que la documentación historiográfica que ha manejado Sánchez Piñol es exhaustiva y que el reflejo histórico de los hechos a lo largo Victus está bien conseguido. Ello no le resta naturalidad a la novela y el relato fluye de manera ágil y amena, pese a las frecuentes y eruditas referencias sobre fortificaciones y asaltos que lo salpican, y todo gracias al tono popular y hasta barriobajero con el que el protagonista, Martí Zuviría, pícaro pero ilustrado ingeniero militar, describe su vida a una caricaturesca amanuense, supuesta escritora de los hechos.

Así, el clásico artificio literario del dictado oral concede a Victus una gran frescura, que se plasma en las descripciones vehementes y las contundentes opiniones de su protagonista. Es, precisamente, a través de esa visión personal de Martí Zuviría donde se refleja la intención política del autor, que hace equilibrios en el filo de la Historia; basten un par de citas de entre las muchas que la novela ofrece sobre el mismo tema:

“En realidad España no existe; no es un sitio, es un desencuentro”...

 “La hidalguía española...la hidalguía española...¡Me tiro un pedo en su hidalguía! ¿Qué teníamos nosotros que ver con esa gentuza? Para un castellano de pro trabajar era una deshonra; para un catalán, la deshonra era no trabajar”

Victus es, en fin, un libro muy atractivo no sólo por su fácil lectura sino también por añadir nuevos argumentos, en forma de mítica gesta histórica, al fuego de la reivindicación de la patria catalana. Ambas circunstancias tienen fiel reflejo en el maremágnum que la Red ofrece sobre la novela, en forma de entrevistas al autor, citas en los más variados blogs, elogios extremados y críticas furibundas (incluso de ciertos sectores culturales catalanes, que reprochan a Sánchez Piñol que el original de la novela esté escrito en castellano). ¿Qué más se le puede pedir a una novela?.

De todo ello he salido tan perplejo y con mis limitados conocimientos históricos tan cuestionados (sigo sin asimilar que 300 años no hayan servido para nada) que mi próxima  lectura va a ser La Guerra de Sucesión de España (1700-1714), de Joaquim Albareda, un reciente y bien considerado ensayo de síntesis que, me aseguran, arroja mucha luz sobre el sangriento conflicto internacional que ensombreció Europa a principios del siglo XVIII y sobre sus profundas consecuencias para Cataluña y, en fin, para España.



lunes, 27 de junio de 2011

El largo invierno de la izquierda


Cuando la crisis económica azotaba con más fuerza, los trabajadores británicos, viendo peligrar sus empleos, se movilizaron en varios puntos del país contra la presencia de ciudadanos procedentes de la Unión Europea y empleados, como ellos, en centrales nucleares, fábricas de coches o refinerías de todo el país. Era el mundo al revés. Con una crisis financiera de tamaño colosal a los trabajadores no se les ocurre otra cosa que tirar los trastos al vecino.
Aunque es un ejemplo extremo de extravío ideológico (prueba de ello es que en las semanas siguientes los sindicatos europeos no dejaron de poner el grito en el cielo tachando de xenófoba la reacción de sus colegas isleños, que en vez de arremeter contra el poder político y la oligarquía económica y financiera, culpable última del desaguisado de la crisis, la emprendieron con sus colegas), el hecho pone en evidencia la decadencia de la izquierda y de sus valores fundacionales, precisamente en su feudo de siempre, el de la working class.
El momento lo recuerda con tristeza Irene Lozano en un librito con título que suena a obra a autoayuda (Lecciones para el inconformista aturdido en tres horas y cuarto por un ensayista inexperto y sin papeles) y que, en realidad, es un pequeño manual, una brújula, para aquellos que se declaran de izquierdas, pero sólo encuentran en los partidos que los representan políticas incongruentes que ahondan su decepción.
¿Cuáles son esos valores irrenunciables que hoy, al decir de la autora, han sido olvidados por la izquierda oficial, incluido el PSOE? Precisamente la visión ecuménica de la que adolecieron los trabajadores británicos, una idea universal de la justicia que se marque como fin último erradicar la lacerante desigualdad en todo el planeta debería ser el eje vertebrador de una política de progreso. Suena a viejo, pero es que sigue siendo una tarea pendiente descomunal.
La cita de Bobbio traída por Lozano deja las cosas claras: “La distinción entre derecha e izquierda, para la que el ideal de igualdad siempre ha sido la estrella polar a la que ha mirado, es muy clara. Basta con desplazar la mirada de la cuestión social en el interior de cada estado, de la que nació la izquierda en el siglo XIX, hacia la cuestión social internacional, para darse cuenta de que la izquierda no sólo no ha concluido su propio camino, sino que apenas lo ha comenzado”.
Lozano, que no disimula su preferencia por un humanismo a lo Camus, critica que la deriva nacionalista de la izquierda institucional o su adhesión a los múltiples particularismos que, desde los años 60, han copado el discurso político, como el feminismo o el multiculturalismo en los países ricos, hayan abocado a esta miopía. Además de los nacionalismos, el discurso progresista ha estado lastrado en las últimas décadas, al decir de Lozano, que fue articulista habitual del diario ABC y editorialista de El Mundo, por el ataque de una posmodernidad que inauguran Adorno y Horkheimer en Dialéctica de la Ilustración.
La izquierda oficial, enfrascada en mil batallitas y más preocupada por perpetuarse en el poder a golpe de leyes sensacionalistas que sólo la legitimarán ante su parroquia más fiel, ha perdido el norte y va perdiendo por el momento la gran guerra con la derecha y con el poder económico. Prueba de ello, como recuerda la autora, es que, de haber tenido buenos fundamentos, se habría embarcado, aprovechando la que está cayendo, en un cambio profundo del capitalismo. Sin embargo, su debilidad sólo le da para esperar a que escampe, con la esperanza, eso sí, de que la crisis sea “un corto invierno”.    
Lozano ha escrito un libro directo, ameno (la autora conversa con gentes tan diversas como Montaigne, Condorcet, Camus, Russell, Weil, Woolf o Hayek)  y de fácil lectura que servirá de brújula para izquierdistas desnortados y decepcionados, y para los que en los últimos años se han podido sentir tentados por una derecha más pragmática que sale sin rubor a pescar en caladeros ajenos. La línea argumental de Lozano es sólida, aunque es interrumpida en muchos momentos por  soliloquios sentimentales que, aunque dan frescura al texto, restan contundencia al discurso.  



Lecciones para el inconformista aturdido en tres horas y cuarto por un ensayista inexperto y sin papeles
Irene Lozano
Editorial Debate
Octubre 2009
205 páginas
17,90 euros