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lunes, 17 de agosto de 2015

El reformismo como solución




A propósito de la lectura del libro ‘Mañana será tarde’, de José Antonio Zarzalejos

En los últimos la avalancha de libros con recetas para la regeneración del país ha sido de impresión. Políticos, sociólogos, economistas, urbanistas, literatos, científicos e incluso cocineros y faranduleros han intentado dar con las fórmulas para rehacer un país esquilmado por la crisis económica y descreído y desmoralizado por la inoperancia institucional y la corrupción.

Mañana será tarde, del veterano periodista José Antonio Zarzalejos, director en su día de El Correo Español y del ABC, vuelve a ofrecer un diagnóstico de los males de España. Zarzalejos se centra en cinco puntos: la corrupción, la monarquía, los nacionalismos catalán y vasco y los medios de comunicación. Frente a otros “regeneracionistas” de nuevo cuño que se quedan en vaguedades, el libro del periodista bilbaíno es riguroso. Y eso es de agradecer. Los problemas están bien expuestos y contextualizados, y el libro abunda en datos y referencias a artículos, informes, sentencias judiciales y libros que pueden servir a los que quieran ir más allá, sin por ello quitarle fluidez a la argumentación.

Zarzalejos es un moderado, pero no un tibio. El autor huye del trazo grueso que impone la nueva “democracia mediática” de programas como La Sexta Noche, El gran debate (Telecinco) o La Tuerka (Público TV). Y se moja al analizar el papel hoy de la monarquía, el devenir político en Cataluña o la situación en un País Vasco donde el autor vivió amenazado por los terroristas. Precisamente, el capítulo más sentido es el que dedica al conflicto vasco. En esas páginas Zarzalejos echa la vista atrás para reconocer el Síndrome de Estocolmo que durante un tiempo presidió su relación con los asesinos y la tibieza con que recibió durante años las noticias de las matanzas de los terroristas. Y advierte de que la izquierda independentista trabaja ahora para que se imponga un tratamiento simétrico a las víctimas de ETA y de los GAL, y recuerda que los etarras y su entorno no sólo se retractan, sino que buscan una legitimidad basada en el olvido. Al nacionalismo del PNV le pide que adopte un concepto integrador de ciudadanía, y abandone el excluyente de pueblo.

Para explicar el giro último del nacionalismo catalán, ahora abiertamente independentista, Zarzalejos no entra en debates históricos ni retrocede a la famosa entrada de las tropas de Felipe V en Barcelona, en 1714. El origen del problema, en su opinión, es mucho más reciente. Para el periodista, colaborador de La Vanguardia, es Jordi Pujol el que empieza a preparar en su momento el independentismo actual, abandonando la senda autonomista y de consenso de la Transición. Un proceso en el que Pujol cuenta con la ayuda inestimable de la izquierda catalana y del PSC, que no vieron mejor manera de minar el predominio de Convergencia que asumiendo sus aspiraciones nacionalistas. En cualquier caso, Zarzalejos asume que al día de hoy, el problema ha ido muy lejos, y que no es tiempo de crispar más los ánimos, sino de llegar a un entendimiento político y abandonar la vía judicial como salida.  En el medio plazo, cuando las aguas se calmen, supondrá una reforma de la Constitución.

Zarzalejos abomina de aquellos que quieren derribarlo todo para construir desde cero. Su propuesta es la de un reformismo tenaz y eficaz, una vía inaudita de progreso en un país tan cainita y visceral como España, pero que es la seña de identidad de las democracias avanzadas en el mundo. Esa deberá ser la vía para recuperar al país de los destrozos de una corrupción que se hizo sistémica y vergonzosamente aceptada por todos en los años de las vacas gordas, y ese deberá ser el camino también para que la monarquía recupere la legitimidad perdida en los últimos años. A Felipe VI le pide un desarrollo normativo que dé carpetazo de una vez a discrecionalidad que fomentó su padre, a quien recrimina que durante décadas se haya movido en el limbo legal para campar a sus anchas e interferir veladamente en el devenir político. El objetivo: hacer una monarquía “más transparente, funcional, responsable y austera”.

En fin, José Antonio Zarzalejos ha escrito un libro de actualidad, interesante y bien documentado. Como corresponde a un periodista que se precie. Sus presupuestos son los que, salvando matices, defendería cualquier ciudadano interesado en la modernización del país y en resolver los problemas institucionales que lo ponen en jaque. Estoy de acuerdo con lo que dice Antonio Muñoz Molina en el prólogo: puestos a analizar los problemas más acuciantes de España, se echan en falta capítulos dedicados a ámbitos como la educación o las desigualdades. Y también creo que, al hablar de la agonía de los medios de comunicación en España, subestima Zarzalejos el efecto de Internet en la crisis del periodismo. Para Zarzalejos, la caída en picado de la profesión tiene más que ver con la pérdida de legitimidad de las grandes cabeceras, que hoy son percibidos como parte del poder que nos ha metido en la crisis, que con la falta de un modelo de negocio para el nuevo entorno online. Creo que es discutible.






martes, 23 de abril de 2013

Victus o una epopeya de la resistencia catalana




A propósito de la lectura de Victus, de Albert Sánchez Piñol


Albert Sánchez Piñol, escritor y antropólogo muy apreciado en Cataluña por la novela de ciencia-ficción La Pell Freda, es un catalanista convencido. En una entrevista concedida a Jordi Milian para el famoso blog L’Illa dels llibres, en ocasión de la publicación de Victus (Edicions La campana), Sánchez Piñol, al ser interpelado sobre si encontraba similitudes entre la época de 1714, marco de su novela, y la actual, respondía: “Sí. En el 1714 nos machacaron físicamente. En el 2014, simbólicamente. Pero en el fondo es lo mismo. Lo que quiero decir es que hoy en día, y en la Europa occidental, la violencia del poder se ejerce por otros medios, pero en última instancia el objetivo es el mismo. También debo admitir que yo nunca he creído en el concepto de España...”.

Por si quedara alguna duda, en una entrevista concedida al diario El Periódico, Sánchez Piñol afirma, en relación con la toma de Barcelona por las tropas borbónicas en 1714, que "fue una derrota apocalíptica, una derrota militar e institucional, pero ha dejado un capital simbólico que hoy se puede expresar con orgullo (...) el problema no se ha resuelto. Estos 300 años han sido un paréntesis", tesis que parece avalada por la pretensión del actual Gobierno catalán de celebrar una consulta soberanista en la fecha precisa del tercer centenario del desastre.

Está clara la opinión del autor, ¿contamina con ella la novela? Por supuesto que sí. Una obra literaria no es más que un ejercicio de manipulación, como el propio Sánchez Piñol da por sentado en otra entrevista publicada en La Vanguardia. Con esa idea en mente, cabría describir Victus como una suerte de epopeya de la resistencia de las clases populares catalanas en defensa de sus derechos sociales y políticos contra Felipe V, durante la Guerra de Sucesión.



Pero no nos confundamos, numerosos historiadores coinciden en afirmar que la documentación historiográfica que ha manejado Sánchez Piñol es exhaustiva y que el reflejo histórico de los hechos a lo largo Victus está bien conseguido. Ello no le resta naturalidad a la novela y el relato fluye de manera ágil y amena, pese a las frecuentes y eruditas referencias sobre fortificaciones y asaltos que lo salpican, y todo gracias al tono popular y hasta barriobajero con el que el protagonista, Martí Zuviría, pícaro pero ilustrado ingeniero militar, describe su vida a una caricaturesca amanuense, supuesta escritora de los hechos.

Así, el clásico artificio literario del dictado oral concede a Victus una gran frescura, que se plasma en las descripciones vehementes y las contundentes opiniones de su protagonista. Es, precisamente, a través de esa visión personal de Martí Zuviría donde se refleja la intención política del autor, que hace equilibrios en el filo de la Historia; basten un par de citas de entre las muchas que la novela ofrece sobre el mismo tema:

“En realidad España no existe; no es un sitio, es un desencuentro”...

 “La hidalguía española...la hidalguía española...¡Me tiro un pedo en su hidalguía! ¿Qué teníamos nosotros que ver con esa gentuza? Para un castellano de pro trabajar era una deshonra; para un catalán, la deshonra era no trabajar”

Victus es, en fin, un libro muy atractivo no sólo por su fácil lectura sino también por añadir nuevos argumentos, en forma de mítica gesta histórica, al fuego de la reivindicación de la patria catalana. Ambas circunstancias tienen fiel reflejo en el maremágnum que la Red ofrece sobre la novela, en forma de entrevistas al autor, citas en los más variados blogs, elogios extremados y críticas furibundas (incluso de ciertos sectores culturales catalanes, que reprochan a Sánchez Piñol que el original de la novela esté escrito en castellano). ¿Qué más se le puede pedir a una novela?.

De todo ello he salido tan perplejo y con mis limitados conocimientos históricos tan cuestionados (sigo sin asimilar que 300 años no hayan servido para nada) que mi próxima  lectura va a ser La Guerra de Sucesión de España (1700-1714), de Joaquim Albareda, un reciente y bien considerado ensayo de síntesis que, me aseguran, arroja mucha luz sobre el sangriento conflicto internacional que ensombreció Europa a principios del siglo XVIII y sobre sus profundas consecuencias para Cataluña y, en fin, para España.