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martes, 10 de enero de 2017

La patria rota de Fernando Aramburu


A propósito de la lectura de 'Patria',
de Fernando Aramburu

Hubo en tiempo, a finales de los 70, en que los asesinatos de guardia civiles y militares a manos de ETA casi no tenían repercusión en la prensa. Más tarde, la escalada de los atentados y la sinrazón del fanatismo ideológico en el País Vasco hizo a muchos percibir que aquello era intolerable y que, además, de una u otra manera, nos afectaba a todos. Sin embargo, y a pesar de la crudeza de los coches bomba que sembraban de cadáveres calles y plazas de todo el país, de los artefactos detonados en las casas-cuartel o de los secuestros con final trágico, como el de Miguel Ángel Blanco, en el País Vasco se instaló durante décadas una violencia silenciosa que siguió pasando desapercibida, una guerra civil larvada entre los autoproclamados defensores de la patria y los que, por no compartir su fanatismo, quedaban al otro lado y eran marcados con la cruz eterna de la sospecha y la ignominia.

Este libro de Fernando Aramburu nos habla de esa herida abierta, lacerante, que no ha sido tan protagonista en los medios de comunicación, pero que, como una lluvia fina que acaba calando, ha terminado por devastar la vida de tanta gente corriente en tantos pueblos de Guipúzcoa o Vizcaya, y ha obligado a callar a muchos y a dejar su tierra a otros que no pudieron con el miedo y el amedrentamiento.
   
No sé si Patria es el mejor libro del año en España, pero entiendo que a muchos les hayan enganchado y emocionado hasta la médula las peripecias y los sentimientos encontrados de esas dos familias de un pueblo de Donostia, amigas en otro tiempo, y condenadas a enfrentarse por la deriva fanática de algunos de sus miembros. Aramburu da muestras de un excelente oído para dar cuenta del discurso interior de los muchos personajes de su novela, tan variados como pueden ser las opciones vitales y políticas en una sociedad compleja, por más que algunos se hayan afanado durante décadas para imponer un discurso de buenos y malos, de integrados y periféricos, de purasangres y maquetos/españolitos.

El relato se articula en torno a la complicidad primero y el enfrentamiento más tarde de Miren y Bittori, las dos amas que en primer plano o en la sombra marcan el tono emocional del relato y que en ocasiones me recuerdan a aquella espléndida Carmela Soprano de la popular serie de televisión. El drama en Patria es más sentido y cercano porque Aramburu no nos habla de militares o políticos que, sabedores de las consecuencias, aceptaron el riesgo de llevar la contraria, sino de gente corriente que va a trabajar, que cultiva el huerto y que se divierte montando en bici o preparando un pescado al horno en una sociedad gastronómica, y que, por la sinrazón y el resentimiento de clase de algunos, amigos antaño, tendrán que sufrir años de escarnio, humillaciones y pintadas premonitorias antes de acabar con sus huesos en la tumba de un cementerio que no es el suyo, para no levantar suspicacias entre los matones.

Patria es un cuento de 600 páginas sobre la imposibilidad de olvidar y la necesidad del perdón, una historia inolvidable y que uno no quiere que se acabe a pesar del dolor contenido.  Un cuento que parte de la realidad más cotidiana y creíble, pero que, en algún momento, y por exigencia de un guión que vuelve al punto de retorno, consigue trascender, suspender esa oscura de realidad de partida y convencernos de que después de tantos años de lluvia y ventarrón, el sol sigue estando ahí arriba.  

Muchos dicen que, ahora que ETA ha dejado de matar y que se vislumbra un futuro en paz en el País Vasco, está por escribirse el relato que va a quedar a nuestros hijos de los años negros de terrorismo independentista. Que está en juego el recuerdo que va a quedar para la posteridad de estos tiempos de barbarie. Si es así, el libro de Aramburu llega en buen momento. Con su prosa cristalina y recurriendo siempre a personajes y situaciones creíbles y emotivas, Patria va a contar a los que vengan el drama oculto del terrorismo en el País Vasco.


miércoles, 11 de noviembre de 2015

Morir en Nueva York




Dice Gabriela Ybarra en su libro El comensal que la relación con la muerte en Estados Unidos es más natural que en España. En concreto, se refiere a que en Norteamérica “son muy brutos a la hora de decirte las cosas.” 

La autora se basa en la experiencia de su madre en un hospital de Nueva York para el tratamiento del cáncer. Uno de los doctores, al tiempo que le regalaba un clavel metido en un vaso azul, le informó sin preámbulos que el cáncer se había expandido a distintas partes del cuerpo y que iba a morir en cuestión de días.  Posteriormente un psicólogo la visitó en su habitación y tuvo una conversación con ella. El lector no conoce en ningún momento el contenido de estas conversaciones con los profesionales.

La madre de la autora falleció en Madrid, pocos días después. El libro, no necesariamente una novela como se ha dicho por mucho que realice una reconstrucción del secuestro y muerte de su abuelo a manos de ETA cuando ella no había nacido,  es interesante y merece una lectura. Sin embargo, bajo mi punto de vista, Gabriela Ybarra se confunde en dos cosas. La primera, una confusion muy española, es identificar Nueva York con Estados Unidos. América no es Nueva York sino que Nueva York también es América.

Dos cosas distintas. Nueva York es excepcional en el contexto americano y mundial, y ni mucho menos el como se comunique en un hospital de élite puede tomarse como botón de muestra. De hecho, la cultura norteamericana es bastante indirecta y el lenguaje claramente eufemístico tiene como premisa volcarse en lo positivo de las situaciones. No son, ni muchísimo menos, nada brutos al decir las cosas.

El segundo es pensar que la relación de los americanos con la muerte es natural y de quitarle importancia. Nada más lejos de la realidad. Si algo no tienen claro los americanos es su relación con la muerte, un fenómeno innombrable y completamente ausente de la esfera pública empezando por esa especie de reclusión de muchos ancianos que viven en urbanizaciones y comunidades especialmente pensadas para ellos pero que actuan casi como cordon sanitario. 

Cuando alguien muere, la gente expresa sus condolencias, pero no quiere saber demasiado de ello. Cuando murió mi padre, únicamente dos estudiantes me enviaron un correo electrónico expresando sus condolencias. Curiosamente, eran los dos únicos estudiantes latinos que tenía en la clase. El resto son chicos estupendos, pero es obvio que tienen más problemas para hablar de estos temas. 

El relato de Ybarra pone un especial énfasis en la frialdad a pesar de que los que mueren son familiares muy allegados de la autora. Es reivindicativa en este sentido de la idea de ver la muerte como una circunstancia más, hasta cierto punto irrelevante, en la que casi seríamos más felices si supiéramos desde el comienzo cual iba a ser el día de terminación de nuestros días como los replicantes de la película Blade Runner. La muerte sería un asunto que gestiona mejor un psicólogo que un cura (Ybarra habla de no sucumbir “al arrebato religioso”), un cirujano que un rabino, según la autora, y que, hasta cierto punto, no requiere de grandes reflexiones en un contexto posmoderno o, si se quiere, hipermoderno. 

El comensal es libro interesante y se lee bien (aunque su estructura no acaba de cuajar y sobre todo la parte final se lee casi como un batiburrillo de notas deslavazadas), pero su tesis principal, la muerte no debe ser importante, sirve hasta cierto punto como coartada a la autora para dejar muchos hilos sueltos.

Su mayor interés reside en ser un obra hasta cierto punto representativo de una nueva forma de corrección política que reivindica, por omisión quizás, el refugio en “el divertimento” (lo cotidiano, salir a comer, las vacaciones) como forma “de llegar insensiblemente a la muerte” (Pascal dixit). Para el tratamiento de los grandes asuntos, como la muerte, ya tenemos a los profesionales.


miércoles, 4 de noviembre de 2015

Morir dos veces



A propósito de la lectura de 'El comensal', 
de Gabriela Ybarra

Algunos lo han presentado como una de las grandes revelaciones literarias del año. No lo sé. Tampoco sé si se trata de uno de esos títulos que cuando el filtro inapelable y a veces sorprendente del tiempo haga de las suyas, va a seguir estando ahí. Sin embargo, sí creo que El comensal, de Gabriela Ybarra, es un libro que conmueve hasta la médula, por cuanto lidia con la mezquindad de la muerte sin razón a manos del terrorismo etarra y con la crueldad de la enfermedad terminal. La muerte, tema tabú tantas veces, aquí aparece por partida doble, y es tratada sin afectación, aunque con hondura.

En la primera parte del libro, la que más me interesa, Gabriela Ybarra, nieta del político y empresario vasco Javier de Ybarra, narra con un estilo muy directo, claro y sin alardes el secuestro y asesinato en 1977 de su abuelo, el político y empresario Javier de Ybarra, un patricio de Neguri que fue alcalde de Bilbao y presidente de la Diputación de Vizcaya durante el franquismo, y presidente del diario El Correo Español. Y, por extensión, nos cuenta la decadencia de la burguesía industrial bilbaína.

La autora, que nació en 1983 y que siempre vivió ese capítulo como un agujero negro en la memoria de su familia, logra revivir con unas pocas pinceladas los años de plomo en el País Vasco en que nadie alzaba la voz y mucho menos se movilizaba en la calle ante las tropelías del terrorismo de ETA. Los años en los que ser víctima no daba derecho a casi nada y en los que las familias que sufrían la pérdida y el acoso asumían resignadamente y en silencio un destino contra el que, según entendían todos, nada se podía hacer. “Lo más que me pueden hacer es darme dos tiros”, recuerda Gabriela que dijo su abuelo cuando sus captores le obligaron a dejar la casa familiar que nunca más habría de pisar.

Esa recreación la logra la autora en unas cuantas decenas de páginas de frases cortas y detalles bien elegidos, a veces procedentes de recortes de hemeroteca y de retales de la memoria familiar, pero también originados en la imaginación de la niña a la que siempre se ocultó la tragedia. Al fin y al cabo, Ybarra no había nacido cuando los encapuchados entraron en la casa del empresario y el relato familiar siempre fue esquivo a la rememoración de los últimos días del patriarca. Gabriela Ybarra cuenta realmente poco, y lo hace sin énfasis, con frases cortas y continuos cambios de escenario, pero su libro deja poso y obliga a lector, liberado de sentimentalismos, a completar por su cuenta el relato de una desgracia tantas veces repetida.

En la segunda parte del libro, que es menos redonda y precisa, Gabriela Ybarra nos cuenta la enfermedad que acabó con su madre en 2011: el cáncer devastador que, ésta vez sí, vivió en primera línea y que la llevó más tarde a mirar para atrás y preguntarse por la desaparición de su abuelo. Y otra vez lo hace sin retóricas, sin alardes, y sin ocultar las miserias, las flaquezas y el desgaste del que tiene que convivir con la destrucción durante meses.


En El comensal hay un interés por plasmar la perplejidad que produce la pérdida y por identificar el dolor. Y también por mantener la memoria de los que tanto supusieron y que al cabo se convierten en una imagen que se cuartea, enmudecida por el tiempo, ese filtro que todo lo iguala.  El comensal es también un libro sobre la soledad, del que va a morir y también del que le acompaña, y sobre la incomunicación y los silencios que marcan la convivencia con los seres queridos cuando ya el final está escrito. Gabriela Ybarra se gana al lector por el camino más difícil, el que está libre de sentimentalismos y autocompasión, y por eso su prosa, distante a veces, cortante casi siempre, descreída, sigue resonando una vez uno ha cerrado el libro. 


lunes, 17 de agosto de 2015

El reformismo como solución




A propósito de la lectura del libro ‘Mañana será tarde’, de José Antonio Zarzalejos

En los últimos la avalancha de libros con recetas para la regeneración del país ha sido de impresión. Políticos, sociólogos, economistas, urbanistas, literatos, científicos e incluso cocineros y faranduleros han intentado dar con las fórmulas para rehacer un país esquilmado por la crisis económica y descreído y desmoralizado por la inoperancia institucional y la corrupción.

Mañana será tarde, del veterano periodista José Antonio Zarzalejos, director en su día de El Correo Español y del ABC, vuelve a ofrecer un diagnóstico de los males de España. Zarzalejos se centra en cinco puntos: la corrupción, la monarquía, los nacionalismos catalán y vasco y los medios de comunicación. Frente a otros “regeneracionistas” de nuevo cuño que se quedan en vaguedades, el libro del periodista bilbaíno es riguroso. Y eso es de agradecer. Los problemas están bien expuestos y contextualizados, y el libro abunda en datos y referencias a artículos, informes, sentencias judiciales y libros que pueden servir a los que quieran ir más allá, sin por ello quitarle fluidez a la argumentación.

Zarzalejos es un moderado, pero no un tibio. El autor huye del trazo grueso que impone la nueva “democracia mediática” de programas como La Sexta Noche, El gran debate (Telecinco) o La Tuerka (Público TV). Y se moja al analizar el papel hoy de la monarquía, el devenir político en Cataluña o la situación en un País Vasco donde el autor vivió amenazado por los terroristas. Precisamente, el capítulo más sentido es el que dedica al conflicto vasco. En esas páginas Zarzalejos echa la vista atrás para reconocer el Síndrome de Estocolmo que durante un tiempo presidió su relación con los asesinos y la tibieza con que recibió durante años las noticias de las matanzas de los terroristas. Y advierte de que la izquierda independentista trabaja ahora para que se imponga un tratamiento simétrico a las víctimas de ETA y de los GAL, y recuerda que los etarras y su entorno no sólo se retractan, sino que buscan una legitimidad basada en el olvido. Al nacionalismo del PNV le pide que adopte un concepto integrador de ciudadanía, y abandone el excluyente de pueblo.

Para explicar el giro último del nacionalismo catalán, ahora abiertamente independentista, Zarzalejos no entra en debates históricos ni retrocede a la famosa entrada de las tropas de Felipe V en Barcelona, en 1714. El origen del problema, en su opinión, es mucho más reciente. Para el periodista, colaborador de La Vanguardia, es Jordi Pujol el que empieza a preparar en su momento el independentismo actual, abandonando la senda autonomista y de consenso de la Transición. Un proceso en el que Pujol cuenta con la ayuda inestimable de la izquierda catalana y del PSC, que no vieron mejor manera de minar el predominio de Convergencia que asumiendo sus aspiraciones nacionalistas. En cualquier caso, Zarzalejos asume que al día de hoy, el problema ha ido muy lejos, y que no es tiempo de crispar más los ánimos, sino de llegar a un entendimiento político y abandonar la vía judicial como salida.  En el medio plazo, cuando las aguas se calmen, supondrá una reforma de la Constitución.

Zarzalejos abomina de aquellos que quieren derribarlo todo para construir desde cero. Su propuesta es la de un reformismo tenaz y eficaz, una vía inaudita de progreso en un país tan cainita y visceral como España, pero que es la seña de identidad de las democracias avanzadas en el mundo. Esa deberá ser la vía para recuperar al país de los destrozos de una corrupción que se hizo sistémica y vergonzosamente aceptada por todos en los años de las vacas gordas, y ese deberá ser el camino también para que la monarquía recupere la legitimidad perdida en los últimos años. A Felipe VI le pide un desarrollo normativo que dé carpetazo de una vez a discrecionalidad que fomentó su padre, a quien recrimina que durante décadas se haya movido en el limbo legal para campar a sus anchas e interferir veladamente en el devenir político. El objetivo: hacer una monarquía “más transparente, funcional, responsable y austera”.

En fin, José Antonio Zarzalejos ha escrito un libro de actualidad, interesante y bien documentado. Como corresponde a un periodista que se precie. Sus presupuestos son los que, salvando matices, defendería cualquier ciudadano interesado en la modernización del país y en resolver los problemas institucionales que lo ponen en jaque. Estoy de acuerdo con lo que dice Antonio Muñoz Molina en el prólogo: puestos a analizar los problemas más acuciantes de España, se echan en falta capítulos dedicados a ámbitos como la educación o las desigualdades. Y también creo que, al hablar de la agonía de los medios de comunicación en España, subestima Zarzalejos el efecto de Internet en la crisis del periodismo. Para Zarzalejos, la caída en picado de la profesión tiene más que ver con la pérdida de legitimidad de las grandes cabeceras, que hoy son percibidos como parte del poder que nos ha metido en la crisis, que con la falta de un modelo de negocio para el nuevo entorno online. Creo que es discutible.






miércoles, 5 de junio de 2013

Manuel Vicent y los azares de la Historia



A propósito de la lectura de El azar de la mujer rubia


Como en su anterior libro, Aguirre, el magnífico, esa particular crónica del último franquismo a través de la peripecia del Duque de Alba, Vicent vuelve a mezclar realidad y ficción en un juego literario donde es imposible saber dónde empieza una y acaba la otra.

Sin embargo, mientras que en Aguirre había una visión ácida y corrosiva del personaje y de su entorno –algunos hablaron de un ajuste de cuentas y la Duquesa llamó envidioso al autor y dejó el librito a la altura de una hez-, en El azar de la mujer rubia la escritura de Vicent es compasiva. El autor reflexiona sobre la España de las últimas cuatro décadas desde la mirada perpleja de dos fantasmas: un Adolfo Suárez que anda perdido entre las brumas de su enfermedad y una enigmática y rediviva Carmen Díez de Rivera, supuesta muñidora de la relación entre el político abulense y el Rey.    

Conviene aceptar el juego que nos propone Vicent porque vale la pena. Una vez uno empieza el libro no puede dejarlo hasta el final. Pero echo en falta más desarrollo en algunos puntos. Vicent nunca a ha sido un corredor de fondo y siempre parece tener prisa por acabar. Como en sus columnas periodísticas, en El azar de la mujer rubia se obliga a condensar hasta el extremo la información y los detalles que maneja.  Es su estilo: bello, preciso y, como el de Valle Inclán, deformante. Sin embargo, ese mismo estilo le lleva a pasar de puntillas por episodios clave de la historia de este país y hurta al lector una mejor comprensión y alguna página más de deleite.



El armazón de El azar de una mujer rubia son unos cuantos hechos históricos conocidos y algunos chascarrillos de dominio público. No hay mucha más información en la novela sobre Adolfo Suárez y Carmen Díez de Rivera que la que hay disponible en las biografías que les recuerdan en la Wikipedia.  

Vicent se vale del punto de vista de un Adolfo Suárez anciano, desmemoriado y perplejo. Es ese Adolfo Suárez que en una tarde de julio de 2008 recibe al Rey en su casa para recibir la condecoración de más alto rango y, con aire ausente, le espeta: “No te conozco, no sé quién eres, pero creo que te quiero”.  

Las ensoñaciones de Suárez y de Carmen Díez de Rivera, una mujer que ejemplifica mejor que nadie las contradicciones de la historia de España (fue hija no reconocida de Ramón Serrano Suñer, se recluyó en un convento a los 17 años al no poder consumar su relación con un hermanastro, huyó a África, reapareció para convertirse en secretaria de Suárez  cuando éste era director general de TVE y un político al alza, y acabó colaborando con Tierno Galván y siendo eurodiputada por el PSOE), no solo sirven para iluminar los claroscuros de la incipiente democracia, sino también para denunciar el delirio posterior, que tuvo como epítome la fastuosa boda de la hija de Aznar en Escorial, que marca el fin de la fiesta y el comienzo de la pesadilla que hoy nos quita el sueño.
 
Antes, la memoria nebulosa de Suárez y la prosa certera de Vicent nos llevan a la legalización del PCE, el 23-F, la guerra sucia contra ETA, la foto de las Azores o la caída de Lehman Brothers. 

El azar de la mujer rubia sirve también a Vicent para reivindicar la figura de los políticos de la Transición, hombres (y mujeres en este caso) que tuvieron que tomar decisiones y dar la cara sin el respaldo del partido y de los complejos aparatos burocráticos en que hoy se guarecen los políticos de este país. Vicent puede haber caído en una visión reduccionista e idealizadora del pasado, pero es una impresión que seguramente compartirán muchos de los que hoy lean su libro.