A propósito de la lectura de 'Armas de seducción masiva', de Javier Lesaca Uno se pregunta por qué en los últimos años muchos chavales de familias acomodadas de todo el mundo han acabado sirviendo al Estado Islámico y atentando de forma indiscriminada contra civiles en ciudades de Europa, o en la propia Siria o Irak. O cómo decenas de miles de profesionales de todo el planeta, entre ellos médicos, arquitectos, ingenieros o economistas, han dejado todo para servir a los intereses del Califato que ha gestionado, desde el terror, el autoproclamado estado que dirige Abu Bakr al-Baghdadi.
El navarro Javier Lesaca, profesor de la Universidad de Navarra e investigador de la Universidad George Washington, aporta bastante luz sobre esta cuestión en un libro que lleva por título Armas de seducción masiva. Para escribirlo, Lesaca ha analizado los más de 1.300 vídeos producidos y difundidos por el aparato mediático del Estado Islámico desde que, en el verano de 2014, el vídeo de la ejecución del periodista británico James Wright Foley se hiciera viral en la red.
En una década, la propaganda yihadista se ha refinado hasta extremos impensables. Muy lejos quedan aquellos vídeos en que se veía a un Osama Bin Laden provisto de un fusil hablando desde una cueva sucia y mal iluminada de algún lugar sin determinar de las montañas de Afganistán. Lesaca nos cuenta cómo alrededor del Estado Islámico han aflorado decenas de productoras que han sido capaces en estos últimos años de construir un relato atractivo a base de revistas e infografías de cuidado diseño, pero sobre todo de vídeos de factura intachable, protagonizados en muchos casos por jóvenes sonrientes y desenfadados, y con un toque hipster.
El Estado Islámico ha creado un relato audiovisual donde la violencia más espeluznante queda banalizada y neutralizada por esmerados montajes, cargados de referencias a películas de Hollywood, series de éxito y conocidos videojuegos como Call of Duty. En definitiva, los propagandistas del Califato han creado un universo adaptado a los gustos de las audiencias occidentales y con el que, según Lesaca, se han identificado muchos jóvenes desencantados y frustrados de todo el mundo, convencidos de que poner bombas o atropellar en una calle a una multitud puede ser algo cool, una experiencia excitante. “El terrorismo, por primera vez en la historia, es bello, moderno y familiar”, dice Javier Lesaca en un momento del libro.
La sofisticación del relato y el manejo de las redes sociales ha permitido al Estado Islámico llegar a audiencias masivas sin recurrir a los medios de comunicación tradicionales. Por el momento, la batalla la van ganando los terroristas en el terreno de las conciencias. Lesaca cree que las democracias tendrán desde ya mismo que construir un contradiscurso que desenmascare esa aventura de terror y vacuidad que proponen los extremistas. Poner la democracia y la libertad de moda de nuevo será la mejor forma de combatir en el largo plazo este terrorismo suicida, aunque eso exigirá que los dirigentes occidentales se lo crean, que cambien las prioridades y que armen una historia convincente. Eso sí, Lesaca pronostica que la guerra por las conciencias será mucho más larga que la que tiene lugar en el campo de batalla real, en esa frontera difusa de Siria con Irak.
Dice Gabriela Ybarra en su
libro El comensalque la relación con la muerte en Estados Unidos es más
natural que en España. En concreto, se refiere a que en Norteamérica “son
muy brutos a la hora de decirte las cosas.”
La autora se basa en la
experiencia de su madre en un hospital de Nueva York para el tratamiento del
cáncer. Uno de los doctores, al tiempo que le regalaba un clavel metido en un
vaso azul, le informó sin preámbulos que el cáncer se había expandido a
distintas partes del cuerpo y que iba a morir en cuestión de días.
Posteriormente un psicólogo la visitó en su habitación y tuvo una conversación
con ella. El lector no conoce en ningún momento el contenido de
estas conversaciones con los profesionales.
La madre de la autora
falleció en Madrid, pocos días después. El libro, no necesariamente una
novela como se ha dicho por mucho que realice una reconstrucción del secuestro
y muerte de su abuelo a manos de ETA cuando ella no había nacido, es
interesante y merece una lectura. Sin embargo, bajo mi punto de vista,
Gabriela Ybarra se confunde en dos cosas. La primera, una confusion muy
española, es identificar Nueva York con Estados Unidos. América no es Nueva
York sino que Nueva York también es América.
Dos cosas distintas. Nueva
York es excepcional en el contexto americano y mundial, y ni mucho menos el como
se comunique en un hospital de élite puede tomarse como botón de muestra. De
hecho, la cultura norteamericana es bastante indirecta y el lenguaje claramente
eufemístico tiene como premisa volcarse en lo positivo de las situaciones. No
son, ni muchísimo menos, nada brutos al decir las cosas.
El segundo es pensar que la
relación de los americanos con la muerte es natural y de quitarle importancia.
Nada más lejos de la realidad. Si algo no tienen claro los americanos es su
relación con la muerte, un fenómeno innombrable y completamente ausente de la
esfera pública empezando por esa especie de reclusión de muchos ancianos que
viven en urbanizaciones y comunidades especialmente pensadas para ellos pero
que actuan casi como cordon sanitario.
Cuando alguien muere, la
gente expresa sus condolencias, pero no quiere saber demasiado de ello. Cuando
murió mi padre, únicamente dos estudiantes me enviaron un correo electrónico
expresando sus condolencias. Curiosamente, eran los dos únicos estudiantes
latinos que tenía en la clase. El resto son chicos estupendos, pero es obvio
que tienen más problemas para hablar de estos temas.
El relato de Ybarra pone un
especial énfasis en la frialdad a pesar de que los que mueren son familiares
muy allegados de la autora. Es reivindicativa en este sentido de la idea de ver
la muerte como una circunstancia más, hasta cierto punto irrelevante, en la que
casi seríamos más felices si supiéramos desde el comienzo cual iba a ser el día
de terminación de nuestros días como los replicantes de la película Blade
Runner. La muerte sería un asunto que gestiona mejor un psicólogo que
un cura (Ybarra habla de no sucumbir “al arrebato religioso”), un cirujano que
un rabino, según la autora, y que, hasta cierto punto, no requiere de grandes
reflexiones en un contexto posmoderno o, si se quiere, hipermoderno.
El comensal es libro interesante y se lee bien (aunque su
estructura no acaba de cuajar y sobre todo la parte final se
lee casi como un batiburrillo de notas deslavazadas), pero su
tesis principal, la muerte no debe ser importante, sirve hasta cierto punto
como coartada a la autora para dejar muchos hilos sueltos.
Su mayor interés reside en
ser un obra hasta cierto punto representativo de una nueva forma de corrección
política que reivindica, por omisión quizás, el refugio en “el divertimento”
(lo cotidiano, salir a comer, las vacaciones) como forma “de llegar
insensiblemente a la muerte” (Pascal dixit). Para el tratamiento de los
grandes asuntos, como la muerte, ya tenemos a los profesionales.
Algunos lo han presentado como una de
las grandes revelaciones literarias del año. No lo sé. Tampoco sé si se trata
de uno de esos títulos que cuando el filtro inapelable y a veces sorprendente
del tiempo haga de las suyas, va a seguir estando ahí. Sin embargo, sí creo que
El comensal, de Gabriela Ybarra, es un libro que conmueve hasta la médula, por
cuanto lidia con la mezquindad de la muerte sin razón a manos del terrorismo
etarra y con la crueldad de la enfermedad terminal. La muerte, tema tabú tantas
veces, aquí aparece por partida doble, y es tratada sin afectación, aunque con
hondura.
En la primera parte del libro, la que
más me interesa, Gabriela Ybarra, nieta del político y empresario vasco Javier
de Ybarra, narra con un estilo muy directo, claro y sin alardes el secuestro y asesinato en 1977 de su abuelo, el político y empresario Javier de Ybarra, un
patricio de Neguri que fue alcalde de Bilbao y presidente de la Diputación de
Vizcaya durante el franquismo, y presidente del diario El Correo Español. Y,
por extensión, nos cuenta la decadencia de la burguesía industrial bilbaína.
La autora, que nació en 1983 y que
siempre vivió ese capítulo como un agujero negro en la memoria de su familia,
logra revivir con unas pocas pinceladas los años de plomo en el País Vasco en
que nadie alzaba la voz y mucho menos se movilizaba en la calle ante las
tropelías del terrorismo de ETA. Los años en los que ser víctima no daba
derecho a casi nada y en los que las familias que sufrían la pérdida y el acoso
asumían resignadamente y en silencio un destino contra el que, según entendían
todos, nada se podía hacer. “Lo más que me pueden hacer es darme dos tiros”,
recuerda Gabriela que dijo su abuelo cuando sus captores le obligaron a dejar
la casa familiar que nunca más habría de pisar.
Esa recreación la logra la autora en
unas cuantas decenas de páginas de frases cortas y detalles bien elegidos, a
veces procedentes de recortes de hemeroteca y de retales de la memoria
familiar, pero también originados en la imaginación de la niña a la que siempre
se ocultó la tragedia. Al fin y al cabo, Ybarra no había nacido cuando los
encapuchados entraron en la casa del empresario y el relato familiar siempre
fue esquivo a la rememoración de los últimos días del patriarca. Gabriela
Ybarra cuenta realmente poco, y lo hace sin énfasis, con frases cortas y
continuos cambios de escenario, pero su libro deja poso y obliga a lector,
liberado de sentimentalismos, a completar por su cuenta el relato de una
desgracia tantas veces repetida.
En la segunda parte del libro, que es
menos redonda y precisa, Gabriela Ybarra nos cuenta la enfermedad que acabó con
su madre en 2011: el cáncer devastador que, ésta vez sí, vivió en primera línea
y que la llevó más tarde a mirar para atrás y preguntarse por la desaparición de su abuelo. Y otra
vez lo hace sin retóricas, sin alardes, y sin ocultar las miserias, las
flaquezas y el desgaste del que tiene que convivir con la destrucción durante
meses.
En El comensal hay un interés por
plasmar la perplejidad que produce la pérdida y por identificar el dolor. Y
también por mantener la memoria de los que tanto supusieron y que al cabo se
convierten en una imagen que se cuartea, enmudecida por el tiempo, ese filtro
que todo lo iguala. El comensal es también un libro sobre la soledad, del
que va a morir y también del que le acompaña, y sobre la incomunicación y los
silencios que marcan la convivencia con los seres queridos cuando ya el final
está escrito. Gabriela Ybarra se gana al lector por el camino más difícil, el
que está libre de sentimentalismos y autocompasión, y por eso su prosa,
distante a veces, cortante casi siempre, descreída, sigue resonando una vez uno
ha cerrado el libro.
A propósito de la lectura del libro ‘Mañana será tarde’, de José Antonio Zarzalejos
En los últimos la avalancha de libros con recetas para la regeneración del país ha sido de impresión. Políticos, sociólogos, economistas, urbanistas, literatos, científicos e incluso cocineros y faranduleros han intentado dar con las fórmulas para rehacer un país esquilmado por la crisis económica y descreído y desmoralizado por la inoperancia institucional y la corrupción.
Mañana será tarde, del veterano periodista José Antonio Zarzalejos, director en su día de El Correo Español y del ABC, vuelve a ofrecer un diagnóstico de los males de España. Zarzalejos se centra en cinco puntos: la corrupción, la monarquía, los nacionalismos catalán y vasco y los medios de comunicación. Frente a otros “regeneracionistas” de nuevo cuño que se quedan en vaguedades, el libro del periodista bilbaíno es riguroso. Y eso es de agradecer. Los problemas están bien expuestos y contextualizados, y el libro abunda en datos y referencias a artículos, informes, sentencias judiciales y libros que pueden servir a los que quieran ir más allá, sin por ello quitarle fluidez a la argumentación.
Zarzalejos es un moderado, pero no un tibio. El autor huye del trazo grueso que impone la nueva “democracia mediática” de programas como La Sexta Noche, El gran debate (Telecinco) o La Tuerka (Público TV). Y se moja al analizar el papel hoy de la monarquía, el devenir político en Cataluña o la situación en un País Vasco donde el autor vivió amenazado por los terroristas. Precisamente, el capítulo más sentido es el que dedica al conflicto vasco. En esas páginas Zarzalejos echa la vista atrás para reconocer el Síndrome de Estocolmo que durante un tiempo presidió su relación con los asesinos y la tibieza con que recibió durante años las noticias de las matanzas de los terroristas. Y advierte de que la izquierda independentista trabaja ahora para que se imponga un tratamiento simétrico a las víctimas de ETA y de los GAL, y recuerda que los etarras y su entorno no sólo se retractan, sino que buscan una legitimidad basada en el olvido. Al nacionalismo del PNV le pide que adopte un concepto integrador de ciudadanía, y abandone el excluyente de pueblo.
Para explicar el giro último del nacionalismo catalán, ahora abiertamente independentista, Zarzalejos no entra en debates históricos ni retrocede a la famosa entrada de las tropas de Felipe V en Barcelona, en 1714. El origen del problema, en su opinión, es mucho más reciente. Para el periodista, colaborador de La Vanguardia, es Jordi Pujol el que empieza a preparar en su momento el independentismo actual, abandonando la senda autonomista y de consenso de la Transición. Un proceso en el que Pujol cuenta con la ayuda inestimable de la izquierda catalana y del PSC, que no vieron mejor manera de minar el predominio de Convergencia que asumiendo sus aspiraciones nacionalistas. En cualquier caso, Zarzalejos asume que al día de hoy, el problema ha ido muy lejos, y que no es tiempo de crispar más los ánimos, sino de llegar a un entendimiento político y abandonar la vía judicial como salida. En el medio plazo, cuando las aguas se calmen, supondrá una reforma de la Constitución.
Zarzalejos abomina de aquellos que quieren derribarlo todo para construir desde cero. Su propuesta es la de un reformismo tenaz y eficaz, una vía inaudita de progreso en un país tan cainita y visceral como España, pero que es la seña de identidad de las democracias avanzadas en el mundo. Esa deberá ser la vía para recuperar al país de los destrozos de una corrupción que se hizo sistémica y vergonzosamente aceptada por todos en los años de las vacas gordas, y ese deberá ser el camino también para que la monarquía recupere la legitimidad perdida en los últimos años. A Felipe VI le pide un desarrollo normativo que dé carpetazo de una vez a discrecionalidad que fomentó su padre, a quien recrimina que durante décadas se haya movido en el limbo legal para campar a sus anchas e interferir veladamente en el devenir político. El objetivo: hacer una monarquía “más transparente, funcional, responsable y austera”.
En fin, José Antonio Zarzalejos ha escrito un libro de actualidad, interesante y bien documentado. Como corresponde a un periodista que se precie. Sus presupuestos son los que, salvando matices, defendería cualquier ciudadano interesado en la modernización del país y en resolver los problemas institucionales que lo ponen en jaque. Estoy de acuerdo con lo que dice Antonio Muñoz Molina en el prólogo: puestos a analizar los problemas más acuciantes de España, se echan en falta capítulos dedicados a ámbitos como la educación o las desigualdades. Y también creo que, al hablar de la agonía de los medios de comunicación en España, subestima Zarzalejos el efecto de Internet en la crisis del periodismo. Para Zarzalejos, la caída en picado de la profesión tiene más que ver con la pérdida de legitimidad de las grandes cabeceras, que hoy son percibidos como parte del poder que nos ha metido en la crisis, que con la falta de un modelo de negocio para el nuevo entorno online. Creo que es discutible.
[Recupero aquí un comentario que hice cuatro años atrás, con motivo de la aparición de "Anatomía de un instante", esa novela-ensayo-crónica-relato histórico y algunas cosas más de Javier Cercas. Espero que el tiempo no haya pulverizado mis impresiones de entonces].
Puro
placer. La última novela de Javier Cercas se lee, a pesar de sus más de 400
páginas y la intrincada madeja política y militar que intenta desenredar, de un
tirón. El reto es mayúsculo: Cercas aborda con los mimbres de la ficción uno de
los episodios más decisivos de la historia de España en la segunda parte del
siglo XX, el del golpe de Estado del 23 de febrero, que, quizá por lo que nos
jugábamos y por su proximidad en el tiempo, se rebela huidizo y misterioso,
pero también complejo y caleidoscópico.
Cercas vuelve en Anatomía de un instante a explorar el camino que había transitado
en su brillante Soldados de Salamina.
El autor, sabedor, como él mismo asegura en las páginas iniciales de este
trabajo, de que “los hechos poseen por sí mismos toda la fuerza dramática y el
potencial simbólico que exigimos a la literatura”, cede a la Historia todo el
protagonismo. A partir de esa Historia que nunca es “coherente y simétrica”,
sino más bien “desordenada, azarosa e imprevisible”, monta el relato y le da
vuelo literario.
Aunque el propósito primero de Cercas era escribir una
perfecta y cerrada novela de espías con el CESID como piedra angular y sus
agentes como catalizadores del golpe, las averiguaciones del autor durante meses
le llevaron al convencimiento de que una novela del 23-F debía ser poliédrica y
coral, sino no sería. Efectivamente, la memoria de la rebelión, que era esperada,
cobardemente, por casi todo el mundo desde el verano de 1980 y fue propiciada,
además de por los militares, por la actitud ambigua del propio Rey y de los
partidos democráticos, ha residido y sigue residiendo en muchas fuentes: los
militares golpistas directamente implicados, los muchos que no estuvieron tan
implicados pero que se mantuvieron a la expectativa, el Rey y su círculo, el
gobierno de Suárez, los espías, los medios de comunicación, los partidos
políticos que ese día debían investir como presidente del Gobierno a Leopoldo
Calvo Sotelo…
Una
muestra de que Cercas construye el relato pegado a los hechos para luego
trascenderlo está en ese recurrir constante a las
imágenes de las cámaras de Televisión Española que, por accidente, quedaron
encendidas y grabaron la toma del Congreso. Precisamente, esta grabación, que
ha cambiado la forma de acercarnos al golpe y que traído consigo el peligro de
banalizarlo, permite al autor vertebrar el libro.
La figura de Adolfo Suárez,
petrificado en su escaño mientras mira con aparente tranquilidad al general
Gutiérrez Mellado, que se enfrenta en medio del hemiciclo a los guardias
civiles insurgentes, es la coartada perfecta para desplegar la novela y toda su
carga moral. Cercas convierte a Suárez, “el falangistilla
arribista, el chisgarabís de provincias sin formación”, en un héroe al que, a
pesar de atribuir muchos errores, concede también la paternidad de una
democracia hecha a golpe de decreto-ley y que desde 1976 siempre avanzó por el
alambre.
Gutiérrez Mellado y Carillo, los únicos que no se achantan con las
voces y las balas de los golpistas en el Congreso, son también figuras que el
relato ennoblece. Otra vez retoma Cercas el propósito moral de Soldados de Salamina, que era denunciar la
eterna ingratitud de este país con sus héroes. En aquella ocasión, salda
cuentas con un soldado republicano que se moría en un geriátrico del sur de
Francia; en ésta, con un político que hoy vive desmemoriado y que en sus buenos
años fue capaz, a pesar de criarse en el franquismo más rancio, de poner los
pilares de la democracia. Es conmovedor el relato de los últimos años del
político de Ávila, cuando se entrega en cuerpo y alma a dignificar su propia
figura al mando de un partido fantasma como el CDS.
Eso sí, a diferencia de sus
dos novelas anteriores (Soldados... y La velocidad de la luz), el Cercas narrador esta vez no ha tenido la necesidad
de mostrarse. Confiando sin duda en la extraordinaria contundencia de los
hechos descritos, aparece sólo en las últimas páginas del libro para
reconciliarse con su padre, un suarista convencido.
Un apunte final. Anatomía de un instante también dará mucho que hablar por su
acercamiento al papel que tuvo el Rey, no tanto después del golpe, pues
indiscutiblemente fue quien abortó el alzamiento, sino antes. Y es que Cercas
llega a la conclusión, después de leer como un poseso (es muy interesante la
bibliografía final que incluye) y escuchar multitud de testimonios, que el
monarca no fue explícito en su rechazo a las maniobras para quitar a Suárez de
en medio y, en consecuencia, facilitó que cabecillas como Milans del Bosch y
Tejero, bendecidos por el maquiavélico Armada, organizaran la rebelión.
Cosa rara: escasa lluvia en la Feria del Libro de Madrid. El sol ha lucido casi siempre en la edición de este año, dejando entrever ya los rigores de esa canícula mesetaria que ni los frondosos y centenarios árboles del Retiro lograrán mitigar a partir de julio.
Muchos buscan perezosamente algo que llevarse para leer en verano en los cientos de casetas instaladas en el Paseo de Coches. Verlos y ver a los libreros y ayudantes de libreros detrás de los mostradores pasar el tiempo mirando distraídamente el móvil o atendiendo la conversación de un potencial comprador contagian tranquilidad. Paseo por la feria en día laborable, sin las aglomeraciones del fin de semana. Los autores que se sientan obedientemente en un extremo de la caseta bajo un rótulo con su nombre y detrás de una pila de ejemplares de su último libro se vuelven invisibles para la gente que se acerca. Otra vez el móvil y sus constantes reclamos llenan las horas de soledad del escritor que va a firmar sus ejemplares. Alguno relee su ensayo o su novela, quizá señalando erratas que nunca llegarán a eliminarse.
Otro año ha pasado y no he leído los muchos libros que en la última feria pasaron por mis manos y quedaron grabados en esa larga lista mental de lecturas pendientes (puro ejercicio de voluntarismo). El trabajo (más incierto que nunca), la familia y la lectura de los periódicos y de los libros de coyuntura han acaparado todo el tiempo. Bueno, también he echado las horas en el deporte televisado, orgía de nuestro tiempo, y en dar unas carreras por el parque.
Paseando por la feria uno se da cuenta de que, por sus preferencias, vive en un barrio muy pequeño de la literatura. Que si prefiero la novela al ensayo, que si mejor los contemporáneos que los clásicos, que si leo prosa y no intrincada poesía (¿quién lee poesía en este país? Alguien debe hacerlo porque sino no se entienden la testarudez de la gente de Visor o Hiperion), que si mejor libros de letras que complejos manuales de ciencias o negocios, que si prefiero a los extranjeros (y consagrados) y aborrezco a los nacionales (y noveles), que si mola más el comic que el cuento, que si el libro de autoayuda y no el tratado de filosofía o religión...
Este año no tuve entre mis manos Hambre, de Knut Hamsun (Ediciones De La Torre). Mi intención era comprarlo porque no pocas veces lo he ojeado e incluso he hecho amago de quedármelo. Siempre me pasó que, por el precio (lo confieso: 15 o 20 euros por un libro en ocasiones me parece mucho) o por la impertinencia que supone leer a un autor nórdico que cuenta una historia de desgarrado solipsismo, acabé devolviéndolo al expositor. Este año, en lugar de Hambre me encontré en casi todos sitios algún título del periodista andaluz Manuel Chaves Nogales, que ha vuelto a editar con esmero Libros del Asteroide.
En la Feria del Libro de este año pasaron por mis manos algunos libros que, para no romper la tradición, no me llevé (otra vez el euro fue más fuerte que la voluntad). Son títulos que, además, han vuelto a engordar esa lista de lecturas pendientes que nunca haré, pero que conviene tener, por si alguien pregunta y por si acaso.
Religión para ateos, de Alain de Botton (RBA). Este hombre casi siempre escribe de cosas que me interesan. Ahora propone un acercamiento a la trascendencia que supera el habitual enfrentamiento entre fundamentalistas y no creyentes.
Un año en el otro mundo, de Julio Camba (editoral Rey Lear). Al joven e irónico periodista gallego lo envía el ABC a Nueva York porque antes el Gobierno alemán se había quejado de sus crónicas desde Berlín. Desde allí, pone al tanto a sus lectores de la vida de los estadounidenses, con un lenguaje corriente y con ciertas dosis de acidez. Corría el año 1916.
Danubio, de Claudio Magris (Anagrama). Es otro de los que siempre pasan por mis manos y nunca acaban en la mochila. ¿Por qué será? Aquí no es cuestión de precio, porque está desde hace tiempo en edición de bolsillo. Esa literatura a medio camino entre la reflexión histórica y filosófica y el libro de viajes, y construida a base de anécdotas aparentemente deslabazadas me interesa. Me he prometido leerlo una tarde de estas.
Algún libro del mártir Dietrich Bonhoeffer (editorial Sígueme). El pastor luterano que fue asesinado por el nazismo y que denunció la actitud gregaria de la iglesia alemana de la época también es un fijo en mi lista de pendientes.
El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati (editorial Gadir). Me llama sobre todo la atención la bella edición que ha sacado Gadir, que se está haciendo con una buena selección de las letras italianas del siglo XX.
La lluvia antes de caer, de Jonathan Coe(Anagrama). Literatura de madurez, dijeron, de l´enfant terrible de la literatura británica. Historia íntima de tres generaciones de mujeres en la Inglaterra rural de la posguerra.
El diario de Ana Frank (editorial DeBolsillo). Lectura tanto tiempo pospuesta. No lo leí en la EGB o el bachillerato, cuando era casi obligatorio, y dudo de que lo haga ahora. Supongo que mi hijo me pedirá más pronto que tarde que lo comentemos.
A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales (Libros del Asteroide). Como decía, es la revelación de la feria. Los libros del periodista sevillano, que mantuvo la cordura en un país abocado a la guerra civil, están por todos sitios. Es una gloria tardía, pero supongo que provechosa para los que no lo hemos leído.
Años lentos, de Fernando Aramburu (Tusquets).Otro que tiene el coraje de hablarnos de los orígenes del nacionalismo intransigente de ETA en los años 60 y que también propone una reflexión sobre los propios mecanismos de la novela gracias a los apuntes del escritor que acompañan cada capítulo.
El extranjero, de Albert Camus (Galaxia Gutenberg). Otro texto mítico que me lleva, sin quererlo, a los años de descubrimiento de la adolescencia. Para mí es como una brisa fresca. La edición, en este caso, es de lujo (marca de Galaxia): viene con ilustraciones de Úrculo y epílogo de Vargas Llosa.
El mundo de ayer, de Stefan Zweig (Editorial Acantilado). Decenas de veces he tenido este libro en las manos, pero creo que acabaré comprándolo y manteniéndolo en mi biblioteca. Una memoria intelectual (que no sentimental) de un judío que se suicidó en 1942.
Finalmente compro Homicidio (Editorial Principal de los Libros), monumental novelón policiaco de David Simon que es el germen (así lo dice el editor en la misma portada) de la serie televisiva The Wire. En principio, me llevo muchas horas de felicidad. Ya veremos.
PS: El tsunami del libro electrónico está a punto de arrasar buena parte del mundo editorial como hoy lo conocemos. Sin embargo, los libreros y las editoriales de Madrid siguen enterrando la cabeza en la tierra. Sin noticias de los nuevos formatos en los cientos de casetas del Retiro.
Desde Barcelona, Seix Barral, Anagrama o Tusquets cambiaron para siempre el panorama editorial en España en la década de los 60 y 70. Hoy, de forma más sigilosa y políticamente difusa, editoriales como Páginas de Espuma, Nórdica, Periférica, Errata Naturae, Menos Cuarto, Gadir o Minúscula dan otra vuelta de tuerca.
Por lo que tarda en sacar una novela, se podría decir que los libros de José Ángel González Sainz son de cocción lenta. Este soriano sorprendió a todos ganando en 1995 el Premio Herralde con Un mundo exasperado, donde un hombre de mediana edad, que se debate entre el rechazo y la adaptación a la sociedad, hace repaso de su vida, y casi una década más tarde también lo hizo con Volver al mundo, que analiza el desengaño de las ideologías de los setenta a través de la mirada de una mujer.
Ahora, en Ojos que no ven, vuelve a lanzar una mirada retrospectiva al pasado que ha ido haciendo este país. Las cavilaciones de Felipe Díaz, un empleado de imprenta que de buenas a primeras se queda sin trabajo y decide emigrar con su familia al País Vasco en busca de un futuro mejor, sirven a González Sainz para dar cuenta del drama de tantos que hicieron lo mismo y que, por no dejarse embelesar por las fascinaciones del nacionalismo y de los discursos de la identidad, tuvieron que sufrir una vida de vejaciones y postergación.
En este caso, la herida es más sangrante, pues el meditabundo protagonista tiene que ver cómo su mujer y su primogénito sucumben al canto de sirenas del independentismo, lo que crea una brecha insalvable en el seno familiar. González Sainz no aspira a contar el mundo y no da voz a los muchos que podían haberla tenido en un escenario tan complejo. Por el contrario, son las tribulaciones del protagonista, sus preguntas por el sentido de las cosas y su lucha por la dignidad, las que hacen avanzar la narración.
Contando lo justo (en realidad muy poco) y de una manera muy contenida y metafórica, González Sainz logra crear una tensión que acaba en tragedia. Paralelamente al debate moral, Ojos que no ven también se convierte en una meditación por el sentido de las palabras y muestra cómo su perversión es una forma de barbarie, aparentemente menos dolorosa, pero al cabo del día igual de peligrosa.