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martes, 4 de abril de 2017

Gloria Fuertes antes de la televisión




Para muchos de los que empezamos a ver la televisión en los setenta y en los ochenta, Gloria Fuertes siempre fue aquella señora pizpireta que aparecía por las tardes con chaquetas y corbatas de colores cantarines contándonos cuentos en verso y mirándonos con condescendencia por encima de la gafas mientras hacía rimar con gracia palabras de todos los días.


Al final de su vida, Gloria Fuertes se convirtió en un icono que alternaba con artistas y gentes de la farándula y que nos dejó la letra de sintonías que se han quedado para siempre en nuestra memoria, como aquella que nos amenizaba las tardes al ritmo de “un globo, dos globos, tres globos, la luna es un globo que se me escapó”.  


Pero aquel personaje televisivo que tanta repercusión social le dio a Gloria Fuertes y que contribuyó a que en muchos hogares no faltase una copia de “El dragón tragón” o “El camello cojito”, ensombreció a la escritora que había detrás.


Gloria Fuertes tuvo que salir adelante en una familia pobre del barrio de Lavapiés, en Madrid, y vio cómo moría su hermano pequeño y compañero de juegos en un bombardeo de la Guerra Civil. “Yo estaba sana, pero el hombre y el hambre me dolían todos los días”, escribió a mediados de los años 30. “No tenía más que un traje, un cuaderno y mucho miedo a que se gastara el lápiz”, reconoce en otro momento. Más tarde, y hasta los 70, se refugió en empleos de secretaria y chica de los recados para sobrevivir, mientras en la intimidad se iba forjando una carrera como poeta de estilo directo y conciso, de rima marcada, e irónica y ajena a los intelectualismos de sus compañeros varones de generación. “Escribo sin modelo a lo que salga, escribo de memoria de repente… escribo a lo que salga”.  


En la exposición que ahora le dedica el Fernán Gómez, Centro Cultural de la Villa, en Madrid, está su poesía para niños, pero también están sus versos y confesiones de un tiempo de formación en la sombra, cuando la literatura era para ella una forma de responder al horror de la guerra o al machismo ambiental, o de reivindicar una forma de mirar la realidad cristalina, juguetona, alejada del experimentalismo o de la floritura verbal de sus compañeros de generación.    


Gloria Fuertes lo guardó todo, y por eso la exposición que ahora le dedica el ayuntamiento de Madrid para conmemorar el centenario de su nacimiento traza un completo recorrido vital, sentimental y literario de la poeta. Allí están expuestas las cartillas de racionamiento de la posguerra, las cartas de rechazo de las editoriales cuando todavía no era una celebridad televisiva y se ganaba la vida dando clases de inglés y hasta una lista de posibles novios escrita con lápiz y a mano en la década de los 40. También encontramos la notificación de la concesión de la beca Fullbright que le fue otorgada gracias a la intermediación del amor de su vida, la profesora americana Phyllis Turnbull, o la cartilla del banco con los ingresos que le hacía la universidad americana donde dio clases a principios de los sesenta. En fin, todo un arsenal documental que muy bien podrían servir ahora para que alguien novele la vida de esta escritora que vivió a contracorriente y fue mucho más que la creadora de aquellos globos televisivos que tanto nos entretuvieron a mediados de los setenta cuando salíamos del colegio.


Acercarse a la exposición es acercarse a la Gloria de nuestros recuerdos, pero también a esa mujer solitaria (“Todos los míos han muerto hace años y estoy más sola que yo misma”) que nunca pudimos intuir cuando la veíamos sentada en su trono de mimbre. Década a década, a través de sus poemas y de una documentación tan abundante, es imposible no sorprenderse y salir de sus salas reconociendo que la persona era infinitamente más interesante que el personaje de nuestros recuerdos.  



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Blackie Books acaba de editar ‘El libro de Gloria Fuertes’, un volumen de más de 300 poemas y 80 fotografías, y con una investigación acerca de la vida de la poeta por parte de Jorge de Cascante.

lunes, 13 de octubre de 2014

Un grano de alegría, un mar de olvido




El balcón en invierno, de Luis Landero


Pura alegría. Es lo que sentí cada noche, durante una semana, con la lectura de este libro pequeño, pero maravilloso, de Luis Landero, que habla de tantas cosas sustanciales, aunque se nos presenten como menudencias y vaguedades de un recuerdo caótico y fatigado. El balcón en invierno es un libro dolorosamente bello y sincero que nos habla de la lucha de una memoria que se resiste a perecer en ese mar de olvido que es la vida y el paso del tiempo. 

Landero vuelve la mirada a su infancia en la década de los cincuenta en el campo extremeño y a la vida de esa familia de labriegos a la que perteneció. También a los años, pobres, inciertos pero gozosos, de juventud en el barrio madrileño de La Prosperidad, al que llegó en los sesenta con toda su familia, tras un viaje idéntico al que hicieron millones por aquella época y que supuso, de una forma inconsciente y en un abrir y cerrar de ojos, el final de una civilización, la de una España rural que en lo esencial se había mantenido idéntica desde la Edad Media.

Landero también recrea los orígenes de una pasión por la literatura que germinó, como flor en invierno, en una casa sin libros, y en un ambiente sin canon, referencias o padrinos. Un milagro, se podría decir, pero también la consecuencia de haber crecido en un mundo analfabeto pero felizmente entregado al relato oral y a la invención. Y es que el niño que se refugiaba en el desván y disfrutaba en secreto del rumor procedente de la conversación de mujeres en el patio de la casa solariega, o que escuchaba atentamente los cuentos de la abuela Francisca, encuentra al cabo de los años, en pleno solipsismo adolescente, el mismo gusto en la palabra escrita.



El libro de Luis Landero es bello y conmovedor, y uno lo lee con el temor a que, de repente, llegue la última línea, y a que esa memoria propia y ajena (quizá inventada, qué más da) deje de indagar y dé paso al silencio y por tanto al olvido definitivo. Desde la madurez y la distancia sideral que le imponen décadas de vida profesional tranquila y las rutinas de la edad adulta, Landero se las ingenia para revivir las inquietudes y fascinaciones del hijo de labriegos que descubre el mundo, al tiempo que rehace la figura escurridiza y enigmática del padre abatido por la temprana enfermedad y encuentra en la madre la mejor encarnación de ese mundo antiguo y enternecedoramente ingenuo, de esa generación que padeció la guerra y que más tarde encajó con tanta dignidad, y sin histerismos, las contrariedades y las despedidas que la vida le tenía reservada.

Landero intenta recuperar la memoria de ese campo español que, con el paso de los años, también se hizo urbanita y suburbial, anhelante de las comodidades de la vida moderna en la ciudad. Y también aguza el oído para recuperar un habla que está a punto de extinguirse y que irremediablemente se irá cuando la generación de la guerra y de la primera posguerra, heredera de una cultura oral milenaria, ya no esté con nosotros.

El balcón en invierno es un canto de amor a la infancia y a la juventud, a ese tiempo de sueños en que todo es posible, y que lleva al protagonista a trabajar en talleres, a vivir la farándula como guitarrista o a estudiar en academias nocturnas. Y es un homenaje a la literatura por su poder de evocación y por su capacidad para poner orden y sentido “en el oscuro y errático devenir de los años”.


Para escribir este librito de cuestiones mayores, Landero recurre a una versión muy íntima de lo que los anglosajones llaman non-fiction-novel. La realidad pone la base del relato, la invención la completa. El desorden de los recuerdos y de las confesiones del autor, que prescinde del armazón clásico de la novela, finalmente dan a luz una obra conmovedora, de personajes memorables (como el siempre animoso cuñado Paco, inventor y soñador empedernido) y que afortunadamente recupera para los restos un mundo que se fue. Como dice el propio Landero a modo de despedida, “un grano de alegría, un mar de olvido”. 

lunes, 20 de mayo de 2013

Cercas y los últimos héroes





[Recupero aquí un comentario que hice cuatro años atrás, con motivo de la aparición de "Anatomía de un instante", esa novela-ensayo-crónica-relato histórico y algunas cosas más de Javier Cercas. Espero que el tiempo no haya pulverizado mis impresiones de entonces]. 


Puro placer. La última novela de Javier Cercas se lee, a pesar de sus más de 400 páginas y la intrincada madeja política y militar que intenta desenredar, de un tirón. El reto es mayúsculo: Cercas aborda con los mimbres de la ficción uno de los episodios más decisivos de la historia de España en la segunda parte del siglo XX, el del golpe de Estado del 23 de febrero, que, quizá por lo que nos jugábamos y por su proximidad en el tiempo, se rebela huidizo y misterioso, pero también complejo y caleidoscópico.

Cercas vuelve en Anatomía de un instante a explorar el camino que había transitado en su brillante Soldados de Salamina. El autor, sabedor, como él mismo asegura en las páginas iniciales de este trabajo, de que “los hechos poseen por sí mismos toda la fuerza dramática y el potencial simbólico que exigimos a la literatura”, cede a la Historia todo el protagonismo. A partir de esa Historia que nunca es “coherente y simétrica”, sino más bien “desordenada, azarosa e imprevisible”, monta el relato y le da vuelo literario. 

Aunque el propósito primero de Cercas era escribir una perfecta y cerrada novela de espías con el CESID como piedra angular y sus agentes como catalizadores del golpe, las averiguaciones del autor durante meses le llevaron al convencimiento de que una novela del 23-F debía ser poliédrica y coral, sino no sería. Efectivamente, la memoria de la rebelión, que era esperada, cobardemente, por casi todo el mundo desde el verano de 1980 y fue propiciada, además de por los militares, por la actitud ambigua del propio Rey y de los partidos democráticos, ha residido y sigue residiendo en muchas fuentes: los militares golpistas directamente implicados, los muchos que no estuvieron tan implicados pero que se mantuvieron a la expectativa, el Rey y su círculo, el gobierno de Suárez, los espías, los medios de comunicación, los partidos políticos que ese día debían investir como presidente del Gobierno a Leopoldo Calvo Sotelo…  

Una muestra de que Cercas construye el relato pegado a los hechos para luego trascenderlo  está en ese recurrir constante a las imágenes de las cámaras de Televisión Española que, por accidente, quedaron encendidas y grabaron la toma del Congreso. Precisamente, esta grabación, que ha cambiado la forma de acercarnos al golpe y que traído consigo el peligro de banalizarlo, permite al autor vertebrar el libro. 

La figura de Adolfo Suárez, petrificado en su escaño mientras mira con aparente tranquilidad al general Gutiérrez Mellado, que se enfrenta en medio del hemiciclo a los guardias civiles insurgentes, es la coartada perfecta para desplegar la novela y toda su carga moral. Cercas convierte a Suárez, “el falangistilla arribista, el chisgarabís de provincias sin formación”, en un héroe al que, a pesar de atribuir muchos errores, concede también la paternidad de una democracia hecha a golpe de decreto-ley y que desde 1976 siempre avanzó por el alambre. 

Gutiérrez Mellado y Carillo, los únicos que no se achantan con las voces y las balas de los golpistas en el Congreso, son también figuras que el relato ennoblece. Otra vez retoma Cercas el propósito moral de Soldados de Salamina, que era denunciar la eterna ingratitud de este país con sus héroes. En aquella ocasión, salda cuentas con un soldado republicano que se moría en un geriátrico del sur de Francia; en ésta, con un político que hoy vive desmemoriado y que en sus buenos años fue capaz, a pesar de criarse en el franquismo más rancio, de poner los pilares de la democracia. Es conmovedor el relato de los últimos años del político de Ávila, cuando se entrega en cuerpo y alma a dignificar su propia figura al mando de un partido fantasma como el CDS.

Eso sí, a diferencia de sus dos novelas anteriores (Soldados... y La velocidad de la luz), el Cercas narrador esta vez no ha tenido la necesidad de mostrarse. Confiando sin duda en la extraordinaria contundencia de los hechos descritos, aparece sólo en las últimas páginas del libro para reconciliarse con su padre, un suarista convencido.

Un apunte final. Anatomía de un instante también dará mucho que hablar por su acercamiento al papel que tuvo el Rey, no tanto después del golpe, pues indiscutiblemente fue quien abortó el alzamiento, sino antes. Y es que Cercas llega a la conclusión, después de leer como un poseso (es muy interesante la bibliografía final que incluye) y escuchar multitud de testimonios, que el monarca no fue explícito en su rechazo a las maniobras para quitar a Suárez de en medio y, en consecuencia, facilitó que cabecillas como Milans del Bosch y Tejero, bendecidos por el maquiavélico Armada, organizaran la rebelión.    


viernes, 3 de mayo de 2013

Chirbes: retrato íntimo de la crisis




En 2007, cuando el batacazo inmobiliario era inminente, aunque no presentido por la mayoría, Rafael Chirbes escribió Crematorio, una novela de título premonitorio sobre un país que se adentraba en un largo periodo de crisis económica y desánimo. Crematorio escarba en el estercolero moral sobre el que se había asentado la sociedad española en la década larga del crédito fácil y la especulación, y lo hace a través de las reflexiones de un constructor de cierto éxito en la costa levantina y de sus familiares.

Vuelve Chirbes con una mezcla de realismo social e introspección que le pone en la línea de Balzac, y vuelve con toda la fuerza narrativa que exhibiera en sus mejores entregas. Aunque, para poner de manifiesto las contradicciones del país, no recurra esta vez al pasado, como en La larga marcha (de la Guerra Civil a los estertores del franquismo) o La caída de Madrid (la muerte de Franco), sino a un presente que presagia un cambio de ciclo.

No obstante, el novelista valenciano, en el que algunos encuentran ecos de la escritura ética de Juan Eduardo Zúñiga, trasciende este punto de partida moral, desde el que denuncia corruptelas, imposturas y una codicia que, por más que nos pese, sigue siendo el combustible del mundo, y donde, como ha dicho el propio autor, “el peor acaba siendo el mejor”.

Y es que en Crematorio salen a relucir otros temas recurrentes en la obra de Chirbes, como el profundo abismo entre padres e hijos, la insuperable distancia que se abre también entre los sueños de juventud y el duro encontronazo con la realidad que nos sobreviene en la madurez o las falacias sobre las que se asienta el progresismo. El novelista no deja títere con cabeza.

Los seres que Chirbes disecciona en sus novelas se enfrentan casi siempre, de una forma lúcida, a su propia versión del naufragio. Crematorio huele a desolación en cada frase y no exagera el autor cuando dice que la escritura de estas 400 y pico páginas le hicieron pasar tres años en el túnel y que incluso le llevó a plantearse no volver a escribir, cosa que finalmente no hizo.
    
La piedra angular de tan duro retrato es Rubén Bertomeu, un constructor de cierto éxito en la costa levantina. La muerte de su hermano, el idealista Matías, sirve de pretexto para reunir a un puñado de personajes sin desperdicio. Ahí están su hija Silvia, que reprocha a su progenitor que haya llenado la costa de cemento, pero es incapaz de bajarse del tren de vida que la riqueza de la familia le proporciona; Juan Mullor, altivo marido de Silvia que prepara una biografía del escritor Federico Brouard, amigo de la infancia de los hermanos Bertomeu cuya carrera literaria está en franco declive; Matías, comunista combativo en su juventud que en los últimos años de su vida hace del ecologismo una forma de disidencia; o Mónica, la joven y atractiva segunda mujer del septuagenario constructor, un personaje ambicioso de corte shakesperiano. El fresco lo completan Ramón Collado, que trabajó para los Bertomeu, pero que ha sido incapaz de levantar su propia empresa y vive ahora encaprichado con una prostituta, y Traian, mafioso ruso que colabora con Rubén.

A través de monólogos interiores (es excepcional el del propio Rubén Bertomeu que cierra el libro: páginas 366 a 411), Chirbes va dando cuenta de los ideales, miserias y reproches que han jalonado la vida de sus personajes. Con una prosa fluida y que casi siempre da con el tono y la voz apropiada, el autor, que tiene muy buen oído, se pone en el pellejo de todos excepto de Matías, al que conocemos por el relato, que unas veces suena a apología y otras a duro ajuste de cuentas, que hacen los demás de él.  

Tras su libro previo, Los viejos amigos, una obra no tan lograda donde sacaba a relucir las contradicciones de la progresía nacional, Chirbes volvió a brillar en 2007 con Crematorio y demostró que estaba en buena forma para convertirse en uno de los cronistas más brillantes de la crisis, como ha vuelto a confirmar con En la orilla.   


lunes, 12 de noviembre de 2012

Las leyes de la frontera, de Javier Cercas





El boca a boca de los lectores, la crítica y los premios han coincidido en señalar a Javier Cercas como uno de esos autores a los que hay que estar atentos. Por eso, la llegada a las librerías de Las Leyes de la frontera, su última novela, supone una buena noticia para muchos. Aunque no consigue mover tantos resortes en el interior de la mente del lector como lograron Soldados de Salamina y Anatomía de un instante, Cercas vuelve asorprender, y eso a pesar de que el texto mantiene y juega con algunas de las señas de identidad que caracterizan su obra literaria, como la particular vinculación que surge entre narrador y autor, su interés por los héroes (sean del tipo que sean) o el poso de incertidumbres que siembra a lo largo de las páginas para que cada lector tenga la oportunidad de hacer su propia interpretación de lo expuesto.

Frente a la identificación instantánea que surgía entre Cercas y el narrador al leer las primeras frases de sus obras anteriores (“Ahora llevo una vida falsa, una vida apócrifa y clandestina e invisible aunque más verdadera que si fuera verdad, pero yo todavía era yo cuando conocí a Rodney Falk...”, empezaba, por ejemplo, la menos conocida La velocidad de la luz), lo primero que llama la atención al comenzar ésta es que somos testigos de una conversación. 

Así, la narración en primera persona a la que nos tenía acostumbrados da paso al diálogo puro, en concreto, a la trascripción de distintos encuentros que un escritor entabla con tres personajes diferentes, que le irán brindando información sobre un famoso delincuente de los años 70-80 sobre el que le han pedido que escriba un libro. Para ello, se entrevistará con un antiguo miembro de su banda, el Gafitas, que décadas después, ya convertido en abogado, le defenderá; con uno de los policías que lo arrestó; y con el director de una de las prisiones en las que estuvo recluido.

Resulta inevitable asociar a Cercas con ese autor anónimo que va haciendo preguntas y tirando del hilo para reconstruir la historia de Antonio Gamallo, alias el Zarco, descrito como “el quinqui y el drogadicto oficial de este país”, pero ocurre un tanto de lo mismo con Ignacio Cañas, ese charnego de clase media que durante tres meses cruza la frontera debido a su interés por una muchacha y se convierte en el Gafitas, un miembro más de la banda y, por su peso, el verdadero protagonista de la novela. 

Será su breve compañero de atracos en 1978 y, dos décadas después, se hará cargo de su defensa. De hecho, el propio Cercas cuenta que parte del origen de este libro surge de la necesidad de entender por qué mucha gente de su generación tuvo un final trágico a causa de las drogas y él no lo tuvo.

Reconoce en los quinquis otro punto de partida; esos delincuentes que aparecieron durante la transición y que, según Cercas, “fascinaban y aterrorizaban”. Teniendo como referencia al Vaquilla, en el libro se cuenta como un quinqui de barrio es convertido por los medios de comunicación en una leyenda. El Zarco pasa 25 años entre la cárcel o en busca y captura, y es acusado de 600 delitos, pero, a pesar de todo ello, los medios le convierten en el gran delincuente arrepentido e intentan redimir su figura para que salga de la cárcel. 

Vuelve a ser un héroe con aristas y posiblemente cuestionado por muchos (y sobre todo por el propio Cercas). Un personaje como el miliciano anónimo que no disparó a Sánchez Mazas en Soldados de Salamina o los tres diputados (éstos menos anónimos) que no se tiraron al suelo aquel aciago 23 de febrero, pero, en definitiva, el único tipo que parece interesarle al autor.

Y el tercer vínculo que permite reconocer a Cercas en esta nueva novela son esos “ángulos oscuros, puntos ciegos, ambiguedades esenciales”, según sus palabras, que hacen necesario que el lector ponga algo de él, ya que debe “interpretar la partitura que fabrica el escritor”, para crear su propia novela, esa que tal vez difiera de la leída por su mejor amigo, que verá en el gesto de un personaje algo distinto a lo visto por aquel. Eso sí, tanto uno como otro disfrutarán de un texto concebido como un gran puzle, muy rico en lecturas, original en el planteamiento, pero que resulta muy difícil que cautive tanto y a tantos como sus libros más logrados, quizás porque la Guerra Civil y el golpe de estado del 81 consiguen todavía conmovernos o porque él, sin duda, lo consiguió.

Las leyes de la frontera

Random House Mondadori
383 paginas
21,90 euros




miércoles, 28 de marzo de 2012

A sangre y fuego: La guerra civil vista por Manuel Chaves Nogales





Quizá no haya tema patrio, histórico, literario, político o mediático, más tratado, manoseado y discutido que el de nuestra última guerra civil, “el episodio de la historia de España sobre el que más se ha escrito -con diferencia- en todo el mundo”, como señala el historiador Hugo García. Ni siquiera los cientos, miles de libros de historia, novelas, artículos, notas de prensa, conferencias y tertulias que han indagado en la brutal refriega y sus consecuencias han sido capaces, aparentemente, de agotar la exploración de sus causas, sus implicaciones y sus secretos.

Tan es así que un observador completamente objetivo e independiente (en el caso de que tal héroe existiera) solo podría mostrar perplejidad ante el hecho de que sigan engendrándose, inagotablemente,  interpretaciones contradictorias, incluso diametralmente opuestas, sobre las raíces históricas de la sangría, su desarrollo y sus repercusiones.

La obra del periodista Manuel Chaves Nogales ha sido recuperada por la profesora María Isabel Cintas, tras indagar durante años en todo tipo de archivos y hemerotecas. Leer al escritor sevillano, cronista directo de la guerra incivil y representante de la “tercera España”, aquella no definida en ninguno de los extremismos de la época, probablemente no nos permitirá resolver los enigmas más impenetrables de la tragedia nacional, pero sí conocer de primera mano las terribles nubes de intolerancia que oscurecieron nuestro país y que provocaron la tormenta de odio que lo dejó en ruinas.  



A sangre y fuego, escrito en 1937, es una crónica periodística y literaria de excepcional valor al no estar corregida por una posterior visión matizada de la guerra, una vez conocidas y sujetas a la perspectiva del tiempo todas sus consecuencias (el autor dejó Madrid el 6 de noviembre de 1936 y murió, olvidado por su país como tantos otros, en Londres en 1944). A través de nueve relatos de extraordinaria fuerza y desgarro, se nos describen distintas escenas, en los dos lados del frente, representativas y, como defiende el autor, verídicas, del drama de los inicios de la guerra y de la apasionada e insensata insania que se apoderó de los españoles.

Chaves Nogales es un auténtico maestro. Su escritura límpida, de lenguaje rico y expresivo pero libre de artificios retóricos inútiles, la lucidez de su visión amarga y desencantada, la profunda compasión que muestra por los protagonistas (extraídos de la masa informe de individuos sometidos a las pulsiones y la violencia de la guerra) y la pavorosa ejemplaridad de sus escogidas historias hacen de su libro un testimonio ineludible.

En A sangre y fuego no encontraremos justificaciones o disculpas de la brutalidad por causa de las filiaciones políticas, sino más bien implacables imágenes del abismo que abrió la intolerancia y la estulticia en los dos bandos. La sutil inteligencia del autor, que se define en el magnífico prólogo del libro como “pequeñoburgués liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria de izquierdas”, en ningún caso se deja llevar por el fanatismo.

Los señoritos andaluces que practicaban la caza de jornaleros a caballo en aquellos primeros momentos de la guerra nos resultan tan estúpidos y desalmados como las bandas de anarquistas consagradas a la rapiña de los pueblos valencianos. Los milicianos de la capital sedientos de sangre, que se dedicaban a las “sacas” y las venganzas particulares, no pueden ser eximidos de culpa por muy brutal que fuera la actuación de los “moros” que acompañaban al ejército de Franco en su avance hacia el Centro. 

Los irreparables errores de tantos necios como proliferaron en España en la preguerra y la terrible responsabilidad histórica del bando vencedor en la imposición de su modelo de sociedad por la fuerza de la represión, sin posibilidad alguna de reconciliación, forman parte, al fin, del delirio colectivo y sangriento que dominó a nuestro país y cuyo siniestro culmen bélico nos es mostrado por Chaves Nogales sin disimulos ni paños calientes. La recuperación de su trabajo y sus desvelos supone, por consiguiente, un acto de justicia literaria e histórica de gran interés.


A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España
Libros del Asteroide, 2011, 18 euros, 320 páginas
Espasa-Calpe, 2010, 10,95 euros, 272 páginas



domingo, 11 de marzo de 2012

Una buena historia





A propósito de HhHH, de Laurent Binet



Mariano Oliveros


En los últimos años, nos han llovido testimonios de todo tipo sobre la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto. El renovado interés por la época de la conflagración y por sus consecuencias ha dado lugar a la publicación de innumerables libros de Historia, como los dedicados por Antony Beevor a distintos momentos del conflicto o el reciente Tierras de sangre: Europa entre Hitler y Stalin, de Timothy Snyder, y de novelas de desigual calidad literaria que, en cualquier caso, han gozado de una gran popularidad. Recordemos tan solo Las benévolas, Premio Goncourt en 2006,  el gran éxito editorial El niño con el pijama de rayas, las grandes obras de Vasily Grossman o la inacabada Suite francesa, de la malograda  Irène Némirovsky, escrita y ambientada  en los primeros años de la década de 1940.

HHhH, de Laurent Binet, a su vez Premio Goncourt de Primera Novela en 2010, viene a añadirse a la larga lista de libros actuales que dan fe de los episodios de una de las crisis más graves que ha sufrido el mundo. La obra narra la historia del atentado, gestado en Inglaterra en la llamada Operación Antropoide, que, en 1942, le costó la vida a un monstruo sanguinario, Reinhard Heydrich,  el “carnicero de Praga”, mano derecha de Himmler y uno de los responsables intelectuales de la “Solución Final” y de otras atrocidades del nazismo.

El hilo narrativo de HHhH, título basado en un dicho nazi de la época, "Himmlers Hirn heisst Heydrich"  (El cerebro de Himmler se llama Heydrich), procede del ovillo formado por la obstinada, casi diríamos enfermiza, búsqueda de la Verdad que domina a Binet. El autor nos muestra la cocina de su escritura trufando el relato de episodios de su vida personal en los que intervienen, insistentemente,  sus trabajos y reflexiones con respecto a la gestación de su propia obra y las críticas a los novelistas que, a juicio de Binet, renuncian a la certidumbre de los hechos comprobados con tal de dotar de  “veracidad” a sus relatos.

Sin embargo, el empleo de las dudas metafísicas del autor resulta demasiado artificial, un subterfugio casi pueril, porque Binet se enreda en anécdotas y disquisiciones poco sugestivas para concluir en negarle valor alguno a las obras que se alejan del más estricto rigor histórico.
Debemos reconocer que el esfuerzo de Binet en documentarse exhaustivamente sobre la Operación Antropoide le concede indudables ventajas en su faceta de historiador. Sin embargo, y aunque la erudición sea un buen aliado del novelista, es mucho más dudoso que la fidelidad a la verdad histórica sea una premisa inexcusable para su trabajo.

Como ya nos mostró Javier Cercas en la excepcional Soldados de Salamina, donde también se nos describen las idas y venidas y los pensamientos de un escritor-periodista, trasunto del propio autor, en el proceso de investigación previo a la redacción del libro, el empleo de referencias aparentemente fidedignas a los hechos históricos no deja de ser un mero recurso, tan útil como otros muchos posibles (verbi gratia la intervención en primera persona del autor en su obra), al servicio de la creación literaria, cuya calidad final es el único valor absoluto.





Pese a todo, si le perdonamos a HHhH sus primeras páginas nos encontraremos con un valioso testimonio moral de un episodio relevante de la Segunda Guerra Mundial, visto por los ojos de un narrador lúcido, y disfrutaremos mucho con su lectura.  La ligera estructura del relato, construida a base de capítulos cortísimos, y su estilo  ágil y ameno, le conceden una gran frescura y viveza. Binet se guía en todo momento por la emoción al hablar de Praga y de los daños de la guerra, lo que da mucho más valor al libro que todas sus citas sobre la “Verdad” en la literatura.

La descripción del carácter frío e implacable del “carnicero de Praga”, de las atrocidades por él perpetradas y de su ascenso a las cumbres del aparato represivo del Tercer Reich es iluminada en todo momento por la indignación del autor en su condición de hombre de bien, profundamente conmovido por tanta infamia.

Los autores del atentado contra Heydrich, soldados reales en el caótico mundo de la guerra, están cortados por el patrón canónico de los grandes héroes populares de toda época, inasequibles al desaliento pese a las circunstancias más adversas y a sus propios miedos. La descripción de la atroz represión practicada por los nazis tras la muerte de Heydrich nos trastorna y nos enardece por su brutalidad.  En suma, HHhH es un emocionante libro de historia, y una más que digna opera prima.


HHhH

Laurent Binet

Seix Barral, Biblioteca Formentor

400 páginas

20 euros