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lunes, 31 de julio de 2017

La col tuvo la culpa



Un cuento de Santiago Toste que mezcla gastronomía e Historia

Dejémonos de historias. Adolf odiaba el chucrut. Su temprana vocación por la gastronomía es otra de las paparruchas ideadas por Goebbels para investir de pompa y mitología el mediocre pasado de su jefe. No, él nunca soñó con ser cocinero. Quizás un célebre pintor o incluso un político relevante, o, si me apuran, en sus fantasías más delirantes hasta el líder de una gran nación… Pero lo de crear un imperio gastronómico vino mucho después, de pura chiripa.

Todo comenzó en los años 20, cuando este austriaco con aires de grandeza decidió montar una cervecería en Múnich. No sé sabe cómo -a lo mejor fue cosa de Himmler, que al poco había empezado a trabajar de friegaplatos y quería agradar al patrón-, pero en muy poco tiempo el negocio se ganó la fama de que allí se servía la mejor cerveza de Baviera, lo que resulta incomprensible, porque, créanme, aquello era un miserable abrevadero en el que también se despachaba algo aceitoso y recalentado que vagamente se asemejaba a las salchichas.

El caso es que prosperó a un ritmo vertiginoso. Sin embargo, cuando herr Hitler ya comenzaba a hacer planes -montar una terraza en el patio de atrás, contratar un segundo camarero, servir desayunos…-, todo se vino abajo. Fue un escándalo: 116 clientes sufrieron una intoxicación alimentaria; de ellos, 58 estuvieron hospitalizados durante semanas y 11, que formaban parte de un grupo de veteranos de la Primera Guerra Mundial, cabalgaron hasta el Valhalla antes de tiempo. La Policía pilló a Hitler en su casa, atascado en la ventana de la buhardilla mientras intentaba escapar, en pleno ataque de nervios y farfullando un galimatías del que solo se entendía algo así como “demasiada salsa, demasiada salsa…”.

La cárcel le fue de bastante provecho. Participó junto a otros reclusos en un taller de cocina que le sirvió para mejorar su técnica y en los ratos muertos, que eran muchos, escribió Mil y una maneras de preparar chucrut, un libro hoy descatalogado, pero que en las décadas de los 30 y 40 fue todo un best seller, traducido a 28 lenguas. El éxito editorial animó a Adolf a emprender una nueva aventura empresarial, esta vez en Berlín. Ciertamente, la idea era buena: con un precio muy ajustado, el restaurante ofrecía un completo menú, cerveza, vino o refresco incluidos, además de un strudel de manzana que no estaba nada mal. Todo Berlín, desde el gran potentado al más humilde operario de una fábrica, desde el contable hasta la mecanógrafa que a mediodía paraban para almorzar, acudían al establecimiento de moda. 

Dicen que fue Göring, su jefe de sala, el que le propuso a Adolf ser un poco más ambicioso e intentar expandir el proyecto, primero, por toda Alemania, y después, más allá de sus fronteras. Y el caso es que, ante este pujante fenómeno culinario, no tardaron en caer rendidos Austria, Checoslovaquia, Polonia, Dinamarca, Noruega, Países Bajos, Luxemburgo, Bélgica y, por fin, Francia. Lo de París fue un duro golpe para la autoestima de los galos, que en esto de los calderos y los fogones marcaban tendencia desde hacía años.

En Italia y Rusia las cosas funcionaron de otra manera. El estómago de los italianos era gobernado desde Roma por el duce de la pasta, cuya cadena de pizzerías, Mussolini’s, no encontraba rival desde Milán a Palermo. Goebbels lo tuvo claro desde el principio: mejor asociarse con Benito Mussolini a través de una red de franquicias bien publicitadas, que entrar en una guerra de precios con un resultado incierto. 

Algo similar ocurrió con Stalin en Moscú. Se cuenta que, en aquellos años, en la Unión Soviética no se servía un plato de ensaladilla ni un vaso de vodka sin que Stalin no lo supiera. Curioso personaje este Stalin, mientras que por un lado inundaba de colesterol a su pueblo, por otro era un defensor recalcitrante de las purgas como remedio más saludable para depurar el organismo. De manera que Hitler y Stalin suscribieron una especie de pacto de no agresión, pero nunca dejaron de recelar el uno del otro.

Por lo que respecta a España, Adolf se desesperaba cada vez que intentaba hablar con su par, Francisco Franco, que prácticamente había copiado su modelo de negocio -a su manera, eso sí-, pero no paraba de ofrecer las excusas más peregrinas, siempre acompañadas con una risita nerviosa, cada vez que el austriaco le planteaba una asociación. Visto con perspectiva histórica, hoy resulta inexplicable el éxito que tuvieron aquí durante tanto tiempo los establecimientos Mesón del Caudillo. Era otra época y eran otras las ideas sobre alta cocina, cierto, pero nunca dejó de llamar la atención lo cicatero que era este hombrecillo en los menús que despachaba. Tanto es así, que sus detractores de aquel tiempo los denominaban con mucha guasa el régimen. Pese a todo, supo mantenerse en el candelero durante casi 40 años.

No faltan los historiadores que achacan la irrupción de Hitler en el planeta gastronómico a cierta pasividad y exceso de confianza de los grandes cocineros europeos, que no vieron venir -pero sobre todo menospreciaron- las revolucionarias técnicas de marketing de aquel desequilibrado. Pero también hay que ser justo y reconocer que existió un puñado de amantes del buen guisar que, de norte a sur, de este a oeste, opusieron el sentido común y un encomiable sentido de la libertad al elaborar los platos: eran los resistentes.

Los problemas para esa formidable maquinaria germana en torno a los jugos gástricos de millones de europeos comenzaron en Gran Bretaña. Winston Churchill, un veterano chef londinense para quien el roast beef no guardaba ningún secreto, se empeñó en demostrar a su clientela y al resto del mundo la sarta de disparates que figuraban en la carta de cada uno de los restaurantes con el sello de Adolf. En cuestiones de cocina, afirmaba el inglés, no hay fórmulas mágicas para alcanzar el triunfo, sino el trabajo duro, o mejor, como a él le gustaba decir, “la sangre, el sudor y las lágrimas”. Aún reponen de vez en cuando sus programas radiofónicos.

Hitler había perdido el control. En un brote de soberbia que resultaría fatal, un día llegó a la conclusión de que la expansión natural de su emporio pasaba por Moscú y que ya estaba bien de tanto contemporizar y tanta sonrisa falsa con Stalin. “El ruso se lo tiene muy creído, jefe: es un cretino”, le solía susurrar Himmler cada vez que hablaban sobre el georgiano. Completamente borracho de poder, en 1941 inició una campaña publicitaria sin precedentes con el fin de que sus restaurantes conquistasen la Unión Soviética. La llamó Operación Chucrut.

En el resto del mundo, la situación no era menos convulsa. Los dueños de los principales restaurantes y cafeterías de Estados Unidos estaban en estado de shock: de la noche a la mañana, los paladares norteamericanos habían sucumbido al sushi. Aliados comerciales de Alemania, los japoneses se habían conjurado para arramblar con el imperio de la comida rápida.

Pero la respuesta yanqui no se hizo esperar. La producción de hamburguesas y refrescos de cola se multiplicó por diez, lo que, unido a una de las acciones promocionales más agresivas que se recuerdan, no tardó en contrarrestar el esfuerzo culinario de los nipones. Y no solo de ellos, pues los norteamericanos, ya metidos en faena, se sumaron al fin a todos los que buscaban pararle los pies a Adolf y su modelo culinario expansionista. Era la guerra de los fogones.

Mientras tanto, en Berlín los negocios no iban bien. Los más cercanos a Hitler tenían mucho cuidado de poner a su alcance los libros de contabilidad. Los números habían ido adquiriendo un intenso y preocupante tono rojizo, pero Adolf no valoraba la sinceridad, y su paranoia le hacía ver enemigos y espías de la competencia por todos lados. Lejos de allí, en Francia, los gustos de la población, tan cambiantes, habían comenzado a decantarse por los fast food. Del mismo modo que la cocina local atravesaba una especie de renacimiento y se formaban largas colas ante los locales para conseguir una mesa. La tendencia se propagaba por toda Europa.

Poco se sabe de los últimos días del chef austriaco, aunque muchos coinciden en que hasta el final se resistió a asumir la realidad. Cuando desde hacía meses nadie daba un marco por comer en sus establecimientos, incluso cuando la cocina rusa se extendía por lo que antes fue su imperio -apenas a cinco metros de su negocio originario se había instalado con éxito uno con el pomposo nombre de Exquisiteces del Volga-, él se encerraba en su laboratorio de ideas -el búnker lo llamaba- y no paraba de cocinar.

Lo peor para quienes seguían a su lado no era contemplar la decrepitud de su antaño amado líder, sino el que se vieran obligados a probar sus elaboraciones. O a simular que lo hacían, porque aquella bazofia, aquel engrudo que él consideraba el no va más en creación de vanguardia, era intragable. Sus propios perros, que terminaban siendo los destinatarios de tanto despropósito, no tardaron en morir de inanición, envueltos en la melancolía y entre terribles aullidos.

A partir de ahí, la historia se confunde con el chismorreo. Algunos juran que en los 50 se toparon con él en Buenos Aires, arrastrando un puesto ambulante de perritos calientes; otros dicen que acabó recluido en una institución psiquiátrica, vestido todo el día de cocinero, en la que le tenían prohibido acercarse a menos de 20 metros de las cocinas… En fin, leyendas.


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Santiago Toste es periodista en el Diario de Avisos, de Tenerife.  



lunes, 11 de julio de 2016

'Léxico familiar', de Natalia Ginzburg




Recuperar el tiempo que se fue gracias a la palabra compartida en casa, gracias a esas frases tantas veces escuchadas en familia y en las que en otro tiempo, cuando nos creíamos eternos, no reparamos, y que al cabo de los años regresan cargadas de significado y emoción. Volver a la infancia y la juventud rememorando las protestas del padre colérico y autoritario, pero tierno en el fondo, los consejos de la madre generosa, pero desganada, las riñas de los hermanos que acabaron en violencia física y llantos desconsolados, o las conversaciones con los vecinos y los amigos con los que compartimos tantas tardes de verano.


Eso es Léxico familiar, quizá el libro más celebrado de la escritora italiana Natalia Ginzburg. Y se entiende que así sea porque, por la cercanía e intimidad de su prosa, al que lo lee no le queda más remedio que asumir como propio el universo familiar de la autora, a pesar de la distancia en el tiempo, pues al fin y al cabo Ginzburg nos habla de los avatares de una familia acomodada turinesa, la suya, durante las primeras décadas del siglo XX, cuando las alegrías de la modernidad se mezclaban con los oscuros augurios de los extremismos en Europa.   


Ginzburg se gana al lector con un estilo sereno, libre de artificios, atento al detalle y a la música de las palabras, cómplice y tierno, pero no melodramático ni enfático. Cuando la narración invita a un pico dramático, Ginzburg lo rehúye y, como en otros libros suyos (pienso en Las pequeñas virtudes), depura la vida de una familia para contarla toda y con todas sus complejidades en no más de 200 páginas. Y podía haber optado Ginzburg por el subrayado, pues razones no le faltaron. Y es que los Levi sufrieron la persecución del fascismo de Mussolini, y el primer marido de Natalia, el editor Ginzburg, del que finalmente adoptará el apellido, murió en una cárcel por sus ideas políticas.


Sin embargo, Ginzburg no levanta la voz ni muestra acritud, y por eso es más convincente su relato. Es más, la joven Natalia se quita de en medio como personaje y sólo la intuimos a través de esa mirada tierna, amorosa y socarrona que sostiene a los que ya no están. Léxico familiar nos habla del infierno de la muerte y la ausencia, de los tiempos grises de la guerra, pero con las palabras cálidas y desinhibidas del hogar.


Como decía Gabriel García Márquez, la vida no es como la vivimos, sino como la recordamos. Más aún, la vida, si es algo, es memoria y esa memoria sólo encuentra asidero en las palabras y las frases compartidas en la cocina, el cuarto de los niños o el salón de casa, pronunciadas despreocupadamente tantos años atrás, pero que luego quedan como el único vínculo con el pasado añorado. Ginzburg reinventa a la familia que se fue o que está irremediablemente desmembrada con el fraseo íntimo de las bromas o las regañinas que en otro tiempo formaron la lengua de la tribu. “Soy aquellos que fueron antes de mí”, dice Natalia Ginzburg.


El costumbrismo de Ginzburg recuerda al del neorrealismo italiano. A ratos esa polifonía de voces evoca el paisaje familiar de Amarcord, de Fellini, pero donde en Fellini reina el exceso y la autoría, en Ginzburg hay discreción y, todo lo más, una mirada compasiva.  


Como pasa con las buenas películas, que uno empieza a comprender o a apreciar del todo una vez ha abandonado la sala oscura del cine, Léxico familiar también empieza a crecer una vez cerramos el libro. De hecho, antes causa cierta fatiga su lectura porque uno debe andar muy atento para no perderse en la sucesión imparable de situaciones y personajes (cuesta llamarlos así cuando en realidad fueron presencias reales rescatadas por el recuerdo): Beppo Levi, el padre ateo y amante de las caminatas de montaña; Lidia, la madre aficionada a Proust y a la ópera; Gino, el hermano estudioso y modélico; Alberto, el otro hermano que acabó como médico de familia; Mario, emigrado a una Francia que admira y convertido a la lucha contra el fascismo; el amigo Cesare Pavese, que “había hablado durante años de suicidarse” y al que “jamás nadie le creyó”; Adriano Olivetti -el fabricante de las máquinas de escribir-, que se casa con Paola, la hermana mayor de Natalia; los compañeros de la editorial Einaudi...


Para no desequilibrar el relato y mantener la polifonía de voces, Ginzburg opta por cerrar abruptamente cualquier episodio si es necesario. Y es que en realidad, en Léxico familiar lo que importa no es tanto lo que nos cuenta en cada momento, sino la música de la memoria construida a base de esas palabras íntimas que una vez se compartieron, y que ahora sólo habitan en el olvido. “La de veces que he oído contar esa historia”, se despide Ginzburg.  


La literatura de Ginzburg tiene la aparente liviandad de lo cotidiano. Pero las cosas pequeñas son, al final del día o de la vida, las que más importan, por mucho que nos intentemos convencer de lo contrario. Como decía John Lennon en una canción, “la vida es lo que te pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes". Y esa vida que tiene lugar mientras tanto es la que llena las páginas de este libro.

jueves, 19 de mayo de 2016

La memoria depurada de Natalia Ginzburg



El azar, y no tanto el marketing o la fuerza de la novedad comercial, me llevó a este libro. Buscando un vídeo para ilustrar el comentario en este blog de Blitz, la última novela de David Trueba, encontré una entrevista en televisión con el autor en el que el periodista, para despedir la charla, le pedía una recomendación literaria, y Trueba habló de Las pequeñas virtudes, de la italiana Natalia Ginzburg.

Las pequeñas virtudes es en realidad una reunión de artículos escritos por Ginzburg para varios periódicos y revistas entre el final de la Segunda Guerra Mundial y los años 60. Como decía Trueba en aquella entrevista, son las reflexiones muy depuradas que sobre la vida y las relaciones familiares nos deja alguien que ha tenido una existencia intensa. 

Nacida Natalia Levi, en Triestre, la escritora se casó Leone Ginzburg, activista antifascista y fundador de la prestigiosa editorial Einaudi, con quien escaparía de la guerra a la región de los Abruzzos. Leone no tuvo suerte y moriría ajusticiado por sus ideas políticas.

Después de la guerra, Natalia Ginzburg, con tres hijos, volvió a casarse. Esta vez con Gabriele Baldini, estudioso de la literatura inglesa, con el que tuvo otros dos vástagos. Ginzburg trabajó para Einaudi y empezó a publicar novelas que en algún caso fueron un éxito de ventas, como Léxico familiar, en realidad una memoria íntima de su infancia y juventud. Viuda de Baldini desde 1969, Ginzburg siguió ahondando en una escritura centrada en el microcosmos familiar, aunque también participó en debates de la vida pública italiana y acabó siendo elegida diputada en el Parlamento por el Partido Comunista en 1983, ocho años antes de morir.

La vida de Natalia Ginzburg es una historia de supervivencia. Primero, por su ascendiente judío en una Italia que legitimaba la solución final. Y, después, por ser mujer en un mundo, el de la literatura de posguerra, dominado por los hombres. Ginzburg fumó, bebió y habló como ellos, las vacas sagradas de la cultura italiana del siglo XX. Eran los tiempos de Alberto Moravia, Giorgio Bassani, Primo Levi o de sus amigos Italo Calvino o Cesare Pavese, ese “eterno adolescente” mortificado por sus pensamientos y que en este libro tiene un sentido recuerdo.

A pesar de sus éxitos comerciales y de los muchos lectores que tenía, en ocasiones fue públicamente menospreciada en Italia por dedicarse a una literatura de “asuntos menores”. Como dice Andrés Trapiello, Ginzburg escribe tan fino que casi no es literatura. Y, además, su escritura está pegada a lo cotidiano y a los conflictos familiares, protagonizados por madres estoicas e hijas desencantadas. Si exteriormente Ginzburg proyectó la imagen de una intelectual en toda regla, su literatura, sin embargo, siempre evitó el culturalismo y los grandes debates filosóficos y estéticos de sus compañeros de generación –suicidio incluido-.

Las pequeñas virtudes se abre con un texto, Invierno en los Abruzos, donde retrata certeramente la Italia pobre y oprimida que había dejado la guerra. Ginzburg aguza el ojo y elige las palabras justas, nunca pretenciosas ni rebuscadas, para hablarnos de su destierro y el de su marido en esa región de Italia, y de la idiosincrasia antigua de sus vecinos, donde los inviernos y las heladas han mantenido la vida congelada prácticamente desde la Edad Media. Desde la primera línea, su territorio es la realidad observada y finamente descrita, con el trasfondo de la historia familiar hecha a base de memoria y cierta fantasía. 

En otro artículo muy emotivo de este libro, El hijo del hombre, publicado originalmente en 1946, nos habla de la confianza perdida y de la angustia que va acompañar de por vida a los que vieron abatida su casa por la guerra y sintieron aporreada la puerta en mitad de la noche y tuvieron que vestir a toda prisa a los niños para salir huyendo.

En otro texto retrata con amable picardía a los ingleses después de observarles tras una estancia en Londres con se segundo marido, que dirigió allí el Instituto Italiano de Cultura. Ginzburg tiene la habilidad de saber leer en la superficie (en el cielo gris, en la disposición de las casas en los eternos suburbios de Londres, en los anuncios de comida, en la monotonía de los pubs o en la conversación esquiva pero educada) para desentrañar el alma de los británicos.

Su manera de entender el oficio de escribir también ocupa algunas páginas de Las pequeñas virtudes. En un revelador texto publicado en 1949, Mi oficio, Ginzburg cifra su estilo y ambición literaria y nos dice que ante todo siempre quiso evitar “el peligro de estafar con palabras que no están verdaderamente en nosotros, que hemos encontrado por casualidad fuera de nosotros y que reunimos con destreza porque hemos llegado ser bastante listos”.

Aunque no fue una feminista furibunda, Natalia Ginzburg tuvo de defenderse de los velados ataques y menosprecios que sufrió por su condición de mujer escritora. En Él y yo, un trabajo que tiene la gracia del contrapunto musical, se venga construyendo un retrato paródico de su marido en esos momentos, Gabriele Baldini, un hombre dominante, extrovertido y con una curiosidad intelectual desmedida. Un retrato que finalmente se vuelve una amarga reflexión sobre los efectos del paso del tiempo en la pareja y la corrosión de lo cotidiano en el amor primerizo.

El libro se cierra con dos textos luminosos y que, como decía Trueba en televisión, demuestran hasta qué punto las reflexiones en primera persona de Natalia Ginzburg son vida depurada, con sus complejidades, miserias y esplendores, reflexiones con las que cualquiera podrá identificarse. En  Las relaciones humanas nos habla de esa cadena vital que va de los miedos infantiles al aturdimiento de ser padre, pasando por las imposturas juveniles. Esa cadena de emociones que identificamos cuando nuestro hijo en plena pubertad empieza a mirarnos con los mismos ojos de piedra con que nosotros miramos a nuestros padres tantos años atrás, en un retorno inesperado del desencuentro. 

Y en Las pequeñas virtudes, el trabajo que da título a todo el volumen, nos da una lección a los padres que volcamos en nuestros hijos nuestras frustraciones para convertirlos en la obra que nunca pudimos acabar, como si, “por haberlos procreado una vez, pudiéramos seguir procreándolos a lo largo de toda la vida”.

Aunque Natalia Ginzburg escribió los textos de Las pequeñas virtudes en los tiempos ya remotos y grises de la posguerra mundial, con un continente que a duras penas dejaba atrás la devastación del fascismo, sospecho que sus reflexiones dirán mucho más a los lectores de hoy –jóvenes y mayores- que muchas de las cosas que dejaron escritas las vacas sagradas a las que Ginzburg secretamente envidiaba y con las que compartió charla, tabaco y alcohol. Yo ya me he marcado como próxima lectura su Léxico familiar, que recientemente volvió a publicar Lumen. En fin, todo un descubrimiento.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Crónica de una crisis que no ha hecho más que empezar





A propósito de la lectura de 
'Estos años bárbaros', de Joaquín Estefanía


El periodista Joaquín Estefanía ha escrito una crónica bien contada y documentada de una crisis que –y ésta es la tesis del libro- no ha hecho más que empezar y terminará siendo estructural, contrariamente a lo que nos dicen los agoreros de la recuperación y los que sólo ven luces al final del túnel. A pesar del derrumbe económico y social acaecido en España desde 2007, la crisis ha llegado para quedarse una buena temporada. Todo indica que los que han caído al pozo (alrededor de un 30% de la población) difícilmente se va a reenganchar al bienestar en los próximos años.

Denuncia Estefanía, socialdemócrata convencido y glosador último de los textos de Keynes, que las políticas de austeridad que están en la base de la gestión que han hecho los Gobiernos durante buena parte de la Gran Recesión se han vuelto permanentes y han mutado el ADN de la economía y de la sociedad. Las consecuencias son de todos conocidas: paro estratosférico, salarios a la baja, precariedad en el empleo y desaparición de las carreras profesionales, recortes en los servicios públicos y en el gasto en el estado del bienestar…

El que vaya buscando nuevos enfoques sobre lo ocurrido en España, en Europa o en el mundo en el último lustro, encontrará el libro de Estefanía decepcionante. Sin embargo, el que fuera en su momento director de El País hace un recuento clarificador de lo acaecido, con una prosa ágil y grandes dosis de divulgación. Y aunque recurre a muchas estadísticas, la lectura no se vuelve por ello farragosa. ¡Todavía se esfuerza Estefanía en explicar con términos muy básicos el colosal embrollo de las subprime que puso al mundo al borde del colapso financiero, en la línea didáctica que inauguró el popular Leopoldo Abadía!

En su demoledora crónica-denuncia de la crisis, da cancha Estefanía a los autores que en los últimos años se han erigido en portavoces de cierto pensamiento crítico, como Stiglitz y Piketty (por su denuncia de la desigualdad), Gaggi y Garduzzi (por la depauperación de las clases medias), Christopher Lasch (por la indiferencia de la élites) o Bárbara Ehrenreich (por el fetichismo de la sonrisa eterna), entre otros muchos. No en vano, Estos años bárbaros es una buena guía de lectura. De hecho, creo su principal interés reside en el índice bibliográfico que figura al final y en cómo el periodista va a introduciendo en su línea argumental las principales aportaciones de sus autores de cabecera. 

En el libro es recurrente una idea que Estefanía ha repetido mucho en estos últimos años. Y es que el primer responsable de la crisis, el capitalismo financiero, se ha ido de rositas. En cuanto la crisis financiera se convirtió en una crisis de deuda, y fueron los políticos los que tuvieron que ponerse al timón del barco en plena marejada, los causantes del colapso pasaron a segundo plano, cuando no fueron olvidados o incluso salvados de la quema en forma de rescates bancarios pagados por los estados y destinados sobre todo a garantizar las posiciones de los acreedores. Estefanía no ahorra tinta para recordar una y otra vez que los desmanes de la élite de Wall Street los han acabado asumiendo los ciudadanos. Y reprocha a los dirigentes que hayan acabado siendo víctimas del “gran engaño” moral (Krugman) perpetrado por los han querido ver los problemas de Grecia y de los países del sur como el justo desenlace a los tiempos de excesos.


En una línea más secundaria en el libro, también valora Estefanía la deriva de la socialdemocracia desde la Caída del Muro de Berlín y desde que se hizo patente el dominio de la política conservadora de Thatcher y Reagan, a partir de los 80. Su análisis no es muy esperanzador. Si de la Gran Depresión y de la Segunda Guerra Mundial salimos con una teoría (el keynesianismo) y un modelo de convivencia potente (la socialdemocracia), de esta crisis vamos a salir sin guía, nos viene a decir. Todo lo más con la irrupción de partidos que al menos van a agitar el statu quo en los próximos años. Menos es nada. 

martes, 28 de julio de 2015

El mundo de ayer, de Stefan Zweig



Stefan Zweig era el modelo del judío europeo culto y acomodado de principios del siglo XX. Nunca pasó por problemas económicos gracias a la posición de su familia vienesa y a sus trabajos literarios, y empleó su desahogada situación en formarse intelectualmente durante largos años, desdeñando la Universidad, en la que se graduó por meros motivos de apariencia, mientras viajaba sin cesar por toda Europa. Con el tiempo, Zweig se hizo dueño, por esforzada voluntad propia, de un estilo literario directo y transparente, muy atractivo para el lector de hoy, y fiel instrumento de la mirada lúcida, culta y cosmopolita de su autor, que lo utilizó en un sinfín de libros de todos los géneros, felizmente disponibles en castellano.
El mundo de ayer es uno de sus libros más recordados, y no sólo por su calidad sino también por las circunstancias en que fue escrito. Zweig lo redactó poco antes de suicidarse en 1942, junto a su segunda esposa, en Petrópolis, Brasil, su último refugio en su forzado periplo de apátrida. No pudo soportar la pérdida de todo cuanto amó ni la condena al olvido a que fue sometido por los nazis, que quemaron con saña sus libros.
El subtítulo del libro, memorias de un europeo, es muy esclarecedor. Zweig hablaba fluidamente francés, italiano e inglés, además de su alemán natal, y cultivaba la conversación y la amistad con lo más granado de la intelectualidad europea, a la que consideraba la base de la patria común continental.  
Zweig declara desde un principio que en su libro él no es el protagonista sino el “centro” de la narración y, así, desde su privilegiada situación de testigo consciente e implicado en el devenir de Europa, nos cuenta la vida cultural de la época y sus relaciones sociales con los artistas e intelectuales del momento, con el telón de fondo de los grandes acontecimientos históricos de las primeras décadas del siglo XX. Zweig no oculta su pertenencia a la élite social y esa es una de las mayores virtudes de sus memorias, la íntegra fidelidad a sí mismo de su autor.
Desde su privilegiada atalaya, Zweig no pretende ser objetivo, ya que todo lo filtra por sus ideas europeístas y fraternales, y sus descripciones defienden calurosamente la tolerancia y el entendimiento entre los pueblos europeos mientras utiliza su vida errante como ejemplo del cosmopolitismo que propugna. Sus memorias, despojadas casi por completo de datos relevantes sobre su vida sentimental, ofrecen una visión subjetiva e idealizada de lo que debería ser Europa a partir de la reflexión perpleja sobre el delirio social y político en que acabó sumida.
Aunque Zweig acabó convirtiéndose en un fugitivo del fascismo, nunca tuvo que sufrir en carne propia los horrores de comienzo del siglo XX, y sólo describe, como una muestra de la alucinación belicista y nacionalista sin sentido que se apoderó de Europa en el momento en que más confianza había en el progreso de la Humanidad, aquellos eventos bélicos de la Gran Guerra que conoció personalmente por decisión propia, ya que no tuvo que luchar en el frente.
El mundo de ayer es más que unas memorias al uso; es una tesis sobre las ideas políticas de su autor y el modelo de convivencia que propugna. Su prosa sin artificios, la perspicacia y clarividencia de sus reflexiones, su apasionada defensa de la hermandad europea, la amenidad de las descripciones y el trasfondo trágico de su narración convierten a las memorias de Zweig en una lectura absorbente, de la que se pueden extraer muchas enseñanzas para aplicar en la inquietantemente desnortada Europa de hoy.

martes, 8 de octubre de 2013

The little stranger



Mariano Oliveros

Empecé a leer esta novela con mucha desconfianza, porque en algunas críticas la definen como “gótica”, pero la fama de buena artesana de Sarah Waters me animó. La propia autora ha contado en una entrevista para The Guardian el fundamento de la trama de la novela  y parte de su estructura narrativa http://www.guardian.co.uk/books/2010/aug/07/bookclub-sarah-waters-little-stranger#start-of-comments

Y el caso es que The little stranger (¿a quién se le habrá ocurrido traducirlo como El ocupante?) es una historia sobre una casa “encantada” pero también mucho más que eso. El doctor Faraday (nunca conoceremos su nombre de pila), tras ser llamado para atender a una criada en la residencia de la muy aristocrática, aunque muy venida a menos, familia Ayres, comienza, por motivos puramente profesionales, a
frecuentar la mansión.

La historia de las relaciones entre la familia Ayres y el envarado, aburrido y ya no tan joven Faraday, que actúa como testigo objetivo de los hechos, permite a Waters reflexionar sobre la estructura social inglesa y sus rígidos corsés de clase. Los sucesos se van complicando y llegan a producirse en la mansión acontecimientos “sobrenaturales” en los que nunca está presente Faraday, aunque los describa de manera precisa a través del testimonio de terceros, aportando su propia explicación científica.

Poco a poco comprendemos que a Faraday le abruman tormentosos conflictos íntimos y que, probablemente,  la minuciosidad de su descripción no sea más que un subterfugio para ocultar su dudosa fiabilidad como testigo… Sarah Waters demuestra, con el medido desarrollo de la trama, mucho
talento. Las largas descripciones de la enorme mansión y su jardín y de las minucias de la vida cotidiana forman un contrapunto muy eficaz al drama en que se acaba convirtiendo la narración.

Además, la escritora muestra su gran ambición literaria con su recreación de los profundos cambios sociales, políticos y económicos acaecidos en Inglaterra tras la Segunda Guerra Mundial, marco histórico en el que
se desarrolla la novela. El hecho de que los datos de la narración sólo sean accesibles a través de la mirada de uno de los personajes implicados permite a Waters alardear de pericia técnica y jugar con las posibles
interpretaciones de los hechos. El propio título de la novela es muy acertado a la hora de transmitir la duda.

A la postre, el único punto flojo de la novela, en cualquier caso muy bien escrita, reside, precisamente, en que en el afán de dejar cabos sueltos, la autora deja demasiado a la imaginación del lector, que no
puede acabar de atarlos todos por sí mismo.

El ocupante ha sido publicada en España por Anagrama

jueves, 12 de septiembre de 2013

Topografía del terror



Una visita al museo de la memoria en Berlín


En Berlín, a unos cuantos cientos de metros de la bulliciosa Postdamer Platz, un edificio de nueva planta se levanta en el solar que acogió en su día el cuartel general de la SS y de la policía secreta alemana, la Gestapo. Parece una facultad universitaria moderna, hecha de hormigón y cristal (muy al gusto de los alemanes y de los arquitectos de relumbrón) y dividida en amplias salas, bien ventiladas e iluminadas.

La austera mole gris, que emerge del centro geométrico del solar, como si de un buque fondeado en un lago invernal se tratara, y que está flanqueada por el único tramo de muro que no fue demolido por las autoridades o esquilmado por los buscadores de souvenirs, alberga el centro de documentación Topografía del terror, un lugar destinado a recordar a los alemanes y a los turistas despistados las tropelías del nazismo y las consecuencias de la persecución y el exterminio que con tanta vehemencia practicó la dictadura hitleriana.

El cubo de cristal y hormigón que acoge Topografía del terror recibe cada año la visita de cientos de miles de personas, pero que no goza del glamour y la promoción de los centros de arte que se reparten por “la isla de los museos”, donde se encuentra el imponente Museo de Pérgamo, con sus espectaculares frisos griegos o sus pórticos romanos.

Sin embargo, Topografía del terror, un centro financiado por el estado alemán y gestionado por una fundación compuesta por expertos alemanes y judíos de muy diversa orientación, es un ejemplo de coraje cívico y recuperación de la memoria histórica que para sí querríamos los españoles, y que no conviene perderse.

En los 200 metros del muro de Berlín que quedan en pie y que reciben al turista, los gestores del centro tienen desplegados estos días una exposición que da cuenta -con cientos de fotos, recortes de periódico de la época y apuntes históricos- de las tropelías del partido nazi durante 1933.

Esa exposición en la calle, a la que el viandante puede acceder sin pagar entrada o sin mostrar siquiera el carnet de identidad, da cuenta de la lenta pero inexorable caída de la democracia en la Alemania de los años 30, y de la masiva aniquilación del rival político llevada a cabo en todo el país por los más de 400.000 miembros de la SA. Cientos de instantáneas muestran a comunistas, socialistas extremistas, izquierdistas moderados del SPD, sindicalistas y católicos que fueron fatalmente señalados por el nazismo pujante. 
  


Se calcula que ya en 1933, cuando la barbarie sólo estaba en fase de incubación, 80.000 alemanes ingresaron en campos de concentración y unos 600 fueron asesinados por los partidarios de Hitler en todos los rincones del país.  Imagino a los jubilados alemanes que estos días se acercan a Topografía del terror purgando en silencio sus pecados, mientras que a los más jóvenes no les queda más remedio que asumir la barbarie y la inmoralidad promovida o consentida por sus ascendentes.

Ese espacio del horror, ejercicio admirable de una sociedad que se sobrepone a sus vergüenzas a base de rememorarlas con rigor, también muestra estos días cómo el régimen nazi obró en esos años para controlar toda la prensa del país gracias a una estricta censura y a la persecución de los que no mostraban por anticipado su obediencia.

Por lo que leo en los folletos del centro, el año pasado, en estas mismas salas que recorro hoy frenéticamente, absorto con la crónica detallada y exquisitamente documentada de tanto desvarío, los visitantes se toparon con el capítulo inasumible del programa de “eutanasia infantil”. 

Aquel programa –por llamarlo de alguna manera- acabó con la vida de muchos niños y adolescentes alemanes que, por sufrir alguna minusvalía física o psíquica, se alejaban fatídicamente del ideal racial que la intelectualidad nazi se empeñaba en legitimar con toda clase de teorías seudocientíficas. Tan sólo durante 1945, esta derivada del exterminio, que contó con la colaboración de pediatras de todo el país, acabó con la vida de más de 10.000 niños.

Hoy, en esta tarde soleada y agradable de septiembre en Berlín, todavía me da tiempo para contemplar en este templo del recuerdo instantáneas de dirigentes y burócratas nazis tomadas una mañana cualquiera de hace 70 años.  En una se ve a un grupo de hombres y mujeres en el campo, sonrientes y tocados con un ridículo sombrero infantil. En otra, varios funcionarios posan con cara más seria en una escalera ministerial, quizá apremiados por el trabajo pendiente en sus despachos, rebosantes de expedientes de deportación sin cumplimentar. 

En la instantánea más llamativa, un anciano riega con mimo su jardín. Se nos dice que la foto del viejo nazi de aspecto venerable está tomada en Argentina muchos años después de la Segunda Guerra Mundial. Allí, a miles de kilómetros de distancia de la vergüenza, el tierno y afable abuelo había empezado décadas antes una nueva vida de patricio, seguramente con una identidad renovada.

Viendo estas fotos de gente “normal” en la Alemania de la Segunda Guerra Mundial, viene al pelo la reflexión que Hannah Arendt hace a principios de los sesenta en su libro Eichmann en Jerusalén, que tan de moda se ha puesto por la excelente película que le dedica Margarethe von Trotta:
"El mal no es nunca ‘radical’, sólo es extremo, y carece de toda profundidad y de cualquier dimensión demoníaca. Puede crecer desmesuradamente y reducir todo el mundo a escombros precisamente porque se extiende como un hongo por la superficie. Es un ‘desafío al pensamiento’, como dije, porque el pensamiento trata de alcanzar una cierta profundidad, ir a las raíces y, en el momento mismo en que se ocupa del mal, se siente decepcionado porque no encuentra nada. Eso es la ‘banalidad’. Sólo el bien tiene profundidad y puede ser radical."     

Una de las salas de la Topografía del terror está presidida por una foto aérea del Berlín de 1945, cuando la guerra estaba acabada o a punto de hacerlo. Uno puede reconocer el trazado de algunas calles y parques principales (Brandenburgo, Unter den Linden, Tiergarten o  Friedrichstrasse), pero nada más. Los edificios decimonónicos del Berlín de entreguerras y los colosales ministerios que salieron de los estudios de los arquitectos nazis habían quedado hechos trizas.

En la foto vemos una ciudad casi irreconocible, fatalmente borrada del mapa y que sería reemplazada más tarde por el vacío de la posguerra y a última hora por la fiebre especulativa de la unificación. Hoy Berlín sigue siendo una ciudad a medio hacer y con un punto kitsch, donde el último ingenio arquitectónico de Foster se mezcla con el bloque de oficinas comunista reconvertido en sede de la cancillería o con las escasas iglesias barrocas que aguantaron el asedio de la aviación aliada. 

Sin embargo, esa reunión de ricos y pobres que trajo la unificación, y sobre todo la omnipresencia de un pasado trágico que se muestra con rigor y sin sectarismos y que va mucho más allá de la recuperación turística del Checkpoint Charlie, convierten a esta ciudad ajetreada y crápula (para los estándares alemanes) en un lugar necesario y en un modelo a seguir, sobre todo en España.            


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sábado, 19 de enero de 2013

El atrevimiento de mirar, de Muñoz Molina





Encontrar un lenguaje propio para hablar del arte que encontramos en los museos exige haberse encontrado antes como espectador y mucho entrenamiento. También requiere una mirada atenta, siempre alerta, curiosa, y demorada. Con todo eso, y con una notable capacidad para verbalizar los pensamientos e intuiciones que le surgen mientras contempla un cuadro de Hopper, un grabado de Goya o una fotografía de Nicholas Nixon, construye Antonio Muñoz Molina los textos que componen El atrevimiento de mirar, un librito que recopila un puñado de escritos elaborados en el transcurso de 20 años, casi siempre por encargo de museos y galerías.

Los textos de Muñoz Molina son rigurosos y están llenos de erudición (aunque no necesariamente pictórica o artística), pero nadie que los lea los encontrará inaccesibles y distraídos de la obra a la que atienden. Muñoz Molina rehúye la jerga del profesor o del experto en arte, esa lengua tan particular que parece concebida para acomplejar a los aficionados y alejarlos finalmente de los centros del arte.



“Puedo atestiguar”, dice el autor en las primeras páginas, “que estudié historia del arte en la segunda mitad de los años setenta y que la mayor parte de mis profesores no consideraban una prioridad la observación atenta de los cuadros, los edificios, las esculturas o las películas que incansablemente teorizaban, y si lo hacían era para detectar en ellos pruebas evidentes de la lucha de clases, o de la transición entre el feudalismo y el capitalismo, o cosas así”.      

Como hiciera en Pura Alegría (1998), donde rendía homenaje a Faulkner, Max Aub o Juan Carlos Onetti, Muñoz Molina vuelve a mostrar en este librito sus admiraciones. Las obras de Goya, Georges de La Tour, Hopper, Juan Genovés, Miguel Lacaya o Christian Schad son blanco de su mirada con el deseo, inconfesado, de que al terminar de leer saltemos del sofá para irnos al Prado, al Thyssen o a Internet a disfrutarlas. Para contemplar los Desastres de la Guerra, esa serie fundacional del horror moderno que nos dejó Goya, o esos  lienzos aparentemente ligeros en los que Hopper volcó décadas de oficio para “apresar” sensaciones verdaderas y salvarlas de la erosión del tiempo, o los retratos sombríos con los que un desconocido La Tour convierte la intimidad en protagonista de la pintura europea.  



En 1975, el fotógrafo estadounidense Nicholas Nixon empieza una obra que hoy todavía está inconclusa. Es una serie compuesta por los retratos que cada año le hace a las cuatro hermanas Brown, una de las cuales, Bebe, es su mujer. Hablando de esta obra, que “muestra el estupor de que nada se mantenga y todo parezca estar destinado a la ruina”, Muñoz Molina aprovecha para reivindicar el oficio de Nixon y localizar los tres males del arte contemporáneo: “la ironía forzada, la distancia emocional y el desdén hacia los fundamentos artesanales del oficio”.



El entusiasmo, esa pura alegría de mirar con curiosidad, esperando a que sea el cuadro el que nos revele el secreto, y no el comentario del experto o la chapita informativa, lleva en algunos momentos a Muñoz Molina a convertir al artista en materia novelesca. Ocurre cuando habla del valenciano Juan Genovés, hijo de carbonero y que acabó en el partido Comunista, y que en los sesenta se convierte en pintor internacional con unos cuadros en los que decenas, cientos de figuras sin rostro huyen o levantan los brazos, siempre sobre un espacio indeterminado. El retrato que hace Muñoz Molina de Genovés acaba siendo una pieza envolvente, primorosamente escrita y que bien podría convertirse en el germen de un relato.  



También levanta cierto vuelo literario Muñoz Molina cuando se pone delante del Retrato del Doctor Haustein, de Christian Schad, que está en la exposición permanente del Thyssen en Madrid y que, a pesar de compartir espacio con maravillas de Grosz o Dix, resulta mucho más perturbador. La mirada triste pero serena del médico judío y berlinés que pinta Schad unos años antes de la Segunda Guerra Mundial da pie a Muñoz Molina para abrirnos una ventana al agitado y sombrío mundo de entreguerras.  

domingo, 2 de septiembre de 2012

Vida y muerte en el Tercer Reich, de Peter Fritzsche




Por Mariano Oliveros

Desde que Hannah Arendt escribiera Eichmann en Jerusalén, hace ya 50
años, la discusión sobre la responsabilidad de la sociedad alemana, y
la individual de sus ciudadanos, en la ascensión y el auge del nazismo
y en la aplicación de su atroz programa de exterminio racial, ha dado
lugar a agrias polémicas. Aunque Hannah Arendt siempre rechazó el
concepto de culpabilidad colectiva (“donde todos son culpables, nadie
lo es”), sí creía en la existencia de una responsabilidad política o
colectiva (“yo debo ser considerada responsable por algo que no he
hecho y la razón de mi responsabilidad ha de ser mi pertenencia a un
grupo, un colectivo, que ningún acto voluntario mío puede disolver”).

La tesis de Arendt es compartida por Peter Fritzsche, profesor de
Historia en la Universidad de Illinois, que en Vida y muerte en el
Tercer Reich
analiza en profundidad “el esfuerzo que los alemanes
realizaron para convertirse en nazis” mediante el examen del
“atractivo de las ideas nacionalsocialistas (el deseo de adoptar los
estándares de conducta nacionalsocialistas, pero también lo difícil
que resultaba hacerlo) y en qué medida los alemanes tomaron decisiones
políticas de forma deliberada, consciente e informada durante el
Tercer Reich”. Las páginas de este fascinante libro se centran, por
consiguiente, en la “colaboración audaz, homicida y autodestructiva en
el nombre de una nueva Alemania” que fue ejercida por la ciudadanía
alemana durante ese terrible periodo de la historia de Europa.

Tras los ríos de tinta que han fluido sobre el mismo tema, la novedad
(relativa) del enfoque de Fritzsche reside en el exhaustivo empleo de
la correspondencia privada y de los diarios personales de los propios
alemanes de la época, de los que el autor extrae referencias
impagables sobre el clima social en el que prosperó el nazismo (uno de
los diarios que más cita es el muy conocido de Víctor Klemperer). Así,
las conocidas consecuencias del abusivo Tratado de Versalles, el
ambiente de humillación, traición y fracaso y el deseo de revancha
alemán de entreguerras, el desarrollo y el posterior colapso de la
República de Weimar en paralelo al encumbramiento de Hitler, se
vuelven más comprensibles cuando su descripción se acompaña de la
opinión desnuda de los ciudadanos comunes.

El deseo de un renacer económico y colectivo, en una Alemania fuerte y
unida, fue perfectamente aprovechado por los nazis, que ofrecieron a
la sociedad un modelo idealizado de patria austera en las costumbres y
ambiciosa en los objetivos, sobre la base de un antisemitismo radical,
aunque al principio sólo programático. Las mejores páginas del libro
describen con detalle cómo los nazis, mediante una mezcla de
propaganda, actuación social y agresividad política, fueron
extendiendo, en toda la vida pública y privada, su deformada visión de
la superioridad racial aria y la nefasta idea de la “nación en
peligro”, hasta obtener, prácticamente sin oposición, si no la
aquiescencia, sí al menos los sentimientos favorables de la gran masa
del pueblo alemán. 

La necesidad de conseguir un ansiado “espacio vital” que garantizara seguridad 
y progreso para Alemania acabó en la aceptación social de la beligerancia hostil 
frente otras naciones que condujo a la Segunda Guerra Mundial y, al fin, a la idea 
de la “guerra total” que Goebbels expresara en su famoso discurso de 1943 en el
Palacio de los Deportes de Berlín.

Vida y muerte en el Tercer Reich documenta, asimismo, el proceso,
iniciado a partir de la derrota de Stalingrado y de la contraofensiva rusa, 
por el que los alemanes, progresivamente, se fueron sintiendo, de nuevo, 
traicionados, y, pese a su condición de colaboradores necesarios y agentes efectivos 
en la guerra, pasaron a considerarse a sí mismos exclusivamente como víctimas, 
primero del deseo de venganza y de la brutalidad de los “bolcheviques” y, muy al
final, del aparato nazi. 

Tal sentimiento incluyó en la opinión de muchos ciudadanos y contra toda
evidencia, la exculpación de la Wehrmacht, en su ficticia condición de fuerza 
armada intachablemente dedicada a la consecución de los ideales de la patria 
y separada de la estructura de poder nacionalsocialista.

Por otro lado, la extendida falacia de que la mayor parte del pueblo
alemán no tuvo conocimiento del Holocausto, es rebatida de manera
explícita por Fritzsche que, apoyado en los documentos privados que se
conservan, revela que, por mucho que los pormenores de la “Solución
Final” no fueran conocidos en detalle por los ciudadanos durante su
ejecución, era imposible ignorar el destino que se reservó a los
judíos a partir de 1941.

La terrible conclusión de Fritzsche es que en la Alemania
nacionalsocialista no existía una distinción entre las “personas
normales y corrientes” y los nazis, puesto que los dos colectivos
estaban entremezclados. Sin embargo, como recuerda Fritzsche, los
alemanes tendieron a indultarse tras el fin de la guerra por cuanto
quisieron creer, en palabras de Konrad Adeanuer, que “la abrumadora
mayoría del pueblo alemán abominó de los crímenes cometidos contra los
judíos y no participó en ellos”, lo que se concretó, incluso, en una
amnistía judicial general declarada formalmente por el Bundestag en
1951.

En conclusión y aunque Fritzsche constate que “parte del conocimiento
de la vida y la muerte en el Tercer Reich es el carácter siempre
incompleto de las explicaciones”, su libro nos ofrece una reveladora
síntesis de las razones sociales del éxito del nazismo.



Vida y muerte en el Tercer Reich
Peter Fritzsche
28,50 euros (papel)
Editorial Crítica
360 páginas