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jueves, 4 de agosto de 2016

Sánchez-Cuenca contra los intelectuales españoles



A propósito de la lectura de 'La desfachatez intelectual', de Ignacio Sánchez-Cuenca


Este libro ha levantado algo de revuelo porque su autor, el profesor de políticas Ignacio Sánchez-Cuenca, critica la falta de rigor y profundidad de algunas de las plumas de referencia de la prensa española, sobre todo las del diario El País. Hay que reconocer que La desfachatez intelectual, al contrario de otros acercamientos más generales y “políticamente correctos”, no ahorra en nombres propios y apunta sin disimulo a los perpetradores de la estafa: Félix de Azúa, Antonio Muñoz Molina, Fernando Savater, César Molinas, Luis Garicano, Mario Vargas Llosa, Javier Cercas...

Uno se pregunta cuando lee este ataque frontal a los figurones del Grupo Prisa si Ignacio Sánchez-Cuenca habría publicado un libro tan pertinaz si siguiera en la nómina de opinadores de El País, un periódico donde siempre le trataron muy bien y del que se fue por su propia voluntad, según él mismo confiesa. 

A la literatura furibunda y visceral característica de los “machos discursivos” –así llama en algún momento el politólogo a los autores caradura que pone en el punto de mira- responde Sánchez-Cuenca con un análisis reposado y pretendidamente amable y constructivo. Y monta su ataque basándose exclusivamente en las contradicciones y fallos de argumentación que encuentra en la palabra publicada, sin importar si esa palabra se aloja en lo más profundo de la hemeroteca y fue pronunciada varias décadas atrás. “Por tus palabras serás condenado”, parece advertirnos a cada momento Sánchez-Cuenca.

Sin embargo, a pesar de sus buenas intenciones, este libro tiene aire de ajuste de cuentas. Y eso es así en parte por ese énfasis en la literalidad. Siempre con una sonrisa en la boca y con trato exquisito, Sánchez-Cuenca enseña los colmillos para desacreditar una línea de pensamiento –la de los opinadores de referencia de El País- que, en su opinión, se ha ido escorando al centro y la derecha con el paso del tiempo, pero sobre todo desde la irrupción en la escena política de José Luis Rodríguez Zapatero, un político al que el autor tiene en alta estima y que “machos” de la palabra como Félix de Azúa han despellejado vivo.  

El ataque “amable”  y bienintencionado de Sánchez-Cuenca no tiene desperdicio. A Fernando Savater le recrimina el giro de sus ideas sobre el terrorismo etarra en las últimas décadas. A base de escarbar en la “maldita hemeroteca”, muestra la incongruencia del filósofo, que pasó de ver con buenos ojos el independentismo en los años de plomo, cuando ETA precisamente hacía más daño, a convertirse en voz y símbolo del españolismo y comulgar con el discurso del PP cuando la situación, paradójicamente, empezaba a mejorar. De Félix de Azúa critica su tono excesivo, apocalíptico y cascarrabias, propio de lo que Jordi Gracia ha llamado en un panfleto recomendable el “intelectual melancólico”, aquel que ve en el mundo de hoy decadencia y banalidad por doquier, y echa de menos tiempos pasados, más geniales y felices.  

En todo caso, y yendo más allá de las referencias personales (que son la verdadera salsa del libro), el libro de Sánchez-Cuenca llama la atención sobre algunos de los vicios del debate público en España y sobre lo poco o nada que contribuyen los medios de comunicación en España a elevar su nivel. A nadie se le escapa que en este país la opinión en los periódicos está dominada por escritores y periodistas todoterreno que llevan siempre la discusión al terreno que más conocen (sobre todo el tema identitario y territorial) y pasan de puntillas por otras muchas cuestiones por el desconocimiento o por el escaso interés en documentarse sobre las mismas. 

No ayuda mucho a tener debates de calidad el hecho de que el mismo opinador de periódico (o televisión, o radio, o a veces de todo a la vez) aparezca por la mañana hablando de la prima de riesgo o la deuda soberana, al mediodía de la guerra en Siria o del último Premio Nobel de literatura y por la noche del sistema de pensiones en España o de los tratados de comercio internacionales. Sánchez-Cuenca añora las prácticas de los medios anglosajones, donde la figura del santón intelectual que opina un día sí y otro sobre casi todo es más rara y donde los medios recurren más a la visión del experto con una visión más analítica y menos apasionada del mundo. Aunque quizá con la calamitosa campaña del Brexit, esta admiración tenga que ser revisada.  

Se detiene Sánchez-Cuenca en el análisis de la crisis económica que sacude España desde 2008, y se lamenta de las simplificaciones a las que han recurrido desde ese momento muchos autores con el traje del regeneracionismo para explicar la catástrofe. “Merecíamos algo mejor”, dice el politólogo, que, por ejemplo, considera un completo disparate lo que cuenta Antonio Muñoz Molina en Todo lo que era sólido, un libro aplaudido por casi todos cuando salió publicado. Para Sánchez-Cuenca, el novelista de Jaén comete una falta grave cuando se conforma con identificar como razón fundamental de la debacle económica la obsesión de la vida política y mediática española por los debates nacionalistas y guerracivilistas, sin entrar mínimamente en los múltiples problemas financieros que originaron la recesión. También censura el tenebrismo, el noventayochismo y el tono excesivamente quejumbroso del autor de El jinete polaco. En este apartado, también desacredita algunas de las argumentaciones de César Molinas en su muy promocionado ¿Qué hacer con España?, o pone en cuestión la excesiva importancia que dan a los incentivos autores como el propio Molinas o Garicano en sus propuestas regeneracionistas.  
  
El libro de Sánchez-Cuenca es interesante por cuanto cuestiona con datos y trabajo de hemeroteca el discurso de algunas de las vacas sagradas del escenario mediático y editorial de este país. Y, sobre todo, porque más allá del acierto y pertinencia de sus críticas y puntualizaciones, pone en evidencia algunas de las carencias del debate público en España, dominado en muchos casos por una literatura frentista, maniquea y ensimismada, y de atufado aire decimonónico a ratos. Una retórica simplificadora empeñada en perpetuar los fantasmas del pasado, pero que nos aleja de los debates más actuales y carece del rigor analítico que debería dominar en una opinión pública de altos vuelos.


martes, 3 de febrero de 2015

Miserias de la tribu literaria



A propósito de 'La mala puta', 
de Miguel Dalmau y Román Piña

Los libros de escritores sobre escritores o sobre el mundo de la edición son tan viejos como la propia literatura. El que han escrito Miguel Dalmau, conocido sobre todo por sus biografías de los Goytisolo y de Gil de Biedma, y el editor Román Piña sobre la deriva de la literatura española en los últimos 10 años es devastador.

La mala puta está escrito desde la periferia geográfica, editorial –el volumen lo publica Sloper, que dirige el propio Piña- y sentimental. De otro modo no habrían podido sacar adelante un trabajo que muestra sin tapujos las miserias y precariedades de un oficio y de una industria dominada por el conservadurismo de unos editores más pendientes del balance financiero que de la calidad literaria que pregonan, y donde son moneda corriente las obras de encargo, los premios apañados o los títulos firmados por periodistas de medio pelo, pero de gran proyección mediática y, por tanto, comercial.

Pero no queda ahí la cosa. La mala puta también pone en el punto de mira a los propios escritores, angustiados por la cuenta corriente, anegados por su ego y paralizados por sus inseguridades; y a la crítica, esa que llena suplementos literarios entregados a la promoción y el halago y que rara vez la emprende contra los autores de la casa o de los grandes grupos editoriales, a la espera de migajas en los suculentos presupuestos publicitarios. Como no podía ser menos, al caso Echevarría, paradigma último del “crítico frente al poder”, también van dedicadas algunas páginas.

La primera parte de La mala puta, la que firma Miguel Dalmau, es para mí la más sabrosa. Dalmau no duda en largar chascarrillos sobre el paternal Herralde y sus novelistas estrella, un entorno que conoce bien, y saca a relucir las miserias de las agencias literarias o la miopía (literaria) de Pere Gimferrer, padrino de Muñoz Molina o Llamazares, pero incapaz de valorar a las jóvenes promesas del mundillo literario barcelonés.

A pesar de que Miguel Dalmau nos advierte unas cuantas veces de que este libro no es fruto del resentimiento que le generó el hecho de no poder sacar hace unos años una biografía desmitificadora de Julio Cortázar (los abogados de la viuda del escritor lo impidieron), su discurso suena a duro a ajuste de cuentas. En todo caso, no cuesta aceptar que algo huele a podrido en el mundo de las letras y que los testimonios de Dalmau y Piña tienen su interés. 

Nunca estuvo la cosa para experimentos, pero mucho menos ahora, nos vienen a decir los autores de este réquiem por la literatura española. Para certificar el conservadurismo de los editores y la incapacidad de la propia industria editorial para renovar la nómina de los grandes autores, basta echar un vistazo al Babelia, el suplemento de literatura de El País, que cada sábado –lo reconozco- leo puntualmente. A finales del año pasado el suplemento de marras sacó el listado de las mejores novelas del año. La nómina era bien indicativa: Javier Marías, Javier Cercas, Luis Landero y Antonio Muñoz Molina... Ni rastro de aire fresco en ese particular olimpo, y otra vez una apuesta clara por las marcas de la casa, las denominaciones de origen más laureadas y rentables.

La consecuencia de tanto conservadurismo: que aquellos que pueden renovar el panorama, los nuevos Marsé o Mendoza o Vila-Matas, no tienen hoy opciones de prosperar. Para Ramón Piña, el último capítulo de una edición valiente en España es la irrupción de la “generación Kronen” en los noventa, al calor del Premio Nadal que recibió José Ángel Mañas. Una generación que, pasado el efecto sorpresa inicial, luego se las vio y se las deseó para seguir publicando y que hoy en su mayor parte malvive con la literatura o simplemente la dejó aparcada en el cajón.


Pedro Maestre (Premio Nadal en su momento), Pedro Ugarte, Marta Sanz, David Torres o Montero González acompañan en esta radiografía del fracaso a Mañas, momentáneo 
enfant terrible de las letras españolas que despertó más expectativas que otra cosa y que hoy se gana la vida con trabajos de encargo, triturado por una fama repentina y por un mundo editorial lleno de sueños, pero también de olvido.    

lunes, 5 de enero de 2015

En el día que asesinaron a Martin Luther King



A propósito de "Como la sombra que se va", 
de Antonio Muñoz Molina

Quizá buscando nuevos caminos, o quizá seducido por la modernidad de los cocineros de prestigio o de novelistas como Javier Cercas (¿quién sabe?), Muñoz Molina se aplica al ejercicio de construir y deconstruir la novela en su último libro. La peripecia del asesino de Martin Luther King en Lisboa, donde recala huyendo de la policía y del FBI, se entremezcla con el recuerdo del autor de las circunstancias que rodearon la escritura de El invierno en Lisboa, la historia de músicos de jazz y amores imposibles que le cambió la vida y le abrió tantas puertas en el mundo editorial a mediados de los ochenta, cuando era funcionario municipal en Granada.

A mí me interesa mucho más el segundo relato que el primero, en el que se ha fijado toda la mercadotecnia de esta novela. Y es que no me transmite Muñoz Molina la fascinación que siente por James Earl Ray, el enigmático racista sureño que acabó con la vida del activista más famoso de la historia de Estados Unidos un día de abril de 1968 en el Hotel Lorraine de Memphis, y que le llevó a leer durante años libros de especialistas, a rebuscar en archivos y periódicos de la época y a visitar finalmente la ciudad de Tennessee, donde se produce el emblemático asesinato, en busca de inspiración. El relato que hace Muñoz Molina de Earl Ray es exhaustivo, pero también acartonado y mecánico. Tanta repetición de datos (me pregunto qué habrá pensado el editor sobre el asunto), acaba por convertirlo en soporífero, y uno tiene en muchos momentos la tentación de pasar página en busca de un cambio de registro.

En mi caso, encuentro mucho más cercana, atractiva y conmovedora la historia de ese funcionario de bajo rango en el Ayuntamiento de Granada, padre primerizo y confundido, que todavía no ha asumido las exigencias y renuncias de la paternidad, y que al mismo tiempo sigue alimentando, casi de forma furtiva, ambiciones literarias y se sigue dejando seducir por la vida crápula del soltero, los delirios de la farándula provinciana y alcohólica y el cine clásico en blanco y negro.

Al echar la vista casi 30 años atrás, Muñoz Molina escribe las mejores páginas de este libro, que, como acertadamente sugiere el título, va de la fugacidad del tiempo y de la vida, de lo que fuimos y de lo que seguimos siendo, y de lo que ya no somos. "¿Qué podemos amar que no sea una sombra?", dijo Hölderlin. Ahí el protagonista es el joven escritor que termina, en los ratos de paz en que duerme su hijo recién nacido o en horas que le gana al sueño, una novela repleta de cinefilia, clichés y venerada bohemia. “Soy y no soy el hombre que viajó a Lisboa”, dice el autor a toro pasado, en pasajes que suenan a ajuste de cuentas consigo mismo. Antonio Muñoz Molina, el hijo de labriegos excepcionalmente dotado para la narración, vuelve a convertirse en uno de los mejores personajes del autor, algo que claramente vimos en Ardor guerrero, y también en El viento de la luna o El jinete polaco.

Muñoz Molina también nos da una clase magistral de escritura. Como la sombra que se va es una invitación al taller del escritor. En otro guiño moderno, Muñoz Molina nos cuenta la teoría literaria y el origen de personajes y situaciones de El invierno en Lisboa, la novelita con el que el joven padre de provincias se convierte de la noche a la mañana en un autor de éxito: vendiendo decenas de miles de ejemplares, ganando el Premio Nacional de Literatura y el de la Crítica y un poco más tarde siendo llevado al cine.   


En la parte final del libro, es el propio Luther King el que cobra protagonismo, y ahí el relato vuelve a coger cierto vuelo. Me interesa ese personaje de resonancias míticas (ésta vez sí), pero contradictorio. El Luther King que Muñoz Molina nos presenta es el gran líder de los derechos civiles en Estados Unidos, el hombre que pone en pie de guerra un país devastado por siglos de segregación y desigualdad. Pero también es un personaje con dobleces, que en su juventud estuvo a punto de renunciar a todo para convertirse en un acomodado profesor de universidad en la costa este y que en su momento de máximo esplendor mediático, cuando muchos ya lo veneraban, se entrega a los placeres terrenales, alimenta un romance con una colaboradora y difícilmente puede ocultar el hastío que le producen la política y la trepidante agenda pública,

Lisboa es el punto en el que convergen todas las historias de esta novela: la del asesino de Luther King en los remotos años sesenta; la del joven escritor de provincias que deja a su hijo recién nacido en Granada y acude allí unos días, a mediados de los ochenta, en busca de inspiración para una novela sobre músicos autodestructivos y relaciones abocadas al fracaso; y la del escritor consagrado y felizmente casado que vuelve a la ciudad de calles estrechas y fachadas cariadas por el salitre para revivir la peripecia de James Earl Ray y, de paso, encontrarse con el hijo que también ha recalado allí en la primera etapa de su independencia. Creo que este artificio lastra hasta cierto punto la novela, que queda demasiado encorsetada, pero también permite al autor crear una fábula sobre la fugacidad del instante, la importancia de lo fortuito y sobre ese siempre delicado momento que es llevar la vida, tal cual fluye, al papel.





lunes, 23 de junio de 2014

Ciencia política al rescate de un país contra las cuerdas



A propósito de la lectura de La urna rota, de Politikon.es


En los años de las vacas gordas, la ciudadanía española se olvidó de los asuntos públicos, hipnotizada por la marea de crédito y el supuesto bienestar que traía consigo. Sin embargo, el final del encantamiento, que llegó (a pesar de Zapatero) en 2009, hizo que el país cambiara de actitud y que cualquier sitio -el bar, el aula universitaria, la máquina del café en el trabajo o el taxi- se convirtiera en un lugar propicio para recordar desde la nostalgia los buenos tiempos y también para enredarnos en disputas con cierto aire regeneracionista. Todos, de repente, nos dimos cuenta de que el país, el Estado, las instituciones y la economía, hacían agua por todos lados, de que no funcionaban, y salimos en busca de soluciones. Con más intuición que otra cosa, eso sí.

El mundo editorial vio el filón. Y en estos años la literatura regeneracionista también ha sido abundante en las librerías, dando lugar a títulos que en ocasiones han llegado a trascender para convertirse en bestsellers. Fue en lo que ocurrió en una primera etapa con los panfletos movilizadores de Stephane Hessel o de José Luis Sampedro. Y más tarde con Todo lo que era sólido, reflexión en voz alta de Muñoz Molina sobre la crisis que nadie vio venir, o las novelas Democracia, de Pablo Gutiérrez, y la muy brillante En la orilla, de Rafael Chirbes, quizá el mejor ejercicio de estilo con el descalabro de telón de fondo. O también con el sugerente análisis del jurista Santiago Muñoz Machado. Tampoco han faltado los diagnósticos de los economistas, los verdaderos gurús del momento, y sus recetarios para salir del atolladero. Pienso en los visionarios Santiago Niño Becerra y Nouriel Roubini, en el mediático Paul Krugman, o en libros posteriores de José Carlos Díez o Luis Garicano, cabeza más visible del grupo de analistas reunidos en torno al blog Nada es gratis. En definitiva, ha habido para dar y tomar, y llegarán muchos más, toda vez que la crisis va para largo. Incluso los políticos que llevaron al desastre o que en su momento hicieron bien poco para evitarlo se dieron el capricho editorial: el mismo Zapatero, Solbes, Felipe González, Ramón Jáuregui...

La urna rota también se sube al carro de la regeneración, aunque sus autores son unos desconocidos treintañeros interesados por la sociología, las ciencias políticas y la  estadística, y que combaten los lugares comunes que sufre el debate público sobre el futuro de España desde el blog Politikon.es. El punto de partida del libro es claro: la crisis ha hecho saltar las costuras del país, pero no sufrimos un castigo divino del que no podamos redimirnos y salir fortalecidos. No estamos condenados, por la genética, la historia o la cultura, a tener un país siempre al borde del precipicio. Al contrario, los analistas de Politikon.es aseguran que estamos ante una crisis no tanto económica como institucional, y que se puede resolver si hay voluntad por parte de todos. Han fallado los políticos, el modelo de representación y los resortes con que cuenta la sociedad para sanear la democracia. España es un país fracasado porque sus instituciones no están a la altura y no hay incentivos en las élites y en la propia ciudadanía para que las cosas funcionen. En este sentido, el libro parte de tesis transitadas antes por Acemoglu y Robinson en Por qué fracasan las naciones, aunque allí el análisis de la situación es mundial.

Es de agradecer a los autores de La urna rota el esfuerzo empleado para plasmar las cuestiones y debates en muchos casos académicos con una lenguaje al alcance de cualquiera, sin renunciar por ello al rigor y los datos estadísticos para apuntalar los argumentos. Se nota en la escritura que los promotores de Politikon.es están fogueados por el debate en Internet y la escritura sintética de Twitter. Es un trabajo que localiza los puntos de fuga del sistema, empezando por unos partidos políticos monolíticos y cerrados que compromete la elección de líderes. También analiza el sistema electoral español y la idoneidad de abrir las listas o trasladar a España el sistema mayoritario británico, donde el político electo se debe antes que nada a sus electores. Asimismo, denuncia los estrechos vínculos entre los políticos, sobre todo locales, y la administración, causa de buena parte de los asuntos de corrupción que han aparecido en los últimos años.

La urna rota no contiene recetas mágicas y evita los atajos revolucionarios. Hay mucho ganado en las últimas tres décadas, vienen a decirnos sus autores, y ha llegado la hora de dar un paso adelante y consolidar una democracia de más calidad. La democracia es un sistema imperfecto, lento, de prueba y error, pero preferible a mesianismos de izquierda o derecha. El libro rehúye los clichés y las respuestas rápidas y contaminadas por la pasión del debate mediático y entre partidos. Así, recorre los pros, pero también los contras, de las listas abiertas,  del sistema electoral, de las primarias en los partidos, de la democracia directa (sin la mediación de los partidos), de los ensayos de laboratorio previos a la ejecución de políticas públicas o de la inclusión de tecnócratas y funcionarios en los niveles más altos de la administración.

Aunque las élites son causante de buena parte de los males que aquejan al país, los analistas de Politikon.es creen que el alejamiento de los españoles de la cosa pública ha empeorado la situación y retrasado la llegada de soluciones. La Transición blindó a las élites, en un modelo que va de "arriba abajo", y hoy seguimos padeciendo las consecuencias de ese planteamiento, que ha dejado al país sin contrapesos a los partidos. La sociedad civil española está poco vertebrada y los medios de comunicación se mantienen rehenes del poder. Como resultado, la contestación siempre es puntual, vaga y poco efectiva. El 15-M es un buen ejemplo de ello. E iniciativas como los asociaciones antidesahucio, un motivo para la esperanza.

En fin, estamos ante un buen libro de ágil lectura y que puede ayudar a muchos a poner en el contexto adecuado y sin dogmatismos muchos temas que son tratados con frivolidad en los medios. Y, de paso, elevar el nivel de esas conversaciones regeneracionistas del bar o de la máquina de café del trabajo, a las que tan aficionados nos hemos hecho. Y quién sabe si también a fomentar la participación en unas instituciones y en un futuro que nos pertenecen a todos. 

sábado, 19 de enero de 2013

El atrevimiento de mirar, de Muñoz Molina





Encontrar un lenguaje propio para hablar del arte que encontramos en los museos exige haberse encontrado antes como espectador y mucho entrenamiento. También requiere una mirada atenta, siempre alerta, curiosa, y demorada. Con todo eso, y con una notable capacidad para verbalizar los pensamientos e intuiciones que le surgen mientras contempla un cuadro de Hopper, un grabado de Goya o una fotografía de Nicholas Nixon, construye Antonio Muñoz Molina los textos que componen El atrevimiento de mirar, un librito que recopila un puñado de escritos elaborados en el transcurso de 20 años, casi siempre por encargo de museos y galerías.

Los textos de Muñoz Molina son rigurosos y están llenos de erudición (aunque no necesariamente pictórica o artística), pero nadie que los lea los encontrará inaccesibles y distraídos de la obra a la que atienden. Muñoz Molina rehúye la jerga del profesor o del experto en arte, esa lengua tan particular que parece concebida para acomplejar a los aficionados y alejarlos finalmente de los centros del arte.



“Puedo atestiguar”, dice el autor en las primeras páginas, “que estudié historia del arte en la segunda mitad de los años setenta y que la mayor parte de mis profesores no consideraban una prioridad la observación atenta de los cuadros, los edificios, las esculturas o las películas que incansablemente teorizaban, y si lo hacían era para detectar en ellos pruebas evidentes de la lucha de clases, o de la transición entre el feudalismo y el capitalismo, o cosas así”.      

Como hiciera en Pura Alegría (1998), donde rendía homenaje a Faulkner, Max Aub o Juan Carlos Onetti, Muñoz Molina vuelve a mostrar en este librito sus admiraciones. Las obras de Goya, Georges de La Tour, Hopper, Juan Genovés, Miguel Lacaya o Christian Schad son blanco de su mirada con el deseo, inconfesado, de que al terminar de leer saltemos del sofá para irnos al Prado, al Thyssen o a Internet a disfrutarlas. Para contemplar los Desastres de la Guerra, esa serie fundacional del horror moderno que nos dejó Goya, o esos  lienzos aparentemente ligeros en los que Hopper volcó décadas de oficio para “apresar” sensaciones verdaderas y salvarlas de la erosión del tiempo, o los retratos sombríos con los que un desconocido La Tour convierte la intimidad en protagonista de la pintura europea.  



En 1975, el fotógrafo estadounidense Nicholas Nixon empieza una obra que hoy todavía está inconclusa. Es una serie compuesta por los retratos que cada año le hace a las cuatro hermanas Brown, una de las cuales, Bebe, es su mujer. Hablando de esta obra, que “muestra el estupor de que nada se mantenga y todo parezca estar destinado a la ruina”, Muñoz Molina aprovecha para reivindicar el oficio de Nixon y localizar los tres males del arte contemporáneo: “la ironía forzada, la distancia emocional y el desdén hacia los fundamentos artesanales del oficio”.



El entusiasmo, esa pura alegría de mirar con curiosidad, esperando a que sea el cuadro el que nos revele el secreto, y no el comentario del experto o la chapita informativa, lleva en algunos momentos a Muñoz Molina a convertir al artista en materia novelesca. Ocurre cuando habla del valenciano Juan Genovés, hijo de carbonero y que acabó en el partido Comunista, y que en los sesenta se convierte en pintor internacional con unos cuadros en los que decenas, cientos de figuras sin rostro huyen o levantan los brazos, siempre sobre un espacio indeterminado. El retrato que hace Muñoz Molina de Genovés acaba siendo una pieza envolvente, primorosamente escrita y que bien podría convertirse en el germen de un relato.  



También levanta cierto vuelo literario Muñoz Molina cuando se pone delante del Retrato del Doctor Haustein, de Christian Schad, que está en la exposición permanente del Thyssen en Madrid y que, a pesar de compartir espacio con maravillas de Grosz o Dix, resulta mucho más perturbador. La mirada triste pero serena del médico judío y berlinés que pinta Schad unos años antes de la Segunda Guerra Mundial da pie a Muñoz Molina para abrirnos una ventana al agitado y sombrío mundo de entreguerras.