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miércoles, 7 de junio de 2017

Una tarde en el Feria del Libro de Madrid (What else?)



Tarde cálida de primavera, cielo despejado, sin nubes ni tormentas amenazadoras en el horizonte. Y el bullicio tranquilo de un día laborable en la Feria del libro de Madrid. ¿Qué más se puede pedir?

Todo está al alcance de un clic en Amazon y en el resto de Internet. Antes, cuando un libro abandonaba los estantes de las librerías,  desaparecía de verdad, se esfumaba sin dejar rastro. “Está descatalogado”, nos decía el librero, y uno no tenía más remedio que agachar la cabeza y resignarse a no leer aquel título deseado pero postergado u olvidado por el editor, quizá porque nadie más mostró interés por él en mucho tiempo.

Aunque todo está al alcance de nuestra mano en Internet y en esos supersites de libros como Amazon.com uno puede encontrar la última edición de cualquier novela o ensayo, en papel o en formato electrónico, o incluso de segunda mano, y también tiene en otras webs la alternativa del PDF pirata, creo que la experiencia de pasar una tarde soleada (o dos, o tres) en la Feria del Libro, en el Parque del Retiro, oliendo a pino y a hierba húmeda, es inigualable. Esa gigantesca mesa de sugerencias que se prolonga durante cientos de metros y casetas por el Paseo de Coches del Retiro es la mejor invitación a la lectura que se me ocurre.

Un paseo tranquilo y atento por las casetas de las editoriales en la Feria del libro depara muchas sorpresas (los expositores de las librerías, que no se suelen arriesgar y optan por un puñado previsible de novedades y bestsellers, suelen dar menos de sí). La Feria del libro siempre es un reencuentro con viejos amigos a los que las mesas de novedades no dan la oportunidad durante el año, pero que aquí vuelven a aparecer y a reclamar la atención. En mi caso, vienen a mi encuentro los hermanos Panero, el reconcentrado Iñaki Uriarte o el peruano Ribeyro, cuyos espléndido diario -La tentación del fracaso- tantas veces he tenido en las manos y nunca me he llevado a casa. 

En la Feria del Libro de este año volví a encontrarme pues con los irreductibles Panero y su, quizá ya demodé, invitación a la autodestrucción: Páginas de Espuma ha publicado los cuentos completos de Leopoldo María. En Visor di con unas Prosas encontradas, artículos también de Leopoldo María publicados en ¡ABC y Egin!, y Bartleby ha publicado una biografía de Michi Panero que incluye cuentos que nunca publicó el menor y más autocrítico de esa saga tan amiga del malditismo.

Otra de las cosas que me gustan de la Feria del libro es el batiburrillo. En una caseta -en concreto la de la editorial ESIC- enseñan libros de negocios y dedican algún volumen a orientarnos en la tarea ciclópea de conseguir 10.000 seguidores en Twitter (sin hacer trampas ni acudir al mercado negro de las redes sociales, supongo). Más allá, los de la Fundación Federico Engels intentan mantener viva la llama del comunismo primigenio con títulos que ya nadie se para a ojear. Y, por otro sitio, una editora vehemente intenta venderme Los extraños, novela de un autor del que no he oído hablar pero que a partir de ahora, según ella, deberé tener muy en cuenta porque es un auténtico crack: Vicente Valero. Le digo, casi disculpándome, que tomo nota y sigo andando en busca de tesoros. 

Los de la editorial Turner también me intentan enganchar, aunque con maneras más suaves. La verdad es que los de Turner publican libros cuando menos sugerentes. Más allá del espléndido La España vacía, de Sergio del Molino, un libro en principio para una minoría de lectores y que milagrosamente ha trascendido y ha puesto en el mapa mediático a ese medio país que desaparece por la despoblación, Turner tiene títulos como Por qué los edificios se caen, un repaso por los grandes desastres arquitectónicos de la Humanidad, o La importancia del tenedor, que nos cuenta cómo han ido cambiando los útiles para cocinar, desde la cuchara de madera a la Thermomix.

En la Feria del Libro de Madrid también hay santuarios por los que uno debe pasar sí o sí, aunque sólo sea para cerciorarse de que siguen ahí y de que no todo es vacuidad, fachada y show-business también en el mundo de la literatura. En mi caso, esa peregrinación en busca de las esencias siempre me lleva a los puestos de Anagrama y Acantilado. Da gusto comprobar que, a pesar de tanta fruslería y de tanto libro firmado por el cocinero de moda o por el último youtuber millonario e imberbe, en esta Feria también alguien va a poder ojear y comprar Los ensayos de Montaigne, las memorias europeas de Stefan Sweig, las novelas terminales de Rafael Chirbes o esa reinvención del periodismo que hizo Truman Capote en A sangre fría.

En la Fería del libro también quedamos retratados como lectores. A mí, por ejemplo, la caseta de Valdemar, una editorial con un imponente catálogo de títulos clásicos de aventuras y suspense, no me llama la atención gran cosa. Conozco alguno que se pasaría la vida en ella. Tampoco soy lector de poesía, y paso de largo por los puestos de Hyperion o Visor, dos referentes para los amantes del verso. Lo mismo me pasa con los que exhiben comics, aunque me haya llamado la atención este año uno que ha sacado Planeta basado en Intemperie, la sorprendente primera novela de Jesús Carrasco. Tampoco me interesan los libros para niños o novelas históricas, y así -ay- tantas cosas.

Por último, me despido con una lista heterogénea y poco meditada de libros que han pasado por mis manos en esta Feria y que, de haber sido hombre de caudales o sobrado de tiempo, me habría llevado a casa. Ahí va, por si a alguien le da ideas: El tenis como experiencia religiosa, de David Foster Wallace, en Random House; 50 palos… y sigo soñando, de Pau Donés, en Planeta; Pablo Isla. En el corazón de Zara, de Jesús Salgado y Xabier Blanco, en La Esfera de los Libros; Sapiens, de Yuval Noah Harari, en Debate; Soy de pueblo, de Raquel Corcoles, en editorial Glenat; Los cinco y yo, de Antonio Orejudo, en Tusquets; Amar es dónde, de Joan Margarit, en Visor. What else?



domingo, 6 de marzo de 2016

El testamento de Chirbes



Por lo que cuentan, Rafael Chirbes estuvo 20 años escribiendo y reescribiendo esta historia mínima sobre el amor esporádico entre dos hombres y el poso de dolor que indefectiblemente deja tras de sí. Paris-Austerlitz, que aparece justo después de la muerte del autor y que muy bien podría ser una trama secundaria en alguno de los brillantes frescos polifónicos que sobre la sociedad española y sus miserias escribió en las dos últimas décadas, es la confesión de un pintor madrileño de buena y acaudalada familia que se muda a París y conoce a Michel, un obrero corpulento y mucho mayor que él.

Chirbes nos cuenta los mejores momentos de esa extraña pareja, la plenitud erótica y afectiva que tiene lugar en el piso angosto y mal iluminado de Michel, en el extrarradio parisino. Pero también el proceso de derrumbe de esa relación, motivado por las dudas del pintor y la incompatibilidad entre la vida tierna y satisfecha con las pequeñas cosas que le ofrece el operario bretón y las aspiraciones profesionales del artista. Una caída finalmente subrayada por la fulminante enfermedad que socaba el cuerpo deseado de Michel, ese sida al que el protagonista se refiere como “la plaga”, quizá en un guiño a Camus. 

Como en sus obras anteriores, esta novela, en definitiva el testamento literario de Chirbes, se sostiene en una larga confesión, la del joven pintor -quizá un alter ego del propio escritor valenciano, que en su juventud también pasó un año en la capital francesa-. Chirbes vuelve a mostrar su maestría para hacer avanzar la acción, retroceder o detenerse en algún punto siguiendo el hilo del bien armado discurso interior de sus personajes, como ya ocurrió en Crematorio o En la orilla.

Sin embargo, no se trata de un solipsismo total, y en el relato del artista que guía el relato se mezclan las voces del propio Michel; de su desconsiderado padrastro; de Jeanine, amor de juventud del obrero y ángel de la guarda cuando la enfermedad le lleva a la postración; o de la propia madre del pintor, que va a buscarle a París con el fin de que vuelva al confortable redil burgués madrileño que ha sacrificado por una incierta carrera artística.  

Algunos pasajes de Paris-Austerlitz son puñetazos, golpes de lucidez que desvelan la felicidad o la amargura que esconden los silencios o las palabras pronunciadas por la pareja. Con la misma contundencia con que hablaba Chirbes en sus anteriores novelas de la ciénaga moral en que se ha convertido este país antes de la crisis, un territorio abandonado a la voluntad de constructores y políticos sin escrúpulos, ahora nos cuenta, también de forma descarnada, una muy creíble historia de amor y odio, de sentimientos confusos que se pueden verbalizar, pero no dominar. 


Paris-Austerlitz es también el reverso de ese París de cliché que nos han dejado el cine y la iconografía de los últimos 100 años. La ciudad por la que deambulan Michel y su pareja no tiene el brillo que el imaginario colectivo le ha ido otorgando a la capital francesa, que aquí es un sitio mugriento y de cielos grises y plomizos, de largas jornadas de trabajo y madrugones para coger el autobús que devuelve cada mañana a los somnolientos operarios a las fábricas del extrarradio, de humildes menús en café-tabacs y de borracheras con vino malo en bulliciosos bares de emigrantes. Chirbes nos cuenta la historia de un amor que florece con la intensidad de las cosas únicas e inolvidables y se marchita antes de tiempo, en medio del paisaje miserable de las banlieues parisinas. Una maravilla.

lunes, 23 de junio de 2014

Ciencia política al rescate de un país contra las cuerdas



A propósito de la lectura de La urna rota, de Politikon.es


En los años de las vacas gordas, la ciudadanía española se olvidó de los asuntos públicos, hipnotizada por la marea de crédito y el supuesto bienestar que traía consigo. Sin embargo, el final del encantamiento, que llegó (a pesar de Zapatero) en 2009, hizo que el país cambiara de actitud y que cualquier sitio -el bar, el aula universitaria, la máquina del café en el trabajo o el taxi- se convirtiera en un lugar propicio para recordar desde la nostalgia los buenos tiempos y también para enredarnos en disputas con cierto aire regeneracionista. Todos, de repente, nos dimos cuenta de que el país, el Estado, las instituciones y la economía, hacían agua por todos lados, de que no funcionaban, y salimos en busca de soluciones. Con más intuición que otra cosa, eso sí.

El mundo editorial vio el filón. Y en estos años la literatura regeneracionista también ha sido abundante en las librerías, dando lugar a títulos que en ocasiones han llegado a trascender para convertirse en bestsellers. Fue en lo que ocurrió en una primera etapa con los panfletos movilizadores de Stephane Hessel o de José Luis Sampedro. Y más tarde con Todo lo que era sólido, reflexión en voz alta de Muñoz Molina sobre la crisis que nadie vio venir, o las novelas Democracia, de Pablo Gutiérrez, y la muy brillante En la orilla, de Rafael Chirbes, quizá el mejor ejercicio de estilo con el descalabro de telón de fondo. O también con el sugerente análisis del jurista Santiago Muñoz Machado. Tampoco han faltado los diagnósticos de los economistas, los verdaderos gurús del momento, y sus recetarios para salir del atolladero. Pienso en los visionarios Santiago Niño Becerra y Nouriel Roubini, en el mediático Paul Krugman, o en libros posteriores de José Carlos Díez o Luis Garicano, cabeza más visible del grupo de analistas reunidos en torno al blog Nada es gratis. En definitiva, ha habido para dar y tomar, y llegarán muchos más, toda vez que la crisis va para largo. Incluso los políticos que llevaron al desastre o que en su momento hicieron bien poco para evitarlo se dieron el capricho editorial: el mismo Zapatero, Solbes, Felipe González, Ramón Jáuregui...

La urna rota también se sube al carro de la regeneración, aunque sus autores son unos desconocidos treintañeros interesados por la sociología, las ciencias políticas y la  estadística, y que combaten los lugares comunes que sufre el debate público sobre el futuro de España desde el blog Politikon.es. El punto de partida del libro es claro: la crisis ha hecho saltar las costuras del país, pero no sufrimos un castigo divino del que no podamos redimirnos y salir fortalecidos. No estamos condenados, por la genética, la historia o la cultura, a tener un país siempre al borde del precipicio. Al contrario, los analistas de Politikon.es aseguran que estamos ante una crisis no tanto económica como institucional, y que se puede resolver si hay voluntad por parte de todos. Han fallado los políticos, el modelo de representación y los resortes con que cuenta la sociedad para sanear la democracia. España es un país fracasado porque sus instituciones no están a la altura y no hay incentivos en las élites y en la propia ciudadanía para que las cosas funcionen. En este sentido, el libro parte de tesis transitadas antes por Acemoglu y Robinson en Por qué fracasan las naciones, aunque allí el análisis de la situación es mundial.

Es de agradecer a los autores de La urna rota el esfuerzo empleado para plasmar las cuestiones y debates en muchos casos académicos con una lenguaje al alcance de cualquiera, sin renunciar por ello al rigor y los datos estadísticos para apuntalar los argumentos. Se nota en la escritura que los promotores de Politikon.es están fogueados por el debate en Internet y la escritura sintética de Twitter. Es un trabajo que localiza los puntos de fuga del sistema, empezando por unos partidos políticos monolíticos y cerrados que compromete la elección de líderes. También analiza el sistema electoral español y la idoneidad de abrir las listas o trasladar a España el sistema mayoritario británico, donde el político electo se debe antes que nada a sus electores. Asimismo, denuncia los estrechos vínculos entre los políticos, sobre todo locales, y la administración, causa de buena parte de los asuntos de corrupción que han aparecido en los últimos años.

La urna rota no contiene recetas mágicas y evita los atajos revolucionarios. Hay mucho ganado en las últimas tres décadas, vienen a decirnos sus autores, y ha llegado la hora de dar un paso adelante y consolidar una democracia de más calidad. La democracia es un sistema imperfecto, lento, de prueba y error, pero preferible a mesianismos de izquierda o derecha. El libro rehúye los clichés y las respuestas rápidas y contaminadas por la pasión del debate mediático y entre partidos. Así, recorre los pros, pero también los contras, de las listas abiertas,  del sistema electoral, de las primarias en los partidos, de la democracia directa (sin la mediación de los partidos), de los ensayos de laboratorio previos a la ejecución de políticas públicas o de la inclusión de tecnócratas y funcionarios en los niveles más altos de la administración.

Aunque las élites son causante de buena parte de los males que aquejan al país, los analistas de Politikon.es creen que el alejamiento de los españoles de la cosa pública ha empeorado la situación y retrasado la llegada de soluciones. La Transición blindó a las élites, en un modelo que va de "arriba abajo", y hoy seguimos padeciendo las consecuencias de ese planteamiento, que ha dejado al país sin contrapesos a los partidos. La sociedad civil española está poco vertebrada y los medios de comunicación se mantienen rehenes del poder. Como resultado, la contestación siempre es puntual, vaga y poco efectiva. El 15-M es un buen ejemplo de ello. E iniciativas como los asociaciones antidesahucio, un motivo para la esperanza.

En fin, estamos ante un buen libro de ágil lectura y que puede ayudar a muchos a poner en el contexto adecuado y sin dogmatismos muchos temas que son tratados con frivolidad en los medios. Y, de paso, elevar el nivel de esas conversaciones regeneracionistas del bar o de la máquina de café del trabajo, a las que tan aficionados nos hemos hecho. Y quién sabe si también a fomentar la participación en unas instituciones y en un futuro que nos pertenecen a todos.