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martes, 7 de abril de 2015

Por qué no pude con el mejor libro del año



'Así empieza lo malo' o cómo perder el miedo escénico a Javier Marías


Enfrentarme a una novela de Javier Marías siempre me había producido un considerable miedo escénico. Aunque algunos fieles me aseguran que es un dechado de ironía y simpatía en sus conferencias, el personaje destila un considerable aire de soberbia que me hace tiritar ante sus libros —bien atemperada, eso sí, por esa inteligencia que nadie duda que posee a espuertas—.

Si además la osadía lectora coincide con que has escuchado alguna declaración, marca de la casa, en las que proclama que “vivimos en una época tonta, especialmente estúpida” y que gran parte de la gente muestra “una enorme pereza mental”, acometer la lectura de una obra suya me recordaba al temor que deben sentir los jugadores del Elche —o cualquier otro equipo de fútbol cuyo presupuesto completo no alcanza lo que se trajina Cristiano en la celebración de su cumpleaños— cuando pisan, por primera vez, el césped del Bernabéu.

 Acaricias la portada, te atreves a voltearla y arrancas a leer impresionada todavía por el autor que fue capaz de decirle “no” al Nacional de las Letras. Manejé como pude este temor escénico en Mañana en la batalla piensa en mí —quizás fuera que Shakespeare ejerció de talismán— y empecé a tirar a puerta en Corazón tan blanco, en el que el color inmaculado ayudó, sin duda, a desentumecer mi escasa inteligencia.

En la siguiente ocasión, perder su libro de relatos en una estación del metro de Madrid y no acudir corriendo a repararlo en la Fnac de turno, me empezó a dar alas para empezar a tratarle de tú a tú. Con Los enamoramientos comprobé, sin más, que el público del Bernabéu, siempre exigente, empezaba a emitir los primeros silbidos reprobatorios y yo, mientras, empezaba a practicar un cierto “tiki-taka”. Con Así empieza lo malo, literalmente, le he metido un gol por toda la escuadra. Con desparpajo, sin contemplaciones, elevando la pelota. Aunque haya sido proclamado como el “mejor libro del año” —o campeón de Liga para seguir con el símil—-.

Este último partido versa sobre el encargo que un director de cine, Enrique Muriel, le hace a un joven, de apellido De Vere, para que indague sobre el comportamiento, al parecer indecente, de un amigo suyo. Una trama aderezada, tema recurrente de Marías, con el relato de la relación, tortuosa y que también parece esconder algún secreto, que el tal Muriel mantiene con su esposa Beatriz. Hasta ahí la sinopsis.

Y a continuación, la puesta en escena, que se convierte desde el primer momento en una sucesión de lo que denomino “marierismos”, es decir, páginas, páginas y más páginas satinadas de esa prosa, perfecta en su puntuación, pero que deambula, gira, da vueltas y desemboca en algo parecido a un acontecimiento. O a un pensamiento. O a un diálogo. Si en otras novelas bajo esta técnica prodigiosa late una historia, más o menos original, o conoces a un personaje que te atrapa hasta el final, en “Así empieza lo malo” la contorsión literaria de Marías conduce, inexorablemente, al aburrimiento. Un ejemplo: dedica 10 páginas —página arriba, página abajo— para relatar un encuentro, de apenas 10 minutos, entre el matrimonio protagonista, del que es testigo De Vere.


El aburrimiento es, sin género de dudas, el peor sentimiento que puede generar un escritor en el lector. Y este libro destila tedio. Al menos, hasta la página 142, que fue el momento en el que se produjo mi golazo. Decidí decir basta y no seguí jugando ni, por tanto, leyendo. 142 páginas en las que no sucede apenas nada; o, más bien, nada que me interese. 142 páginas que me bastaron para perder el miedo escénico y empezar a proclamar, sin que te tachen de inculta o de lectora compulsiva de bestsellers, que el genio de Marías me llevó al aburrimiento. Así no se puede seguir jugando. Ha sido, quizás, un tropezón en su camino hacia el Nobel. Aunque, luego, también le diga que no. 

martes, 3 de febrero de 2015

Miserias de la tribu literaria



A propósito de 'La mala puta', 
de Miguel Dalmau y Román Piña

Los libros de escritores sobre escritores o sobre el mundo de la edición son tan viejos como la propia literatura. El que han escrito Miguel Dalmau, conocido sobre todo por sus biografías de los Goytisolo y de Gil de Biedma, y el editor Román Piña sobre la deriva de la literatura española en los últimos 10 años es devastador.

La mala puta está escrito desde la periferia geográfica, editorial –el volumen lo publica Sloper, que dirige el propio Piña- y sentimental. De otro modo no habrían podido sacar adelante un trabajo que muestra sin tapujos las miserias y precariedades de un oficio y de una industria dominada por el conservadurismo de unos editores más pendientes del balance financiero que de la calidad literaria que pregonan, y donde son moneda corriente las obras de encargo, los premios apañados o los títulos firmados por periodistas de medio pelo, pero de gran proyección mediática y, por tanto, comercial.

Pero no queda ahí la cosa. La mala puta también pone en el punto de mira a los propios escritores, angustiados por la cuenta corriente, anegados por su ego y paralizados por sus inseguridades; y a la crítica, esa que llena suplementos literarios entregados a la promoción y el halago y que rara vez la emprende contra los autores de la casa o de los grandes grupos editoriales, a la espera de migajas en los suculentos presupuestos publicitarios. Como no podía ser menos, al caso Echevarría, paradigma último del “crítico frente al poder”, también van dedicadas algunas páginas.

La primera parte de La mala puta, la que firma Miguel Dalmau, es para mí la más sabrosa. Dalmau no duda en largar chascarrillos sobre el paternal Herralde y sus novelistas estrella, un entorno que conoce bien, y saca a relucir las miserias de las agencias literarias o la miopía (literaria) de Pere Gimferrer, padrino de Muñoz Molina o Llamazares, pero incapaz de valorar a las jóvenes promesas del mundillo literario barcelonés.

A pesar de que Miguel Dalmau nos advierte unas cuantas veces de que este libro no es fruto del resentimiento que le generó el hecho de no poder sacar hace unos años una biografía desmitificadora de Julio Cortázar (los abogados de la viuda del escritor lo impidieron), su discurso suena a duro a ajuste de cuentas. En todo caso, no cuesta aceptar que algo huele a podrido en el mundo de las letras y que los testimonios de Dalmau y Piña tienen su interés. 

Nunca estuvo la cosa para experimentos, pero mucho menos ahora, nos vienen a decir los autores de este réquiem por la literatura española. Para certificar el conservadurismo de los editores y la incapacidad de la propia industria editorial para renovar la nómina de los grandes autores, basta echar un vistazo al Babelia, el suplemento de literatura de El País, que cada sábado –lo reconozco- leo puntualmente. A finales del año pasado el suplemento de marras sacó el listado de las mejores novelas del año. La nómina era bien indicativa: Javier Marías, Javier Cercas, Luis Landero y Antonio Muñoz Molina... Ni rastro de aire fresco en ese particular olimpo, y otra vez una apuesta clara por las marcas de la casa, las denominaciones de origen más laureadas y rentables.

La consecuencia de tanto conservadurismo: que aquellos que pueden renovar el panorama, los nuevos Marsé o Mendoza o Vila-Matas, no tienen hoy opciones de prosperar. Para Ramón Piña, el último capítulo de una edición valiente en España es la irrupción de la “generación Kronen” en los noventa, al calor del Premio Nadal que recibió José Ángel Mañas. Una generación que, pasado el efecto sorpresa inicial, luego se las vio y se las deseó para seguir publicando y que hoy en su mayor parte malvive con la literatura o simplemente la dejó aparcada en el cajón.


Pedro Maestre (Premio Nadal en su momento), Pedro Ugarte, Marta Sanz, David Torres o Montero González acompañan en esta radiografía del fracaso a Mañas, momentáneo 
enfant terrible de las letras españolas que despertó más expectativas que otra cosa y que hoy se gana la vida con trabajos de encargo, triturado por una fama repentina y por un mundo editorial lleno de sueños, pero también de olvido.    

lunes, 30 de mayo de 2011

Pensamiento novelado



Cuenta Pilar Reyes, directora de la editorial Alfaguara, que la primera vez que Javier Marías habló de su última obra fue en noviembre de 2009. Entonces, la describió como “una novela pesimista” y el único dato que adelantó fue que por primera vez en sus cuarenta años de carrera literaria estaba narrada por una mujer. Ahora, tras su lanzamiento a principios de abril, ya sabemos más sobre Los enamoramientos, su undécima o decimotercera novela, dependiendo si se considera una sola o no los tres volúmenes que conforman Tu rostro mañana.

Lo primero que sabemos es que la narración corre a cargo de María Dolz, la protagonista, cuya vida va a cambiar a raíz de la muerte de un hombre al que no conoce pero con el que suele coincidir en una cafetería a la hora del desayuno. Su asesinato, a manos de un desequilibrado “gorrilla”, le acercará a su viuda, Luisa Alday, y a su mejor amigo, Javier Díaz-Varela. Desde su quinta novela, El hombre sentimental, Marías ha recurrido siempre a la primera persona para narrar sus historias. 

En esta ocasión vuelve a hacerlo, pero con la diferencia de que se decanta por una voz femenina para articular el relato. El autor ha explicado que lo ha hecho por necesidad, porque la historia no hubiera sido creíble teniendo un hombre como protagonista, pero que en el fondo hace básicamente lo mismo que sus predecesores masculinos en el cargo: “Observar, contar y reflexionar”. 

Y es que, aunque una sinopsis más detallada puede llevar a pensar que estamos ante un thriller, Marías no está interesado en escribir una novela de género. Así, desde las primeras páginas, adelanta mucho de lo que ha sucedido, para centrarse en los que temas que verdaderamente le interesan: “El secreto, las ventajas de callar, la traición, la envidia, la maldad, el azar, la dificultad de conocer la verdad, la impunidad…”. Y uno que sobrevuela sobre todos ellos: la paradoja que se produce al descubrir que la muerte de un ser querido que nos destrozó puede ser incluso una tragedia mayor (“una desdicha absoluta”) si se revela años después que no se produjo. Como fondo de esa reflexión, Marías recurre a la novela El coronel Chabert, de Balzac, que cuenta la historia de un coronel napoleónico que fue dado por muerto y que reaparece años después ante su mujer, casada de nuevo al creerse viuda.


Todos esos temas conforman el barniz pesimista al que se refería el autor, pero también se debe subrayar que hay ciertos resquicio para la ironía, como cuando tira piedras contra su propio tejado al detallar lo maniáticos que pueden llegar a ser los escritores (uno pedirá dos gramos de coca a la protagonista, que a la sazón trabaja en una editorial, porque “esa noche los va a necesitar el libro” que está escribiendo) o al incluir un personaje real y tan pintoresco (o así lo describe) como el profesor Francisco Rico junto a otros de ficción. Además, también hay espacio para que los lectores que siguen su columna semanal escuchen de forma indirecta la voz del autor, por ejemplo, cuando califica a la ciudad de Madrid de negligente o compara al presidente francés con Louis de Funès.

En definitiva, Marías celebra sus 40 años de vida literaria con una novela marca de la casa, en la que las digresiones y reflexiones (incluso llegamos a escuchar las supuestas meditaciones del asesinado) trasladan a un segundo plano una trama quizás no muy original pero ciertamente entretenida. Aunque es difícil que iguale en alabanzas a las cosechadas por su trilogía anterior, la gran baza de Los enamoramientos es que resulta más accesible, y no porque sea simple, sino por la genialidad de Marías a la hora de poner sobre el papel lo que él denomina “pensamiento literario”, esa manera tan suya de pensar literariamente sobre cualquier cosa. Seguro que muchos lectores que se vieron superados por su personal Negra espalda del tiempo o por la descomunal Tu rostro mañana disfrutarán reencontrándose con esa prosa tan genuina.

Los enamoramientos
Javier Marías
Editorial Alfaguara
408 páginas
19,50 euros