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miércoles, 12 de octubre de 2016

Buscando a Adelaida García Morales




A propósito de la lectura de 
'Los últimos días de Adelaida García Morales', 
de Elvira Navarro

"¿Qué podemos amar que no sea una sombra?"
Friedrich Hölderlin



Lo reconozco. Yo también me di prisa para descargarme en Amazon este libro en cuanto supe de su existencia. Y lo hice por la contundencia del título y su promesa de revelación. Yo también quería saber qué había sido de Adelaida García Morales, una de las autoras más enigmáticas de la literatura española de los últimos 40 años, musa discreta y anarquista en sus años de formación, de cuya pluma salió el relato El sur, tan bello y enigmático como la película a la que dio lugar, dirigida por su marido durante una época, Víctor Erice, una vaca sagrada del cine con menos películas que los dedos de una mano y también carne de mitomanías y leyendas urbanas varias. Yo también quería saber cómo cayó en el olvido esa belleza aparentemente serena de Adelaida García Morales, olvidada por todos al tiempo que su producción literaria escaseaba y las nieblas de la depresión, según dicen, ahondaban su silencio.

Los últimos días de Adelaida García Morales ha suscitado un cruce de declaraciones entre la autora, Elvira Navarro, joven novelista y colaborada en periódicos, y Víctor Erice, quien no supo del libro hasta que éste estaba acabado. Una defendiendo la soberanía de la ficción para abordar (y trascender) cualquier faceta de la realidad, y el otro reivindicando unos límites para esa ficción: los de la dignidad y el respeto a la intimidad de unos personajes que, como la propia Adelaida, él mismo o los hijos de la escritora, aparecen de soslayo en el texto pero nunca fueron consultados para la elaboración de esta crónica con final anunciado.

El malentendido entre realidad y ficción preside todo el libro de Navarro, aunque ella deja muy claro en un momento del mismo su propósito: “Este libro es una obra de ficción. Todo lo que se narra es falso, y en ningún caso debe leerse como una crónica de los últimos días de Adelaida García Morales”. Así lo cuenta Elvira Navarro en un apartado llamado “aclaraciones”, precedido por otro donde enumera los hitos en la biografía de Adelaida desde su nacimiento hasta su muerte, y seguido por otro, “créditos de las fuentes”, donde cita los materiales periodísticos y bibliográficos a los que le llevó su fascinación por la autora. Sin embargo, si estamos ante una ficción, cabe preguntarse por qué Navarro nos advierte con tanta contundencia, como si no se fiara del criterio del lector o intentara de antemano guardarse las espaldas ante reacciones posteriores como la de Erice. ¿Y por qué ese interés en exhibir las fuentes e informaciones que inspiran su relato? ¿Por qué arropa Navarro su escritura de una objetividad y una asepsia que niega por otro lado al afirmar que debe ser leída como pura fabulación?

Navarro parte en su libro de una anécdota de origen algo incierto. Unos meses antes de morir, Adelaida García Morales pidió a los servicios sociales de la localidad donde vivía (Dos Hermanas, en Sevilla) 50 euros para pagar el autobús a Madrid, donde, según ella, le esperaba un hijo que la necesitaba. A partir de ahí, Elvira Navarro monta dos tramas que va alternando en la primera parte del libro. En una de ellas nos habla de la peripecia de la concejala de cultura que tuvo que enfrentarse a la autora cuando estaba en las últimas, y que intenta más tarde organizarle un homenaje, guiada por un sentimiento a medio camino entre la culpa, la fascinación y el deber burocrático. En la otra, una documentalista también fascinada por la sensibilidad de la autora de El Sur o El silencio de la sirenas (finalista del Premio Herralde en 1985) se aproxima a la escritora a través del testimonio de tres personas que la conocieron, entre ellas el psiquiatra de la Seguridad Social que trató su depresión. Sin embargo, en ambos casos son personajes de cartón piedra sin demasiado interés que le sirven a Navarro para repasar algunos hitos de la vida de García Morales y rendir un tributo a su prosa delicada.

La ficción de este libro es escueta, postiza, difícil de creer y no trasciende. No sentimos la supuesta perplejidad e inquietud que produce en las dos mujeres la caída y muerte de Adelaida García Morales. El resto del libro son apoyos documentales que van precisamente en la dirección de convertir la novela en un reportaje de la vida, obra, silencios y ausencias de Adelaida. Incluso llega a reproducir Navarro un programa de radio real donde se hace una semblanza de la autora de El sur: lo condujo el periodista Javier del Pino en la SER y contó con la participación de Alfonso Guerra, quien había coincidido con Adelaida en algún momento de las décadas de los 60 y los 70 en Sevilla en un conocido grupo de teatro independiente.

No dudo de que Elvira Navarro está tan fascinada con la figura y las novelas hondas y dolorosas de Adelaida Garcia Morales como sus personajes, y como tantos que, como yo, habrán acudido corriendo a las librerías a comprar el libro. Pero en esta crónica no transmite esa fascinación. Su novela se inserta en esa corriente moderna de obras donde, si las cosas van bien, realidad y ficción conviven en armonía y se retroalimentan. Un género que manejan bien escritores como Javier Cercas o Emmanuel Carrère, y que también se cultiva en la televisión o el cine. Pienso en una de las series de moda, Narcos, sobre la peripecia de Pablo Escobar, o en esos largometrajes cargados de trabajo de documentación que han intentado retratar la vida de Steve Jobs, el ajedrecista Bobby Fischer o del creador de Facebook, Mark Zuckerberg.



Desde luego, esta crónica no apaga la fascinación compartida por Adelaida García Morales, y tengo que reconocer que siempre leí la escueta ficción de Elvira Navarro y su pequeña investigación esperando encontrarme en algún momento con la autora de El Sur y con la magia de sus palabras. Aunque eso no ocurrió. 

martes, 3 de febrero de 2015

Miserias de la tribu literaria



A propósito de 'La mala puta', 
de Miguel Dalmau y Román Piña

Los libros de escritores sobre escritores o sobre el mundo de la edición son tan viejos como la propia literatura. El que han escrito Miguel Dalmau, conocido sobre todo por sus biografías de los Goytisolo y de Gil de Biedma, y el editor Román Piña sobre la deriva de la literatura española en los últimos 10 años es devastador.

La mala puta está escrito desde la periferia geográfica, editorial –el volumen lo publica Sloper, que dirige el propio Piña- y sentimental. De otro modo no habrían podido sacar adelante un trabajo que muestra sin tapujos las miserias y precariedades de un oficio y de una industria dominada por el conservadurismo de unos editores más pendientes del balance financiero que de la calidad literaria que pregonan, y donde son moneda corriente las obras de encargo, los premios apañados o los títulos firmados por periodistas de medio pelo, pero de gran proyección mediática y, por tanto, comercial.

Pero no queda ahí la cosa. La mala puta también pone en el punto de mira a los propios escritores, angustiados por la cuenta corriente, anegados por su ego y paralizados por sus inseguridades; y a la crítica, esa que llena suplementos literarios entregados a la promoción y el halago y que rara vez la emprende contra los autores de la casa o de los grandes grupos editoriales, a la espera de migajas en los suculentos presupuestos publicitarios. Como no podía ser menos, al caso Echevarría, paradigma último del “crítico frente al poder”, también van dedicadas algunas páginas.

La primera parte de La mala puta, la que firma Miguel Dalmau, es para mí la más sabrosa. Dalmau no duda en largar chascarrillos sobre el paternal Herralde y sus novelistas estrella, un entorno que conoce bien, y saca a relucir las miserias de las agencias literarias o la miopía (literaria) de Pere Gimferrer, padrino de Muñoz Molina o Llamazares, pero incapaz de valorar a las jóvenes promesas del mundillo literario barcelonés.

A pesar de que Miguel Dalmau nos advierte unas cuantas veces de que este libro no es fruto del resentimiento que le generó el hecho de no poder sacar hace unos años una biografía desmitificadora de Julio Cortázar (los abogados de la viuda del escritor lo impidieron), su discurso suena a duro a ajuste de cuentas. En todo caso, no cuesta aceptar que algo huele a podrido en el mundo de las letras y que los testimonios de Dalmau y Piña tienen su interés. 

Nunca estuvo la cosa para experimentos, pero mucho menos ahora, nos vienen a decir los autores de este réquiem por la literatura española. Para certificar el conservadurismo de los editores y la incapacidad de la propia industria editorial para renovar la nómina de los grandes autores, basta echar un vistazo al Babelia, el suplemento de literatura de El País, que cada sábado –lo reconozco- leo puntualmente. A finales del año pasado el suplemento de marras sacó el listado de las mejores novelas del año. La nómina era bien indicativa: Javier Marías, Javier Cercas, Luis Landero y Antonio Muñoz Molina... Ni rastro de aire fresco en ese particular olimpo, y otra vez una apuesta clara por las marcas de la casa, las denominaciones de origen más laureadas y rentables.

La consecuencia de tanto conservadurismo: que aquellos que pueden renovar el panorama, los nuevos Marsé o Mendoza o Vila-Matas, no tienen hoy opciones de prosperar. Para Ramón Piña, el último capítulo de una edición valiente en España es la irrupción de la “generación Kronen” en los noventa, al calor del Premio Nadal que recibió José Ángel Mañas. Una generación que, pasado el efecto sorpresa inicial, luego se las vio y se las deseó para seguir publicando y que hoy en su mayor parte malvive con la literatura o simplemente la dejó aparcada en el cajón.


Pedro Maestre (Premio Nadal en su momento), Pedro Ugarte, Marta Sanz, David Torres o Montero González acompañan en esta radiografía del fracaso a Mañas, momentáneo 
enfant terrible de las letras españolas que despertó más expectativas que otra cosa y que hoy se gana la vida con trabajos de encargo, triturado por una fama repentina y por un mundo editorial lleno de sueños, pero también de olvido.    

martes, 27 de enero de 2015

Todos somos Marco



A propósito de 'El impostor', de Javier Cercas

Siempre me fascinaron las historias de farsantes, quizá porque yo no sería capaz de mantener una impostura más de cinco minutos sin ser descubierto. O eso creo. Cada cierto tiempo, me pongo El extraño, de Orson Welles, una de sus películas menos personales. En la película, el propio Welles interpreta a Frank Kindler, jefazo del nazismo, que después de la guerra huye sin dejar rastro de Alemania y recala en un pequeño pueblo de Connecticut. Allí se gana la confianza de los lugareños a base de exhibir unos modales exquisitos, al tiempo que se enamora de la bella hija del juez y dedica el tiempo a una de sus grandes pasiones, los relojes antiguos. Todo va bien hasta que llega al pueblo el agente Wilson, interpretado por Edward G. Robinson, de la comisión de crímenes de guerra, que anda buscando a un amigo de Kindler. 


Como en Soldados de Salamina, Cercas vuelve a escribir una novela redonda tomando como eje varios episodios oscuros del pasado y haciendo avanzar la trama conforme lo hace su indagación: autobiográfica, detectivesca e histórica al tiempo. El caso Marco tuvo transcendencia en Cataluña, en España y en el extranjero. Ocurrió a principios de 2005. Por esas fechas, un oscuro historiador llamado Benito Bermejo descubrió el engaño de Enric Marco. Marco no era quién decía ser. No había estado en ningún campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Tan sólo pasó por una cárcel alemana por irse de la lengua cuando se ganaba la vida como mecánico en una fábrica que servía a los propios nazis.


El caso trascendió porque Marco no era un cualquiera. Se había convertido en una estrella mediática al calor de recuperación de la llamada memoria histórica. Marco era la representación ante la sociedad de los supervivientes del exterminio nazi en España, la voz ardorosa y seductora que los humillados habían elegido para dar cuenta de la barbarie y para que nadie, en el futuro, volviera a alimentar a la bestia. Pero Marco los engañó a todos: a sus compañeros de las asociaciones de deportados, a los periodistas que siempre estaban dispuestos a entrevistarle, seducidos por su cháchara novelesca y por su capacidad para dar sabrosos titulares, e incluso a las más altas instituciones, pues se le impuso la Cruz de Sant Jordi, máxima distinción civil en Cataluña, llegó a hablar en el Congresos de los Diputadossobre su paso por las campos del horror, y estuvo a punto de hacerlo en un gran homenaje internacional en Mauthausen, en presencia del presidente Zapatero.

La historia de Enric Marco es la historia de un impecable y compulsivo farsante, que no sólo logró engañar a los ancianos supervivientes del Holocausto, sino también a los jóvenes anarquistas que refundaron con la vuelta de la democracia a España la histórica CNT, que lo consideraron el eslabón perdido entre el legendario Durruti y la modernidad. El torrencial y enérgico Enric Marco construyó su gran mentira, la historia de su vida, con ardides de novelista: a base de medias verdades, de mezclar hechos ciertos con otros completamente falsos logró darle verosimilitud a una existencia que cualquier investigación histórica habría puesto en duda mucho antes. 

A desenmascarar a Marco se aplica Cercas en El impostor. En 400 páginas que se leen con creciente fascinación, Cercas da cuenta de sus encuentros durante meses con el propio Marco y de sus indagaciones para desarticular las muchas mentiras en que Marco se instaló para vivir confortablemente y querido por los demás. Como en Soldados de Salamina, la trama histórico-novelesca se ensancha con episodios autobiográficos que nos hablan de las dudas del escritor y con otros en los que, a modo de ensayo literario, le sirven para establecer paralelismos con El Quijote. Como en Soldados de Salamina, Cercas ensancha el campo de la novela, y lo hace con un discurso en primera persona franco, envolvente y cautivador, y con una peripecia vital, la de Marco, que es un buen reflejo de la historia de España en los últimos 80 años.

La historia del impenitente Marco contada por Cercas es una metáfora sobre la impostura generalizada en la que vivimos, y sobre la necesidad que tenemos de aderezar nuestra existencia con mentiras o medias verdades, si de esta forma se nos vuelve más comprensible, edulcorada y, finalmente, épica. También ilustra lo fácil que es engañar durante años, con la aquiescencia generalizada de periodistas, intelectuales, políticos o instituciones, los supuestos garantes de la verdad en una sociedad democrática.

Este libro también es una crítica a la “memoria histórica”, el oxímoron que alentó el presidente Zapatero para marcar distancias con una derecha que nunca dio el paso de reconocer los atropellos del Franquismo, y una ola a la que el avispado Marco se subió para convertirse en brillante portavoz de los vencidos y de los humillados. La memoria es personal, interesada y manipulable, nos viene a decir Cercas, y de los prejuicios y las invenciones del pasado que genera sólo nos puede poner a salvo el trabajo riguroso del historiador.

Por último, el libro de Cercas es también un homenaje a los verdaderos héroes. A aquellos que dijeron no y lucharon por sus ideales a pesar de la ignominia y del cambio de tercio histórico, al contrario del arribista y camaleónico Marco, o de los muchos que durante el Franquismo o la Transición se reinventaron y borraron las huellas de su pasado para confundirse con la mayoría y tener una vida confortable. Porque, de alguna manera, todos somos Marco.


lunes, 5 de enero de 2015

En el día que asesinaron a Martin Luther King



A propósito de "Como la sombra que se va", 
de Antonio Muñoz Molina

Quizá buscando nuevos caminos, o quizá seducido por la modernidad de los cocineros de prestigio o de novelistas como Javier Cercas (¿quién sabe?), Muñoz Molina se aplica al ejercicio de construir y deconstruir la novela en su último libro. La peripecia del asesino de Martin Luther King en Lisboa, donde recala huyendo de la policía y del FBI, se entremezcla con el recuerdo del autor de las circunstancias que rodearon la escritura de El invierno en Lisboa, la historia de músicos de jazz y amores imposibles que le cambió la vida y le abrió tantas puertas en el mundo editorial a mediados de los ochenta, cuando era funcionario municipal en Granada.

A mí me interesa mucho más el segundo relato que el primero, en el que se ha fijado toda la mercadotecnia de esta novela. Y es que no me transmite Muñoz Molina la fascinación que siente por James Earl Ray, el enigmático racista sureño que acabó con la vida del activista más famoso de la historia de Estados Unidos un día de abril de 1968 en el Hotel Lorraine de Memphis, y que le llevó a leer durante años libros de especialistas, a rebuscar en archivos y periódicos de la época y a visitar finalmente la ciudad de Tennessee, donde se produce el emblemático asesinato, en busca de inspiración. El relato que hace Muñoz Molina de Earl Ray es exhaustivo, pero también acartonado y mecánico. Tanta repetición de datos (me pregunto qué habrá pensado el editor sobre el asunto), acaba por convertirlo en soporífero, y uno tiene en muchos momentos la tentación de pasar página en busca de un cambio de registro.

En mi caso, encuentro mucho más cercana, atractiva y conmovedora la historia de ese funcionario de bajo rango en el Ayuntamiento de Granada, padre primerizo y confundido, que todavía no ha asumido las exigencias y renuncias de la paternidad, y que al mismo tiempo sigue alimentando, casi de forma furtiva, ambiciones literarias y se sigue dejando seducir por la vida crápula del soltero, los delirios de la farándula provinciana y alcohólica y el cine clásico en blanco y negro.

Al echar la vista casi 30 años atrás, Muñoz Molina escribe las mejores páginas de este libro, que, como acertadamente sugiere el título, va de la fugacidad del tiempo y de la vida, de lo que fuimos y de lo que seguimos siendo, y de lo que ya no somos. "¿Qué podemos amar que no sea una sombra?", dijo Hölderlin. Ahí el protagonista es el joven escritor que termina, en los ratos de paz en que duerme su hijo recién nacido o en horas que le gana al sueño, una novela repleta de cinefilia, clichés y venerada bohemia. “Soy y no soy el hombre que viajó a Lisboa”, dice el autor a toro pasado, en pasajes que suenan a ajuste de cuentas consigo mismo. Antonio Muñoz Molina, el hijo de labriegos excepcionalmente dotado para la narración, vuelve a convertirse en uno de los mejores personajes del autor, algo que claramente vimos en Ardor guerrero, y también en El viento de la luna o El jinete polaco.

Muñoz Molina también nos da una clase magistral de escritura. Como la sombra que se va es una invitación al taller del escritor. En otro guiño moderno, Muñoz Molina nos cuenta la teoría literaria y el origen de personajes y situaciones de El invierno en Lisboa, la novelita con el que el joven padre de provincias se convierte de la noche a la mañana en un autor de éxito: vendiendo decenas de miles de ejemplares, ganando el Premio Nacional de Literatura y el de la Crítica y un poco más tarde siendo llevado al cine.   


En la parte final del libro, es el propio Luther King el que cobra protagonismo, y ahí el relato vuelve a coger cierto vuelo. Me interesa ese personaje de resonancias míticas (ésta vez sí), pero contradictorio. El Luther King que Muñoz Molina nos presenta es el gran líder de los derechos civiles en Estados Unidos, el hombre que pone en pie de guerra un país devastado por siglos de segregación y desigualdad. Pero también es un personaje con dobleces, que en su juventud estuvo a punto de renunciar a todo para convertirse en un acomodado profesor de universidad en la costa este y que en su momento de máximo esplendor mediático, cuando muchos ya lo veneraban, se entrega a los placeres terrenales, alimenta un romance con una colaboradora y difícilmente puede ocultar el hastío que le producen la política y la trepidante agenda pública,

Lisboa es el punto en el que convergen todas las historias de esta novela: la del asesino de Luther King en los remotos años sesenta; la del joven escritor de provincias que deja a su hijo recién nacido en Granada y acude allí unos días, a mediados de los ochenta, en busca de inspiración para una novela sobre músicos autodestructivos y relaciones abocadas al fracaso; y la del escritor consagrado y felizmente casado que vuelve a la ciudad de calles estrechas y fachadas cariadas por el salitre para revivir la peripecia de James Earl Ray y, de paso, encontrarse con el hijo que también ha recalado allí en la primera etapa de su independencia. Creo que este artificio lastra hasta cierto punto la novela, que queda demasiado encorsetada, pero también permite al autor crear una fábula sobre la fugacidad del instante, la importancia de lo fortuito y sobre ese siempre delicado momento que es llevar la vida, tal cual fluye, al papel.





lunes, 3 de marzo de 2014

Una hora con Javier Cercas (hablando de novelas)



Cuenta Javier Cercas que hace unos años la policía de Los Ángeles detuvo al actor Hugh Grant mientras una profesional le hacía una felación en la vía pública. El hecho produjo gran escándalo e hizo peligrar la brillante carrera profesional de Hugh Grant. En medio de todo aquello, un periodista norteamericano le lanzó una pregunta muy norteamericana al actor: “¿Va ahora usted a un psicoterapeuta?”. “No”, contestó Grant. Y añadió: “En Inglaterra leemos novelas”. 

Anécdotas como ésta salen de la charla que Javier Cercas dio en la Fundación Juan March de Madrid en octubre del año pasado. Con mucha gracia y talento, Cercas rebate a aquellos agoreros que dicen que la novela está muerta y que la ficción no es necesaria. Aquí van algunas ideas que lanzó Cercas en otoño, aunque lo mejor es escuchar la charla. Vale la pena. No tiene ni un minuto de desperdicio.

Como en sus novelas, Cercas entreteje de lo lindo ficción y realidad. En la Fundación Juan March, otra vez mezcló su peripecia vital con sus ideas sobre la literatura para contarnos cómo, a raíz de un mal de amores adolescente, se convirtió en un lector vampiro. Así llama a los que no leen para entretenerse o saber más, sino para salvarse, para sobrevivir.

Cercas defiende la novela para soportar la realidad, pero también para explorarla y entenderla mejor, y como antídoto al fanatismo religioso o (más modernamente) a la asertividad del tertuliano radiofónico o televisivo. Defiende la novela como el género que más puede hacer por proteger las preguntas de las respuestas. Más incluso que la filosofía, parece. ¿Por qué el soldado republicano de Soldados de Salamina salva el pellejo a Rafael Sánchez Mazas, prohombre de la Falange? ¿Por qué Adolfo Suárez no se mete debajo de su escaño, como casi todos los demás, mientras en el Congresos zumban las balas de los golpistas? ¿Por qué se llevan a K en El Proceso? Toda novela se construye para contestar a una pregunta, aunque al final nos quedemos sin respuesta.

La obra literaria –nos dice en otro momento- es una partitura, y es el lector es el que la interpreta. El lector es la otra mitad del libro. Por eso, cuanto más espacio deje al lector un libro, cuanto más ambiguo sea, mejor. Novela=libertad. El Quijote, que crea el género, es como un cocido. Cabe todo, sin orden ni concierto. El único orden y concierto es que Quijote y Sancho salgan adelante. En fin... una hora con Cercas y sus teorías sobre la novela. 

Para oír a Cercas, pincha aquí.