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martes, 8 de octubre de 2013

The little stranger



Mariano Oliveros

Empecé a leer esta novela con mucha desconfianza, porque en algunas críticas la definen como “gótica”, pero la fama de buena artesana de Sarah Waters me animó. La propia autora ha contado en una entrevista para The Guardian el fundamento de la trama de la novela  y parte de su estructura narrativa http://www.guardian.co.uk/books/2010/aug/07/bookclub-sarah-waters-little-stranger#start-of-comments

Y el caso es que The little stranger (¿a quién se le habrá ocurrido traducirlo como El ocupante?) es una historia sobre una casa “encantada” pero también mucho más que eso. El doctor Faraday (nunca conoceremos su nombre de pila), tras ser llamado para atender a una criada en la residencia de la muy aristocrática, aunque muy venida a menos, familia Ayres, comienza, por motivos puramente profesionales, a
frecuentar la mansión.

La historia de las relaciones entre la familia Ayres y el envarado, aburrido y ya no tan joven Faraday, que actúa como testigo objetivo de los hechos, permite a Waters reflexionar sobre la estructura social inglesa y sus rígidos corsés de clase. Los sucesos se van complicando y llegan a producirse en la mansión acontecimientos “sobrenaturales” en los que nunca está presente Faraday, aunque los describa de manera precisa a través del testimonio de terceros, aportando su propia explicación científica.

Poco a poco comprendemos que a Faraday le abruman tormentosos conflictos íntimos y que, probablemente,  la minuciosidad de su descripción no sea más que un subterfugio para ocultar su dudosa fiabilidad como testigo… Sarah Waters demuestra, con el medido desarrollo de la trama, mucho
talento. Las largas descripciones de la enorme mansión y su jardín y de las minucias de la vida cotidiana forman un contrapunto muy eficaz al drama en que se acaba convirtiendo la narración.

Además, la escritora muestra su gran ambición literaria con su recreación de los profundos cambios sociales, políticos y económicos acaecidos en Inglaterra tras la Segunda Guerra Mundial, marco histórico en el que
se desarrolla la novela. El hecho de que los datos de la narración sólo sean accesibles a través de la mirada de uno de los personajes implicados permite a Waters alardear de pericia técnica y jugar con las posibles
interpretaciones de los hechos. El propio título de la novela es muy acertado a la hora de transmitir la duda.

A la postre, el único punto flojo de la novela, en cualquier caso muy bien escrita, reside, precisamente, en que en el afán de dejar cabos sueltos, la autora deja demasiado a la imaginación del lector, que no
puede acabar de atarlos todos por sí mismo.

El ocupante ha sido publicada en España por Anagrama

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Intriga en el corazón de Inglaterra



A propósito de la lectura de El oscuro invierno, de David Mark

C. A. G.

Unas semanas, con motivo del fallecimiento de Elmore Leonard, se han vuelto a recordar en distintas publicaciones las 10 reglas que el popular escritor americano de novela negra seguía a la hora de elaborar sus textos. Se puede o no estar de acuerdo con este decálogo, pero lo cierto es que cada autor tiene su librillo.

A la hora de escribir El oscuro invierno, David Mark, que ha trabajado como periodista durante quince años, siete de ellos en la sección de sucesos del diario The Yorkshire Post, en la localidad británica de Hull, tuvo claro que lo más importante era la historia, los personajes y el lugar donde discurría la acción. “No se trataba de demostrar lo buen escritor que era, sino de escribir algo que la gente no pudiera dejar de leer”, ha dicho.

Parece que tal premisa le ha ido bien. El oscuro invierno ha sido la novela policiaca revelación del último año en Reino Unido, con más de 100.000 ejemplares vendidos, y ya cuenta con una segunda entrega, pendiente de traducción, Original skin, en la que vuelve a repetir como protagonista el sargento Aector McAvoy. 

En el primer libro de la serie, McAvoy se ve implicado en la investigación de tres asesinatos: el de un viejo pescador, que es hallado muerto en el mar; el de una joven de 15 años, acuchillada dentro de una iglesia; y el de un drogadicto, que resulta abrasado en un incendio en un barrio de viviendas de protección oficial. Aunque en un principio estos crímenes no parecen tener relación, McAvoy encontrará la conexión entre ellos y el hilo que debe seguir para llegar hasta el culpable.



Pese a ser su primera novela publicada (Mark ha escrito varias que no han conseguido el favor de los editores), El oscuro invierno nos descubre un autor prometedor, que atrapa al lector desde el primer momento y sabe situarle en cada escena, con un lenguaje directo, fresco y natural, apoyado en frases cortas (“Y entonces oye gritos. Fuertes. Penetrantes. De muchas voces. No se trata de una chillona borracha a la que el novio cosquillea o un amigote importuna. Esto es terror desatado”) y profuso en diálogos, que funcionan como motor que hace avanzar la trama. 

Otro acierto de la novela es su protagonista, el sargento de policía Aector McAvoy, miembro de la Unidad de Delitos Graves y Crimen Organizado, que es caracterizado como corpulento, de apariencia triste, trato difícil y obsesionado con que las cosas se hagan según las normas. “La camarera lo analiza con la vista. Un tipo grande, de pecho fuerte y ancho, con el abrigo cruzado a la moda. Bien parecido, pese a su pelo rebelde y su oronda cara de granjero. Debe medir más de uno noventa, pero en sus movimientos, en sus gestos, hay una delicadeza que sugiere que le asusta su propio tamaño; como si constantemente temiera romper todo lo que es más frágil que él. Por su acento solo es capaz de precisar que es pijo y escocés”.
 
Como ha explicado David Mark en la presentación del libro en España, se trataba de buscar la autenticidad, escribiendo sobre “un tipo normal” que, cuando llega a casa, tiene una vida normal. De hecho, al igual que ocurre con los protagonistas de otras populares series de novelas policiacas (por ejemplo, las firmados por Henning Mankell, Asa Larsson o Camila Lackberg), la manera de rebajar la aureola de héroes de película de estos caracteres es abrir la puerta de su hogar, entrometerse en su intimidad, al mismo tiempo que Mark apuesta por no ofrecer una versión idílica del cuerpo de policía. “Nunca he dicho que yo fuera el jodido Sherlock Homes…”, llega a decir uno de los compañeros de McAvoy.

Aunque se trata de una primera incursión notable, a David Mark le queda todavía terreno para crecer como narrador. Sin muchos peros que poner a la primera parte –en la que va desvelándose la personalidad del protagonista y poniendo cadáveres sobre la mesa– , no terminan de convencer ni los encontronazos con el asesino, ni algún personaje que roza el cliché, ni un final poco terrenal. Pequeños inconvenientes que no mitigan las ganas de seguir leyendo las sucesivas entregas de esta serie recién estrenada.




domingo, 4 de noviembre de 2012

La estafa intelectual de John Banville



A propósito de Muerte en verano, de John Banville/Benjamin Black



Mariano Oliveros

El irlandés John Banville es uno de los más famosos escritores actuales en lengua inglesa. Mimado por la crítica y muy popular en Gran Bretaña, John Banville dispone de unos recursos literarios excepcionales, no hay ninguna duda. Su prosa resulta siempre elegante, aguda y precisa, y sus metáforas son muchas veces sorprendentes, por originales y atrevidas. Por otro lado, controla magistralmente los tiempos y las escenas y, mediante un gran amor por el detalle, consigue que los cabos estén siempre bien atados, nunca permite que sus personajes se le desmanden.

Puede que esta última “virtud” sea, al cabo, el defecto que me aleja de sus obras, que encuentro frías. Las pasiones que aparentemente devoran a los protagonistas no me llegan, me parecen impostadas y falsas. La bien armada estructura literaria de las obras de Banville, al fin, no consigue reconciliarme con su falta de empatía, con su alejamiento de lo que escribe. Ni en su versión más “seria”, la del El mar Los infinitos, ni en el lado más oscuro y liviano que suscribe su alter ego, el Benjamin Black de El Secreto de Christine o En busca de April, logra conmoverme…

John Banville/Benjamin Black nos ofrece, en la última entrega de las andanzas del dipsómano Quirke, lo más puro de su interpretación del género policíaco  para bien y para mal. La trama de Muerte en verano (editorial Alfaguara) discurre en buena medida por caminos muy conocidos. El aparente suicidio de un millonario, las sospechas que, sabiamente, deja el autor sobre su entorno personal, las dudas e investigaciones del investigador aficionado Quirke, nos resultan muy familiares. Sólo poco a poco percibimos que no se trata de una novela negra canónica, sino, como es costumbre en Benjamin Black, más bien una suerte de juego literario perfeccionista sobre la base del modelo del género.

En esta ocasión, el estilo depurado del autor resulta especialmente acertado y las páginas se devoran sin esfuerzo, en busca de la solución del misterio y del resultado de los devaneos del protagonista. Sin embargo, en un determinado momento el hilo argumental que nos guiaba se acaba si pena ni gloria y la novela se dirige a su conclusión sin que logremos recuperar el interés, pecado capital no ya en el género que recrea sino en cualquier obra literaria.

No creo en las reglas de la novela negra, o, más bien, creo que están para romperlas, retorcerlas o burlarse de ellas por cuanto cada obra literaria sólo se atiene a su propia lógica interna, de forma que su resultado estético es lo único que importa. En ese sentido, al extrañamiento que, como siempre, me trasmiten los personajes de las historias de Banville, se añade el que no me gusta cómo está resuelta la trama de Muerte en verano, me produce un sentimiento de estafa intelectual que arruina todo el conjunto y no tanto porque se aleje del canon sino porque es incoherente con el desarrollo argumental.

En suma, Muerte en verano es un entretenido divertimento durante muchas páginas y, a la postre, una novela fallida, aunque, como siempre en Banville, los párrafos que la componen estén muy bien escritos.