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lunes, 9 de octubre de 2017

Lo que los médicos no nos dicen



A propósito de la lectura de 'Ante todo no
hagas daño', de Henry Marsh

Tras una vida dedicada a abrir cráneos y reparar cerebros, Henry Marsh, un reputado neurocirujano inglés, habla a calzón quitado de su vida profesional en la sanidad pública británica en Ante todo no hagas daño. Después de leerlo dos veces, sigo sin salir de mi asombro ante la valentía y la honestidad de este médico de exitosa carrera que, llegada la edad del retiro y sin ninguna necesidad de dar explicaciones a nadie, desvela sin ambages los entresijos más oscuros de su profesión y sus terribles conflictos a la hora de tomar decisiones trascendentales sobre la vida de sus pacientes.

La familia de una enferma muy joven, aquejada de un grave tumor cerebral, se entrevista con Marsh para conocer su diagnóstico. Marsh ya ha operado a la chica dos veces, porque el tumor recidiva sin cesar, y sabe que las probabilidades de lisiar a su paciente en una nueva operación son altísimas y que, en el mejor de los casos, sólo logrará prolongar su vida por unas pocas y sufrientes semanas. Pero la familia, sin atender a razones, se aferra a la vana ilusión que parece emanar de las palabras del cirujano cuando habla de la posibilidad de una intervención quirúrgica y presiona a Marsh, con toda la fuerza de su desesperación, para que haga lo imposible por extirpar el tumor. El cirujano se debate entre lo que le dicta su razón y sus largos años de experiencia, es decir, dejar que la naturaleza siga su curso y preparar a la jovencísima enferma para su último adiós, o, por el contrario, ceder ante los ruegos que le atormentan e intervenir a la desesperada... Esta es una de las historias que hacen de Ante todo no hagas daño un testimonio extraordinario.

Marsh no se inhibe de tratar ningún asunto concerniente a su delicado trabajo, por más espinoso que resulte. Como en cualquier otra profesión, un neurocirujano sólo adquiere experiencia practicando e, inevitablemente, equivocándose, pero las consecuencias de sus errores pueden llegar a ser peores que la muerte. Marsh, al igual que todos sus colegas, lleva en su conciencia el peso de pacientes tullidos o incapaces de hablar o, siquiera de levantarse de la cama, condenados a una existencia vegetal por causa del desgarro de una diminuta arteria durante una operación o por un exceso de celo, al pretender el médico, bienintencionadamente, eliminar por completo un tumor.

Lo más espeluznante es leer que tales errores, más allá de las presiones de los pacientes y sus familias para lograr una cura a sus dolencias, proceden en muchas ocasiones de la ambición y la arrogancia del médico a la hora de tomar la decisión de operar, ya que su historial gana prestigio al acumular intervenciones difíciles y, por consiguiente, arriesgadas. Aunque, por otra parte, sin ambición ni arrogancia ningún cirujano sería capaz de superar sus fracasos ni de progresar en el conocimiento de su profesión…

Por supuesto, Marsh también luce sus éxitos, que son muchos, pero nunca abandona su franqueza ni su humildad y nos deja bien claro que, pese a la maestría que ha logrado en su práctica médica, la cirugía es más un arte que una técnica y que las incertidumbres en el diagnóstico de las lesiones cerebrales y su tratamiento siguen siendo abrumadoras.
Buena parte de los males que aquejan a todos los sistemas sanitarios públicos, como la falta de medios, la competencia con la sanidad privada (a la que, confiesa Marsh, el mismo acude en caso de urgencia) y la burocratización de los procedimientos, son también citados, y acerbamente criticados por el autor, que no se resigna ante la estupidez y la combate día a día, lo que da lugar a anécdotas que serían desternillantes si no resultaran inquietantemente similares a nuestras propias y amargas experiencias hospitalarias.

No obstante, lo mejor del libro reside en la intensa humanidad que trasmite su autor, que no duda en relatarnos sus propias enfermedades y accidentes y los de su familia para colocarse en el papel que más odian los médicos, el del paciente. La cosificación del enfermo, aprendemos en el libro, es esencial a la hora de iniciar una intervención quirúrgica, pero el médico no puede pretender que resultará completamente indemne ante el sufrimiento humano y debe caminar por la tortuosa senda que separa la fría indiferencia profesional de la plena implicación emocional que paralizaría su trabajo.

Ante todono hagas daño nos coloca ante la evidencia de nuestra contingencia, impotentes frente al azar de la enfermedad, que el buen médico debe enfrentar, si es factible, con pericia, pero, en cualquier caso, con compasión y empatía. Un libro fascinante y, a la vez, aterrador.


martes, 28 de junio de 2016

A mí el Brexit también me ha dejado noqueado



Ir a votar en Madrid la soleada mañana del domingo 26-J de repente perdió todo su sentido. Después del terremoto del Brexit el jueves anterior, las Generales en España se han convertido en un asunto descafeinado, secundario, previsible y falto de la sustancia y del drama que tienen los grandes giros de la Historia. El shock que me produjo el inesperado recuento nocturno de los votos a favor del “leave” y del “remain” me ha dejado sin reflejos para apreciar las sutilezas y los pálpitos de la tediosa política nacional. Como si nos jugásemos mucho más en Londres que en Madrid.   


Y eso que a mí no me dio por maldecir a Boris Johnson, a la Reina Isabel o a las baked beans, como sí hizo una amiga nada más conocer el inesperado resultado. A mí, como a muchos españoles que trabajan en Londres, Manchester o Edimburgo, o como muchos británicos que viven en Barcelona, Málaga o Palma de Mallorca, el resultado del Brexit me llenó de una pena sin consuelo posible, y de cierta inquietud. Ver en casa, a primera hora del viernes 24 de junio, sin haber siquiera espantado del todo el sueño, el resultado del nefasto escrutinio fue el comienzo de un duelo en toda regla. Un “shock emocional” del que a duras penas me recupero.   


Los ingleses, a pesar de la deliberada altivez que se les atribuye, de la frialdad que aplican a las relaciones para mantener siempre engrasada la maquinaria social o de la obsesión que muestran por subrayar las diferencias con el resto los terrícolas, son una pieza clave de la educación sentimental de los que, como yo, crecieron escuchando su música o envidiando secretamente su estilo de vida, ese cóctel de sentido común, estilo directo, buenas costumbres, fair play, civismo, humor ligero y autocrítica que tan refrescante se nos hace a los continentales del sur, siempre tan prolijos y dispuestos, en cambio, a fardar de lo que no tenemos, ignorar las virtudes de los demás o a entrar en inútiles discusiones de bar sobre cómo salvar el mundo mientras que a nuestro alrededor todo se va al garete.

En Londres, en Edimburgo, en los tiempos en que un joven Tony Blair reinventaba la rueda con la “tercera vía” y por fin arrebataba el poder al eterno Partido Conservador, viví las últimas primaveras de mi juventud, lavando platos, haciendo camas y aprendiendo un poco de inglés aquí y allá. Con las estrecheces y las penalidades sin cuento del que no lleva una libra en el bolsillo y anda sin padrinos, pero con la felicidad infinita del que no tiene nada que perder y cada día está dispuesto a descubrir el Mediterráneo.


Yo también tuve que irme, a mediados de los noventa, de una España momentáneamente colapsada y que, de un día para otro, dejó sin oportunidades a cientos de miles de chavales que terminábamos la universidad sin más perspectiva que la cola del paro. Y llegué a un Londres inconmensurable, multicultural, demasiado complejo y prohibitivo que, más pronto que tarde, me dejó exhausto y con ganas de no volver en mucho tiempo.


Sin embargo, allí, en esas Islas que después del Brexit andan un poco más lejos y a la deriva, y donde, por lo visto, perder los papeles también es posible, encontré una sociedad a imitar en muchos aspectos, mucho más diversa, dinámica y constructiva que la española, e intelectualmente más seria y más madura, a pesar de tanto tabloide amarillista. El Reino Unido que yo descubrí en los tiempos en que Tony Blair emergía con aires de estrella de rock era un país que, a pesar de su decadencia y no hacer demasiado para achicar desigualdades, seguía dando a todos muchas más oportunidades que el nuestro y que sobre todo permitía a cada cual tener una vida a la medida de sus aspiraciones. Un sueño para los chicos españoles de aquel entonces que nos tocó irnos, y una utopía para los que hoy tienen que hacer las maletas. Por esto, y por algunas cosas más que el pudor me impide compartir, a mí también el Brexit me ha dejado muy tocado.

El Brexit también me ha dejado noqueado



Ir a votar en Madrid la soleada mañana del domingo 26-J de repente perdió todo su sentido. Después del terremoto del Brexit el jueves anterior, las Generales en España se han convertido en un asunto descafeinado, secundario, previsible y falto de la sustancia y del drama que tienen los grandes giros de la Historia. El shock que me produjo el inesperado recuento nocturno de los votos a favor del “leave” y del “remain” me ha dejado sin reflejos para apreciar las sutilezas y los pálpitos de la tediosa política nacional. Como si nos jugásemos mucho más en Londres que en Madrid.   


Y eso que a mí no me dio por maldecir a Boris Johnson, a la Reina Isabel o a las baked beans, como sí hizo una amiga nada más conocer el inesperado resultado. A mí, como a muchos españoles que trabajan en Londres, Manchester o Edimburgo, o como muchos británicos que viven en Barcelona, Málaga o Palma de Mallorca, el resultado del Brexit me llenó de una pena sin consuelo posible, y de cierta inquietud. Ver en casa, a primera hora del viernes 24 de junio, sin haber siquiera espantado del todo el sueño, el resultado del nefasto escrutinio fue el comienzo de un duelo en toda regla. Un “shock emocional” del que a duras penas me recupero.   


Los ingleses, a pesar de la deliberada altivez que se les atribuye, de la frialdad que aplican a las relaciones para mantener siempre engrasada la maquinaria social o de la obsesión que muestran por subrayar las diferencias con el resto los terrícolas, son una pieza clave de la educación sentimental de los que, como yo, crecieron escuchando su música o envidiando secretamente su estilo de vida, ese cóctel de sentido común, estilo directo, buenas costumbres, fair play, civismo, humor ligero y autocrítica que tan refrescante se nos hace a los continentales del sur, siempre tan prolijos y dispuestos, en cambio, a fardar de lo que no tenemos, ignorar las virtudes de los demás o a entrar en inútiles discusiones de bar sobre cómo salvar el mundo mientras que a nuestro alrededor todo se va al garete.

En Londres, en Edimburgo, en los tiempos en que un joven Tony Blair reinventaba la rueda con la “tercera vía” y por fin arrebataba el poder al eterno Partido Conservador, viví las últimas primaveras de mi juventud, lavando platos, haciendo camas y aprendiendo un poco de inglés aquí y allá. Con las estrecheces y las penalidades sin cuento del que no lleva una libra en el bolsillo y anda sin padrinos, pero con la felicidad infinita del que no tiene nada que perder y cada día está dispuesto a descubrir el Mediterráneo.


Yo también tuve que irme, a mediados de los noventa, de una España momentáneamente colapsada y que, de un día para otro, dejó sin oportunidades a cientos de miles de chavales que terminábamos la universidad sin más perspectiva que la cola del paro. Y llegué a un Londres inconmensurable, multicultural, demasiado complejo y prohibitivo que, más pronto que tarde, me dejó exhausto y con ganas de no volver en mucho tiempo.


Sin embargo, allí, en esas Islas que después del Brexit andan un poco más lejos y a la deriva, y donde, por lo visto, perder los papeles también es posible, encontré una sociedad a imitar en muchos aspectos, mucho más diversa, dinámica y constructiva que la española, e intelectualmente más seria y más madura, a pesar de tanto tabloide amarillista. El Reino Unido que yo descubrí en los tiempos en que Tony Blair emergía con aires de estrella de rock era un país que, a pesar de su decadencia y no hacer demasiado para achicar desigualdades, seguía dando a todos muchas más oportunidades que el nuestro y que sobre todo permitía a cada cual tener una vida a la medida de sus aspiraciones. Un sueño para los chicos españoles de aquel entonces que nos tocó irnos, y una utopía para los que hoy tienen que hacer las maletas. Por esto, y por algunas cosas más que el pudor me impide compartir, a mí también el Brexit me ha dejado muy tocado.

domingo, 4 de noviembre de 2012

La estafa intelectual de John Banville



A propósito de Muerte en verano, de John Banville/Benjamin Black



Mariano Oliveros

El irlandés John Banville es uno de los más famosos escritores actuales en lengua inglesa. Mimado por la crítica y muy popular en Gran Bretaña, John Banville dispone de unos recursos literarios excepcionales, no hay ninguna duda. Su prosa resulta siempre elegante, aguda y precisa, y sus metáforas son muchas veces sorprendentes, por originales y atrevidas. Por otro lado, controla magistralmente los tiempos y las escenas y, mediante un gran amor por el detalle, consigue que los cabos estén siempre bien atados, nunca permite que sus personajes se le desmanden.

Puede que esta última “virtud” sea, al cabo, el defecto que me aleja de sus obras, que encuentro frías. Las pasiones que aparentemente devoran a los protagonistas no me llegan, me parecen impostadas y falsas. La bien armada estructura literaria de las obras de Banville, al fin, no consigue reconciliarme con su falta de empatía, con su alejamiento de lo que escribe. Ni en su versión más “seria”, la del El mar Los infinitos, ni en el lado más oscuro y liviano que suscribe su alter ego, el Benjamin Black de El Secreto de Christine o En busca de April, logra conmoverme…

John Banville/Benjamin Black nos ofrece, en la última entrega de las andanzas del dipsómano Quirke, lo más puro de su interpretación del género policíaco  para bien y para mal. La trama de Muerte en verano (editorial Alfaguara) discurre en buena medida por caminos muy conocidos. El aparente suicidio de un millonario, las sospechas que, sabiamente, deja el autor sobre su entorno personal, las dudas e investigaciones del investigador aficionado Quirke, nos resultan muy familiares. Sólo poco a poco percibimos que no se trata de una novela negra canónica, sino, como es costumbre en Benjamin Black, más bien una suerte de juego literario perfeccionista sobre la base del modelo del género.

En esta ocasión, el estilo depurado del autor resulta especialmente acertado y las páginas se devoran sin esfuerzo, en busca de la solución del misterio y del resultado de los devaneos del protagonista. Sin embargo, en un determinado momento el hilo argumental que nos guiaba se acaba si pena ni gloria y la novela se dirige a su conclusión sin que logremos recuperar el interés, pecado capital no ya en el género que recrea sino en cualquier obra literaria.

No creo en las reglas de la novela negra, o, más bien, creo que están para romperlas, retorcerlas o burlarse de ellas por cuanto cada obra literaria sólo se atiene a su propia lógica interna, de forma que su resultado estético es lo único que importa. En ese sentido, al extrañamiento que, como siempre, me trasmiten los personajes de las historias de Banville, se añade el que no me gusta cómo está resuelta la trama de Muerte en verano, me produce un sentimiento de estafa intelectual que arruina todo el conjunto y no tanto porque se aleje del canon sino porque es incoherente con el desarrollo argumental.

En suma, Muerte en verano es un entretenido divertimento durante muchas páginas y, a la postre, una novela fallida, aunque, como siempre en Banville, los párrafos que la componen estén muy bien escritos.