En una entrada interesante de su blog American Psique, César García habla de la difícil coyuntura que tiene la lectura en el mundo digital y en un momento en que la experiencia, por muy pobre que sea, casi siempre es preferida al conocimiento.
"No se considera versado en Londres o la historia de Ana Frank, a aquel que ha leído a Dickens o el diario de Ana Frank sino al que ha viajado a la capital inglesa, aunque haya sido un fin de semana con un paquete turístico de bajor coste, o el que ha entrado en la casa natal de la escritora en Amsterdam. Ir, sentir no importa qué, gana la partida a estar y leer, al supuesto intermediario que te cuenta la historia".
Aquí puedes acceder a la reflexión de César sobre el futuro de la lectura de libros en los tiempos que corren:
Ir a votar en Madrid la soleada mañana del domingo 26-J de repente perdió todo su sentido. Después del terremoto del Brexit el jueves anterior, las Generales en España se han convertido en un asunto descafeinado, secundario, previsible y falto de la sustancia y del drama que tienen los grandes giros de la Historia. El shock que me produjo el inesperado recuento nocturno de los votos a favor del “leave” y del “remain” me ha dejado sin reflejos para apreciar las sutilezas y los pálpitos de la tediosa política nacional. Como si nos jugásemos mucho más en Londres que en Madrid.
Y eso que a mí no me dio por maldecir a Boris Johnson, a la Reina Isabel o a las baked beans, como sí hizo una amiga nada más conocer el inesperado resultado. A mí, como a muchos españoles que trabajan en Londres, Manchester o Edimburgo, o como muchos británicos que viven en Barcelona, Málaga o Palma de Mallorca, el resultado del Brexit me llenó de una pena sin consuelo posible, y de cierta inquietud. Ver en casa, a primera hora del viernes 24 de junio, sin haber siquiera espantado del todo el sueño, el resultado del nefasto escrutinio fue el comienzo de un duelo en toda regla. Un “shock emocional” del que a duras penas me recupero.
Los ingleses, a pesar de la deliberada altivez que se les atribuye, de la frialdad que aplican a las relaciones para mantener siempre engrasada la maquinaria social o de la obsesión que muestran por subrayar las diferencias con el resto los terrícolas, son una pieza clave de la educación sentimental de los que, como yo, crecieron escuchando su música o envidiando secretamente su estilo de vida, ese cóctel de sentido común, estilo directo, buenas costumbres, fair play, civismo, humor ligero y autocrítica que tan refrescante se nos hace a los continentales del sur, siempre tan prolijos y dispuestos, en cambio, a fardar de lo que no tenemos, ignorar las virtudes de los demás o a entrar en inútiles discusiones de bar sobre cómo salvar el mundo mientras que a nuestro alrededor todo se va al garete.
En Londres, en Edimburgo, en los tiempos en que un joven Tony Blair reinventaba la rueda con la “tercera vía” y por fin arrebataba el poder al eterno Partido Conservador, viví las últimas primaveras de mi juventud, lavando platos, haciendo camas y aprendiendo un poco de inglés aquí y allá. Con las estrecheces y las penalidades sin cuento del que no lleva una libra en el bolsillo y anda sin padrinos, pero con la felicidad infinita del que no tiene nada que perder y cada día está dispuesto a descubrir el Mediterráneo.
Yo también tuve que irme, a mediados de los noventa, de una España momentáneamente colapsada y que, de un día para otro, dejó sin oportunidades a cientos de miles de chavales que terminábamos la universidad sin más perspectiva que la cola del paro. Y llegué a un Londres inconmensurable, multicultural, demasiado complejo y prohibitivo que, más pronto que tarde, me dejó exhausto y con ganas de no volver en mucho tiempo.
Sin embargo, allí, en esas Islas que después del Brexit andan un poco más lejos y a la deriva, y donde, por lo visto, perder los papeles también es posible, encontré una sociedad a imitar en muchos aspectos, mucho más diversa, dinámica y constructiva que la española, e intelectualmente más seria y más madura, a pesar de tanto tabloide amarillista. El Reino Unido que yo descubrí en los tiempos en que Tony Blair emergía con aires de estrella de rock era un país que, a pesar de su decadencia y no hacer demasiado para achicar desigualdades, seguía dando a todos muchas más oportunidades que el nuestro y que sobre todo permitía a cada cual tener una vida a la medida de sus aspiraciones. Un sueño para los chicos españoles de aquel entonces que nos tocó irnos, y una utopía para los que hoy tienen que hacer las maletas. Por esto, y por algunas cosas más que el pudor me impide compartir, a mí también el Brexit me ha dejado muy tocado.
Ir a votar en Madrid la soleada mañana del domingo 26-J de repente perdió todo su sentido. Después del terremoto del Brexit el jueves anterior, las Generales en España se han convertido en un asunto descafeinado, secundario, previsible y falto de la sustancia y del drama que tienen los grandes giros de la Historia. El shock que me produjo el inesperado recuento nocturno de los votos a favor del “leave” y del “remain” me ha dejado sin reflejos para apreciar las sutilezas y los pálpitos de la tediosa política nacional. Como si nos jugásemos mucho más en Londres que en Madrid.
Y eso que a mí no me dio por maldecir a Boris Johnson, a la Reina Isabel o a las baked beans, como sí hizo una amiga nada más conocer el inesperado resultado. A mí, como a muchos españoles que trabajan en Londres, Manchester o Edimburgo, o como muchos británicos que viven en Barcelona, Málaga o Palma de Mallorca, el resultado del Brexit me llenó de una pena sin consuelo posible, y de cierta inquietud. Ver en casa, a primera hora del viernes 24 de junio, sin haber siquiera espantado del todo el sueño, el resultado del nefasto escrutinio fue el comienzo de un duelo en toda regla. Un “shock emocional” del que a duras penas me recupero.
Los ingleses, a pesar de la deliberada altivez que se les atribuye, de la frialdad que aplican a las relaciones para mantener siempre engrasada la maquinaria social o de la obsesión que muestran por subrayar las diferencias con el resto los terrícolas, son una pieza clave de la educación sentimental de los que, como yo, crecieron escuchando su música o envidiando secretamente su estilo de vida, ese cóctel de sentido común, estilo directo, buenas costumbres, fair play, civismo, humor ligero y autocrítica que tan refrescante se nos hace a los continentales del sur, siempre tan prolijos y dispuestos, en cambio, a fardar de lo que no tenemos, ignorar las virtudes de los demás o a entrar en inútiles discusiones de bar sobre cómo salvar el mundo mientras que a nuestro alrededor todo se va al garete.
En Londres, en Edimburgo, en los tiempos en que un joven Tony Blair reinventaba la rueda con la “tercera vía” y por fin arrebataba el poder al eterno Partido Conservador, viví las últimas primaveras de mi juventud, lavando platos, haciendo camas y aprendiendo un poco de inglés aquí y allá. Con las estrecheces y las penalidades sin cuento del que no lleva una libra en el bolsillo y anda sin padrinos, pero con la felicidad infinita del que no tiene nada que perder y cada día está dispuesto a descubrir el Mediterráneo.
Yo también tuve que irme, a mediados de los noventa, de una España momentáneamente colapsada y que, de un día para otro, dejó sin oportunidades a cientos de miles de chavales que terminábamos la universidad sin más perspectiva que la cola del paro. Y llegué a un Londres inconmensurable, multicultural, demasiado complejo y prohibitivo que, más pronto que tarde, me dejó exhausto y con ganas de no volver en mucho tiempo.
Sin embargo, allí, en esas Islas que después del Brexit andan un poco más lejos y a la deriva, y donde, por lo visto, perder los papeles también es posible, encontré una sociedad a imitar en muchos aspectos, mucho más diversa, dinámica y constructiva que la española, e intelectualmente más seria y más madura, a pesar de tanto tabloide amarillista. El Reino Unido que yo descubrí en los tiempos en que Tony Blair emergía con aires de estrella de rock era un país que, a pesar de su decadencia y no hacer demasiado para achicar desigualdades, seguía dando a todos muchas más oportunidades que el nuestro y que sobre todo permitía a cada cual tener una vida a la medida de sus aspiraciones. Un sueño para los chicos españoles de aquel entonces que nos tocó irnos, y una utopía para los que hoy tienen que hacer las maletas. Por esto, y por algunas cosas más que el pudor me impide compartir, a mí también el Brexit me ha dejado muy tocado.
Agatha Christie y su inefable Hércules
Poirot forman parte de mi existencia más íntima. Siestas caniculares o tardes
otoñales de mi adolescencia cobraron sentido gracias a la compañía de este
detective floripondio y sagaz. Siempre capaz de resolver los misterios más
sorprendentes, Poirot era el héroe que hacia posible la felicidad, que todo
estuviera en su lugar; en un ambiente puramente burgués controlado por la
rutina y las buenas costumbres; garante de la decencia.
Muchas han
sido sus aventuras y sus desafíos, de los que salió vencedor, salvo en la
novela Telón, donde fue 'ejecutado' por su autora, hastiada de un personaje que
devoraba sus entrañas. El té como factor aglutinador de las relaciones humanas,
la modélica sociedad postvictoriana, el equilibrio permanente, las debilidades
humanas, los instintos criminales… componen los ingredientes de un cóctel que
Christie dominaba como nadie. Magistral y única.
Cuando supe que los herederos de la
autora más vendida de la historia habían decidido resucitar al detective belga,
enseguida sentí sentimientos cruzados. Poirot vuelve a la vida, pero ¿en qué
condiciones?, ¿era un ser postizo que se aparecía ante sus incondicionales
buscando una segunda oportunidad?, ¿o era más bien producto del ingenio
marketiniano que busca aprovechar el bagaje del detective para seguir
explotando la mina de oro?
Hay personajes que superan a sus autores. James
Bond, Asterix, Superman, Batman, Tarzán, Frankestein… todos ellos tienen la
fuerza suficiente para obviar a sus creadores y proyectarse al mundo como
paradigmas autónomos y con vida propia. Pero, con Poirot, me costaba desligarlo
de la dama británica y se abría ante mí el reto de leer una novela espúrea, con
todos mis prejuicios en guardia y con la sensibilidad a flor de piel.
Pero al mismo tiempo sentí una emoción
especial al abrir los lomos de una edición muy cuidada y que me invitaba a
despojarme de cualquier recelo. Y así empecé a leer esta historia que prometía,
ambientada en aquel Londres inmortal de Scotland Yard y tiempo inclemente. No
desvelaré ningún elemento clave del argumento que disuadiría su lectura. Pero
puedo decir que mis percepciones han ido variando a medida que devoraba sus
páginas.
La escritora Sophie Hannah ha demostrado ser una más que digna alumna
de Agatha, superándola en sentido del humor y enrevesamiento temático. Poirot
ha vuelto a la vida, aunque no siempre reconocible, por más que su autora se
empeñe en modelarlo a imagen y semejanza de su estereotipo. Ha rizado el rizo,
ha sido más papista que el papa, más poirotista que el propio Poirot.
Captar el alma es el ejercicio más
complicado y aquí el resultado ha sido desigual. Hannah se ha visto en la
necesidad de retorcer una historia para hacerla reconocible y sostenible frente
a su original. En gran parte de la novela ha logrado perpetrar el engaño y los
lectores así se lo reconocerán. En otros momentos de la novela, Poirot me se me
antoja demasiado perfecto, demasiado maquillado.
Tras leerme la última página de esta
novela, conducida por un nuevo secundario (el inspector Catchpool de Scottland
Yard), no quedo convencido de si estoy de acuerdo con perpetuar un personaje que
alcanzó todos los desafíos imaginables. Me ha gustado la novela, he disfrutado,
ha captado la esencia y con una traducción impecable nos abre de nuevo las
puertas de la ilusión de recuperar a un mito novelesco.
Pero ¿hasta qué punto
era necesario desempolvar el bombín y el bigote engominado? ¿liberarlo del
auspicio maternal de Agatha Christie? ¿Tiene licencia para ser una marca libre de
tutelas culturales? Me cuesta decidirme. La respuesta está en manos de los
lectores… yo prefiero callar mi veredicto, atormentado por dos sentimientos
contradictorios.
El
lugar donde se desarrolla Capital, Pepys Road, luce en Google
Earth como una de esas calles típicas llenas de casas bajas adosadas de la
época victoriana, con su parcelita ajardinada, que ocupan buena parte de
Inglaterra. El polifacético periodista y novelista británico John Lanchester
nos cuenta en el prólogo de su novela que Pepys Road fue pensada en su origen,
a finales del siglo XIX, como un área residencial en el sur de Londres para
personas de clase media baja que no se podían permitir nada mejor.
En los años
90 y principios del milenio la calle se convirtió en uno más de entre los
lugares del mundo atacados por la fiebre especuladora que hizo creer a todo
propietario que poseía un tesoro en vez de un montón de ladrillos. En la nueva
Gran Bretaña de ganadores y perdedores, nos cuenta Lanchester, “quienes vivían
en la calle, sólo por vivir allí, habían ganado”.
El
título de Capital (editorial Anagrama) no es casual, ya que juega con el doble sentido,
eficaz tanto en inglés como en castellano, que nos evoca el Londres financiero
y el cosmopolita. Lanchester no sólo es un enamorado de Londres sino que conoce
perfectamente los entresijos de la economía de casino que domina la City (y el
mundo), como demostró en “¡Huy!
Por qué todo el mundo debe a todo el mundo y nadie puede pagar”, uno
de los populares libros que desentrañan las causas de la crisis.
Aunque
la Pepys Road real no sea exactamente la descrita por Lanchester,
sirve como perfecto paisaje para enmarcar las vidas de un puñado de familias
representativas, casi estereotípicas, de la nueva Inglaterra de la
globalización. Capital transcurre entre diciembre de 2007 y noviembre de
2008, y utiliza tal contexto, el de los primeros tiempos del colapso financiero
mundial, y algunos de los modelos de especulación más típicos (el fútbol, las
casas, la City, el arte…) como fondo escénico. Los protagonistas principales
están obsesionados por el dinero y lo material.
El
tiburón de la City y su caprichosa esposa, siempre pendientes de la
revalorización de su exclusiva residencia, la joven niñera húngara en busca de
un futuro mejor, la familia de inmigrantes paquistaníes que brega día y noche
en su tiendita de oportunidad, el obrero polaco que se gana la vida haciendo
chapuzas para los ricos, el joven futbolista prodigio senegalés y su vigilante
padre, la refugiada zimbabuense subempleada en el control de los parquímetros,
el artista excéntrico especializado en la provocación y las performances,
viven, o trabajan, y sueñan con hacerse ricos en Pepys Road, sin que en
realidad se traten mutuamente más allá de lo estrictamente indispensable para
sus fines prácticos o comerciales. La única residente que ha vivido toda su
vida en Pepys Road, ya anciana y muy enferma, parece destinada a desaparecer en
un plazo breve…
La
estructura de la novela, como la propia vida en el gran Londres, está fragmentada
en pequeños y efectistas capítulos protagonizados por los distintos personajes separadamente.
Cada hilo argumental es independiente de los demás y todos se van
entremezclando, sin tocarse, para construir una especie de álbum narrativo.
Lanchester, cual entomólogo, no penetra realmente en los caracteres de los
protagonistas, sino que los observa desde cierta distancia, mientras describe,
a través de sus actos, sus vidas y sus pensamientos más evidentes, la
variopinta mezcolanza de la sociedad londinense y su futilidad. Una fina
ironía, muy británica, impregna todo el relato, que muestra, sin crítica
manifiesta aunque sí implícita, la voracidad de los grupos sociales que
provocaron la crisis financiera.
Capital refleja fielmente el carácter de la líquida sociedad inglesa (y europea)
actual, multirracial y heterogénea, materialista, frívola, inestable, poco
comprometida y superficial. La propia novela es un producto típico de nuestros
tiempos, amena, fácil de leer, ligera e interesante, aunque a la postre tan
intrascendente como el suceso con el que comienza la narración (que promete en
su inicio mucha más profundidad de la que finalmente ofrece).
Con
ello no quiero decir que Capital sea un mal libro, por el
contrario, está perfectamente concebido y escrito por el inteligente
Lanchester, que ha conseguido un atractivo paquete literario compuesto por
pequeños envoltorios rellenos de sabrosas historietas londinenses para degustar
en cortos recorridos de metro (doy fe). Una novela tan contemporánea como el
London Eye...