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lunes, 7 de diciembre de 2015

Elogio del padre bueno



A propósito de la lectura de 
'El olvido que seremos', de Héctor Abad Faciolince


Siempre ha tenido buena prensa (literaria quiero decir) la figura del padre autoritario, despótico o adúltero, cuando no simplemente distante, huidizo o ausente. Pienso en la Carta al padre, de Kafka, en origen un centenar de páginas manuscritas que nunca llegaron a su destinatario pero donde Kafka intenta (infructuosamente, en su opinión) verbalizar los miedos que le provocaba su progenitor. Pienso también en el padre protector, pero irascible, neurótico y nada comprensivo, de las tragedias de Arthur Miller, o en el Pedro Páramo de Juan Rulfo, faldero y tiránico. 

Por el contrario, mucho menos predicamento literario ha tenido la celebración de la relación paterno-filial, y, en general, la celebración de la felicidad familiar. Sin embargo, El olvido que seremos es, como dice su autor, el colombiano Héctor Abad Faciolince, el reverso luminoso de la carta kafkiana. Es la exaltación del padre bueno, cariñoso y ejemplar que a todo niño le gustaría tener como espejo. Ese modelo que los padres hoy nos marcamos como meta, sin rubores, pero que en la Colombia machista y reaccionaria de los años 60 desentonaba, despertaba sospechas en los vecinos y dudas en sus más directos beneficiarios.

 Aunque como en el caso de Kafka, aquí tampoco las palabras del hijo secretamente agradecido llegan a oídos de su destinatario. “Este mismo libro no es otra cosa que una carta a una sombra”, dice el autor muy al principio del volumen. Y es que Héctor Abad Faciolince necesitó muchos años para contar la historia de su familia, vertebrada en torno a la figura del padre y su asesinato a manos de paramilitares en 1987. Antes lo intentó, pero siempre el relato adquirió un tono lacrimoso y sentimental impropio, según él, para este tipo de literatura. Y fue al cabo de dos décadas de asistir a la muerte de su padre en Medellín, y cuando ya se contaban 35 años de la pérdida prematura de su hermana Marta a causa de un cáncer de piel, cuando Abad Faciolince dio con esa escritura “más seca, más controlada, más distante”. Sólo cuando la herida había cicatrizado del todo, se vio finalmente capaz Abad Faciolince de enfrentarse a sus fantasmas. 

Y lo hizo sin que el ejercicio literario o el lapso de tiempo mermaran el poder evocador de los hechos narrados. El olvido que seremos es un libro absolutamente conmovedor y valiente, escrito desde el dolor de dos tragedias sin sentido ni consuelo posible: la de la muerte de un niño y la de la desaparición de un hombre que enamora, optimista e ingenuo por naturaleza, pero finalmente víctima del mismo terrorismo de Estado que en los años 80 se llevó a casi todos los que como él alzaron la voz para dignificar el país y las condiciones de vida de los más desfavorecidos, y que nunca se plegaron a las exigencias del poder y huyeron con igual ahínco de los extremismos y la demagogia. 

El olvido que seremos es también un libro de una honestidad pavorosa. Una honestidad que le lleva a Abad Faciolince a reconocer sus miedos más inconfesables y también la deriva suicida de su padre a partir de la desaparición prematura de la hija amada y admirada, su huida hacia adelante con la exposición sin cortapisas de sus ideas en un país violento y revanchista, a sabiendas de que de esa manera metía el dedo en el ojo a los militares y a los reaccionarios que mandaban con mano de hierro en Colombia y que, por desgracia, ya le habían incluido en la lista negra. “Cuando uno lleva por dentro una tristeza sin límites, morirse ya no es grave”, dirá Abad Faciolince para ilustrar el martirio cívico en que se convirtió el último tramo de su vida el doctor Abad Gómez, a partir de la pérdida de la pequeña Marta.

El olvido que seremos podría ser la historia de los muchos que allí y aquí han combatido a los pistoleros con palabras y argumentos, y que pagaron con la muerte su civismo y probidad moral, acribillados a balazos en una acera o en el bar donde cada mañana iban a desayunar. Leo el libro de Abad Faciolince casi una década después de su primera publicación, y me alegra comprobar, por lo bien y mucho que se habla de él, que sigue vigente y conmoviendo a lectores de todo el mundo. Tiene aires de literatura imperecedera, aunque eso sea mucho decir en los tiempos que corren.

Foto: Héctor Abad Gómez, procedente de http://www.hectorabadgomez.org

sábado, 3 de octubre de 2015

Las infancias de Juan Cruz



En El niño descalzo, el periodista Juan Cruz vuelve a conmover. Este libro –en realidad una larga confesión- está hecho de uno de los materiales literarios que más me gustan, el que gira en torno al tiempo –el perdido y el que tenemos por delante- y la memoria que trabaja para recuperarlo, aunque sea infructuosamente. “Somos el tiempo que nos queda”, recuerda Cruz con un punto de melancolía.

Juan Cruz, omnipresente desde hace décadas en periódicos, radios y televisiones, quizá el tinerfeño más ubicuo e hiperactivo que a uno le quepa imaginar, vuelve con El niño descalzo al tono introspectivo y sincero que tan buenos resultados le dio en libros como Ojalá octubre, dedicado al padre huidizo y enigmático, y La foto de los suecos, recuerdo de la madre siempre vigilante, protectora, la alegría de la casa.

El niño descalzo, en esencia una larga carta a su nieto de tres años, escrita para ser leída por su adorado interlocutor cuando quizá el autor ya haya desaparecido, marca otro capítulo de la cartografía sentimental del periodista y de su familia. La observación atenta de Cruz a los andares inciertos del nieto le sirven para rememorar tres infancias al tiempo: la suya propia, pobre, en un barranco de La Vera, en Tenerife, en los años cincuenta; la de su hija Eva, en el Londres incierto y brumoso de los setenta, y la del pequeño Oliver, un motivo para la alegría y el reencuentro con la familia que no siempre estuvo ahí.

El niño descalzo es un canto a la vida pasada, presente y futura, y a la risa reparadora de la infancia, pero también la constatación de que la vida cobra sentido a base de las ausencias, de las miradas y de los ojos que los ya no están y tanto quisimos y admiramos, discretamente, o de los que simplemente nos dieron calor y protección. Esos que se fueron y que ahora, malamente, la palabra y el recuerdo nos devuelven. 

Otra vez convierte Cruz en protagonistas de su peripecia sentimental a la madre protectora que, como antesala de su final, un día no quiso reírse y enmudeció, o al padre soñador y a ratos ausente. Pero también hay un recuerdo al mentor del joven periodista, el crítico literario Domingo Pérez Minik, o al destierro y la tragedia de Antonio Machado y Federico García Lorca.   

Cruz, periodista compulsivo, incansable, que se va a jubilar haciendo periodismo, lo que no es poco en un país donde la profesión anda de mal en peor, bucea en su pasado y en el de su gente a base de oído y de afinar la mirada. “Mirar, mirar, mirar hasta el último instante. Mirar te salva de estar solo, aún ahora”. Es la palabra como redención, como vía para conjurar la soledad y el silencio, y también la angustia ante la muerte propia y de los seres queridos. 

La literatura más personal de Cruz, de la que esta carta a Oliver es otro capítulo (y casi seguro que no el último), es un intento de conectar a los que se fueron y a los que vendrán, porque unos y otros, sin saberlo, se deben mucho. Y ahí está el periodista -¿o el poeta?- para atestiguarlo y e ir atando cabos a golpe de confesión.  

El oído de Cruz se recrea en la música que dejan las palabras, las inconscientes y ocurrentes de su nieto, mientras juega, ríe y llora, o las casi olvidadas del joven asmático que creció en el Puerto de La Cruz, en el norte de Tenerife, subiendo y bajando por un barranco, con los pies descalzos, y escribiendo las crónicas de los partidos de fútbol que oía por la radio, sin saber que contar iba a ser su profesión, y su razón de ser.

El niño descalzo es también un sutil ejercicio de impudicia, y eso es de agradecer porque, a pesar de barnices varios, seguimos siendo un país demasiado recatado en lo literario. Cruz, confeso admirador de Camus, se muestra temeroso ante la muerte y reconoce los errores del pasado y el olvido de la familia por los brillos momentáneos del éxito profesional o la vida crápula del literato y del editor.


En fin, esta carta, que es memoria, ficción y poema a la vez, arrebata por su sinceridad. Y a pesar de que a ratos se vuelve demasiado tentativa y circular (quizá como este comentario), está hecha de la literatura que más me interesa, la del tiempo que no volverá y la memoria que, en vano, intentará recuperarlo. “Ahora sé que todo es tiempo, este mismo texto es tiempo sobre el tiempo, una manera de atajarlo, el tiempo inevitable es el que lo puebla”. 


martes, 28 de julio de 2015

El mundo de ayer, de Stefan Zweig



Stefan Zweig era el modelo del judío europeo culto y acomodado de principios del siglo XX. Nunca pasó por problemas económicos gracias a la posición de su familia vienesa y a sus trabajos literarios, y empleó su desahogada situación en formarse intelectualmente durante largos años, desdeñando la Universidad, en la que se graduó por meros motivos de apariencia, mientras viajaba sin cesar por toda Europa. Con el tiempo, Zweig se hizo dueño, por esforzada voluntad propia, de un estilo literario directo y transparente, muy atractivo para el lector de hoy, y fiel instrumento de la mirada lúcida, culta y cosmopolita de su autor, que lo utilizó en un sinfín de libros de todos los géneros, felizmente disponibles en castellano.
El mundo de ayer es uno de sus libros más recordados, y no sólo por su calidad sino también por las circunstancias en que fue escrito. Zweig lo redactó poco antes de suicidarse en 1942, junto a su segunda esposa, en Petrópolis, Brasil, su último refugio en su forzado periplo de apátrida. No pudo soportar la pérdida de todo cuanto amó ni la condena al olvido a que fue sometido por los nazis, que quemaron con saña sus libros.
El subtítulo del libro, memorias de un europeo, es muy esclarecedor. Zweig hablaba fluidamente francés, italiano e inglés, además de su alemán natal, y cultivaba la conversación y la amistad con lo más granado de la intelectualidad europea, a la que consideraba la base de la patria común continental.  
Zweig declara desde un principio que en su libro él no es el protagonista sino el “centro” de la narración y, así, desde su privilegiada situación de testigo consciente e implicado en el devenir de Europa, nos cuenta la vida cultural de la época y sus relaciones sociales con los artistas e intelectuales del momento, con el telón de fondo de los grandes acontecimientos históricos de las primeras décadas del siglo XX. Zweig no oculta su pertenencia a la élite social y esa es una de las mayores virtudes de sus memorias, la íntegra fidelidad a sí mismo de su autor.
Desde su privilegiada atalaya, Zweig no pretende ser objetivo, ya que todo lo filtra por sus ideas europeístas y fraternales, y sus descripciones defienden calurosamente la tolerancia y el entendimiento entre los pueblos europeos mientras utiliza su vida errante como ejemplo del cosmopolitismo que propugna. Sus memorias, despojadas casi por completo de datos relevantes sobre su vida sentimental, ofrecen una visión subjetiva e idealizada de lo que debería ser Europa a partir de la reflexión perpleja sobre el delirio social y político en que acabó sumida.
Aunque Zweig acabó convirtiéndose en un fugitivo del fascismo, nunca tuvo que sufrir en carne propia los horrores de comienzo del siglo XX, y sólo describe, como una muestra de la alucinación belicista y nacionalista sin sentido que se apoderó de Europa en el momento en que más confianza había en el progreso de la Humanidad, aquellos eventos bélicos de la Gran Guerra que conoció personalmente por decisión propia, ya que no tuvo que luchar en el frente.
El mundo de ayer es más que unas memorias al uso; es una tesis sobre las ideas políticas de su autor y el modelo de convivencia que propugna. Su prosa sin artificios, la perspicacia y clarividencia de sus reflexiones, su apasionada defensa de la hermandad europea, la amenidad de las descripciones y el trasfondo trágico de su narración convierten a las memorias de Zweig en una lectura absorbente, de la que se pueden extraer muchas enseñanzas para aplicar en la inquietantemente desnortada Europa de hoy.

lunes, 10 de febrero de 2014

Periodismo a la deriva



A propósito de la lectura de Memorias líquidas, de Enric González



Hace no mucho Lluís Bassets, periodista de El País, publicó un librito de título sugerente e inquietante, El último que apague la luz, que adelantaba el duro trance que nos aguarda a los periodistas con la imposición de los formatos digitales y sus inciertos modelos de negocio. En los últimos tiempos, han sido muchos los que se han dedicado a analizar el futuro de la profesión en un mundo dominado por Google y donde se impone la cantidad (y la rapidez) a la calidad. Hace unos años, David Simon, en la excepcional quinta temporada de la serie The wire, también abría en canal la profesión valiéndose de la peripecia de los periodistas del Baltimore Sun, unos chicos con todo en contra para hacer una buena y trabajada información, por las prisas que impone Internet, por el afán de protagonismo de los redactores (el Pulitzer fuerza a los periodistas en Estados Unidos a inventarse las historias) y por la imposición del criterio empresarial como principal vara de medir la excelencia de un medio.

Memorias Líquidas, de Enric González, es otro libro sobre el estado de la profesión, aunque está escrito en primera persona y muchas de sus páginas son en realidad un ajuste de cuentas con la dirección de El País, donde trabajó 30 años. Los libros de Enric González acaban demasiado pronto. Es una pena porque están dominados por una inteligencia elegante y sincera. Hoy es fácil encontrar en las librerías sus libros: tres o cuatro volúmenes de crónicas (desde Londres, Roma o Nueva York, ciudades en las que fue corresponsal). Todos ellos nos dejan con la miel en los labios. González lanza dardos certeros, pero no se recrea. Escribe libros como durante más de tres décadas escribió sus artículos, sin una línea de sobra.

Estas Memorias líquidas son una pequeña crónica de su vida profesional, desde que empezó en La hoja del lunes de Barcelona a mediados de los setenta, siguiendo el consejo de su padre, porque él quería ser veterinario, hasta su cantada salida de El País en el ERE de 2012, cuando ya era pública y notoria su oposición a la gestión de Juan Luis Cebrián, el mandamás de Prisa. Ante de empezar con los chascarrillos de El País, el libro habla de un mundo que existió, pero que ya es leyenda, el de las redacciones de los años setenta y principios de los ochenta, tan llena de profesionales borrachuzos y crápulas del tardofranquismo, pero ya empezaban a estar controladas por los nuevos reyes el mambo, por los delfines del pujolismo en Cataluña o por el emergente partido socialista en Madrid.

Estas mini-memorias rehúyen la complacencia que durante tantos años manifestaron los periodistas de El País o de los que han estado cercanos a aquel proyecto, el más influyente del periodismo español en las últimas cuatro décadas, todo hay que decirlo. González nos habla del tiempo en que la redacción del periódico de Polanco era el centro del mundo y un modelo a seguir, pero también de cómo el tiempo, la inercia, la endogamia y los errores de gestión fueron socavando su futuro. A muchos les interesarán los episodios en que cuenta sus desencuentros con la dirección del periódico. Desde la primera (y premonitoriamente fría) reunión con Cebrián, cuando le fichó para el periódico, a principios de los ochenta, a los encontronazos con el actual director, Javier Moreno, cuando los dardos de sus columnas eran rechazados y censurados sin miramientos y rubor por la dirección.

Reproduzco un párrafo del libro que me llamó la atención, y que habla de la incapacidad que sagaces y experimentados periodistas, curtidos en mil batallas, manifiestan para ver los cambios que se están produciendo ante sus narices y que están acabando con la profesión que tanto les ha enganchado. El exceso de confort, la cercanía al poder político y económico, la lejanía con los lectores y con la calle, la burocratización, la inercia… son males que, junto al cambio tecnológico, han dejado en trance de muerte al periodismo, y El País donde González pasó tres décadas no ha sido una excepción. Creo que es un cuento que nos podemos aplicar los que seguimos (cada vez somos menos) ganándonos la vida como periodistas.




“Si se introduce una rana en una olla de agua fría y se calienta el agua poco a poco, la rana no hará nada por escapar. Se habituará al ascenso de la temperatura. Y acabará hervida. En El País fuimos ranas. Supimos que muchos de nuestros compañeros eran desplazados hacia empresas de nueva creación como antesala de la calle, pero apenas rechistamos. Nos acostumbramos. Asistimos a la reducción de las tarifas pagadas a los colaboradores hasta convertirlas en un chiste (entre 20 y 50 euros por una crónica larga y bien trabajada), pero nos pareció casi normal porque la prensa estaba en crisis. Nos acostumbramos. Acompañamos en el sentimiento a periodistas muy buenos que fueron arrinconados y despedidos por participar en huelgas o no mostrarse sumisos ante los jefes y luego seguimos a lo nuestro, porque para eso nos pagaban. Nos acostumbramos a eso. Y a compartir redacción con periodistas jóvenes que no podían ni soñar en ser mileuristas. Y a recibir y aceptar amenazas de la dirección si no firmábamos una crónica. Nos acostumbramos”.  

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PS: Una pega. El precio del libro de Enric González, publicado por el excelente magazine cultural JotDown,  es de 24 euros. Demasiado para unas minimemorias que se leen en dos ratos.    


jueves, 7 de junio de 2012

Una tarde en la Feria del Libro de Madrid




Cosa rara: escasa lluvia en la Feria del Libro de Madrid. El sol ha lucido casi siempre en la edición de este año, dejando entrever ya los rigores de esa canícula mesetaria que ni los frondosos y centenarios árboles del Retiro lograrán mitigar a partir de julio.

Muchos buscan perezosamente algo que llevarse para leer en verano en los cientos de casetas instaladas en el Paseo de Coches. Verlos y ver a los libreros y ayudantes de libreros detrás de los mostradores pasar el tiempo mirando distraídamente el móvil o atendiendo la conversación de un potencial comprador contagian tranquilidad. Paseo por la feria en día laborable, sin las aglomeraciones del fin de semana. Los autores que se sientan obedientemente en un extremo de la caseta bajo un rótulo con su nombre y detrás de una pila de ejemplares de su último libro se vuelven invisibles para la gente que se acerca. Otra vez el móvil y sus constantes reclamos llenan las horas de soledad del escritor que va a firmar sus ejemplares. Alguno relee su ensayo o su novela, quizá señalando erratas que nunca llegarán a eliminarse.

Otro año ha pasado y no he leído los muchos libros que en la última feria pasaron por mis manos y quedaron grabados en esa larga lista mental  de lecturas pendientes (puro ejercicio de voluntarismo). El trabajo (más incierto que nunca), la familia y la lectura de los periódicos y de los libros de coyuntura han acaparado todo el tiempo. Bueno, también he echado las horas en el deporte televisado, orgía de nuestro tiempo, y en dar unas carreras por el parque.

Paseando por la feria uno se da cuenta de que, por sus preferencias, vive en un barrio muy pequeño de la literatura. Que si prefiero la novela al ensayo, que si mejor los contemporáneos que los clásicos, que si leo prosa y no intrincada poesía (¿quién lee poesía en este país? Alguien debe hacerlo porque sino no se entienden la testarudez de la gente de Visor o Hiperion), que si mejor libros de letras que complejos manuales de ciencias o negocios, que si prefiero a los extranjeros (y consagrados) y aborrezco a los nacionales (y noveles), que si mola más el comic que el cuento, que si el libro de autoayuda y no el tratado de filosofía o religión...


Este año no tuve entre mis manos Hambre, de Knut Hamsun (Ediciones De La Torre). Mi intención era comprarlo porque no pocas veces lo he ojeado e incluso he hecho amago de quedármelo. Siempre me pasó que, por el precio (lo confieso: 15 o 20 euros por un libro en ocasiones me parece mucho) o por la impertinencia que supone leer a un autor nórdico que cuenta una historia de desgarrado solipsismo, acabé devolviéndolo al expositor. Este año, en lugar de Hambre me encontré en casi todos sitios algún título del periodista andaluz Manuel Chaves Nogales, que ha vuelto a editar con esmero Libros del Asteroide.


En la Feria del Libro de este año pasaron por mis manos algunos libros que, para no romper la tradición, no me llevé (otra vez el euro fue más fuerte que la voluntad). Son títulos que, además, han vuelto a engordar esa lista de lecturas pendientes que nunca haré, pero que conviene tener, por si alguien pregunta y por si acaso.  


Religión para ateos, de Alain de Botton (RBA). Este hombre casi siempre escribe de cosas que me interesan. Ahora propone un acercamiento a la trascendencia que supera el habitual enfrentamiento entre fundamentalistas y no creyentes.

Un año en el otro mundo, de Julio Camba (editoral Rey Lear). Al joven e irónico periodista gallego lo envía el ABC a Nueva York porque antes el Gobierno alemán se había quejado de sus crónicas desde Berlín. Desde allí, pone al tanto a sus lectores de la vida de los estadounidenses, con un lenguaje corriente y con ciertas dosis de acidez. Corría el año 1916.


Danubio, de Claudio Magris (Anagrama). Es otro de los que siempre pasan por mis manos y nunca acaban en la mochila. ¿Por qué será? Aquí no es cuestión de precio, porque está desde hace tiempo en edición de bolsillo. Esa literatura a medio camino entre la reflexión histórica y filosófica y el libro de viajes, y construida a base de anécdotas aparentemente deslabazadas me interesa. Me he prometido leerlo una tarde de estas.

Algún libro del mártir Dietrich Bonhoeffer (editorial Sígueme). El pastor luterano que fue asesinado por el nazismo y que denunció la actitud gregaria de la iglesia alemana de la época también es un fijo en mi lista de pendientes.

El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati (editorial Gadir). Me llama sobre todo la atención la bella edición que ha sacado Gadir, que se está haciendo con una buena selección de las letras italianas del siglo XX.

La lluvia antes de caer, de Jonathan Coe (Anagrama). Literatura de madurez, dijeron, de l´enfant terrible de la literatura británica. Historia íntima de tres generaciones de mujeres en la Inglaterra rural de la posguerra.

El diario de Ana Frank (editorial DeBolsillo). Lectura tanto tiempo pospuesta. No lo leí en la EGB o el bachillerato, cuando era casi obligatorio, y dudo de que lo haga ahora. Supongo que mi hijo me pedirá más pronto que tarde que lo comentemos.

A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales (Libros del Asteroide). Como decía, es la revelación de la feria. Los libros del periodista sevillano, que mantuvo la cordura en un país abocado a la guerra civil, están por todos sitios. Es una gloria tardía, pero supongo que provechosa para los que no lo hemos leído.



Años lentos, de Fernando Aramburu (Tusquets). Otro que tiene el coraje de hablarnos de los orígenes del nacionalismo intransigente de ETA en los años 60 y que también propone una reflexión sobre los propios mecanismos de la novela gracias a los apuntes del escritor que acompañan cada capítulo.

El extranjero, de Albert Camus (Galaxia Gutenberg). Otro texto mítico que me lleva, sin quererlo, a los años de descubrimiento de la adolescencia. Para mí es como una brisa fresca. La edición, en este caso, es de lujo (marca de Galaxia): viene con ilustraciones de Úrculo y epílogo de Vargas Llosa.

El mundo de ayer, de Stefan Zweig (Editorial Acantilado). Decenas de veces he tenido este libro en las manos, pero creo que acabaré comprándolo y manteniéndolo en  mi biblioteca. Una memoria intelectual (que no sentimental) de un judío que se suicidó en 1942.

Finalmente compro Homicidio (Editorial Principal de los Libros), monumental novelón policiaco de David Simon que es el germen (así lo dice el editor en la misma portada) de la serie televisiva The Wire. En principio, me llevo muchas horas de felicidad. Ya veremos.




PS: El tsunami del libro electrónico está a punto de arrasar buena parte del mundo editorial como hoy lo conocemos. Sin embargo, los libreros y las editoriales de Madrid siguen enterrando la cabeza en la tierra. Sin noticias de los nuevos formatos en los cientos de casetas del Retiro.


Desde Barcelona, Seix Barral, Anagrama o Tusquets cambiaron para siempre el panorama editorial en España en la década de los 60 y 70. Hoy, de forma más sigilosa y políticamente difusa, editoriales como Páginas de Espuma, Nórdica, Periférica, Errata Naturae, Menos Cuarto, Gadir o Minúscula dan otra vuelta de tuerca.





viernes, 20 de abril de 2012

A propósito de 'Diario de invierno', de Paul Auster





En segunda persona

C. A. G

Al igual que amigos y familiares se afanan en descubrir el mínimo rastro que vincule a los progenitores con el bebé recién nacido, muchos lectores gustan de buscar en los distintos personajes de un libro el cordón umbilical que une a un autor con sus creaciones, ya sea a través de rasgos físicos, posturas morales, discursos políticos, etc. No en vano, Javier Marías ha contado alguna vez que le han felicitado por la paternidad del protagonista de una de sus novelas, dando por cierto que lo que le ocurría a uno en la ficción no podía ser sino reflejo de la realidad del otro.

Conocedores de esta querencia, algunos autores no dudan en dar el salto a la ficción y colarse directamente en la trama de su texto. Lo acaba de hacer con desparpajo Michel Houellebecq en la celebrada El mapa y el territorio. Con nombre y apellidos, es el escritor solitario y atormentado al que acude el protagonista, fotógrafo y pintor, en busca de ayuda para la publicación de un catálogo con su obra. Y todo ello sin abandonar la fábula, recreándose en el poder que otorga sujetar la pluma, para reírse de sí mismo e incluso fantasear con la propia muerte.



En Diario de invierno, el juego literario lleva a Paul Auster a dar un paso más, alzándose directamente al frente de la trama, siendo el centro de una colección de fragmentos que le tienen a él como único protagonista. El norteamericano ha explicado que no se trata de una biografía, sino de un libro sobre su cuerpo, “sobre los placeres y los dolores que uno siente viviendo dentro de él”. Por eso, empieza relatando los accidentes y cicatrices acumulados a causa del béisbol o de las distintas riñas infantiles vividas, o los más inquietantes problemas de salud llegados con la edad (rotura de córnea, ataques de pánico, incontinencia urinaria..). Al otro lado de la balanza, no se olvida de definirse como “esclavo de Eros”, haciendo un particular recorrido por sus encuentros sexuales, desde una temprana visita a un burdel para acabar con tantos años de frustraciones, hasta posteriores aventura eróticas “anodinas e insípidas”.

El contrapunto a tanta intimidad llega de la mano del narrador. Para poner distancia con el personaje, Auster se decide por la segunda persona (“Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti...”, empieza la narración). Estamos ante una figura nada complaciente, que va recordando lo sucedido y echándole en cara comportamientos y actitudes (“Siempre perdido, equivocándote siempre de dirección al tomar un camino, siempre sin llegar a parte alguna”).

Aquellos lectores de Auster que se acerquen a Diario de invierno disfrutarán con un texto muy personal que les permitirá conocer mejor al autor y acompañarle en algunas de sus reflexiones y situaciones más íntimas. Y ahí está la grandeza de este libro, en la ausencia de todo glamour, para descubrir un Auster de carne y hueso, enamorado locamente de su mujer (en cierto modo, también es una carta de amor dirigida a ella), que va relatando los miedos, frustraciones y pasiones de su vida.

No obstante, quizás debido a la falta de un eje temático o a que lo ha escrito en poco menos que cuatro meses, resulta un libro irregular, con pasajes algo tediosos (por ejemplo, las decenas de páginas en las que va detallando las distintas casas en las que ha vivido a lo largo de sus 64 años) o metidos con calzador (la recreación de la película Con las horas contadas). Auster es un autor muy prolífico y con muchos seguidores que sin duda disfrutarán descorriendo el visillo que les acerca hasta el ser humano, pero no olvidemos que al escritor también se le conoce por sus obras, y que él tiene muchas soberbias (Brooklyn Follies, El palacio de la luna, El libro de las ilusiones y La trilogía de Nueva York) mucho más recomendables que esta, en las que sus personajes comparten muchas cualidades con él, aunque no tengan su mismo nombre y apellido..


Diario de invierno 
Editorial Anagrama
18,90 euros (papel)
14,99 euros (e-book)
248 páginas

domingo, 8 de abril de 2012

Sin anestesia





A propósito de Escaramuzas, de Antonio Martínez Sarrión


Escaramuzas es un libro amargo. Martínez Sarrión salpica el texto de apuntes personales –el tono casi siempre es desolador, aunque sin regodeos-. Victoria del desollado, Sin anestesia o Paradero desconocido son títulos sugeridos por el autor para poemas que están aún por escribirse. Pero Escaramuzas es sobre todo un libro combativo -el título está muy bien traído- donde el comentario erudito y libresco se mezcla con la crítica social y política de un autor que mantiene intacto su inconformismo. Se puede estar o no de acuerdo con él, pero no se puede tachar de tibio a Martínez Sarrión. En su ánimo está en todo momento combatir esa “bestia negra” que es la ñoñería pequeñoburguesa, cocinada, en palabras del propio autor, con variables dosis de respetabilidad, mal entendido decoro y blandenguería.  


Con el tono, el estilo es quizá lo mejor del volumen. Conciso, aforístico, esquemático y muchas veces misterioso. El novísimo busca “el secreto” que Bataille echa en falta en Sartre o “la poesía” que él mismo no encuentra en Flaubert o Vargas Llosa. Martínez Sarrión sugiere más que muestra en este dietario, que cubre 10 años de apuntes (de 2000 a 2010), y eso a pesar de lo expeditivo de algunos de sus comentarios. 


En lo político, Martínez Sarrión destila sesentayochismo. Ataca con vehemencia el conservadurismo de la derecha española y se apunta al antiamericanismo visceral que es común en la izquierda más irritada de este país. Una visión del mundo militante, aunque reductora y previsible, donde Estados Unidos y el sionismo se convierten en origen de todos los males universales. Solo salva de aquel país alguna pieza musical o cinematográfica. “Antipatía cutánea, cromosómica ya, por casi todo lo norteamericano, incluso por casi todo lo anglosajón”, confiesa en algún momento del dietario.


El poeta también ajusta cuentas con aquellos que, por adscripción o evolución ideológica (casi siempre para acabar en la derecha) o por inmerecida fama literaria, se hacen merecedores de sus dardos. Vargas Llosa –“el Julio Iglesias de la narrativa peruana”-, Fernando Savater, Félix de Azúa, Gabriel Albiac, Antonio Escohotado, Jon Juaristi, Ignacio Gómez de Liaño y Luis Alberto de Cuenca, entre otros, salen malparados, aunque Martínez Sarrión se ceba especialmente con Cela y Umbral, a su juicio, muy sobrevalorados en vida.


Ante tanta impostura, el autor, proclive siempre a establecer cánones, encuentra refugio en Ferlosio, César Vallejo, Baroja, Cunqueiro, Quevedo, Góngora, Borges, Marsé o Claudio Rodríguez. Cinéfilo desencantado con los años, también se redime de la ramplonería visual que impone la televisión (Internet sencillamente la ignora) acudiendo una y otra vez a los grandes clásicos de antes de los sesenta o a cineastas enigmáticos como Tarkovski o Erice, o a la pintura abstracta de Antonio Saura.


En fin, Escaramuzas da una visión del mundo y de España militante, maniquea y –yo diría- que afortunadamente superada. Paradójicamente, esa estrechez de miras que el poeta denuncia en autores como Jon Juaristi o Félix de Azúa, también marca sus reflexiones. “!Qué difícil hoy, y seguramente en todos los tiempos, hallar personas que no sean- seamos- fanáticas, cobardes o egoístas!”, reconoce en algún momento a modo de autocrítica.


Sin embargo, en un país donde cualquier intento de autobiografía es siempre usado para templar ánimos y pagar favores del pasado, estamos ante un libro singular, enormemente descarnado y sincero, y que sigue echando leña al fuego. Además, Escaramuzas será muy interesante para lectores y amantes del cine en formación, puesto que Martínez Sarrión vuelca en sus páginas su kilométrica cultura libresca y nos pone sobre la pista de muchos autores injustamente olvidados.   


Escaramuzas
Antonio Martínez Sarrión
Editorial Alfaguara
Madrid, 2012
201 páginas
Precio edición papel: 16,50 euros
Precio e-book: 9,99 euros



Algunas perlas de Escaramuzas:

Con los años, y si el gusto literario ha sido educado, en vez de atravesar, a paso de carga, una página con rumbo a la siguiente, que incrementará el infantiloide gusto por la intriga o peripecia, el verdadero lector frena o saborea lo leído.




Contra todo esteticismo en el cine: “Nada de fotografía bonita, nada de imágenes bonitas, sino imágenes y fotografías necesarias” (Robert Bresson)




Claridad, concisión, elegancia y una punta de humor, en alguna de sus distintas coloraciones, tal vez son el trípode donde se asienta la mejor literatura que jamás se haya escrito.




En el dueto televisivo que altera hacia la naúsea al estómago más asentado, Luis Alberto de Cuenca abre su corazón a Sánchez Dragó, frunciendo el morrito y supongo que algo más: “En el lecho de mi alma reinan, más que nadie, Roberto Alcázar, Pedrín y el Guerrero del Antifaz”. ¿Alguien lo hubiera dudado?




Dos tipos de lector de poesía: aquellos a los que el poema “If” de Kipling les parece el colmo de lo elevado y aquellos que lo tienen como un ejercicio de delicuescencia santurrona, cocinado con el más letal de los reaccionarismos.




Nunca lo haré, pero me hubiera gustado escribir una ficción en prosa, no larga, sobre ciento cincuenta páginas. Una prosa fluyente, económica, sabrosa, plástica y con gracia, sin caer -¡horror máximo!- en lo gracioso. Ser un Baroja sin su extremado nihilismo o un Pla menos cínico. Por ahí.




“Me gustan, como a los gatos, los sillones cómodos, el pescado y el fuego y los halagos; me fastidia la calle, la solemnidad y la retórica”.
Pío Baroja




Aquel siniestro “¡Que nadie se mueva!” del teniente coronel Tejero no era producto de un deseo del momento: sintetizaba el sueño de inmovilidad con el que todo conservadurismo sueña inútilmente.




“En el principio era el Verbo, y en el final el lugar común”.
Stanislaw Jerzy Lec




Encuentro más poesía en el título de cierto artículo de Agustín de Foxá, “Golondrinas en Helsinki”, que en toda la narrativa de Vargas Llosa.




Y para terminar con estas ligerezas de cánones y balances: en los últimos veinte años, y en mi lengua, no veo más que dos auténticos creadores del idioma: Roberto Bolaño y Javier Marías.






  

     


lunes, 30 de enero de 2012

Primeras personas




Qué poco se escribió siempre en primera persona del singular. Lo recuerda Iñaki Uriarte en este librito íntimo, casi susurrado, despojado y gozoso. La introspección literaria nace con San Agustín. Hasta ese momento a nadie se le ocurrió buscar en su interior para llenar la hoja. Pero, más extraño si cabe es el hecho de que tuvieran que pasar mil años para que otros, como Montaigne, volvieran a hacerlo.

Uriarte remite siempre que puede a Montaigne, su guía espiritual. En algún momento de estos Diarios 2004-2007 llega a confesar que su vida habría sido diferente de no haber leído al autor de los Ensayos, aquel que dijo que “todo hombre lleva la forma entera de la condición humana”. El libro de Uriarte es, en el fondo, un homenaje a esa literatura del yo: Cardano, Cellini, Pepys, Rousseau, Pla, Jünger, Borges.  

Uriarte da con el tono justo para contarnos, siempre de forma fragmentaria y, en apariencia, poco premeditada, los detalles de su peripecia vital. Nos habla de su encaje en esa familia del cogollito burgués de Bilbao con la que tantos momentos comparte, de sus idas y venidas a Benidorm, del afecto que le tiene a su gato Borges, de sus adhesiones literarias y de sus lecturas, de sus amigos de generación, progresistas que cambiaron de registro en muchos casos, de lo pernicioso de los extremismos en el País Vasco…

Al contrario que San Agustín y que muchos que han recurrido al diario para dar cuenta de sus torturas existenciales, Uriarte nos habla de su vida muy ufano, sin arrepentimiento, con la sutil ironía y el descreimiento que dan los años. Sus apuntes son, de algún modo, una celebración, pero sobre todo un ejercicio de sinceridad. Quizá sea así porque los concibió con la libertad del que se resigna a pensar que nunca interesarán a un editor y serán publicados.




Aquí dejo algunos de los pensamientos que conforman este Diarios 2004-2007, volumen que es continuación de uno anterior y que, espero, sea el precedente de otro que ahora debería estar gestándose.

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Roth (Everyman), Coetzee (Diario de un mal año), García Márquez (Memorias de las putas tristes). Los viejos y el deseo de las jovencitas. Cada vez serán más frecuentes estas doloridas fantasías de ancianos en las novelas. Antes los escritores no vivían tanto. Cada vez habrá más escritores viejos verdes.

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Por mi modo de vida, sin obligaciones de trabajo, y con una gran facilidad para quedarme sentado o tumbado bastante tiempo mirando al techo, por mi afición a leer, un observador externo podría deducir que soy alguien que piensa mucho. Solo estoy distraído, en los dos sentidos de la palabra.

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La capacidad para ser desobediente me parece una de las mayores virtudes que se pueden poseer.

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Pero a veces has garabateado dos páginas y observas que lo que querías decir cabe en tres líneas.

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A veces no soy como el que escribe estas páginas. Incluso me produce extrañeza su autor. Pero releo algo de lo que dice y ya puedo seguir hablando con él.

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Recuerdo la primera vez que fui a la playa en Benidorm, hace muchísimos años. Al salir de casa, María me tendió una silla y una sombrilla. Hice un gesto de rechazo. “Qué horterada –pensé-. A la playa se va solo con una toalla”. Ahora voy con todo tipo de mobiliario.

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El doctor Johnson decía que la lectura de las obras de Shakespeare permitiría a un ermitaño hacerse una opinión completa de los asuntos del mundo. Absurdo. Cualquier suceso de la vida real es mil veces más pedagógico que todo un novelón.

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Qué día. “Estos días azules y este sol de la infancia”. Cuando hace un tiempo de verano como hoy, limpio, seco, impecable, me vienen siempre estas célebres palabras que le encontraron en un bolsillo a Machado, después de su muerte, escritas en un papelujo. Y eso que la mayoría de mis días de verano en San Sebastián debieron ser nublados.

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La satisfacción del deber cumplido. ¿Y la del incumplido? ¿La satisfacción de mandar a tomar vientos una tarea supuestamente ineludible? A cuántas cosas nos gusta llamar “deberes”.

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A partir de cierta edad la gente empieza a tener teorías sobre todo. Se acusa de idealismo a los jóvenes, pero sus ideas suelen ser de otros y se van tan rápido como vinieron. Los verdaderos y plomizos teóricos del universo son los mayores. A estos ya nadie se la da con queso.

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X se preocupa porque su hijo de veinticuatro años sale mucho de noche y no emplea el tiempo en nada serio. Hablamos y me muestro solidario con su preocupación, hasta que me doy cuenta de que su hijo no hace otra cosa distinta de lo que yo he hecho casi toda mi vida.

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Cuando en estas páginas nombro a alguna persona famosa, lo hago como quien se hace una foto junto a la Torre Eiffel y la coloca en su álbum. Sin duda, con el afán narcisista de decir y de decirme: yo también estuve allí.

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Diarios. Segundo volumen: 2004-2007
Iñaki Uriarte
Pepitas de calabaza Ed.
186 páginas
15 euros

sábado, 4 de junio de 2011

Los antecedentes del gran Millares



Mi primer encuentro con la pintura de Manolo Millares tuvo lugar en Madrid en 1992. Aquel año, el Museo Reina Sofía organizó por todo lo alto una exposición con obras de madurez del artista traídas de todo el mundo. Hacía 20 años que el pintor había muerto, pero su fama, cimentada en esas series de cuadros desoladores y esenciales creados a base de arpillera y una escala cromática bastante básica, ya era universal.

Lo que sucedió en Madrid en aquel invierno fue una reivindicación del gran Millares, el que a finales de los años 50 iba a ponerse al frente de la vanguardia estética en España con la creación del grupo El Paso y más tarde explora las posibilidades del expresionismo abstracto. Es el Millares que se fotografía en alpargatas y que esconde su expresión tras una barba de ermitaño y un sombrero de paja, una figura -a mí particularmente me recuerda a Omero Antonutti en El Sur- en plena sintonía con una obra que se inspira en lo primitivo, en la arqueología de las momias o cerámicas guanches.



Sin embargo, hasta llegar ahí, Millares dio muchas vueltas (vitales y artísticas). De eso precisamente da buena cuenta el documental que entre 2004 y 2005 rodó su sobrino Juan Millares Alonso, que toma como base las notas autobiográficas que el pintor fue plasmando en unos cuadernos de contabilidad ya al final de su vida. Los cuadernos de contabilidad de Manolo Millares– a los que pone voz su hija Eva- nos descubren a un Millares dotado también para la palabra.

Son unas memorias solventes y (novedad por estos pagos) nada indulgentes consigo mismo y con la familia. De hecho, Juan Millares Alonso tuvo que andar con pies de plomo a la hora de seleccionar los recuerdos, por si alguien podía sentirse ofendido, y aún así la cinta provocó algún enfrentamiento. Aunque sin llegar a la sangría emocional y al patetismo que transmite El desencanto de los Panero, el documental también escarba en las heridas y desencuentros de una familia de burgueses ilustrados cuya paz se ve de repente alterada por la Guerra Civil.

Y lo hace desde la polifonía. Su hermano José María, sus hermanas, su amigo de siempre Martín Chirino, su viuda Elvireta Escobio… Son muchos los que aportan su testimonio. La infancia en la Playa de las Canteras (“una orilla de mar siempre sobre mis ojos”), el primer amor, el inopinado destierro y la felicidad de la familia en Lanzarote del 36 al 38, el hambre de la posguerra, los problemas con la Falange, el tedio abortado de una vida de oficinista, los coqueteos con el impresionismo y el surrealismo, la precariedad de los primeros años en Madrid… En Los cuadernos de contabilidad tenemos el ADN de Manolo Millares, un hombre que, como contaba su viuda hace poco, siempre se tomó la vida muy en serio: “Sabía que iba a morirse pronto y no tenía tiempo para tonterías”.