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lunes, 13 de octubre de 2014

Un grano de alegría, un mar de olvido




El balcón en invierno, de Luis Landero


Pura alegría. Es lo que sentí cada noche, durante una semana, con la lectura de este libro pequeño, pero maravilloso, de Luis Landero, que habla de tantas cosas sustanciales, aunque se nos presenten como menudencias y vaguedades de un recuerdo caótico y fatigado. El balcón en invierno es un libro dolorosamente bello y sincero que nos habla de la lucha de una memoria que se resiste a perecer en ese mar de olvido que es la vida y el paso del tiempo. 

Landero vuelve la mirada a su infancia en la década de los cincuenta en el campo extremeño y a la vida de esa familia de labriegos a la que perteneció. También a los años, pobres, inciertos pero gozosos, de juventud en el barrio madrileño de La Prosperidad, al que llegó en los sesenta con toda su familia, tras un viaje idéntico al que hicieron millones por aquella época y que supuso, de una forma inconsciente y en un abrir y cerrar de ojos, el final de una civilización, la de una España rural que en lo esencial se había mantenido idéntica desde la Edad Media.

Landero también recrea los orígenes de una pasión por la literatura que germinó, como flor en invierno, en una casa sin libros, y en un ambiente sin canon, referencias o padrinos. Un milagro, se podría decir, pero también la consecuencia de haber crecido en un mundo analfabeto pero felizmente entregado al relato oral y a la invención. Y es que el niño que se refugiaba en el desván y disfrutaba en secreto del rumor procedente de la conversación de mujeres en el patio de la casa solariega, o que escuchaba atentamente los cuentos de la abuela Francisca, encuentra al cabo de los años, en pleno solipsismo adolescente, el mismo gusto en la palabra escrita.



El libro de Luis Landero es bello y conmovedor, y uno lo lee con el temor a que, de repente, llegue la última línea, y a que esa memoria propia y ajena (quizá inventada, qué más da) deje de indagar y dé paso al silencio y por tanto al olvido definitivo. Desde la madurez y la distancia sideral que le imponen décadas de vida profesional tranquila y las rutinas de la edad adulta, Landero se las ingenia para revivir las inquietudes y fascinaciones del hijo de labriegos que descubre el mundo, al tiempo que rehace la figura escurridiza y enigmática del padre abatido por la temprana enfermedad y encuentra en la madre la mejor encarnación de ese mundo antiguo y enternecedoramente ingenuo, de esa generación que padeció la guerra y que más tarde encajó con tanta dignidad, y sin histerismos, las contrariedades y las despedidas que la vida le tenía reservada.

Landero intenta recuperar la memoria de ese campo español que, con el paso de los años, también se hizo urbanita y suburbial, anhelante de las comodidades de la vida moderna en la ciudad. Y también aguza el oído para recuperar un habla que está a punto de extinguirse y que irremediablemente se irá cuando la generación de la guerra y de la primera posguerra, heredera de una cultura oral milenaria, ya no esté con nosotros.

El balcón en invierno es un canto de amor a la infancia y a la juventud, a ese tiempo de sueños en que todo es posible, y que lleva al protagonista a trabajar en talleres, a vivir la farándula como guitarrista o a estudiar en academias nocturnas. Y es un homenaje a la literatura por su poder de evocación y por su capacidad para poner orden y sentido “en el oscuro y errático devenir de los años”.


Para escribir este librito de cuestiones mayores, Landero recurre a una versión muy íntima de lo que los anglosajones llaman non-fiction-novel. La realidad pone la base del relato, la invención la completa. El desorden de los recuerdos y de las confesiones del autor, que prescinde del armazón clásico de la novela, finalmente dan a luz una obra conmovedora, de personajes memorables (como el siempre animoso cuñado Paco, inventor y soñador empedernido) y que afortunadamente recupera para los restos un mundo que se fue. Como dice el propio Landero a modo de despedida, “un grano de alegría, un mar de olvido”. 

sábado, 16 de junio de 2012

Verano y amor, de William Trevor





William Trevor no es precisamente un chaval. Sin embargo, la
creatividad no es una prerrogativa juvenil, como demuestra el hecho de
que a sus ochenta y un años (hace ya tres) y con todo dicho (es autor
de una amplia obra, de gran calidad literaria, que incluye relatos
cortos, obras de teatro, novelas, ensayos y hasta libros infantiles),
este tímido abuelito de origen irlandés residente en Inglaterra,
reacio a las entrevistas y tan aficionado a la jardinería como
cualquier otro ciudadano británico que se precie, todavía fuera capaz
de escribir una historia tan exquisita como Verano y amor.

El estilo depurado de William Trevor, basado en hacer desaparecer todo
lo superfluo a base de revisar, cortar, afinar y rehacer una y otra
vez lo escrito, alcanza en Verano y amor una gran maestría. La
historia principal que se nos narra en la novela, el amor
imposible entre dos jóvenes (Ellie y Florian), ha sido contada una y
otra vez a lo largo de la historia de la Literatura y su escenario, la
Irlanda rural tradicional de la que procede William Trevor, con sus
restricciones morales, su vida sencilla y su apego a las costumbres,
parece, en principio, anodino y engañosamente exento de emociones. En
ese forzado contexto, el devenir de los acontecimientos es sutil y la
narración se desenvuelve morosamente en las primeras páginas.

Sin embargo, poco a poco, con delicada sensibilidad, mientras nos
describe de manera que resulta casi poética por su ausencia de
afectación, la vida cotidiana del pueblo de Rathmoye, Trevor gana
nuestro interés introduciéndonos en el destino entrecruzado de los
distintos protagonistas, que, sometidos al cruel escrutinio público en
un mundo cerrado de mentalidad provinciana, sufren interiormente por
sus secretos, sus culpas y sus remordimientos.

La clave de la historia se encuentra, precisamente, en la pesada carga
de las obligaciones, la moral y el pasado individual, que atan a Ellie
a Rathmoye tanto como empujan a Florian a huir y que condicionan al
resto de personajes, soberbios en su sencillez, en sus desoladoras o,
simplemente, vulgares vivencias.

Como afortunado poseedor de una genuina curiosidad por los
sentimientos de las mujeres, esa escasa virtud masculina (que, sin
embargo, derrochaba el abuelo de Amos Oz, según nos cuenta en una
Historia de amor y oscuridad), Trevor es especialmente brillante en la
construcción del personaje encarnado por Ellie, una mujer atrapada en
las consecuencias de su orfandad, que dirigen su vida. Sus quehaceres
cotidianos, su relación amorosa, la manera en que se integra en la
sociedad de Rathmoye… son descritos con el pulcro y afinado oficio del
autor enamorado de su creación.

Para que no falte nada, el desenlace final es sorprendente y, sin
embargo, coherente con los conflictos morales de los protagonistas,
que tanto importan a su autor, lo que concede a la novela una notable
sensación de solidez, de obra meditada y bien estructurada.

Verano y amor demuestra que el solipsismo no sólo no es estrictamente
necesario para la creación literaria sino que resulta más bien una
carga: el buen escritor precisa de una gran curiosidad por los
sentimientos ajenos, de una empatía inagotable y de una capacidad de
comprensión y de piedad infinitas por las debilidades y las pasiones
humanas, cualidades que William Trevor ha atesorado en su longeva existencia.


Verano y amor

William Trevor
218 páginas
15,90 euros en papel