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martes, 16 de septiembre de 2014

España-USA: una final inventada



Lo reconozco. Todavía estoy en estado de shock. La más grande España de todos los tiempos, la de Gasol, Navarro y compañía, uno de los más grandes conjuntos de la historia de la FIBA, cayó estrepitosamente contra Francia. Es, con diferencia, el peor partido que le recuerdo a esta brillante generación. Hay que remontarse más de 40 años atrás para ver un tanteador tan escaso de la selección de baloncesto. Difícil de creer y digerir.

Yo estuve en el Palacio de Deportes Madrid, y tengo que decir que los 15.000 camisas rojas nunca dejamos de animar, a pesar de tener la sensación de íbamos entrando en un túnel muy oscuro o en una pesadilla horripilante en el definitivo cruce de cuartos. Estoy seguro de que ninguno de los que allí estuvimos y muchos de los que lo vieron por televisión olvidaremos nunca la noche del 10 de septiembre de 2014.

La noche de Francia se unirá a una lista de momentos estelares, como las finales de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles y de Pekín (quizá el mejor partido internacional de siempre), o la del Mundial de Japón, pero también de batacazos históricos, como el famoso "angolazo", que frustró nuestras aspiraciones en los Juegos de Barcelona, o los cuartos de final de la Olimpiada de Atenas, cuando Estados Unidos, en su único partido decente, nos apeó, con un Wade espléndido, de la carrera por el oro. 

Creímos que el Mundial de basket de España iba a ser cosa de dos, como antes nos creímos a pies juntillas que las casas nunca bajarían de precio y que el euro era lo mejor que nos podía pasar en la vida. En los últimos meses, han sido muy pocos los que no se han dejado llevar por la histeria colectiva y han puesto en entredicho esa interesada previsión que nos emparejaba, sí o sí, con la NBA, y que, además, nos daba como favoritos en ese superpartido de las estrellas que debía cerrar el campeonato.

Se ha hablado hasta la saciedad de lo bueno que era el equipo español, de su poderosísimo juego interior, de sus múltiples recursos tácticos, de la extraordinaria forma que mostraban algunos de sus miembros y de toda la experiencia acumulada por los Gasol y compañía en la liga estadounidense, lo que hacía que sumaran más años en la NBA que los inexpertos, que no imberbes, jugadores de coach K. Sólo muy de pasada nos enteramos en la prensa de los valores del equipo USA. Y, por supuesto, nadie nos contó cómo se presentaba el resto de equipos de la competición, como si no existieran o sólo vinieran como comparsas o teloneros de esa España mágica de los Gasol y compañía. Los ignoramos con esa suficiencia que muestran los países incultos y desconocedores de lo que se cuece a su alrededor. Con ese desparpajo tan español que nos lleva a menospreciar a los demás sólo por la pereza que nos produce la idea de conocerles.

Analistas y comentaristas que estimo y que leo con asiduidad también se dejaron llevar por el entusiasmo y las simplificaciones. Incluso lo hicieron algunos entrenadores de postín y también el propio Juan Orenga, el preparador de España, quien, en un esfuerzo por parecer ambicioso, siempre vendió la piel del oso antes de cazarlo. Muy pocos, como el trotamundos Paul Shirley, fueron cautos. 

En todo caso, este tipo de encantamientos colectivos no es exclusivo del baloncesto. Ni tan siquiera del deporte profesional. Es algo que está más extendido. La necesidad de los periodistas y otros acólitos de tener acceso a entrevistas y a una buena cobertura de los eventos hace que florezca el compadreo y entre todos inflen el globo, a veces deliberadamente, y otras casi sin darse cuenta. Sin ir más lejos, en el cine español, lo que es una buena película se acaba convirtiendo en una obra maestra a los ojos del crítico-amigo. Y lo que es malo de verdad, termina siendo un producto digno. ¡Cuántas veces no he salido del cine maldiciendo al crítico de turno! 

También es verdad que el conservadurismo de los comentaristas deportivos tampoco es un pecado exclusivamente local. Según me cuenta un amigo, escuchando en la televisión por cable estadounidense los comentarios de McEnroe y Brad Gilbert, uno siempre piensa que sólo Federer y Djokovic tienen opciones de ganar. En el Open de Estados Unidos, nadie dio un duro por el croata Cilic o por el japonés Nishikori, los dos jugadores de segundo nivel que se disputaron la final.

Por otro lado, los organizadores de estos eventos, que mueven cifras multimillonarias, disponen de potentes maquinarias de marketing para vendernos humo y entradas, y para atrapar nuestro interés si lo vemos por televisión. Hay demasiado dinero en juego, y, al fin y al cabo, es su trabajo. ¿Quién en Brasil se habría interesado por el Mundial de Fútbol si les dicen que su selección iba a ser de las más mediocres del torneo? Ya se encargaron la FIFA y alrededores de hacernos creer que la canarinha jugaría la final y la ganaría, como también aquí nos vendieron que el equipo de Casillas estaría otra vez entre los grandes.



En fin, y volviendo al Mundial de basket, fue un pésimo día para la España de Gasol el de su partido con Francia. Como el angolazo del 92, que acabó con la dirección casi eterna de Díaz-Miguel, lo de ayer en el Palacio de Deportes marca un fin de época. Me temo que este Mundial será el de la despedida de dos de los equipos que han dominado con más claridad la escena internacional en los últimos 15 años: la Argentina de Ginobili (aunque el jugador de los Spurs finalmente no vino) y la España de Gasol, Navarro y compañía.

Por todo lo que nos ha dado la generación de oro, un millón de gracias. Pero ahora toca una travesía del desierto que esperemos no se prolongue demasiado. Mientras tanto, tendremos que abrir los ojos y disfrutar del baloncesto del resto del mundo y del espectáculo de los segundones, y pensar que ningún campeonato lo gana un director de marketing antes de jugarse.

martes, 3 de septiembre de 2013

Las consolaciones de la filosofía, de Alain de Botton



Durante el bachillerato, la mayoría de estudiantes en España acaba cogiéndole tirria a la filosofía. Las prisas y la necesidad de ver en unos pocos meses a todos los autores que van a salir en la selectividad hacen que el acercamiento sea memorístico, esquemático y descontextualizado. 

La teoría de las ideas de Platón, el racionalismo de Descartes, la ontología kantiana, la reinvención de la moral en Nietzsche o la metafísica del Tractatus de Wittgenstein son asimilados por los chavales de forma mecánica e indiscutida tras la lectura repetida de unos apuntes cargados de frases telegráficas, diagramas y flechas. 

Los folios que releen hasta la saciedad los estudiantes en las atestadas bibliotecas de septiembre me recuerdan esos pizarrines con esquemas de juego que despliegan los entrenadores de baloncesto en los tiempos muertos. 

En campos como los de la filosofía o la literatura, tan dúctiles y llenos de matices, y tan abiertos a nuevas interpretaciones (¿quién puede decir la última palabra o reducir a cuatro ideas La Ética Nicomaquea o El crepúsculo de los ídolos?), los chicos y los docentes economizan esfuerzos y abordan los textos amparándose en certidumbres y fórmulas más propias de la física o la ingeniería de caminos.

Estudiar filosofía así, a base de esquemas reductores y largas listas de epígrafes con “lo más importante” de cada autor que luego son repetidas en el examen, da lugar a un conocimiento muy parcial y fragmentado, cuando no a una confusión monumental. Esta forma de proceder, síntoma de males mayores que afligen a la educación en España, hace que la mayoría acabe detestando los libros de pensamiento, quizá porque nunca los entendieron y disfrutaron.



Precisamente, Las consolaciones de la filosofía, de Alain de Botton (un libro que tiene ya unos años y que Taurus vuelve ahora a editar), podría devolver el gusto por los asuntos de la filosofía a aquellos que quedaron irremediablemente confundidos y decepcionados en el bachillerato y que se prometieron que nunca más iban a saber de Tomás de Aquino, Locke o Wittgenstein. El libro de De Botton, un escritor estrella especializado en detectar los males del alma contemporánea, sintetiza ideas complejas y hace un acercamiento ameno y perspicaz a media docena de autores que, como se nos dice en la misma solapa del libro, nos pueden ayudar “a vivir mejor”. Estamos pues ante un manual de autoayuda, aunque, eso sí, escrito con gracia, talento y bagaje intelectual.
 
De Botton se acerca a textos, ideas y episodios biográficos de Sócrates, Epicuro, Séneca, Nietzsche, Montaigne, Schopenhauer, pero sin ánimo de hacer un repaso exhaustivo, y sí con la voluntad de interrogarles desde el presente y extraer lecciones de sus obras que nos ayuden a enfrentarnos a problemas que fueron formulados hace siglos, sí, pero que, por más que nos pese, siguen siendo contemporáneos.

El volumen está estructurado en seis capítulos y en cada uno de ellos De Botton llama la atención sobre una virtud. Así, Sócrates, condenado a muerte por no reconocer a los dioses atenienses y corromper a la juventud, es ejemplo de aquel que vive hasta las últimas consecuencias conforme a sus convicciones y dedica sus esfuerzos a la búsqueda de la verdad, independientemente de la opinión de la mayoría. [De Sócrates me acordé hace poco viendo la película sobre Hannah Arendt, por el coraje intelectual que muestra la pensadora de origen judío cuando aborda el juicio en Jerusalén al dirigente nazi Adolf Eichmann a principios de los sesenta].

A Epicuro recurre De Bottom para recordarnos que la felicidad no es cuestión de dinero, sino de un profundo ejercicio de autoconocimiento. De Séneca recupera el triste episodio de su suicidio, motivado por su supuesta participación en un complot para derrocar al emperador Nerón, protegido suyo en otra época. El pensador romano concibe la filosofía como una vía para superar las frustraciones y reconciliarse con el mundo a pesar de las adversidades.

Las reflexiones de Michel de Montaigne, un autor que curiosamente no entra en los planes de estudio de secundaria, son un buen ejemplo de la lucha contra la ineptitud del prejuicioso y del que ensalza la razón por encima de todas las cosas. Y es que Montaigne, siglos antes de que el Holocausto dejara un mar de dudas sobre el proyecto ilustrado, ya puso en entredicho la gran ilusión moderna de que la racionalidad y la educación, por el solo hecho de hacernos más cultos, nos hará más felices o sensatos.

De Schopenhauer y sus devaneos sentimentales deberíamos aprender que el rechazo amoroso no debe suponer un trauma, pues la negativa de la otra persona está más fundamentada en una corriente inconsciente emanada de la voluntad de vivir y asegurar la reproducción, y no tanto en el hecho de que nuestro carácter o aspecto sea un repelente. Las uniones fracasan, según el autor de El  mundo como voluntad y representación, porque no son aptas para engendrar al hijo ideal. Un consejo útil para los que sufren con las aventuras amorosas. El rechazo sentimental, que consideramos único e intransferible, es parte de un proceso universal tendente a perpetuar la especie.

Por último, en las estancias de Nietzsche en el pueblo alpino de Sils-Maria, a casi 2.000 metros de altura y donde el filósofo se daba auténticas palizas subiendo cumbres imposibles, De Bottom localiza el germen de esa idea, también formulada en Montaigne, de que el arte de vivir radica en sacar provecho de las adversidades, y que la sabiduría se alcanza cuando respondemos a las mimas. Adiós, por tanto, a los espíritus remilgados (y beodos). 





martes, 11 de diciembre de 2012

Chejov en La Casa de la Portera





En un país como éste, donde los mandamases de la política cultural no han sentido en los últimos años el menor sonrojo al despilfarrar decenas, quizá cientos de millones de euros en levantar imponentes e inútiles ciudades de la cultura o futuristas centros de arte encargados casi siempre al arquitecto de moda, el ejemplo de La Casa de la Portera es reconfortante.

En un bajo del barrio de la Lavapiés, José Martret y Alberto Puraenvidia han convertido un piso oscuro en un espacio escénico atrevido y fresco, despojado de la pompa y la parafernalia que asociamos a la "alta cultura" o a esos espectáculos de nuevo rico que tantos agujeros han dejado en las finanzas públicas. 

Es literal: La Casa de la Portera fue en otro tiempo la residencia de la portera del viejo inmueble de la calle Abades 24. En el piso mal ventilado, oscuro y de pasillos angostos, donde probablemente varias generaciones de señoras humildes sacaron adelante familias numerosas y donde malamente combatieron las humedades y el frío de la posguerra, ahora se abren dos salitas donde los actores y los escasos 20 espectadores que entran en cada sesión comparten el espacio escénico.
 
Supongo que para el actor es una experiencia nueva la de tener tan encima a un público que, a poco que estire los pies o muestre aburrimiento, entorpecerá sus movimientos y pondrá en peligro su concentración. Para el público (y de eso no me cabe duda) la experiencia sí es distinta. Ver una obra en la Casa de la Portera es como ver un partido de baloncesto a pie de pista, donde uno percibe los forcejeos más íntimos de dos gigantes bajo del aro (esos que la tele nunca nos podrá mostrar), y donde también tenemos que estar dispuestos a que nos caiga encima una mole de dos metros o a sentir la llovizna de sudor del jugador que se acerca a la banda en pos de la pelota.

En la Casa de la Portera, con los actores encima de nosotros y nosotros encima de los actores, uno se da cuenta de que el teatro es menos mecánico de lo que parece desde el patio de butacas oscuro, y sí un proceso complejo y matizado. Además del texto, la declamación y los silencios, el actor y quien monta la obra tienen que administrar el espacio (casi siempre escaso) y la intensidad de las miradas y los gestos. Un giro mal calculado o un aspaviento demasiado sobreactuado pueden destrozar un personaje en cuestión de segundos, creando una desconfianza difícilmente recuperable más tarde.

Me gustó el Ivanov de La Casa de la Portera (allí lo han llamado, con un giro moderno pero acertado, Iván-off). Es el primer drama potente de Chejov y anticipa muchas de las preocupaciones que están en sus obras mayores, en los tantas veces representados Tío Vania o La gaviota. Los actores transmiten y emocionan casi siempre, aunque alguno, como el doctor Constan (Roberto Correcher), está demasiado hierático e inexpresivo, y Ana (Sabrina Praga), la mujer del torturado Ivanov, no llega dar rienda suelta a su frustración y perplejidad.

Ivanov (Raúl Tejón), un Hamlet moderno que se regodea en su miseria y que crece a medida que se autodestruye y acaba de paso con los demás, sale bien parado en la puesta en escena de José Martret. Aunque este Iván-off es un drama que pasa por los temas mayores de Chejov (la decadencia social y económica de la aristocracia, los estragos del paso del tiempo y los amores irremediablemente contrariados) y que está enriquecido por buenos secundarios (el descreído Mateo, tío de Ivanov; o el despiadado primo Miguel), uno echa en falta la ironía y el descreimiento que logra Chejov con su inolvidable Vania. Este Ivanov es, para los parámetros de Chejov, drama al cuadrado, y eso a ratos lo asfixia. En todo caso, es un anticipo de su espléndido universo.  

Siguiendo tan de cerca la puesta en escena de La Casa de la Portera, me acordé de Vania en la calle 42, aquel primoroso y revelador homenaje que Louis Malle y David Mamet le dedicaron al dramaturgo ruso en un teatro neoyorquino en ruinas, y que fue tan bien compuesto por Wallace Shawn. Recuerdo perfectamente el día lluvioso de 1996 en que vi aquella película, en un país extranjero. Fue toda una revelación que todavía agradezco a los impulsores de esa extraña y única obra. Si en Lavapiés eran mis ojos y mis oídos los que, como intrusos, robaban las líneas a los actores, en aquella ocasión, era la cámara de Louis Malle la que nos dejaba el Vania más íntimo y susurrado del mundo.

En fin, id a ver Ivan-off a la Casa de la Portera. Allí actores y público comparten espacio escénico y emociones durante casi dos horas, lo que no es poco para los tiempos que corren.