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lunes, 18 de mayo de 2015

Houellebecq, la posmodernidad y occidente




¿Se ha equivocado Houellebecq escribiendo Sumisión? A juzgar por el éxito de ventas en Francia y otros países europeos, no. Si pensamos en la atención que ha recibido públicamente tampoco. Desde un punto de vista personal, quizás Houellebecq si piense que podría haberse evitado el tener que ir acompañado con dos o tres guardaespaldas el resto de su vida.

Personalmente me siento agradecido de que existan tipos como él, que van al meollo de las cosas. Que escriben novelas, si no totales al menos con una vocación de no rehuir las grandes preguntas. Porque se equivoca el que piense que el tema central de la novela es el impacto del Islam en la sociedad europea futura.

Sumisión trata primordialmente, como el resto de su novelística, de los problemas que encuentra para encontrarle sentido a la vida el hombre posmoderno que, desgajado de las grandes instituciones tradicionales como la religión y la familia, solo encuentra razones para sentirse vivo a través del éxito laboral, el consumo conspicuo de productos de calidad y los placeres efímeros pero adictivos como los que proporciona la gastronomía y el sexo. De hecho, los únicos momentos de cierta felicidad del protagonista son aquellos en los que paladea buenos vinos, los marida con la comida adecuada o se deja llevar por una sensualidad teñida de rasgos pornográficos.

Como lector, no puedo experimentar sino una cierta perplejidad por el hecho de que la gente que escribe oinforma sobre literatura asocie la manera de pensar del escritor con la de los personajes que aparecen en el relato, y muy concretamente el principal, François. Resulta de una banalidad y superficialidad apabullante.

Si se me apura, la hipótesis de que las sociedades europeas acaben regidas por regímenes semi-islámicos, que es la que plantea la novela, que no va más allá de sugerir cómo se adaptaría un partido musulmán a gobernar una sociedad laica y europea como la francesa, no es sino una forma de plantear una enmienda a la totalidad, la sociedad occidental del presente.

No en vano, el imaginario gobierno de Mohammed Ben Bella es descrito como un gobierno capaz de conjugar tradición y modernidad gracias a un hábil manejo de esos rasgos de seducción que en la teoría política moderna han sido denominados como de poder suave. Desde luego, uno tiene la impresion de que es un gobierno en cierto sentido más moderno, elegante e incluso innovador que los actuales, empezando por el de Hollande, al que critica en su libro.

Porque lo que Houellebecq plantea no es muy distinto a lo que, de alguna manera, ya Joseph Ratzinger planteó a Jürgen Habermas en su célebre diálogo en la Academia Católica de Baviera a finales de los 90. Que, en un contexto global, los ciudadanos de los países occidentales son la real excepción en términos cualitativos y cuantitativos. Que a la mayoría de la gente y los gobiernos en el mundo le importan otras cosas por encima de la buena marcha de la economía y el incremento del poder de compra individual, otro tipo de ideales por los que están dispuestos a sacrificar su bienestar material y, en ocasiones, hasta su vida. Ideales que no quedan solo circunscritos a la religión, sino a las tradiciones, la nación, una concepción de las relaciones humanas o las ideologías.

Houellebecq nos viene a decir que el mantenimiento de los modernos estados nación europeos, principalmente alrededor de valores constitucionales o una cierta idea de eficiencia económica, tiene consecuencias. Desde luego no hace una apología de lo que hay ni de lo que podría haber habido. Acaso manifiesta una resignación tranquila.

Por razones culturales y demográficas, la cultura musulmana queda más cerca de Europa y podría acelerar los cambios. Pero si no fuera la cultura musulmana, lo cual también cabe dentro de lo posible, Houellebecq sugiere que podrían darse otro tipo de cambios que lleven a la disolución del occidente europeo tal y como ha sido conocido.


jueves, 26 de julio de 2012

La religión necesaria




A propósito de Religión para ateos, de Alain de Botton

En un país tan vehemente como España, hablar de religión (o de política) de forma serena es poco menos que imposible. A la que algunos te oyen decir que buscas un sentido trascendente a la existencia, no tardan ni un segundo en darse la vuelta o bostezar. Otros, sin embargo, van más allá y te tachan de retrógrado, fascista o mojigato.

Un mínimo común denominador de casi todas las familias de la izquierda local es su marcado anticlericalismo. No cabe duda de que las tropelías cometidas por la Iglesia Católica durante tantos siglos, o la connivencia que esa institución mostró con sátrapas y generales, están detrás del resquemor que todo lo religioso despierta en este país. Aunque, al decir verdad, ya va siendo hora de superar el atavismo, sobre todo por lo que nos jugamos.

Alain de Botton es un escritor -a medio camino entre el showman, el divulgador, el periodista y el ensayista (cóctel difícil de asimilar por estos pagos)- que toca muchos temas, pero que casi siempre acaba interesándome. Me leí de un tirón hace poco Miserias y esplendores del trabajo, donde ponía nombre y apellidos a las personas que están detrás de los procesos productivos que hacen posible la sociedad de consumo. Y he vuelto a caer con Religión para ateos, donde De Botton intenta convencernos de que hay muchos aspectos de la religión -en el catolicismo, pero también en el judaísmo o el budismo- que nos harían mejor como individuos y como sociedad. Son enseñanzas, ritos o costumbres, nos viene a decir, que no conviene olvidar porque sospechemos que Dios no existe, porque no encajen en nuestros esquemas ideas como las de una vida en el más allá o porque nos rechinen los elementos metafóricos y sobrenaturales que salpican la Biblia.  

El autor de Las consolaciones de la filosofía (2006) está convencido de que necesitamos recuperar el aliento moral y social que durante tantos siglos han aportado las religiones. La muerte de Dios certificada por Nietzsche y la autonomía moral que nos regaló la modernidad, ese convencimiento de que tenemos derecho a vivir como nos venga en gana, tienen sus contraindicaciones. De Botton, como tantos críticos de la Ilustración y algunos desencantados posmodernos, está convencido de que nos ahogamos en esa libertad que de forma tan dolorosa conquistaron nuestros abuelos. Hasta un filósofo tan poco sospechoso como Habermas ha alertado de los peligros que comporta la progresiva secularización de la sociedad.

“El peligro de una sociedad sin Dios es que no tiene a nadie que le recuerde lo trascendente, y por consiguiente, no nos prepara ni para la decepción ni para nuestra venidera aniquilación”, asegura De Botton, que nos anima a aprovechar ese sedimento social y ético tan trabajosamente acumulado por las religiones y que se cuela por cualquier rendija de la existencia.

El ideal romántico del creador original a toda hora (pero también sospechosamente egocéntrico) no vale como promotor de ideas morales precisamente por lo aislado de su intento. Después de miles de años de existencia, las religiones, a pesar de sus imperfecciones, siguen siendo hoy el mayor difusor de la moral y las buenas costumbres. En parte lo han conseguido por la homogeneidad de su mensaje. Justo como McDonalds sirve las mismas hamburguesas en todo el mundo, con ese punto característico de cocción de la carne y esa cantidad milimétrica de tomate y mayonesa, el clero se las ha ingeniado para dar un mensaje similar y muy asequible en cualquier parte de la ecúmene.

En una sociedad que se desmiembra y pierde el sentido de comunidad por fuerzas centrífugas poderosas como el capitalismo, el consumismo o la capacidad técnica, hoy es más necesario que nunca, a juicio del autor, mirar a la religión para recuperar el norte. El hombre es un ser que zozobra, que está confuso y que tiende al aniquilamiento. Las religiones rápidamente fueron conscientes de estas debilidades y armaron códigos de conducta y rituales de expiación.

De Botton se fija, por ejemplo, en el ritual de la misa dominical, que estrecha lazos, aplaca nuestro ego y mantiene la terapia de la confesión, pero también en ese arte religioso muchas veces excelso, pero siempre didáctico y asequible, que nos recuerda a cada paso nuestra pequeñez y las virtudes capitales. Hasta los calendarios y santorales valen para dar uniformidad a una vida que, de otra manera, caería en el abandono.

El autor propone incluso llevar los pensamientos de Montaigne o de Séneca al formato rítmico del espiritual dominical. Solo con estribillo y con una música pegadiza interiorizaremos tanta sabiduría. Cuesta aceptarlo, pero es una realidad que ni las más grandes novelas, ni los más excelsos dramas de Shakespeare nos harán mejores si su moraleja no se acompaña con el ritual machacón. Todo lo más, nos harán pasar un buen rato o nos convertirán en unos sesudos consumidores de productos culturales. Por eso al cristianismo nunca le importó sobrecargar al arte que patrocinaba de una fecunda labor docente y terapéutica.

“Las religiones dan equilibrio, consistencia y fuerza (orientada hacia el exterior) a lo que de otro modo siempre serían momentos íntimos, azarosos y de escasa importancia. Sustancian nuestras dimensiones internas, precisamente esas partes de nosotros que el romanticismo prefiere no reglar por miedo a coartar nuestros momentos de autenticidad”, nos dice De Botton ya al final del volumen.

Sospecho que el libro de De Botton irritará al ateo y al agnóstico convencidos porque apuesta por la omnipresencia de la religión en la esfera pública, aunque desprovista de sus presupuestos más dogmáticos. Pero también por esto último decepcionará al creyente, que verá en este reportaje bien documentado y entretenido de Alain de Botton un intento de fundar una religión “a la carta” y descafeinada.

No despertará simpatías en el católico practicante la deuda que confiesa De Botton con el sociólogo francés Compte, que a finales del siglo XIX puso las bases teóricas de la iglesia de la Religión de la Humanidad, un proyecto que nunca llegó a ser realidad, pero que tenía la misión de sustituir al clero tradicional francés por un ejército de sacerdotes laicos y que proponía que santos seculares como Descartes o Shakespeare tomaran el lugar de la iconografía cristiana de siempre.

En todo caso, y a pesar de los posibles reproches que se le puedan hacer al libro, creo que el punto de vista de De Botton es interesante y audaz, y debería ser leído en un país donde las discusiones sobre el papel de la iglesia casi siempre acabaron a machetazos, y todavía, en el civilizado siglo XXI, se siguen solventando a gritos.

Religión para ateos, de Alain de Botton, ha sido publicado por RBA y está a la venta a 19 euros


domingo, 18 de septiembre de 2011

Paradojas del consumo



El consumo es casi tan vital como el aire que respiramos y, sin embargo, pocas veces nos paramos a pensar en sus manifestaciones y en cómo nos afecta individual y socialmente. Resulta sospechoso que un tema tan central no llegue a entrar en la agenda de los medios de comunicación o de los partidos políticos, tan dados, por otro lado, a encumbrar las cuestiones más intrascendentes con tal de atraer a la audiencia o de satisfacer las aspiraciones de su clientela. Es paradójico, por ejemplo, que la iglesia no tenga el consumo entre ceja y ceja, toda vez que hoy, como propuesta de sentido, ha ganado por goleada a cualquier cosmovisión tradicional. 

Porque cabe hacerse una pregunta: ¿No es el individualismo hedonista que fomenta la sociedad de consumo, y no una política a favor de los derechos de gays y lesbianas, la verdadera bestia negra de la familia? La felicidad paradójica, ensayo sobre la sociedad de hiperconsumo (Anagrama), de Gilles Lipovetsky, una de las estrellas de la sociología francesa, es una excelente oportunidad para profundizar en la cuestión. Hay que advertir que el trabajo de Lipovestky no satisfará a los catastrofistas que consideran el consumo la fuente de todos los males. Olvídense de una crítica visceral al consumismo (de hecho el autor se cuida de no utilizar este término).

Lipovestky empieza su largo volumen asegurando que el homo consumericus ha entrado en su tercera etapa. Ya no es, como en los años sesenta o setenta, la obsesión por el standing o la distinción lo que nos mueve a adquirir bienes. El consumo como ostentación, como vía para situarnos en la jerarquía social, ha pasado a mejor vida. La democratización de los bienes en las sociedades desarrolladas (hoy casi todo el mundo tiene televisión y una casa llena de electrodomésticos) han convertido el acto de consumir en algo más imprevisible. No es tanto un reflejo de lo que los demás esperan de uno, sino una proyección de nuestras inquietudes y decisiones más personales. 

El hiperconsumidor new age se ha vuelto sobre sí mismo. Aunque se pueda discutir a Lipovetsky la intensidad del proceso, las motivaciones privadas reinan sobre el objetivo de la distinción. “El consumo se organiza cada día un poco más en función de objetivos, gustos y criterios individuales” (pág. 36). Al hiperconsumidor le importa menos lo que  piensen lo demás y está más pendiente su propio bienestar físico y espiritual.

Lipovestky ve bien el cambio de tercio, pero detecta algunas de las paradojas. Y es que estamos en una sociedad que, por un lado, fomenta el hedonismo, el narcisismo y los estados de euforia y, por otro, no puede evitar la sensación de vértigo ante un tiempo que se nos escapa, la ansiedad, la decepción o el fracaso en las relaciones personales. El autor no ahorra en ejemplos que nos ilustran este sinsentido. Dos bastarán. Lo moderno conlleva una preocupación creciente por la salud, lo que está dando lugar a una sociedad hipermedicalizada. Aparte de dejarnos la vida en la cinta del gimnasio, cada vez vemos más al médico y tomamos más cócteles multivitamínicos. Nos hemos transformado, según Lipovetsky, en hipocondriacos con buena salud. 

También están en franca expansión los alimentos sanos: bio, probióticos, light… Lo que Lipovetsky llama “epicureismo gargantuesco” definitivamente ha pasado de moda. Más que llenar la tripa, como en el pasado, la cocina debe proporcionar hoy un plus de salud, pero también de experiencia y placer. Debe emocionarnos y trasladarnos (Ratatouille y Ferrá Adriá son hijos de la misma posmodernidad). Lo peor es que todo esto ocurre a la vez que prolifera la glotonería producida por la ansiedad, el estrés o la soledad.  

El autor de La era del vacío no duda, pues, de los efectos desestructuradores y deprimentes de la sociedad de consumo, sin embargo, no se regodea en el fango del nihilismo. Por el contrario, ve indicios de que se cocina algo distinto, de que muchos buscan sentido más allá de las ilusiones que da el consumo. Y es que a la par que estamos en un momento de individualización extrema, donde se imponen el egoismo, la ambición o la delincuencia económica y financiera, también se da, como compensación, una eclosión de principios morales “disidentes” que nos llevan a enaltecer el trabajo bien hecho y la creación personal, que nos hacen más solidarios con las víctimas de catástrofes y que prefiramos el “comercio justo” a la voracidad de las grandes superficies. Por no hablar de la búsqueda de nuevos horizontes espirituales en los movimientos religiosos de nuevo cuño. 

Lipovetsky cree que la superación de la sociedad de hiperconsumo llegará por la vía lenta de la educación (no dice si en la escuela, en la familia o en la sociedad civil). De esta manera pone terreno de por medio con los apocalípticos. “La crítica no debe fijarse tanto en la espiral de las necesidades comerciales como en las instituciones de base, encargadas idealmente de montar a los individuos, de formarlos y pertrecharlos con los útiles necesarios para pensar, obrar y perfeccionarse” (pág. 351). Lipovetsky está convencido de que existen reservas espirituales para dar a luz lo que el llama el “poshiperconsumo” y acabar con las paradojas a las que da lugar. “Llegará el día en que la búsqueda de la felicidad en el consumo no tendrá el mismo poder de atracción, la misma positividad: la búsqueda de la autorrealización acabará por desviarse del camino sin fin de los placeres del consumo” (pág. 353).



La felicidad paradójica, ensayo sobre la sociedad de hiperconsumo
Gilles Lipovetsky
399 páginas
Editorial Anagrama
Barcelona, octubre 2007
Precio: 20 euros