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lunes, 7 de mayo de 2012

Morir de hambre (o de colesterol)





A propósito del libro Obesos y famélicos, de Raj Patel  

Los estantes de nuestros supermercados están atiborrados de productos de todas los rincones del mundo (pistachos turcos, vinos californianos, kiwis ¡neozelandeses!...) en presentaciones rebosantes de plástico, tan profusas como atractivas, tan aparatosas como absurdas (un celofán rodea una pequeña magdalena que reposa en una bandeja de plástico junto a otras tres compañeras, mientras todo el conjunto se encuentra envuelto por otro “film” transparente y espera su destino dentro de una caja de cartón). Nos hemos acostumbrado de tal modo a la variedad (casi infinita), la abundancia, el colorido y, no lo olvidemos, el buen precio, de la oferta alimentaria que damos su presencia en nuestras vidas por descontada.

Las indudables ventajas que para nuestra mesa brinda la inaudita (nunca vista en toda la Historia) oferta de productos que la globalización pone a nuestra disposición en los grandes centros de consumo, tienen su contrapartida, como todos sospechamos, en un trasfondo más oscuro y menos sugestivo.  

Rajeev (Raj) CharlesPatel se define a sí mismo en su página web y blog como escritor, activista y académico. Su libro, traducido como Obesos y famélicos. El impacto de laglobalización en el sistema alimentario mundial, pero con un título mucho más provocador en su original en lengua inglesa (Stuffed and starved. Markets, Power and the Hidden Battle for the World’s Food System), se ha convertido desde su publicación en una referencia para los críticos con el sistema agroalimentario mundial.

Una de las contundentes citas del libro, no por conocida menos sangrante, es la palmaria injusticia que supone el hambre de la sexta parte de la Humanidad, frente al sobrepeso de otra sexta parte. Más sorprendente es el hecho de que tanto las personas más hambrientas como las más obesas se encuentren entre las más pobres. No menos impactante resulta conocer los efectos globales (sociales, económicos, ambientales…) del actual modelo de producción alimentaria agroindustrial, que repone sin cesar las existencias de los kilométricos anaqueles de nuestras tiendas.





Buena parte de los hábitos de compra, de consumo de alimentos y hasta de la forma de cocinar han sido determinados por las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial y por el progresivo control que, desde entonces, han ido adquiriendo ciertas enormes empresas sobre el conjunto de la cadena, incluida la publicidad y la presentación de los productos, que lleva los alimentos desde el campo o el mar a nuestra casa. Para que tales corporaciones obtengan beneficios astronómicos, denuncia Obesos y famélicos, la vida de los trabajadores agrarios asalariados de medio mundo se mantiene en condiciones casi infrahumanas, mientras que los pequeños propietarios rurales siempre rozan el límite de la rentabilidad, incluso en Europa y Estados Unidos.

Los viajes de Patel por todo el globo nos aportan multitud de datos, como el omnipresente dominio de la soja en todo tipo de productos para la alimentación humana y animal y las traumáticas consecuencias, políticas, económicas, sociales y ecológicas, que la imparable ampliación de su cultivo provoca en lugares como Brasil. También nos recuerda Patel que el primer problema de los cultivos transgénicos concierne al poder y al control y que más allá de las eventuales dudas derivadas de la seguridad a largo plazo de los alimentos transgénicos, la clave de su extensión se encuentra en el deseo de control omnímodo que las grandes empresas agroalimentarias ocultan en sus intenciones de negocio.



Obesos y famélicos nos avisa de que la artificial productividad de los campos, la actividad mecanizada de las tareas agrarias, el transporte de los productos a largas distancias y, al fin, todo el sistema que nos alimenta, se basa en un consumo de petróleo desaforado y provoca unos efectos ambientales insostenibles a largo plazo. (De acuerdo con el informe Alimentos kilométricos, de la organización Amigos de la Tierra, las frutas y las legumbres recorrían en 2007 la escalofriante media de 5.034 kilómetros antes de llegar a nuestras casas,  mientras que en el caso del café, el cacao y las especias la cifra alcanza los ¡6.227 kilómetros!).

Patel ejerce de crítico social y no se olvida de describirnos las reivindicaciones de los numerosos grupos que se oponen a la actual situación (como el Movimento dos TrabalhadoresRurais SemTerra de Brasil, entre otros muchos) ni de denunciar la manipulación permanente que, por pura conveniencia de negocio, se ejerce sobre nuestras preferencias como consumidores.

Patel, contrario al paradigma de la globalización, concluye en la necesidad de implantar un modelo de producción agroecológica que prime los mercados de productos locales y su diversidad y que suponga una mayor equidad para los productores y un mayor respeto para los consumidores. En ello coincide con algunas de las recomendaciones de un relevante informe internacional impulsado por la FAO, Agriculture at a crossroads (La Agricultura en una encrucijada, Evaluación Internacional del papel del Conocimiento, la Ciencia y la Tecnología en el Desarrollo Agrícola), publicado en 2009, en el que participaron 400 científicos y donde se afirma que para poder alimentar al mundo a largo plazo necesitaremos una agricultura menos intensiva en el consumo de recursos y un mayor control de los productores, lo que no puede ser más opuesto a la realidad actual.

Pese a cierta confusión en el desarrollo de los argumentos, quizá también fomentada por una traducción no muy precisa, Obesos y famélicos resulta una buena introducción para otras lecturas y logra transmitirnos la inquietud por el futuro de nuestra alimentación, en un mundo que se nos antoja pequeño para nuestros insaciables paladares.


Obesos y famélicos. 
El impacto de la globalización en el sistema alimentario mundial
Raj Patel
Los libros del lince
368 páginas
23 euros en papel



viernes, 23 de septiembre de 2011

Fiel a sí mismo




Leí Últimas Tardes con Teresa con el deslumbramiento propio de los 18 años y desde entonces he disfrutado de los desalentados personajes de nuestro autor y de sus intensos y, tantas veces, inalcanzables sueños, casi siempre enmarcados por las miserias y las esperanzas de la Barcelona de la postguerra. Marsé no ofrece nunca obras menores: en todas ellas, las sorpresas de la narración, la perfecta estructura y el aliento, entre cómico y patético, de los protagonistas, nos dejan un poso perdurable en la memoria.  ¿Cómo olvidar los frustrados sueños del Pijoaparte en Últimas Tardes con Teresa, el trágico destino de Java en Si te dicen que caí o la mala fortuna que hace de Ringo, el protagonista de Caligrafía de los Sueños, un pianista de nueve dedos?

La condición de perdedores que es común a los personajes más recordados de nuestro Premio Cervantes, no obstante, obvia su esencia de soñadores románticos, irrenunciablemente fieles a sí mismos. En un determinado momento de Caligrafía de los Sueños, Ringo observa, a través del  ventanal del bar donde se refugia para leer, escribir  y lamerse las heridas, cómo un niño de corta edad, diligente en su afán por convertirse en un muchacho, lucha por quitar los ruedines de su bici. 

Contumaz, el niño intenta una y otra vez, incluso a pedradas, aflojar las tuercas sin conseguirlo y solicita con insistencia la ayuda de los viandantes, que le acarician suavemente la cabeza sin atender a sus deseos o bien, simplemente, pasan de largo. Ringo contempla, fascinado, los denodados esfuerzos del chavalín por desembarazarse de aquello que le impide su advenimiento al mundo de los auténticos ciclistas. El niño consigue, finalmente, eliminar los ruedines, sólo para enzarzarse en una nueva lucha sin cuartel, esta vez contra su propio sentido del equilibrio. 

Así, intenta una y otra vez deslizarse calle abajo sin ayuda, a costa de darse trompadas sin cuento. Magullado, zaherido por las chanzas de los adultos que pasan por su lado, pero no por ello desalentado, el chaval logra, al enésimo intento, su ansiado sueño de aprender a montar en bici, tras romperse la crisma repetidas veces contra el asfalto. El niño regresa a casa haciendo cabriolas con su bici no sin antes dedicar una mirada triunfante a Ringo. Su triunfo, no obstante, es contingente: el relato podría continuar con nuevas citas diarias de nuestro chaval y los afilados bordes de las aceras sin que se alterara en los más mínimo nuestra admiración por su tenaz empeño en conseguir lo que desea, ni nuestro placer en la lectura de páginas tan bien escritas.

Los deseos de los protagonistas de Caligrafía de los Sueños, y los del resto de las novelas de Juan Marsé, están hechos de la propia pasta informe de la que surgen nuestros más profundos, oscuros y esquivos sueños de amor, grandeza o éxito. Lo que nos diferencia de los personajes de Marsé es que ellos, pese a estrellarse una y otra vez contra el duro asfalto o contra los desdenes de sus amores imposibles, nunca dejan de ser, irrenunciablemente, fieles a sí mismos, inasequibles al rigor de su cruel destino incluso, en último extremo, aunque no consigan nunca  sus más bellos sueños. 

Esa es una de las razones por las que Marsé nos llega tan hondo: porque nos enseña que, por muy adversos que sean los vientos, nunca debemos declinar en nuestras más íntimos afanes, ni renunciar a nuestra propia esencia, fracasemos (lo más común en sus novelas y en la vida) o no. Vicky, la cuarentona crepuscular entrada en carnes, no ceja en su empeño de ser amada por  un viejo resultón, pese a los desdenes de éste. Ringo, trasunto del joven que una vez fue Marsé, pese a haber perdido uno de los dedos de su mano izquierda en un desdichado accidente laboral sigue practicando, indesmayablemente, sus escalas de pianista sobre la tabla de una mesa. “Matarratas”, padre de Ringo, persiste en sus afanes de contrabandista y resistente rojo pese a constatar que está “en el culo del mundo”. 

Todos ellos permanecen en nuestra memoria, tras leer Caligrafía de los sueños, mucho más por su calidad de soñadores impenitentes que por su desoladora fortuna. El resto, la perfecta madurez literaria de uno de los escritores más destacados en lengua castellana, es, como siempre, puro placer para el lector.


Caligrafía de los sueños
Juan Marsé
Editorial Lumen
436 páginas
22,90 euros