lunes, 15 de febrero de 2016

Femenino plural



A propósito de 'Todo ese fuego', de Ángeles Caso


Sumergida en una época en la que muchas féminas creen que mostrar sus tetas en la capilla de una universidad o exhibir a un hijo (o hija) en los escaños de nuestro templo de la democracia es la mejor manera de defender los derechos de la mujer, leer un libro dedicado a las hermanas Brontë, como es Todo ese fuego, de Ángeles Caso, te hace reflexionar acerca de cuánto nos pueden enseñar aún unas señoras que vivieron casi dos siglos antes que nosotras, en la Inglaterra victoriana y en un ambiente rural que marcaba, a fuego, que la frontera de cualquier vocación femenina se ubicaba en el felpudo de su hogar.

Charlotte, Emily y Anne, las Brontë, podrían servir de perfecta imagen de pancarta de cualquier proclama feminista. Empujadas y educadas por un padre, completamente atípico, que en pleno siglo XIX cree que sus hijas tienen que crecer libres y cultas, se convirtieron, talento mediante, en féminas absolutamente brillantes. Este progenitor, reverendo para más inri, les concede libertad completa para leer todo lo que les apetezca y para debatir asuntos religiosos, sociales y políticos. 

Con un par (en este caso, sí, de buenas tetas). Y las “niñas” responden: piensan por sí mismas, sueñan, crean, sufren y… como bien señala Ángeles Caso, “escriben, y escriben, y escriben, y dejan que la voz de la imaginación las dominase”. Ahí es nada a mediados del XIX. Eso sí que es reivindicar la identidad femenina.

Acuciada siempre por la falta de dinero y por la estrechez económica, la familia Brontë, a la que hay que unir un calavera de hermano (el más talentoso si hacemos caso al sentir de las muchachas) y dos hermanas que fallecen adolescentes, siempre se mueve en el terreno de “lo políticamente incorrecto”. Las tres Brontë sufren si tienen que abandonar el hogar familiar, escriben juntas, no creen que pasar por el altar sea la única manera de dar sentido a una vida y viven en unas condiciones absolutamente inadecuadas para dar a luz unos libros tan increíbles. Pero lo hicieron. Y no una sola sino el trío. 



Parieron tres pedazos de novelas (hay más) que aún hoy te revuelven las tripas: Cumbres borrascosas, Jane Eyre y Agnes Grey. Una triada que se erige en arenga feminista sin pretender serlo, lo que le concede mucho más valor. Y razón. Novelas con féminas rebeldes, con ideas propias y que huyen de la sumisión. Y publicadas en la Inglaterra que se pinta sin sufragio femenino y sin apenas mesas en las aulas para las mujeres.


Todo ese fuego defiende, sin ninguna pretensión de rigor histórico (aunque sí está adecuadamente documentada), que la fuerza creadora, cuando se desata, desborda cualquier dique. Y está por encima de cualquier género. Ángeles Caso nos conduce con agilidad por la historia novelada de la familia Brontë, parándose más en lo que sentían que en lo que hacían. 

El hilo conductor principal es Charlotte (que escribe Jane Eyre) y que se erige en la hermana más reivindicativa. Es ella la que las empuja a publicar (bajo seudónimo masculino, por supuesto) y la que encuentra, primero, el éxito. Anne sí que llega también a paladear el reconocimiento, pero Emily, la autora de Cumbres borrascosas (con mucho, el libro más rotundo, más rebelde y más perturbador) muere sin saber que con los años se convirtió en una novela de culto. 

No creo que le importara lo más mínimo. Como tampoco le importaría que tras su muerte y la de Anne, prematuras ambas, Charlotte decidiera desvelar que en lugar de tres hermanos (hasta en el engaño se mantuvieron juntas) las autoras verdaderas eran un trío femenino. Sin ínsulas feministas hicieron más por las mujeres que algunas que portan pancartas. A veces, de verdad, es mejor enarbolar libros como símbolo reivindicativo. Eso sí, después de leerlos. 


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