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lunes, 15 de enero de 2018

El arte más allá de los museos


A propósito de 'El arte como terapia', de Alain de Botton y John Armstrong

¿Y si en los museos no se escogieran y se ubicaran las obras en función de los periodos históricos o de las etiquetas que establecen los expertos, sino de las capacidades terapéuticas que tienen, de las capacidades para crear armonía, tranquilizarnos, mejorar nuestras relaciones personales o ayudarnos a encontrar el equilibrio? ¿Y si en vez de responder a los aceptados títulos de "romanticismo", "cubismo" o "expresionismo abstracto", las galerías de esos museos respondieran a otros más originales pero cercanos, como "amor", "miedo", "compasión" o "sufrimiento"? Cuestiones así sugiere El arte como terapia, un libro de Alain de Botton y John Armstrong que pone patas arriba la aproximación que solemos hacer al mundo del arte.


De Botton y Armstrong cuestionan casi todo y lanzan planteamientos provocadores, como que las tiendas de los museos, que para algunos son la profanación capitalista de esos centros de la exquisitez y la veneración casi religiosa, deberían convertirse en su parte más importante, por cuanto son los espacios que permiten prolongar en nuestras vidas lo que hemos visto y sentido en sus salas. Querámoslo o no, más allá del impacto visual que nos produce su contemplación en vivo, para la mayoría las lecciones vitales que encierran los cuadros de Vermeer, Caravaggio o Goya perduran en forma de una mala reproducción exhibida en la sala de estar o en la cocina, o de un imán para la nevera.


Los autores de este sugerente libro creen que los expertos de los museos trabajan en balde cuando se afanan por llenarnos las visitas de datos biográficos de los artistas, sesudos comentarios sobre su técnica o sutiles observaciones sobre sus vínculos con otros coetáneos o incluso con artistas nacidos siglos antes o después. Los carteles y las audioguías que acompañan una exposición, o los comentarios de los guías que pastorean grupos de turistas por los atestados pasillos de los grandes museos del mundo, están cargados de una espesa y fría erudición condenada al olvido una vez uno abandona las salas en penumbra del edificio y se incorpora al bullicio de la ciudad y a la vorágine de los quehaceres diarios.


Lo ideal, nos vienen a decir De Botton y Armstrong, es conectar ese cuadro de Durero o esa escultura de Giacometti con nuestro yo más íntimo, y no tanto conocer el alcance de la influencia del artista alemán en los pintores holandeses posteriores, o los vínculos del escultor suizo con el surrealismo de André Bretón. Los autores de ‘El arte como terapia’ están convencidos de que los “templos” del arte se abrirían así a los no habituales, y los valores de sus obras se esparcirían y serían compartidos más allá de sus muros.


Y, más aún, de esta manera reduciríamos nuestra dependencia del arte y del fetichismo que anida en las salas donde se exhibe, puesto que la asunción de sus verdaderos valores dirigiría en todo momento nuestra mirada cotidiana en busca de lo relevante, de la empatía, de la compasión, del placer sereno, del reconocimiento de la brevedad de la vida o de la belleza. “El objetivo fundamental de los amantes del arte debería ser construir un mundo donde las obras de arte fueran un poco menos necesarias”, proclaman casi al final del libro los autores. Pues eso.

domingo, 10 de mayo de 2015

Historias desde la cadena de montaje, de Ben Hamper




La inefable visión sobre el mundo laboral que Alain de Botton proyecta en muchos de los párrafos de Miserias y esplendores del trabajo, libro comentado en su día en este blog, haría reír a carcajadas a Ben Hamper, quien, en honor a su apodo, “Cabeza de Remache”, estuvo diez años colocando remaches en una fábrica de automóviles y dejó constancia de su experiencia en Historias desde la cadena de montaje, originalmente publicado en 1991, y recientemente reeditado en español por Capitán Swing.

Hamper, un individuo vago, borrachín y barrigudo, más propenso al consumo desaforado de sustancias estupefacientes que al trabajo duro y el sacrificio por la empresa que le da de comer, nos cuenta su vida como operario de una cadena de montaje de automóviles en Flint, Michigan, en los tiempos posteriores a la crisis de 1973 en Estados Unidos.

Hamper intentó desde muy joven huir por todos los medios del destino de trabajador fabril a que le avocaban sus ancestros, ligados por generaciones a las plantas de General Motors. A finales de los 70, Michigan era la Meca de la industria automovilística, que no daba abasto para abastecer la demanda de grandes coches de los ciudadanos americanos. 
Pese a haber logrado finalizar sus estudios universitarios, el carácter acomodaticio de Hamper, los tentadores salarios y la falta de expectativas para ningún otro trabajo le condujeron irremisiblemente a las cadenas de montaje de las camionetas Suburban, gigantescas máquinas adecuadas para familias americanas de consumo desaforado.
Fatalmente atrapados en las tediosas y repetitivas tareas de la producción en cadena, con la completa certeza de la imposibilidad de cambios vitales significativos en el largo plazo, Hamper y sus compañeros centran todos sus esfuerzos en hacer soportable el paso de los minutos en el tajo. 
Todo vale para hacer más llevadero el día: el alcohol, las drogas, los juegos de lanzamiento de tuercas, buscarse la vida con las faenas para que un solo operario pueda realizar el trabajo de dos a la vez y que el otro pueda escaquearse... Las descripciones de Hamper nos persuaden de que el sistema taylorista de producción en masa no es precisamente un paraíso para el “currante”.
Hamper se libra, temporalmente, de los desvaríos de todo tipo, incluso las patologías, en los que se hunden muchos de sus compañeros, gracias a su obsesión por escribir lo que ve, distracción que practica durante los escasos minutos libres que le concede el ritmo de entrada de vehículos a su puesto. 
Por pura casualidad, una de sus desinhibidas crónicas cae en manos de Michael Moore, natural también de Flint y que, aún desconocido, lucha en ese momento por poner a flote un periodicucho local, Flint Voice, luego Michigan Voice. Apoyado sin reservas por Moore, Hamper adquiere fama en todo Estados Unidos, gracias a que uno de sus artículos es publicado en el Wall Street Journal, antes de hundirse por culpa de un colapso nervioso…
Historias desde la cadena de montaje es una cruda descripción de la alienación del operario manual de la Segunda Revolución Industrial, aderezada con ingentes dosis de ironía. Me ha llamado mucho la atención la diferencia de expectativas vitales de los hombres en las cadenas de montaje americanas en comparación con las “chicas de fábrica” chinas que les sustituyeron tras la deslocalización industrial en busca de salarios más bajos y menores restricciones sociales
Mientras  los trabajadores americanos están atrapados entre la paranoia de su trabajo y la enajenación alcohólica y drogadicta, las jóvenes chinas nunca pierden la compostura en sus puestos ni la esperanza de un futuro mejor pese a sus pésimas (mucho peores, sin duda, que las americanas) condiciones laborales. Está claro que si no tienes nada y las perspectivas de un futuro mejor en tu pueblo de origen son nulas, cualquier trabajo remunerado se parece al paraíso.

En cualquier caso, Historias desde la cadena de montaje es un libro divertidísimo, ácido y lleno de mala leche, que invita a reflexionar sobre el sinsentido de la esclavitud del trabajo, a partir de la descarada tesis de que es obligatorio para cualquier trabajador intentar engañar a su empresa.