Conviene
leer los siete cuentos que componen este librito de José Ángel González Sainz
muy despacio, o quizá dos veces. Por el misterio que envuelve a las historias y por la exquisitez de su prosa, puro deleite. La escritura de González Sainz es precisa y está
muy trabajada, y casi siempre se impone a la minúscula trama de sus relatos. Es probable que
lo que nos llega finalmente publicado por Anagrama, en este caso 130 páginas que se leen en dos tardes, sea el producto de un arduo ejercicio de
contención y también de cribado. Intuyo que González Sainz trabaja como el poeta o el músico que saca
adelante un tema a base de tachar y tachar en la libreta y repetir acordes hasta la
extenuación.
Algunos
relatos son sencillamente perfectos, aunque se nos escape su sentido o éste se
multiplique por la indefinición en la que los deja el autor, lo que los hace aún más atractivos. El poco comercial González
Sainz nos habla de un mundo (provinciano y rural) periclitado y suspendido en el tiempo, sin
referentes más allá del discurso interior de unos personajes perplejos, siempre a la busca de respuestas en unas palabras -esquivas, provisionales- que le dan poderío al texto, pero que
perpetúan sus dudas sobre el amor, la muerte, la soledad, el paso del tiempo, la libertad o el deseo. “De existir con independencia de mi mente, qué pinto entonces yo”, se
pregunta sin afanes filosóficos el protagonista de Durante el
breve momento que se tarda en pasar, un padre hipnotizado por la figura perfecta
de una mujer detrás de un escaparate.
Con
pocos pero trabajados recursos, González Sainz nos presenta instantes de existencias despojados de cualquier referencia temporal y casi espacial, momentos
que, al fin y al cabo, hacen la vida misteriosa, pero plena. Las palabras,
su musicalidad e incluso la puesta en cuestión de su sentido son los elementos con los que el escritor crea la tensión que nos mantiene atentos al relato hasta la última línea. El miedo de una madre que ve cómo su hija
se acerca al precipicio mientras juega a hacer pompas de jabón; el anciano que
anuncia su muerte a sus amigos de tertulia en el café y espera que éstos la
acepten como si nada; el padre de familia que es seducido por la embriagadora sonrisa de la
vendedora de helados a que acude con su hijo; el excursionista que no sabe cómo
abordar el encuentro con otro andante solitario camino del río... Y, como los de Alice Munro, los relatos de González Sainz toman el giro definitivo a la vuelta de una frase, cuando uno menos se lo espera.
Dice
Jon Juaristi que González Sainz es un maestro del idioma que se prodiga menos
de lo que sería deseable. Probablemente tenga razón. En 25 años ha sacado
cuatro libros, historias que, fiel a su estilo, quedan condensadas en libritos de pocas páginas pero exquisita literatura. Ojos que no ven, el anterior, tuvo cierta
repercusión porque nos hablaba de las heridas que deja el nacionalismo en una
familia de emigrantes en el País Vasco. Ahí, la política era pretexto para
hablar del eterno conflicto paterno-filial y del destierro interior que sufren
los que viven ajenos a las fascinaciones de la mayoría.
Del "drama del paro" habla todo el mundo. Se ha convertido en un trending topic. Lo hacen los políticos cuando valoran las raquíticas cifras de empleo que dejan las encuestas. Pero también lo hacen los periodistas, los economistas, los sociólogos y últimamente los reyes salientes y entrantes. Sin embargo, y a pesar de los muchos años ya de crisis y de que la desesperanza empiece a cundir en millones de familias, pocos intentos ha habido en el cine o en la novela española de mostrar de forma convincente el drama de ver pasar la vida mano sobre mano, y sin un euro en el bolsillo.
Uno de los últimos ha sido el de Jaime Rosales con su película Hermosa juventud, retrato de una pareja de veinteañeros en la periferia de Madrid, dos ni-nis sin grandes aspiraciones, sólo las de tener trabajo, emanciparse y formar una familia, sueño múltiple de casi imposible consumación en los tiempos que corren. La película de Rosales remueve las tripas mostrando la vida misma, sin estridencias ni subrayados, sin acudir a marginalidades extremas ni retorcimientos del guión. Y es que hoy la realidad para muchos jóvenes (y no tan jóvenes) en España es lo suficientemente escalofriante como para que un cineasta o un escritor no tenga que buscar más allá, y Rosales se las ingenia para que esa deriva entre en su película sin aspavientos.
Frente a Natalia y Carlos (muy bien interpretados por Ingrid Garcia Jonsson y Carlos Rodríguez), un panorama desolador de estudios sin terminar, falta de vocación, jornadas en la obra a 10 euros/día o currículums que van a la papelera o al saco sin fondo del desempleo infinito, que va anulando cada intento de la pareja por salir adelante. También habla la película de Rosales de la emigración que lleva a la sordidez, el camino emprendido por muchos españoles desinformados y lo suficientemente desesperados para dejarlo casi todo por el camino.
La cámara de Rosales entra en los pisos angostos y superpoblados de hermanos, hijos, padres y novios sin ocupación, por los que transitan Natalia y Carlos. Esos pisos donde las conversaciones quedan ahogadas por el rumor de la televisión o de las consolas, y que la pobreza sobrevenida por la crisis ha convertido en miserables antes de tiempo, con muebles de cocina destartalados y rancios, y con sofás de escay que nunca se renovaron y que remiten a una época que creíamos superada.
Rosales nos muestra la deriva con naturalidad. Casi sin sobresaltos. No notamos su cámara, salvo cuando mantiene el plano para enseñar los escenarios vacíos del drama. Es una marca de la casa de la que abusó en La soledad, su película más popular. Memorables son las dos bellas elipsis que construye a base de Whatsapp, Skype y videojuegos, y que suponen saltos decisivos en la historia.
Los actores están bien, sobre todo Ingrid Garcia Jonsson, que marca el tono y hace avanzar la historia desde la contención, lo que no es nada fácil, y que ha tenido también que trabajar para reflejar los andares y el discurso deslabazado y carente de dicción de una persona sin estudios. El rostro luminoso de Ingrid y el sol peremne en el cielo de Madrid ponen feliz contrapunto a una historia para no dormir.
Rosales nos habla de las miserias de un país recurriendo a un realismo sin estridencias, sobrio, siempre fiel a su manera de contar. Se aleja así de esa tradición sainetera y paródica que fundaron Berlanga y Azcona, y que sigue teniendo en España muchos seguidores e imitadores, algunos muy brillantes, como Alex de la Iglesia. Para hablar de un drama como el del paro, yo me quedo con la sobriedad Rosales, que a ratos me recuerda el cine duro de los hermanos Dardenne y también al más reivindicativo de Ken Loach.
A propósito de la lectura de La urna rota, de Politikon.es
En los años de las vacas gordas, la ciudadanía española se olvidó de los asuntos públicos, hipnotizada por la marea de crédito y el supuesto bienestar que traía consigo. Sin embargo, el final del encantamiento, que llegó (a pesar de Zapatero) en 2009, hizo que el país cambiara de actitud y que cualquier sitio -el bar, el aula universitaria, la máquina del café en el trabajo o el taxi- se convirtiera en un lugar propicio para recordar desde la nostalgia los buenos tiempos y también para enredarnos en disputas con cierto aire regeneracionista. Todos, de repente, nos dimos cuenta de que el país, el Estado, las instituciones y la economía, hacían agua por todos lados, de que no funcionaban, y salimos en busca de soluciones. Con más intuición que otra cosa, eso sí.
El mundo editorial vio el filón. Y en estos años la literatura regeneracionista también ha sido abundante en las librerías, dando lugar a títulos que en ocasiones han llegado a trascender para convertirse en bestsellers. Fue en lo que ocurrió en una primera etapa con los panfletos movilizadores de Stephane Hessel o de José Luis Sampedro. Y más tarde con Todo lo que era sólido, reflexión en voz alta de Muñoz Molina sobre la crisis que nadie vio venir, o las novelas Democracia, de Pablo Gutiérrez, y la muy brillante En la orilla, de Rafael Chirbes, quizá el mejor ejercicio de estilo con el descalabro de telón de fondo. O también con el sugerente análisis del jurista Santiago Muñoz Machado. Tampoco han faltado los diagnósticos de los economistas, los verdaderos gurús del momento, y sus recetarios para salir del atolladero. Pienso en los visionarios Santiago Niño Becerra y Nouriel Roubini, en el mediático Paul Krugman, o en libros posteriores de José Carlos Díez o Luis Garicano, cabeza más visible del grupo de analistas reunidos en torno al blog Nada es gratis. En definitiva, ha habido para dar y tomar, y llegarán muchos más, toda vez que la crisis va para largo. Incluso los políticos que llevaron al desastre o que en su momento hicieron bien poco para evitarlo se dieron el capricho editorial: el mismo Zapatero, Solbes, Felipe González, Ramón Jáuregui...
La urna rota también se sube al carro de la regeneración, aunque sus autores son unos desconocidos treintañeros interesados por la sociología, las ciencias políticas y la estadística, y que combaten los lugares comunes que sufre el debate público sobre el futuro de España desde el blog Politikon.es. El punto de partida del libro es claro: la crisis ha hecho saltar las costuras del país, pero no sufrimos un castigo divino del que no podamos redimirnos y salir fortalecidos. No estamos condenados, por la genética, la historia o la cultura, a tener un país siempre al borde del precipicio. Al contrario, los analistas de Politikon.es aseguran que estamos ante una crisis no tanto económica como institucional, y que se puede resolver si hay voluntad por parte de todos. Han fallado los políticos, el modelo de representación y los resortes con que cuenta la sociedad para sanear la democracia. España es un país fracasado porque sus instituciones no están a la altura y no hay incentivos en las élites y en la propia ciudadanía para que las cosas funcionen. En este sentido, el libro parte de tesis transitadas antes por Acemoglu y Robinson en Por qué fracasan las naciones, aunque allí el análisis de la situación es mundial.
Es de agradecer a los autores de La urna rota el esfuerzo empleado para plasmar las cuestiones y debates en muchos casos académicos con una lenguaje al alcance de cualquiera, sin renunciar por ello al rigor y los datos estadísticos para apuntalar los argumentos. Se nota en la escritura que los promotores de Politikon.es están fogueados por el debate en Internet y la escritura sintética de Twitter. Es un trabajo que localiza los puntos de fuga del sistema, empezando por unos partidos políticos monolíticos y cerrados que compromete la elección de líderes. También analiza el sistema electoral español y la idoneidad de abrir las listas o trasladar a España el sistema mayoritario británico, donde el político electo se debe antes que nada a sus electores. Asimismo, denuncia los estrechos vínculos entre los políticos, sobre todo locales, y la administración, causa de buena parte de los asuntos de corrupción que han aparecido en los últimos años.
La urna rota no contiene recetas mágicas y evita los atajos revolucionarios. Hay mucho ganado en las últimas tres décadas, vienen a decirnos sus autores, y ha llegado la hora de dar un paso adelante y consolidar una democracia de más calidad. La democracia es un sistema imperfecto, lento, de prueba y error, pero preferible a mesianismos de izquierda o derecha. El libro rehúye los clichés y las respuestas rápidas y contaminadas por la pasión del debate mediático y entre partidos. Así, recorre los pros, pero también los contras, de las listas abiertas, del sistema electoral, de las primarias en los partidos, de la democracia directa (sin la mediación de los partidos), de los ensayos de laboratorio previos a la ejecución de políticas públicas o de la inclusión de tecnócratas y funcionarios en los niveles más altos de la administración.
Aunque las élites son causante de buena parte de los males que aquejan al país, los analistas de Politikon.es creen que el alejamiento de los españoles de la cosa pública ha empeorado la situación y retrasado la llegada de soluciones. La Transición blindó a las élites, en un modelo que va de "arriba abajo", y hoy seguimos padeciendo las consecuencias de ese planteamiento, que ha dejado al país sin contrapesos a los partidos. La sociedad civil española está poco vertebrada y los medios de comunicación se mantienen rehenes del poder. Como resultado, la contestación siempre es puntual, vaga y poco efectiva. El 15-M es un buen ejemplo de ello. E iniciativas como los asociaciones antidesahucio, un motivo para la esperanza.
En fin, estamos ante un buen libro de ágil lectura y que puede ayudar a muchos a poner en el contexto adecuado y sin dogmatismos muchos temas que son tratados con frivolidad en los medios. Y, de paso, elevar el nivel de esas conversaciones regeneracionistas del bar o de la máquina de café del trabajo, a las que tan aficionados nos hemos hecho. Y quién sabe si también a fomentar la participación en unas instituciones y en un futuro que nos pertenecen a todos.
Cuando
las cosas que uno aprecia cuestan poco dinero, es que uno ha comenzado a
envejecer. Cuando un disco, o un CD, que uno valora cuesta 4 o 5 euros es
porque uno se va convirtiendo o se ha
convertido en eso que antes se llamaba cariñosamente en un carroza y que
hoy suena tan cursi.
Pero
nada se ha devaluado tanto como un libro, ni los pisos de ladrillo visto que se
acumulan en los secarrales de la periferia de las ciudades españolas.
Cuando
uno va, casi con sentimiento de culpa, a donar una buena colección de libros a
una biblioteca pública y se le dice, con la amabilidad que se dicen las cosas
al loco inofensivo, que no interesan, es que la cosa va en serio.
Pocas
cosas nos hacen cobrar más conciencia de obsolescencia que la pérdida de valor
de los libros. Cuando voy caminando a la universidad por las mañanas paso
delante de varios casas delante de las cuáles hay un pequeño expositor con
libros para que el viandante preste o se lleve para siempre los que quiera sin
permiso. Pocos hacen uso de su derecho ya que siempre parecen quedar los mismos
aunque haya buenas ediciones de Moby Dick, Herman Hesse y muchos otros autores
en otros tiempos considerados de postín.
Pasan
las estaciones, las lluvias y los libros siguen allí, achacosos por la humedad,
más solitarios, si cabe, que cuando el dueño tomó la decisión de deshacerse de
ellos por primera vez.
Y es que
los libros, excepto unas cuantas novedades y libros de texto que los
estudiantes compran por obligación, no valen casi nada. Se han convertido en
una molestia que hay que quitarse de encima . En un compromiso molesto, como
cuando alguien nos presta un libro que le ha cambiado la vida para que lo
leamos. No digamos si un colega ha escrito una novela y nos pide una sincera (e
imposible) opinión de amigo.
Los
libros son un molesto y áspero trago al final del día, ya cansados, con la
conciencia intranquila de haberlo malgastado en tareas inocuas pero que
consumen nuestras energías con fruición. Los libros se han transformado en un
sentimiento de culpa que sentimos por no apetecernos agarrarlos en lugar de
ponernos a navegar por Internet sin rumbo.
Los
libros se han convertido en un coñazo que nos recuerda nuestras promesas
incumplidas. Los libros que no hemos leído, que no hemos escrito ni
escribiremos, que hemos comprado y vemos día a día como acumulan polvo mientras
aplazamos perpetuamente su supuesto gozo con nimiedades.
Los
libros son un tostón para la gente de la industria, los distribuidores y las
editoriales que llaman por teléfono o mandan un correo electrónico a sus
desconocidos autores preguntándoles que hacer con tanta copia sin vender en una
nave industrial en Loeches o cualquier poblacho a las afueras de Madrid.
Incinerarlos, reciclarlos, cualquier solución parece buena para deshacerse de
lo inservible.
Mientras
tanto los autores, a los que nadie
conoce, ni admira, que se ganan su vida con otros trabajos y encima ligan poco,
se sienten culpables y felices de haber engañado al editor. Editores por
vocación, que siguen cumpliendo su cometido porque sienten necesidad pero sin
ilusión como el que se come un plátano a media mañana para matar el hambre.
El
futuro ya no es lo que era, y escribir y publicar tampoco. Crecimos pensando
que los libros eran un bien escaso que sólo podía disfrutarse efímeramente
utilizando el servicio de préstamo de una biblioteca municipal. Que los libros
eran lo máximo para aquellos que eran lo mínimo, que no sabían hacer la o con
un canuto, como nosotros.
Hoy nos
hemos dado cuenta de que los libros eran un bodrio, aunque no nos podamos pasar
sin ellos, nos joda su declive y los añoremos.
No ha
hecho falta la iglesia o la dictadura perfecta, como señalaban los agoreros,
para acabar con el interés por los libros, tan sólo la pasión que sentimos la
mayoría por los deportes y las series de HBO.
A mi padre, su padre nunca le llevó a un parque. Sencillamente no existían en la primera posguerra en la que mi padre se hizo hombre antes de tiempo. Mi padre también me cuenta, con cierta tristeza y buscando en mí una mirada de asombro, cómo unos Reyes Magos generosos un año le dejaron un par de naranjas y el carrito muchas veces soñado, un artilugio rudimentario que dejaría perplejo a cualquier niño de hoy, y que en realidad era una lata de sardinas reciclada y ensamblada a base de alambres, y con una caña de azúcar en un extremo que hacía de tracción.
La generación de mis padres no tuvieron parques infantiles, la mía empezó a experimentarlos con recias y metálicas instalaciones hijas de un desarrollismo atropellado y mis hijos se han pasado media vida en ellos, en estos de ahora, perfectamente delimitados y estudiados, con los columpios y los toboganes ergonómicos, con el metal recubierto de confortable plástico o de madera, protegiendo siempre a sus pequeños usuarios temerarios de los salientes o las rebabas traicioneras. Parques recubiertos de suelo sintético, para amortiguar los golpes, y con las salidas y las entradas bien visibles, para facilitar el control de los progenitores. Esos parques que las madres tanto agradecen, pero que los sociólogos y los estudiosos critican porque, según dicen, restringen la creatividad de los niños e impiden sacar provecho a las ilimitadas energías de ese homo ludens que, nos recuerdan, todos llevamos dentro.
La exposición Playgrounds, reinventar la plaza, que está hasta finales de septiembre en el Museo Reina Sofía, da cuenta de las transformaciones que ha tenido el parque infantil desde mediados del siglo pasado hasta hoy. Y también de la contradicción que para muchos existe entre la domesticación propuesta por los promotores del parque moderno, y el ideal de libertad que debe buscar una sociedad a través del juego.
La muestra recorre la evolución del parque de juegos desde los tiempos en que estos espacios solo estaban en la mente de avanzados arquitectos y urbanistas nórdicos, y los niños no tenían más remedio (o la suerte, según se mire) de pasar su infancia en los descampados y los estercoleros de una Europa en ruinas, devastada por la guerra. Esos lugares que sublimó el neorrealismo italiano y que dieron lugar a películas inolvidables como Alemania año cero, de Roberto Rosellini.
Precisamente, la muestra del Reina Sofía recuerda la figura del danés Carl Theodor Sorensen o la de la inglesa Lady Allen of Hurtwood, la promotora de los adventure playgrounds, que recuperan terrenos residuales y zonas bombardeadas como espacios destinados a promover la autonomía infantil. Pero también rescata la del artista y activista sueco Palle Nielsen, que en 1968 construyó un parque libre de la mirada de padres y educadores, en mismo interior del Moderna Museet de Estocolmo; o la del arquitecto holandés Aldo van Eyck, que en las décadas más espléndidas de la socialdemocracia construyó en Amsterdam más de 700 parques infantiles, guiados todos ellos por la integración en el tejido urbano y por una concepción de la ciudad como terreno de juego. También se pueden ver en las frías salas del Reina Sofía referencias al avanzado movimiento holandés Provo, que a medio de los sesenta reclamaba la gratuidad de la vivienda y del reparto de bicicletas, y combatía "la apatía social y la naturaleza alienante de la sociedad del espectáculo" con la conciencia del presente y del juego participativo. Ideas seminales para un Mayo del 68 que estaba a la vuelta de la esquina.
Playgrounds también nos habla de la recuperación de los espacios públicos de las ciudades, casi siempre amenazados por los intereses económicos. Y más en concreto, de la conversión de la plaza en un lugar de reivindicación política, como evidencian el activismo reciente de Tahrir, en El Cairo, el 15M de la Puerta del Sol o las protestas de Syntagma, en Atenas, o de Liberty Square, en Wall Street. Si en el siglo de los extremos y las luchas de clases, como le llamó Eric Hobsbawn, las protestas políticas y sociales acababaron con el derramamiento de sangre y la aniquilación del adversario, en este siglo XXI que empieza la vertiente lúdica de los parques infantiles ha contagiado las reivindicaciones de los adultos, que en plazas de medio planeta piden la renovación o el derribo definitivo del statu quo con tamboradas, bailes y performances, en otra variante laica del poder transgresor del carnaval. Y es que, al fin al cabo, niños exultantes y mayores descontentos o humillados por el sistema económico y político coinciden en buscar en el playground o en la moderna street-party la gozosa suspensión de la realidad.
NOTA: la foto que abre este post es de Joan Colom y está datada entre 1958 y 1961.
Desde su primera novela, El buen nombre, la obra de la escritora norteamericana Jhumpa Lahiri, hija de emigrantes bengalíes y actualmente residente en Italia, se centra en el choque cultural de los hindúes expatriados en los Estados Unidos a la busca de oportunidades y en las consecuencias que provoca el desarraigo en sus descendientes.
Lahiri, siguiendo el camino de tantos grandes escritores, utiliza sabiamente el reducido mundo de sus obsesiones y experiencias personales para trasmitirnos sentimientos y conflictos universales. Los bellísimos cuentos de Tierra desacostumbrada, su libro más conocido en España, son un buen ejemplo. El brillante relato que da título al libro y que gira en torno a las dificultades de comunicación entre un padre y su hija, descendientes de hindúes de segunda y tercera generación, es un prodigio de delicadeza en la exploración de los afectos.
En La Hondonada, Jhumpa Lahiri profundiza en los recovecos de las relaciones filiales y amorosas, con el telón de fondo de la emigración bengalí a la costa de Nueva Inglaterra. La pareja protagonista (Subhash y Gauri) vive sus primeros años en su Calcuta natal para luego asentarse en Rhode Island (donde residió la propia autora). Subhash y Gauri, pese a triunfar en su vida profesional como investigadores universitarios, arrastran durante toda su existencia sus experiencias y errores de juventud. El título de la novela hace mención a una laguna estacional de Calcuta donde ocurren algunos de los hechos que marcan la vida de los personajes.
El estilo de Lahiri es simple y directo y su lenguaje sencillo y accesible. Por contra, sus personajes poseen perfiles psicológicos complejos y aciertan y yerran en sus vidas sin ser nunca juzgados por su creadora, que prescinde de imponerles las ataduras morales del narrador omnisciente. La relación con sus padres, apegados a las tradiciones, y con su hermano Udayan, simultáneamente su reverso y su complemento, influye profundamente en la conciencia de Subhash, que colma sus aspiraciones profesionales sin conseguir nunca librarse de las ataduras del pasado.
Gauri, por el contrario, es un espíritu libre (al menos en apariencia), un personaje femenino de una fuerza extraordinaria, comparable a esas irreductibles protagonistas de los mejores cuentos de Alice Munro, capaces de sacrificarlo todo para mantener, ferozmente, su independencia contra las reglas de sus ancestros.
La novela parece, en ocasiones, imperfecta, por cuanto a ratos se nos narran prolijos detalles de la vida cotidiana cuando en otras ocasiones pasan varios años en dos páginas. Acabamos, por ejemplo, conociendo en profundidad la vida académica de Gauri, centrada en la filosofía alemana tras Kant, mientras que no sabemos casi nada de la dedicación de Subhash a la biología marina.
La hija de ambos, Bela, atraviesa su adolescencia en tres patadas, pese a lo trascendente de esa etapa de su vida. Sin embargo, poco a poco uno se va dando cuenta de que a Lahiri no le interesa verdaderamente la construcción formal de personajes “realistas”, sino más bien la indagación en las causas de las emociones humanas. De esa forma, las circunstancias concretas de las vidas cotidianas resultan importantes en la medida en que sugieren, de manera deliberadamente imperfecta, explicaciones para el comportamiento y las motivaciones de los protagonistas. Por esa razón, el hilo temporal de los hechos, al servicio de la exploración psicológica de Lahiri, se rompe cada vez con más frecuencia a lo largo de la obra.
Las mejores páginas de La Hondonada, las más turbadoras, las que la convierten en una novela profunda y fascinante son, de hecho, las que nos entreabren el mundo de los turbulentos y contradictorios sentimientos de Subhash, Gauri y Udayan, que parecen poseer, merced al oficio de la escritora, un mundo propio más allá de las palabras.
A propósito de la lectura de Alguien dice tu nombre, de Luis García Montero Alguien dice tu nombre es una historia menor, música de cámara que, sin embargo, remite a causas mayores. León Egea, estudiante de literatura en Granada y aspirante a escritor, entra en una editorial en el seco y cálido verano de 1963. Allí conoce a Consuelo, la secretaria de la editorial, un encuentro que da lugar a un primer amor torturado por la diferencia de edad, los secretos y la incomprensión. La cita a Marsé en la primera página del libro es reveladora.
La España que describe el poeta Luis García Montero en su novela, que se lee de un tirón y gustosamente, es un país conocido por muchos, pero ya difícil de explicar a un chaval de hoy. Un país anclado en el tiempo, amodorrado, provinciano y prisionero de las convenciones, donde un pantalón en unas piernas femeninas era un atrevimiento muchas veces intolerable. Es una España menesterosa, de gente cauta y agradecida por la incipiente riqueza que se empieza a filtrar a las capas más desfavorecidas, más pendientes del pago de las letras del televisor o de la enciclopedia que de aventuras políticas.
También es Alguien dice tu nombre una novela de formación. García Montero narra en primera persona la zozobra emocional del joven inexperto que cae en brazos de la mujer madura, y también da cuenta de las cavilaciones del aspirante a literato con ganas de vivir, pero sobre todo de aprender a mirar, para luego contarlo. Es el mismo León Egea que, siguiendo las recomendaciones de su misterioso profesor de literatura en Granada, lee con constancia a los rusos y se interesa por Baroja, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez o Galdós, al tiempo que empieza a flirtear con la disidencia política.
El lenguaje de García Montero es preciso, y minucioso a ratos, y le sirve para dar cuenta de los pensamientos íntimos del universitario pobre y de pueblo aspirante a todo en la ciudad provinciana. También nos presenta, a través del prisma atormentado de Egea, a unos personajes aparentemente anodinos, pero cruciales en algún caso para entender el giro final del libro, como Vincente Fernández, el veterano vendedor de enciclopedias, don Alfonso, el editor con amigos influyentes en el Régimen, o Marcelo, el camarero melancólico del bar donde el protagonista y sus amigos pasan el rato.
Alguien dice tu nombre es también una novela con aire cinematográfico, que se manifiesta en la recreación de ambientes en esa Granada aparentemente anclada en el tiempo y deudora sin remedio de un esplendor pasado, o en las persecuciones callejeras y nocturnas de protagonista, siempre a la busca de los fantasmas alentados por sus dudas o por los celos que la incomprensible Consuelo despertará en él.
La peripecia vital de León Egea, quizá alter ego del propio autor, nos traslada a una España remota y abúlica, un país atrasado y olvidado que, sin embargo, está a punto de torcer la esquina de la historia, aunque muchos de sus ciudadanos -incluído el mismo protagonista- no llegaran nunca a sospecharlo.
Los españoles tenemos fama de ser gente muy abierta y dicharachera. Sin embargo, casi siempre el pudor nos puede. Es posible que muchos siglos de servilismo político y social alentado por la élite nobiliaria y católica nos hayan dejado sin un discurso propio y una literatura potente del yo, como la que sí tienen los países anglosajones o los nórdicos. Pienso en Bergman y en esos personajes torturados por sus dudas y por los pasos mal dados en la vida. Y en la capacidad del cineasta sueco para verbalizar ese torrente de frustración.
Cuando toca hablar de nosotros mismos, cuando toca de verdad retratarse, aquí se nos queda la boca pequeña. Por eso son muy raras las biografías o los volúmenes de memorias que pasan del mero retrato hagiográfico o que no acaban en el ajuste de cuentas. O que van más allá de un recuento notarial y sin sustancia de hechos y recuerdos "supuestamente" decisivos. Los libros de políticos son bastante frustrantes en este sentido. Pocos se atreven a reconocer sus miserias y a dar cuenta de las dobleces del personaje público supuestamente modélico que encarnaron.
Por eso son excepcionales los volúmenes de memorias del periodista Jesús Pardo (que curiosamente pasó muchos años como corresponsal de Efe en Londres). Empezando por ese inolvidable Autorretrato sin retoques, donde, como dice José María Guelbenzu, uno tiende a pensar que "la crueldad bien entendida comienza por uno mismo". También me queda en el recuerdo Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente, un librito con claro afán literario, pero descarnado, sincero y conmovedor, sobre los encuentros y desencuentros que mantuvo el escritor con su padre, el pintor Juan Giralt.
Cuento todo esto porque estos días he vuelto a ver las películas de los Panero. Es algo que suelo hacer cada cierto tiempo, quizá para saber que estoy vivo o para asegurarme de que la inteligencia y la lucidez no se han esfumado definitivamente del planeta tierra. He vuelto a esas dos maravillas filmadas por Jaime Chávarri y Ricardo Franco porque murió hace poco Leopoldo María Panero, el poeta más maldito que ha tenido este país, el último de esa estirpe condenada y sin continuidad, de ese fin de raza que trajo al mundo Leopoldo Panero, poeta oficial del franquismo y padre sobre todo ausente. La primera, la de Chávarri, El desencanto, es una desmitificación de la familia burguesa y una audacia en un país como España, que en 1976 se debatía entre un pasado de bayonetas y la modernidad. La segunda, Después de tantos años, rodada a mediados de los noventa, es un poema sobre la devastación que produce el paso del tiempo, la locura y -cómo no- la impostura literaria.
Las dos películas sobre los Panero siguen esa senda de buena, intensa e interesante literatura del yo que tanto ha escaseado en España. O más bien del nosotros, porque aquí los protagonistas son los tres hermanos y la madre Felicidad, que llevan la voz cantante y explicitan los conflictos, y el padre laureado, una vaga presencia que sirve de contrapunto emocional. En El desencanto, el mito se está cociendo. Ahí, los locuaces Panero, a base de literatura y retazos de psicoanálisis, hacen saltar por los aires la institución familiar y hay quien dice que entierran simbólicamente a la dictadura representada por el padre, a la sazón bardo oficial del régimen.
A mí, y a pesar de su estudiada puesta en escena, me interesa más la segunda entrega, la filmada por Ricardo Franco y que es una crónica de caída y sordidez. “Toda vida es un proceso de derrumbe”, nos dice el misantrópico Juan Luis Panero recordando a Scott Fitzgerald en un momento de la película desde su casa del Ampurdán. “Yo me destruyo para saber que soy yo y no todos ellos”, nos había avisado en la primera entrega el joven Leopoldo María Panero recordando a Artaud, todavía con el brillo en la mirada que más tarde le iba a borrar la esquizofrenia. Y, entre ellos, como un trasunto de la madre muerta, Michi Panero, anulado por el tiempo, la decadencia física, las esperanzas rotas y la leyenda de una familia que, a pesar de las imposturas literarias, es protagonista de una de las mejores páginas autobiográficas que conozco. Ese Michi que al final de la película de Ricardo Franco, mientras recorre en Astorga las ruinas de la casa familiar y suena un tema de Loreena McKennitt, nos deja con una frase marca de la casa: "Lo que es un error es vivir, recién nacido deberías suicidarte". Ahí queda.
Cada mes salen al mercado decenas de
libros dedicados a glosar los beneficios que ha traído Internet, una
“revolución” que muchos comparan, de forma grandilocuente, con la llegada del
sedentarismo que se produjo en el Neolítico o con la revolución industrial en
la Inglaterra del siglo XVIII. También son infinidad los títulos que llegan a
las librerías explicándonos cómo sacarle partido profesional y personal a la
Red en todas sus variantes (redes sociales, blogs, comercio electrónico…).
Todos comparten la idea de que Internet es un salto adelante que, bien
aprovechado, nos hará más eficientes y más libres, y que, en última instancia,
ayudará a lograr una sociedad más justa y participativa.
Para
contrarrestar esta ola de utopismo digital, de vez en cuando sale algún librito
que da qué pensar. Hace unos años dio un primer aviso Jaron Lanier con El
rebajo digital, que describía Internet como un mundo desinformado y tedioso, y
que prima la cantidad a la calidad o las buenas ideas. En esta línea crítica
también hay que situar The net delusion, de Evgeny Morozov, donde cuestiona el
supuesto poder democratizador de Internet alegando que las redes digitales
también son poderosas herramientas de represión en países como China o Irán, un
argumento que hoy queda extraordinariamente reforzado con las revelaciones de
Edward Snowden sobre espionaje masivo por parte de la CIA.
Uno de los
ensayos más celebrados de los últimos meses en España vuelve a poner en
cuestión muchos de los dogmas que deja la utopía digital. Se trata de
Sociofobia, de César Rendueles, profesor de la Complutense, marxista de
formación y "agitador cultural" vinculado al movimiento Ladinamo.
Sociofobia (208 páginas, editorial Capital Swing) es un libro estimulante por
las muchas cuestiones que plantea y por la energía con que está escrito, y no
deja títere (ni mito tecnológico) con cabeza.
Rendueles
pone en cuestión ese determinismo contemporáneo que asocia desarrollo
tecnológico y liberación, alentado en todo el mundo por lo que él llama
"la ideología californiana". "Internet no es un sofisticado
laboratorio donde se está experimentando con delicadas cepas de comunidad
futura. Más bien es un zoológico en ruinas donde se conservan deslustrados los
viejos problemas que aún nos acosan, aunque prefiramos no verlos". A
saber; la dificultad para dar con una sociedad solidaria y fraternal que haga
posible la buena vida en convivencia.
Al
contrario, para Rendueles, el ciberfetischismo -esa idea de que los gadgets de
Internet y las propias redes están sentando las bases para una reorganización
social más justa- prospera precisamente a base de rebajar las expectativas
políticas de la población. Las TI no fomentan el asociacionismo y la participación
en política, pero sí nos lo hacen creer. No somos más sociables ni activos por
estar en Internet conectados a 1.500 "amigos" y por tener en Twitter
4.000 "followers". Estamos en contacto con más personas, pero de una
forma mucho menos intensa y más esporádica. En Internet los compromisos son
también mínimos y el desenganche puede llegar en cualquier momento, sin coste
para el que abandona.
El
ciberfetichismo -alentado por gurús, empresarios, políticos y medios de
comunicación que quieren pasar por modernos- habla de comunidades digitales y
de activismo, pero, según Rendueles, es la última máscara del individualismo.
Ese falso binomio virtuoso de libertad personal y colaboración que proporcionan
las redes no es eficaz para promover los cambios. "Creo que Internet
funciona muy bien cuando la gente sale a la calle, pero es mucho menos eficaz
para sacar a la gente a la calle. Son dos cosas bien distintas", ha
contado el autor de Sociofobia. Rendueles está convencido de que los efectos
movilizadores de Internet son escasos y que en algún caso produce el resultado
adverso, es decir, desilusionan a la gente.
El
ciberfetichismo es una amenaza para la izquierda, en tanto que diluye los
conflictos de clase. Rendueles recuerda que las nuevas tecnologías atomizan el
discurso moral; cada uno puede vivir su proyecto de vida y casi no hay
directrices comunes. En última instancia, las redes sociales son el producto
que crece en un terreno sembrado durante décadas por el consumismo y la
eliminación de los grandes relatos.
La
política institucional también se resiente por el ascenso del ciberfetichismo.
"Las metáforas sociales de las redes digitales distribuidas hacen que las
intervenciones políticas consensuadas parezcan tocas, lentas y aburridas frente
al dinamismo espontáneo y orgánico de la red. El diseño formal digital permite
esperar que las soluciones óptimas surjan automáticamente, sin correcciones
frutos de procesos deliberativos".
Estos días escribía un revelador artículo
en El País Moisés Naim donde también se ponía en duda el papel de las redes
sociales como factor de cambio social. Naim recordaba lo fácil que es convocar
una protesta con Twitter o Facebook que dé lugar a una
amplia cobertura mediática e incluso a enfrentamientos con la policía. Como el movimiento
Ocuppy Wall Street. Y lo mucho más arduo y complejo que se presenta el proceso
de convertir ese fuego de artificio reivindicativo en cambios concretos en la
política de los gobiernos.
Sin diseño institucional, insiste Rendueles, el
mundo digital no puede superar problemas como la injusticia o la pobreza. En
este sentido, discrepa de aquellos que han visto en las redes sociales el motor de reivindicaciones como el 15-M. En su opinión, sucedió al revés: el 15-M fue
tortuoso porque tuvo que superar el bloqueo generado por el ciberfetichismo
consumista. Para Rendueles, la clave del 15-M fueron las asambleas, "que
son lo menos tecnológico del mundo". El énfasis cibernético, en su
opinión, ha llevado a muchos a olvidar lo más importante de la protesta, que
fue el descubrimiento de la democracia. En Egipto también se ha sobrevalorado
mucho la intervención de Internet. Allí, menos del 20% de la población está
conectada, lo que demuestra que fueron las redes analógicas, fomentadas por una
organización sindical fuerte o por el islamismo, las que forzaron la
movilización y los cambios. Lo otro fue un cuento chino pergeñado por los
voceros del utopía digital.
Gay Talese acostumbra a decir que el periodista actual, abducido por su portátil o su tableta, está metido en una capsula desde la que no puede conocer la realidad. Aunque una parte no menor del problema resida en el hecho de que muchos profesionales “gozan” de ingresos tan virtuales como los mundos que frecuentan, es evidente que el periodismo, sumido en la vorágine de la sociedad digital, que le demanda noticias a la misma velocidad con la que las olvida, corre el riesgo de acabar renegando definitivamente de su esencia, sucia de sangre, polvo y sudor.
Yo no soy periodista, me resulta, por tanto, muy fácil criticar, pero creo que muchos coincidirán conmigo en que en estos tiempos de zozobra el modelo del reportero clásico, comprometido con su tiempo y conocedor de primera mano de la calle, como Talese, como Rodolfo Walsh, como Gunter Wallraff es absolutamente imprescindible. Wallraff, autor del provocador Cabeza de turco, aprendió muy joven que “sin pisar la calle no te enteras de nada” y no ha olvidado aún esa máxima aunque lleve ya cuarenta años enfangándose en la realidad de su país, Alemania.
En su último alarde de atrevimiento y desfachatez, caracterizado como humilde entre los humildes (mendigo, negro, teleoperador, empleado de panificadora, camarero) o transfigurado en forma de abogado sin escrúpulos o de directivo agresivo, este “periodista indeseable” se ha dedicado a penetrar en los sótanos infectos de las empresas y la sociedad alemanas para poner al descubierto las vergüenzas (o desvergüenzas) del envidiado primerísimo mundo centroeuropeo. El resultado, Con los perdedores del mejor de los mundos, es un alegato contra el neoliberalismo que pretende acabar con el estado social en Europa.
Oculto bajo sus distintos disfraces, Wallraff experimenta el racismo de la biempensante sociedad germana, es sometido a horarios imposibles por sueldos ínfimos, humillado en los albergues de vagabundos, obligado a mentir a los clientes en un call center, sujeto a técnicas de control mental en una famosa cadena de restauración… El libro recoge, asimismo, las experiencias de sufrimiento, mobbing, alienación y falta de expectativas que aquejan a muchos trabajadores alemanes. Wallraff es muy crítico con el modelo económico imperante, al que acusa de generar desigualdad social crónica, y especialmente beligerante contra la asistencia que proporciona a los más desfavorecidos el sistema del Hartz IV (el equivalente a los “400 euros” español) porque, en su opinión, no es “sino un medio coercitivo para joder a la gente, para expulsarla de la sociedad”.
El valor del testimonio de Günter Wallraff reside en la constatación en carne propia de un hecho bastante conocido aunque relativamente poco citado: si Alemania es hoy por hoy la referencia económica de Europa, en buena parte se lo debe al sacrificio de un porcentaje muy significativo de su población, que ha perdido derechos a marchas forzadas y vive en la precariedad y el abandono institucional. El caso alemán no es la excepción en la Europa más próspera. Como documenta Florence Aubenas, otra periodista de raza, en El muelle de Ouistreham, libro ya comentado en este blog, amplios sectores de la población francesa, viven también en la precariedad y el subempleo.
Si la experiencia de Wallraf evidencia que los excluidos de la boyante Centroeuropa son ya legión, ¿qué no habría deparado a Wallraff el contacto con la calle en Portugal, Grecia o España, donde la cuarta parte de la población carece de empleo, encontrar un trabajo no garantiza salir de pobreza (como afirmó hace poco el Comisario europeo de Empleo) y cada vez más gente rebusca en la basura? La desigualdad campea triunfante en Europa, que parece haber olvidado totalmente el pacto de Postguerra (¡si Tony Judt levantara la cabeza!).
El diagnóstico es muy claro para Wallraff: “De la mano de la nueva desprotección llega la desvergüenza con la que se enriquecen los altos directivos y determinada especie de ex cargos políticos, una clase a la que sólo le interesa su propio bienestar, la mejor colocación posible, los ingresos de capital y dinero y los privilegios fiscales”.
Con los perdedores del mejor de los mundos es un libro valiente y necesario. En la siguiente ocasión, y aprovechando su ya respetable edad, Wallraf nos promete emociones fuertes en sus visitas a las residencias de ancianos alemanas. No pienso perdérmelo.
Cuenta Javier Cercas que hace unos años la policía de Los Ángeles
detuvo al actor Hugh Grant mientras una profesional le hacía una felación
en la vía pública. El hecho produjo gran escándalo e hizo peligrar la brillante
carrera profesional de Hugh Grant. En medio de todo aquello, un periodista
norteamericano le lanzó una pregunta muy norteamericana al actor: “¿Va ahora
usted a un psicoterapeuta?”. “No”, contestó Grant. Y añadió: “En Inglaterra
leemos novelas”.
Anécdotas como ésta salen de la charla que Javier Cercas dio
en la Fundación Juan March de Madrid en octubre del año pasado. Con mucha
gracia y talento, Cercas rebate a aquellos agoreros que dicen que la novela
está muerta y que la ficción no es necesaria. Aquí van algunas ideas que lanzó
Cercas en otoño, aunque lo mejor es escuchar la charla. Vale la pena. No tiene ni un minuto de desperdicio.
Como en sus novelas, Cercas entreteje de lo lindo ficción y realidad. En la Fundación Juan March, otra vez mezcló su peripecia vital con sus ideas sobre la literatura para
contarnos cómo, a raíz de un mal de amores adolescente, se convirtió en un
lector vampiro. Así llama a los que no leen para entretenerse o saber más, sino
para salvarse, para sobrevivir.
Cercas defiende la novela para soportar la realidad, pero también para explorarla y entenderla mejor, y como antídoto al fanatismo
religioso o (más modernamente) a la asertividad del tertuliano radiofónico o televisivo. Defiende la
novela como el género que más puede hacer por proteger las preguntas de las
respuestas. Más incluso que la filosofía, parece. ¿Por qué el soldado republicano de Soldados de Salamina salva el
pellejo a Rafael Sánchez Mazas, prohombre de la Falange? ¿Por qué Adolfo Suárez
no se mete debajo de su escaño, como casi todos los demás, mientras en el
Congresos zumban las balas de los golpistas? ¿Por qué se llevan a K en El
Proceso? Toda novela se construye para contestar a una pregunta, aunque al
final nos quedemos sin respuesta.
La obra literaria –nos dice en otro momento- es una
partitura, y es el lector es el que la interpreta. El lector es la otra mitad
del libro. Por eso, cuanto más espacio deje al lector un libro, cuanto más
ambiguo sea, mejor. Novela=libertad. El Quijote, que crea el género, es como un
cocido. Cabe todo, sin orden ni concierto. El único orden y concierto es que
Quijote y Sancho salgan adelante. En fin... una hora con Cercas y sus teorías sobre la novela.
A propósito de la lectura de Memorias líquidas, de Enric González
Hace no mucho Lluís Bassets,
periodista de El País, publicó un librito de título sugerente e inquietante,El último que apague la luz,
que adelantaba el duro trance que nos aguarda a los periodistas con la
imposición de los formatos digitales y sus inciertos modelos de negocio. En los
últimos tiempos, han sido muchos los que se han dedicado a analizar el futuro
de la profesión en un mundo dominado por Google y donde se impone la cantidad (y la rapidez) a la calidad. Hace unos años,
David Simon, en la excepcional quinta temporada de la serie The wire, también abría en canal la profesión valiéndose de la peripecia de los periodistas del Baltimore Sun, unos chicos con todo en contra para hacer una buena y
trabajada información, por las prisas que impone Internet, por el afán de
protagonismo de los redactores (el Pulitzer fuerza a los periodistas en Estados
Unidos a inventarse las historias) y por la imposición del criterio empresarial
como principal vara de medir la excelencia de un medio.
Memorias
Líquidas, de Enric González, es otro libro sobre el estado de la profesión,
aunque está escrito en primera persona y muchas de sus páginas son en realidad
un ajuste de cuentas con la dirección de El País, donde trabajó 30 años. Los
libros de Enric González acaban demasiado pronto. Es una pena porque están
dominados por una inteligencia elegante y sincera. Hoy es fácil encontrar en las librerías sus libros: tres o cuatro volúmenes de crónicas (desde Londres, Roma o
Nueva York, ciudades en las que fue corresponsal). Todos ellos nos dejan con la miel
en los labios. González lanza dardos certeros, pero no se recrea.
Escribe libros como durante más de tres décadas escribió sus artículos, sin una
línea de sobra.
Estas
Memorias líquidas son una pequeña crónica de su vida profesional, desde que
empezó enLa hoja del lunesde Barcelona a mediados de los
setenta, siguiendo el consejo de su padre, porque él quería ser veterinario,
hasta su cantada salida de El País en el ERE de 2012, cuando ya era pública y
notoria su oposición a la gestión de Juan Luis Cebrián, el mandamás de Prisa.
Ante de empezar con los chascarrillos de El País, el libro habla de un mundo
que existió, pero que ya es leyenda, el de las redacciones de los años setenta y
principios de los ochenta, tan llena de profesionales borrachuzos y crápulas
del tardofranquismo, pero ya empezaban a estar controladas por los nuevos reyes el mambo, por los
delfines del pujolismo en Cataluña o por el emergente partido socialista en
Madrid.
Estas
mini-memorias rehúyen la complacencia que durante tantos años manifestaron los
periodistas de El País o de los que han estado cercanos a aquel proyecto, el
más influyente del periodismo español en las últimas cuatro décadas, todo hay
que decirlo. González nos habla del tiempo en que la redacción del periódico de Polanco era
el centro del mundo y un modelo a seguir, pero también de cómo el tiempo, la
inercia, la endogamia y los errores de gestión fueron socavando su futuro. A
muchos les interesarán los episodios en que cuenta sus desencuentros con la
dirección del periódico. Desde la primera (y premonitoriamente fría) reunión
con Cebrián, cuando le fichó para el periódico, a principios de los ochenta, a
los encontronazos con el actual director, Javier Moreno, cuando los dardos de
sus columnas eran rechazados y censurados sin miramientos y rubor por la
dirección.
Reproduzco
un párrafo del libro que me llamó la atención, y que habla de la incapacidad
que sagaces y experimentados periodistas, curtidos en mil batallas, manifiestan
para ver los cambios que se están produciendo ante sus narices y que están
acabando con la profesión que tanto les ha enganchado. El exceso de confort, la cercanía
al poder político y económico, la lejanía con los lectores y con la calle, la
burocratización, la inercia… son males que, junto al cambio tecnológico, han dejado en trance de muerte al periodismo, y El País donde González pasó tres
décadas no ha sido una excepción. Creo que es un cuento que nos podemos aplicar
los que seguimos (cada vez somos menos) ganándonos la vida como periodistas.
“Si se introduce
una rana en una olla de agua fría y se calienta el agua poco a poco, la rana no
hará nada por escapar. Se habituará al ascenso de la temperatura. Y acabará
hervida. En El País fuimos ranas. Supimos que muchos de nuestros compañeros
eran desplazados hacia empresas de nueva creación como antesala de la calle,
pero apenas rechistamos. Nos acostumbramos. Asistimos a la reducción de las
tarifas pagadas a los colaboradores hasta convertirlas en un chiste (entre 20 y
50 euros por una crónica larga y bien trabajada), pero nos pareció casi normal
porque la prensa estaba en crisis. Nos acostumbramos. Acompañamos en el
sentimiento a periodistas muy buenos que fueron arrinconados y despedidos por
participar en huelgas o no mostrarse sumisos ante los jefes y luego seguimos a
lo nuestro, porque para eso nos pagaban. Nos acostumbramos a eso. Y a compartir
redacción con periodistas jóvenes que no podían ni soñar en ser mileuristas. Y
a recibir y aceptar amenazas de la dirección si no firmábamos una crónica. Nos
acostumbramos”.
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PS: Una pega. El precio del libro de Enric González, publicado por el excelente magazine cultural JotDown, es de 24 euros. Demasiado para unas minimemorias que se leen en dos ratos.
Aunque de baja estatura y constitución menuda, Isabel Allende no
responde al prototipo de septuagenaria frágil. Nos recibe, junto a otros cuatro
medios, en una suite del hotel Ritz de Madrid, en la que ejerce de perfecta
anfitriona, ofreciendo algo para tomar o preocupándose por que nadie se salte
el orden a la hora de preguntar.
La escritora ha pasado tres días en España promocionando El juego de Ripper, su última novela, un thriller que nace por encargo y que traslada a los
lectores a San Francisco, ciudad en la que una astróloga televisiva ha
vaticinado que habrá un baño de sangre.
“La idea de escribir una novela policial se le ocurrió a mi agente, a
Carmen Balcells. Yo le dije que pensaba jubilarme, que ya estaba cansada y le
bajó el pánico. Y me dijo no, tienes que escribir una novela a cuatro manos con
tu marido. Y como lo que escribe Willie es novela policial, dije que me podía
acomodar a lo que él hace. Empezamos a planear una novela juntos, pero ya el
primer día vimos que no podía ser (…) Yo iba a hacer todo el trabajo y él se
iba a llevar toda la mitad del crédito. No era muy conveniente para mí. Así que
nos separamos y él empezó a escribir su sexta novela policial y yo la primera“,
explica la autora sobre el germen del texto.
No obstante, reconoce que durante su elaboración contó en todo momento
con la ayuda de su marido, el escritor William C. Gordon. “Cuando empecé a
escribir la novela, no sabía por dónde iba y él me dijo: `tiene que haber un
muerto en la primera página´. Luego, cuando empezamos a discutir distintas
partes del libro, también me ayudó a mantener el suspense. Me decía: `no puedes
decir eso ahora; si lo dices ahora, van a adivinar quién es el asesino; tienes
que guardar eso, pero tienes que poner la clave".
Para la escritora chilena, la novela policial es un contrato entre el
lector y el autor a ver quién gana. “Es un juego. Yo como autor te entrego una
historia y tengo que darte todas las claves para que tú adivines el final, pero
te tengo que distraer para que no las veas. Esas claves tienen que estar
escondidas. Y si eres un lector avispado, las vas a encontrar, no importa cómo
yo las esconda”, explica.
Allende no cree que exista una fórmula para escribir este tipo de
novelas, aunque sí que este género tiene una estructura. “Siempre vence la
justicia, hay que mantener el suspense, hay que plantear todas las claves para
que el lector las tenga, pero no las vea, distraerlo. Todo esto son
requerimientos del género”, responde la autora chilena, para después apuntillar
que en el libro hay mucha burla. “La novela está escrita con ironía. Me burlo
de las novelas escandinavas, me burlo de muchas cosas. ¿Quién va a tomar en
serio la novela policial? Es muy entretenido, pero tampoco vamos a darle un
peso transcendental”.
Gente fuerte que vence obstáculos
A pesar de atenerse a las reglas de la novela negra, muchos lectores
le han comentado a Allende que nada más empezar a leer la novela se reconoce su
voz inmediatamente. “Me ceñí al género, pero eso no significa que tenga que
escribir como Stieg Larsson. No. Es una novela que sigue siendo mía, con los
temas y personajes que a mí me interesan“. ¿Y qué personajes le interesan? “La gente fuerte que vence obstáculos.
Los marginales. Los que no están protegidos por el gran paraguas de la
sociedad. Esos son los que me interesan, porque ahí está la historia que vale
la pena contar”.
En esta ocasión, la historia está protagonizada por una sanadora
hippie, su hija adolescente y aficionada a los juegos de rol, su padre, su ex
marido (el policía que está a cargo de la investigación de los distintos
asesinatos), su amante actual, un amigo ex navy seal y el perro de este, Atila.
Ante tanta variedad, le preguntamos cómo trabaja los personajes, si se
vale de referentes que tiene a su alrededor o los busca, y si emplea fichas en
las que va anotando ideas que le ayuden posteriormente. “A veces, hay un modelo
que ya conozco. Por ejemplo, el modelo de Indiana es una sanadora argentina que
se llama Ana Cejas, una bruja buena. Otras veces necesito el personaje. Aquí
necesitaba un héroe. Pensé en un soldado. Estaba muy de moda los navy seals y
pensé en un navy seal, pero son muy secretos. A través del amigo de un amigo de
un primo conseguí un navy dispuesto a hablar. Así que me fui a Washington,
conviví con él durante tres días y le chupé la sangre. Me sirvió para el
personaje. Otras veces van saliendo a medida que los necesito. No hago una
ficha para cada uno, pero, cuando lo menciono, ya empiezo a imaginarlo: cómo
vive, cómo fue su pasado, qué le gusta, qué no le gusta".
Su propia nieta Andrea también le ha servido de inspiración para el
personaje de Amanda Martín, la joven que, con la ayuda de sus amigos del juego
de rol Ripper, ayudarán a encontrar al asesino en serie que ha secuestrado a su
propia madre. “Había empezado la novela pero no sabía hacia dónde iba. Lo único
que sabía era que quería burlarme un poco del género y que fuera una novela que
tuviera humor e ironía, y que fuera una novela de relaciones, aunque también de
crímenes. Y en eso vi a mi nieta Andrea jugando sola en la cocina con unos
naipes y unos dados. Me dijo que estaba jugando en línea a un juego de rol. Me
explicó qué era, me dijo que los otros estaban jugando por Skype. Me pareció fascinante
la idea. Ella me dio la idea del juego de Ripper, pero además el personaje se
parece mucho a Andrea cuando tenía 16-17 años”.
Preguntada si le podrían servir de inspiración las mujeres que en
Latinoamérica lideran proyectos políticos, la escritora piensa inmediatamente
en la presidenta de Chile. “La historia de Michelle
Bachelet es una novela. Ójala ella misma algún día la escriba, porque es un
personaje extraordinario. Pero, esas vidas no me pertenecen. Les pertenecen a
las personas que las están viviendo”.
El ritual del escritor
Al igual que todos sus libros, Allende comenzó a escribir El juego de
Rippler un 8 de enero. Una tradición que se remonta a su primera novela, La
casa de los espíritus. Aquella vez le fue tan bien que ha decidido no tentar a
la suerte y empezar siempre ese día, aunque ahora, nos cuenta, también hay
otras razones que le llevan a continuar con esa costumbre. “Empezar todos mis
libros el 8 de enero me permite separar mi año, tener unos meses en los que
estoy encerrada, en silencio, sola. Y como mi vida se complica mucho y todo
tiende a separarme de la escritura, si no peleo esos meses para estar sola, no
lo consigo (…). Luego trabajo siempre de día muy temprano en la mañana. Y
trabajo muchas horas seguidas hasta que la historia está totalmente contada.
Después ya puedo salir, ver gente, ir al cine, porque viene el proceso de
corregir, confirmar la documentación…”.
Para la autora chilena, nacida en Perú, pero residente desde hace 26
años en San Francisco, no hay duda de que para ser escritor hay que ser
disciplinado. “Para poder escribir un libro, todos los días te sientas y
escribes horas y horas. La mitad de eso va a parar a la basura. No se va a usar
nunca. Es como el entrenamiento de mi hijo deportista. Escribes, escribes y escribes
y de ahí saldrá una página o dos".
Otro requerimiento importante es “tener orejas para las historias“,
apunta Allende. “A veces, en forma despectiva, me dicen que soy una narradora.
Y a mí me parece tan halagador, porque el saber qué es lo que vas a iluminar,
qué es lo que vas a mantener en la sombra, qué es lo qué vas a omitir, cómo
mantener la tensión, cómo conectar con el lector… Todo eso es puro oreja. Como
el músico, es algo que no se puede enseñar… A los alumnos les puedes enseñar a
escribir, pero no les puedes enseñar a contar".
Adaptación cinematográfica
Otro medio por el que está interesada es el cine. Algunas de sus
novelas han sido ya adaptadas y no descarta que El juego de Ripper lo pueda
ser, al tratarse de una novela muy visual. “Me encantaría ver en el cine
cualquiera de mis libros, menos las memorias”,
confiesa. Eso sí, pone una condición: “tiene que ser un productor razonable y
ofrecerme un contrato razonable”.
Y es que la escritora ha tenido problemas
con los derechos de cesión de La hija de
la fortuna. “Los productores de Hollywood quieren los derechos para hacer
la película y todo lo que se les ocurra. En el mundo que conocemos y otros
mundos por descubrir. Con la tecnología que existe y la que está por inventarse”.
Además, también le exigían el copyright
de los personajes, de modo que si ella misma los volvía a utilizar, tendría que
pagarles a ellos un royalty. “Yo no puedo firmar eso”, dice taxativamente, al
mismo tiempo que anuncia que El zorro
ya está medio en producción y hay un proyecto hispano-chileno para hacer una
teleserie con Inés del alma mía.
A propósito
de “El dilema de España”, de Luis Garicano
La crisis ha dejado en España un vago impulso reformista. Está en la
tertulia del bar, en los movimientos vecinales (como el de Gamonal, en Burgos),
en las mareas verdes y blancas de Madrid, en los rescoldos asamblearios del
15-M, en algunas políticas del Gobierno… Después de unos primeros años de
colapso económico en el que proliferaron libros y estudios dedicados a explicar
qué nos había pasado, empiezan a aparecer ahora trabajos más orientados a
decirnos cómo salir del hoyo. Es el caso de este librito de Luis Garicano,
economista de la prestigiosa London School of Economics y colaborador del excelente
blog Nada es gratis, de Fedea, un grupo de análisis fundado por Luis ángel Rojo
e impulsor de propuestas muy denostadas por algunos como el contrato único
indefinido.
Se puede estar más o menos de acuerdo con los economistas de Nada es
gratis, pero Garicano y sus colegas se han tomado en serio la tarea de analizar
con rigor la situación de España desde que entró en la crisis y aportar
soluciones, en algunos casos más allá de la economía, en la línea de una
tradición regeneracionista que antes tuvo valedores como Jovellanos o JoaquínCosta.
Garicano es directo e incisivo, y no deja títere con cabeza a la hora
de buscar responsables del desaguisado. Dos lacras, en su opinión, ha dejado la
fiebre financiera e inmobiliaria que trajo el euro: un país escasamente
formado, con un nivel de fracaso/abandono escolar pavoroso; y unas
instituciones ineficientes, dependientes de una clase política y dirigente escasamente
formada y de cortas miras. Sin educación y sin instituciones de calidad (que
rindan cuentas de forma debida y sometidas al arbitraje de organismos
reguladores independientes), un país no prospera. Esas son las palancas que,
para Garicano, han sostenido el desarrollo de países como Holanda o Alemania,
sin ningún recurso natural extraordinario que explotar, pero con un modelo
económico y de sociedad al que deberíamos tender.
En la línea de César Molinas, Garicano denuncia todo tipo de
corporativismos (conservadores y paralizantes por naturaleza) y el capitalismo
castizo que obliga a pasar por el palco del Bernabeú si uno quiere hacer
negocios en este país. El modelo a seguir debería ser el de los Zaras,
Mercadonas y Mangos, obra de emprendedores periféricos que rompieron esquemas
en su sector y aportaron valor, llegando a ser líderes incluso mundiales, y no
el de las energéticas, los bancos o las grandes constructoras, una oligarquía
reminiscencia de tiempos oscuros, una élite extractiva (Acemoglu y Robinson)
que a largo plazo empobrece el país.
Sin embargo, la situación no es irreversible. España no sufre un
castigo eterno de raíz bíblica. Si casi de un día para otro acabamos con el
tabaco en el trabajo y en los lugares públicos, y la tasa de muertes por accidentes de tráfico cayó un 80%, todo es posible. Al decir de Garicano, este
país tiene solución, por más que la gravedad de la crisis nos haga creer que
vamos a seguir en el túnel por el resto de los tiempos. Además, la solución
está en casa, en la voluntad de cambio de los agentes. No será fácil, pues tristemente,
como recuerda Garicano, “las cosas funcionan mal en gran parte porque, simple y
llanamente, a los actores clave no les interesa
cambiarlas”. Ahí es donde este libro se presenta más movilizador, toda vez que el
autor pide la implicación de todos en el cambio. Eso sí, por el tono y las
insinuaciones, Garicano parece desdeñar aventuras revolucionarias y propone un proceso
de reformas tranquilo, evitando la amalgama de voces y la confusión del 15-M o
la lucha callejera de Gamonal.
Garicano hace un llamamiento a los españoles para que nos rebelemos
exigiendo una clase política a la altura del desafío. No estamos ante un libro
de recetas para abordar sólo la salida de una crisis económica, ni otras que
puedan venir. Su libro, a pesar de estar escrito por un economista y abordar
cuestiones como el boom de la construcción, las deficiencias de la unión
europea y del euro o los factores que hay detrás del ritmo de crecimiento de
los países, va más allá y propone otro modelo de sociedad. Lograrlo no será
cuestión de meses, ni de años, sino de décadas. Requerirá trabajo duro,
seguridad jurídica e instituciones transparentes y responsables. Garicano cree
que es necesario retomar la dirección que había tomado España hasta mediados de
los 90, y que el aluvión de dinero barato que trajo el euro hizo saltar por los
aires.
Sobre el terreno, Garicano propone cosas que al político que lo lea le
dará sarpullido, como reducir el número de ayuntamientos de 8.000 a 600, lo que supondría
que no quedara ninguno por debajo de 20.000 habitantes. También propone que las
comunidades autónomas sean responsables de sus gastos ante los electores. O
cambiar de arriba abajo la educación y sobre todo la universidad, renunciado a
la arraigada pero empobrecedora cultura memorística y a los esquemas de
oposiciones actuales, siniestro modelo decimonónico que no garantiza la llegada
de los más capaces a los puestos clave del servicio público. También aboga por
cambios prácticos y asumibles desde mañana mismo, como retrasar la hora y adaptar los
horarios a Europa para hacer posible la conciliación familiar.
El momento es crucial. Garicano
nos viene a decir que España está ante una oportunidad histórica para
engancharse de una vez por todas a la modernidad y la eficiencia europea, o,
por el contrario, huir hacia adelante cayendo en el populismo de corte
neoperonista y dar como bueno un capitalismo de amiguetes donde la riqueza está
del lado del que tiene contactos y las pérdidas del lado de la sociedad. Para
que todo el mundo lo entienda, Garicano nos pone en una encrucijada improbable,
pero con suficiente fuerza metafórica: Venezuela o Dinamarca. La elección es
nuestra.
El dilema de España es un texto incisivo, pero escrito con elegancia y
gran capacidad de síntesis, y donde la elección de datos es acertada. Hay
rigor, pero los números no oscurecen los argumentos y las ideas que propone
Garicano para mejorar el funcionamiento del país y en definitiva, como se nos
dice en el subtítulo, “vivir mejor”, que de eso se trata.